jueves, 12 de abril de 2012

Primera Parte, Capitulo Quince



 Daphne se roció con su perfume fa­vorito, Eau de Pastel de Fresa, forman­do una gran nube de gotitas alrededor de su cabeza. Luego encrespó las orejas, se estiró los bigotes y se puso la tiara que estrenaba.
Daphne planta un huerto de calabazas


Tras su chapuzón en el lago, Rochi se duchó y se cambió, luego salió al porche y se quedó mirando la mesa donde había dejado el material de dibujo que había comprado aquella ma­ñana. Ya iba siendo hora de ponerse a trabajar en los cambios.
En vez de acomodarse en la mesa, sin embargo, se sentó en el columpio y tomó el cuaderno que había utilizado el día anterior para dibujar a Daphne saltando del precipicio. Rocío miró a la lejanía. Finalmente empezó a escribir.

-La señora Pato está construyendo un campamen­to de verano al otro lado del Bosque del Ruiseñor -les anunció Daphne una tarde a Benny, Melissa, Celia la Ga­llina y un amigo de Benny, Corky Mapache-. ¡Y tenemos que ir todos!
-No me gustan los campamentos de verano -gru­ñó Benny.
-¿Puedo ponerme mis gafas de sol de estrella de cine? -preguntó Melissa.
-¿Y si llueve? -cloqueó Celia.


Cuando Rocío dejó a un lado su cuaderno, ya había es­crito el principio de Daphne va a un campamento de vera­no. No importaba que apenas hubiera completado dos pági­nas, y no importaba que se le pudieran agotar las ideas en cualquier momento, ni tampoco que su editora no compra­ra ese libro hasta que hubiera realizado los cambios que le habían pedido para Daphne se cae de bruces. Al menos ha­bía escrito, y eso ya la hacía feliz.
Un aroma a cera de muebles con fragancia de limón la recibió cuando entró en la casa de huéspedes. Habían pasa­do la aspiradora por la alfombra, las ventanas relucían, y so­bre la mesita de té de la sala de estar había un montón de pla­tos de postre de porcelana rosa de Dresden, con las tazas y sus platillos a juego. La estrategia de Kevin de mantener a los amantes separados hasta que terminasen la faena parecía sur­tir efecto.
Amy apareció por la puerta trasera con un montón de toallas blancas limpias y se fijó en el vestido de verano de co­lor amarillo canario que Rochi había personalizado cosien­do cuatro filas de cintas de colores sobre el dobladillo.
-¡Caramba! Estás magnífica. Bonito vestido. Seguro que llamarás la atención de Gastón.
-No intento llamar la atención de Gastón.
Amy se acarició la pequeña marca de lujuria que tenía bajo la garganta.
-Tengo un perfume nuevo en el bolso. A Troy le vuel­ve loco cuando me echo un poco en... Bueno, ya sabes. ¿Quie­res que te deje un poco?
Rocío entró a toda prisa en la cocina para no estrangu­larla.
Era demasiado pronto para sacar del horno los bollos de albaricoque y el pan de avena con mantequilla que había pre­parado aquella mañana, así que tomó en brazos a su mascota y se sentó en una de las sillas de la cocina cerca de la ventana sa­lediza. Cafre acomodó su moño bajo la barbilla de Rochi y apo­yó una pata en su brazo. Ro se acercó el animal al pecho.
-Te gusta este lugar tanto como a mí, Cafre?
El perro asintió con un lametón.
Rocío miró al patio que descendía hacia el lago. Aquellos últimos días en lo que ella ya creía que era el Bosque del Rui­señor la habían devuelto a la vida. Acarició la barriguita ca­liente de Cafre y tuvo que admitir que estar con Gastón había tenido mucho que ver con ello. Era testarudo y engreído, el colmo de la exasperación, pero la había hecho sentirse viva de nuevo.
Por mucho que la tachara de intelectualoide, Gas no ha­bía tenido ningún problema para estar a su altura. Tal como había observado en otros pocos deportistas que conocía, le vinieron a la mente Nico, junto con Victorio D’ Alessandro y Bobby Tom Denton, su pasión por el deporte iba acompañada de un agu­do intelecto que su comportamiento atolondrado no podía ocultar.
No es que pretendiera comparar a Gastón con Nicolás. Sólo había que ver lo mucho que le gustaban los perros a Nico, por ejemplo. Y los niños. Y, sobre todo, había que ver cuánto amaba a Mery.
Rochi volvió a suspirar y dejó que su mirada se extra­viara hacia los jardines de atrás, que Troy había dejado por fin limpios de las hojas secas del invierno. Las lilas estaban floreciendo, los lirios lucían sus rizos violáceos, y una mata de saltaojos estaba a punto de abrirse.
Un movimiento tenue llamó su atención, y vio que Julia estaba sentada a un lado en un banco de hierro. De entra­da, a rocío le pareció que estaba leyendo, pero luego se dio cuenta de que estaba cosiendo. Pensó en lo fría que se había mostrado con ella y se preguntó si se debía a una reacción es­trictamente personal o a la mala prensa sobre la boda. «La rica heredera de los Chicago Stars, cuyo pasatiempo es escri­bir libros para niños.» Rochi dudó, pero finalmente se le­vantó y salió por la puerta de atrás.
Julia estaba sentada junto a un pequeño huerto de hier­bas aromáticas. A Ro le pareció raro que alguien que in­terpretaba tan convincentemente su papel de diva no hubie­ra puesto objeciones a ser alojada en un desván. Y, a pesar del jersey Armani que llevaba informalmente sobre los hom­bros, parecía la mar de satisfecha de estar simplemente ahí sentada, cosiendo junto a un huerto descuidado. Rocío es­taba hecha un lío. Era difícil darle calidez a alguien que se mostraba tan fría con ella, pero no lograba sentir antipatía por ella, y no sólo por su antigua afición a Encaje, S. L.
Mermy yacía a los pies de Julia junto a una gran cesta de costura. Cafre ignoró a la gata y trotó a saludar a su dueña, que se inclinó para hacerle unas caricias. Rochi observó que esta­ba trabajando en una colcha, pero no se parecía a nada que hubiera visto antes. El diseño no estaba dispuesto geométrica­mente, sino que era una sutil mezcla sombreada de curvas y rizos con distintas pautas y múltiples tonos de verde con to­ques de azul lavanda y un destello sorprendente de azul cielo.
-Es precioso. No sabía que fuera usted una artista.
La hostilidad habitual que se formó en los ojos de Julia le dieron a aquella tarde de verano la frialdad de un día de enero.
-No es más que un pasatiempo.
Rocío decidió pasar por alto su actitud displicente.
-Pues lo hace muy bien. ¿Qué va a ser?
-Probablemente una colcha -dijo a regañadientes-Normalmente hago piezas más pequeñas, como fundas para cojines, pero este jardín parece pedir algo más dramático.
-¿Está haciendo una colcha del jardín?
A Julia la obligaron a responder sus buenos modales in­herentes.
-Sólo del huerto de hierbas aromáticas. Ayer empecé a experimentar con él.
-¿Trabaja a partir de un dibujo?
Julia negó con la cabeza con la esperanza de dar por ter­minada la conversación. Rocío consideró la posibilidad de dejar que así fuera, pero prefirió seguir hablando.
-¿Cómo puede hacer algo tan complicado sin un dibujo?
Julia se tomó su tiempo para responder.
-Empiezo juntando los retales de tela que me atraen, y luego saco las tijeras a ver qué pasa. A veces, los resultados son desastrosos.
Rochi la entendió. Ella también creaba a partir de trozos y pedazos: algunas líneas de diálogo, dibujos al azar. Nunca sabía sobre qué irían sus libros hasta que ya los tenía avan­zados.
-¿De dónde saca los tejidos?
Cafre había hundido el hocico en una de las carísimas san­dalias Kate Spade de Julia, pero parecía importunarla más la persistencia de Rocío.
-Siempre llevo una cesta llena de retales en el maletero -dijo bruscamente-. Siempre compro muchos restos de telas, pero este proyecto necesita tejidos con historia. Tal vez buscaré alguna tienda de antigüedades que venda ropa de época.
Rochi volvió a mirar hacia el huerto de hierbas aromá­ticas.
-Dígame qué ve.
Rocío esperaba un resoplido, pero nuevamente vencie­ron los buenos modales de Julia.
-Primero me ha atraído la lavanda. Es una de mis plan­tas favoritas. Y me encanta el tono plateado de la salvia que hay detrás. -El entusiasmo de Julia por su proyecto empe­zó a superar la animadversión personal-. Habría que cor­tar un poco la menta. Es muy expansiva y lo ocupará todo. Esa pequeña mata de tomillo está luchando contra la menta para sobrevivir.
-¿Cuál es el tomillo?
-Aquellas hojas diminutas. Ahora es vulnerable, aun­que puede ser tan agresivo como la menta. Sólo que lo hace con más sutileza -dijo Julia levantando la vista y aguan­tándole la mirada a Rocío durante unos segundos.
Ro captó el mensaje.
-¿Cree que el tomillo y yo tenemos algo en común?
-¿Y tú? -preguntó Julia fríamente.
-Yo tengo muchos defectos, pero la sutileza no es uno de ellos.
-Supongo que eso está por ver.
Rocío anduvo hasta el borde del jardín.
-Estoy intentando que me caiga usted tan antipática co­mo parece que le caigo yo a usted, pero es difícil. Cuando yo era niña, usted era mi heroína.
-Qué bonito -respondió, fría como un carámbano.
-Además, le gusta mi perro. Y tengo la sensación de que su actitud tiene más que ver con sus prejuicios acerca de mi matrimonio que con mi personalidad.
Julia se puso rígida. Rocío decidió que no tenía nada que perder con ser franca.
-Sé cuál es su auténtica relación con Gastón.
La aguja de Julia se detuvo.
-Me sorprende que te lo haya contado. Silvia me dijo que nunca hablaba de ello.
-No me lo contó. Lo deduje.
-Eres muy astuta.
-Ha tardado mucho tiempo en venir a verle.
-¿Quieres decir después de abandonarle? -Su voz no pudo esconder cierto resentimiento.
-Yo no he dicho eso.
-Lo estabas pensando. ¿Qué clase de mujer abandona a su hijo y luego intenta colarse de nuevo en su vida?
Rocío habló con cautela.
-No me parece exacto decir que le abandonó. Diría que le encontró una buena familia.
Julia miró hacia las plantas aromáticas, aunque Rocío sospechó que la paz que había encontrado allí había desapa­recido.
-Silvia y Pedro siempre habían querido tener un hijo, y le amaron desde el día que nació. Pero por muy torturador que resultase tomar aquella decisión, sigo pensando que me deshice de él demasiado fácilmente.
-¡Eh, Rochi!
Julia se tensó cuando Gas dobló la esquina con Mermy repantigada feliz en sus brazos. Gastón frenó en seco al ver a Julia y el encanto que había en su rostro dejó paso a una ex­presión severa y rencorosa.
Se dirigió a Rocío como si estuviera sola en el jardín.
-Alguien la ha dejado salir.
-He sido yo -dijo Julia-. Estaba a mi lado hace unos minutos. Debe de haberte oído llegar.
-¿Es tuya, la gata?
-Sí.
Gastón dejó la gata en el suelo, casi como si se hubiera vuel­to radioactiva, y se volvió para marcharse.
Julia se levantó del banco. Rocío advirtió un brillo deses­perado y al mismo tiempo conmovedor en sus ojos.
-¿Quieres saber quién era tu padre? -espetó Julia.
Gastón se quedó tieso. Rochi sintió una gran empatía ha­cia Gastón, y pensó en todas las preguntas que se había hecho a lo largo del tiempo sobre su propia madre. Gas se volvió lentamente.
Julia entrelazó los dedos de ambas manos. Su voz pare­cía jadeante, como si acabara de correr una larga distancia.
-Se llamaba Héctor de la Vega. No creo que Héctor fuera su auténtico nombre de pila, pero fue el único que supe. Era un chico de campo de Oklahoma, de dieciocho años, alto y delgado. Nos conocimos en la estación del autobús el mis­mo día que llegamos a Los Ángeles. -Julia no apartaba los ojos del rostro de Gastón-. Tenía el pelo más claro que tú, y sus rasgos eran más anchos. Te pareces más a mí -dijo ba­jando la cabeza-. Estoy segura de que no quieres oírlo. Héctor era atlético. Había cabalgado en rodeos, había ga­nado algún premio en metálico, creo, y estaba convencido de que podría hacerse rico haciendo de doble en las escenas peligrosas de las películas. No recuerdo nada más de él, otro tachón más en mi contra. Creo que fumaba Marlboro y le gustaban las barras de caramelo, pero de eso hace ya mucho tiempo, y tal vez me confundo con otra persona. Cuando descubrí que estaba embarazada, ya habíamos cortado y no supe cómo encontrarle. -Julia hizo una pausa y pareció recobrar los ánimos-: Pocos años más tarde, leí en un perió­dico que se había matado rodando una escena con un coche.
Gastón mantenía una expresión pétrea. No podía permi­tir que alguien viera que aquello significaba algo para él. Ah, Rochi le entendía muy bien.
Cafre era sensible a los problemas de la gente: se levantó y restregó su cuerpo en los tobillos de Gas.
-¿Tiene alguna foto de él? -preguntó Rochi, viendo que Gastón no lo haría. La única fotografía que tenía ella de su ma­dre era su más preciado tesoro.
Julia negó con la cabeza, con cara de impotencia.
-Sólo éramos dos chiquillos, dos adolescentes atolon­drados. Gas, lo siento.
Gastón la miró fríamente.
-No hay lugar para ti en mi vida. No sé cómo puedo dejártelo más claro. Quiero que te vayas.
-Eso ya lo sé.
Los dos animales se levantaron y siguieron a Gastón, que se marchó.
Los ojos de Julia, llenos de lágrimas, brillaban con au­dacia cuando se volvió hacia Rocío.
-¡No me marcharé!
-No creo que deba hacerlo -replicó Ro.
Sus miradas se cruzaron, y a Rocío le pareció ver que se abría una grieta apenas perceptible en el muro que las sepa­raba.

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