Daphne se roció con su
perfume favorito, Eau de Pastel de Fresa, formando una gran nube de gotitas
alrededor de su cabeza. Luego encrespó las orejas, se estiró los bigotes y se
puso la tiara que estrenaba.
Daphne planta un huerto de calabazas
Tras su chapuzón
en el lago, Rochi se duchó y se cambió, luego salió al porche y se quedó
mirando la mesa donde había dejado el material de dibujo que había comprado
aquella mañana. Ya iba siendo hora de ponerse a trabajar en los cambios.
En vez de
acomodarse en la mesa, sin embargo, se sentó en el columpio y tomó el cuaderno
que había utilizado el día anterior para dibujar a Daphne saltando del
precipicio. Rocío miró a la lejanía. Finalmente empezó a escribir.
-La señora Pato está construyendo un
campamento de verano al otro lado del Bosque del Ruiseñor -les anunció Daphne
una tarde a Benny, Melissa, Celia la Gallina y un amigo de Benny, Corky
Mapache-. ¡Y tenemos que ir todos!
-No me gustan los campamentos de verano
-gruñó Benny.
-¿Puedo ponerme mis gafas de sol de
estrella de cine? -preguntó Melissa.
-¿Y si llueve? -cloqueó Celia.
Cuando Rocío dejó
a un lado su cuaderno, ya había escrito el principio de Daphne va a un
campamento de verano. No importaba que apenas hubiera completado dos páginas,
y no importaba que se le pudieran agotar las ideas en cualquier momento, ni
tampoco que su editora no comprara ese libro hasta que hubiera realizado los
cambios que le habían pedido para Daphne se cae de bruces. Al menos había
escrito, y eso ya la hacía feliz.
Un aroma a cera
de muebles con fragancia de limón la recibió cuando entró en la casa de
huéspedes. Habían pasado la aspiradora por la alfombra, las ventanas relucían,
y sobre la mesita de té de la sala de estar había un montón de platos de
postre de porcelana rosa de Dresden, con las tazas y sus platillos a juego. La
estrategia de Kevin de mantener a los amantes separados hasta que terminasen la
faena parecía surtir efecto.
Amy apareció por
la puerta trasera con un montón de toallas blancas limpias y se fijó en el
vestido de verano de color amarillo canario que Rochi había personalizado
cosiendo cuatro filas de cintas de colores sobre el dobladillo.
-¡Caramba! Estás
magnífica. Bonito vestido. Seguro que llamarás la atención de Gastón.
-No intento
llamar la atención de Gastón.
Amy se acarició
la pequeña marca de lujuria que tenía bajo la garganta.
-Tengo un perfume
nuevo en el bolso. A Troy le vuelve loco cuando me echo un poco en... Bueno,
ya sabes. ¿Quieres que te deje un poco?
Rocío
entró a toda prisa en la cocina para no estrangularla.
Era demasiado
pronto para sacar del horno los bollos de albaricoque y el pan de avena con
mantequilla que había preparado aquella mañana, así que tomó en brazos a su
mascota y se sentó en una de las sillas de la cocina cerca de la ventana salediza.
Cafre acomodó su moño
bajo la barbilla de Rochi y apoyó una pata en su brazo. Ro se acercó el animal
al pecho.
-Te gusta este
lugar tanto como a mí, Cafre?
El perro asintió con un lametón.
Rocío miró al
patio que descendía hacia el lago. Aquellos últimos días en lo que ella ya
creía que era el Bosque del Ruiseñor la habían devuelto a la vida. Acarició la
barriguita caliente de Cafre y tuvo
que admitir que estar con Gastón había tenido mucho que ver con ello. Era
testarudo y engreído, el colmo de la exasperación, pero la había hecho sentirse
viva de nuevo.
Por mucho que la
tachara de intelectualoide, Gas no había tenido ningún problema para estar a su
altura. Tal como había observado en otros pocos deportistas que conocía, le
vinieron a la mente Nico, junto con Victorio D’ Alessandro y Bobby Tom Denton,
su pasión por el deporte iba acompañada de un agudo intelecto que su
comportamiento atolondrado no podía ocultar.
No es que
pretendiera comparar a Gastón con Nicolás. Sólo había que ver lo mucho que le
gustaban los perros a Nico, por ejemplo. Y los niños. Y, sobre todo, había que
ver cuánto amaba a Mery.
Rochi volvió a
suspirar y dejó que su mirada se extraviara hacia los jardines de atrás, que
Troy había dejado por fin limpios de las hojas secas del invierno. Las lilas
estaban floreciendo, los lirios lucían sus rizos violáceos, y una mata de
saltaojos estaba a punto de abrirse.
Un movimiento
tenue llamó su atención, y vio que Julia estaba sentada a un lado en un banco
de hierro. De entrada, a rocío le pareció que estaba leyendo, pero luego se
dio cuenta de que estaba cosiendo. Pensó en lo fría que se había mostrado con
ella y se preguntó si se debía a una reacción estrictamente personal o a la
mala prensa sobre la boda. «La rica heredera de los Chicago Stars, cuyo
pasatiempo es escribir libros para niños.» Rochi dudó, pero finalmente se levantó
y salió por la puerta de atrás.
Julia estaba
sentada junto a un pequeño huerto de hierbas aromáticas. A Ro le pareció raro
que alguien que interpretaba tan convincentemente su papel de diva no hubiera
puesto objeciones a ser alojada en un desván. Y, a pesar del jersey Armani que
llevaba informalmente sobre los hombros, parecía la mar de satisfecha de estar
simplemente ahí sentada, cosiendo junto a un huerto descuidado. Rocío estaba
hecha un lío. Era difícil darle calidez a alguien que se mostraba tan fría con
ella, pero no lograba sentir antipatía por ella, y no sólo por su antigua
afición a Encaje, S. L.
Mermy yacía a los pies
de Julia junto a una gran cesta de costura. Cafre ignoró a la gata y trotó a saludar a su
dueña, que se inclinó para hacerle unas caricias. Rochi observó que estaba
trabajando en una colcha, pero no se parecía a nada que hubiera visto antes. El
diseño no estaba dispuesto geométricamente, sino que era una sutil mezcla
sombreada de curvas y rizos con distintas pautas y múltiples tonos de verde con
toques de azul lavanda y un destello sorprendente de azul cielo.
-Es precioso. No
sabía que fuera usted una artista.
La hostilidad
habitual que se formó en los ojos de Julia le dieron a aquella tarde de verano
la frialdad de un día de enero.
-No es más que un
pasatiempo.
Rocío decidió
pasar por alto su actitud displicente.
-Pues lo hace muy
bien. ¿Qué va a ser?
-Probablemente
una colcha -dijo a regañadientes-Normalmente hago piezas más pequeñas, como
fundas para cojines, pero este jardín parece pedir algo más dramático.
-¿Está haciendo
una colcha del jardín?
A Julia la
obligaron a responder sus buenos modales inherentes.
-Sólo del huerto
de hierbas aromáticas. Ayer empecé a experimentar con él.
-¿Trabaja a
partir de un dibujo?
Julia negó con la
cabeza con la esperanza de dar por terminada la conversación. Rocío consideró
la posibilidad de dejar que así fuera, pero prefirió seguir hablando.
-¿Cómo puede
hacer algo tan complicado sin un dibujo?
Julia se tomó su
tiempo para responder.
-Empiezo juntando
los retales de tela que me atraen, y luego saco las tijeras a ver qué pasa. A
veces, los resultados son desastrosos.
Rochi la
entendió. Ella también creaba a partir de trozos y pedazos: algunas líneas de
diálogo, dibujos al azar. Nunca sabía sobre qué irían sus libros hasta que ya
los tenía avanzados.
-¿De dónde saca
los tejidos?
Cafre había
hundido el hocico en una de las carísimas sandalias Kate Spade de Julia, pero
parecía importunarla más la persistencia de Rocío.
-Siempre llevo
una cesta llena de retales en el maletero -dijo bruscamente-. Siempre compro
muchos restos de telas, pero este proyecto necesita tejidos con historia. Tal
vez buscaré alguna tienda de antigüedades que venda ropa de época.
Rochi
volvió a mirar hacia el huerto de hierbas aromáticas.
-Dígame qué ve.
Rocío
esperaba un resoplido, pero nuevamente vencieron los buenos modales de Julia.
-Primero
me ha atraído la lavanda. Es una de mis plantas favoritas. Y me encanta el
tono plateado de la salvia que hay detrás. -El entusiasmo de Julia por su
proyecto empezó a superar la animadversión personal-. Habría que cortar un
poco la menta. Es muy expansiva y lo ocupará todo. Esa pequeña mata de tomillo
está luchando contra la menta para sobrevivir.
-¿Cuál es el
tomillo?
-Aquellas
hojas diminutas. Ahora es vulnerable, aunque puede ser tan agresivo como la
menta. Sólo que lo hace con más sutileza -dijo Julia levantando la vista y
aguantándole la mirada a Rocío durante unos segundos.
Ro captó el
mensaje.
-¿Cree
que el tomillo y yo tenemos algo en común?
-¿Y
tú? -preguntó Julia fríamente.
-Yo tengo muchos
defectos, pero la sutileza no es uno de ellos.
-Supongo que eso
está por ver.
Rocío anduvo
hasta el borde del jardín.
-Estoy intentando
que me caiga usted tan antipática como parece que le caigo yo a usted, pero es
difícil. Cuando yo era niña, usted era mi heroína.
-Qué
bonito -respondió, fría como un carámbano.
-Además,
le gusta mi perro. Y tengo la sensación de que su actitud tiene más que ver con
sus prejuicios acerca de mi matrimonio que con mi personalidad.
Julia se puso
rígida. Rocío decidió que no tenía nada que perder con ser franca.
-Sé
cuál es su auténtica relación con Gastón.
La
aguja de Julia se detuvo.
-Me sorprende que
te lo haya contado. Silvia me dijo que nunca hablaba de ello.
-No
me lo contó. Lo deduje.
-Eres
muy astuta.
-Ha tardado mucho
tiempo en venir a verle.
-¿Quieres decir
después de abandonarle? -Su voz no pudo esconder cierto resentimiento.
-Yo no he dicho
eso.
-Lo estabas
pensando. ¿Qué clase de mujer abandona a su hijo y luego intenta colarse de
nuevo en su vida?
Rocío habló con
cautela.
-No me parece
exacto decir que le abandonó. Diría que le encontró una buena familia.
Julia miró hacia
las plantas aromáticas, aunque Rocío sospechó que la paz que había encontrado
allí había desaparecido.
-Silvia y Pedro
siempre habían querido tener un hijo, y le amaron desde el día que nació. Pero
por muy torturador que resultase tomar aquella decisión, sigo pensando que me deshice
de él demasiado fácilmente.
-¡Eh, Rochi!
Julia se tensó
cuando Gas dobló la esquina con Mermy repantigada feliz en sus brazos. Gastón
frenó en seco al ver a Julia y el encanto que había en su rostro dejó paso a
una expresión severa y rencorosa.
Se
dirigió a Rocío como si estuviera sola en el jardín.
-Alguien
la ha dejado salir.
-He sido yo -dijo
Julia-. Estaba a mi lado hace unos minutos. Debe de haberte oído llegar.
-¿Es tuya, la
gata?
-Sí.
Gastón dejó la
gata en el suelo, casi como si se hubiera vuelto radioactiva, y se volvió para
marcharse.
Julia se levantó
del banco. Rocío advirtió un brillo desesperado y al mismo tiempo conmovedor
en sus ojos.
-¿Quieres saber
quién era tu padre? -espetó Julia.
Gastón
se quedó tieso. Rochi sintió una gran empatía hacia Gastón, y pensó en todas
las preguntas que se había hecho a lo largo del tiempo sobre su propia madre. Gas
se volvió lentamente.
Julia
entrelazó los dedos de ambas manos. Su voz parecía jadeante, como si acabara
de correr una larga distancia.
-Se llamaba Héctor
de la Vega. No creo que Héctor fuera su auténtico nombre de pila, pero fue el
único que supe. Era un chico de campo de Oklahoma, de dieciocho años, alto y
delgado. Nos conocimos en la estación del autobús el mismo día que llegamos a
Los Ángeles. -Julia no apartaba los ojos del rostro de Gastón-. Tenía el pelo
más claro que tú, y sus rasgos eran más anchos. Te pareces más a mí -dijo bajando
la cabeza-. Estoy segura de que no quieres oírlo. Héctor era atlético. Había
cabalgado en rodeos, había ganado algún premio en metálico, creo, y estaba
convencido de que podría hacerse rico haciendo de doble en las escenas
peligrosas de las películas. No recuerdo nada más de él, otro tachón más en mi
contra. Creo que fumaba Marlboro y le gustaban las barras de caramelo, pero de
eso hace ya mucho tiempo, y tal vez me confundo con otra persona. Cuando descubrí
que estaba embarazada, ya habíamos cortado y no supe cómo encontrarle. -Julia
hizo una pausa y pareció recobrar los ánimos-: Pocos años más tarde, leí en un
periódico que se había matado rodando una escena con un coche.
Gastón
mantenía una expresión pétrea. No podía permitir que alguien viera que aquello
significaba algo para él. Ah, Rochi le entendía muy bien.
Cafre era sensible a los problemas de la gente: se
levantó y restregó su cuerpo en los tobillos de Gas.
-¿Tiene
alguna foto de él? -preguntó Rochi, viendo que Gastón no lo haría. La única
fotografía que tenía ella de su madre era su más preciado tesoro.
Julia negó con la
cabeza, con cara de impotencia.
-Sólo
éramos dos chiquillos, dos adolescentes atolondrados. Gas, lo siento.
Gastón la miró fríamente.
-No hay lugar
para ti en mi vida. No sé cómo puedo dejártelo más claro. Quiero que te vayas.
-Eso ya lo sé.
Los dos animales
se levantaron y siguieron a Gastón, que se marchó.
Los ojos de Julia,
llenos de lágrimas, brillaban con audacia cuando se volvió hacia Rocío.
-¡No me marcharé!
-No creo que deba
hacerlo -replicó Ro.
Sus miradas se
cruzaron, y a Rocío le pareció ver que se abría una grieta apenas perceptible
en el muro que las separaba.
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