lunes, 9 de julio de 2012

Capitulop V, Tercera Parte


—¡Eh, Gastoún! ¿Cómo lo llevas?
—No te hemos visto en varios días.
—¿Has oído que Charlie hizo un eagle en el siete ayer? Hacerlo excitó tanto su corazón, que finalmente perdió el partido.
Gastón devolvió los saludos, dijo que no sabía lo de Charlie, luego condujo a Rochi hacia una sala acristalada que se conectaba con el campo.
—Espero que no te moleste comer sola —gesticuló hacia la camarera—. Encárgate de ella, ¿vale Maryann? Yo voy a golpear unas pelotas.
—Claro, Gastón. ¿Sabes que todos hemos firmado una petición al Anticristo para que puedas volver al circuito?
—Bien, aprecio eso. Por favor, dales a todos las gracias por mí.
Él desapareció, y Maryann condujo a Rochi en una mesa con vistas al campo.
—Puedes verlo desde aquí, cariño. Y te digo que es una vista maravillosa para contemplar. Nadie pega con los hierros largos como Gastón Dalmau.
Rochi le dirigió una mirada que esperaba fuera amistosa. No tenía el menor interés en mirar a Gastón Dalmau pegar con sus hierros largos.
Hasta que le vio.
Aunque él todavía llevaba sus pantalones cortos color café, había cambiado sus botas de trabajo por unos zapatos de golf, y la camiseta de la Universidad de Texas había sido sustituida por una camisa de golf marrón oscuro con otro logo, aunque estaba demasiado lejos para distinguirlo. Sus músculos eran fluidos y llenos de gracia mientras golpeaba una pelota tras otra. Las pelotas se elevaban del tee, volando hasta que no podía verlas aterrizar. Ella no estaba sorprendida por su gracia, pero la demostración de fuerza viniendo de un hombre tan fundamentalmente perezoso la dejaba aturdida.
Él era un completo misterio para ella. Tenía la sensación de que aguas oscuras acechaban bajo ese exterior apático, pero ella no tenía idea cuan intensa era esa corriente o hasta dónde fluía. Pensó acerca de lo que le dijo en el coche cuando le hizo ver que todavía quería acostarse con ella. "¿Qué diferencia hay que yo sea un gigoló profesional o un golfista profesional? Me parece que tengo el equipo necesario, y estaría más que feliz de dejarte usarlo".
Pero había una diferencia. Ella en cierta forma se podía haber respetado a sí misma si hubiera alquilado sus servicios, pero nunca lo haría si se convertía en la distracción de un deportista rico, profesional a quién en secreto despreciaba.
Durante todo el día había procurado evitar pensar acerca de anoche, pero mientras comía un emparedado de pollo asado a la parrilla y le veía golpear pelota tras pelota, su fuerza la hizo ponerse acalorada y agitada. Se forzó a pensar lógicamente. Un tatuaje y un cambio de guardarropa no iba a ser suficiente para desalentar a Hugh Holroyd, meramente le daría dudas. Sabía que tenía que hacer algo más dramático. ¿Tener un amante? La idea había estado rondándole en la cabeza desde hacía tiempo. Pero no Gastón Dalmau. Después de lo sucedido anoche, eso ahora sería inmoral. Ella exactamente no sabía explicarse por qué; sólo sabía que era así. Necesitaba encontrar a alguien más.
El pensamiento la deprimió de tal forma que perdió su apetito. Gastón Dalmau no era honesto o confiable, pero él ciertamente era sexualmente atractivo, y, a pesar de su aversión por los granujas, simplemente quería estar con él.
Ella tomó un mordisco sombrío de otro emparedado, éste de atún, y llamó a la encargada para pedir otra taza de té. Cualquier cosa para desviar su atención de la tentadora figura en el campo de prácticas.
Gastón la dejó en el hotel antes de que él volviese a su casa para transformarse en lo qué él llamó "ropas de la sala del tatuaje". A las siete y media, se dirigió hacia el vestíbulo para esperarle. Cuando llegó, buscó alrededor a alguien que pudiera ser un detective, pero todo lo que vio fueron hombres de negocios y turistas.
Gastón entró a través de la puerta giratoria. Traía puesto unos pantalones flojos azul marino y una camisa blanca de polo con un logotipo Dean Witter. Ella se preguntó si él tendría alguna ropa sin logotipo anunciando algo en ella.
Cuando él la vio, se quedó helado.
—¿Qué demonios te has hecho?
—¿Quién es el anticristo?
—No estamos hablando de eso ahora; hablamos del hecho que dejé en el hotel a Mary Poppins y ahora recojo a Madonna —su mirada fija ingirió su ropa nueva, comprada en una de las tiendas baratas de moda para jovencitas en el centro comercial. El vestido negro sin mangas era peligrosamente corto y estrechamente adaptado, con un cuello de cremallera. Desabrochada. O al menos abierto lo suficiente como para ser anotado en un memorándum para Londres.
—¿Realmente? ¿Crees que me parezco a Madonna?
—No te pareces en nada a Madonna —él habló quedo con un gruñido que sólo ella podía oír—. A lo que te pareces es a una Mary Poppins ninfómana. No me encuentro cómodo con esta ropa que llevas puesta, y quiero que vuelvas directamente a cambiártela.
—Querido Gastón, suenas como un padre indignado.
Su semblante ceñudo se hizo más pronunciado.
—¿Esto te divierte, no es cierto? Estas feliz de pasear por ahí con algo que no deja nada a la imaginación.
—¿Está demasiado bajada, es eso? —quizá ella había ido demasiado lejos. Si un hombre de mundo como Gastón Dalmau consideraba que estaba vestida demasiado obviamente, tal vez necesitaba ser más sutil. Ella subió la cremallera hasta arriba—. Ya está.
Él continuó mirándola críticamente.
—Te has puesto demasiado maquillaje.
—Llevo maquillaje todo el día.
—No tanto como llevas ahora.
—Está aplicado con gusto, y no me digas que no.
—Ese no es el tema.
—Entonces, ¿cuál es el tema?
Él abrió la boca para hablar, luego negó con la cabeza.
—No lo sé. Lo único que sé es que entre lo que pasó anoche, tu obsesión por los tatuajes y ahora esto, realmente tengo un mal presentimiento. Una cosa es querer un poco de libertad durante tus vacaciones de verano; y otra convertirte en una persona diferente. Supongo que me dirás ahora mismo que pasa en esa cabeza tuya.
—Nada de nada.
Él la retiró a un lado, manteniendo la voz baja.
—Mira, Rochi. Voy a hablarte francamente aquí. Tienes una picazón que quieres rascarte, y eso es perfectamente comprensible, pero no puedes ir por ahí proclamando que quieres que alguien te rasque. Vestida así, te pones directamente en evidencia.
—Tonterías. ¿Vas a acompañarme toda la tarde, no? ¿Qué puede pasar? —y se dirigió hacia las puertas del vestíbulo.
—Esa no es la cuestión —dijo él, pasando detrás de ella—. Ve a cambiarte la ropa, y te llevaré a un gran restaurante mexicano para cenar.
—¿Te asusta que te vean con una mujer con este aspecto, pueda arruinar tu reputación?
—Esto se trata de ti, no de mí.
—Creo que eso es mi problema.
Ella sonrió para demostrarle que no tenía ningún resentimiento y se dirigió hacia el aparcamiento. Mientras caminaba, empezó a acariciar los tres aros diminutos de pega que se había puesto en el lóbulo de la oreja detrás de sus pendientes de plata.
Él vino detrás de ella.
—No tomo ninguna responsabilidad en esto. La próxima vez que hables con Eugenia, le haces ver que yo hice todo lo que pude para hacerte entrar en razón.
Ella esperó hasta que él salía marcha atrás del lugar reservado a los minusválidos.
—¿Quién es el Anticristo?
—Una persona de la que no quiero hablar —él cambió de tema—. ¿Cómo fue tu visita a la Sociedad Histórica? ¿Encontraste alguna cosa nueva acerca de Lady Sarah?
—Más confirmación que ella fue una observadora astuta. Los datos de la celebración por la llegada del ferrocarril son casi idénticos a los míos, aunque con mucho más detalle.
Él preguntó acerca de los métodos que utilizaba para investigar, y ella se encontró hablando hasta el restaurante. Cuando vio que habían llegado, se avergonzó.
—Lo siento. Algunas veces mi entusiasmo escapa de mí.
—No pasa nada —contestó él mientras se encaminaban hacia la puerta principal—. A mí me gusta la historia. Y me apetece ver que las personas disfrutan su trabajo. Demasiados pobres patanes pasan sus vidas haciendo cosas que odian.
Él mantuvo la puerta abierta para ella.
—Apuesto a que eras una excelente profesora antes de que te convirtieras en Directora.
Ella sonrió.
—Me gusta el aula. Pero ser directora tiene sus compensaciones.
—Todas esas pieles y esas pulseras de diamantes.
—St. Gert es un lugar viejo y maravilloso, pero ella necesita ser modernizada. Y a mí me gusta el reto.
—¿Ella?
—Es difícil de explicar. La escuela tiene esa personalidad maravillosa, como una vieja abuela acogedora. St. Gert es muy especial.
Él la observó curiosamente, entonces la camarera llegó a la altura de ellos, le saludó por el nombre, y los condujo a su mesa.

2 comentarios:

  1. Vamos Rochi... ah!! que genia... me encanta todo el cambio...

    espero el siguiente

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  2. a veces junto varios capis hasta leer por q con uno solo no me basta asi que ya es tiempo de que subas otro, tomalo como una intimacion

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