Los Carnavales eran
una auténtica locura. La música, las máscaras y el gentío se unían en una
suerte de celebración desesperada que conseguía crear un ambiente inocentemente
jubiloso y, al mismo tiempo, increíblemente sexual. Gastón dudaba que los turistas
que llegaban en tropel para la ocasión comprendieran la finalidad de los
Carnavales. La urgencia por hartarse de placeres antes de los cuarenta días de
ayuno.
Deseoso de vivir la
experiencia, Decidió pasear entre el gentío e incluso atrapó algunos collares
lanzados desde una de las terrazas. La música y las risas resonaban en sus
oídos.
Se dijo que la visión
de los pechos desnudos que dos jovencitas, fieles a la tradición, mostraron
levantándose la blusa, le resultaría menos alarmante después de un par de
copas.
Como también que una
completa desconocida le obsequiara con un beso de tornillo. La lengua que
actualmente invadía su boca transmitía el dulzor de muchos huracanes y la feliz
lujuria de la embriaguez.
—Gracias —dijo cuando
consiguió despegarse.
—Vuelve aquí—gritó la
mujer enmascarada—. Laizzez les bon temps rouler!
Gastón no quería
dejarse llevar cuando eso implicaba lenguas extrañas invadiendo su boca, de
modo que se perdió en la multitud.
A lo mejor se estaba
haciendo viejo, pensó, o quizá fuera su educación bostoniana, pero quería
encontrar un lugar donde poder sentarse y observar la fiesta sin sufrir su
acoso.
Las puertas de Et
Trois estaban abiertas de par en par y el fragor interior se mezclaba con el de
la calle. Tuvo que abrirse paso entre los juerguistas que ocupaban la acera y
los que abarrotaban el local para hacerse un sitio en la barra.
El bar rebosaba de
humo, música y golpes de pie sobre la madera de la pista de baile. En el
escenario, un violinista tocaba con tal pasión que a Gastón no le habría
sorprendido que el arco se incendiara.
Rocío estaba
sirviendo una cerveza a presión con una mano y un chupito de bourbon con la
otra. Los otros dos camareros estaban igual de atareados y Gastón contó cuatro
camareras atendiendo las mesas.
Sus cangrejos le
sonrieron desde detrás de la barra y se puso absurdamente contento.
—Cerveza y chupito
—dijo Rocío entregando los vasos a unas manos que aguardaban. Al ver a Gastón,
levantó un dedo y sirvió a tres clientes más mientras se iba acercando—. ¿Qué
te apetece, monada?
—Tú. Tienes el local
a tope, tanto dentro como en la acera.
—Banquette —le
corrigió Rocío—. Aquí la llamamos banquette. —Se había recogido el pelo con
collares de cuentas moradas y doradas. La llavecita de plata estaba bañada de
sudor—. Puedo servirte una copa, cher, pero ahora mismo no puedo hablar.
—¿Te echo una mano?
Rocío se apartó un
mechón de la cara.
—¿Conque?
—Con lo que sea.
Alguien se escurrió a
codazos y pidió a gritos un Tequila Sunrise y una cerveza a presión.
Rocío alcanzó la
botella de tequila y se volvió para servir la cerveza.
—¿Sabes recoger
mesas, universitario?
—Puedo aprender.
—¿Ves a la camarera
pelirroja? Es Marcella. Dile que te he contratado y que te diga lo que puedes
hacer.
A medianoche. Gastón
calculó que había trasladado media tonelada de vasos y botellas a la cocina y
vaciado en colillas el equivalente a Mount Rainier.
Su culo había
recibido pellizcos, caricias y miradas devoradoras. ¿Qué les pasaba a las
mujeres con los traseros masculinos? Alguien debería estudiar ese fenómeno.
Había perdido la
cuenta de las propuestas y no quería volver a pensar en la enorme mujer que se
lo había subido al regazo.
Fue como si le
hubieran asfixiado con una almohada de doscientos kilos empapada de whisky.
Para cuando dieron las
dos no daba crédito a la capacidad del cuerpo humano para el vicio y ya había
modificado la idea que tenía de la aptitud y la resistencia que requerían los
trabajos relacionados con la restauración.
Logró sesenta y tres
dólares con ochenta centavos de propina y prometió que quemaría sus ropas a la
primera oportunidad.
El local seguía en plena
forma a las tres y Gastón llegó a la conclusión de que Rocío no le había estado
evitando. Y si lo había hecho, había tenido una excusa razonable.
—¿A qué hora cierras?
—le preguntó mientras llevaba otra bandeja a la cocina.
—Cuando la gente se
vaya. —Rocío vació dos botellas de cerveza en sendos vasos de plástico.
—¿Y lo hace?
Ella esbozó una
sonrisa distraída mientras examinaba a la multitud.
—Durante los
Carnavales, no mucho. ¿Por qué no te vas a casa, cher? Todavía tenemos una hora
por delante, como mínimo.
—Me quedo.
Gastón llevó los
vasos a la cocina y regresó justo a tiempo de ver a tres tipos muy ebrios
—muchachos, observó— tratando de ligar con Rocío.
Ella los estaba
manejando bien, pero el trío no quería darse por vencido.
—Si quieren durar
hasta el último día, tienen que bajar un poco el ritmo. —Sirvió tres cervezas
en vasos de plástico—. ¿No estarán pensando en conducir?
—Diantre, no. —El que
llevaba puesta una camiseta de la Universidad de Michigan bajo una avalancha de
collares se inclinó hacia delante. Demasiado—. Tenemos una casa en Royal. ¿Por
qué no te vienes conmigo, nena? Podríamos zambullirnos desnudos en el jacuzzi.
—Muy tentador, cher,
pero estoy muy ocupada.
—Yo te daré algo más
de qué ocuparte —dijo él, y agarrándose la entrepierna consiguió que sus
compañeros lo vitorearan.
Gastón se acercó y
posó una mano de dueño sobre el hombro de Rocío.
—Estás intentando
ligar con mi chica. —Notó que el hombro de Rocío se tensaba y vio desafío en
los ojos del muchacho de Michigan.
Bajo otro estado,
pensó Gastón mientras calculaba las medidas —metro ochenta y cinco, ochenta y
cinco kilos—, quizá ese muchacho se hiciera la cama cada mañana y visitara a
mujeres ancianas. Quizá rescatara a gatitos y cachorros. Pero ahora mismo
estaba borracho, excitado y estúpido.
Para demostrarlo,
Michigan enseñó los dientes.
—¿Por qué no te vas a
joder a otra parte? ¿O prefieres vértelas conmigo fuera?
La voz de Gastón se
tornó afable.
—¿Por qué iba a
querer pelearme contigo cuando lo único que estás haciendo es admirar mi gusto?
Espectacular, ¿no te parece? Si no hubieras intentado ligártela, habría pensado
que estás demasiado borracho para ver con claridad.
—Veo estupendamente,
gilipollas.
—Exacto. ¿Qué tal si los
invito a ti y a tus amigos? Cariño, ponles unas cervezas a mi cuenta. —Gastón
se inclinó sobre el mostrador y señaló la camiseta—. ¿Vacaciones de primavera?
¿Qué estás estudiando?
Estupefacto y ebrio,
Michigan parpadeó.
—¿Yati que timpodta?
—Mera curiosidad. —Gastón
acercó un cuenco de galletas saladas y picó una—. Tengo una prima que enseña en
el departamento de inglés. Eileen Brennan. A lo mejor la conoces.
—¿La profesora
Brennan es tu prima? —La agresividad del muchacho cedió el paso a la
camaradería—. El semestre pasado estuvo a punto de catearme.
—Es muy severa.
Siempre me ha dado miedo. Si la ves, salúdala de parte de Gas. Toma, tu
cerveza.
Eran más de las
cuatro cuando Rocío abrió la puerta de su apartamento.
—Has sabido manejar a
esos crios, cher. Lo hiciste tan bien que no te echaré una bronca por lo de «mi
chica».
—Eres mi chica, lo
que pasa es que todavía no lo sabes. Además, era un caso fácil. Mi prima Eileen
es famosa en la Universidad de Michigan. Eran muchas las probabilidades de que
ese muchacho la conociera.
—Otros hombres
habrían enseñado los músculos. —Rocío dejó las llaves—. Habrían salido a la
calle y rodado por el suelo para comprobar quién tenía la polla más
grande.—Cansada, procedió a quitarse los collares del pelo mientras miraba a Gastón—.
Supongo que el abogado que llevas dentro te mantiene fuera de líos.
—El muchacho no tenía
más de veintidós años.
—Cumplió veintiuno en
enero. Les pedí el carnet.
—No me peleo con
niños. Además, detesto el efecto de los nudillos en mi cara. Duelen mucho. —Gastón
le levantó el mentón. Rocío parecía agotada—. Un día largo, ¿eh?
—Y lo que me espera
hasta el miércoles. Gracias por tu ayuda, cielo. Te has portado como un caballero.
Más aún, pensó Rocío.
Gastón se había zambullido en la onda de su bar y había dado el callo. Había
seducido a los clientes, había tolerado manos largas y evitado una situación
potencialmente fea utilizando su ingenio en lugar de su ego.
Cuanto más lo
conocía, pensó, más había por conocer.
Extrajo un sobre del
bolsillo trasero de su pantalón.
—¿Qué es?
—Tu paga.
—Rocío, no quiero tu
dinero,
—Tú trabajas, yo te
pago. No acepto invitaciones. —Le puso el sobre en la mano—. Pero en negro, que
ahora no tengo ganas de papeleo.
—Vale, lo acepto. —Gastón
se guardó el dinero en el bolsillo. Simplemente le compraría algo.
—Supongo que ahora
debería darte una buena propina. —Rocío le rodeó el cuello con los brazos y
apretó su cuerpo contra el de él. Sin cerrar los ojos, le mordisqueó lentamente
el labio hasta besarlo.
Gastón descendió las
manos por los costados del cuerpo de ella y la levantó por las caderas hasta
que las piernas le rodearon la cintura.
—Tienes que descansar
los pies.
—Ay, sí, mmm.
Le acarició el cuello
con la nariz, subió hasta la oreja y regresó a la boca al tiempo que la
trasladaba al dormitorio.
—¿Sabes lo que voy a
hacer?
El deseo de Rocío
hervía a fuego bajo ante el inenarrable placer de liberar sus doloridos pies.
—Creo que me hago una
idea.
La dejó sobre la cama
y casi pudo notar su suspiro de alivio. Le quitó un zapato.
—Voy a darte algo que
todas las mujeres desean.
Arrojó el zapato, se
encaramó a la cama y le quitó el otro.
Pese al cansancio, la
cara de ella se volvió maliciosa.
—¿Rebajas en Saks?
—Mejor aún. —Le pasó
un dedo por el arco del pie—. Un masaje en los pies.
—¿Un qué?
Sonriendo, Gastón le
dobló un pie, le frotó los dedos y vio cómo los ojos de ella se nublaban de
placer.
—Mmmm, Gastón, tienes
unas manos mágicas.
—Relájate y disfruta.
El tratamiento de reflexología Dalmau es famoso en todo el mundo. También
ofrecemos masajes de cuerpo entero.
—No me cabe duda.
Lo peor del dolor
había empezado a amainar. Cuando Gastón alcanzó las pantorrillas, los agotados
músculos temblaron con una mezcla de dolor y placer.
—¿Te tomarás unas vacaciones
después de Carnaval?
Ella estaba flotando,
pero trató de concentrarse en la voz de él.
—Sí, el Miércoles de
Ceniza.
—Vaya, qué gandula. —Gastón
le besó despreocupadamente la rodilla—. Vamos a desvestirte.
Le desabotonó los vaqueros. Ella levantó las caderas y se
estiró perezosamente. Probablemente, se dijo él, no era consciente de que tenía
la voz ronca y arrastraba las palabras.
—¿Qué más piensas
frotarme, cher?
Él se permitió
acariciarle los senos, disfrutar de su reacción. Ella hundió los dedos en su
pelo, fue al encuentro de sus labios. Él le tiró de la camiseta hacia arriba y
desabrochó la presilla frontal del sujetador. Descendió a besos hasta el pecho
mientras ella arqueaba el cuerpo.
Entonces la giró
sobre el estómago. Ella gimió y se derritió cuando él le frotó el cuello.
—Lo que imaginaba
—dijo Gastón—. Concentras toda la tensión aquí, como yo.
—Mmm, Jesús. —Si
pudiera pedir un deseo en ese momento, pediría que él siguiera haciendo lo que
estaba haciendo durante una semana—. Podrías ganarte la vida con esto.
—Siempre ha sido mi
profesión de repuesto. Tienes algunos nudos importantes. El doctor Gas va a
dejarte como nueva.
—Me encanta jugar a
médicos.
Esperó a que él
cambiara el tono, a que sus manos se volvieran exigentes. Era un encanto, pensó
medio adormilada, pero también era hombre.
Echaría un sueñecito
hasta que él la despabilara.
Cuando despertó, el
sol entraba por las ventanas. Una ojeada borrosa al despertador le dijo que
eran las diez y veinte. Ya era de día, pensó sorprendida. ¿Cómo había ocurrido?
Estaba arropada en la
cama con el mismo esmero que si la hubiera arropado su abuela. Arropada y sola.
Giró sobre su
espalda, se desperezó y bostezó. Entonces, con cierto asombro, se percató de
que nada le dolía. Ni el cuello, ni los pies, ni la espalda.
El doctor Gas, musitó, había hecho un buen trabajo. Y
probablemente se fue enfurruñado porque ella no le había pagado sus honorarios.
No podía reprochárselo, pues la había tratado con suma dulzura y ella no había
hecho otra cosa que el muerto.
Tendría que
compensarle, pensó mientras se levantaba para poner en marcha la cafetera antes
de dirigirse a la ducha.
Entró en la cocina y
contempló la jarra llena de café y la nota apoyada en ella. Arrugando la
frente, alzó la nota y encendió de nuevo la cafetera mientras leía.
He tenido que irme. Esta mañana vienen los de la
encimera. Como no sabía a qué hora ibas a levantarte, no quise dejar la
cafetera encendida. El café está hecho a las siete y diez. Por cierto, estás
muy bonita cuando duermes.
Te llamaré luego.
GASTÓN
—Qué extraño eres
—murmuró Rocío martilleando la nota con los dedos—. Me tienes desconcertada.
Me muero de ternura con estos dos ♥
ResponderEliminarAmo como son ambos!! jajaja.. espero el proximo!! Besotes1!!!!
ResponderEliminarHAY no puede ser tan dulce.. yo quiero uno así para mi.. que amor.. amo a este gas... Espero el siguiente..
ResponderEliminarha kdjkeijf mas tiernos!!! me encantan, quiero proximo capi ya !!!
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