martes, 22 de mayo de 2012

Capitulo Nueve, Primera Parte



Gastón despertó poco después del alba. Ella se había acoplado a su cuerpo mientras dormía, pero advirtió que tenía un brazo entre ambos, con la mano cerrada en un puño sobre el corazón. Como si lo estuviera protegiendo, pensó Gastón. La llavecita de plata descansaba sobre el canto de la mano.
Quiso levantarla y desplegar suavemente los dedos. Descubrirle el corazón, se dijo. Él ya le había entregado el suyo. Se lo había entregado, pensó, en cuanto la vio.
Representaba un fuerte impacto para un hombre que había llegado a la conclusión de que no era capaz de querer, salvo a familiares y amigos. Su crisis personal con Daniela, sobre la que todo el mundo aseguraba —incluida ella— que era perfecta para él, le convenció de que había perdido su única oportunidad de entablar una relación duradera y satisfactoria con una mujer.
Había sido una conclusión dura de tragar para un hombre que, en su corazón, creía firmemente en la familia, en el hogar, en el matrimonio. Y el hecho de haberla tragado, comprendía ahora, fue la causa principal de la infelicidad que le había seguido durante meses como un perro fiel.
Ahora tenía delante a la mujer que constituía la respuesta. Pero no creía que ella estuviera dispuesta a escuchar la pregunta.
Así pues, tendría que persuadirla. De una forma u otra, más tarde o más temprano. Porque lo que había dicho esa noche lo había dicho de corazón. Iban a ser el uno del otro.
Pensó en despertarla y recordarle la estupenda pareja que hacían en la cama. No se le ocurría una forma mejor de comenzar el día, sobre todo porque ella estaba caliente, suave y acurrucada contra él.
Pero apenas habían dormido y no le pareció justo despertarla. Su jornada laboral comenzaba mucho más tarde que la de él.
Con gran pesar, se separó de ella y se levantó. Ella se revolvió en sueños, suspiró y rodó sobre el calor que él había dejado.
Cogió sus pantalones y se encaminó a la ducha.
Para Gastón, el cuarto de baño decía mucho de una persona. El de ella era rigurosamente pulcro e indulgente. Unas toallas gruesas de color verde bosque hacían resaltar los sanitarios blancos y entonaban con los pequeños rombos repartidos por el suelo de baldosa.
Plantas frondosas adornaban el alféizar de la ventana y de una botella verde y alargada brotaba un trío de narcisos.
Había otras botellas de bellos colores y frascos que contenían aceites, cremas y sales de baño. Le gustaban los jabones de fantasía, observó, y los guardaba en un bonito cuenco.
También descubrió que allí el agua caliente duraba más que en su casa. Sonrió a lo largo de la deliciosa ducha de quince minutos que llenó la habitación de vaho como un baño turco.
Ella todavía dormía cuando salió del baño, estirada ahora sobre las sábanas con el sol de la mañana iluminando de soslayo su hermosa espalda. Gastón apartó de su cabeza la idea de deslizarse entre las sábanas y se concentró en encontrar el café.
La sala de estar era de techos altos y suelos de madera oscura. Con una esponja había aplicado pintura azulada en las paredes, produciendo el efecto del denim gastado. Una de las paredes acogía una chimenea circundada por la misma madera oscura con una repisa que Gastón enseguida codició. La madera estaba gastada y la pintura, de color crema, levantada.
Comprendió por qué la había dejado así. Para conservar su pasado y su carácter.
En las paredes había alegres carteles enmarcados. Carteles publicitarios, observó. Mujeres elegantes anunciando champán y hombres de aspecto impecable disfrutando de un habano.
Un sofá azul marino de respaldo alto, cubierto, como hacían curiosamente las mujeres con los sofás y las camas, de cojines, dominaba el centro de la estancia.
Gastón entró en la cocina y sonrió. No era habitual encontrar fotos en blanco y negro de desnudos —masculinos y femeninos— en las paredes de una cocina.
Pero más le alegró encontrar el café.
Cerró la puerta para que el ruido del molinillo no se colara en el dormitorio. Y mientras el café se hacía, contempló la vista de Nueva Orleáns que ofrecía la ventana de la cocina.
Oyó deslizarse la puerta.
Ella llevaba puesto un albornoz rojo corto. Tenía los ojos pesados por el sueño y una sonrisa perezosa en los labios.
—Lo siento, pensaba que había conseguido ahogar el ruido del molinillo.
—No lo oí. —Rocío inspiró hondo—. Pero olí el resultado. ¿Estás preparando el desayuno, cher?
—¿Quieres tostadas? Es mi punto fuerte.
—Creo que anoche ya caté tu punto fuerte. —Sin dejar de sonreír, se acercó a él y deslizó las manos por su cuello—. Dame un poco más —dijo, y unió su boca a la de él.
Se había despertado sola, segura de que él ya no estaba. Nunca dejaba que los hombres se quedaran a pasar la noche en su cama. Les era demasiado fácil escurrirse. Prefería echarlos, prefería dormir sola a despertarse sola.
Entonces vio la camisa, la chaqueta, los zapatos, y se alegró. Se alegró demasiado. Cuando un hombre llegaba a tener tanto poder, significaba que había llegado el momento de recuperar una parte. Y el método más seguro era nublarle la mente con sexo.
—¿Por qué no me despertaste, cielo?
—Lo pensé. —Todavía lo pensaba—. Pero me dije que si esta noche trabajabas, necesitabas dormir más de diez minutos. Claro que si ya estás despierta...
Ella rió y se escabulló.
—Como ya estoy despierta, quiero café. —Rocío abrió un armario y le lanzó esa mirada astuta por encima del hombro—. A lo mejor, si me lo pides por favor, te preparo el desayuno.
—¿Te lo suplico de pie, de rodillas o totalmente tumbado?
—Me halagas. Gastón. Te haré tostadas. Le pain perdu. Tostadas francesas —añadió cuando él le miró sin comprender—. Tengo una buena baguette. —Le tendió una taza repleta de café.
—Gracias. Como eres buena en la cocina, no tendremos que contratar a una cocinera cuando nos casemos y criemos a nuestros seis hijos.
—¿Seis?
—Estoy obligado a mantener la tradición Sullivan-Dalmau. Me gusta el arte de tu cocina. No es un lugar habitual para poner desnudos.
—¿Por qué? —Rocío sacó una sartén—. Cocinar es un arte, un arte sexy si lo haces bien.
Cogió un cuenco azul. Él la observó quebrar un huevo en el canto y dejar que la clara y la yema cayeran, todo con una mano.
—Ahora te entiendo. Hazlo otra vez.
Rocío rió y rompió otro huevo.
—¿Por qué no pones un poco de música? No tardaré mucho.
Comieron en una mesita plegable que Rocío había colocado debajo de una de las ventanas de la sala.
—¿Dónde aprendiste a cocinar? —preguntó Gastón.
—Me enseñó mi abuela. También intentó que aprendiera a coser, pero no lo consiguió.
—Me sorprende que abrieras un bar y no un restaurante.
—Me gusta cocinar cuando me apetece. No me gusta tener que hacerlo siempre, para ganarme la vida.
—Te comprendo. ¿Por qué acabaste regentando un bar?
—Quería tener mi propio negocio. Si trabajas para otros, se pasan el día diciéndote haz esto, haz lo otro, ven aquí, ve allá, y eso no va conmigo. Me matriculé en la escuela de comercio y me dije, ¿qué negocio me gustaría montar? No quiero vender recuerdos, no quiero una tienda de regalos, no quiero vender ropa. Pensé que todas esas cosas tenían buena salida en Nueva Orleáns, pero ¿qué tenía mejor salida aún? El placer. Un poco de diversión inofensiva. Para eso viene la gente al Big Easy. Así que monté Et Trois.
—¿Cuánto hace que lo tienes?
—Veamos... —Rocío ya se había comido su tostada, así que pescó con el tenedor una de las cuatro que había apilado en el plato de Gastón—. Pronto hará seis años.
—¿Abriste un bar a los veintitrés años?
—Oye, ¿cómo sabes la edad que tengo?
—Vico.
Rocío alzó la mirada al techo.
—Et là! Ese Victorio se ha ganado una buena zurra. Los hombres no deberían ir por ahí revelando la edad de las mujeres. ¿Qué más te ha contado?
Gastón se concentró en el desayuno.
—Está buenísimo. ¿Qué le has puesto?
Ella guardó silencio diez segundos.
—Comprendo. Los hombres no pueden evitar jactarse de sus hazañas sexuales.
Incómodo, por él y por su amigo. Gastón contestó:
—No fue así. Habló con nostalgia. Resultó conmovedor. Fuiste importante para él, y todavía lo eres.
—Tiene suerte de que lo sepa y de que yo sienta lo mismo. ¿Recuerdas la primera chica con la que estuviste en el asiento trasero de un coche? ¿La recuerdas con cariño?
—Blanca Suarez. Una rubia muy bonita. La amé desesperadamente durante mi último año de instituto.
Le gustó el hecho de que mencionara un nombre al instante. Aunque se lo hubiera inventado.
—¿Qué ocurrió?
—Me dejó por un futbolista. Me hizo un placaje. Jesús, un futbolista sin cuello y con la inteligencia de un mosquito. Todavía estoy cabreado con ella. Pero, volviendo a ti... por cierto, eres muy buena desviando las preguntas personales, pero he sido abogado... ¿cómo conseguiste montar el bar? Veintitrés años es una edad muy temprana para crear un negocio y, encima, un negocio próspero cuando la mayoría se hunde a los tres años.
Rocío se recostó en su silla.
—¿Qué importa eso, abogado?
—Vale. —Gastón se encogió de hombros y siguió comiendo—. Daré por sentado que robaste un banco, pagaste a la pandilla, sedujiste al propietario del edificio y lo asesinaste después de que te lo dejara en su testamento. Y seguiste regentando un garito de juego y prostitución en la parte de atrás.
—Caray, no he perdido el tiempo. Me gusta tu versión. La mía en comparación es muy insulsa. Trabajaba después del colegio y durante los veranos, y ahorré dinero. Soy muy buena ahorrando cuando lo necesito. Luego trabajé sirviendo bebidas en un bar e iba a la escuela de comercio por las mañanas. Antes de cumplir veintidós años mi abuelo murió. Se cayó de una escalera y se partió el maldito cuello. —Sus ojos se humedecieron—. Supongo que todavía estoy cabreada con él.
—Lo siento. —Gastón le acarició una mano—. ¿Eran muy unidos?
—Lo quería más que a cualquier hombre en el mundo. Nicolás Igarzábal, de enorme risa y enormes manos. Tocaba el violín y siempre llevaba una bandana roja. Siempre. En fin... —Rocío parpadeó para ahuyentar las lágrimas—. El caso es que tenía una póliza de seguros muy elevada. La mitad debía ser para mí y la otra mitad para mi abuela. Al final mi abuela me obligó a aceptarla toda. Es imposible disuadirla cuando se le mete algo en la cabeza. Invertí el dinero y un año más tarde abrí el bar.
—No hay nada insulso en tu versión. Regentas un buen bar, Rocío.
—Lo sé. —Se levantó y recogió los platos—. Cher, será mejor que te vistas si quieres que te lleve a casa.

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