miércoles, 25 de julio de 2012

Segunda Parte, Capitulo Dieciocho


Media hora más tarde, mientras emergían del bosque, Chevrolet Suburban de aspecto familiar apareció por detrás del espacio comunitario. Gastón se dijo que debía de ser una pura coincidencia mientras lo observaba derrapar ligeramente al frenar ante la casa de huéspedes, pero entonces Cafre se puso a ladrar y salió corriendo hacia el coche.
Rochi soltó un chillido y echó a correr. Las puertas del coche se abrieron y un caniche idéntico a Cafre saltó del interior. Luego salieron los niños. Parecían una docena, aunque sólo eran cuatro: todos los Riera que corrían a saludar a esposa separada-aunque-no-tanto.
El pavor anidó en lo más profundo del estómago de Gas. Una cosa era segura. Donde había niños Riera tenía que haber padres Riera.
Gastón redujo el paso al ver a la rutilante rubia propieta­ria de los Chicago Stars bajando elegantemente del asien­to del conductor, y a su legendario marido emergiendo del asiento de copiloto. No le sorprendió que fuera María quien había conducido. En esa familia, el liderazgo parecía pasar de uno al otro según las circunstancias. Mientras se acercaba al coche, tuvo la incómoda premonición de que a ninguno de los dos iban a gustarles las circunstancias en Wind Lake.
¿Cuáles eran esas circunstancias? Gastón llevaba casi dos semanas haciendo locuras. Faltaba poco más de un mes para el comienzo de la pretemporada, pero él, o se estaba riendo con Rochi, o se estaba enfadando con ella, o le cortaba las alas, o la seducía. Hacía días que no veía retransmisiones partidos, y no hacía el suficiente ejercicio. Sólo podía pensar en cuánto le gustaba estar con aquella mujer irritante e insolente que no era ni hermosa, ni callada, ni poco exigente, si no más pesada que el plomo. Y muy divertida.
¿Por qué tenía que ser la hermana de María? ¿Por qué no podía haberla conocido en una discoteca? Gastón intentó imaginársela con sombra de ojos brillante y un vestido de celofán, pero lo único que vio fue el aspecto que tenía aquella misma mañana, con unas bragas y una de sus camisetas: iba descalza y abrazaba con los pies el travesaño de una silla, llevaba sus hermosos cabellos algo alborotados, y sus condenados ojos miel le miraban por encima del borde de un taza de Perico Conejo advirtiéndole del peligro.
Rocío abrazó a sus sobrinos, olvidando aparentemente que llevaba la ropa arrugada y el pelo lleno de pinaza. Gastón no tenía un aspecto mucho mejor, y cualquier par de ojos astutos podrían deducir qué habían estado haciendo.
Y no había ojos más astutos que los de Mery Igarzabal y Nicolás Riera. Los cuatro se volvieron hacia Gastón, que se puso las manos en los bolsillos y se hizo el simpático.
-Eh, hola. Qué agradable sorpresa.
-Eso hemos pensado.
La respuesta educada de Mery contrastaba claramen­te con la calidez con la que acostumbraba a saludarle; Nicolás le observaba con una expresión calculadora en el rostro. Gastón ahuyentó el desasosiego recordándose que era intocable, el mejor quarterback de la liga.
Aunque los Chicago Stars no tendrían intocables mien­tras los Riera estuvieran al frente, y justo entonces a Gas le pasó por la cabeza cómo podía acabar aquello si no andaba con pies de plomo. Si ellos decidían que tenía que mantenerse alejado de Rocío, un día le convocarían a su des­pacho para comentarle que había entrado en una gran opera­ción de intercambio. Muchos equipos mediocres estarían más que contentos de poder cambiar a algunas de sus mejores ad­quisiciones en el draft por un quarterback profesional, y antes de darse cuenta de lo ocurrido, se encontraría jugando para uno de los equipos de la parte baja de la clasificación.
Mientras veía cómo Nico le quitaba la pinaza de los ca­bellos a Rocío, se imaginó a sí mismo ladrándoles órdenes a los Lions en el estadio Silverdome.
Rochi abrazaba a los niños, que gorjeaban a su alrededor.
-¿Estás sorprendida de vernos tía Rochi? ¿Estás sorprendida?
-¡Cafre! ¡Hemos traído a Canela para que juegue contigo!
-.. Y mamá dice que podremos ir a nadar al...
-... Se cayó del tobogán y acabó con el ojo a la funerala!
-… Hay un chico que la llama cada día, aunque...
-... Y entonces ha vomitado por todo el...
-…  Papá dice que aún soy muy joven, pero...

La atención de Rochi iba de un niño a otro, y su expresión iba de la simpatía al interés o a la diversión sin perderse detalle. Aquélla era su auténtica familia.
Gastón sintió de pronto un dolor agudo. Ro y él no eran una familia, de eso no había duda, así que no podía pensar que  le estuvieran privando de algo. Sólo se trataba de un reflejo de su infancia, en la que había soñado con formar parte ­de una gran familia como aquélla.
¡Ahora caigo! -chilló Rocío-. ¡Ustedes son los Smith!
Los niños también chillaron, señalándola con el dedo. ¡Nos has pillado, tía Ro!
Gastón recordó el comentario anterior de Rocío sobre una familia llamada Smith que iba a registrarse aquel mismo día. Acababa de conocer a los Smith. Su sensación de pavor aumentó.
Rocío miró a su hermana, que tenía en brazos Cafre el Feroz.
-¿Amy sabía quiénes eran cuando anotó la reserva?
Paloma soltó una risilla. Si es que ésa era Paloma, porque lleva­ba una camiseta de fútbol mientras su gemela corría por ahí, con un vestido de verano.
-Mamá no se lo dijo. ¡Queríamos darte una sorpresa!
-¡Nos quedaremos toda la semana! -exclamó Amado-. ¡Y yo dormiré contigo!
«Bien dicho, Amado. Le acabas de dar un puntapié en el trasero a tu tío Gastón.»
Rochi no respondió y, mientras se arreglaba el pelo con las manos, se dirigió a la Riera más silenciosa.
Valeria, como era habitual, se había quedado un poco aparte, pero sus ojos centelleaban de emoción.
-Ya tengo pensada una nueva aventura de Daphne -susurró Vale en voz baja, para que sólo la oyera Rochi. ­La tengo anotada en mi cuaderno de espiral.
-Me muero de ganas de leerla.
-¿Podemos ir a la playa, tía Rochi?
Nico cogió las llaves de Meryy se volvió hacia Gastón.
-Si me enseñas cuál es nuestra casita, podré empezar a descargar.
-Claro -respondió Gas.
Justo lo que no quería hacer. Nicolás tenía la misión de eva­luar los daños que Gastón le había causado a su querida Rocío. Pero Gas en esos momentos era quien se sentía como si acabara de recibir un mazazo en la cabeza.
Rochi señaló la casita situada al otro lado del espacio co­munitario.
-Se aojarán  en Trompeta de Gabriel. La puerta ya está abierta.
Gastón cruzó andando la hierba mientras Nicolás acercaba el coche. Mientras descargaban, Nico le puso al día sobre el equipo, pero Gas lo conocía bastante bien, y el presidente de los Stars no tardaría mucho en ir al grano.
-¿Y qué? ¿Cómo va por aquí? -Nicolás cerró la puerta del maletero de su Suburban con más fuerza de la necesaria.
Gastón podía ser tan directo como Nicolás, pero decidió que era más inteligente adoptar la táctica de Rochi y hacerse el «tonto».
-Pues, la verdad, las estoy pasando canutas -dijo co­giendo un cesto para la ropa sucia lleno de juguetes-. No sabía que iba a ser tan difícil encontrar a alguien que se hiciera cargo del campamento.
-¡Papá!- Paloma y Tefi llegaron corriendo, seguidas por Amadito-. Necesitamos los bañadores para poder ir a nadar antes de la reunión del té de esta tarde.
-¡Aunque la tía Rochi ha dicho que yo podré beber limonada-declaró Amadito-, porque no me gusta el té!
-¡Mira nuestra casita! ¡Qué monada! -gritó Tefi corriendo hacia la puerta mientras Rochi y Mery se acercaban con Valeria.
Rocío parecía tensa, y María le dedicó a Gas una mirada tan fría como un uniforme de los Lions en medio de un noviembre perdedor en Detroit.
-El lago está helado, niñas -les gritó Rocío a las gemelas desde el porche, intentando comportarse como si todo fuera normal-. No es como la piscina de casa.
-¿Hay serpientes acuáticas?
La pregunta era de Vale, que parecía preocupada. Había algo en aquella niña que siempre había conmovido a Gastón.
-No hay serpientes, pequeña. ¿Quieres que entre al agua contigo? -le dijo él.
Su sonrisa brilló con mil vatios de gratitud.
-¿Lo harás?
-Claro. Ve a ponerte el bañador y nos encontramos allí. Gastón no quiso dejar a Rochi sola con el enemigo y añadió: -Tu tía nos acompañará. Le encanta bañarse en el lago, ¿verdad, Ro?
Rocío pareció aliviada.
-Claro. Podemos ir a nadar todos juntos.
« ¿Y no iba a ser una forma totalmente nueva de diversión?» Rocío y él se despidieron alegremente de los Riera. Mientras se alejaban, Gas oyó que Nicolás le murmuraba algo a Mery, aunque sólo entendió una palabra.
-Slytherin.
Rochi esperó a estar lo bastante lejos de ellos para mos­trar su agitación.

-¡Tienes que sacar tus cosas de mi casita! No quiero que sepan que hemos estado durmiendo juntos.
A juzgar por el aspecto que tenían hacía unos instantes, al salir del bosque, Gas imaginó que ya era demasiado tar­de, pero le dio la razón.
-Y no vuelvas a quedarte a solas con Nico. Te interro­gará sin compasión. Yo me aseguraré de tener siempre cerca a alguna de las niñas cuando esté con Mery.
Sin dejarle responder, se dirigió hacia la casita. Gastón dio un puntapié a un montón de gravilla suelta y se dirigió a la casa de huéspedes. ¿Por qué tenía que ser tan reservada? No es que él quisiera que dijera nada, las cosas ya eran lo bastan­te inestables, pero Rochi no tenía que temer que la traspasa­ran a Detroit como él; entonces, ¿por qué no les mandaba al cuerno?
Cuanto más pensaba en ello, más le fastidiaba la actitud de Rocío. Era normal que él quisiera mantener su relación en privado, pero, en cierto modo, no era normal que lo qui­siera ella.

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