martes, 22 de mayo de 2012

Primera Parte, Capitulo Diesciseis




Daphne puso en su mochila las cosas más necesarias: crema solar, un par de flotadores de color rojo piruleta de fre­sa, una caja de tiritas (porque Benny tam­bién iba al campamento), sus cereales cru­jientes favoritos, un silbato muy potente (porque Benny también iba al campa­mento), lápices, un libro por cada día que pasaría fuera, binoculares de ópera (por­que nunca se sabe lo que puedes querer ver), una pelota de playa donde ponía FORT LAUDERDALE, el cubo y la pala de plástico, y una hoja grande de plástico de embalar con burbujas para poder re­ventarlas si se aburría.

Daphne va a un campamento de verano


El martes, Rochi ya estaba harta de los altibajos de tra­bajar en Daphne va a un campamento de verano y también de intentar tener entretenido a Gastón. Aunque lo cierto es que él no había pedido que lo entretuviera. De hecho, esta­ba malhumorado desde aquella cena del sábado por la noche y hacía lo posible por evitarla. Incluso había tenido el valor de comportarse como si ella estuviera imponiéndole su vo­luntad. Había tenido que amenazarle con ir a la huelga para que aquel martes la acompañara.
Debería haberle dejado solo, pero no podía. La única for­ma en que podía hacerle cambiar de idea sobre la venta del campamento de Wind Lake era convencerle de que aquél ya no era el lugar aburrido de su infancia. Por desgracia, hasta entonces no había podido convencerle de nada, lo que sig­nificaba que había llegado la hora de pasar al siguiente mo­vimiento. Resignada, se obligó a levantarse.
-¡Mira, Gas! ¡Ahí, en los árboles!
-¿Qué haces, Rocío? ¡Siéntate!
Rochi dio un salto de emoción.
-¿No es una curruca de Kirtland?
-¡Estate quieta!
Sólo hizo falta otro pequeño salto para que la canoa vol­cara.
-¡Mierda!
Ambos cayeron al lago.
Mientras se sumergía, Rocío pensó en el beso demole­dor que se habían dado tres días antes. Desde aquel día, Gastón había guardado las distancias, y las pocas veces que ha­bían estado juntos, apenas había estado civilizado. En cuanto le había dicho que no iba a acostarse con él, había perdido el interés por ella. Si al menos...
¿Si al menos qué, boba? ¿Si al menos estuviera llamando a la puerta de tu dormitorio cada noche, suplicándote que cam­biaras de idea y le dejaras entrar? Como si eso fuera a pasar.
Aunque ¿no podría al menos mostrar que la lujuria, que a ella no le había permitido pegar ojo en las tres últimas no­ches, también lo estaba haciendo sufrir un poco? A Rochi le había afectado incluso en su escritura. ¡Aquella mañana Daphne le había dicho a su mejor amiga, Melissa la Rana, que Benny estaba particularmente sexy aquel día! Rocío había tirado el cuaderno al suelo con asco.
Ro levantó el brazo por encima de su cabeza en bus­ca de la regala de la canoa volcada y se sumergió. Emergió dentro de la burbuja de aire que se había formado bajo el cas­co, lo bastante grande para cobijar su cabeza. Eso de aho­garse se estaba convirtiendo en una manía.
Sabía que sería fácil recuperar la atención de Gastón. Lo úni­co que tenía que hacer era desnudarse. Pero quería que fuera para él algo más que una aventura sexual. Quería que fuera...
Su mente se detuvo bruscamente, pero sólo por un mo­mento. Un amigo, eso era. Justo cuando Rocío había empe­zado a valorar su amistad él se había comenzado a compor­tarse de un modo arisco. No habría ninguna posibilidad de restablecer aquella relación si se acostaban juntos.
Nuevamente se obligó a sí misma a recordar que Gastón no debía de ser un gran amante. Sí, besaba de primera, y sí, estaba dormido durante su breve y funesto encuentro sexual, pero ya había observado que Gas no era demasiado sen­sualista. Nunca se recreaba con la comida. No saboreaba el vino ni se tomaba un tiempo para apreciar la presentación de la comida en su plato. Comía con eficiencia y sus modales en la mesa eran impecables, pero la comida no era para él más que combustible para su cuerpo. Además, ¿cuánta energía tie­ne que invertir realmente un atractivo y multimillonario de­portista profesional para desarrollar sus técnicas como aman­te? Las mujeres hacían cola para complacerle, no al revés.
Tenía que aceptarlo: el sexo que quería compartir con Gastón era el sexo de una fantasía romántica, y no estaba dis­puesta a venderse el alma por eso. A pesar de las tres noches de insomnio, a pesar del calor embarazoso que le hacía flo­jear las rodillas en los momentos más inoportunos, no que­ría una aventura. Quería una relación auténtica. «Una amis­tad», se recordó.
Ya empezaba a imaginarse qué aspecto tendrían dos ore­jas de conejita chorreantes bajo una canoa volcada cuando la cabeza de Gas emergió junto a la suya. Aunque la oscuri­dad que había bajo el casco no permitía distinguir cuál era la expresión de su rostro, no había duda por el tono de su voz de que estaba realmente enfadado.
-¿Por qué sabía que te encontraría aquí?
-Me he desorientado.
-¡Ni que lo jures, eres la persona más descoordinada que he conocido en mi vida!
Gas la cogió bruscamente del brazo y la arrastró nue­vamente hacia debajo del agua. Volvieron a salir a la super­ficie a la luz del sol.
Era una hermosa tarde en Wind Lake. El sol brillaba, y en el agua, transparente como un aguamarina, se reflejaba una única nube de algodón que flotaba en el cielo, y que pa­recía una de esas galletas de merengue que a Ro se le ha­bían quemado por debajo. Gastón, sin embargo, parecía eno­jado, y no poco.
-¿En qué demonios estabas pensando? ¡Cuando me has hecho chantaje para acompañarte al lago, me has asegurado que eras una experta en canoas!
Mientras se movía en el agua, Rocío se alegró de haber­se acordado de dejar las zapatillas deportivas en el embarca­dero, que era más de lo que había hecho Gastón. Aunque cla­ro, él no poseía su intuición para saber dónde acabarían.
-Y lo soy. En mi último campamento de verano era la encargada de salir a navegar con los niños de seis años.
-¿Y queda alguno vivo?
-No sé por qué refunfuñas tanto, ¡si a ti te gusta nadar!
-¡No cuando llevo un Rolex!
-Ya te compraré uno nuevo.
-Sí, claro. El caso es que yo ya no quería venir hoy a na­vegar en canoa. Tenía trabajo que hacer. Pero este fin de se­mana, cada vez que he intentado hacer algo, a ti te parecía que un ladrón estaba intentando entrar en la casita, o no po­días concentrarte en la cocina a menos que fuéramos a saltar desde un acantilado. ¡Esta mañana me has dado la lata hasta que he jugado a la pelota con tu caniche!
-Cafre tiene que hacer ejercicio -dijo Ro.
Y Gastón necesitaba a alguien con quien jugar.
No había tenido ni un momento para sentarse tranqui­lo en todo el fin de semana. En vez de rendirse al hechizo de Wind Lake y volver a conectarse con su patrimonio, hacía ejercicio o distraía su inquietud con un martillo y algunos clavos. Era de esperar que en cualquier momento montara en su coche y desapareciera para siempre.
La sola idea la deprimió. Ella no podía marcharse de aquel lugar, todavía no. Había algo mágico en el campamen­to. Las posibilidades relucían en el aire. Parecía casi encan­tado.
Gastón nadó hacia la popa de la canoa volcada.
-¿Qué se supone que tenemos que hacer ahora con esto?
-¿Puedes tocar fondo?
-¡Estamos en medio del lago! Por supuesto que no toco fondo.
Rochi no hizo caso de su aspereza.
-Nuestro instructor una vez nos enseñó una técnica para poner del derecho una canoa. Se llamaba el vuelco de Capistrano, pero...
-¿Cómo se hace?
-Tenía catorce años. No me acuerdo.
-¿Y entonces por qué lo mencionas?
-Sólo pensaba en voz alta. Vamos, seguro que podremos apañarnos.
Al final lograron enderezar la canoa, pero su técnica, basada esencialmente en la fuerza bruta de Gastón, no pudo evitar que el casco acabara lleno de agua y parcialmente su­mergido. Como no tenían nada para poder achicar el agua, tuvieron que cargar con ella hasta la orilla, y, cuando por fin la alcanzaron, Rochi estaba jadeando. Sin embargo, ella nun­ca había sido de las que se rinden.
-¡Mira allí, a la derecha, Gas! ¡Es el señor Morgan! -dijo Rocío sujetándose un mechón de pelo mojado detrás de la oreja y señalando hacia el contable enclenque con ga­fas que se había sentado en una silla, en la arena.
-No vuelvas a empezar.
-De verdad, que creo que tendrías que seguirle...
-Me da igual lo que digas. ¡A mí no me parece un asesi­no en serie! -dijo Gas, quitándose la camiseta empapada.
-Yo soy muy intuitiva, y él tiene una mirada sospechosa.
-Creo que te has vuelto loca -murmuró Gastón-. En serio. Y no tengo ni idea de cómo voy a explicárselo a tu her­mana… la mujer que resulta ser mi jefa.
-Te preocupas demasiado.
Gas se volvió. El verde de sus ojos echaba llamas, y Rochi comprendió que había ido demasiado lejos.
-¡Escúchame, Rocío! Se han acabado los juegos y la diversión. Tengo cosas mejores que hacer que perder el tiem­po de  esta manera.
-Esto no es ninguna pérdida de tiempo. Es...
-¡No voy a ser tu compinche! ¿Lo entiendes? ¿Quieres que nuestra relación no entre en el dormitorio? Vale. Estás en tu derecho. Pero no esperes que yo sea tu camarada. ¡A par­tir de ahora, entretente sola y mantente alejada de mí!
Gastón se marchó hecho una furia. Aunque probablemen­te se merecía un poco de su rabia, Rochi  no pudo evitar enfadarse con él.


Se suponía que el campamento de verano tenía que ser algo divertido, pero Daphne estaba triste. Desde que había volcado la canoa, Benny no le dirigía la pala­bra. Ya no le pedía que girasen en círculo hasta marear­se. Ni siquiera se fijó en que Daphne se había pintado las uñas de las patas cada una de un color diferente, como si hubiera pisado un charco de arco iris. Ya no arrugaba la nariz y le sacaba la lengua para llamar su atención, ni eructaba fuerte. En cambio, lo había visto haciéndole muecas a Cicely, una conejita de Berlín que le regalaba conejos de chocolate y no tenía gusto para la moda.




Rochi dejó a un lado su cuaderno y pasó a la sala de es­tar, llevándose consigo la última cajita de Di Azúcar, y ver­tió lo que quedaba en un gran cuenco para leche que todavía contenía los restos de pastel de azúcar del día anterior. Ha­cía ya cuatro días que Ro había volcado la canoa, y, des­de aquel día cada mañana había encontrado una caja nueva en el mostrador de la cocina de la casita, lo que eliminaba cualquier misterio sobre dónde había pasado Gastón la noche anterior. ¡Slytherin!
Había hecho todo lo posible por mantenerse alejado de ella excepto lo que debería hacer: volver a trasladarse a la casa de huéspedes. Pero su aversión a estar cerca de Julia era peor que su aversión a estar cerca de ella. Tampoco es que importase demasiado, ya que casi nunca estaban en la casita al mismo tiempo.
Deprimida, se puso un trozo de pastel de azúcar en la bo­ca. Era sábado, y la casa de huéspedes se había llenado para el fin de semana. Rochi entró en el vestíbulo y colocó bien el montón de folletos de la consola del salón. La oferta de em­pleo ya había salido publicada en el periódico, y Gastón se ha­bía pasado la mañana entrevistando a los dos mejores candi­datos. Mientras, Ro les había mostrado sus habitaciones a los huéspedes y había ayudado a Troy con los nuevos al­quileres de las casitas. Ya era primera hora de la tarde, y se ha­bía pasado un buen rato escribiendo: necesitaba un descanso.
Salió al porche principal y vio a Julia de rodillas en la sombra, a un lado del patio principal, plantando las últimas nomeolvides rosas y púrpuras que había comprado para co­locar en los macizos vacíos. Ni siquiera con unos guantes de jardín y arrodillada en la hierba perdía su glamour. Rochi no se molestó en recordarle que era una huésped. Lo había in­tentado unos días antes cuando Julia había aparecido con el maletero lleno de plantas. Julia había contestado que le en­cantaba la jardinería, que la relajaba, y Ro había tenido que admitir que no se la veía tan tensa, aunque de hecho Gastón seguía sin hacerle el más mínimo caso.

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