martes, 3 de abril de 2012

Capitulo III, Primera Parte


Rochi había comprado sexo. No podía creer lo que había hecho. Después de toda una vida de conveniencia, le había vuelto la espalda a todo en lo que creía.
—Ya puedes mirar —dijo él.
Ella se sintió como una tonta. Tan pronto como él se levantó para salir del jacuzzi, sumergió la cabeza como una solterona nerviosa. ¿Por qué no podía ser indiferente y sofisticada acerca de eso? Él ciertamente no se sentía cohibido acerca de su cuerpo. Y fue natural que ella quisiera mirarlo.
Muy mal.
Ahora que lo hizo, su boca se quedó seca. Él envolvió una toalla alrededor de sus caderas con el nudo unos centímetros debajo del ombligo. Los chorritos de agua se deslizaban como dedos diminutos abajo de su pecho y a lo largo de su abdomen plano. Él tenía un cuerpo impresionante, y ella lo había alquilado para la noche.
—¿Tienes frío?
Ella miró hacia arriba.
—¿Perdón?
—Te has estremecido.
—Oh. . . Sí, siento algo de frío. ¿Podías por favor traerme una toalla? —ella entrecerró sus ojos—. Es decir, si no exceden tus competencias.
Él le dirigió una sonrisa devastadora que indudablemente usaba para demoler a las mujeres desde la cuna. Este hombre no tenía obviamente principios. Pero eso le hacía perfecto para lo que ella necesitaba.
En el momento que él desapareció a través de las puertas cristaleras, se apresuró a salir del jacuzzi y se puso encima su túnica.
—No importa —le gritó tan pronto como recogió su traje de baño y dio un paso adentro.
Subió arriba, recogió sus artículos de tocador, y los llevó al cuarto de baño.
Esta noche daba un gran paso hacia su libertad y la seguridad de St. Gert.

Gastón condujo a Rocío con engaños a preparar la cena tan pronto como ella bajó la escalera de su siesta. Todo lo que él necesitó hacer fue mencionar que comiendo en casa ahorraría su dinero, pero la verdad era, que no se encontraba con ánimo para estar con otras personas en este momento. Sería demasiado esfuerzo.
Por una vez ella no daba órdenes cuando sacó unos filetes de pollo del congelador, y comenzó a preparar una ensalada, mientras él lavaba unas patatas y las ponía al horno.
Ella seguro no se había vestido para seducirle. No es que pasara algo con su ropa. Llevaba unos bonitos pantalones sueltos beige con un suéter de algodón amarillo hasta la cintura con unos botones de perla en el cuello y una pequeña cinta de cordón crocheteada en la parte inferior. La ropa era fresca y se veía cómoda, sugerente pero sin ser reveladora. Y sin flores.
Él podría ver que Rocío estaba nerviosa estando él alrededor, y a él ya no le quedaban energías para seguir trabajándosela esta tarde, así que decidió darle a ella un respiro mientras las patatas se horneaban. Se excusó y se metió calladamente en su despacho, dónde hizo algunas llamadas telefónicas, ninguna de ellas a Mery. Principalmente, metió las narices en sus contactos con la prensa.
Entre su legendario swing, una racha caliente de dieciocho meses, y el hecho que era bastante atractivo, Gastón se había ganado la atención del público, pero nunca había podido ganar su adoración. A la gente le gustaban los deportistas que habían vencido a la pobreza extrema o alguna lesión crónica... y pensaban que a Gastón Dalmau, le habían llegado las cosas demasiado fáciles.
De todos modos el mundo del deporte le había tratado bien, y Gastón nunca se había quejado.
Pero una visita del FBI el mes pasado había puesto su mundo patas arriba. Al parecer, su administrador desde hacía bastante tiempo, Howard Slattery, había estado vertiendo por un embudo grandes cantidades de dinero de Gastón en una operación ilegal de droga para México, Colombia, y, eventualmente, Houston. La revelación le había caído a Gastón como una bomba. Aun en sus días más descabellados, nunca tuvo nada que ver con drogas, y el conocimiento de que su dinero contribuía al sufrimiento de otras personas había sido más de lo que pudo soportar.
Slattery fue arrestado tratando de huir del país, y todas las cuentas de Gastón fueron de dominio público. Aunque la investigación aún no estaba cerrada, era generalmente reconocido tanto por el gobierno federal como por la opinión pública que Gastón no tenía conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Pero el incidente había caído muy mal dentro de la PGA y el actual comisionado, Nicolás Riera se puso como un energúmeno.
—¡Esta es la gota que desbordó el vaso, Gastón! Has estado deslizándote por una pendiente desde que te conocí, haraganeando en tu vida privada, ignorando el negocio, no tomándote nada en serio excepto jugar al golf. Pues bien, esta vez tu pereza ha lanzado una gran sombra sobre la PGA, y vas a pagarlo. Te suspendo del circuito durante dos semanas.
—¡No puedes hacer eso, hijo de puta! ¡Me perderé el Masters! ¡Y no he hecho nada malo! ¡No tienes ninguna razón!
—Dices que no tengo ninguna razón, bien, te diré una. ¡Tu vulgar estupidez! Tal vez unas semanas fuera del circuito te dará una oportunidad de poner tu cabeza en orden y darte cuenta que en la vida hay otras cosas aparte de pegarle a una pelota de golf.
Como si Gastón repentinamente pudiera ir hasta el final de lo que, había eludido durante treinta y tres años. Presionó los dedos en el puente de su nariz, oyendo la voz de su madre en lugar de la del comisionado.
—¡Cómo te atreves a acusar a mi dulce Gastón de dar una paliza a ese pequeño mocoso tuyo! ¡Solamente estás celoso porque mi Gastón es más listo que los otros niños en esta ciudad dejada de la mano de Dios!
Él se quitó de encima los viejos e inoportunos recuerdos de su infancia y devolvió sus pensamientos a su problema actual. Dos días después de que Nico lo hubiera suspendido, Gastón se vio envuelto en una pelea pública con Sturgis Randall, un periodista deportivo de Network, demasiado bien pagado, y abusivo, que siempre utilizaba frases como: "nacido con una cuchara de plata en la boca", el "playboy campeón," y "la vida encantada" cuando describía a Gastón y su carrera.
Nunca te disculpes, nunca des explicaciones, era el lema de Gastón. Él no podía soportar cuando otros deportistas de élite comenzaban a lloriquear a la prensa sobre lo incomprendidos que eran, así que había tomado la política de no hablar nunca con los reporteros. En lugar de eso, dejó que sus palos de golf hablaran, y que la gente actuara en consecuencia. Lo que no significaba que le lanzara alguna pulla a algún idiota sin modales. Aun así, nunca habría golpeado a Sturgis si el periodista no hubiera lanzado la primera pulla.
Era todo lo que Gastón había necesitado. Pero tal como Sturgis comenzaba a entender el grado de su error, Jilly Bradford, periodista de deportes de televisión y antigua novia de Gastón, había aparecido de ninguna parte, y el puño de Gastón por casualidad había aterrizado en su hombro. Un cámara de televisión había captado el momento, incluyendo después a Jilly llorando patéticamente y Sturgis Randall ensangrentado consolándola.
Aun así, Gastón podría haberse librado del escándalo si Jilly hubiera sido justa con él. Ella sabía que había sido un accidente, pero desde que su aventura amorosa había corrido su curso natural, ella había contado pelos y señales acerca de su infelicidad con Gastón. Por eso, todo el mundo pensaría que esto era una disputa doméstica, y ahora Gastón no sólo parecería un hombre demasiado estúpido para cuidar de su dinero, sino que también era un cabronazo que le gustaba aporrear mujeres.
Si pensó que Nico había estado alterado con él antes de su pelea con Randall, no fue nada comparado con la forma que reaccionó después del segundo escándalo.
—Sigues siendo el mismo niño rico mimado que ha nacido con más talento del que merece y una vida enredada de prioridades. Pues bien, por lo que a mí respecta, esta vez te has pasado de la raya. Desde ahora, tu suspensión es indefinida. Y te advierto... si quiere ser rehabilitado antes de que seas demasiado viejo hasta para jugar con los retirados, mejor mantienes esa nariz tuya bien limpia.
Gastón rehusó defenderse. No vio necesidad. Nico sabía que Sturgis Randall era un cabronazo, igual que sabía que Gastón nunca le pegaría deliberadamente a una mujer, pero eso no parecía hacer mucha diferencia, y ahora Gastón entendía como se sentía al ser traicionado por el hombre que le importaba más en el mundo.
No había pasado un sólo día desde su suspensión que no maldijera el hecho de haber nacido y haberse criado en Wynette, Texas, la ciudad dónde vivía Nico Riera, junto con maldecir el hecho que Nico se había interesado por él cuando él armaba escándalos por los alrededores de la ciudad en el Porsche rojo completamente nuevo que su madre le había regalado por su decimosexto cumpleaños.
Excepto que, cuando Gastón pensaba racionalmente, sabía que la intervención de Nico le había salvado la vida.
Crecer con una madre loca que le sofocaba con su amor obsesivo, junto con un padre distante al que no le importó lo suficiente como para interceder, había puesto a Gastón en el camino hacia la peor clase de problemas. Había sido un matón, el cabecilla de una banda que había sembrado la destrucción a través de la ciudad de Wynette. Sólo Nico Riera había estado estorbando. Eso fue lo que cambió todo. Porque Nico le conocía mejor que nadie, y entendió lo que nadie más hizo... que el golf era la única que podía salvar la lamentable y estropeada vida de Gastón Dalmau.
Mientras colgaba una llamada infructuosa con uno de sus contactos en USA Today, oía a Rocío moviéndose por la cocina, y una pequeña esquina de su depresión se levantó. Parecía que su impulso sexual no había desaparecido después de todo. Incluso antes de su suspensión, había comenzado a preocuparse. Siempre había tenido una vida sexual activa, pero no había sentido ningún deseo de continuar con ella una vez que se había deshecho de Jilly. En cambio, había estado obsesionado con la idea de que un hombre que ganaba tantos torneos de golf debería ser mucho más feliz. Pero ahora Rocío había aparecido, y, en cuestión de horas, su cuerpo había despertado.
A pesar de su paraguas y su orden, ella era exactamente la distracción que necesitaba, especialmente ahora, cuando los mejores profesionales del mundo se dirigían hacia el Masters de Augusta mientras él estaba sentado en casa por el capricho de un hombre que era supuestamente su amigo. Y no tenía que preocuparse porque Rochi provocara otro escándalo público, que era la última cosa que su carrera podría aguantar, cuando se deshiciera de ella. De ninguna manera un alma conservadora como la suya dejaría que alguien supiera que utilizaba sus vacaciones de verano para satisfacer su anhelo de revolcarse en la cama con un desconocido.
Además, lo divertía tremendamente, lo cual era extraño, pues generalmente no soportaba a las mujeres dominadoras. Pero Rocío estaba tan absolutamente despistada que estar alrededor de ella era como estar en el centro de una historieta privada y graciosa.
Y estaba esa boca. . . Y esa energía. . . . Él sonrió cuando pensó en tener todo ese entusiasmo retorciéndose desnudo debajo de él.
Ahora tenía la intención de usarla para librarse de pensar en Augusta, en Nico Riera, y en una vida que parecía progresivamente sin sentido.
Sí, señor. Rocío era justo lo que necesitaba.

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