La lluvia llegó la
noche del sábado y acampó como un ocupa el resto del fin de semana. Mantuvo a Gastón
dentro, y lo mantuvo solo. Con Blind Lemon Jackson de fondo, emprendió el
trabajo en la biblioteca.
Encendió la chimenea
para calentarse, pero también para animarse, y se descubrió sentado en el hogar
pasando un dedo por el azulejo desportillado. Quizá lo dejara como estaba. No
todo tenía que ser perfecto. Los accidentes debían aceptarse, así como su
huella personal.
Era cierto que quería
devolverle la vida a la casa, pero ¿quería ponerla exactamente como antes? Ya
había cambiado algunas cosas, y los cambios la hacían suya.
Si reparaba el
azulejo, ¿estaría honrando la historia de Hall o recreándola?
No había sido un
hogar feliz.
Sintió un escalofrío
en la espalda pese a tenerla de cara al fuego.
Una casa fría, llena
de secretos, ira y envidia.
De muerte.
Quería un libro. La lectura
era para ella un placer, un placer lento y brillante. La biblioteca, con sus
interminables hileras de libros, le inspiraba tanto respeto como una iglesia.
Ahora que Ramiro
estaba encerrado con su padre en el estudio repasando los negocios de sus propiedades
y cultivos, ahora que la lluvia martilleaba las ventanas, podía entregarse a
una placentera tarde de lectura.
Todavía no se había
acostumbrado a disponer de su tiempo como gustara, así que entró en la estancia
como si se tratara de un placer prohibido. Ya no tenía sábanas que doblar,
mesas que limpiar ni bandejas que transportar.
Ya no era una criada
en esta casa, sino una esposa.
Una esposa. Acarició
la palabra. Todavía era tan nueva, tan impecable. Como la vida que estaba
creciendo en su interior. Tan nueva que aún tenía que anunciárselo a Ramiro.
Se le estaba
retrasando la menstruación, y nunca se le retrasaba. Había despertado enferma
tres días seguidos. Con todo, esperaría otra semana. Hablar del tema demasiado
pronto podía torcerlo.
Deseaba tanto tener
un hijo... Deseaba tanto dar un hijo a Ramiro... Se llevó una mano al vientre
mientras recorría las estanterías e imaginaba el hermoso hijo o la hermosa hija
que traería al mundo.
Quizá un niño, solo
quizá, ablandaría a la madre de Ramiro. Quizá un niño traería la alegría a esta
casa como a ella la esperanza de tenerlo le llenaba de alegría el corazón.
Eligió Orgullo y
prejuicio de Austen. El título, pensó, le interesaba. Había tanto de ambas
cosas en Ordóñez Hall. Se mordió el labio mientras lo hojeaba. Era una lectora
lenta, meticulosa, pero Ramiro decía que era porque saboreaba las palabras.
Tropezaba con ellas,
pensó, pero estaba mejorando. Satisfecha, se volvió y vio a Simón repantigado
en una de las butacas de color vino con una copa en una mano y una botella
junto al codo.
Observándola.
Simón la asustaba. Le
repelía. Pero se dijo que ya no era una criada. Era la esposa de su hermano y
debía intentar ser su amiga.
—Hola, Simón. No te
había visto.
Él alzó la botella de
brandy y se sirvió otra copa.
—Ese libro —dijo
antes de dar un largo trago—, tiene palabras de más de una sílaba.
—Sé leer. —Su espalda
se enderezó como una flecha—. Me gusta leer.
—¿ Qué otras cosas te
gustan, chére?
Sus dedos apretaron
el libro cuando él se levantó, y se relajaron cuando él caminó hasta la
chimenea, descansó una bota en el hogar y un codo en la repisa.
—Estoy aprendiendo a
montar. Ramiro me está enseñando. Todavía no soy muy buena, pero me gusta. —Oh,
deseaba tanto ser su amiga. Esta casa merecía calor, risas, amor.
Simón rió y ella oyó
el brandy en esa risa.
—Apuesto a que sabes
montar. Apuesto a que sabes montar a un hombre hasta hacerlo sudar. Puede que
esos ojos cándidos funcionen con mi hermano, siempre ha sido un ingenuo. Pero
yo sé quién eres y qué buscas.
—Soy la esposa de tu
hermano. —Tenía que haber una forma de dar el primer paso para superar este
odio. Por Ramiro, por el bebé que credo en su interior, avanzo hacia Simón—
Solo quiero que sea feliz. Yo le hago feliz.
Llevas su sangre, Simón,
eres su gemelo. No debería existir discordia entre nosotros. Quiero ser tu
hermana, tu amiga.
Simón apuró la copa.
—¿ Quieres ser mi
amiga?
—Sí. Por Ramiro,
deberíamos...
—¿Hasta qué punto
estás dispuesta a ser mi amiga?
—Simón se abalanzó
sobre ella y le agarró dolorosamente los senos.
La estupefacción la
paralizó. Luego la injuria atravesó la estupefacción con un calor abrasador. Su
mano estalló contra la mejilla de él con tanta fuerza que lo tambaleó.
—¡Cerdo! ¡Animal!
Como vuelvas a ponerme las manos encima te mato. Soy de Ramiro. Soy la esposa
de tu hermano.
—¡La ramera de mi
hermano! —gritó él mientras ella corría hacia la puerta—. Zorra cajún, te veré
muerta antes de que cojas lo que me pertenece por derecho.
Presa de la ira, Simón
se apartó de la repisa y, al hacerlo, derribó el pesado candelabro de plata,
que golpeó el azulejo y desportilló la esquina.
Gastón no se había
movido. Cuando recuperó el conocimiento estaba sentado junto al hogar con la
espalda de cara al fuego. La lluvia seguía golpeando el suelo, surcando las
ventanas.
Tal como había
ocurrido, pensó, durante la... ¿visión? ¿Amnesia temporal? ¿Alucinación?
Se llevó la mano al
entrecejo, donde la jaqueca le estaba horadando el cráneo como una estaca.
A lo mejor no tenía
fantasmas, pensó. A lo mejor lo que tenía era un maldito tumor cerebral.
Tendría más sentido. Cualquier otra cosa tendría más sentido.
Los portazos, las
corrientes frías y hasta el sonambulismo eran consecuencias de la casa con las
que podía vivir. Pero había visto a esas personas dentro de su cabeza. Había
escuchado sus palabras, el tono en que las decían. Y más desconcertante aún,
las había sentido.
Notaba las piernas
debilitadas. Casi le fallaron cuando fue a levantarse. Se agarró a la repisa de
la chimenea con tanta vehemencia que se sorprendió de que el mármol no cediera.
Si tenía un problema
físico o mental, debía afrontarlo. Los Dalmau no escondían la cabeza bajo el
ala cuando las cosas se ponían feas.
Entró en la cocina en
busca de aspirinas, lo cual, se dijo mientras se servía cuatro, era como
intentar apagar un fuego forestal orinando. Así y todo, se las tomó y se pasó
el vaso frío por la frente.
Iría a Boston a ver a
su tío. El hermano menor de su madre era cardiólogo, pero seguro que conocía a
un buen neurocirujano. Un par de días, algunas pruebas, y sabría si estaba
loco, poseído o moribundo.
Fue a descolgar el
teléfono pero se detuvo a medio camino y sacudió la cabeza. Estaba loco, se
dijo. Si visitaba a su tío Mick, el rumor sobre sus posibles problemas de salud
correría por la familia como un virus aerotransportado.
Además, ¿por qué
tenía que ir a Boston? También había médicos en Nueva Orleáns. Pediría a Vico
el nombre del suyo. Le diría que simplemente deseaba contar con un médico y un
dentista de la zona. Era lógico.
Se haría un chequeo y
le pediría al médico que le recomendara a un especialista. Así de sencillo.
Si los fantasmas no
conseguían ahuyentarlo de Ordóñez Hall, tampoco lo conseguiría un tumor
cerebral.
Al dejar el vaso, se
produjo un portazo en la segunda planta. Gastón dirigió la vista al techo y
sonrió.
—Yo también estoy de
un humor de perros.
Cuando llegó el
miércoles ya volvía a tener el control de la situación. Quizá fuera la
expectación de ver a Rocío lo que le había levantado el ánimo, además del
trabajo que había hecho durante los últimos días previos a la Cuaresma. Tenía
una cita con el médico de Peter en una semana y, habiendo dado ese paso, se
veía capaz de dejar a un lado su preocupación por el estado de su cerebro.
No había sufrido más amnesias temporales. Al menos que él
supiera, pensó.
La lluvia se había
desplazado finalmente a Florida, dejando un sendero de su jardín cubierto de
las primeras trompetas de narciso.
El parte meteorológico
había destacado los veinticinco centímetros de nieve en Boston.
Enseguida llamó a su
madre para frotárselo por las narices.
El sol y el primer
atisbo de primavera le hicieron cambiar de planes antes de lo previsto. Aplazó
el trabajo en la biblioteca y procedió a reforzar la terraza de la segunda
planta reemplazando los tablones dañados.
Escuchó a Ray Charles
y se sintió sano como un caballo. Decidió dejar que los Franks hicieran la
primera plantación porque, sencillamente, no disponía de tiempo. Pero el año
que viene lo haría él personalmente. O hasta donde pudiera.
La próxima primavera
pasaría las mañanas de los domingos en esta terraza, comiendo buñuelos y
bebiendo café con leche... con Rocío. Domingos largos y ociosos mirando los
campos, los jardines. Y dentro de unos años mirando a los niños en los campos,
en los jardines.
Quería tener una
familia, y le alegraba saberlo. Nunca hasta ahora había sentido esa necesidad,
la necesidad de vivir el presente y mirar hacia el mañana al mismo tiempo.
Así pues, sabía que
lo que sentía por ella era bueno. Y también lo que planeaba para ellos. Él la
ayudaría en el bar si ella lo necesitaba, pero también tendría su propio
trabajo.
Se miró las palmas de
las manos, los callos que le habían salido, los rasguños que veía como medallas
personales a su valor.
Utilizaría su espalda y
su imaginación para transformar otras casas. La gente de la zona pensaría en Gastón
Dalmau cuando necesitara a un contratista.
Tendrías que haber
visto aquella vieja casa antes de que él la pillara, dirían. Si necesitas que
te hagan el trabajo, llama a Gas. Él lo hará por ti.
Sonrió mientras
arrancaba el siguiente tablón podrido.
Para cuando dieron
las cuatro ya había terminado la parte delantera de la terraza y se tumbó boca
abajo para descansar. Se durmió con B. B. King suplicando a Lucille.
Y seguía durmiendo cuando
se levantó y bajó por la inestable escalera de caracol que descendía hasta el
jardín.
Notaba la hierba
gruesa bajo los pies, y el sol sofocante del verano le cubría la cara y le
azotaba la cabeza pese al sombrero.
Los demás estaban
dentro de la casa, donde el aire era fresco, pero él quería ver el estanque,
los nenúfares. Quería sentarse bajo la sombra del sauce que bailaba sobre el
agua y leer.
Le gustaba oír el
canto de los pájaros y el calor no le molestaba. El calor era sincero. El aire
de Hall era frío y falso.
Le rompía el corazón
ver la casa que amaba pudrirse de amargura.
Se detuvo en la
margen del estanque y miró las hojas verdes y redondas como platos, los
nenúfares blancos que las adornaban. Vio pasar una libélula con el sol
reflejado en las alas provocando un brillo iridiscente. Escuchó el chapoteo de
una rana y la llamada de un cardenal.
Al oír su nombre se
volvió. Y sonrió mientras su amada cruzaba el césped aterciopelado. Mientras
estuvieran juntos, pensó, mientras se amaran, el Hall resistiría.
—Gastón, Gastón.
Alarmada, Rocío lo agarró por los brazos y lo sacudió. Lo
había visto bajar por la traicionera escalera cuando se acercaba en su coche, y
lo había visto caminar hacia el estanque con paso extraño, como vacilante, muy
diferente de su andar relajado.
Tenía los ojos
abiertos, pero brillaban de una forma que sintió que la atravesaban, que veían
algo más, alguien más.
—Gastón. —Rocío
mantuvo la voz firme, y también las manos mientras le sostenía la cara—.
Mírame. ¿Puedes oírme? Soy Rocío.
—Sentémonos bajo el
sauce, donde nadie pueda vernos.
No había ningún
sauce, solo los restos de un tronco podrido. El miedo se agolpó en la garganta
de Rocío, pero se lo tragó. Instintivamente, se arrodilló y posó sus labios
tiernos en los de él.
La respuesta de Gastón
fue lenta, adormilada, como si se deslizara hacia ella. Contra ella. Dentro de
ella. Rocío supo el momento exacto en que despertaba por la forma en que su
cuerpo se tensó. Gastón empezó a tambalearse, pero ella lo sostuvo.
—Tranquilo, cher.
Apóyate en mí hasta que las piernas te aguanten.
—Lo siento, tengo que
sentarme. —Se dejó caer en la hierba y reposó la frente en las rodillas—. Uau.
—Todo ha pasado, ya
estás bien. —Rocío se arrodilló a su lado y le acarició el pelo mientras en
cajún, su idioma tranquilizador, murmuraba—: Respira, respira.
—¿Qué demonios me
pasa? Estaba en la terraza, trabajando.
—¿Es lo último que
recuerdas?
Gastón contempló el
estanque.
—No tengo ni idea de
cómo he llegado hasta aquí.
—Bajaste por la
escalera, la del lado derecho de la casa. Pensaba que ibas a atravesarla. —El
corazón de Rocío se aceleró al recordar lo inestable que era—. No es una
escalera segura, Gastón. Deberías cerrarla.
—Sí. —Se frotó la
cara con las manos—. Y, de paso, me encierro a mí mismo en una habitación
acolchada.
—No estás loco.
—Soy sonámbulo, ahora
también durante el día. Tengo alucinaciones. Oigo voces. Muy cuerdo no puedo
estar.
—Hablas como un
yanqui. Aquí esas cosas ni siquiera tienen la categoría de excentricidad. Mi
tía abuela Sissy tiene auténticas conversaciones con su marido Joe, que lleva
muerto doce años, y nadie piensa que esté loca.
—¿De qué hablan?
—Oh, de asuntos
familiares, de temas de actualidad, del tiempo, de política. A mi tío abuelo
Joe le encantaba criticar al gobierno. ¿Te encuentras mejor, cher?
—No lo sé. ¿Qué he
hecho? ¿Qué me has visto hacer?
—Bajaste por la
escalera y cruzaste el césped en dirección al estanque. Caminabas de una forma
extraña, así que comprendí que te pasaba algo.
—¿Qué quieres decir?
—Tú tienes un andar
suave y desgarbado, pero no caminabas así. Luego te detuviste delante del
estanque.
No le contó que por
un momento estuvo segura de que iba a entrar en el agua.
—Te llamé varias
veces y al final te volviste y sonreíste. —Rocío notó que su estómago se
tensaba por el recuerdo—. Pero no a mí. Creo que no era a mí a quien veías.
Dijiste que querías sentarte bajo el sauce, donde nadie pudiera vernos.
—Aquí no hay ningún
sauce.
—Bueno —Rocío señaló
el tocón—, parece que en otros tiempos lo hubo. Se diría que tienes sueños
donde ves cosas que han ocurrido de verdad. Eso es un don, Gastón.
—¿Dónde puedo
devolverlo? —Gastón sacudió la cabeza—. No estoy seguro, porque no puedo
recordarlo cuando me despierto. Pero estoy empezando a pensar que debería
atarme al poste de la cama por las noches.
—Esta noche déjalo en
mis manos.
—¿Estás intentando
animarme con la idea de atarme?
—¿Lo he conseguido?
—Sí. —Gastón dejó
escapar un suspiro y miró extrañado la mancha que Rocío tenía en la frente—. Te
has ensuciado de hollín —dijo, y cuando se disponía a frotarla, ella echó la
cabeza hacia atrás.
—Son mis cenizas
sagradas.
—Ah, claro. —El
cerebro de Gastón estaba decididamente de vacaciones—-. Miércoles de Ceniza. No
solo no sé dónde estoy, tampoco sé el día.
Rocío no podía
soportar ver cómo se hundía de nuevo, así que mantuvo la voz enérgica y una
pizca elevada.
—Deduzco que hoy no
has ido a misa, día sagrado y obligado.
Gastón hizo una mueca
de dolor.
—Hablas como mi
madre. Lo olvidé, más o menos.
Ella enarcó una ceja.
—Me parece a mí que
no te iría mal utilizar todas las bendiciones que pudieras conseguir. —Dicho
esto, pasó la yema del pulgar por su marca de ceniza y la extendió sobre la
frente de él. Gastón sonrió.
—Probablemente sea un
sacrilegio, pero gracias. ¿Qué hora es? —Gastón miró su reloj y blasfemó—.
Tengo que llevar este trasto a reparar porque se para constantemente. Sé que
son más de las doce y estoy seguro de que no es medianoche.
—Son las cinco. Me
dijiste que viniera pronto.
—Tienes razón. ¿Por qué no nos sentamos
en la terraza con una copa de vino ?
Ella lo vigiló de
cerca mientras él elegía el vino, pero parecía recuperado. Gastón sacó de sus
armarios nuevos dos copas antiguas.
Se había asustado, y
mucho, reconoció Rocío. Había tenido la certeza de que Gastón iba a entrar en
el agua, de que iba a ahogarse entre los nenúfares, como había hecho Ramiro Ordóñez.
porrrr fin capitulo me encanta esta novela no desaparezcas tantoooo k la exado de menos la novelaa subi cap prontoo jajaja besos
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