El nudo formado en su
estómago perdió intensidad.
—¿Te encuentras
mejor?
—Sí. —Volvía a respirar y la sensación de náuseas
empezaba a amainar—. Tendré que darle una paliza a alguien o salir a cazar
algún mamífero para recuperar mi hombría.
—Deja que te vea la
cara. —Rocío le echó la cabeza hacia atrás—. Todavía estás un poco pálido, pero
has recuperado algo de color. Apuesto a que mi abuela tiene razón cuando dice
que no comes. ¿Qué has almorzado hoy, cher?
—Cheerios, el
desayuno de los campeones. —Gastón esbozó una sonrisa débil—. No parece que
hayan funcionado.
—Te haré un
bocadillo.
—¿En serio? —Ya solo
la idea le llenó de placer—. ¿Vas a cocinar para mí?
—Yo no llamaría
cocinar a preparar un bocadillo.
—Yo sí. Rocío, esa
habitación...
—Hablaremos de eso
cuando te hayas llenado el estómago.
Las opciones eran
reducidas. Rocío miró tristemente a Gastón tras echar una ojeada a la nevera de
segunda mano que descansaba en el comedor.
—¿Cuántos años
tienes? ¿Doce?
—Soy varón —respondió
Gastón encogiéndose de hombros—. Los hábitos alimenticios de los varones nunca
envejecen. Tengo mantequilla de cacahuete para acompañar la gelatina. —Miró a
su alrededor—. En algún lugar.
También tenía una
lonja solitaria de jamón, dos huevos, un trozo de queso anémico y media bolsa
de ensalada preparada.
—Está visto que
acabaré cocinando para ti. ¿Dónde están los fogones?
—Aquí. —Gastón dio
una palmadita a la superficie del microondas.
—Algo es algo.
¿Cuenco? ¿Cuchillo? ¿Tenedor?
—Eh... —Gastón
rebuscó en la caja donde guardaba los objetos de cocina y extrajo la vajilla de
plástico.
—Cielo, esto es muy
triste. Anda, siéntate que Rocío cuidará de ti. Pero solo esta vez —añadió.
Gastón se apoyó en el
caballete de serrar y la observó batir los huevos, despedazar el jamón, cortar
el queso y añadir parte de la ensalada.
—¿Tienes hierbas,
cher? ¿Especias?
—Tengo sal y pimienta
—respondió—. Son especias —añadió cuando ella suspiró—. Los exploradores
recorrieron continentes enteros en busca de sal.
—Creciste con
cocinera en casa, ¿verdad?
—Sí, ¿y?
—¿Cómo te las
arreglaste cuando te independizaste?
—Comida para llevar,
comida congelada y microondas. Con esas tres cosas no hay hombre que pase
hambre.
Rocío metió el cuenco
en el microondas, lo programó y se volvió hacia Gastón.
—Si vives aquí será
mejor que contrates a otra cocinera.
—Di el precio.
—Eres un hombre
gracioso, Gastón. —Había recuperado el color y los ojos le brillaban de nuevo.
El nudo del estómago había desaparecido—. ¿Por qué no tienes novia?
—La tenía, pero
descubrí que no la quería.
—¿En serio? —Rocío
abrió el microondas al oír el pitido, removió el contenido del cuenco y volvió
a cerrarlo—. ¿Qué ocurrió?
—¿Vico no te lo ha
contado?
—No me lo cuenta
todo.
—Estaba prometido,
pero rompí el compromiso tres semanas antes de la boda, lo cual me convirtió en
un sinvergüenza. Mucha gente de Boston todavía maldice mi nombre.
Quería darle un toque
de humor, pensó Rocío, pero no lo estaba consiguiendo.
—¿Por eso te fuiste?
—No, por eso comprendí que podía irme.
—No la amabas.
—No, no la amaba.
—Te entristece decirlo.
—Rocío sacó el cuenco del microondas, cogió un tenedor de plástico y se lo pasó
a Gastón. Observó que en sus ojos volvía a asomar el remordimiento—. ¿Te amaba
ella?
—No. Hacíamos buena
pareja. Estábamos acostumbrados el uno al otro. Ella pensaba que queríamos las
mismas cosas.
—Pero tú no.
—Nunca quisimos las
mismas cosas. Y cuanto más se acercaba el día D, más notaba que mi vida se iba
estrechando, hasta que ya solo quedó una pequeña ranura sin espacio, sin aire,
sin luz. Me di cuenta de que mi boda con Daniela me hacía sentir como el
derecho empresarial, y si el resto de mi vida iba a ser así tenía dos opciones,
saltar de un puente o salir de la ranura mientras estuviera a tiempo.
Rocío le apartó el
pelo de la frente.
—Fue un acto más
valiente salir que saltar.
—Puede. Está muy
bueno. —Gastón recogió otro trozo de tortilla con el tenedor—. ¿Y tú? ¿Cómo es
posible que no tengas novio?
Rocío ladeó la
cabeza.
—¿Quién dice que no
lo tengo?
Gastón le cogió una
mano antes de que ella tuviera tiempo de apartarse.
—Necesito saber si lo
tienes.
Rocío le miró la mano
y luego le miró a los ojos.
—¿Por qué?
—Porque no puedo
dejar de pensar en ti. Porque no puedo apartarte de mi mente. Porque cada vez
que te veo mi corazón se acelera.
—También eres bueno
diciendo cosas que excitarían a cualquier mujer.
Si fuera solo eso, si
fuera solo una cuestión de excitación, se escurriría entre esas largas piernas
y saciaría el deseo de ambos. Pero no se hallaba ante un hombre sencillo, pensó.
Estar con él no sería
fácil.
—Come —le ordenó, y
recuperó la mano—. ¿Por qué has empezado por la cocina si te alimentas de
mantequilla de cacahuete y no tienes ni un solo plato?
—Tengo platos, pero
no de los que se lavan. La cocina es el corazón de un hogar. Yo crecí en una
casa antigua y maravillosa, con habitaciones enormes. Teníamos cocinera, pero
era en la cocina donde siempre aterrizábamos cuando había una crisis, una
celebración o algún tema que tratar. Supongo que quiero eso mismo aquí.
—Qué bueno. —Rocío se
apoyó en un armario para estudiarle—. ¿Quieres acostarte conmigo, cher?
Gastón consiguió
bajar ágilmente del caballete a pesar de que su pulso se había disparado.
—Por supuesto. Pero
primero echaré al fontanero. —Le encantó la risa de Rocío—. Oh, no te referías
a este momento. Ya entiendo, es como esas preguntas de verdadero o falso.
Déjame comprobar algo. —Se llevó los dedos a la muñeca—. Sí, todavía estoy
vivo, de modo que la respuesta es verdadero.
Sacudiendo la cabeza.
Rocío retiró el cuenco vacío de sus manos y lo tiró a una caja que hacía de
basura.
—Eres un hombre
interesante. Gastón. Me gustas.
—Oh, oh, espera un
momento. —Gastón miró a su alrededor y agarró un destornillador que había sobre
una tabla—. Toma.
—¿Para qué?
—Para que me lo claves
en el corazón cuando me digas que solo deseas que seamos amigos.
—Apuesto a que Daniela todavía se está dando bofetadas
por haberte dejado escapar. Quiero que seamos amigos. —Rocío giró el
destornillador en su mano y lo devolvió a su lugar—. Pero todavía no sé si solo
quiero que seamos amigos. Tengo que meditarlo.
—De acuerdo. —Gastón
deslizó las manos por los brazos de Rocío hasta alcanzarle los hombros—.
Medítalo.
Ella no se apartó,
sino que alzó la cara para que sus labios se encontraran. Le gustaba el suave
progreso del calor a la pasión, el paseo amable ofrecido por un hombre que se
tomaba su tiempo.
Rocío comprendía el
deseo. El de un hombre. El suyo propio. Y sabía que algunos de esos deseos
podían saciarse únicamente con encuentros rápidos y apasionados en la
oscuridad.
Algunas veces ella
había saciado el suyo de esa manera.
Esto, no obstante,
era algo más que deseo, era ansia. El ansia, incluso estando satisfecha, podía
causar un dolor que no causaba el deseo.
Así y todo, no pudo
evitar posar las manos en el rostro de él y dejar que el beso girara.
En su interior, en lo
más hondo, hubo un suspiro.
—Rocío.
Gastón susurró su
nombre al cambiar el ángulo del beso. Al hacerlo más profundo. Mil advertencias
se apiñaron en el cerebro de Rocío sin recibir respuesta. Se entregó durante un
instante imprudente a la pasión, al deseo. Al ansia.
Luego retrocedió.
—No hay duda de que
tengo mucho que meditar.
Le puso una mano en
el pecho cuando él intentó atraerla de nuevo.
—Tranquilízate, cher.
—Le obsequió con una sonrisa lenta, perezosa—. Ya me has encendido lo bastante
por hoy.
—Apenas había
empezado.
—Te creo. —Rocío
suspiró y se echó el pelo hacia atrás—. Tengo que irme. Esta noche trabajo.
—Iré a verte y te
acompañaré a casa.
Aunque hablaba con
serenidad, en sus ojos había tempestades. La clase de tempestades, imaginó
ella, que te hacían estremecer de placer antes de colisionar sobre tu cabeza.
—Mejor no.
—Rocío, quiero estar
contigo. Quiero pasar tiempo contigo.
—¿Quieres pasar
tiempo conmigo? Proponme una cita.
—¿Una cita?
—Ya sabes, me recoges
en casa y me llevas a cenar a un restaurante elegante. Después me llevas a
bailar y luego me acompañas a casa y me das un beso de buenas noches. ¿Crees
que podrás hacerlo?
—¿ A qué hora te
recojo?
Rocío sonrió y sacudió
la cabeza.
—Esta noche trabajo.
Tengo libre la noche del lunes. Es cuando el bar está más tranquilo. Recógeme a
las ocho.
—El lunes, a las
ocho.
Gastón la cogió de
los brazos y la atrajo hacia sí. Esta vez el paso a la pasión no fue suave,
sino impetuoso.
Ay, sí, cómo la haría
estremecer de placer antes de la colisión, pensó Rocío.
—Tómatelo como un
recordatorio —dijo Gastón.
Más bien una
advertencia, pensó ella. Gastón no era tan manso como parecía.
—No lo olvidaré.
Hasta luego, cher.
—Rocío, no hemos
hablado de lo que ocurrió arriba.
—Hablaremos —dijo
ella por encima del hombro antes de proseguir su camino.
No respiró bien hasta
que hubo salido de la casa. Gastón no iba a ser tan fácil de manejar como había
imaginado. Su cortesía no era una fachada, era parte de él. Pero también la
pasión y la determinación.
Un compendio que admiraba y respetaba.
Eso no significaba
que no pudiera manejarlo, se dijo al entrar en el coche. Manejar a los hombres
era una de sus principales habilidades.
Este hombre, no obstante,
era mucho más complicado de lo que parecía a primera vista. Y mucho más
interesante que todos los hombres que había conocido hasta entonces.
Sabía qué veían los
hombres cuando la miraban. Y no le importaba porque ella era más de lo que
ellos veían. O querían ver.
Tenía cerebro y
fuerza, y la habilidad de utilizar ambas cosas para conseguir lo que quería.
Dirigía su vida de la misma forma que su bar. Con gusto por el colorido y una
base de orden bajo el caos.
Miró Ordóñez Hall por
el retrovisor mientras se alejaba en el coche. Le preocupaba que Gastón Dalmau
hiciera tambalear ese orden como nadie lo había hecho aún.
Le preocupaba que no
encontrara tan fácil apuntalar las grietas cuando él se fuera.
Siempre se iban. A
menos que ella se fuera primero.
Espero que no sea tan tonta y se vaya ¬¬ Hermoso el capitulo ^^
ResponderEliminarayy me encanto espero k no se vaya y espero la cita y subi pronto capitulo
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