Pasó por el bar para
revisar el turno del almuerzo y las existencias. Acto seguido, ansiosa por
satisfacer su curiosidad, partió hacia Ordóñez Hall.
La puerta estaba
abierta. Supuso que Gastón era de los pocos que habían vivido en esa casa que
dejaría la puerta abierta para todo el que quisiera entrar. Por mucho que le
gustara la vida en el campo, alguien tendría que asesorarle sobre sistemas de
seguridad.
Oyó barullo de
hombres trabajando en la parte de atrás, pero se tomó su tiempo para llegar
hasta allí.
El salón atrajo su
atención. Pasó los dedos por el brillante suelo y lo notó duro y frío. Entonces
entró y miró a su alrededor.
Era un hombre
cuidadoso con sus cosas, fue cuanto se le ocurrió pensar. Cuidaba los detalles,
hacía que adquirieran importancia. El color, la madera, la elegancia de la
chimenea, las deslumbrantes ventanas que supuso había lavado él mismo.
También supuso que él
mismo iba a decorar la estancia, prestando suma atención a los detalles.
Jamás había conocido
a un hombre que se tomara tantas... molestias con algo, se dijo. De hecho, no
conocía a nadie. Tal vez, se vio obligada a reconocer, había pasado demasiado
tiempo con el tipo de hombre equivocado.
—¿Qué opinas?
Rocío se volvió
envuelta por la luz que entraba por las ventanas. Gastón estaba junto a la
puerta.
—Opino que esta casa
es muy afortunada por tenerte. Creo que la ves como debería ser y que te
esmerarás para devolverle la vida.
—Qué bonito. —Se
acercó a ella—. Muy bonito. Pareces descansada.
—Los hombres no
deberían decir a las mujeres que parecen descansadas, sino que están preciosas.
—Siempre te veo
preciosa, pero hoy, además, te veo descansada.
—Qué labia, chico,
qué labia. —Rocío se dirigió a la chimenea. Deslizó una mano por la repisa y la
detuvo ante un marco de cuero que contenía la foto de una joven—. Valeria
—susurró, y el dolor volvió a penetrarla. Muy adentro.
—Me la dio la señorita
Esperanza. Te pareces a ella.
—Yo nunca he tenido
esa expresión tan cándida. —Rocío acarició el rostro joven y confiado de la
muchacha.
Había visto antes ese
retrato, incluso lo había estudiado detenidamente durante un período de su vida
en que le había parecido romántico el misterio que ocultaba. Durante un período
en que había sido lo bastante joven para ver romanticismo en una tragedia.
—Se me hace extraño
verla aquí —dijo—. Ver una parte de mí aquí.
—Ella pertenece a
este lugar. Y tú también.
Rocío se sacudió esa
idea y la pena que esos ojos oscuros y diáfanos vertían sobre su corazón. Miró
largamente a Gastón. Ropa de trabajo, cinturón de herramientas, barba de un
día. Cada vez le era más difícil imaginárselo con traje de rayas y maletín de
cuero.
Cada vez le era más
difícil imaginar su vida sin él.
—¿Por qué te fuiste
esta mañana?
—¿No viste la nota?
Los tipos de la encimera. —Señaló la cocina—. Había tenido que suplicarles y
pagarles un suplemento para que aceptaran venir un sábado por la mañana. No
podía fallarles.
—No me refería a eso.
Tú no fuiste a la ciudad, trabajaste casi seis horas recogiendo mesas y me
diste un masaje en los pies porque no tenías nada mejor que hacer un viernes
por la noche. Viniste en busca de sexo, cher, y te fuiste sin él. ¿Por qué?
Gastón notó que el
genio trataba de horadar su buen talante.
—Tienes la habilidad
de convertir lo sencillo en algo complicado.
—Porque las cosas
raras veces son tan sencillas como parecen.
—De acuerdo, hablemos
claro. Fui a la ciudad porque quería verte. Recogí mesas porque quería
ayudarte. Te di un masaje en los pies porque calculé que llevabas doce horas
erguida. Y te dejé dormir porque lo necesitabas. ¿Es que nunca te han hecho un
favor?
—Los hombres, en
general, no, a menos que quieran algo a cambio. ¿Qué quieres tú a cambio?
Gastón esperó a que
se le pasara el primer arrebato de irritación.
—Eso es insultante.
Pero si tanto te interesa devolverme el favor, dispongo de veinte minutos.
Podemos subir, echar un polvo y quedar empatados. De lo contrario, tengo mucho
trabajo.
—No era mi intención
insultarte. —Pero se daba cuenta de que lo había hecho—. Lo que ocurre es que
no te entiendo. Los hombres que he conocido íntimamente se habrían molestado
por lo que no sucedió entre nosotros esta mañana. Supuse que tú también te
habrías molestado, y no te lo habría reprochado. Lo habría entendido.
—¿Tanto te cuesta
comprender que puedes importarme lo bastante para dejar a un lado el sexo a fin
de permitirte dormir?
—Sí. .
—Quizá no sea
insultante. Quizá solo sea triste. —Advirtió que las mejillas de Rocío
enrojecían y comprendió que era de vergüenza—. Para mí no todo se reduce al
sexo. El sexo da color a la vida, pero hay otras cosas.
—Me gusta saber a qué
debo atenerme. Si no lo sabes, no puedes decidir dónde quieres estar o qué
dirección te gustaría tomar.
—Y yo te estoy
jodiendo la brújula.
—Más o menos.
—Soy un tipo afable. Rocío,
pero no voy a permitir que me metas en el mismo saco que los demás hombres a
los que has tratado. De hecho, a mí no me tratarás. Nos trataremos el uno al
otro.
—Porque así lo
quieres.
—Porque así es. —El
tono de Gastón fue categórico—. Nada entre nosotros se parece ni va a parecerse
a nada de lo que ya hemos tenido. Es posible que necesites tiempo para
acostumbrarte.
—¿Así es como
consigues salirte con la tuya? ¿Enumerando las reglas en ese tono razonable tan
irritante?
—Hechos, no reglas
—le corrigió él en ese tono razonable tan irritante—. Y si te resulta irritante
es únicamente porque te sentirías más segura en una pelea. Ya nos hemos comido
los veinte minutos que podríamos haber destinado al sexo. Una buena sesión de
sexo o una buena pelea exigen su tiempo. Voy a tener que suspender ambas
actuaciones a causa de la lluvia.
Rocío le miró
fijamente mientras buscaba algo mordaz que decir. Al final desistió y rompió a
reír.
—En ese caso, cuando
deje de llover, empecemos por la pelea. Luego podríamos dedicarnos al sexo a
modo de prima.
—Me parece bien.
¿Tienes que irte ya o todavía dispones de unos minutos? Podrías ayudarme a trasladar
la alfombra que he comprado para el salón. Pensaba pedírselo a los tipos de la
encimera, pero con lo que les pago prefiero que no se distraigan.
—¿Escatimando gastos
tú, con lo abultados que tienes los bolsillos?
—No los tendría si me
dejara sablear. Además, así podré tenerte conmigo y mirarte un rato más.
—Muy astuto. —Lo
cierto era que quería quedarse, quería estar con él—. De acuerdo, te ayudaré
con la alfombra antes de irme. ¿Dónde está?
—En la estancia
contigua. —Gastón señaló las puertas—. Casi todo lo que he comprado hasta ahora
lo guardo ahí. Mi próximo proyecto será la biblioteca, así que podré sacar lo
que va en el salón y en la biblioteca antes de empezar con ese cuarto.
Rocío se acercó y
quedó boquiabierta. Una cueva de Aladino, pensó, creada por un loco millonario
con un gusto ecléctico. Estaba repleta de mesas, sofás, alfombras, lámparas y
lo que su abuela llamaría chismes.
—Santo Dios, Gastón,
¿cuándo compraste todo esto?
—Un poco allí, un
poco allá. Me digo que no debo, pero no me escucho. En cualquier caso, es una
casa grande. —Gastón avanzó por los estrechos pasillos formados por sus
adquisiciones—. Necesita muchas... cosas. Pensé en respetar la época en que fue
construida la casa, pero luego me dije que con el tiempo me cansaría. Me gusta
mezclar estilos.
Rocío vio una mesa
auxiliar de bronce estilo Hepplewhite con forma de hipopótamo.
—Misión cumplida.
—Mira esta lámpara. —Gastón
pasó los dedos por la pantalla de una Tiffany—. Tengo debilidad por las
lámparas.
—Yo diría que tienes
debilidad por todo, cher.
—Sobre todo por ti.
Aquí está la alfombra. —Gastón dio unas palmadas al rollo alargado que
descansaba sobre la pared—. Creo que podremos arrastrarla. Debí dejarla más
cerca de la puerta, pero cuando la compré no estaba seguro de dónde iría. Ahora
sí lo sé.
Entre los dos
consiguieron bajarla hasta el suelo. Con Gastón encorvado y caminando de
espaldas, contornearon los islotes de muebles. Tuvieron que detenerse una vez
para mover un sofá y otra para apartar una mesa auxiliar.
—¿Sabes una cosa?
—dijo Rocío cuando los dos cayeron de rodillas en el salón, jadeando—. Dentro
de dos meses estarás enrollándola de nuevo. Aquí nadie deja puestas las
alfombras en verano. Hace demasiado calor.
—Ya me preocuparé por
eso en junio.
Rocío se sentó sobre
los talones y le acarició la mejilla.
—Cher, empezarás a
pensar en el verano antes de que acabe abril. En marcha. —Se subió las mangas y
colocó las manos sobre el rollo—. ¿Listo?
Avanzando a cuatro
patas, desenrollaron la alfombra y revelaron poco a poco el dibujo. Rocío sólo
alcanzaba a atisbar tonalidades y texturas, pero eso le bastó para comprender
por qué Gastón la quería allí.
Los verdes de las
hojas eran tenues, como el verde de las paredes, y se mezclaban con rosas de
tonos suaves sobre un fondo verde oscuro. Una vez abierta, se levantó para
estudiar el efecto conjunto mientras él se preocupaba de colocarla en su
posición exacta.
—Te has comprado un
jardín de rosas. Gastón. Casi puedo olerías.
—Bonita, ¿eh? Encaja
muy bien en este salón. Para empezar, utilizaré los dos sofás imperio y creo
que la mesa Biedermeier. —Gastón contempló el medallón del techo—. Vi una
lámpara genial, de vidrio soplado, muy Dale Chuhuly. Debí comprarla.
—¿Por qué no vemos
primero cómo quedan los sofás?
—Pesan mucho. Pediré
a Vico que me eche una mano con ellos. Tenía previsto pasar hoy por aquí.
—Me tienes a mí.
—No quiero que te
hagas daño.
Rocío le clavó una de
sus miradas antes de dirigirse al almacén.
Colocados los sofás,
retrocedió para examinar el resultado cuando oyó llorar al bebé.
Miró a Gastón, pero
él parecía distraído.
—¿Han venido los
hombres de la encimera con un bebé? —preguntó.
Gastón cerró los ojos
y se hundió en el sofá.
—¿Puedes oírlo? Nadie
más lo oye. Los portazos, sí. Y el agua que corre cuando no hay nadie en el
cuarto para abrir los grifos. Pero nadie oye al bebé.
Presa de un
escalofrío. Rocío se volvió hacia el vestíbulo.
—¿De dónde viene el
llanto?
—Del cuarto infantil.
A veces del dormitorio de Valeria, pero sobre todo del cuarto infantil. No obstante,
cuando alcanzo la puerta se calla. Vico estuvo aquí en dos ocasiones en que
empezó el llanto. No podía oírlo. Pero tú sí puedes.
—Tengo que ir a ese
cuarto. No soporto oír a un bebé llorar de ese modo. —Rocío caminó hasta el
vestíbulo y empezó a subir. En ese momento el llanto cesó.
Durante un instante
pareció como si toda la casa estuviera en silencio. Luego oyó el barullo de la
cocina, la música de una radio, las voces de los obreros.
—Qué extraño.
—Permaneció detenida en la escalera con una mano en la barandilla y el corazón
acelerado—. Estaba pensando que quería coger al bebé en brazos. La gente dice
que a los bebés hay que dejarlos llorar, pero yo no estoy de acuerdo. Estaba
pensando en eso cuando el llanto paró.
—Es extraño que
estuvieras pensando en coger en brazos a tu tatarabuela. Es Valentina —explicó Gastón
cuando Rocío se volvió para mirarle—. Estoy seguro. A lo mejor puedes oírla
porque llevas su sangre, y supongo que yo puedo oírla porque soy el propietario
de la casa. He dejado un mensaje a los dueños anteriores para hablar del
asunto, pero no me han devuelto la llamada.
—Tal vez no quieran
hablar.
—No lo sabré si no se
lo pregunto. ¿Tienes miedo?
Rocío levantó la
vista y se hizo la misma pregunta.
—Supongo que debería
tenerlo, pero no lo tengo. Lo encuentro fascinante. Creo... —Se interrumpió al
oír un portazo—. Eso no es obra de un bebé —dijo, y echó a correr escaleras
arriba.
—Rocío. —Pero ella ya
había doblado la curva del rellano y él no tuvo más remedio que seguirla.
Avanzó por el pasillo
abriendo puertas. Al abrir la puerta del dormitorio de Valeria, una ola de aire
frío la envolvió y resopló del susto. Pasmada por el vaho que salía de su boca,
se llevó los brazos al pecho.
—Esto no es propio de
un bebé —susurró.
—No. Es ira. —Cuando Gastón
le puso las manos en los hombros para calentarla, para alejarla, la puerta se
cerró con un golpe seco.
Rocío dio un brinco,
no pudo evitarlo, y oyó el nerviosismo en su risa ahogada.
—Tu fantasma no es
muy hospitalario que digamos.
—Es la primera vez
que lo veo. —Gastón tenía un nudo en la base de la garganta. Y en el corazón,
pensó mientras respiraba hondo—. Quienquiera que sea, está muy cabreado.
—Es el cuarto de Valeria.
Las cajún podemos ser temibles cuando nos irritamos.
—No parece la cólera
de una chica. Y aún menos de la joven de la fotografía.
—Qué poco sabes de
chicas, cher.
—Oye, tengo una
hermana que puede ser tan mala como un gato escaldado. Quería decir que parece
una cólera resentida, malvada.
—Si alguien me
hubiera matado y me hubiera enterrado en una tumba oculta, estaría muy
resentida. —Rocío se obligó a coger el pomo helado—. No gira.
Gastón posó una mano
sobre la de ella. Otra corriente fría. El pomo giró suavemente. Y cuando la
puerta se abrió, solo encontraron una habitación vacía llena de sol y sombras.
—Da un poco de miedo,
¿no te parece? —Pero Rocío entró.
—Sí, un poco.
—¿Sabes qué creo,
cher?
—¿Qué?
—Creo que el hombre
que es capaz de vivir en esta casa solo, noche tras noche, y que sale a comprar
alfombras, mesas y lámparas para decorarla... —Se volvió y le rodeó la
cintura—. Creo que el hombre que es capaz de hacer eso tiene unas pelotas de
acero.
—¿De veras? —Leyendo
la invitación, Gastón bajó la cabeza y la besó—. Creo que podría hacer un hueco
de veinte minutos para esa sesión de sexo.
Rocío rió y le dio un
fuerte abrazo.
—Lo siento, cielo,
pero tengo que irme. Es sábado y la noche se acerca. Pero si estás por el
barrio a eso de las tres o las cuatro de la madrugada, creo que podría
permanecer despierta el tiempo suficiente para... —le deslizó una mano entre
las piernas y acarició por encima de los tejanos-... dar un masaje a estas
pelotas de acero.
Gastón apenas logró
ahogar un gemido.
—El miércoles —dijo—,
cuando estés del todo libre.
Ella todavía tenía la
mano entre sus piernas y podía notar el endurecimiento.
—¿El miércoles?
—Cuando estés libre.
—Gastón, con todo, apretó su boca contra la de ella para dejarle catar lo que
estaba sintiendo—. Ven aquí. Cenaremos juntos y te quedarás a dormir. —La
arrinconó contra la pared. Utilizó los dientes—. Te quiero en mi cama. El
miércoles. Dime que vendrás y que te quedarás a dormir.
—De acuerdo. —Rocío
se liberó. Unos minutos más, pensó, y en lugar de esperar al miércoles lo
tomaría ahí mismo, en el suelo—. Tengo que irme. No debí quedarme tanto tiempo.
Al salir del cuarto
miró a un lado y otro del pasillo.
—Creo que nunca he
pasado la noche en una casa embrujada. ¿A qué hora vengo?
—Pronto.
—No hace falta que me
acompañes a la puerta, cher. —Rocío le lanzó una sonrisa maliciosa—. A juzgar
por tu estado actual, caminar podría suponerte un problema. Pásate por el bar
si cambias de opinión.
Se llevó un dedo a
los labios, lo besó, lo dirigió hacia Gastón como si fuera una pistola y se
alejó.
Un gesto atinado,
pensó Gastón. Había momentos en que una mirada de ella era tan mortal como una
bala.
Solo tenía que aguantar hasta el miércoles
para que volviera a dispararle.
Que buenos capitulos!!.. Como lo dejo Rochi! jjajaajajaj.... Amo la novela!! :)
ResponderEliminarme encanta la novelaaaaa k ala k es rochi no lo puede dejar asiii lo k si m pregunto es kien sera el fantasma ?
ResponderEliminarEs tremenda Rochi! jajaja
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