lunes, 13 de agosto de 2012

Capitulo Veinte.


Gastón se pasó la mayor parte de los dos días siguientes intentando pillar a Rochi a solas, pero entre tanto viaje al pueblo a por bicicletas, tanto atender a los clientes, y tanto niño apareciendo cada vez que asomaba la cabeza por la puerta, no tuvo la oportunidad. Nicolás había intentado hablar con él un par de veces, pero en una ocasión les interrumpió el teléfono y, en la siguiente, la batería descargada del coche de uno de los clientes. El martes por la tarde Gas ya esta­ba tan malhumorado e irritable que no podía concentrarse en el partido que había puesto en el reproductor de vídeo del despacho. Cinco semanas para la pretemporada... Hizo bajar a Cafre de su regazo con un ligero empujón y se acercó a la ventana. No eran siquiera las siete, pero se habían forma­do unas nubes de lluvia y estaba oscureciendo. ¿Dónde dia­blos estaba ella? Justo en ese momento sonó su teléfono móvil. Gastón lo cogió de encima del escritorio.
-¿Diga?
-Gas, soy Soy Rocío.
-¿Dónde has estado? -gruñó-. Te había dicho que quería hablar contigo después del té de la tarde.
-He visto a María que se acercaba por la entrada prin­cipal, y la he esquivado por la puerta de atrás. Cada día está más persistente. Luego me he encontrado a Paloma, que ha em­pezado a explicarme algo de un chico al que le gusta.
« ¿Sí? Bueno, ¿y qué hay del chico al que le gustas tú?»
-La cuestión es que, cuando Paloma se ha marchado, he decidido ir a pasear sola por el bosque, y he empezado a pensar en una idea que tengo para Daphne. Una cosa ha lle­vado a la otra y, cuando he querido darme cuenta, me había perdido.
Por primera vez en todo el día, Gas se sentía relajado.
-No me digas.
Dejó de agarrar el teléfono con tanta fuerza y oyó que le rugía el estómago. Entonces cayó en la cuenta de que no ha­bía comido nada desde el desayuno, y se dirigió a la cocina para prepararse un bocadillo. Cafre trotó a su lado.
-Perdida en el bosque -dijo Rochi con énfasis.
-Caramba -dijo disimulando la risa.
-Y está oscureciendo.
-De eso no hay duda.
-Y parece que va a llover. Gastón echó un vistazo por la ventana.
-Justo ahora me he fijado.
-Y tengo miedo.
-Ya me lo imagino -dijo sujetando el teléfono móvil con la barbilla mientras sacaba de la nevera algo de carne en conserva y un tarro de mostaza-. ¿Y qué? ¿Has encontra­do cerca una tienda de electrodomésticos y me has llamado?
-Se me ha ocurrido llevarme el móvil de Mery.
Gastón sonrió burlón y cogió una rebanada de pan de la despensa.
-Muy inteligente por tu parte.
-En los campamentos nos enseñaron a llevar un silba­to colgado del cuello si salíamos a caminar solos. Como no tenía ningún silbato...
-Has cogido un móvil.
-La seguridad es lo primero.
-¡Dios bendiga el poder de las telecomunicaciones! -exclamó Gastón mientras volvía a la nevera a por queso-. Y ahora te has perdido. ¿Te has fijado en el musgo de los truncos de los árboles?
-No había pensado en eso.
-Siempre crece en la parte norte.
Gas empezó a preparar el bocadillo, disfrutando por primera vez en toda la tarde.
-Sí, creo que recuerdo haberlo oído. Pero es un poco oscuro para verlo.
-Supongo que no debes de llevar una brújula en el bolsillo, ni una linterna...
-No se me ha ocurrido.
-Lástima-dijo echándose un poco más de mostaza-. ¿Quieres que venga a buscarte?
-Te lo agradecería mucho. Si llevas el teléfono contigo, tal vez pueda orientarte. He salido del campamento por el Sendero de la parte trasera de Escalera de Jacob.
-Pues ése podría ser un buen punto de partida para mí. Ya te llamaré cuando llegue allí.
-Está anocheciendo muy deprisa. ¿Te importaría darte prisa?
-Por supuesto que no, estaré allí en menos que canta un gallo.
Gastón colgó, rió maléficamente y se acomodó a disfru­tar de su bocadillo, pero apenas le había dado tres bocados cuando ella volvió a llamar.
-¿Sí?
-¿Te he comentado que me he torcido el tobillo?
-Pues no. ¿Cómo ha sido?
-He tropezado con una madriguera.
-Espero que no fuera de serpiente. Hay serpientes de cascabel por aquí.
-¿De cascabel?
Gastón alcanzó una servilleta.
-Ahora mismo estoy andando junto a Escalera de Jacob, pero alguien debe de tener el microondas en marcha, porque hay interferencias. Te volveré a llamar.
-Espera, no tienes mi nú...
Gas colgó, se echó un panzón de reír y se dirigió a la ne­vera. Un bocadillo siempre sabe mejor con una cerveza. Silbó mientras destapaba la botella y se acomodó para disfrutarla. Entonces cayó en la cuenta. ¿Qué demonios estaba ha­ciendo?
Cogió el teléfono móvil y marcó el número de Mery de la agenda. Luego ya tendría tiempo para darle una lección. Aquélla era la primera oportunidad que tenía en dos días de estar a solas con ella.
-¡Eh, Rochi!
-Sí.
-Tengo problemas para encontrarte. -Gastón se sujetó el móvil con la barbilla, cogió la cerveza y lo que quedaba del bocadillo, y se dirigió a la puerta de atrás-. ¿Crees que po­drías chillar?
-¿Quieres que chille?
-Sería útil.
Gas le dio otro mordisco al bocadillo y corrió hacia la Escalera de Jacob.
-No soy mucho de chillar.
-En la cama sí -puntualizó Gastón.
-¿Estás comiendo?
-Tengo que reunir fuerzas para la búsqueda -dijo sa­ludando con la cerveza a Jacinta Long.
-Estoy bastante segura de que estoy cerca del arroyo. Al final del sendero que empieza justo detrás de Escalera de Jacob.
-¿Arroyo?
-¡El arroyo, Gas! El que sale del bosque y cruza el prado. ¡El único arroyo que hay!
La voz de Rocío empezaba a sonar irritable. Gastón le dio un trago a su cerveza.
-No recuerdo ningún arroyo. ¿Estás segura?
-¡Sí, estoy segura!
-Supongo que me acordaré cuando lo vea.
Algunos niños correteaban en el espacio comunitario. Gas paró un momento a disfrutar de las vistas, luego vol­vió a su misión.
-El viento empieza a ser molesto. Apenas puedo ver el sendero.
-Aquí no está tan mal.
-Entonces tal vez me he equivocado de camino.
-Has seguido el sendero que sale de detrás de Escalera de Jacob, ¿no?
Gastón tiró el resto del bocadillo en un contenedor de ba­suras y caminó hasta ese sendero.
-Eso creo.
-¿Eso crees? ¿Acaso no estabas prestando atención?
Definitivamente irritable.
-No dejes de hablar. Tal vez pueda saber si me voy acer­cando por la recepción.
-¿Oyes el arroyo?
-¿De qué arroyo me hablas?
-¡Sólo hay uno!
-Espero poder encontrarlo. No quiero ni imaginar lo terrible que sería que tuvieras que pasar sola la noche en el bosque.
-Estoy segura de que eso no va a ocurrir.
-Espero que no. Hagas lo que hagas, ni se te ocurra pen­sar en la bruja de Blair.
-¿La bruja de Blair?
Gastón simuló un sonido de ahogo, luego un gemido de monstruo, y colgó.
Su teléfono móvil no tardó en volver a sonar.
-Me duelen las costillas de tanto reír -dijo secamente.
-Lo siento. Sólo era una ardilla. Pero era enorme.
-Si no juegas bien, me voy a casa.
-Vale, pero será mejor que no lleves nada más que el cal­zado y la cinta del pelo cuando te encuentre.
-No tengo ninguna cinta del pelo.
-Una cosa menos que tendré que quitarte, pues, ¿no?
Al final resultó que Rocío todavía estaba vestida cuan­do Gastón la encontró, aunque no tardaron en solucionarlo: estuvieron unos instantes revolcándose desnudos sobre la suave hierba del prado, y cuando empezó a caer la lluvia, sus risas se apagaron.
Gastón se dejaba embriagar por sus besos, y mientras pe­netraba su cuerpo blando y acogedor, vislumbró algo que le pareció casi... sagrado. Pero la ilusión era demasiado frá­gil para sobrevivir a las exigencias primitivas de su cuerpo.
La lluvia tamborileaba en su espalda. Los vigorosos dedos de Rochi se aferraban a sus hombros, exigentes. La lluvia... Aquella mujer... El placer de Rocío lo envolvió en una espi­ral y Gastón se perdió.

  

A medida que pasaban los días, Rocío se comportaba como una mujer poseída. El miércoles, se levantó la falda en el despacho de Gastón mientras los huéspedes se reunían para el té. Aquella misma noche, huyó de otra de las ci­tas que María había concertado con ella para tener una charla en privado y se reunió con Gas en el bosque de­trás de la casita. A la mañana siguiente, él la arrastró hacia la despensa justo cuando Troy entraba por la puerta de la cocina, y luego tuvo que taparle la boca a Rochi porque em­pezaba a hacer demasiado ruido. Más tarde, ella le llevó a una de las casitas vacías, pero cuando Gas la levantó pa­ra tenderla sobre la mesa de la cocina, Rochi notó que sus músculos se rebelaban finalmente tras el reiterado esfuer­zo de adoptar posturas tan incómodas, e hizo una mueca de dolor.
Gastón apoyó su frente en la de ella e inspiró trémulamente, luchando por recuperar el control.
-Esto es una locura. Ya has tenido bastante -suspiró.
-¿Bromeas? Apenas estoy empezando, pero si no pue­des estar a la altura, lo comprenderé.
Gas sonrió y la besó. Cómo le encantaban aquellos be­sos lentos. Le acarició los senos y los muslos, intentando ir con más cuidado, pero estaban bailando con el peligro, y ella se  lo permitió. Poco después, Rocío había olvidado por completo sus dolores musculares.
Aquella noche, declinaron la invitación a cenar de los Riera con la excusa de bajar al pueblo a por provisiones, pero cuando volvieron al campamento descubrieron que se les había acabado la suerte. Nicolás y Mery les esperaban sentados en las escaleras de la casa de huéspedes.

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