viernes, 25 de mayo de 2012

Capitulo Nueve, Segunda Parte


No pudo convencerla para que entrara. Tuvo que conformarse con un beso antes de que ella lo echara del coche y se marchara.
Llegar a casa a las nueve de la mañana con el traje arrugado le granjeó un guiño de Big Frank mientras trasladaba ramas muertas a una pira.
—Parece que ayer noche estuvo de suerte, señor Gas.
Gastón se frotó el corazón y entró en la casa para ponerse a trabajar.
No la vería esa noche ni la siguiente. Tendría que contentarse con llamadas telefónicas. Deambular por la casa con el teléfono portátil, devanándose los sesos en busca de conversaciones que la mantuvieran al otro lado de la línea, le hacían sentirse como un adolescente.
Comenzaban los Carnavales, le dijo. Mientras duraran, no tendría tiempo de salir a jugar.
Gastón sabía cuándo alguien le estaba poniendo a prueba esquivándole y confundiéndole. Se dijo que la dejaría tirar de la cuerda hasta que él decidiera recuperarla.
Vico pasó una tarde por su casa vestido de Hugo Boss y con un collar de cuentas doradas. Se quitó el collar y lo colocó sobre la cabeza de Gastón.
—¿Cuándo piensas venir a la ciudad?
—Pensaba sumarme a la locura este fin de semana.
—Cher, estamos en Carnaval. Cada noche es fin de semana.
—En esta casa no. Ven a ver.
Condujo a su amigo hasta el salón. Tibald se hallaba en lo alto de una escalera, trabajando pacientemente en el artesonado del techo.
—Hola, Tibald. —Vic se guardó los pulgares en los bolsillos y echó el cuello hacia atrás—. Menudo trabajo.
—Y que lo digas. ¿Cómo anda Cande estos días?
—Arrojándome a la bebida con los planes de boda. Ayer elegimos el pastel y se diría que era un asunto de vida o muerte que tuviera en los bordes capullos de rosa amarillos o rosas grandes.
—Lo mejor que puede hacer un hombre en estos casos es asentir a todo lo que ella diga y presentarse el día de la boda. Podrías haberlo mencionado antes de que le dijera que me gustaban las rosas grandes cuando resulta que ella había pensado en los capullos. —Victorio se sacó del bolsillo un frasco de Tylenol— ¿Tienes algo con qué bajar esto, Gas? Esa mujer me ha provocado un dolor de cabeza descomunal.
Gastón le entregó una botella de agua medio llena.
—¿Has venido a esconderte?
—Hasta que se calme. —Devorando los comprimidos, se paseó por la tela que cubría el suelo—¿Has hecho tú estas paredes, Gas, o son alquiladas?
—Las he hecho yo. —Complacido, Gastón pasó los dedos por las suaves paredes verdes—. Me he pasado los últimos tres días en esta habitación. —Con sus noches, pensó para sí—. Creo que este color dará al salón un aire más elegante que un papel estampado. Y me gusta cómo queda con la chambrana.
—Eres una mezcla de Bob Vila y Martha Stewart. ¿Cuál será tu próxima víctima?
—La biblioteca. Todavía tengo que hacer retoques aquí y en la cocina, pero la biblioteca es la próxima de la lista. Después espero trabajar en el exterior. Dame un par de aspirinas.
Victorio le pasó el frasco y el agua.
—¿Problemas laborales o femeninos?
—Un poco de cada. Salgamos a la terraza de atrás para que veas lo que los Frank han hecho con los jardines de ese lado.
—Me han contado que paseaste a Rocío en una limusina blanca hace unas noches —dijo Vic mientras caminaban—. A eso lo llamo yo tener clase.
—Soy un tío con clase. —Gastón le devolvió el agua y abrió las puertaventanas del comedor.
—Tienes intención de enamorarla. Buen comienzo.
—Tengo intención de mucho más —repuso Gastón al tiempo que Vico se llevaba la botella a los labios—. Voy a casarme con ella.
Victorio se atragantó y escupió el agua.
—Buena puntería—dijo Gastón—. Puedes quedarte con la botella.
—Jesús, Gas. ¿Tú y Rochi van a casarse?
—Me gustaría celebrar la boda aquí, en otoño. Quizá septiembre. —Contempló su terraza, sus jardines. Se preguntó qué pájaro estaba cantando en ese instante—. La casa no estará terminada, pero será parte del encanto. Aunque si tardo más en cazarla, puede que nos casemos la próxima primavera.
—A eso lo llamo yo un trabajo rápido.
—No creas, es solo cuestión de perseverancia. —Gastón sonrió mientras estudiaba la cara de pasmo de su amigo—. Ah, no te referías a la casa sino a Rocío. Todavía no se lo he pedido. Seguro que me diría que no. Mira, ya están brotando algunas flores, narcisos, tulipanes y lirios de agua, me han dicho los Frank. Pese a llevar años enterrados bajo toda esa maleza, seguían floreciendo. Es increíble.
—Gas, creo que necesitas algo más fuerte que el Tylenol.
—No estoy loco. Estoy enamorado. Empiezo a creer que estaba enamorado de ella antes incluso de conocerla. Por eso nunca hubo nadie que realmente me importara, porque ella estaba aquí y yo aún tenía que encontrarla.
—Creo que yo sí necesito algo más fuerte.
—El bourbon está en la cocina. El hielo en la nevera portátil. El frigorífico llegará mañana.
—Serviré dos vasos.
—El mío que sea corto y suave —pidió Gas distraídamente—. Todavía tengo trabajo por delante.
Victorio trajo dos vasos y dio un largo sorbo a su bourbon mientras observaba la cara de Gastón.
—Gastón, te quiero como a un hermano.
—Lo sé.
—Por lo tanto, voy a hablarte como hablaría a un hermano... si lo tuviera en lugar de estar rodeado de hermanas.
—Crees que me he vuelto loco.
—No. En algunas situaciones, diantre, en la mayoría de las situaciones, el hombre piensa con la polla. Cuando ese proceso mental llega a la cabeza, el hombre, por lo general, ve la situación con más claridad.
—Te agradezco la explicación, papá.
Vico sacudió la cabeza y se paseó por la terraza.
—Rochi es una mujer muy atractiva.
—En eso estamos de acuerdo.
—Ella exuda esas feromonas o como se llamen de la misma forma que otras mujeres exudan el perfume que se ponen para excitar a los hombres. Ella excita con solo respirar.
—Estás intentando decirme que estoy encaprichado o cegado por el deseo.
—Exacto. —Vico posó una mano solidaria en el hombro de Gastón—. Ningún hombre podría reprochártelo. Además, has pasado por unos meses duros en lo que a relaciones se refiere, y como sé que acarreas el sentimiento de culpa como un tesoro personal, imagino que no has desatascado las tuberías desde que rompiste con Danitza.
—Daniela, imbécil. —Divertido, conmovido, Gastón se apoyó en la barandilla—. No es un capricho. Pensaba que lo era, con una buena dosis de ese deseo añadido, pero no lo es. No es un problema de tuberías atascadas y no estoy pensando con la polla, sino con el corazón.
—Ay, hermano. —Vico bebió otro trago de whisky—. No llevas aquí ni un mes.
—La gente siempre habla como si el tiempo fuera un factor determinante. —Y como la parte crítica de su cerebro había pensado lo mismo, le irritaba oír esa opinión de boca de su mejor amigo—. ¿Acaso existe una ley que diga que no puedes enamorarte hasta pasado un período de tiempo razonable durante el cual las partes han de relacionarse, comunicarse y, a ser posible, copular para garantizar su compatibilidad? Si esa ley existe y funciona, explícame el índice de divorcios.
—Como abogados que somos, nos quedaríamos aquí debatiendo el asunto hasta el próximo martes.
—Entonces, déjame Decirte algo. Jamás he sentido lo que siento ahora. Pensaba que no era capaz. Había llegado a la conclusión de que algo dentro de mí no funcionaba como debía.
—Por Dios, Gas.
—No podía amar a Daniela —El sentimiento de culpa volvió a colarse en su voz—. Simplemente no podía, aunque lo intenté. Estuve a punto de conformarme con el cariño, el respeto y nuestra posición social común porque pensaba que era cuanto podría recibir y dar. Pero no es cierto. Nunca me he sentido como me siento ahora, Vic —repitió—. Y me gusta.
—Si quieres a Rocío, entonces yo la quiero para ti. El problema, Gas, es que por mucho que la quieras, eso no te garantiza que ella vaya a sentir lo mismo.
—Tal vez me rompa el corazón, pero sentir intensamente es mucho mejor que no sentir nada. —Se lo había estado diciendo, una y otra vez, desde que comprendió que estaba enamorado de ella—. Sea como fuere, tengo que intentarlo.
Columpió el whisky que aún no había probado.
—No sabe qué pensar de mí —murmuró—. Será divertido dejar que lo descubra.
Esa noche oyó un llanto. Los sollozos desgarrados de un hombre. Gastón se agitó en sueños, doblado por la pena, incapaz de frenarla, incapaz de dar o buscar consuelo.
Pero cuando se hizo el silencio, la pena permaneció.

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