jueves, 12 de abril de 2012

Capitulo Seis, Segunda Parte


El nudo formado en su estómago perdió intensidad.
—¿Te encuentras mejor?
—Sí. —Volvía a respirar y la sensación de náuseas empezaba a amainar—. Tendré que darle una paliza a alguien o salir a cazar algún mamífero para recuperar mi hombría.
—Deja que te vea la cara. —Rocío le echó la cabeza hacia atrás—. Todavía estás un poco pálido, pero has recuperado algo de color. Apuesto a que mi abuela tiene razón cuando dice que no comes. ¿Qué has almorzado hoy, cher?
—Cheerios, el desayuno de los campeones. —Gastón esbozó una sonrisa débil—. No parece que hayan funcionado.
—Te haré un bocadillo.
—¿En serio? —Ya solo la idea le llenó de placer—. ¿Vas a cocinar para mí?
—Yo no llamaría cocinar a preparar un bocadillo.
—Yo sí. Rocío, esa habitación...
—Hablaremos de eso cuando te hayas llenado el estómago.
Las opciones eran reducidas. Rocío miró tristemente a Gastón tras echar una ojeada a la nevera de segunda mano que descansaba en el comedor.
—¿Cuántos años tienes? ¿Doce?
—Soy varón —respondió Gastón encogiéndose de hombros—. Los hábitos alimenticios de los varones nunca envejecen. Tengo mantequilla de cacahuete para acompañar la gelatina. —Miró a su alrededor—. En algún lugar.
También tenía una lonja solitaria de jamón, dos huevos, un trozo de queso anémico y media bolsa de ensalada preparada.
—Está visto que acabaré cocinando para ti. ¿Dónde están los fogones?
—Aquí. —Gastón dio una palmadita a la superficie del microondas.
—Algo es algo. ¿Cuenco? ¿Cuchillo? ¿Tenedor?
—Eh... —Gastón rebuscó en la caja donde guardaba los objetos de cocina y extrajo la vajilla de plástico.
—Cielo, esto es muy triste. Anda, siéntate que Rocío cuidará de ti. Pero solo esta vez —añadió.
Gastón se apoyó en el caballete de serrar y la observó batir los huevos, despedazar el jamón, cortar el queso y añadir parte de la ensalada.
—¿Tienes hierbas, cher? ¿Especias?
—Tengo sal y pimienta —respondió—. Son especias —añadió cuando ella suspiró—. Los exploradores recorrieron continentes enteros en busca de sal.
—Creciste con cocinera en casa, ¿verdad?
—Sí, ¿y?
—¿Cómo te las arreglaste cuando te independizaste?
—Comida para llevar, comida congelada y microondas. Con esas tres cosas no hay hombre que pase hambre.
Rocío metió el cuenco en el microondas, lo programó y se volvió hacia Gastón.
—Si vives aquí será mejor que contrates a otra cocinera.
—Di el precio.
—Eres un hombre gracioso, Gastón. —Había recuperado el color y los ojos le brillaban de nuevo. El nudo del estómago había desaparecido—. ¿Por qué no tienes novia?
—La tenía, pero descubrí que no la quería.
—¿En serio? —Rocío abrió el microondas al oír el pitido, removió el contenido del cuenco y volvió a cerrarlo—. ¿Qué ocurrió?
—¿Vico no te lo ha contado?
—No me lo cuenta todo.
—Estaba prometido, pero rompí el compromiso tres semanas antes de la boda, lo cual me convirtió en un sinvergüenza. Mucha gente de Boston todavía maldice mi nombre.
Quería darle un toque de humor, pensó Rocío, pero no lo estaba consiguiendo.
—¿Por eso te fuiste?
—No, por eso comprendí que podía irme.
—No la amabas.
—No, no la amaba.
—Te entristece decirlo. —Rocío sacó el cuenco del microondas, cogió un tenedor de plástico y se lo pasó a Gastón. Observó que en sus ojos volvía a asomar el remordimiento—. ¿Te amaba ella?
—No. Hacíamos buena pareja. Estábamos acostumbrados el uno al otro. Ella pensaba que queríamos las mismas cosas.
—Pero tú no.
—Nunca quisimos las mismas cosas. Y cuanto más se acercaba el día D, más notaba que mi vida se iba estrechando, hasta que ya solo quedó una pequeña ranura sin espacio, sin aire, sin luz. Me di cuenta de que mi boda con Daniela me hacía sentir como el derecho empresarial, y si el resto de mi vida iba a ser así tenía dos opciones, saltar de un puente o salir de la ranura mientras estuviera a tiempo.
Rocío le apartó el pelo de la frente.
—Fue un acto más valiente salir que saltar.
—Puede. Está muy bueno. —Gastón recogió otro trozo de tortilla con el tenedor—. ¿Y tú? ¿Cómo es posible que no tengas novio?
Rocío ladeó la cabeza.
—¿Quién dice que no lo tengo?
Gastón le cogió una mano antes de que ella tuviera tiempo de apartarse.
—Necesito saber si lo tienes.
Rocío le miró la mano y luego le miró a los ojos.
—¿Por qué?
—Porque no puedo dejar de pensar en ti. Porque no puedo apartarte de mi mente. Porque cada vez que te veo mi corazón se acelera.
—También eres bueno diciendo cosas que excitarían a cualquier mujer.
Si fuera solo eso, si fuera solo una cuestión de excitación, se escurriría entre esas largas piernas y saciaría el deseo de ambos. Pero no se hallaba ante un hombre sencillo, pensó.
Estar con él no sería fácil.
—Come —le ordenó, y recuperó la mano—. ¿Por qué has empezado por la cocina si te alimentas de mantequilla de cacahuete y no tienes ni un solo plato?
—Tengo platos, pero no de los que se lavan. La cocina es el corazón de un hogar. Yo crecí en una casa antigua y maravillosa, con habitaciones enormes. Teníamos cocinera, pero era en la cocina donde siempre aterrizábamos cuando había una crisis, una celebración o algún tema que tratar. Supongo que quiero eso mismo aquí.
—Qué bueno. —Rocío se apoyó en un armario para estudiarle—. ¿Quieres acostarte conmigo, cher?
Gastón consiguió bajar ágilmente del caballete a pesar de que su pulso se había disparado.
—Por supuesto. Pero primero echaré al fontanero. —Le encantó la risa de Rocío—. Oh, no te referías a este momento. Ya entiendo, es como esas preguntas de verdadero o falso. Déjame comprobar algo. —Se llevó los dedos a la muñeca—. Sí, todavía estoy vivo, de modo que la respuesta es verdadero.
Sacudiendo la cabeza. Rocío retiró el cuenco vacío de sus manos y lo tiró a una caja que hacía de basura.
—Eres un hombre interesante. Gastón. Me gustas.
—Oh, oh, espera un momento. —Gastón miró a su alrededor y agarró un destornillador que había sobre una tabla—. Toma.
—¿Para qué?
—Para que me lo claves en el corazón cuando me digas que solo deseas que seamos amigos.
—Apuesto a que Daniela todavía se está dando bofetadas por haberte dejado escapar. Quiero que seamos amigos. —Rocío giró el destornillador en su mano y lo devolvió a su lugar—. Pero todavía no sé si solo quiero que seamos amigos. Tengo que meditarlo.
—De acuerdo. —Gastón deslizó las manos por los brazos de Rocío hasta alcanzarle los hombros—. Medítalo.
Ella no se apartó, sino que alzó la cara para que sus labios se encontraran. Le gustaba el suave progreso del calor a la pasión, el paseo amable ofrecido por un hombre que se tomaba su tiempo.
Rocío comprendía el deseo. El de un hombre. El suyo propio. Y sabía que algunos de esos deseos podían saciarse únicamente con encuentros rápidos y apasionados en la oscuridad.
Algunas veces ella había saciado el suyo de esa manera.
Esto, no obstante, era algo más que deseo, era ansia. El ansia, incluso estando satisfecha, podía causar un dolor que no causaba el deseo.
Así y todo, no pudo evitar posar las manos en el rostro de él y dejar que el beso girara.
En su interior, en lo más hondo, hubo un suspiro.
—Rocío.
Gastón susurró su nombre al cambiar el ángulo del beso. Al hacerlo más profundo. Mil advertencias se apiñaron en el cerebro de Rocío sin recibir respuesta. Se entregó durante un instante imprudente a la pasión, al deseo. Al ansia.
Luego retrocedió.
—No hay duda de que tengo mucho que meditar.
Le puso una mano en el pecho cuando él intentó atraerla de nuevo.
—Tranquilízate, cher. —Le obsequió con una sonrisa lenta, perezosa—. Ya me has encendido lo bastante por hoy.
—Apenas había empezado.
—Te creo. —Rocío suspiró y se echó el pelo hacia atrás—. Tengo que irme. Esta noche trabajo.
—Iré a verte y te acompañaré a casa.
Aunque hablaba con serenidad, en sus ojos había tempestades. La clase de tempestades, imaginó ella, que te hacían estremecer de placer antes de colisionar sobre tu cabeza.
—Mejor no.
—Rocío, quiero estar contigo. Quiero pasar tiempo contigo.
—¿Quieres pasar tiempo conmigo? Proponme una cita.
—¿Una cita?
—Ya sabes, me recoges en casa y me llevas a cenar a un restaurante elegante. Después me llevas a bailar y luego me acompañas a casa y me das un beso de buenas noches. ¿Crees que podrás hacerlo?
—¿ A qué hora te recojo?
Rocío sonrió y sacudió la cabeza.
—Esta noche trabajo. Tengo libre la noche del lunes. Es cuando el bar está más tranquilo. Recógeme a las ocho.
—El lunes, a las ocho.
Gastón la cogió de los brazos y la atrajo hacia sí. Esta vez el paso a la pasión no fue suave, sino impetuoso.
Ay, sí, cómo la haría estremecer de placer antes de la colisión, pensó Rocío.
—Tómatelo como un recordatorio —dijo Gastón.
Más bien una advertencia, pensó ella. Gastón no era tan manso como parecía.
—No lo olvidaré. Hasta luego, cher.
—Rocío, no hemos hablado de lo que ocurrió arriba.
—Hablaremos —dijo ella por encima del hombro antes de proseguir su camino.
No respiró bien hasta que hubo salido de la casa. Gastón no iba a ser tan fácil de manejar como había imaginado. Su cortesía no era una fachada, era parte de él. Pero también la pasión y la determinación.
Un compendio que admiraba y respetaba.
Eso no significaba que no pudiera manejarlo, se dijo al entrar en el coche. Manejar a los hombres era una de sus principales habilidades.
Este hombre, no obstante, era mucho más complicado de lo que parecía a primera vista. Y mucho más interesante que todos los hombres que había conocido hasta entonces.
Sabía qué veían los hombres cuando la miraban. Y no le importaba porque ella era más de lo que ellos veían. O querían ver.
Tenía cerebro y fuerza, y la habilidad de utilizar ambas cosas para conseguir lo que quería. Dirigía su vida de la misma forma que su bar. Con gusto por el colorido y una base de orden bajo el caos.
Miró Ordóñez Hall por el retrovisor mientras se alejaba en el coche. Le preocupaba que Gastón Dalmau hiciera tambalear ese orden como nadie lo había hecho aún.
Le preocupaba que no encontrara tan fácil apuntalar las grietas cuando él se fuera.
Siempre se iban. A menos que ella se fuera primero.

2 comentarios:

  1. Espero que no sea tan tonta y se vaya ¬¬ Hermoso el capitulo ^^

    ResponderEliminar
  2. ayy me encanto espero k no se vaya y espero la cita y subi pronto capitulo

    ResponderEliminar