Rochi había comprado sexo.
No podía creer lo que había hecho. Después de toda una vida de conveniencia, le
había vuelto la espalda a todo en lo que creía.
—Ya puedes mirar —dijo él.
Ella se sintió como una
tonta. Tan pronto como él se levantó para salir del jacuzzi, sumergió la cabeza
como una solterona nerviosa. ¿Por qué no podía ser indiferente y sofisticada
acerca de eso? Él ciertamente no se sentía cohibido acerca de su cuerpo. Y fue
natural que ella quisiera mirarlo.
Muy mal.
Ahora que lo hizo, su boca
se quedó seca. Él envolvió una toalla alrededor de sus caderas con el nudo unos
centímetros debajo del ombligo. Los chorritos de agua se deslizaban como dedos
diminutos abajo de su pecho y a lo largo de su abdomen plano. Él tenía un
cuerpo impresionante, y ella lo había alquilado para la noche.
—¿Tienes frío?
Ella miró hacia arriba.
—¿Perdón?
—Te has estremecido.
—Oh. . . Sí, siento algo de
frío. ¿Podías por favor traerme una toalla? —ella entrecerró sus ojos—. Es
decir, si no exceden tus competencias.
Él le dirigió una sonrisa
devastadora que indudablemente usaba para demoler a las mujeres desde la cuna.
Este hombre no tenía obviamente principios. Pero eso le hacía perfecto para lo
que ella necesitaba.
En el momento que él
desapareció a través de las puertas cristaleras, se apresuró a salir del
jacuzzi y se puso encima su túnica.
—No importa —le gritó tan
pronto como recogió su traje de baño y dio un paso adentro.
Subió arriba, recogió sus
artículos de tocador, y los llevó al cuarto de baño.
Esta noche daba un gran paso
hacia su libertad y la seguridad de St. Gert.
Gastón condujo a Rocío con
engaños a preparar la cena tan pronto como ella bajó la escalera de su siesta.
Todo lo que él necesitó hacer fue mencionar que comiendo en casa ahorraría su
dinero, pero la verdad era, que no se encontraba con ánimo para estar con otras
personas en este momento. Sería demasiado esfuerzo.
Por una vez ella no daba
órdenes cuando sacó unos filetes de pollo del congelador, y comenzó a preparar
una ensalada, mientras él lavaba unas patatas y las ponía al horno.
Ella seguro no se había
vestido para seducirle. No es que pasara algo con su ropa. Llevaba unos bonitos
pantalones sueltos beige con un suéter de algodón amarillo hasta la cintura con
unos botones de perla en el cuello y una pequeña cinta de cordón crocheteada en
la parte inferior. La ropa era fresca y se veía cómoda, sugerente pero sin ser
reveladora. Y sin flores.
Él podría ver que Rocío
estaba nerviosa estando él alrededor, y a él ya no le quedaban energías para
seguir trabajándosela esta tarde, así que decidió darle a ella un respiro
mientras las patatas se horneaban. Se excusó y se metió calladamente en su
despacho, dónde hizo algunas llamadas telefónicas, ninguna de ellas a Mery.
Principalmente, metió las narices en sus contactos con la prensa.
Entre su legendario swing,
una racha caliente de dieciocho meses, y el hecho que era bastante atractivo, Gastón
se había ganado la atención del público, pero nunca había podido ganar su
adoración. A la gente le gustaban los deportistas que habían vencido a la
pobreza extrema o alguna lesión crónica... y pensaban que a Gastón Dalmau, le
habían llegado las cosas demasiado fáciles.
De todos modos el mundo del
deporte le había tratado bien, y Gastón nunca se había quejado.
Pero una visita del FBI el
mes pasado había puesto su mundo patas arriba. Al parecer, su administrador
desde hacía bastante tiempo, Howard Slattery, había estado vertiendo por un
embudo grandes cantidades de dinero de Gastón en una operación ilegal de droga
para México, Colombia, y, eventualmente, Houston. La revelación le había caído
a Gastón como una bomba. Aun en sus días más descabellados, nunca tuvo nada que
ver con drogas, y el conocimiento de que su dinero contribuía al sufrimiento de
otras personas había sido más de lo que pudo soportar.
Slattery fue arrestado
tratando de huir del país, y todas las cuentas de Gastón fueron de dominio
público. Aunque la investigación aún no estaba cerrada, era generalmente
reconocido tanto por el gobierno federal como por la opinión pública que Gastón
no tenía conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Pero el incidente había
caído muy mal dentro de la PGA y el actual comisionado, Nicolás Riera se puso
como un energúmeno.
—¡Esta es la gota que
desbordó el vaso, Gastón! Has estado deslizándote por una pendiente desde que
te conocí, haraganeando en tu vida privada, ignorando el negocio, no tomándote
nada en serio excepto jugar al golf. Pues bien, esta vez tu pereza ha lanzado
una gran sombra sobre la PGA, y vas a pagarlo. Te suspendo del circuito durante
dos semanas.
—¡No puedes hacer eso, hijo
de puta! ¡Me perderé el Masters! ¡Y no he hecho nada malo! ¡No tienes ninguna
razón!
—Dices que no tengo ninguna
razón, bien, te diré una. ¡Tu vulgar estupidez! Tal vez unas semanas fuera del
circuito te dará una oportunidad de poner tu cabeza en orden y darte cuenta que
en la vida hay otras cosas aparte de pegarle a una pelota de golf.
Como si Gastón
repentinamente pudiera ir hasta el final de lo que, había eludido durante
treinta y tres años. Presionó los dedos en el puente de su nariz, oyendo la voz
de su madre en lugar de la del comisionado.
—¡Cómo te atreves a acusar a
mi dulce Gastón de dar una paliza a ese pequeño mocoso tuyo! ¡Solamente estás
celoso porque mi Gastón es más listo que los otros niños en esta ciudad dejada
de la mano de Dios!
Él se quitó de encima los
viejos e inoportunos recuerdos de su infancia y devolvió sus pensamientos a su
problema actual. Dos días después de que Nico lo hubiera suspendido, Gastón se
vio envuelto en una pelea pública con Sturgis Randall, un periodista deportivo
de Network, demasiado bien pagado, y abusivo, que siempre utilizaba frases
como: "nacido con una cuchara de plata en la boca", el "playboy
campeón," y "la vida encantada" cuando describía a Gastón y su
carrera.
Nunca te disculpes, nunca
des explicaciones, era el lema de Gastón. Él no podía soportar cuando otros
deportistas de élite comenzaban a lloriquear a la prensa sobre lo
incomprendidos que eran, así que había tomado la política de no hablar nunca
con los reporteros. En lugar de eso, dejó que sus palos de golf hablaran, y que
la gente actuara en consecuencia. Lo que no significaba que le lanzara alguna
pulla a algún idiota sin modales. Aun así, nunca habría golpeado a Sturgis si
el periodista no hubiera lanzado la primera pulla.
Era todo lo que Gastón había
necesitado. Pero tal como Sturgis comenzaba a entender el grado de su error,
Jilly Bradford, periodista de deportes de televisión y antigua novia de Gastón,
había aparecido de ninguna parte, y el puño de Gastón por casualidad había
aterrizado en su hombro. Un cámara de televisión había captado el momento,
incluyendo después a Jilly llorando patéticamente y Sturgis Randall
ensangrentado consolándola.
Aun así, Gastón podría
haberse librado del escándalo si Jilly hubiera sido justa con él. Ella sabía
que había sido un accidente, pero desde que su aventura amorosa había corrido
su curso natural, ella había contado pelos y señales acerca de su infelicidad
con Gastón. Por eso, todo el mundo pensaría que esto era una disputa doméstica,
y ahora Gastón no sólo parecería un hombre demasiado estúpido para cuidar de su
dinero, sino que también era un cabronazo que le gustaba aporrear mujeres.
Si pensó que Nico había
estado alterado con él antes de su pelea con Randall, no fue nada comparado con
la forma que reaccionó después del segundo escándalo.
—Sigues siendo el mismo niño
rico mimado que ha nacido con más talento del que merece y una vida enredada de
prioridades. Pues bien, por lo que a mí respecta, esta vez te has pasado de la
raya. Desde ahora, tu suspensión es indefinida. Y te advierto... si quiere ser
rehabilitado antes de que seas demasiado viejo hasta para jugar con los
retirados, mejor mantienes esa nariz tuya bien limpia.
Gastón rehusó defenderse. No
vio necesidad. Nico sabía que Sturgis Randall era un cabronazo, igual que sabía
que Gastón nunca le pegaría deliberadamente a una mujer, pero eso no parecía
hacer mucha diferencia, y ahora Gastón entendía como se sentía al ser
traicionado por el hombre que le importaba más en el mundo.
No había pasado un sólo día
desde su suspensión que no maldijera el hecho de haber nacido y haberse criado
en Wynette, Texas, la ciudad dónde vivía Nico Riera, junto con maldecir el
hecho que Nico se había interesado por él cuando él armaba escándalos por los
alrededores de la ciudad en el Porsche rojo completamente nuevo que su madre le
había regalado por su decimosexto cumpleaños.
Excepto que, cuando Gastón
pensaba racionalmente, sabía que la intervención de Nico le había salvado la
vida.
Crecer con una madre loca
que le sofocaba con su amor obsesivo, junto con un padre distante al que no le
importó lo suficiente como para interceder, había puesto a Gastón en el camino
hacia la peor clase de problemas. Había sido un matón, el cabecilla de una
banda que había sembrado la destrucción a través de la ciudad de Wynette. Sólo Nico
Riera había estado estorbando. Eso fue lo que cambió todo. Porque Nico le
conocía mejor que nadie, y entendió lo que nadie más hizo... que el golf era la
única que podía salvar la lamentable y estropeada vida de Gastón Dalmau.
Mientras colgaba una llamada
infructuosa con uno de sus contactos en USA Today, oía a Rocío moviéndose por
la cocina, y una pequeña esquina de su depresión se levantó. Parecía que su
impulso sexual no había desaparecido después de todo. Incluso antes de su
suspensión, había comenzado a preocuparse. Siempre había tenido una vida sexual
activa, pero no había sentido ningún deseo de continuar con ella una vez que se
había deshecho de Jilly. En cambio, había estado obsesionado con la idea de que
un hombre que ganaba tantos torneos de golf debería ser mucho más feliz. Pero
ahora Rocío había aparecido, y, en cuestión de horas, su cuerpo había
despertado.
A pesar de su paraguas y su
orden, ella era exactamente la distracción que necesitaba, especialmente ahora,
cuando los mejores profesionales del mundo se dirigían hacia el Masters de
Augusta mientras él estaba sentado en casa por el capricho de un hombre que era
supuestamente su amigo. Y no tenía que preocuparse porque Rochi provocara otro
escándalo público, que era la última cosa que su carrera podría aguantar,
cuando se deshiciera de ella. De ninguna manera un alma conservadora como la
suya dejaría que alguien supiera que utilizaba sus vacaciones de verano para
satisfacer su anhelo de revolcarse en la cama con un desconocido.
Además, lo divertía
tremendamente, lo cual era extraño, pues generalmente no soportaba a las
mujeres dominadoras. Pero Rocío estaba tan absolutamente despistada que estar
alrededor de ella era como estar en el centro de una historieta privada y
graciosa.
Y estaba esa boca. . . Y esa
energía. . . . Él sonrió cuando pensó en tener todo ese entusiasmo
retorciéndose desnudo debajo de él.
Ahora tenía la intención de
usarla para librarse de pensar en Augusta, en Nico Riera, y en una vida que
parecía progresivamente sin sentido.
Sí, señor. Rocío era justo
lo que necesitaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario