Gastón despertó poco
después del alba. Ella se había acoplado a su cuerpo mientras dormía, pero
advirtió que tenía un brazo entre ambos, con la mano cerrada en un puño sobre
el corazón. Como si lo estuviera protegiendo, pensó Gastón. La llavecita de
plata descansaba sobre el canto de la mano.
Quiso levantarla y
desplegar suavemente los dedos. Descubrirle el corazón, se dijo. Él ya le había
entregado el suyo. Se lo había entregado, pensó, en cuanto la vio.
Representaba un
fuerte impacto para un hombre que había llegado a la conclusión de que no era
capaz de querer, salvo a familiares y amigos. Su crisis personal con Daniela,
sobre la que todo el mundo aseguraba —incluida ella— que era perfecta para él,
le convenció de que había perdido su única oportunidad de entablar una relación
duradera y satisfactoria con una mujer.
Había sido una
conclusión dura de tragar para un hombre que, en su corazón, creía firmemente
en la familia, en el hogar, en el matrimonio. Y el hecho de haberla tragado,
comprendía ahora, fue la causa principal de la infelicidad que le había seguido
durante meses como un perro fiel.
Ahora tenía delante a
la mujer que constituía la respuesta. Pero no creía que ella estuviera
dispuesta a escuchar la pregunta.
Así pues, tendría que
persuadirla. De una forma u otra, más tarde o más temprano. Porque lo que había
dicho esa noche lo había dicho de corazón. Iban a ser el uno del otro.
Pensó en despertarla
y recordarle la estupenda pareja que hacían en la cama. No se le ocurría una
forma mejor de comenzar el día, sobre todo porque ella estaba caliente, suave y
acurrucada contra él.
Pero apenas habían
dormido y no le pareció justo despertarla. Su jornada laboral comenzaba mucho
más tarde que la de él.
Con gran pesar, se
separó de ella y se levantó. Ella se revolvió en sueños, suspiró y rodó sobre
el calor que él había dejado.
Cogió sus pantalones
y se encaminó a la ducha.
Para Gastón, el
cuarto de baño decía mucho de una persona. El de ella era rigurosamente pulcro
e indulgente. Unas toallas gruesas de color verde bosque hacían resaltar los
sanitarios blancos y entonaban con los pequeños rombos repartidos por el suelo
de baldosa.
Plantas frondosas
adornaban el alféizar de la ventana y de una botella verde y alargada brotaba
un trío de narcisos.
Había otras botellas
de bellos colores y frascos que contenían aceites, cremas y sales de baño. Le
gustaban los jabones de fantasía, observó, y los guardaba en un bonito cuenco.
También descubrió que
allí el agua caliente duraba más que en su casa. Sonrió a lo largo de la
deliciosa ducha de quince minutos que llenó la habitación de vaho como un baño
turco.
Ella todavía dormía
cuando salió del baño, estirada ahora sobre las sábanas con el sol de la mañana
iluminando de soslayo su hermosa espalda. Gastón apartó de su cabeza la idea de
deslizarse entre las sábanas y se concentró en encontrar el café.
La sala de estar era
de techos altos y suelos de madera oscura. Con una esponja había aplicado
pintura azulada en las paredes, produciendo el efecto del denim gastado. Una de
las paredes acogía una chimenea circundada por la misma madera oscura con una
repisa que Gastón enseguida codició. La madera estaba gastada y la pintura, de
color crema, levantada.
Comprendió por qué la
había dejado así. Para conservar su pasado y su carácter.
En las paredes había
alegres carteles enmarcados. Carteles publicitarios, observó. Mujeres elegantes
anunciando champán y hombres de aspecto impecable disfrutando de un habano.
Un sofá azul marino
de respaldo alto, cubierto, como hacían curiosamente las mujeres con los sofás
y las camas, de cojines, dominaba el centro de la estancia.
Gastón entró en la
cocina y sonrió. No era habitual encontrar fotos en blanco y negro de desnudos
—masculinos y femeninos— en las paredes de una cocina.
Pero más le alegró
encontrar el café.
Cerró la puerta para
que el ruido del molinillo no se colara en el dormitorio. Y mientras el café se
hacía, contempló la vista de Nueva Orleáns que ofrecía la ventana de la cocina.
Oyó deslizarse la
puerta.
Ella llevaba puesto
un albornoz rojo corto. Tenía los ojos pesados por el sueño y una sonrisa
perezosa en los labios.
—Lo siento, pensaba
que había conseguido ahogar el ruido del molinillo.
—No lo oí. —Rocío
inspiró hondo—. Pero olí el resultado. ¿Estás preparando el desayuno, cher?
—¿Quieres tostadas?
Es mi punto fuerte.
—Creo que anoche ya
caté tu punto fuerte. —Sin dejar de sonreír, se acercó a él y deslizó las manos
por su cuello—. Dame un poco más —dijo, y unió su boca a la de él.
Se había despertado
sola, segura de que él ya no estaba. Nunca dejaba que los hombres se quedaran a
pasar la noche en su cama. Les era demasiado fácil escurrirse. Prefería
echarlos, prefería dormir sola a despertarse sola.
Entonces vio la
camisa, la chaqueta, los zapatos, y se alegró. Se alegró demasiado. Cuando un
hombre llegaba a tener tanto poder, significaba que había llegado el momento de
recuperar una parte. Y el método más seguro era nublarle la mente con sexo.
—¿Por qué no me
despertaste, cielo?
—Lo pensé. —Todavía
lo pensaba—. Pero me dije que si esta noche trabajabas, necesitabas dormir más
de diez minutos. Claro que si ya estás despierta...
Ella rió y se
escabulló.
—Como ya estoy
despierta, quiero café. —Rocío abrió un armario y le lanzó esa mirada astuta
por encima del hombro—. A lo mejor, si me lo pides por favor, te preparo el
desayuno.
—¿Te lo suplico de
pie, de rodillas o totalmente tumbado?
—Me halagas. Gastón.
Te haré tostadas. Le pain perdu. Tostadas francesas —añadió cuando él le miró
sin comprender—. Tengo una buena baguette. —Le tendió una taza repleta de café.
—Gracias. Como eres
buena en la cocina, no tendremos que contratar a una cocinera cuando nos
casemos y criemos a nuestros seis hijos.
—¿Seis?
—Estoy obligado a
mantener la tradición Sullivan-Dalmau. Me gusta el arte de tu cocina. No es un
lugar habitual para poner desnudos.
—¿Por qué? —Rocío
sacó una sartén—. Cocinar es un arte, un arte sexy si lo haces bien.
Cogió un cuenco azul.
Él la observó quebrar un huevo en el canto y dejar que la clara y la yema
cayeran, todo con una mano.
—Ahora te entiendo.
Hazlo otra vez.
Rocío rió y rompió
otro huevo.
—¿Por qué no pones un
poco de música? No tardaré mucho.
Comieron en una
mesita plegable que Rocío había colocado debajo de una de las ventanas de la
sala.
—¿Dónde aprendiste a
cocinar? —preguntó Gastón.
—Me enseñó mi abuela.
También intentó que aprendiera a coser, pero no lo consiguió.
—Me sorprende que
abrieras un bar y no un restaurante.
—Me gusta cocinar
cuando me apetece. No me gusta tener que hacerlo siempre, para ganarme la vida.
—Te comprendo. ¿Por
qué acabaste regentando un bar?
—Quería tener mi
propio negocio. Si trabajas para otros, se pasan el día diciéndote haz esto,
haz lo otro, ven aquí, ve allá, y eso no va conmigo. Me matriculé en la escuela
de comercio y me dije, ¿qué negocio me gustaría montar? No quiero vender
recuerdos, no quiero una tienda de regalos, no quiero vender ropa. Pensé que
todas esas cosas tenían buena salida en Nueva Orleáns, pero ¿qué tenía mejor
salida aún? El placer. Un poco de diversión inofensiva. Para eso viene la gente
al Big Easy. Así que monté Et Trois.
—¿Cuánto hace que lo
tienes?
—Veamos... —Rocío ya
se había comido su tostada, así que pescó con el tenedor una de las cuatro que
había apilado en el plato de Gastón—. Pronto hará seis años.
—¿Abriste un bar a
los veintitrés años?
—Oye, ¿cómo sabes la
edad que tengo?
—Vico.
Rocío alzó la mirada
al techo.
—Et là! Ese Victorio se ha ganado una buena zurra. Los
hombres no deberían ir por ahí revelando la edad de las mujeres. ¿Qué más te ha
contado?
Gastón se concentró
en el desayuno.
—Está buenísimo. ¿Qué
le has puesto?
Ella guardó silencio
diez segundos.
—Comprendo. Los
hombres no pueden evitar jactarse de sus hazañas sexuales.
Incómodo, por él y
por su amigo. Gastón contestó:
—No fue así. Habló
con nostalgia. Resultó conmovedor. Fuiste importante para él, y todavía lo
eres.
—Tiene suerte de que
lo sepa y de que yo sienta lo mismo. ¿Recuerdas la primera chica con la que
estuviste en el asiento trasero de un coche? ¿La recuerdas con cariño?
—Blanca Suarez. Una
rubia muy bonita. La amé desesperadamente durante mi último año de instituto.
Le gustó el hecho de
que mencionara un nombre al instante. Aunque se lo hubiera inventado.
—¿Qué ocurrió?
—Me dejó por un
futbolista. Me hizo un placaje. Jesús, un futbolista sin cuello y con la
inteligencia de un mosquito. Todavía estoy cabreado con ella. Pero, volviendo a
ti... por cierto, eres muy buena desviando las preguntas personales, pero he
sido abogado... ¿cómo conseguiste montar el bar? Veintitrés años es una edad
muy temprana para crear un negocio y, encima, un negocio próspero cuando la
mayoría se hunde a los tres años.
Rocío se recostó en
su silla.
—¿Qué importa eso,
abogado?
—Vale. —Gastón se
encogió de hombros y siguió comiendo—. Daré por sentado que robaste un banco,
pagaste a la pandilla, sedujiste al propietario del edificio y lo asesinaste
después de que te lo dejara en su testamento. Y seguiste regentando un garito
de juego y prostitución en la parte de atrás.
—Caray, no he perdido
el tiempo. Me gusta tu versión. La mía en comparación es muy insulsa. Trabajaba
después del colegio y durante los veranos, y ahorré dinero. Soy muy buena
ahorrando cuando lo necesito. Luego trabajé sirviendo bebidas en un bar e iba a
la escuela de comercio por las mañanas. Antes de cumplir veintidós años mi
abuelo murió. Se cayó de una escalera y se partió el maldito cuello. —Sus ojos
se humedecieron—. Supongo que todavía estoy cabreada con él.
—Lo siento. —Gastón
le acarició una mano—. ¿Eran muy unidos?
—Lo quería más que a
cualquier hombre en el mundo. Nicolás Igarzábal, de enorme risa y enormes
manos. Tocaba el violín y siempre llevaba una bandana roja. Siempre. En fin...
—Rocío parpadeó para ahuyentar las lágrimas—. El caso es que tenía una póliza
de seguros muy elevada. La mitad debía ser para mí y la otra mitad para mi
abuela. Al final mi abuela me obligó a aceptarla toda. Es imposible disuadirla
cuando se le mete algo en la cabeza. Invertí el dinero y un año más tarde abrí
el bar.
—No hay nada insulso
en tu versión. Regentas un buen bar, Rocío.
—Lo sé. —Se levantó y
recogió los platos—. Cher, será mejor que te vistas si quieres que te lleve a
casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario