martes, 22 de mayo de 2012

Capitulo IV, Segunda Parte


Por primera vez, ella pensó que tenía que ver Eugenia en todo esto. Pensando en su conversación, no pudo recordar si Eugenia alguna vez le dijo que Gastón era un acompañante profesional. En cambio, ella lo había descrito como un amigo. En cierta forma Rochi había sacado la idea que él hacía eso como su profesión, y ella claramente se acordó de preguntar a Eugenia si setenta y cinco dólares por día eran suficiente para cubrir sus honorarios. Apenas ahora recordó la forma en que Eugenia se había reído.
—Dile que te he dicho yo que haría el trabajo por cincuenta.
Su amiga no pudo haber tenido idea que su pequeña gracia le saldría el tiro por la culata.
Ella ya no tenía fuerzas para pelearse con él.
—Esto no nos va a llevar a ninguna parte, Sr. Dalmau. Es obvio que no te gusto, y ciertamente tú no me gustas a mí...
—Eso no es del todo cierto. Cuando no me apuntas con tu paraguas ni me ordenas que hacer, eres muy agradable —entró en una autopista de cuatro carriles—. Al menos no eres aburrida, que es más de lo que puedo decir de la mayor parte de las mujeres que conozco.
—Muchas gracias. Pero nunca vamos a enmendar el mal principio que hemos tenido. Mañana temprano voy a llamar a Eugenia y le pediré que me recomiende a alguien más para ayudarme. No tenemos que volver a vernos otra vez.
El coche desaceleró.
—¿Vas a llamar a Eugenia?
—Yo... le diré que tenemos un conflicto de personalidades. Ella lo entenderá.
—Yo, uh… Yo te pediría que no le digas a Eugenia nada de esto.
—No puedo hacer eso. Ella insistió que la llamara después de que empezara a escribir una crónica de mi viaje.
—Sí, apuesto a que lo hizo —masculló él, luego la miró—. Te diré qué haremos. Te doy cien dólares al día si permites que me quede como tu guía para este viaje. Te llevo a todas partes en coche, dónde te apetezca. Todo lo que tienes que hacer es disfrutar del paisaje y contarle a Eugenia bien claro que todo va de perlas entre nosotros.
El tonto perezoso había dejado de existir. En su lugar había un desconocido decidido de mandíbula dura y ojos intensos. Le llevo sólo un momento hacerse una idea del asunto.
—¿Eugenia te chantajea de alguna manera, no? Te ha obligado a hacer esto...
—Se podría decir.
Él salió de la autopista a un camino de acceso, luego se metió en el estacionamiento de un hotel de aspecto lujoso.
—¿Qué es esto?
—Creo que ya hemos tenido bastante drama por esta noche.
—Dímelo.
—¿Cien dólares al día? ¿Estás de acuerdo?
Fascinada, ella clavó los ojos en él. Toda huella de humor había desaparecido de su expresión, y su boca perpetuamente sonriente estaba totalmente seria. Este hombre estaba acostumbrado a obtener lo que quería.
Ella vio ahora que lo había menospreciado desde que lo conoció, y se preguntó cuántas otras personas habían hecho lo propio. Era un error que no iba a repetir.
—Doscientos —se encontró diciendo, simplemente para castigarle—. Más los gastos.
Una parte de ella se preguntaba si se había vuelto loca, cuando vio que la expresión de él era de puro alivio. Si él se dio cuenta de eso o no, no lo sabía, pero sí sabía que él le había dado el poder que necesitaba para controlarlo durante las siguientes dos semanas. A partir de este momento, Rochi tenía en su mano a Gastón Dalmau, y después de lo que él le había hecho esta noche, no tendría ningún escrúpulo en usarlo para conseguir sus fines.
Su cara seguía seria cuando la llevó a través de la puerta del hotel y esto le dijo que no le había llevado mucho tiempo darse cuenta que el equilibrio de poder acababa de cambiar. La tensión se palpaba en su suave voz cansina de Texas.
—Te conseguiré una habitación. Y quiero tu palabra que estarás en el vestíbulo esperándome mañana a las nueve de la mañana.
—Oh, yo... estaré allí.
Su nueva confianza se debía reflejar en sus ojos porque los suyos se estrecharon, y, en ese mismísimo momento, ella estaba decidida a descubrir que poder tenía exactamente Eugenia sobre él.
Diez minutos más tarde el mozo de hotel la escoltó a una lujosa suite en una de las mejores plantas del hotel. Por un momento a ella casi le remordió la conciencia, pero la sensación rápidamente desapareció. Ella conocía un soborno cuando lo veía, y Gastón Dalmau estaba tratando de comprarla completamente.
No era su trabajo, pero estaba decidida a saber porqué.
A la mañana siguiente, el timbre del teléfono la despertó. Se retiró el pelo de la cara y recorrió con la mirada el reloj mientras trataba de alcanzar el receptor. Las 6:18.
—Hola.
—Espere, por favor, va a hablarle Su Gracia, el Duque de Beddington.
Ella se hundió de vuelta a las almohadas. Se preguntaba cuanto tiempo le llevaría encontrarla. Mientras esperaba, recordó los acontecimientos de la pasada noche, y casi se alegró cuando una voz familiar llenó la línea.
—Rochi, mi lindo ángel. ¿Dónde te has metido? Me haces gastar muchos esfuerzos tratando de encontrarte.
Ella se echó impulsivamente para atrás ante los tonos nasales de Hugh Weldon Holroyd, el decimoprimer Duque de Beddington, y un hombre que se parecía a Enrique VIII en más formas que su apariencia. Él también poseía el terreno en el cual se asentaba St. Gert, así como también era el benefactor más importante de la escuela desde que su madre, la duquesa viuda, había muerto ocho meses atrás.
—Buenos días, Su Ilustrísima.
—Ahora, nada de eso, mi amor. Puedes llamarme Hugh, aunque sólo en privado, ya sabes.
Él se detuvo un momento, y ella le visualizó comiendo un buñuelo a través de esos labios carnosos. Ese Hugh realmente comía cualquier cosa. Del mismo modo que él consumía grandes cantidades de comida, sus modales eran impecables. Él una vez devoró una bandeja entera de sus pastas de té sin dejar caer una sola miga. La apariencia era tan importante para él como su título.
—Rochi, Rochi, parece que hemos tenido un pequeño malentendido. Debías llamarme ayer cuando llegaras. Debo decirte que me ha resultado difícil seguirte la pista.
—Lo siento mucho —mintió ella—. Estaba tan exhausta que lo olvidé.
—Perfectamente comprensible. Espero que hayas descansado bien.
—Sí, muy bien.
Su amabilidad no la engañó. Ella ya había aprendido que el Duque de Beddington era un hombre que haría lo que fuera para conseguir lo que quería.
Ella pensó en sus dos mujeres muertas y se estremeció. No es que hubiera algo sospechoso pues una había muerto en un parto, la otra había sido sorprendida por una avalancha durante las vacaciones de esquí en los Alpes. Pero entre su semejanza física con Enrique VIII, las muertes de sus mujeres, y las dos hijas jóvenes que él había metido en una escuela mucho más prestigiosa que St. Gert, hacía que se le pusiera el vello de punta.
—Mencionaste que habías contratado un chófer, pero no que era uno de los golfistas más famosos del mundo. Sé lo ingenua que eres, mi amor, así que estoy seguro que este arreglo no te habrá agradado en absoluto.
Ella experimentó una puñalada pequeña de satisfacción.
—Por favor no se preocupe, Su Gracia. Mi amiga Eugenia le recomendó —no se molestó en preguntarle cómo había descubierto que Gastón sería su guía, Hugh Holroyd era un hombre que no dejaba nada a la improvisación. Desde el momento que le había anunciado este viaje, ella sabía que contrataría a alguien para seguirla.
—Estoy seguro que comprenderás mi punto de vista. Sé que disfrutas de la compañía de Eugenia, pero ella trabaja en la televisión, mi amor, lo que la hace apenas respetable. Y como la futura Duquesa de Beddington, necesitas pensar acerca de estas cosas.
Ella rizó un dedo más fuerte alrededor del cordón telefónico.
—Oh, yo lamento que le cree un problema. Sólo tengo dos semanas para terminar mi investigación, y necesitaba a alguien de confianza. El Sr. Dalmau está familiarizado con este territorio.
—Amorcito, sabes que ese no es el tema. Anunciaremos nuestro compromiso tan pronto como regreses, y no es nada aconsejable que pases tanto tiempo sola con otro hombre, aunque sólo sea un chófer.
Nunca anunciarían ese compromiso, aunque eso era algo que él no sabía aún.
Lo mismo que él no sabía que ella iba a hacer todo lo posible para proteger St. Gert de su chantaje.
—Esto es Texas, Su Gracia. Nadie de su círculo de conocidos alguna vez lo sabrá.
—Olvidas que tengo intereses comerciales en el mundo entero. De hecho, tengo que ir a Nueva York poco después que tú regreses. He pospuesto mi viaje sólo para verte cuando vuelvas. Realmente, mi amor, lo que realmente pienso, es que deberías volver a casa de inmediato. Desde el principio, este viaje me ha desagradado.
—Aprecio su preocupación, pero me temo que eso es imposible. Sé que usted no quiere que siga de directora después de anunciar el compromiso.
—Naturalmente sería impropio.
¡Sólo en el siglo diecisiete, hombre horrible!
—Por eso debo quedarme. Les prometí a los editores de New Historian que habría terminado mi artículo para primeros de mayo, y estoy segura que comprenderá que no puedo faltar a mi palabra —hizo una pausa para dar un efecto más dramático—. Sólo piense cómo quedaría que la futura Duquesa de Beddington no cumpliera sus promesas.
Ella supo que había dado en el clavo cuando oyó la nota irritable en su voz.
—De acuerdo, pero no me agrada que estés acompañada por un hombre tan famoso. Sé que sueno como un marido excesivamente amoroso, mi amor, pero yo no me perdonaría si dejo que cualquier escándalo ensucie tu nombre.
—No se preocupe, Su Gracia.
Ella entrecerró los ojos ante esa mentira tan flagrante. Si todo iba bien, crearía un escándalo simplemente lo bastante grande para poner fin a cualquier idea de un compromiso y, al mismo tiempo, asegurarse que St. Gert permanecía seguro y confortable para otra generación de chicas.

1 comentario:

  1. Se pone bastante interesante la nota!!.. me gusta!!jajaja

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