Daphne puso en su mochila las cosas más necesarias: crema
solar, un par de flotadores de color rojo piruleta de fresa, una caja de
tiritas (porque Benny también iba al campamento), sus cereales crujientes
favoritos, un silbato muy potente (porque Benny también iba al campamento),
lápices, un libro por cada día que pasaría fuera, binoculares de ópera (porque
nunca se sabe lo que puedes querer ver), una pelota de playa donde ponía FORT
LAUDERDALE, el cubo y la pala de plástico, y una hoja grande de plástico de
embalar con burbujas para poder reventarlas si se aburría.
Daphne va a un campamento de
verano
El martes, Rochi ya estaba harta de los altibajos de trabajar
en Daphne va a un campamento de verano y también de intentar tener
entretenido a Gastón. Aunque lo cierto es que él no había pedido que lo
entretuviera. De hecho, estaba malhumorado desde aquella cena del sábado por
la noche y hacía lo posible por evitarla. Incluso había tenido el valor de
comportarse como si ella estuviera imponiéndole su voluntad. Había tenido que
amenazarle con ir a la huelga para que aquel martes la acompañara.
Debería haberle dejado solo, pero no podía. La única forma
en que podía hacerle cambiar de idea sobre la venta del campamento de Wind Lake
era convencerle de que aquél ya no era el lugar aburrido de su infancia. Por
desgracia, hasta entonces no había podido convencerle de nada, lo que significaba
que había llegado la hora de pasar al siguiente movimiento. Resignada, se
obligó a levantarse.
-¡Mira, Gas! ¡Ahí, en los árboles!
-¿Qué haces, Rocío? ¡Siéntate!
Rochi dio un salto de emoción.
-¿No es una curruca de Kirtland?
-¡Estate quieta!
Sólo hizo falta otro pequeño salto para que la canoa volcara.
-¡Mierda!
Ambos cayeron al lago.
Mientras se sumergía, Rocío pensó en el beso demoledor
que se habían dado tres días antes. Desde aquel día, Gastón había guardado las
distancias, y las pocas veces que habían estado juntos, apenas había estado
civilizado. En cuanto le había dicho que no iba a acostarse con él, había
perdido el interés por ella. Si al menos...
¿Si al menos qué, boba? ¿Si al menos estuviera llamando a
la puerta de tu dormitorio cada noche, suplicándote que cambiaras de idea y le
dejaras entrar? Como si eso fuera a pasar.
Aunque ¿no podría al menos mostrar que la lujuria, que a
ella no le había permitido pegar ojo en las tres últimas noches, también lo
estaba haciendo sufrir un poco? A Rochi le había afectado incluso en su
escritura. ¡Aquella mañana Daphne le había dicho a su mejor amiga, Melissa la
Rana, que Benny estaba particularmente sexy aquel día! Rocío había tirado el
cuaderno al suelo con asco.
Ro levantó el brazo por encima de su cabeza en busca de
la regala de la canoa volcada y se sumergió. Emergió dentro de la burbuja de aire que se había formado bajo
el casco, lo bastante grande para
cobijar su cabeza. Eso de ahogarse se
estaba convirtiendo en una manía.
Sabía que sería fácil recuperar la
atención de Gastón. Lo único que tenía que hacer era desnudarse. Pero quería que fuera para él algo más que una aventura
sexual. Quería que fuera...
Su mente se detuvo bruscamente, pero
sólo por un momento. Un amigo, eso era. Justo
cuando Rocío había empezado a valorar su amistad él se había comenzado a
comportarse de un modo arisco. No habría
ninguna posibilidad de restablecer
aquella relación si se acostaban juntos.
Nuevamente se obligó a sí misma a
recordar que Gastón no debía
de ser un gran amante. Sí, besaba de primera, y sí, estaba dormido durante su breve y funesto
encuentro sexual, pero ya
había observado que Gas no era demasiado sensualista. Nunca se recreaba con la comida. No
saboreaba el vino ni se tomaba un tiempo para
apreciar la presentación de la comida en su plato. Comía con eficiencia y sus modales en la mesa eran impecables, pero la
comida no era para él más que combustible para su cuerpo. Además, ¿cuánta energía tiene que invertir realmente un
atractivo y multimillonario deportista profesional para desarrollar sus técnicas como amante? Las
mujeres hacían cola para complacerle, no al revés.
Tenía que aceptarlo: el sexo que
quería compartir con Gastón
era el sexo de una fantasía romántica, y no estaba dispuesta a venderse el
alma por eso. A pesar de las tres noches de insomnio, a pesar del calor embarazoso que le hacía flojear las
rodillas en los momentos más inoportunos, no quería una aventura. Quería una relación auténtica.
«Una amistad», se recordó.
Ya empezaba a imaginarse qué
aspecto tendrían dos orejas de conejita chorreantes bajo una canoa volcada cuando la cabeza de Gas emergió junto a la
suya. Aunque la oscuridad que
había bajo el casco no permitía distinguir cuál era la expresión de su rostro, no había duda por el tono de
su voz de que estaba realmente enfadado.
-¿Por qué sabía que te encontraría
aquí?
-Me he desorientado.
-¡Ni que lo jures, eres la persona
más descoordinada que he
conocido en mi vida!
Gas la cogió bruscamente del brazo y
la arrastró nuevamente hacia debajo del agua.
Volvieron a salir a la superficie a la luz del sol.
Era una hermosa tarde en Wind Lake.
El sol brillaba, y en el
agua, transparente como un aguamarina, se reflejaba una única nube de algodón que flotaba en el cielo,
y que parecía una de esas galletas de merengue que a Ro se le habían quemado por debajo. Gastón, sin embargo, parecía enojado, y no poco.
-¿En qué demonios estabas pensando?
¡Cuando me has hecho chantaje para acompañarte al lago, me has asegurado
que eras una experta en canoas!
Mientras se movía en el agua, Rocío se alegró de haberse acordado de dejar las zapatillas deportivas en
el embarcadero, que era más de lo que había hecho Gastón. Aunque claro, él no poseía su intuición para saber dónde
acabarían.
-Y lo soy. En mi último campamento de verano era la encargada de salir a navegar con los niños de
seis años.
-¿Y queda alguno vivo?
-No sé por qué refunfuñas tanto, ¡si
a ti te gusta nadar!
-¡No cuando llevo un Rolex!
-Ya te compraré uno nuevo.
-Sí, claro. El caso es que yo ya no quería venir hoy a navegar
en canoa. Tenía trabajo que hacer. Pero este fin de semana, cada vez que he intentado hacer algo, a ti te
parecía que un ladrón estaba intentando entrar en la casita, o no
podías concentrarte en la cocina a menos
que fuéramos a saltar desde un acantilado. ¡Esta mañana me has dado la
lata hasta que he jugado a la pelota con tu
caniche!
-Cafre tiene que hacer ejercicio -dijo Ro.
Y Gastón necesitaba a alguien con
quien jugar.
No había tenido ni un momento para
sentarse tranquilo en todo el fin de semana. En vez
de rendirse al hechizo de Wind Lake y volver a conectarse con su patrimonio, hacía ejercicio o distraía su inquietud con un martillo y
algunos clavos. Era de esperar que en cualquier momento montara en su coche y
desapareciera para siempre.
La sola idea la deprimió. Ella no podía marcharse de
aquel lugar, todavía no. Había algo mágico en el campamento. Las posibilidades
relucían en el aire. Parecía casi encantado.
Gastón nadó hacia la popa de la canoa volcada.
-¿Qué se supone que tenemos que hacer ahora con esto?
-¿Puedes tocar fondo?
-¡Estamos en medio del lago! Por supuesto que no toco
fondo.
Rochi no hizo caso de su aspereza.
-Nuestro instructor una vez nos enseñó una técnica para
poner del derecho una canoa. Se llamaba el vuelco de Capistrano, pero...
-¿Cómo se hace?
-Tenía catorce años. No me acuerdo.
-¿Y entonces por qué lo mencionas?
-Sólo pensaba en voz alta. Vamos, seguro que podremos
apañarnos.
Al final lograron enderezar la canoa, pero su técnica,
basada esencialmente en la fuerza bruta de Gastón, no pudo evitar que el casco
acabara lleno de agua y parcialmente sumergido. Como no tenían nada para poder
achicar el agua, tuvieron que cargar con ella hasta la orilla, y, cuando por
fin la alcanzaron, Rochi estaba jadeando. Sin embargo, ella nunca había sido
de las que se rinden.
-¡Mira allí, a la derecha, Gas! ¡Es el señor Morgan!
-dijo Rocío sujetándose un mechón de pelo mojado detrás de la oreja y señalando
hacia el contable enclenque con gafas que se había sentado en una silla, en la
arena.
-No vuelvas a empezar.
-De verdad, que creo que tendrías que seguirle...
-Me da igual lo que digas. ¡A mí no me parece un asesino
en serie! -dijo Gas, quitándose la camiseta empapada.
-Yo soy muy intuitiva, y él tiene una mirada sospechosa.
-Creo que te has vuelto loca -murmuró Gastón-. En serio.
Y no tengo ni idea de cómo voy a explicárselo a tu hermana… la mujer que
resulta ser mi jefa.
-Te preocupas demasiado.
Gas se volvió. El verde de sus ojos echaba llamas, y Rochi
comprendió que había ido demasiado lejos.
-¡Escúchame, Rocío! Se han acabado los juegos y la
diversión. Tengo cosas mejores que hacer que perder el tiempo de esta manera.
-Esto no es ninguna pérdida de tiempo. Es...
-¡No voy a ser tu compinche! ¿Lo entiendes? ¿Quieres que
nuestra relación no entre en el dormitorio? Vale. Estás en tu derecho. Pero no
esperes que yo sea tu camarada. ¡A partir de ahora, entretente sola y mantente
alejada de mí!
Gastón se marchó hecho una furia. Aunque probablemente
se merecía un poco de su rabia, Rochi no
pudo evitar enfadarse con él.
Se suponía que el campamento de verano tenía que ser algo divertido, pero
Daphne estaba triste. Desde que había volcado la canoa, Benny no le dirigía la
palabra. Ya no le pedía que girasen en círculo hasta marearse. Ni siquiera se
fijó en que Daphne se había pintado las uñas de las patas cada una de un color
diferente, como si hubiera pisado un charco de arco iris. Ya no arrugaba la
nariz y le sacaba la lengua para llamar su atención, ni eructaba fuerte. En
cambio, lo había visto haciéndole muecas a Cicely, una conejita de Berlín que
le regalaba conejos de chocolate y no tenía gusto para la moda.
Rochi dejó a un lado su cuaderno y pasó a la sala de estar,
llevándose consigo la última cajita de Di Azúcar, y vertió lo que quedaba en
un gran cuenco para leche que todavía contenía los restos de pastel de azúcar
del día anterior. Hacía ya cuatro días que Ro había volcado la canoa, y, desde
aquel día cada mañana había encontrado una caja nueva en el mostrador de la
cocina de la casita, lo que eliminaba cualquier misterio sobre dónde había
pasado Gastón la noche anterior. ¡Slytherin!
Había hecho todo lo posible por mantenerse alejado de ella
excepto lo que debería hacer: volver a trasladarse a la casa de huéspedes. Pero
su aversión a estar cerca de Julia era peor que su aversión a estar cerca de
ella. Tampoco es que importase demasiado, ya que casi nunca estaban en la
casita al mismo tiempo.
Deprimida, se puso un trozo de pastel de azúcar en la boca.
Era sábado, y la casa de huéspedes se había llenado para el fin de semana. Rochi
entró en el vestíbulo y colocó bien el montón de folletos de la consola del
salón. La oferta de empleo ya había salido publicada en el periódico, y Gastón
se había pasado la mañana entrevistando a los dos mejores candidatos.
Mientras, Ro les había mostrado sus habitaciones a los huéspedes y había
ayudado a Troy con los nuevos alquileres de las casitas. Ya era primera hora
de la tarde, y se había pasado un buen rato escribiendo: necesitaba un
descanso.
Salió al porche principal y vio a Julia de rodillas en la
sombra, a un lado del patio principal, plantando las últimas nomeolvides rosas
y púrpuras que había comprado para colocar en los macizos vacíos. Ni siquiera
con unos guantes de jardín y arrodillada en la hierba perdía su glamour. Rochi
no se molestó en recordarle que era una huésped. Lo había intentado unos días
antes cuando Julia había aparecido con el maletero lleno de plantas. Julia
había contestado que le encantaba la jardinería, que la relajaba, y Ro había
tenido que admitir que no se la veía tan tensa, aunque de hecho Gastón seguía
sin hacerle el más mínimo caso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario