martes, 17 de julio de 2012

Capitulo VI, Primera Parte


El restaurante estaba en un edificio viejo con escaleras chirriantes y salas pequeñas pintadas en color tierra. Acompañados por los deliciosos olores de la comida especiada, llegaron al comedor principal. Una cierta cantidad de comensales lanzaron saludos para Gastón, mientras los que estaban de pie trataban de obtener una mejor vista. Esto, combinado con lo que sucedió tiempo atrás en el centro comercial, hizo a Rochi percatarse exactamente de lo famoso que Gastón Dalmau era. El conocimiento la inquietó. ¿Qué cosa terrible había hecho él para hacerle vulnerable a un chantaje de Eugenia?
La camarera les acompañó a una mesa en un rincón apartado cubierta con un mantel verde oscuro con franjas rojas y naranjas. Las paredes en este cuarto eran de áspero estuco marrón decorado con posters tradicionales mexicanos de principios de siglo.
Un camarero apareció con una canasta de patatas chips y salsa. Gastón lo devolvió por la versión más picante, luego pidió una Dos Equis para él y una margarita grande para ella.
—Una normal será suficiente.
—Extra-grande —dijo Gastón al camarero, qué inclinó la cabeza y desapareció, obviamente complacido de poder servir a una celebridad.
—¿Por qué sigues cambiando mis órdenes? No quiero beber mucho.
—Te olvidas de las agujas. Dentro de unas horas vas a estar en la butaca de tatuajes, y según me han contado, duele como el infierno. Te recomiendo seriamente que lo abordes semi-borracha.
A Rochi definitivamente no le gustaban las agujas, y decidió que él tenía razón. Ella comenzó a estudiar el menú, para dejarlo de lado. ¿Por qué se molestaba? Él pediría por ella de todas formas.
Ella estaba en lo cierto. El camarero llegó con sus bebidas, y Gastón dictó una orden tan compleja, que no tenía ni idea de lo que iba a comer. Cuando el camarero finalmente desapareció, repitió la pregunta que él conseguía esquivar.
—¿Estás listo para decirme quién es el Anticristo?
—¿Estamos de regreso con eso otra vez?
—¿Es hombre o mujer?
Él suspiró.
—Hombre.
—¿Le conoces?
—Desde hace demasiado tiempo.
—¿Él está vinculado con tu vida profesional o tu vida personal?
—Podrías decirlo.
Ella pensó acerca de preguntarle si él era más grande que un bollo de pan.
—¡Simplemente dímelo!
Él vaciló, luego se encogió de hombros.
—El marido de tu amiga, ese es.
—¿Nico?
Él se estremeció.
—¡No lo digas! No puedo soportar oír su nombre.
—Sé que es un golfista famoso, pero...
—Simplemente es uno de los golfistas más famoso del mundo. El que ha conquistado todos los Grandes, uno tras otro, en la misma temporada, algo que muy pocos pueden decir. El año que viene cumple los cincuenta, y sigue haciendo trizas a todos los jugadores que hay a su alrededor.
—Pero pensé que Eugenia mencionó que él era el presidente de alguna clase de organización profesional de golf.
—Sólo por ahora. Él ha tenido una operación de hombro hace poco tiempo, y acordó hacer el trabajo de comisionado de la PGA mientras se recupera. El organismo quiere tomarse su tiempo encontrando a la persona adecuada para ocupar el puesto de forma permanente, y él es una de las pocas personas en la que pensaron para llevar el cargo hasta entonces. Él no quería hacerlo, pero ciertas personas le persuadieron —frunció el ceño.
—¿Tú fuiste uno de ellos?
—La cosa más estúpida que alguna vez he hecho, considerando el hecho que el trabajo le da más modos de abusar de poder que un dictador sudamericano, y ha usado cada uno de ellos contra mí.
—Es difícil de creer. Eugenia dice que Nico es un hombre bueno y amable.
—Él es un hijo de puta sanguinario, manipulador y arrogante, eso es lo que es. Ahora, ¿podemos hablar de alguna otra cosa? No he comido nada desde el desayuno, pero ya te has encargado de arruinarme el apetito.
—La camarera del restaurante del club de campo dijo algo de que habían firmado una petición para que recuperaras el circuito. ¿Quiere eso decir que ahora no estás jugando?
—He sido suspendido indefinidamente —dijo él enfadado. Esos ojos verdes cambiaron a duros como la piedra.
—¿Por Nic... Por el marido de Eugenia?.
Él dio una corta inclinación de cabeza.
—¿Por qué?
—Las cosas ocurren, eso es todo.
Cuando él no hizo esfuerzos por colaborar, ella le miró más estrechamente.
—¿Dónde encajo yo dentro de esto?
La llegada de los entremeses le dio una excusa para ignorarla. Él se ocupó con los jalapeños rellenos mientras ella sorbía su margarita granizada. Algunos granos de sal se quedaron pegados en su labio inferior. Ella los apartó con un golpecito con la punta de la lengua.
—Todo lo que tengo que hacer es preguntarle a Eugenia.
Él clavó los ojos en su labio inferior tanto tiempo que la asustó de que algo iba mal. Se lo tapó con la servilleta.
Él parpadeó.
—Eugenia tiene mucha influencia con su marido.
—¿Y?
—Ella intentará hablar con él para que suspenda la sanción.
—Ya veo —ahora todo encajaba—. Por eso accediste a ayudarme.
—Más o menos eso.
Eso le sentó fatal. ¿Por qué le importaba a Eugenia el motivo por el cual Gastón hacía de guía para ella? Tenía poco sentido.
—¿En qué estaba pensando ella? Debía saber que nosotros somos como el aceite y el agua.
—Todos sus años en ese programa informal de entrevistas le han hecho algo sádico a su cerebro. A ella le gusta juntar a personas diferentes, observar cómo se destrozan para poder deleitarse con los pedazos.
Eso no sonaba a Eugenia. Había definitivamente algunos pedazos perdidos por aquí, pero ella tenía pocas probabilidades de encontrar los que trataban de Gastón.
Él la contempló con desagrado.
—¿Vas a comer o a continuar chupándote el labio así?
—¿Chupándome el labio?
—Yo sé que no puedo lanzar la primera piedra, porque también tengo algunos malos hábitos, pero tú necesitas olvidarte de ese labio inferior tuyo. Siempre estás mordisqueándolo o lamiéndolo o algo por el estilo. Me distrae.
—Tú sabes, Gastón, que me estás molestando con tanta crítica.
—Uh—huh —él le deslizó una patata con salsa en la boca.
La salsa quemaba y, en el momento que intentaba coger aliento, llegó el resto de la comida. Mientras comían, Gastón la entretuvo con temas populares y tópicos locales, y pronto se encontró riéndose de sus historias. Él podría ser un compañero encantador cuando se lo proponía, o quizá era simplemente el resplandor de su margarita de tamaño colosal porque ella se encontró envuelta en un borrón de cabeza vellosa.
Ella se excusó para ir al baño, y, cuando regresó, otra margarita la estaba esperando. Esta tenía un sabor ligeramente diferente, pero igualmente delicioso. Acordándose de las agujas, se concedió a sí misma autorización para bebérsela. Los arco iris multicolores empezaron a bailar en las paredes de estuco.
Finalmente, Gastón empujó fuera los últimos pedacitos de su helado de canela y pagó la cuenta, diciendo que la comida era un regalo.
—Falta poco para las diez —dijo él—. Más vale que nos pongamos en camino. Eso es si estás decidida a seguir adelante.
—Oh, sí —su voz le sonó un poco fuerte, y trató de bajarla—. No he cambiado de idea.
Ella se levantó, y la sala comenzó a dar vueltas.
—De acuerdo, vamos.
Él tomó su brazo y la guió a través del restaurante. En su camino hacia la puerta, él devolvió los saludos de los aficionados que querían llamar su atención.
Ella esperaba que el aire fresco la reanimaría, pero no fue así, y cuando las luces del aparcamiento dieron vueltas a su alrededor, y trató de pensar que en realidad tampoco había bebido tanto.
—Gastón, no me has dicho que hiciste para quedar suspendido del circuito.
—Porque sé que no te gustaría el motivo.
Ella quería extender los brazos, abrazar la noche, abrazarle a él.
—Esta noche no hay nada que me desagrade.
—Bien entonces... entre otras cosas le di un puñetazo a una mujer.
Fue lo último que recordó.

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