—¡Eh, Gastoún! ¿Cómo lo
llevas?
—No te hemos visto en varios
días.
—¿Has oído que Charlie hizo
un eagle en el siete ayer? Hacerlo excitó tanto su corazón, que finalmente
perdió el partido.
Gastón devolvió los saludos,
dijo que no sabía lo de Charlie, luego condujo a Rochi hacia una sala
acristalada que se conectaba con el campo.
—Espero que no te moleste
comer sola —gesticuló hacia la camarera—. Encárgate de ella, ¿vale Maryann? Yo
voy a golpear unas pelotas.
—Claro, Gastón. ¿Sabes que
todos hemos firmado una petición al Anticristo para que puedas volver al
circuito?
—Bien, aprecio eso. Por
favor, dales a todos las gracias por mí.
Él desapareció, y Maryann
condujo a Rochi en una mesa con vistas al campo.
—Puedes verlo desde aquí,
cariño. Y te digo que es una vista maravillosa para contemplar. Nadie pega con
los hierros largos como Gastón Dalmau.
Rochi le dirigió una mirada
que esperaba fuera amistosa. No tenía el menor interés en mirar a Gastón Dalmau
pegar con sus hierros largos.
Hasta que le vio.
Aunque él todavía llevaba
sus pantalones cortos color café, había cambiado sus botas de trabajo por unos
zapatos de golf, y la camiseta de la Universidad de Texas había sido sustituida
por una camisa de golf marrón oscuro con otro logo, aunque estaba demasiado
lejos para distinguirlo. Sus músculos eran fluidos y llenos de gracia mientras
golpeaba una pelota tras otra. Las pelotas se elevaban del tee, volando hasta
que no podía verlas aterrizar. Ella no estaba sorprendida por su gracia, pero
la demostración de fuerza viniendo de un hombre tan fundamentalmente perezoso
la dejaba aturdida.
Él era un completo misterio
para ella. Tenía la sensación de que aguas oscuras acechaban bajo ese exterior
apático, pero ella no tenía idea cuan intensa era esa corriente o hasta dónde
fluía. Pensó acerca de lo que le dijo en el coche cuando le hizo ver que
todavía quería acostarse con ella. "¿Qué diferencia hay que yo sea un
gigoló profesional o un golfista profesional? Me parece que tengo el equipo
necesario, y estaría más que feliz de dejarte usarlo".
Pero había una diferencia.
Ella en cierta forma se podía haber respetado a sí misma si hubiera alquilado
sus servicios, pero nunca lo haría si se convertía en la distracción de un
deportista rico, profesional a quién en secreto despreciaba.
Durante todo el día había
procurado evitar pensar acerca de anoche, pero mientras comía un emparedado de
pollo asado a la parrilla y le veía golpear pelota tras pelota, su fuerza la
hizo ponerse acalorada y agitada. Se forzó a pensar lógicamente. Un tatuaje y
un cambio de guardarropa no iba a ser suficiente para desalentar a Hugh
Holroyd, meramente le daría dudas. Sabía que tenía que hacer algo más
dramático. ¿Tener un amante? La idea había estado rondándole en la cabeza desde
hacía tiempo. Pero no Gastón Dalmau. Después de lo sucedido anoche, eso ahora
sería inmoral. Ella exactamente no sabía explicarse por qué; sólo sabía que era
así. Necesitaba encontrar a alguien más.
El pensamiento la deprimió
de tal forma que perdió su apetito. Gastón Dalmau no era honesto o confiable,
pero él ciertamente era sexualmente atractivo, y, a pesar de su aversión por
los granujas, simplemente quería estar con él.
Ella tomó un mordisco sombrío
de otro emparedado, éste de atún, y llamó a la encargada para pedir otra taza
de té. Cualquier cosa para desviar su atención de la tentadora figura en el
campo de prácticas.
Gastón la dejó en el hotel
antes de que él volviese a su casa para transformarse en lo qué él llamó
"ropas de la sala del tatuaje". A las siete y media, se dirigió hacia
el vestíbulo para esperarle. Cuando llegó, buscó alrededor a alguien que
pudiera ser un detective, pero todo lo que vio fueron hombres de negocios y
turistas.
Gastón entró a través de la
puerta giratoria. Traía puesto unos pantalones flojos azul marino y una camisa
blanca de polo con un logotipo Dean Witter. Ella se preguntó si él tendría
alguna ropa sin logotipo anunciando algo en ella.
Cuando él la vio, se quedó
helado.
—¿Qué demonios te has hecho?
—¿Quién es el anticristo?
—No estamos hablando de eso
ahora; hablamos del hecho que dejé en el hotel a Mary Poppins y ahora recojo a
Madonna —su mirada fija ingirió su ropa nueva, comprada en una de las tiendas
baratas de moda para jovencitas en el centro comercial. El vestido negro sin
mangas era peligrosamente corto y estrechamente adaptado, con un cuello de
cremallera. Desabrochada. O al menos abierto lo suficiente como para ser
anotado en un memorándum para Londres.
—¿Realmente? ¿Crees que me
parezco a Madonna?
—No te pareces en nada a
Madonna —él habló quedo con un gruñido que sólo ella podía oír—. A lo que te
pareces es a una Mary Poppins ninfómana. No me encuentro cómodo con esta ropa
que llevas puesta, y quiero que vuelvas directamente a cambiártela.
—Querido Gastón, suenas como
un padre indignado.
Su semblante ceñudo se hizo
más pronunciado.
—¿Esto te divierte, no es
cierto? Estas feliz de pasear por ahí con algo que no deja nada a la
imaginación.
—¿Está demasiado bajada, es
eso? —quizá ella había ido demasiado lejos. Si un hombre de mundo como Gastón Dalmau
consideraba que estaba vestida demasiado obviamente, tal vez necesitaba ser más
sutil. Ella subió la cremallera hasta arriba—. Ya está.
Él continuó mirándola
críticamente.
—Te has puesto demasiado
maquillaje.
—Llevo maquillaje todo el
día.
—No tanto como llevas ahora.
—Está aplicado con gusto, y
no me digas que no.
—Ese no es el tema.
—Entonces, ¿cuál es el tema?
Él abrió la boca para
hablar, luego negó con la cabeza.
—No lo sé. Lo único que sé
es que entre lo que pasó anoche, tu obsesión por los tatuajes y ahora esto,
realmente tengo un mal presentimiento. Una cosa es querer un poco de libertad
durante tus vacaciones de verano; y otra convertirte en una persona diferente.
Supongo que me dirás ahora mismo que pasa en esa cabeza tuya.
—Nada de nada.
Él la retiró a un lado,
manteniendo la voz baja.
—Mira, Rochi. Voy a hablarte
francamente aquí. Tienes una picazón que quieres rascarte, y eso es perfectamente
comprensible, pero no puedes ir por ahí proclamando que quieres que alguien te
rasque. Vestida así, te pones directamente en evidencia.
—Tonterías. ¿Vas a
acompañarme toda la tarde, no? ¿Qué puede pasar? —y se dirigió hacia las
puertas del vestíbulo.
—Esa no es la cuestión —dijo
él, pasando detrás de ella—. Ve a cambiarte la ropa, y te llevaré a un gran
restaurante mexicano para cenar.
—¿Te asusta que te vean con
una mujer con este aspecto, pueda arruinar tu reputación?
—Esto se trata de ti, no de
mí.
—Creo que eso es mi
problema.
Ella sonrió para demostrarle
que no tenía ningún resentimiento y se dirigió hacia el aparcamiento. Mientras
caminaba, empezó a acariciar los tres aros diminutos de pega que se había
puesto en el lóbulo de la oreja detrás de sus pendientes de plata.
Él vino detrás de ella.
—No tomo ninguna
responsabilidad en esto. La próxima vez que hables con Eugenia, le haces ver
que yo hice todo lo que pude para hacerte entrar en razón.
Ella esperó hasta que él
salía marcha atrás del lugar reservado a los minusválidos.
—¿Quién es el Anticristo?
—Una persona de la que no
quiero hablar —él cambió de tema—. ¿Cómo fue tu visita a la Sociedad Histórica?
¿Encontraste alguna cosa nueva acerca de Lady Sarah?
—Más confirmación que ella
fue una observadora astuta. Los datos de la celebración por la llegada del
ferrocarril son casi idénticos a los míos, aunque con mucho más detalle.
Él preguntó acerca de los
métodos que utilizaba para investigar, y ella se encontró hablando hasta el
restaurante. Cuando vio que habían llegado, se avergonzó.
—Lo siento. Algunas veces mi
entusiasmo escapa de mí.
—No pasa nada —contestó él
mientras se encaminaban hacia la puerta principal—. A mí me gusta la historia.
Y me apetece ver que las personas disfrutan su trabajo. Demasiados pobres
patanes pasan sus vidas haciendo cosas que odian.
Él mantuvo la puerta abierta
para ella.
—Apuesto a que eras una
excelente profesora antes de que te convirtieras en Directora.
Ella sonrió.
—Me gusta el aula. Pero ser
directora tiene sus compensaciones.
—Todas esas pieles y esas
pulseras de diamantes.
—St. Gert es un lugar viejo
y maravilloso, pero ella necesita ser modernizada. Y a mí me gusta el reto.
—¿Ella?
—Es difícil de explicar. La
escuela tiene esa personalidad maravillosa, como una vieja abuela acogedora.
St. Gert es muy especial.
Él la observó curiosamente,
entonces la camarera llegó a la altura de ellos, le saludó por el nombre, y los
condujo a su mesa.
Vamos Rochi... ah!! que genia... me encanta todo el cambio...
ResponderEliminarespero el siguiente
a veces junto varios capis hasta leer por q con uno solo no me basta asi que ya es tiempo de que subas otro, tomalo como una intimacion
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