El restaurante estaba en un
edificio viejo con escaleras chirriantes y salas pequeñas pintadas en color
tierra. Acompañados por los deliciosos olores de la comida especiada, llegaron
al comedor principal. Una cierta cantidad de comensales lanzaron saludos para Gastón,
mientras los que estaban de pie trataban de obtener una mejor vista. Esto,
combinado con lo que sucedió tiempo atrás en el centro comercial, hizo a Rochi
percatarse exactamente de lo famoso que Gastón Dalmau era. El conocimiento la
inquietó. ¿Qué cosa terrible había hecho él para hacerle vulnerable a un
chantaje de Eugenia?
La camarera les acompañó a
una mesa en un rincón apartado cubierta con un mantel verde oscuro con franjas
rojas y naranjas. Las paredes en este cuarto eran de áspero estuco marrón
decorado con posters tradicionales mexicanos de principios de siglo.
Un camarero apareció con una
canasta de patatas chips y salsa. Gastón lo devolvió por la versión más
picante, luego pidió una Dos Equis para él y una margarita grande para ella.
—Una normal será suficiente.
—Extra-grande —dijo Gastón
al camarero, qué inclinó la cabeza y desapareció, obviamente complacido de
poder servir a una celebridad.
—¿Por qué sigues cambiando
mis órdenes? No quiero beber mucho.
—Te olvidas de las agujas.
Dentro de unas horas vas a estar en la butaca de tatuajes, y según me han
contado, duele como el infierno. Te recomiendo seriamente que lo abordes
semi-borracha.
A Rochi definitivamente no
le gustaban las agujas, y decidió que él tenía razón. Ella comenzó a estudiar
el menú, para dejarlo de lado. ¿Por qué se molestaba? Él pediría por ella de
todas formas.
Ella estaba en lo cierto. El
camarero llegó con sus bebidas, y Gastón dictó una orden tan compleja, que no
tenía ni idea de lo que iba a comer. Cuando el camarero finalmente desapareció,
repitió la pregunta que él conseguía esquivar.
—¿Estás listo para decirme
quién es el Anticristo?
—¿Estamos de regreso con eso
otra vez?
—¿Es hombre o mujer?
Él suspiró.
—Hombre.
—¿Le conoces?
—Desde hace demasiado
tiempo.
—¿Él está vinculado con tu
vida profesional o tu vida personal?
—Podrías decirlo.
Ella pensó acerca de
preguntarle si él era más grande que un bollo de pan.
—¡Simplemente dímelo!
Él vaciló, luego se encogió
de hombros.
—El marido de tu amiga, ese
es.
—¿Nico?
Él se estremeció.
—¡No lo digas! No puedo
soportar oír su nombre.
—Sé que es un golfista
famoso, pero...
—Simplemente es uno de los
golfistas más famoso del mundo. El que ha conquistado todos los Grandes, uno
tras otro, en la misma temporada, algo que muy pocos pueden decir. El año que
viene cumple los cincuenta, y sigue haciendo trizas a todos los jugadores que
hay a su alrededor.
—Pero pensé que Eugenia
mencionó que él era el presidente de alguna clase de organización profesional
de golf.
—Sólo por ahora. Él ha
tenido una operación de hombro hace poco tiempo, y acordó hacer el trabajo de
comisionado de la PGA mientras se recupera. El organismo quiere tomarse su
tiempo encontrando a la persona adecuada para ocupar el puesto de forma
permanente, y él es una de las pocas personas en la que pensaron para llevar el
cargo hasta entonces. Él no quería hacerlo, pero ciertas personas le
persuadieron —frunció el ceño.
—¿Tú fuiste uno de ellos?
—La cosa más estúpida que
alguna vez he hecho, considerando el hecho que el trabajo le da más modos de
abusar de poder que un dictador sudamericano, y ha usado cada uno de ellos
contra mí.
—Es difícil de creer. Eugenia
dice que Nico es un hombre bueno y amable.
—Él es un hijo de puta
sanguinario, manipulador y arrogante, eso es lo que es. Ahora, ¿podemos hablar
de alguna otra cosa? No he comido nada desde el desayuno, pero ya te has
encargado de arruinarme el apetito.
—La camarera del restaurante
del club de campo dijo algo de que habían firmado una petición para que
recuperaras el circuito. ¿Quiere eso decir que ahora no estás jugando?
—He sido suspendido
indefinidamente —dijo él enfadado. Esos ojos verdes cambiaron a duros como la
piedra.
—¿Por Nic... Por el marido
de Eugenia?.
Él dio una corta inclinación
de cabeza.
—¿Por qué?
—Las cosas ocurren, eso es
todo.
Cuando él no hizo esfuerzos
por colaborar, ella le miró más estrechamente.
—¿Dónde encajo yo dentro de
esto?
La llegada de los entremeses
le dio una excusa para ignorarla. Él se ocupó con los jalapeños rellenos
mientras ella sorbía su margarita granizada. Algunos granos de sal se quedaron
pegados en su labio inferior. Ella los apartó con un golpecito con la punta de
la lengua.
—Todo lo que tengo que hacer
es preguntarle a Eugenia.
Él clavó los ojos en su
labio inferior tanto tiempo que la asustó de que algo iba mal. Se lo tapó con
la servilleta.
Él parpadeó.
—Eugenia tiene mucha
influencia con su marido.
—¿Y?
—Ella intentará hablar con
él para que suspenda la sanción.
—Ya veo —ahora todo
encajaba—. Por eso accediste a ayudarme.
—Más o menos eso.
Eso le sentó fatal. ¿Por qué
le importaba a Eugenia el motivo por el cual Gastón hacía de guía para ella?
Tenía poco sentido.
—¿En qué estaba pensando
ella? Debía saber que nosotros somos como el aceite y el agua.
—Todos sus años en ese
programa informal de entrevistas le han hecho algo sádico a su cerebro. A ella
le gusta juntar a personas diferentes, observar cómo se destrozan para poder
deleitarse con los pedazos.
Eso no sonaba a Eugenia.
Había definitivamente algunos pedazos perdidos por aquí, pero ella tenía pocas
probabilidades de encontrar los que trataban de Gastón.
Él la contempló con
desagrado.
—¿Vas a comer o a continuar
chupándote el labio así?
—¿Chupándome el labio?
—Yo sé que no puedo lanzar
la primera piedra, porque también tengo algunos malos hábitos, pero tú
necesitas olvidarte de ese labio inferior tuyo. Siempre estás mordisqueándolo o
lamiéndolo o algo por el estilo. Me distrae.
—Tú sabes, Gastón, que me
estás molestando con tanta crítica.
—Uh—huh —él le deslizó una
patata con salsa en la boca.
La salsa quemaba y, en el
momento que intentaba coger aliento, llegó el resto de la comida. Mientras
comían, Gastón la entretuvo con temas populares y tópicos locales, y pronto se
encontró riéndose de sus historias. Él podría ser un compañero encantador
cuando se lo proponía, o quizá era simplemente el resplandor de su margarita de
tamaño colosal porque ella se encontró envuelta en un borrón de cabeza vellosa.
Ella se excusó para ir al
baño, y, cuando regresó, otra margarita la estaba esperando. Esta tenía un
sabor ligeramente diferente, pero igualmente delicioso. Acordándose de las
agujas, se concedió a sí misma autorización para bebérsela. Los arco iris
multicolores empezaron a bailar en las paredes de estuco.
Finalmente, Gastón empujó
fuera los últimos pedacitos de su helado de canela y pagó la cuenta, diciendo
que la comida era un regalo.
—Falta poco para las diez
—dijo él—. Más vale que nos pongamos en camino. Eso es si estás decidida a
seguir adelante.
—Oh, sí —su voz le sonó un
poco fuerte, y trató de bajarla—. No he cambiado de idea.
Ella se levantó, y la sala
comenzó a dar vueltas.
—De acuerdo, vamos.
Él tomó su brazo y la guió a
través del restaurante. En su camino hacia la puerta, él devolvió los saludos
de los aficionados que querían llamar su atención.
Ella esperaba que el aire
fresco la reanimaría, pero no fue así, y cuando las luces del aparcamiento
dieron vueltas a su alrededor, y trató de pensar que en realidad tampoco había
bebido tanto.
—Gastón, no me has dicho que
hiciste para quedar suspendido del circuito.
—Porque sé que no te gustaría
el motivo.
Ella quería extender los
brazos, abrazar la noche, abrazarle a él.
—Esta noche no hay nada que
me desagrade.
—Bien entonces... entre
otras cosas le di un puñetazo a una mujer.
Fue lo último que recordó.
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