lunes, 9 de julio de 2012

Capitulo Once, Primera Parte


Los Carnavales eran una auténtica locura. La música, las máscaras y el gentío se unían en una suerte de celebración desesperada que conseguía crear un ambiente inocentemente jubiloso y, al mismo tiempo, increíblemente sexual. Gastón dudaba que los turistas que llegaban en tropel para la ocasión comprendieran la finalidad de los Carnavales. La urgencia por hartarse de placeres antes de los cuarenta días de ayuno.
Deseoso de vivir la experiencia, Decidió pasear entre el gentío e incluso atrapó algunos collares lanzados desde una de las terrazas. La música y las risas resonaban en sus oídos.
Se dijo que la visión de los pechos desnudos que dos jovencitas, fieles a la tradición, mostraron levantándose la blusa, le resultaría menos alarmante después de un par de copas.
Como también que una completa desconocida le obsequiara con un beso de tornillo. La lengua que actualmente invadía su boca transmitía el dulzor de muchos huracanes y la feliz lujuria de la embriaguez.
—Gracias —dijo cuando consiguió despegarse.
—Vuelve aquí—gritó la mujer enmascarada—. Laizzez les bon temps rouler!
Gastón no quería dejarse llevar cuando eso implicaba lenguas extrañas invadiendo su boca, de modo que se perdió en la multitud.
A lo mejor se estaba haciendo viejo, pensó, o quizá fuera su educación bostoniana, pero quería encontrar un lugar donde poder sentarse y observar la fiesta sin sufrir su acoso.
Las puertas de Et Trois estaban abiertas de par en par y el fragor interior se mezclaba con el de la calle. Tuvo que abrirse paso entre los juerguistas que ocupaban la acera y los que abarrotaban el local para hacerse un sitio en la barra.
El bar rebosaba de humo, música y golpes de pie sobre la madera de la pista de baile. En el escenario, un violinista tocaba con tal pasión que a Gastón no le habría sorprendido que el arco se incendiara.
Rocío estaba sirviendo una cerveza a presión con una mano y un chupito de bourbon con la otra. Los otros dos camareros estaban igual de atareados y Gastón contó cuatro camareras atendiendo las mesas.
Sus cangrejos le sonrieron desde detrás de la barra y se puso absurdamente contento.
—Cerveza y chupito —dijo Rocío entregando los vasos a unas manos que aguardaban. Al ver a Gastón, levantó un dedo y sirvió a tres clientes más mientras se iba acercando—. ¿Qué te apetece, monada?
—Tú. Tienes el local a tope, tanto dentro como en la acera.
—Banquette —le corrigió Rocío—. Aquí la llamamos banquette. —Se había recogido el pelo con collares de cuentas moradas y doradas. La llavecita de plata estaba bañada de sudor—. Puedo servirte una copa, cher, pero ahora mismo no puedo hablar.
—¿Te echo una mano?
Rocío se apartó un mechón de la cara.
—¿Conque?
—Con lo que sea.
Alguien se escurrió a codazos y pidió a gritos un Tequila Sunrise y una cerveza a presión.
Rocío alcanzó la botella de tequila y se volvió para servir la cerveza.
—¿Sabes recoger mesas, universitario?
—Puedo aprender.
—¿Ves a la camarera pelirroja? Es Marcella. Dile que te he contratado y que te diga lo que puedes hacer.
A medianoche. Gastón calculó que había trasladado media tonelada de vasos y botellas a la cocina y vaciado en colillas el equivalente a Mount Rainier.
Su culo había recibido pellizcos, caricias y miradas devoradoras. ¿Qué les pasaba a las mujeres con los traseros masculinos? Alguien debería estudiar ese fenómeno.
Había perdido la cuenta de las propuestas y no quería volver a pensar en la enorme mujer que se lo había subido al regazo.
Fue como si le hubieran asfixiado con una almohada de doscientos kilos empapada de whisky.
Para cuando dieron las dos no daba crédito a la capacidad del cuerpo humano para el vicio y ya había modificado la idea que tenía de la aptitud y la resistencia que requerían los trabajos relacionados con la restauración.
Logró sesenta y tres dólares con ochenta centavos de propina y prometió que quemaría sus ropas a la primera oportunidad.
El local seguía en plena forma a las tres y Gastón llegó a la conclusión de que Rocío no le había estado evitando. Y si lo había hecho, había tenido una excusa razonable.
—¿A qué hora cierras? —le preguntó mientras llevaba otra bandeja a la cocina.
—Cuando la gente se vaya. —Rocío vació dos botellas de cerveza en sendos vasos de plástico.
—¿Y lo hace?
Ella esbozó una sonrisa distraída mientras examinaba a la multitud.
—Durante los Carnavales, no mucho. ¿Por qué no te vas a casa, cher? Todavía tenemos una hora por delante, como mínimo.
—Me quedo.
Gastón llevó los vasos a la cocina y regresó justo a tiempo de ver a tres tipos muy ebrios —muchachos, observó— tratando de ligar con Rocío.
Ella los estaba manejando bien, pero el trío no quería darse por vencido.
—Si quieren durar hasta el último día, tienen que bajar un poco el ritmo. —Sirvió tres cervezas en vasos de plástico—. ¿No estarán pensando en conducir?
—Diantre, no. —El que llevaba puesta una camiseta de la Universidad de Michigan bajo una avalancha de collares se inclinó hacia delante. Demasiado—. Tenemos una casa en Royal. ¿Por qué no te vienes conmigo, nena? Podríamos zambullirnos desnudos en el jacuzzi.
—Muy tentador, cher, pero estoy muy ocupada.
—Yo te daré algo más de qué ocuparte —dijo él, y agarrándose la entrepierna consiguió que sus compañeros lo vitorearan.
Gastón se acercó y posó una mano de dueño sobre el hombro de Rocío.
—Estás intentando ligar con mi chica. —Notó que el hombro de Rocío se tensaba y vio desafío en los ojos del muchacho de Michigan.
Bajo otro estado, pensó Gastón mientras calculaba las medidas —metro ochenta y cinco, ochenta y cinco kilos—, quizá ese muchacho se hiciera la cama cada mañana y visitara a mujeres ancianas. Quizá rescatara a gatitos y cachorros. Pero ahora mismo estaba borracho, excitado y estúpido.
Para demostrarlo, Michigan enseñó los dientes.
—¿Por qué no te vas a joder a otra parte? ¿O prefieres vértelas conmigo fuera?
La voz de Gastón se tornó afable.
—¿Por qué iba a querer pelearme contigo cuando lo único que estás haciendo es admirar mi gusto? Espectacular, ¿no te parece? Si no hubieras intentado ligártela, habría pensado que estás demasiado borracho para ver con claridad.
—Veo estupendamente, gilipollas.
—Exacto. ¿Qué tal si los invito a ti y a tus amigos? Cariño, ponles unas cervezas a mi cuenta. —Gastón se inclinó sobre el mostrador y señaló la camiseta—. ¿Vacaciones de primavera? ¿Qué estás estudiando?
Estupefacto y ebrio, Michigan parpadeó.
—¿Yati que timpodta?
—Mera curiosidad. —Gastón acercó un cuenco de galletas saladas y picó una—. Tengo una prima que enseña en el departamento de inglés. Eileen Brennan. A lo mejor la conoces.
—¿La profesora Brennan es tu prima? —La agresividad del muchacho cedió el paso a la camaradería—. El semestre pasado estuvo a punto de catearme.
—Es muy severa. Siempre me ha dado miedo. Si la ves, salúdala de parte de Gas. Toma, tu cerveza.
Eran más de las cuatro cuando Rocío abrió la puerta de su apartamento.
—Has sabido manejar a esos crios, cher. Lo hiciste tan bien que no te echaré una bronca por lo de «mi chica».
—Eres mi chica, lo que pasa es que todavía no lo sabes. Además, era un caso fácil. Mi prima Eileen es famosa en la Universidad de Michigan. Eran muchas las probabilidades de que ese muchacho la conociera.
—Otros hombres habrían enseñado los músculos. —Rocío dejó las llaves—. Habrían salido a la calle y rodado por el suelo para comprobar quién tenía la polla más grande.—Cansada, procedió a quitarse los collares del pelo mientras miraba a Gastón—. Supongo que el abogado que llevas dentro te mantiene fuera de líos.
—El muchacho no tenía más de veintidós años.
—Cumplió veintiuno en enero. Les pedí el carnet.
—No me peleo con niños. Además, detesto el efecto de los nudillos en mi cara. Duelen mucho. —Gastón le levantó el mentón. Rocío parecía agotada—. Un día largo, ¿eh?
—Y lo que me espera hasta el miércoles. Gracias por tu ayuda, cielo. Te has portado como un caballero.
Más aún, pensó Rocío. Gastón se había zambullido en la onda de su bar y había dado el callo. Había seducido a los clientes, había tolerado manos largas y evitado una situación potencialmente fea utilizando su ingenio en lugar de su ego.
Cuanto más lo conocía, pensó, más había por conocer.
Extrajo un sobre del bolsillo trasero de su pantalón.
—¿Qué es?
—Tu paga.
—Rocío, no quiero tu dinero,
—Tú trabajas, yo te pago. No acepto invitaciones. —Le puso el sobre en la mano—. Pero en negro, que ahora no tengo ganas de papeleo.
—Vale, lo acepto. —Gastón se guardó el dinero en el bolsillo. Simplemente le compraría algo.
—Supongo que ahora debería darte una buena propina. —Rocío le rodeó el cuello con los brazos y apretó su cuerpo contra el de él. Sin cerrar los ojos, le mordisqueó lentamente el labio hasta besarlo.
Gastón descendió las manos por los costados del cuerpo de ella y la levantó por las caderas hasta que las piernas le rodearon la cintura.
—Tienes que descansar los pies.
—Ay, sí, mmm.
Le acarició el cuello con la nariz, subió hasta la oreja y regresó a la boca al tiempo que la trasladaba al dormitorio.
—¿Sabes lo que voy a hacer?
El deseo de Rocío hervía a fuego bajo ante el inenarrable placer de liberar sus doloridos pies.
—Creo que me hago una idea.
La dejó sobre la cama y casi pudo notar su suspiro de alivio. Le quitó un zapato.
—Voy a darte algo que todas las mujeres desean.
Arrojó el zapato, se encaramó a la cama y le quitó el otro.
Pese al cansancio, la cara de ella se volvió maliciosa.
—¿Rebajas en Saks?
—Mejor aún. —Le pasó un dedo por el arco del pie—. Un masaje en los pies.
—¿Un qué?
Sonriendo, Gastón le dobló un pie, le frotó los dedos y vio cómo los ojos de ella se nublaban de placer.
—Mmmm, Gastón, tienes unas manos mágicas.
—Relájate y disfruta. El tratamiento de reflexología Dalmau es famoso en todo el mundo. También ofrecemos masajes de cuerpo entero.
—No me cabe duda.
Lo peor del dolor había empezado a amainar. Cuando Gastón alcanzó las pantorrillas, los agotados músculos temblaron con una mezcla de dolor y placer.
—¿Te tomarás unas vacaciones después de Carnaval?
Ella estaba flotando, pero trató de concentrarse en la voz de él.
—Sí, el Miércoles de Ceniza.
—Vaya, qué gandula. —Gastón le besó despreocupadamente la rodilla—. Vamos a desvestirte.
Le desabotonó los vaqueros. Ella levantó las caderas y se estiró perezosamente. Probablemente, se dijo él, no era consciente de que tenía la voz ronca y arrastraba las palabras.
—¿Qué más piensas frotarme, cher?
Él se permitió acariciarle los senos, disfrutar de su reacción. Ella hundió los dedos en su pelo, fue al encuentro de sus labios. Él le tiró de la camiseta hacia arriba y desabrochó la presilla frontal del sujetador. Descendió a besos hasta el pecho mientras ella arqueaba el cuerpo.
Entonces la giró sobre el estómago. Ella gimió y se derritió cuando él le frotó el cuello.
—Lo que imaginaba —dijo Gastón—. Concentras toda la tensión aquí, como yo.
—Mmm, Jesús. —Si pudiera pedir un deseo en ese momento, pediría que él siguiera haciendo lo que estaba haciendo durante una semana—. Podrías ganarte la vida con esto.
—Siempre ha sido mi profesión de repuesto. Tienes algunos nudos importantes. El doctor Gas va a dejarte como nueva.
—Me encanta jugar a médicos.
Esperó a que él cambiara el tono, a que sus manos se volvieran exigentes. Era un encanto, pensó medio adormilada, pero también era hombre.
Echaría un sueñecito hasta que él la despabilara.


Cuando despertó, el sol entraba por las ventanas. Una ojeada borrosa al despertador le dijo que eran las diez y veinte. Ya era de día, pensó sorprendida. ¿Cómo había ocurrido?
Estaba arropada en la cama con el mismo esmero que si la hubiera arropado su abuela. Arropada y sola.
Giró sobre su espalda, se desperezó y bostezó. Entonces, con cierto asombro, se percató de que nada le dolía. Ni el cuello, ni los pies, ni la espalda.
El doctor Gas, musitó, había hecho un buen trabajo. Y probablemente se fue enfurruñado porque ella no le había pagado sus honorarios. No podía reprochárselo, pues la había tratado con suma dulzura y ella no había hecho otra cosa que el muerto.
Tendría que compensarle, pensó mientras se levantaba para poner en marcha la cafetera antes de dirigirse a la ducha.                    
Entró en la cocina y contempló la jarra llena de café y la nota apoyada en ella. Arrugando la frente, alzó la nota y encendió de nuevo la cafetera mientras leía.

He tenido que irme. Esta mañana vienen los de la encimera. Como no sabía a qué hora ibas a levantarte, no quise dejar la cafetera encendida. El café está hecho a las siete y diez. Por cierto, estás muy bonita cuando duermes.
Te llamaré luego.

GASTÓN


—Qué extraño eres —murmuró Rocío martilleando la nota con los dedos—. Me tienes desconcertada.

4 comentarios:

  1. Me muero de ternura con estos dos ♥

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  2. Amo como son ambos!! jajaja.. espero el proximo!! Besotes1!!!!

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  3. HAY no puede ser tan dulce.. yo quiero uno así para mi.. que amor.. amo a este gas... Espero el siguiente..

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  4. ha kdjkeijf mas tiernos!!! me encantan, quiero proximo capi ya !!!

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