miércoles, 1 de agosto de 2012

Capitulo Once, Segunda Parte


Pasó por el bar para revisar el turno del almuerzo y las existencias. Acto seguido, ansiosa por satisfacer su curiosidad, partió hacia Ordóñez Hall.
La puerta estaba abierta. Supuso que Gastón era de los pocos que habían vivido en esa casa que dejaría la puerta abierta para todo el que quisiera entrar. Por mucho que le gustara la vida en el campo, alguien tendría que asesorarle sobre sistemas de seguridad.
Oyó barullo de hombres trabajando en la parte de atrás, pero se tomó su tiempo para llegar hasta allí.
El salón atrajo su atención. Pasó los dedos por el brillante suelo y lo notó duro y frío. Entonces entró y miró a su alrededor.
Era un hombre cuidadoso con sus cosas, fue cuanto se le ocurrió pensar. Cuidaba los detalles, hacía que adquirieran importancia. El color, la madera, la elegancia de la chimenea, las deslumbrantes ventanas que supuso había lavado él mismo.
También supuso que él mismo iba a decorar la estancia, prestando suma atención a los detalles.
Jamás había conocido a un hombre que se tomara tantas... molestias con algo, se dijo. De hecho, no conocía a nadie. Tal vez, se vio obligada a reconocer, había pasado demasiado tiempo con el tipo de hombre equivocado.
—¿Qué opinas?
Rocío se volvió envuelta por la luz que entraba por las ventanas. Gastón estaba junto a la puerta.
—Opino que esta casa es muy afortunada por tenerte. Creo que la ves como debería ser y que te esmerarás para devolverle la vida.
—Qué bonito. —Se acercó a ella—. Muy bonito. Pareces descansada.
—Los hombres no deberían decir a las mujeres que parecen descansadas, sino que están preciosas.
—Siempre te veo preciosa, pero hoy, además, te veo descansada.
—Qué labia, chico, qué labia. —Rocío se dirigió a la chimenea. Deslizó una mano por la repisa y la detuvo ante un marco de cuero que contenía la foto de una joven—. Valeria —susurró, y el dolor volvió a penetrarla. Muy adentro.
—Me la dio la señorita Esperanza. Te pareces a ella.
—Yo nunca he tenido esa expresión tan cándida. —Rocío acarició el rostro joven y confiado de la muchacha.
Había visto antes ese retrato, incluso lo había estudiado detenidamente durante un período de su vida en que le había parecido romántico el misterio que ocultaba. Durante un período en que había sido lo bastante joven para ver romanticismo en una tragedia.
—Se me hace extraño verla aquí —dijo—. Ver una parte de mí aquí.
—Ella pertenece a este lugar. Y tú también.
Rocío se sacudió esa idea y la pena que esos ojos oscuros y diáfanos vertían sobre su corazón. Miró largamente a Gastón. Ropa de trabajo, cinturón de herramientas, barba de un día. Cada vez le era más difícil imaginárselo con traje de rayas y maletín de cuero.
Cada vez le era más difícil imaginar su vida sin él.
—¿Por qué te fuiste esta mañana?
—¿No viste la nota? Los tipos de la encimera. —Señaló la cocina—. Había tenido que suplicarles y pagarles un suplemento para que aceptaran venir un sábado por la mañana. No podía fallarles.
—No me refería a eso. Tú no fuiste a la ciudad, trabajaste casi seis horas recogiendo mesas y me diste un masaje en los pies porque no tenías nada mejor que hacer un viernes por la noche. Viniste en busca de sexo, cher, y te fuiste sin él. ¿Por qué?
Gastón notó que el genio trataba de horadar su buen talante.
—Tienes la habilidad de convertir lo sencillo en algo complicado.
—Porque las cosas raras veces son tan sencillas como parecen.
—De acuerdo, hablemos claro. Fui a la ciudad porque quería verte. Recogí mesas porque quería ayudarte. Te di un masaje en los pies porque calculé que llevabas doce horas erguida. Y te dejé dormir porque lo necesitabas. ¿Es que nunca te han hecho un favor?
—Los hombres, en general, no, a menos que quieran algo a cambio. ¿Qué quieres tú a cambio?
Gastón esperó a que se le pasara el primer arrebato de irritación.
—Eso es insultante. Pero si tanto te interesa devolverme el favor, dispongo de veinte minutos. Podemos subir, echar un polvo y quedar empatados. De lo contrario, tengo mucho trabajo.
—No era mi intención insultarte. —Pero se daba cuenta de que lo había hecho—. Lo que ocurre es que no te entiendo. Los hombres que he conocido íntimamente se habrían molestado por lo que no sucedió entre nosotros esta mañana. Supuse que tú también te habrías molestado, y no te lo habría reprochado. Lo habría entendido.
—¿Tanto te cuesta comprender que puedes importarme lo bastante para dejar a un lado el sexo a fin de permitirte dormir?
—Sí. .
—Quizá no sea insultante. Quizá solo sea triste. —Advirtió que las mejillas de Rocío enrojecían y comprendió que era de vergüenza—. Para mí no todo se reduce al sexo. El sexo da color a la vida, pero hay otras cosas.
—Me gusta saber a qué debo atenerme. Si no lo sabes, no puedes decidir dónde quieres estar o qué dirección te gustaría tomar.
—Y yo te estoy jodiendo la brújula.
—Más o menos.
—Soy un tipo afable. Rocío, pero no voy a permitir que me metas en el mismo saco que los demás hombres a los que has tratado. De hecho, a mí no me tratarás. Nos trataremos el uno al otro.
—Porque así lo quieres.
—Porque así es. —El tono de Gastón fue categórico—. Nada entre nosotros se parece ni va a parecerse a nada de lo que ya hemos tenido. Es posible que necesites tiempo para acostumbrarte.
—¿Así es como consigues salirte con la tuya? ¿Enumerando las reglas en ese tono razonable tan irritante?
—Hechos, no reglas —le corrigió él en ese tono razonable tan irritante—. Y si te resulta irritante es únicamente porque te sentirías más segura en una pelea. Ya nos hemos comido los veinte minutos que podríamos haber destinado al sexo. Una buena sesión de sexo o una buena pelea exigen su tiempo. Voy a tener que suspender ambas actuaciones a causa de la lluvia.
Rocío le miró fijamente mientras buscaba algo mordaz que decir. Al final desistió y rompió a reír.
—En ese caso, cuando deje de llover, empecemos por la pelea. Luego podríamos dedicarnos al sexo a modo de prima.
—Me parece bien. ¿Tienes que irte ya o todavía dispones de unos minutos? Podrías ayudarme a trasladar la alfombra que he comprado para el salón. Pensaba pedírselo a los tipos de la encimera, pero con lo que les pago prefiero que no se distraigan.
—¿Escatimando gastos tú, con lo abultados que tienes los bolsillos?
—No los tendría si me dejara sablear. Además, así podré tenerte conmigo y mirarte un rato más.
—Muy astuto. —Lo cierto era que quería quedarse, quería estar con él—. De acuerdo, te ayudaré con la alfombra antes de irme. ¿Dónde está?
—En la estancia contigua. —Gastón señaló las puertas—. Casi todo lo que he comprado hasta ahora lo guardo ahí. Mi próximo proyecto será la biblioteca, así que podré sacar lo que va en el salón y en la biblioteca antes de empezar con ese cuarto.
Rocío se acercó y quedó boquiabierta. Una cueva de Aladino, pensó, creada por un loco millonario con un gusto ecléctico. Estaba repleta de mesas, sofás, alfombras, lámparas y lo que su abuela llamaría chismes.
—Santo Dios, Gastón, ¿cuándo compraste todo esto?
—Un poco allí, un poco allá. Me digo que no debo, pero no me escucho. En cualquier caso, es una casa grande. —Gastón avanzó por los estrechos pasillos formados por sus adquisiciones—. Necesita muchas... cosas. Pensé en respetar la época en que fue construida la casa, pero luego me dije que con el tiempo me cansaría. Me gusta mezclar estilos.
Rocío vio una mesa auxiliar de bronce estilo Hepplewhite con forma de hipopótamo.
—Misión cumplida.
—Mira esta lámpara. —Gastón pasó los dedos por la pantalla de una Tiffany—. Tengo debilidad por las lámparas.
—Yo diría que tienes debilidad por todo, cher.
—Sobre todo por ti. Aquí está la alfombra. —Gastón dio unas palmadas al rollo alargado que descansaba sobre la pared—. Creo que podremos arrastrarla. Debí dejarla más cerca de la puerta, pero cuando la compré no estaba seguro de dónde iría. Ahora sí lo sé.
Entre los dos consiguieron bajarla hasta el suelo. Con Gastón encorvado y caminando de espaldas, contornearon los islotes de muebles. Tuvieron que detenerse una vez para mover un sofá y otra para apartar una mesa auxiliar.
—¿Sabes una cosa? —dijo Rocío cuando los dos cayeron de rodillas en el salón, jadeando—. Dentro de dos meses estarás enrollándola de nuevo. Aquí nadie deja puestas las alfombras en verano. Hace demasiado calor.
—Ya me preocuparé por eso en junio.
Rocío se sentó sobre los talones y le acarició la mejilla.
—Cher, empezarás a pensar en el verano antes de que acabe abril. En marcha. —Se subió las mangas y colocó las manos sobre el rollo—. ¿Listo?
Avanzando a cuatro patas, desenrollaron la alfombra y revelaron poco a poco el dibujo. Rocío sólo alcanzaba a atisbar tonalidades y texturas, pero eso le bastó para comprender por qué Gastón la quería allí.
Los verdes de las hojas eran tenues, como el verde de las paredes, y se mezclaban con rosas de tonos suaves sobre un fondo verde oscuro. Una vez abierta, se levantó para estudiar el efecto conjunto mientras él se preocupaba de colocarla en su posición exacta.
—Te has comprado un jardín de rosas. Gastón. Casi puedo olerías.
—Bonita, ¿eh? Encaja muy bien en este salón. Para empezar, utilizaré los dos sofás imperio y creo que la mesa Biedermeier. —Gastón contempló el medallón del techo—. Vi una lámpara genial, de vidrio soplado, muy Dale Chuhuly. Debí comprarla.
—¿Por qué no vemos primero cómo quedan los sofás?
—Pesan mucho. Pediré a Vico que me eche una mano con ellos. Tenía previsto pasar hoy por aquí.
—Me tienes a mí.
—No quiero que te hagas daño.
Rocío le clavó una de sus miradas antes de dirigirse al almacén.
Colocados los sofás, retrocedió para examinar el resultado cuando oyó llorar al bebé.
Miró a Gastón, pero él parecía distraído.
—¿Han venido los hombres de la encimera con un bebé? —preguntó.
Gastón cerró los ojos y se hundió en el sofá.
—¿Puedes oírlo? Nadie más lo oye. Los portazos, sí. Y el agua que corre cuando no hay nadie en el cuarto para abrir los grifos. Pero nadie oye al bebé.
Presa de un escalofrío. Rocío se volvió hacia el vestíbulo.
—¿De dónde viene el llanto?
—Del cuarto infantil. A veces del dormitorio de Valeria, pero sobre todo del cuarto infantil. No obstante, cuando alcanzo la puerta se calla. Vico estuvo aquí en dos ocasiones en que empezó el llanto. No podía oírlo. Pero tú sí puedes.
—Tengo que ir a ese cuarto. No soporto oír a un bebé llorar de ese modo. —Rocío caminó hasta el vestíbulo y empezó a subir. En ese momento el llanto cesó.
Durante un instante pareció como si toda la casa estuviera en silencio. Luego oyó el barullo de la cocina, la música de una radio, las voces de los obreros.
—Qué extraño. —Permaneció detenida en la escalera con una mano en la barandilla y el corazón acelerado—. Estaba pensando que quería coger al bebé en brazos. La gente dice que a los bebés hay que dejarlos llorar, pero yo no estoy de acuerdo. Estaba pensando en eso cuando el llanto paró.
—Es extraño que estuvieras pensando en coger en brazos a tu tatarabuela. Es Valentina —explicó Gastón cuando Rocío se volvió para mirarle—. Estoy seguro. A lo mejor puedes oírla porque llevas su sangre, y supongo que yo puedo oírla porque soy el propietario de la casa. He dejado un mensaje a los dueños anteriores para hablar del asunto, pero no me han devuelto la llamada.
—Tal vez no quieran hablar.
—No lo sabré si no se lo pregunto. ¿Tienes miedo?
Rocío levantó la vista y se hizo la misma pregunta.
—Supongo que debería tenerlo, pero no lo tengo. Lo encuentro fascinante. Creo... —Se interrumpió al oír un portazo—. Eso no es obra de un bebé —dijo, y echó a correr escaleras arriba.
—Rocío. —Pero ella ya había doblado la curva del rellano y él no tuvo más remedio que seguirla.
Avanzó por el pasillo abriendo puertas. Al abrir la puerta del dormitorio de Valeria, una ola de aire frío la envolvió y resopló del susto. Pasmada por el vaho que salía de su boca, se llevó los brazos al pecho.
—Esto no es propio de un bebé —susurró.
—No. Es ira. —Cuando Gastón le puso las manos en los hombros para calentarla, para alejarla, la puerta se cerró con un golpe seco.
Rocío dio un brinco, no pudo evitarlo, y oyó el nerviosismo en su risa ahogada.
—Tu fantasma no es muy hospitalario que digamos.
—Es la primera vez que lo veo. —Gastón tenía un nudo en la base de la garganta. Y en el corazón, pensó mientras respiraba hondo—. Quienquiera que sea, está muy cabreado.
—Es el cuarto de Valeria. Las cajún podemos ser temibles cuando nos irritamos.
—No parece la cólera de una chica. Y aún menos de la joven de la fotografía.
—Qué poco sabes de chicas, cher.
—Oye, tengo una hermana que puede ser tan mala como un gato escaldado. Quería decir que parece una cólera resentida, malvada.
—Si alguien me hubiera matado y me hubiera enterrado en una tumba oculta, estaría muy resentida. —Rocío se obligó a coger el pomo helado—. No gira.
Gastón posó una mano sobre la de ella. Otra corriente fría. El pomo giró suavemente. Y cuando la puerta se abrió, solo encontraron una habitación vacía llena de sol y sombras.
—Da un poco de miedo, ¿no te parece? —Pero Rocío entró.
—Sí, un poco.
—¿Sabes qué creo, cher?
—¿Qué?
—Creo que el hombre que es capaz de vivir en esta casa solo, noche tras noche, y que sale a comprar alfombras, mesas y lámparas para decorarla... —Se volvió y le rodeó la cintura—. Creo que el hombre que es capaz de hacer eso tiene unas pelotas de acero.
—¿De veras? —Leyendo la invitación, Gastón bajó la cabeza y la besó—. Creo que podría hacer un hueco de veinte minutos para esa sesión de sexo.
Rocío rió y le dio un fuerte abrazo.
—Lo siento, cielo, pero tengo que irme. Es sábado y la noche se acerca. Pero si estás por el barrio a eso de las tres o las cuatro de la madrugada, creo que podría permanecer despierta el tiempo suficiente para... —le deslizó una mano entre las piernas y acarició por encima de los tejanos-... dar un masaje a estas pelotas de acero.
Gastón apenas logró ahogar un gemido.
—El miércoles —dijo—, cuando estés del todo libre.
Ella todavía tenía la mano entre sus piernas y podía notar el endurecimiento.
—¿El miércoles?
—Cuando estés libre. —Gastón, con todo, apretó su boca contra la de ella para dejarle catar lo que estaba sintiendo—. Ven aquí. Cenaremos juntos y te quedarás a dormir. —La arrinconó contra la pared. Utilizó los dientes—. Te quiero en mi cama. El miércoles. Dime que vendrás y que te quedarás a dormir.
—De acuerdo. —Rocío se liberó. Unos minutos más, pensó, y en lugar de esperar al miércoles lo tomaría ahí mismo, en el suelo—. Tengo que irme. No debí quedarme tanto tiempo.
Al salir del cuarto miró a un lado y otro del pasillo.
—Creo que nunca he pasado la noche en una casa embrujada. ¿A qué hora vengo?
—Pronto.
—No hace falta que me acompañes a la puerta, cher. —Rocío le lanzó una sonrisa maliciosa—. A juzgar por tu estado actual, caminar podría suponerte un problema. Pásate por el bar si cambias de opinión.
Se llevó un dedo a los labios, lo besó, lo dirigió hacia Gastón como si fuera una pistola y se alejó.
Un gesto atinado, pensó Gastón. Había momentos en que una mirada de ella era tan mortal como una bala.
Solo tenía que aguantar hasta el miércoles para que volviera a dispararle.

3 comentarios:

  1. Que buenos capitulos!!.. Como lo dejo Rochi! jjajaajajaj.... Amo la novela!! :)

    ResponderEliminar
  2. me encanta la novelaaaaa k ala k es rochi no lo puede dejar asiii lo k si m pregunto es kien sera el fantasma ?

    ResponderEliminar