Por primera vez, ella pensó
que tenía que ver Eugenia en todo esto. Pensando en su conversación, no pudo
recordar si Eugenia alguna vez le dijo que Gastón era un acompañante
profesional. En cambio, ella lo había descrito como un amigo. En cierta forma Rochi
había sacado la idea que él hacía eso como su profesión, y ella claramente se
acordó de preguntar a Eugenia si setenta y cinco dólares por día eran
suficiente para cubrir sus honorarios. Apenas ahora recordó la forma en que Eugenia
se había reído.
—Dile que te he dicho yo que
haría el trabajo por cincuenta.
Su amiga no pudo haber
tenido idea que su pequeña gracia le saldría el tiro por la culata.
Ella ya no tenía fuerzas
para pelearse con él.
—Esto no nos va a llevar a
ninguna parte, Sr. Dalmau. Es obvio que no te gusto, y ciertamente tú no me
gustas a mí...
—Eso no es del todo cierto.
Cuando no me apuntas con tu paraguas ni me ordenas que hacer, eres muy
agradable —entró en una autopista de cuatro carriles—. Al menos no eres
aburrida, que es más de lo que puedo decir de la mayor parte de las mujeres que
conozco.
—Muchas gracias. Pero nunca
vamos a enmendar el mal principio que hemos tenido. Mañana temprano voy a
llamar a Eugenia y le pediré que me recomiende a alguien más para ayudarme. No
tenemos que volver a vernos otra vez.
El coche desaceleró.
—¿Vas a llamar a Eugenia?
—Yo... le diré que tenemos
un conflicto de personalidades. Ella lo entenderá.
—Yo, uh… Yo te pediría que
no le digas a Eugenia nada de esto.
—No puedo hacer eso. Ella
insistió que la llamara después de que empezara a escribir una crónica de mi
viaje.
—Sí, apuesto a que lo hizo
—masculló él, luego la miró—. Te diré qué haremos. Te doy cien dólares al día
si permites que me quede como tu guía para este viaje. Te llevo a todas partes
en coche, dónde te apetezca. Todo lo que tienes que hacer es disfrutar del paisaje
y contarle a Eugenia bien claro que todo va de perlas entre nosotros.
El tonto perezoso había
dejado de existir. En su lugar había un desconocido decidido de mandíbula dura
y ojos intensos. Le llevo sólo un momento hacerse una idea del asunto.
—¿Eugenia te chantajea de
alguna manera, no? Te ha obligado a hacer esto...
—Se podría decir.
Él salió de la autopista a
un camino de acceso, luego se metió en el estacionamiento de un hotel de
aspecto lujoso.
—¿Qué es esto?
—Creo que ya hemos tenido
bastante drama por esta noche.
—Dímelo.
—¿Cien dólares al día?
¿Estás de acuerdo?
Fascinada, ella clavó los
ojos en él. Toda huella de humor había desaparecido de su expresión, y su boca
perpetuamente sonriente estaba totalmente seria. Este hombre estaba acostumbrado
a obtener lo que quería.
Ella vio ahora que lo había
menospreciado desde que lo conoció, y se preguntó cuántas otras personas habían
hecho lo propio. Era un error que no iba a repetir.
—Doscientos —se encontró
diciendo, simplemente para castigarle—. Más los gastos.
Una parte de ella se
preguntaba si se había vuelto loca, cuando vio que la expresión de él era de
puro alivio. Si él se dio cuenta de eso o no, no lo sabía, pero sí sabía que él
le había dado el poder que necesitaba para controlarlo durante las siguientes
dos semanas. A partir de este momento, Rochi tenía en su mano a Gastón Dalmau,
y después de lo que él le había hecho esta noche, no tendría ningún escrúpulo
en usarlo para conseguir sus fines.
Su cara seguía seria cuando
la llevó a través de la puerta del hotel y esto le dijo que no le había llevado
mucho tiempo darse cuenta que el equilibrio de poder acababa de cambiar. La
tensión se palpaba en su suave voz cansina de Texas.
—Te conseguiré una
habitación. Y quiero tu palabra que estarás en el vestíbulo esperándome mañana
a las nueve de la mañana.
—Oh, yo... estaré allí.
Su nueva confianza se debía
reflejar en sus ojos porque los suyos se estrecharon, y, en ese mismísimo
momento, ella estaba decidida a descubrir que poder tenía exactamente Eugenia
sobre él.
Diez minutos más tarde el
mozo de hotel la escoltó a una lujosa suite en una de las mejores plantas del
hotel. Por un momento a ella casi le remordió la conciencia, pero la sensación
rápidamente desapareció. Ella conocía un soborno cuando lo veía, y Gastón Dalmau
estaba tratando de comprarla completamente.
No era su trabajo, pero
estaba decidida a saber porqué.
A la mañana siguiente, el
timbre del teléfono la despertó. Se retiró el pelo de la cara y recorrió con la
mirada el reloj mientras trataba de alcanzar el receptor. Las 6:18.
—Hola.
—Espere, por favor, va a
hablarle Su Gracia, el Duque de Beddington.
Ella se hundió de vuelta a
las almohadas. Se preguntaba cuanto tiempo le llevaría encontrarla. Mientras
esperaba, recordó los acontecimientos de la pasada noche, y casi se alegró
cuando una voz familiar llenó la línea.
—Rochi, mi lindo ángel.
¿Dónde te has metido? Me haces gastar muchos esfuerzos tratando de encontrarte.
Ella se echó impulsivamente
para atrás ante los tonos nasales de Hugh Weldon Holroyd, el decimoprimer Duque
de Beddington, y un hombre que se parecía a Enrique VIII en más formas que su
apariencia. Él también poseía el terreno en el cual se asentaba St. Gert, así
como también era el benefactor más importante de la escuela desde que su madre,
la duquesa viuda, había muerto ocho meses atrás.
—Buenos días, Su
Ilustrísima.
—Ahora, nada de eso, mi
amor. Puedes llamarme Hugh, aunque sólo en privado, ya sabes.
Él se detuvo un momento, y
ella le visualizó comiendo un buñuelo a través de esos labios carnosos. Ese
Hugh realmente comía cualquier cosa. Del mismo modo que él consumía grandes
cantidades de comida, sus modales eran impecables. Él una vez devoró una
bandeja entera de sus pastas de té sin dejar caer una sola miga. La apariencia
era tan importante para él como su título.
—Rochi, Rochi, parece que
hemos tenido un pequeño malentendido. Debías llamarme ayer cuando llegaras.
Debo decirte que me ha resultado difícil seguirte la pista.
—Lo siento mucho —mintió
ella—. Estaba tan exhausta que lo olvidé.
—Perfectamente comprensible.
Espero que hayas descansado bien.
—Sí, muy bien.
Su amabilidad no la engañó.
Ella ya había aprendido que el Duque de Beddington era un hombre que haría lo
que fuera para conseguir lo que quería.
Ella pensó en sus dos
mujeres muertas y se estremeció. No es que hubiera algo sospechoso pues una
había muerto en un parto, la otra había sido sorprendida por una avalancha
durante las vacaciones de esquí en los Alpes. Pero entre su semejanza física
con Enrique VIII, las muertes de sus mujeres, y las dos hijas jóvenes que él
había metido en una escuela mucho más prestigiosa que St. Gert, hacía que se le
pusiera el vello de punta.
—Mencionaste que habías
contratado un chófer, pero no que era uno de los golfistas más famosos del
mundo. Sé lo ingenua que eres, mi amor, así que estoy seguro que este arreglo
no te habrá agradado en absoluto.
Ella experimentó una
puñalada pequeña de satisfacción.
—Por favor no se preocupe,
Su Gracia. Mi amiga Eugenia le recomendó —no se molestó en preguntarle cómo
había descubierto que Gastón sería su guía, Hugh Holroyd era un hombre que no
dejaba nada a la improvisación. Desde el momento que le había anunciado este
viaje, ella sabía que contrataría a alguien para seguirla.
—Estoy seguro que
comprenderás mi punto de vista. Sé que disfrutas de la compañía de Eugenia,
pero ella trabaja en la televisión, mi amor, lo que la hace apenas respetable.
Y como la futura Duquesa de Beddington, necesitas pensar acerca de estas cosas.
Ella rizó un dedo más fuerte
alrededor del cordón telefónico.
—Oh, yo lamento que le cree
un problema. Sólo tengo dos semanas para terminar mi investigación, y
necesitaba a alguien de confianza. El Sr. Dalmau está familiarizado con este
territorio.
—Amorcito, sabes que ese no
es el tema. Anunciaremos nuestro compromiso tan pronto como regreses, y no es
nada aconsejable que pases tanto tiempo sola con otro hombre, aunque sólo sea
un chófer.
Nunca anunciarían ese
compromiso, aunque eso era algo que él no sabía aún.
Lo mismo que él no sabía que
ella iba a hacer todo lo posible para proteger St. Gert de su chantaje.
—Esto es Texas, Su Gracia.
Nadie de su círculo de conocidos alguna vez lo sabrá.
—Olvidas que tengo intereses
comerciales en el mundo entero. De hecho, tengo que ir a Nueva York poco
después que tú regreses. He pospuesto mi viaje sólo para verte cuando vuelvas.
Realmente, mi amor, lo que realmente pienso, es que deberías volver a casa de
inmediato. Desde el principio, este viaje me ha desagradado.
—Aprecio su preocupación,
pero me temo que eso es imposible. Sé que usted no quiere que siga de directora
después de anunciar el compromiso.
—Naturalmente sería
impropio.
¡Sólo en el siglo
diecisiete, hombre horrible!
—Por eso debo quedarme. Les
prometí a los editores de New Historian que habría terminado mi artículo para
primeros de mayo, y estoy segura que comprenderá que no puedo faltar a mi
palabra —hizo una pausa para dar un efecto más dramático—. Sólo piense cómo
quedaría que la futura Duquesa de Beddington no cumpliera sus promesas.
Ella supo que había dado en
el clavo cuando oyó la nota irritable en su voz.
—De acuerdo, pero no me
agrada que estés acompañada por un hombre tan famoso. Sé que sueno como un
marido excesivamente amoroso, mi amor, pero yo no me perdonaría si dejo que
cualquier escándalo ensucie tu nombre.
—No se preocupe, Su Gracia.
Ella entrecerró los ojos
ante esa mentira tan flagrante. Si todo iba bien, crearía un escándalo
simplemente lo bastante grande para poner fin a cualquier idea de un compromiso
y, al mismo tiempo, asegurarse que St. Gert permanecía seguro y confortable
para otra generación de chicas.
Se pone bastante interesante la nota!!.. me gusta!!jajaja
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