lunes, 24 de septiembre de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veintiuno

Casi había llegado a Lirios del campo cuando Gastón la alcanzó.
-¡Rochi!
-Vete -espetó ella.
-¿Soy tu premio?
-Sólo cuando estás desnudo. Cuando llevas la ropa pues­ta, eres una cruz que debo soportar.
-Deja de hacerte la impertinente.
Todo se derrumbaba. Eddie Dillard iba a presentarse al día siguiente y Gastón ya había encontrado a alguien que se encargaría del campamento. Peor aún, ella nunca represen­taría para Gastón lo que él representaba para ella.
Gas le tocó el brazo.
-Ya sabes que quieren lo mejor para ti. No dejes que te hundan.
Gastón no entendía que no eran ellos los que la estaban hundiendo.


Julia no quiso mirar el reloj mientras se dirigía hacia la ventana. Los Riera habían logrado por fin acorralar a Gas y Rochi, pero no consideraba que la confrontación pu­diera haber sido productiva. Su hijo y su mujer no parecían saber qué querían de su relación, por lo que Julia dudó de que se lo pudieran explicar a su familia.
A Julia enseguida le habían caído bien los Riera, y su presencia allí durante aquellos últimos cinco días le había ayudado a soportar el peso que sentía en su corazón. Era evi­dente que amaban a Rocío, e igual de evidente que veían a Gas como una amenaza, aunque Julia empezaba a sospe­char que Gastón era un peligro tan grande para sí mismo como lo era para Ro.
Las nueve treinta... Julia se acercó al armario rinconero donde había dejado la colcha, pero cogió una revista. No ha­bía podido trabajar en su colcha desde el domingo, cuando Liam le había dado su ultimátum. Y ya era jueves.
«Ven a mi casa el jueves por la noche... Si no te presentas, no vendré a buscarte.»
Julia intentó inventarse algún resentimiento contra él, pero no lo consiguió. Comprendía perfectamente por qué lo había hecho, y no podía culparle. Ambos eran demasiado mayores para andarse con juegos.
9.34... Pensó en Gastón durmiendo en el dormitorio del piso de abajo. Le gustaba dormirse sabiendo que compar­tían el mismo techo. Cuando se cruzaban por los pasillos, se sonreían y charlaban un poco. En un tiempo, eso habría si­do más de lo que podía esperar. En aquel momento, ya no era suficiente.
9.35... Se concentró en pasar las páginas de la revista, lue­go abandonó y estuvo deambulando por la habitación. ¿Pa­ra qué sirven las lecciones de la vida si no les prestas atención?
A las diez y media, se obligó a desvestirse y se puso el camisón. Se acostó en la cama y se quedó mirando las pági­nas de un libro que hacía menos de una semana la había he­cho disfrutar. Pero ya no se acordaba de nada. «Liam, te echo tanto de menos...» Era el hombre más extraordinario que ja­más había conocido, aunque Craig también había sido ex­traordinario y la había hecho infeliz.
Cuando alargó la mano para apagar la luz, su mundo le pareció más pequeño que nunca y su cama, terriblemente so­litaria.
Eddie Dillar era grandullón, afable y ordinario, el tipo de hombre que llevaba una cadena de oro, eructaba, se rasca­ba la entrepierna, llevaba un fajo en un sujetabilletes y decía...
-Gas, machote. ¿A que sí, Larry? ¿A que Gas es un ma­chote?
-Claro que sí -asintió Larry. Gas era definitivamente un machote.
Dillard y su hermano habían aparecido a última hora de la mañana en un todoterreno negro. Ahora estaban sentados en la mesa de la cocina, comiendo bocadillos de salami y en­gullendo cerveza mientras Eddie se relamía ante la perspec­tiva de ser el propietario de un campamento de pesca y Larry se relamía ante la perspectiva de administrarlo para él. Para consternación de Rocío, todos parecían darlo por hecho.
Aquél sería un lugar, dijo Eddie, donde los hombres po­drían poner los pies sobre la mesa, relajarse y librarse del «co­ñazo de la parienta». Esto último lo dijo con un guiño, indi­cando claramente (de hombre a hombre) que ninguna mujer le daba el coñazo a Eddie Dillard.
A Rochi le entraron ganas de vomitar. Pero no lo hizo: se concentró en colocar un jaboncito en uno de esos cestitos para artículos de tocador que dejaba en cada uno de los baños. Rocío no sabía cuál de los dos le desagradaba más: Eddie o su repugnante hermano Larry, que tenía pensado quedarse a vivir en la planta superior de la casa mientras dirigía el cam­pamento de pesca.
Ro miró a Gastón, que estaba apoyado en la pared be­biendo cerveza de un botellín. No eructó. Cuando Eddie ha­bía llegado, Gas intentó librarse de ella, pero no pensaba ir a ninguna parte.
-¿Qué Larry? -le dijo Eddie a su hermano-. ¿Cuán­to crees que puede costar pintar esas casitas tan cursis?
Rocío dejó caer con fuerza una de las botellitas de cham­pú de cristal.
-Las casitas están recién pintadas. Y son muy bonitas.
Eddie pareció haber olvidado que ella estaba allí. Larry se rió y sacudió la cabeza.
-Sin ánimo de ofender, Rosita, pero esto será un cam­pamento de pesca y a los tíos no nos gustan los colores pas­tel. Lo pintaremos todo de marrón.
Eddie señaló a Larry con su botellín.
-Sólo pintaremos las casitas del medio, las que están junto al cómo-se-llame comunitario ese. El resto las demo­leremos. Demasiados costes de mantenimiento.
A Rocío se le paró el corazón. Lirios del campo no esta­ba junto al espacio comunitario. Su casa parvulario de colo­res rosa, azul y amarillo iba a ser demolida. Se olvidó de los cestos de tocador y exclamó:
-¡No puedes demoler esas casitas! ¡Tienen historia! Tienen...
-La pesca es muy buena por aquí -la interrumpió Gastón, con el ceño fruncido-. Róbalo de boca grande y peque­ña, perca, pez sol. La semana pasada oí a un tipo del pueblo hablando del lucio de tres kilos que había sacado del lago.
Eddie se dio una palmadita en la barriga y se relamió.
-Me muero de ganas de subirme a esa barca.
-Este lago es demasiado pequeño para lo que queréis-dijo Rochi desesperadamente-. Hay una limitación es­tricta para el tamaño de los motores fuera borda. Ni siquie­ra se puede hacer esquí acuático.
Gastón le lanzó una mirada inequívoca.
-No creo que Eddie tenga pensado dar de comer a una multitud de  esquiadores acuáticos.
-No. Sólo pescadores. Levantarme por la mañana, dar­le a todo el mundo un termo de café, una bolsa de rosquillas y algunas cervezas, y que salgan al lago mientras la niebla to­davía cubre las aguas. Que vuelvan tras un par de horas a por bocatas y cerveza, se echen la siesta, jueguen al billar...
-Creo que deberíamos poner la mesa de billar allí -dijo Larry señalando hacia la puerta principal de la casa-. Junto a una pantalla gigante de televisión. Cuando hayamos tirado todos los tabiques entre las habitaciones, quedará todo junto: la mesa de billar, la tele, el bar y la tienda de cebos.
-¡Una tienda de cebos! ¡Van a poner una tienda de ce­bos en esta casa!
-Rocío -dijo Gastón con tono admonitorio. Al oírlo, Eddie le miró con compasión. Gas entornó los ojos y le sugirió a Rocío-: Tal vez será mejor que vayas a ver qué hace Amy.
Haciendo oídos sordos, Rochi cargó con toda la artillería contra Eddie.
-Hace años que viene gente a este lugar. El campamen­to tiene que seguir tal como está, y la casa de huéspedes, tam­bién. La casa está llena de antigüedades y se conserva de ma­ravilla. E incluso da beneficios. No demasiados, pero lo bastante para cubrir gastos.
Eddie soltó una carcajada y exhibió gran parte de su boca­dillo de salami. Todavía con la boca abierta, le dio un codazo a su hermano y le gritó:
-¿Qué, Larry? ¿Te apetece dirigir una casa de huéspedes?
-Sí, claro -dijo Larry alcanzando su cerveza-. Mien­tras haya una mesa de billar, televisión por satélite y no haya mujeres.
-Rocío... Fuera. -Gastón señaló la puerta con la cabeza. Eddie rió al ver cómo ponían en su sitio a aquella mujer. Rochi apretó los dientes y dibujó una sonrisa rígida en sus labios.
-Ya me voy, cariño. Y sobre todo, límpialo todo bien cuando termines con tus amigos. Y no te olvides de ponerte el delantal, recuerda que la última vez que lavaste los platos te salpicaste.
¡Eso sí que era dar el coñazo!
Después de cenar, Rocío alegó dolor de barriga ante sus sobrinos y les dijo que tendrían que dormir en su casita. Se sin­tió culpable porque era su última noche en el campamento, pero no tenía otra opción. Se puso unos vaqueros, apagó la luz y se acurrucó en la silla junto a la ventana abierta. Y esperó.
No había que temer que pudiera aparecer Gas. Se ha­bía ido al pueblo con los hermanos Dillard, donde, si existía la justicia, se emborracharía y terminaría con una resaca de campeonato mundial. Tampoco habían hablado en toda la tarde.
Durante el té había notado claramente que Gastón estaba enfadado con ella, pero no le importó, porque el enfado era mutuo. «Estás hecho un machote...» Estaba hecho un tonto de capirote. Vender el campamento ya era malo de por sí, pero vendérselo a alguien que tenía la intención de destruir­lo era demasiado, y Ro nunca se lo habría perdonado si no hubiera intentado al menos evitarlo.
Lirios del campo estaba demasiado aislada como para po­der verles llegar cuando regresaran del pueblo, pero el cam­pamento era lo bastante silencioso como para oírles. Como era de esperar, poco después de la una de la madrugada llegó hasta su ventana el sonido de un motor. Se irguió en la silla, y deseó que no hubiera demasiadas lagunas en su plan, porque era el único que tenía.
Se puso las zapatillas deportivas, cogió la linterna que ha­bía cogido de la casa de huéspedes y, después de dejar a Cafre en la casita, se puso manos a la obra. Cuarenta y cinco minu­tos más tarde ya se había colado en el interior de Cordero de Dios, donde Eddie y Larry pasaban la noche. Justo después de que se hubieran ido al pueblo, había comprobado cuál era el dormitorio de Eddie. Cuando entró, la habitación olía a licor rancio.
Mientras se iba acercando, Rocío contempló al zoquete grandullón y borracho que dormía bajo las sábanas.
-¿Eddie?
El zoquete no se movió.
-Eddie -volvió a susurrar Rochi con la esperanza de no despertar también a Larry y poder tratar así con sólo uno de ellos-. Eddie, despierta.
Eddie se agitó y se le escapó una ventosidad. A alguien tan asqueroso no se le debería permitir la entrada en el Bos­que del Ruiseñor.
-Sí... ¿sí? -dijo abriendo lentamente los ojos-. ¿Qué pasa...?
-Soy Rocío -susurró-. La esposa separada de Gastón. Tengo que hablar contigo.
-¿Qué...? ¿De qué se trata?
-Se trata del campamento de pesca. Es muy importante.
Eddie intentó incorporarse, pero cayó de nuevo sobre la almohada.
-No te molestaría si no fuera importante. Te esperaré fue­ra mientras te vistes. Ah, y no hace falta que despiertes a Larry.
-¿Tiene que ser ahora?
-Me temo que sí. A menos que quieras cometer una te­rrible equivocación. -Rochi salió corriendo de la habita­ción, con la esperanza de que él se levantaría.
Pocos minutos después, Eddie apareció por la puerta Principal arrastrando los pies. Rocío se llevó un dedo a los la­bios y le hizo un gesto para que la siguiera. Iluminando el te­rreno con la linterna, Ro cruzó el espacio comunitario por un extremo y emprendió el camino de vuelta hacia Li­rios del campo. Sin embargo, antes de llegar allí torció ha­cia el bosque y se dirigió al lago.
El viento había cobrado fuerza. Rocío notó que se pre­paraba una tormenta y rezó para que no cayera antes de fi­nalizar el plan. Eddie apareció junto a ella, como la sombra de una mole.
-¿Qué pasa?
-Hay algo que tienes que ver.
-¿Y no podría ser mañana por la mañana?
-Ya será demasiado tarde.
Eddie se enredó con una rama.
-¡Mierda! ¿Gas está enterado de esto?
-Gastón no quiere enterarse.
Eddie se paró.
-¿Qué quieres decir con eso?
Rocío mantuvo la linterna apuntando hacia el suelo.
-Quiero decir que no te está engañando deliberadamen­te. Sólo ha pasado por alto algunos detalles.
-¿Engañarme? ¿De qué coño estás hablando?
-Ya sé que me tomabas por tonta a la hora de comer, pero tenía la esperanza de que me escucharas. Si lo hubieras hecho podríamos habernos evitado todo esto -dijo reem­prendiendo la marcha.
-¿Evitarnos el qué? Será mejor que me digas de qué va todo esto.
-Enseguida lo verás.
Eddie tropezó unas cuantas veces más antes de llegar fi­nalmente junto al lago. Los árboles se agitaban con el vien­to, y Rocío reunió tanto valor como pudo.
-No me gusta tener que ser yo quien te enseñe esto, pero hay un... problema con el lago.
-¿Qué clase de problema?
Rocío barrió lentamente con la luz de la linterna la zona donde las olas del lago lamían la orilla, hasta que encontró lo que andaba buscando.
Peces muertos flotando en el agua.
-¿Qué rayos...?
Rochi iluminó los vientres plateados de los peces y de­volvió el rayo de luz hacia la orilla.
-Eddie, lo siento mucho. Ya sé que tienes puesto el co­razón en un campamento de pesca, pero los peces de este lago se están muriendo.
-¿Muriendo?
-Estamos ante una catástrofe ecológica. Se están fil­trando toxinas en las aguas desde un vertedero subterráneo secreto de residuos químicos. Costaría millones solucionar el problema, y el ayuntamiento no dispone del dinero. Como la economía local depende de los turistas, lo están encubrien­do y nadie admitirá públicamente que hay un problema.
-Joder-dijo arrebatándole la linterna y enfocando de nuevo hacia los peces muertos-. ¡Es increíble que Gas pue­da hacerme algo así!
Aquélla era la laguna más evidente de su plan, e intentó superarla con una presentación dramática.
-Es un caso de negación, Eddie. Un caso terrible, terri­ble Gastón creció aquí, éste es el último lazo que le une a sus padres, y es incapaz de aceptar que el lago se está muriendo, por lo que se ha convencido a sí mismo de que no pasa nada.
-¿Y cómo se explica los putos peces muertos?
Muy buena pregunta. Rocío replicó lo mejor que pudo.
-No se acerca al lago. Es tan triste... Su negación es tan profunda que... -Lo asió del brazo e imitó a la actriz Susan Lucci-: Oh, Eddie, ya sé que no es justo que te lo pida, pero ¿crees...? ¿Podrías decirle simplemente que has cambiado de idea y no confrontarle con la realidad? Te juro que no ha in­tentado engañarte deliberadamente, y le destrozaría el cora­zón pensar que ha destruido vuestra amistad.
-Sí, bueno, yo diría que lo ha hecho.
-Gastón no está bien, Eddie. Es un problema mental. En cuanto regresemos a Chicago, me aseguraré de que le vea un psicoterapeuta.
-Mierda -dijo Eddie conteniendo la respiración-. Eso podría mandar a tomar por saco su juego de pases.
-Buscaré un psicoterapeuta deportivo.
Eddie no era un completo idiota, y le hizo preguntas sobre el vertedero subterráneo. Rocío se extendió en su historia incluyendo todos los clichés de Erin Brockovich que pudo recordar e inventándose el resto. Cuando hubo acabado, ce­rró con fuerza las manos en un puño y esperó.
-¿Estás segura de todo esto? -dijo Eddie por fin.
-Ojalá no lo estuviera.
Eddie arrastró los pies y suspiró.
-Gracias, Rosi, te lo agradezco. Eres muy enrollada.
Rochi dejó escapar todo el aire que había estado conte­niendo.
-Tú también, Eddie. Tú también.
La tormenta se desató justo después de que Rocío caye­ra rendida en la cama, pero estaba tan agotada que apenas la oyó. Hasta la mañana siguiente, cuando se despertó al oír unos pasos subiendo pesadamente en las escaleras de la entrada. No se obligó a abrir los ojos. Pestañeó y miró el reloj. ¡Eran más de las nueve! Se había olvidado de poner el despertador y nadie la había despertado. ¿Quién había preparado el de­sayuno?
-¡Rocío!
Oh, oh...
Cafre entró corriendo en la habitación, y detrás apareció Gastón, como un seductor nubarrón de tormenta. Sus espe­ranzas de que las lagunas de su plan no se volvieran en su con­tra estaban a punto de desvanecerse. A pesar de su súplica, Eddie debía de haber hablado con Gas, y a Rocío le iba a costar muy cara la broma.
Se incorporó en la cama. Tal vez podría distraerle.
-Deja que me cepille los dientes, soldadito, y te llevaré al paraíso.
-Rocío...
La voz de Gastón tenía un tono grave admonitorio, el mis­mo tono que había oído en Una noche con Nick cuando Des¡ se había enfrentado a Lucy. Rochi tendría que dar explica­ciones.
-¡Tengo que hacer pis!
Rocío se incorporó, pasó corriendo junto a Gastón hacia el baño y cerró la puerta.
Gas dio una palmada en la hoja de la puerta.
-¡Sal de ahí!
-Enseguida. ¿Querías algo?
-Sí, claro que quiero algo. ¡Quiero una explicación!
-¿Eh? -dijo cerrando los ojos con fuerza y esperando lo peor.
-¡Quiero que me cuentes qué hace un atún en mi lago!

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Capitulo VII, Segunda Parte


Él abrió su puerta y la miró diciendo sin palabras que o bien salía por sí misma o la sacaba a la fuerza. Ella agarró su paraguas en el último segundo para molestarle, luego se esmeró en darle en la cabeza cuando lo abrió con un pequeño sonido.
—El sol es bestial.
—Ni mucho menos tan bestial como mi temperamento.
Él le quitó de un tirón el paraguas, lo cerró, y lo arrojó hacia atrás en el coche. Con la familia de excursionistas observando curiosamente, él la agarró del brazo y se dirigió hacia la última mesa detrás de un nudoso árbol lo cual les permitía algo de privacidad. Soltando su brazo, él la miró con unos ojos que le recordaron unos lásers quirúrgicos en lugar de las verdes marismeñas.
—Empieza desde el principio.
—¿Qué empiece, qué? —dijo ella cuidadosamente.
—Aclárame este sinsentido. Mis instintos me han estado diciendo desde que te conocí que había algo raro en esta situación, pero he cometido el error de no prestar atención. Ahora, quiero que me lo cuentes todo claro. Tengo una suspensión colgando sobre mi cabeza, mi carrera está en peligro, y eso quiere decir que no puedo permitirme el lujo de más problemas. Dime exactamente qué está pasando.
Ella nunca se había considerado medrosa, pero él parecía realmente formidable.
—Mira, no sé qué quieres decir.
—Déjame recordarte que estás en medio de un país extranjero con un hombre que recientemente ha sido suspendido por traficar con drogas y darle un puñetazo a una mujer.
Antes de que Mery se hubiera ido, le había contado a Rochi todo lo que había sucedido con el administrador de Gastón.
—No te han suspendido por traficar con drogas, y no me creo lo de esa mujer.
—Cariño, puedo enseñarte el video.
—Realmente, Gastón, este no es tu problema.
—¡Mierda! Mi carrera pende de un hilo, y no me puedo arriesgar con nada. ¿Qué relación tienes con ese tipo?
—Ya te lo he dicho. El Duque de Beddington posee St. Gert. Él es también el benefactor de la escuela.
—¿Y?
Cuando miró el gesto sombrío de su boca, sintió una punzada de nostalgia por el Gastón tonto por el que ella originalmente lo había tomado.
—Y, nada.
Él clavó los ojos en ella por un largo momento.
—Creo que te he juzgado mal. Pensaba que tenías agallas, pero ya veo que tienes más bien poco coraje.
Se sintió ofendida.
—¡Esto no tiene nada que ver contigo!
Él no la contestó, seguía mirándola, y ella podía jurar que vio decepción en su expresión. La hizo sentirse como una cobarde. Pero odiaba la idea de revelar detalles íntimos de su vida, especialmente cuando esos detalles la harían parecer patética ante sus ojos.
—Estás sacando todo esto de quicio —dijo ella.
Él esperó.
Él estaba en lo correcto. Ella era cobarde, y todo sería mucho más fácil si simplemente se lo decía. Después de eso, tal vez podría tratar de ayudarla. Si la verdad no fuera tan bochornosa...
Los dos jovencitos en la siguiente mesa de picnic empezaron a perseguirse.
Ella envidió su libertad.
—Bien, te lo contaré —dijo ella a regañadientes—. Pero me tienes que prometer que me dejarás quedarme contigo en tu rancho.
—Hablaremos de eso después de que oiga tu historia.
—No. Tienes que prometérmelo primero.
—No voy a prometer nada hasta que no haya oído lo que tienes que decir —se cruzó de brazos y se apoyó contra el tronco del árbol.
Ella reunió coraje recordándose a sí misma que no había hecho nada incorrecto, y ciertamente necesitaba conocer la opinión de Gastón Dalmau, ya que él lo vería desde otra perspectiva.
—El Duque de Beddington es un hombre muy poderoso en Inglaterra —comenzó con vacilación—. Una familia de alcurnia. Es un genio para invertir dinero en tecnología nueva, y además muy rico. Lamentablemente también está un poco loco. Él... ---Ella plegó sus pantalones cortos con sus dedos. —Pues bien, él quiere casarse conmigo.
Él la observó cuidadosamente.
—Me parece que la mayoría de mujeres se sentirían halagadas con la idea de casarse con un duque.
—Créeme, no hay nada halagador en su oferta. Él tiene dos hijas de sus anteriores matrimonios, y necesita un heredero masculino. La mujer tiene que ser aristocrática y tener una reputación inmaculada. Dios prohíba que el apellido de la familia sea ensuciado por una plebeya con una vida sexual normal —ella se dio cuenta de las implicaciones de lo que decía y siguió precipitadamente—. Sé que suena como a algo del siglo diecisiete, pero es mortalmente serio. Lo rechacé, por supuesto, pero él prestó poca atención.
Ella siguió, contándole sobre su pánico cuando Hugh amenazó con vender la escuela y el plan que ella había concebido en la desesperación.
—Tuve que estar de acuerdo, Gastón. No puedo dejar que cierre St. Gert. Pero tampoco puedo casarme con él.
Acogiendo con entusiasmo su tema, ella describió su plan para escandalizar lo justo a Beddington a fin de que él cancelara el compromiso. Cuándo acabó finalmente, Gastón clavó los ojos en ella por un momento, luego caminó hacía la mesa de picnic próxima y se sentó en el banco.
—Cuándo has dicho "una vida sexual normal", ¿qué querías decir exactamente?
Ella no podía creer que eso fuera lo único que quisiera preguntarle.
—¿Eso es lo que tienes que decir después de todo lo que te he contado?
—Lo primero es lo primero.
Los dos jovencitos persiguiéndose estaban alrededor del árbol.
—No he dicho que yo no tenga una vida sexual normal.
—Lo has insinuado. ¿Ahora, exactamente de qué clase de anormalidad estamos hablando aquí?
—¡De nada! No estamos hablando de nada.
—¿No eres en secreto una prostituta, verdad?
—¡No seas ridículo!
—Me has dicho que no eres lesbiana, y soy propenso a creerte. ¿Fetichista de pies?
—¡No!
—¿Una masoquista?
—No seas absurdo.
—¿Sádica?
—Eso es una basura.
Sus ojos se estrecharon.
—Dime en este mismo instante que no eres una pedófila.
—¡Oh, por amor de Dios, soy virgen!
Silencio.
Sus mejillas se pusieron calientes.
—¡Vamos, Ríete! Sé que lo estás deseando.
—Déjame recobrar el aliento primero —sus ojos fueron a la deriva a sus senos—. ¿Cómo consigue alguien llegar a tu edad y permanecer aún virgen?
—Simplemente ha ocurrido, eso es todo. No he hecho nada especial para que sea así —subió su barbilla un poco más alto—. Estaba ocupada, y no se me dan bien los hombres.
—Debe ser por esa personalidad tan mandona.
—No he pedido tu opinión.
Un grito del mayor de los niños la distrajo. Observó cómo se peleaban y la cabeza del menor estaba peligrosamente cerca del borde afilado de la tabla de la mesa de picnic.
—¡Mucho ojo, niños! Si queréis pelear, hacerlo por allí.
Los hermanos se detuvieron y clavaron los ojos en ella. Corrieron hacia sus padres. Gastón puso los ojos en blanco.
—¿Es que no puedes evitarlo?
Ella le volvió la espalda.
—Sabía que serías duro con esto. Por eso no te lo quería contar.
Él se levantó y se puso delante de ella.
—Por supuesto que estoy siendo duro, te metiste en mi cama hace dos noches sin mencionar esta información tan particular.
—No era relevante.
—Seguro como que hay infierno que era relevante para mí.
—¿Por qué? ¿Qué diferencia puede haber?
—Una diferencia grande. ¡Me estabas usando!
Ella clavó los ojos en él, sintiéndose enojar y los comienzos de un tipo adverso de diversión.
—Según recuerdo fue a la inversa. ¿Siempre tratas de dar la vuelta a la tortilla para que parezca que tú eres la víctima?
Él la miró ceñudo.
—¿Tienes idea de lo patético que eres? —dijo ella.
—¿Yo? —sus cejas subieron rápidamente—. Tú eres la que nunca se lo ha montado.
—La vida es algo más que el sexo.
—Sí, pero es que tampoco juegas al golf —él echó a andar hacía el coche, pareciendo más contrariado de lo que tenía derecho a estar.
Ella marchó después de él.
—Eres la persona más egoísta y egocéntrica que alguna vez he conocido. Acabo de contarte como mi vida se deshace, y todo en lo que puedes pensar es en como esto te afecta a ti.
—Maldita sea —él se giró para enfrentarla—. Escúchame, Rochi. La única forma de quitarme esta suspensión es conservar mi reputación más limpia que una patena. Ahora, acerca de cómo puedo conseguirlo, nos va a provocar un conflicto, porque tú estás decidida a destruir la tuya.
—No tengo otra opción.
—Claro que la tienes. La respuesta para tu problema es tan evidente como la nariz en tu cara —señaló con su dedo hacía el coche—. ¡Llama en este momento al condenado duque y dile que no tienes la menor intención de casarte con él!
—¿Es qué no has oído nada de lo que te he dicho? Si no estoy de acuerdo en esto, venderá St. Gert.
—¿Y cuál es el problema? Puedes conseguir otro trabajo —abrió la puerta y entró.
Ella corrió hacía el otro lado y zarandeó la manija hasta que él finalmente abrió.
—No sabes lo que dices —entró dentro—. San Gert es especial. He comenzado un programa nuevo para estudiantes con becas. Si la escuela se cierra, quedarán abandonadas. Y St. Gert es mi casa. La única que alguna vez he tenido.
—Es simplemente un montón de ladrillos viejos.
—No para mí. Oh, ¿por qué me molesto? Sabía que no me entenderías.
—Lo que no entiendo es cómo has dejado que esto se te complique tanto.
—Beddington no es estúpido. Si mi comportamiento es demasiado patente, él se dará cuenta lo que estoy tratando de hacer y cumplirá su amenaza de demoler St. Gert, justamente para castigarme por desafiarle. Tengo que ser sutil, hacerle creer que ha juzgado mal mi carácter mientras finjo estar de acuerdo con él.
Él la miró ceñudo y metió las llaves en el contacto.
—Pues bien, no me voy a acostar contigo, si es que es eso lo que tienes en mente.
—¡No tengo el menor deseo de acostarme contigo!
Por alguna razón enloquecedora, pareció apaciguarse. Sus manos se volvieron descuidadas en la llave, y sus ojos hicieron un viaje perezoso a lo largo de los botones de su blusa.
—Pues si que querías la otra noche, Queen Elizabeth.
Ella esperó que él no hubiera visto su piel de gallina. Para compensarlo, se puso más derecha en el asiento.
—Eso era cuando pensaba que eras honorable.
—¿Honorable? —su exasperación regresó—. Te dije que era un gigoló.
—Por lo menos hacía que fueras accesible.
—Todo lo que decía eran mentiras.
—Sí, pues bien, no conocía eso entonces —inhaló por la nariz—. Y si decido acostarme con alguien en estas dos semanas, no será contigo.
—¡No te vas a acostar con nadie en estas dos semanas! Mientras estés bajo mi cuidado, vas a volver a casa en la misma condición prístina como llegaste aquí. Cuando pierdas tu virginidad, Rocío, lo harás cuando llegue el momento y no con alguien que acabas de conocer.
Ella comenzó a responder, pero sus palabras se esfumaron cuando sus ojos miraron su boca. Lentamente su expresión cambió. Ella observó que sus labios se separaban muy ligeramente y sus ojos se ensombrecían. Se sintió insensata.
Después de toda su cháchara de que no quería acostarse con él, sabía que estaba mintiendo más que un sacamuelas porque le gustaba todo de él. Su cara, su cuerpo larguirucho, su acento texano, incluso su peculiar sentido del humor. Ella se odiaba a sí misma por eso, pero en alguna parte dentro de ella maldecía haber encontrado esa revista antes de terminar de hacer el amor con él.
Él cerró con fuerza los ojos y los apartó de ella.
—¡Y por supuesto, vas a alojarte en un hotel!
—¡De eso nada! —para nada se iba a quedar en un hotel. Eso era exactamente lo que esperaba Beddington de ella—. No me gusta mencionar esto, pero me obligas a recordarte que puedo llamar a Eugenia en cualquier momento.
—Deja a Eugenia fuera de esto.
—Te olvidas que me encuentro en una situación desesperada. Y creo que Eugenia se sentirá horrorizada cuando le cuente como me emborrachaste, y me arrastraste a una horrible sala de tatuajes dónde me han desfigurado de por vida.
—¿No ves que hago esto por tu bien? ¿No te das cuenta que vivir los dos bajo el mismo techo es francamente estúpido?
—Ya sé que discutimos bastante, pero si lo intentamos, seguro que podemos ser educados.
—No hablo de nuestras discusiones.
—Entonces, ¿de qué?
Él suspiró profundamente.
—Para ser una mujer lista, es raro que no veas esto peligroso.
Ella le miró más atentamente. ¿Podía él sentirse atraído por ella? Ella se irguió más. No era momento para permitirse fantasías. Además, él era un hombre de mundo, y ella casi una vieja chocha.
—Bien —dijo él—. Tú ganas esta ronda. Puedes quedarte en mi rancho, pero te va a costar doscientos dólares al día.
Eso arrasaría su ganancia.
—Cien dólares.
—Doscientos cincuenta.
—Bien —dijo ella precipitadamente—. Doscientos.
Viajaron los siguientes kilómetros en silencio, pero hasta el glorioso paisaje no pudo levantar sus espíritus. Ella no quería seguir hablando de sus problemas, así qué pensaría en otras cosas. Antes de darse cuenta, estaba pensando en Mery Dalmau.
—¿No encuentras semejanzas entre mi situación y la de tu hermana? ¿No te parece una coincidencia?
—No es ninguna coincidencia. Una cierta entrometida inglesa ha metido la nariz dónde no la llaman. Y no hablo de ti, precisamente.
—Pero Eugenia no sabe nada de mi situación con Hugh.
—Eugenia lo sabe todo. ¿Cómo crees que ha conseguido mantenerse en la televisión tantos años? Ella es casi como Dios, excepto más atractiva físicamente.
—La voy a llamar esta noche para preguntarla.
Él ajustó la visera solar.
—Puedes preguntarle todo lo que quieras, pero si Eugenia no quiere, no te va a decir gran cosa.
—¿Piensas que tiene algún plan detrás de juntarnos a nosotros?
—Puedes apostarte algo.
—Pero, ¿qué podría ser?
—Sadismo. Si vives con el Anticristo mucho tiempo, te vuelves como él.

En el lujoso dormitorio de una casa alquilada en Palm Beach, Florida, una elegante y bella inglesa de cuarenta y cuatro años con pelo rubio y una cara en forma de corazón se envolvía en las sábanas color melocotón y daba un suspiro de satisfacción al contemplar la marca en la almohada a su lado. El tiempo sólo había mejorado las técnicas de hacer el amor de su marido.
La ducha continuaba en el cuarto de baño, y sonrió suavemente cuando se preguntó cómo les iría a Rochi y a Gastón. Reunirlos había sido definitivamente malvado, pero Eugenia Suárez Riera no se resistía a un buen romance, parecido a su historia de amor. Aunque no era exactamente un caso de historia que se repite, ya que Rochi no tenía ninguna semejanza con la pequeña muchacha mimada y rica que Eugenia había sido cuando Nicolás Riera la había recogido en una carretera secundaria de Louisiana hacía ya veintitrés años.
Desde el momento que Eugenia había conocido a Rochi, había sentido un parentesco con ella. Bajo su profunda inteligencia y su bondad innata, ella vislumbró su soledad.
Entonces allí estaba Gastón Dalmau... Su lindo e infeliz Gastón... Los ojos de Eugenia se cerraron y recordó a otro golfista profesional también texano que había puesto en peligro su juego por pasar demasiado tiempo luchando con sus demonios internos.
De todos modos, ¿Rochi y Gastón? ¿En qué podría ella haber estado pensando? Si no hubiera sido por la situación de Mery, nunca los habría conectado en su mente.
Las fuentes de Eugenia eran impecables, y se enteró de la peculiar búsqueda de Beddington de una prometida casi al mismo tiempo que él. De inmediato, vio las similitudes entre la situación de Rochi y la de Mery. Eso le había hecho a ella pensar acerca de Gastón, y luego la imagen más increíble de Gastón y Rochi juntos había tomado forma en su mente. Era ridículo, claro está, creer que dos personas tan diferentes pudieran ayudarse. Pero, cosas más extrañas había visto.
El agua dejó de correr en el cuarto de baño. Ella se estiró perezosamente, si bien tenía miles de cosas que hacer. Primero necesitaba llamar a su mejor amiga, Holly Riera Jaffe, que fue la primera esposa de Nico, y ahora era madre de cuatro niños, cinco si se contaba a Gerry, su marido, como decía ella. Luego necesitaba ponerse manos a la obra. La elaboración de un especial mensual en la televisión no se hacía por accidente, y tenía una larga lista de llamadas para hacer, empezando por su productor en Nueva York.
La puerta del cuarto de baño se abrió, y ella se olvidó completamente de sus llamadas cuando oyó la voz profunda y lenta de su marido.
—Ven aquí, Fancy Pants.

El rancho de Gastón se ubicaba en un valle al sur de Wynette. Él pasó de la carretera principal a una más estrecha, luego se dirigió hacía una senda marcada por un par de pilares de caliza con un arco de hierro forjado rústico.
—Mi propiedad arranca aquí.
Rochi oyó la nota sutil de orgullo en la voz Gastón.
Condujeron a través de la entrada, después de un huerto de melocotones en pleno umbral para entrar en flor, y a través de un ancho puente de madera que se extendía a lo largo de un río poco profundo, y de aguas cristalinas.
—Este es el Pedernales. Se inunda con las grandes tormentas y cubre el puente, pero todavía adoro tenerlo en mi patio delantero.
Y eso es exactamente lo que era, pensó Rochi, su patio delantero. La casa de rancho de Gastón se asentaba al final de un terreno de césped protegido del sol por varios robles perennes. La casa en sí misma era una estructura llena de gracia construida de piedra caliza crema con contraventanas azules. Las chimeneas gemelas se elevaban desde el tejado de zinc que ya había visto sobre tantos edificios en la zona, y una veleta con un caballo galopando giraba perezosamente con la brisa de abril. Había mecedoras grandes de madera colocadas en el porche delantero, ampliando una invitación silenciosa de descansar por un rato y mirar el camino que serpentea del Pedernales. A un lado, ella vislumbró un molino de viento, una caseta de caliza estable, y una valla blanca que rodeaba un pasto pintoresco donde unos caballos pastaban.
—¡Tienes caballos! —exclamó cuando él se detuvo en el camino al lado de la casa.
—Sólo dos. Sombra y China.
Ella podía ver su afecto por los animales en su sonrisa, y trató de complacerlo.
—Querido Gastón, lo tienes todo. Caballos, esa bella casa en Dallas, este maravilloso rancho...
—Sí. Normal en un niño que nació con una cuchara de plata en la boca, ¿no es eso?
Se alarmó al oír un tinte débil de amargura en su voz, y ella inclinó la cabeza para mirarle.
—¿Hizo esa cuchara de plata que consiguieras todo esto mágicamente?
—Supongo que trabajé para ello —dijo de mala gana—. Si es que puedes decir que mi profesión es un trabajo.
Por su expresión parecía que él no lo creía. Rochi encontró curioso que no estuviera más orgulloso de lo que había logrado.
—Llamo a eso trabajo. Estoy segura que nadie te dio esos campeonatos simplemente por tu cara bonita. También parece que te quieren un buen número de patrocinadores.
—Es que soy un chico muy guapo —le lanzó una sonrisilla presumida y sacó sus maletas del coche sin esperar que ella se lo pidiera. Ambos actos la distrajeron, lo cual era probablemente lo que él intentaba cuando se adelantó a ella hacía el porche delantero.
Tan pronto como llegó, la puerta se abrió y un joven en los finales de la veintena salió apresurado. Tenía una constitución menuda, el pelo rizado teñido de color zanahoria, ojos más bien saltones, y una sonrisa enorme.
—¡Gastón! Déjeme coger esto antes de que te caigas para atrás. ¿En qué estabas pensando? —le quitó de un tirón la maleta—. Eres malo, malísimo por no llamarme y decirme que venías. Apenas he podido preparar la casa. Si Mery no hubiera llamado para avisarme, no sé lo que habría hecho.
—Lo siento. Fue una decisión de último momento —Gastón siguió al joven por un fresco pasillo, tranquilo, el cual estaba pintado en franjas anchas, vainilla y beige oscuro—. Patrick, ésta es Rocío. Ella va a quedarse aquí unos días. Desafortunadamente. Acomódala lo más lejos de mí como te sea posible. Rochi, éste es Patrick. Mi ama de llaves.
Rochi miró al joven curiosamente. Realmente, Gastón conocía a las personas más extraordinarias.
—¿Rocío? —exclamó Patrick—. Por favor, Dios, dime que eres verdadera y no otra stripper.
El hombre era tan encantador que fue imposible no sonreír.
—Soy verdadera, pero por favor, llámame sólo Rochi.
Patrick se puso una mano en la pechera de su camisa de seda verde neón.
—Oh, Dios Mío. Tienes un acento fabuloso.
Ella no pudo resistirlo, y miró por encima a Gastón, que hojeaba una pila de correo que estaba encima de una mesa pequeña de madera que también tenía un florero de majolica con flores primaverales.
—¿Otra stripper?
—No me mires —dijo él—. Mery fue quién la trajo.
Los ojos de Patrick brillaron.
—Tu madrastra va a tener un orgasmo público cuando conozca a Lady Rochi.
—¿Te importa? —Gastón gruñó.
—Ya, ya. ¿Alguien te ha contrariado, verdad? Creo que tengo un maravilloso Clos du Roy, cosecha de 1990 que arreglará eso —él recogió su maleta—. Ven, Rocío, te mostraré tu habitación mientras Gastón repone su cara feliz.
—Sólo Rochi —dijo con un suspiro.
Gastón sonrió sin mirar encima del correo.
Cuando seguía a Patrick hacia las escaleras, contempló una sala de estar a la derecha donde las paredes estaban cubiertas en la misma vainilla de faux—paint y las franjas beiges como el pasillo. Los sillones de orejas, un sofá acogedor, y alfombras orientales gastadas daban al cuarto una apariencia confortable, acogedora.
Patrick notó que ella se interesaba en la decoración.
—¿Quieres ver el resto del primer piso?
—Me gustaría mucho.
—La cocina es lo mejor. Gastón absolutamente vive allí cuando está en casa.
Él colocó en el suelo su equipaje, luego la llevó de regreso a lo largo del pasillo a una cocina enorme que se extendía en una L espaciosa a través de la parte posterior de la casa. Ella parpadeó por la sorpresa.
—Es preciosa.
—Gracias. Yo la diseñé.
Las paredes y el cielo raso estaban pintados de un amarillo brillante, alegre, mientras el suelo con sus grandes tejas de terracota añadían más calor. Un área informal de distribución de los asientos, situado delante de la chimenea, contenía un sofá con un diseño floral y cojines de coral amarillo, y esmeralda, junto con varias sillas confortables. Dos puertas correderas daban acceso a una especie de solana, la luz lo llenaba todo, saltando por encima del conjunto imponente de pinturas abstractas coloridas que cubría las paredes.
En el área de comer había una ventana salediza y una mesa de comedor elegante estilo Regencia, la cual estaba rodeada de una mezcolanza de confortables sillas Louis XVI, Chippendale, y Temprano Americano que hacían un conjunto desigual, pero coordinado por la tapicería. La encimera pulida reflejaba otro pupurrí de flores, este organizado en una jarra de barro.
—Es todo muy bello.
—Fue un riesgo, pero Gastón necesita raíces acogedoras —Patrick hizo un pequeño gesto.
Rochi sabía que no debía mirarlo tan fijamente, pero la presencia de Patrick definitivamente la había tomado por sorpresa.
Él pasó la mano sobre la parte superior de la mesa.
—Te preguntas que hace alguien con mi gusto en un lugar como este, ¿no es verdad?
—¿Preguntarme? —se estaba muriendo de curiosidad, pero era demasiado educada para hacer cualquier averiguación directa.
—Las pequeñas ciudades de Texas son terribles para un homosexual.
—No, no me lo imagino.
Un parpadeo de tristeza cruzó su cara, luego desapareció.
—Te mostraré tu habitación.