jueves, 2 de agosto de 2012

Capitulo VI, Segunda Parte

Rochi oyó agua corriendo y se percató que las estudiantes de segundo habían encendido la manguera otra vez fuera de su casita de campo. Les gustaba llenar la alberca, pero no siempre se acordaban de cerrar la espita.

Frunció el ceño y trató de moldear las palabras para recordarlas, excepto que no le salían.
El agua dejó de correr. Ella se reacomodó más profundamente en su confortable cama.
—¿Rochi?
Abrió los párpados lo justo para ver un cielo raso blanco. Un cielo raso demasiado blanco para pertenecer a su querida casita de campo. ¿Y dónde estaba la grieta en forma de hoja sobre su cama?
—¿Rochi?
Forzó sus párpados a abrirse del todo y vio a Gastón acercándose por la alfombra hacia la cama. ¿Qué hacía Gastón en su casita de campo?
Él llevaba una toalla alrededor de las caderas y otra sobre los hombros. Su pelo estaba mojado y desordenado.
El mundo volvió sigilosamente a su lugar, y ella se percató que estaba en su casa. Y en su cama.
Ella gimió.
—Buenos días, Queen Elizabeth.
—¿Qué hago aquí? —croó.
—Tengo una cafetera entera preparada abajo, pensé que te podía interesar. Definitivamente no aguantas el alcohol.
—Por favor... —intentó incorporarse entre las sábanas arrugadas—. Dime que no te debo treinta dólares.
—Cariño, después de lo que sucedió anoche, te los debo yo a ti.
Ella gimió y enterró su cara en la almohada.
Él se rió entre dientes.
—Eres como un gato montés en la cama, te diré eso.
Ella se forzó a mirarlo, luego se incorporó en las almohadas cuando vio el destello diabólico en sus ojos.
—Ahórrate la energía. No pasó nada.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Estás ahora de pie.
Otra sonrisita.
Considerando su condición física deteriorada, ella pensó que esa era una respuesta medianamente descarada, pero se sintió demasiado triste para tener mucha satisfacción de ello. Se sentó en la cama y vio que llevaba una camiseta de la Universidad de Texas, el sujetador y las bragas. Ahora mismo no se molestaría en pensar cómo la había desnudado.
—¿Quieres que abra la ducha para ti?
Ella tropezó hacia la puerta de cuarto de baño.
—La abriré yo misma. Puedes traerme el café.
—Sí, Su Señoría.
Ella cerró la puerta del cuarto de baño, se deshizo de la camiseta por la cabeza, se quitó el sostén y se dobló hacía el lavabo. Ahí fue cuando gritó.
Al otro lado de la puerta, Gastón sonrió abiertamente, luego escuchó como el grito de Rochi se transformaba en algo parecido a un sollozo. Su sonrisa abierta creció más ancha, sólo para desvanecerse en un semblante ceñudo cuando oyó pies subiendo por las escaleras.
—¡Joder!.
La puerta del dormitorio se abrió, y una primorosa mujer con pelo rubio entintado y un cuerpo de modelo, entró precipitadamente.
—¿Jesús, Gastón, a quién has matado esta vez?
Rochi salió volando del cuarto de baño, con una toalla grande envuelta alrededor de su cuerpo, fulminándole con los ojos.
—¿¡Qué me has hecho!?
—Ah, Rochi estoy encantado de presentarte a mi querida hermana, Mery. Mery, ésta es Rocío Igarzabal.
Mientras Rochi trataba de poner su boca a trabajar, Gastón echó un vistazo al aspecto de Mery, como siempre, llevaba un Nieman Marcus, uno de esos pequeños y simples vestidos que costaban más que la deuda nacional, y unos pendientes de diamantes decoraban sus orejas, un regalo de su último exmarido.
Su pelo rubio estaba cortado hasta la mandíbula, excepto alrededor de su cara donde era algo más corto. De veintiocho años, era alta, delgada, de ojos pardos, y guapa. También peor que un dolor de muelas. A pesar de todo, la quería, y él podría ser la única persona en el mundo que entendía cuánta infelicidad acechaba bajo su fachada de mujer segura de sí misma.
—¿Podrías alguna vez usar el timbre de la puerta? —se quejó él.
—¿Por qué debería hacerlo cuando tengo una llave perfectamente buena? —miró a Rochi con interés—. ¿Cariño, que tatuaje tienes ahí?
Ignorándola, Rochi cargó hacia él, con lágrimas refulgiendo en sus ojos.
—¿Cómo pudiste dejar que ocurriera esto?
Él estudió la bandera rizada roja, blanca y azul con la estrella solitaria que ocupaba una gran parte de la parte superior de su brazo izquierdo, junto con Gastón.
—No pude hacer gran cosa. Ya sabes cómo te pones cuando se te mete una cosa en la cabeza.
—Estaba borracha.
—Puedes decirlo muy alto.
—Al menos no es vulgar —dijo Mery en un intento de ser amable.
Rochi clavó los ojos en ella cuando Mery extendió su mano.
—Encantada de conocerte, Rocío. En caso que te hayas perdido la introducción, yo soy Mery Dalmau. Tuve un par de otros apellidos, pero recientemente me he deshecho de ellos y he vuelto a mis orígenes. Espero que no te ofendas si te digo que tienes un gusto horrible con los hombres —soltó la mano de Rochi y se volvió hacía Gastón—. Podrías haber contestado al menos a una de mis llamadas, tú, gilipollas.
—¿Por qué? Sólo vas a decirme que tengo que ir a Wynette, y siento decirte que no puedo ir a Wynette en estos momentos.
—Joder. Puedes ignorarme después de la boda, si quieres.
—¿Tú y Phillip Morris os encadenáis? —preguntó él.
—Su nombre es Phillip Morrison, y sabes muy bien que no hablo de mi boda.
—Las cosas entre Phillip y tú no se han arreglado, entiendo.
—Él quería que dejara de despotricar y le diera diez golpes —hizo un plaf gracioso con una mano en su cadera—. Te juro que no podría pasarme el resto de mi vida mirando ese swing suyo sin soltar ningún comentario semiobsceno.
—¿Has cortado con él porque no te gusta su swing?
—Eso y el nombre con que llama a su polla.
—Montones de hombres hacen eso.
—Sí, pero ¿cuántos la llaman Barbie?
Gastón suspiró.
—Ya lo estás arreglando.
—No lo creo.
Rochi no podía soportarlo más, y se encaró con él.
—¿¡Cómo me han hecho este tatuaje!?
—Estabas absolutamente encantada con él.
—¡Una flor! ¡Quería una florecilla!
—No, anoche no querías. Y, cariño, deberías agradecérmelo en lugar de gritarme porque también querías que te hicieran en el otro brazo la Union Jack. Cuando te dije que no, te pusiste a pelear. Finalmente tuve que sacarte fuera de la sala de tatuaje pataleando y gritando. Me dio miedo llevarte de regreso al hotel, por lo que has terminado aquí.
Rochi se sentó en una esquina de la cama.
—Pero sólo tomé dos margaritas. ¿Cómo pude perder la conciencia con dos bebidas?
—Las margaritas llevan bastante alcohol. Y al parecer no lo toleras demasiado bien.
Ella enterró la cabeza entre sus manos.
—Nada me ha salido bien desde el momento que te conocí.

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