miércoles, 19 de septiembre de 2012

Capitulo VII, Segunda Parte


Él abrió su puerta y la miró diciendo sin palabras que o bien salía por sí misma o la sacaba a la fuerza. Ella agarró su paraguas en el último segundo para molestarle, luego se esmeró en darle en la cabeza cuando lo abrió con un pequeño sonido.
—El sol es bestial.
—Ni mucho menos tan bestial como mi temperamento.
Él le quitó de un tirón el paraguas, lo cerró, y lo arrojó hacia atrás en el coche. Con la familia de excursionistas observando curiosamente, él la agarró del brazo y se dirigió hacia la última mesa detrás de un nudoso árbol lo cual les permitía algo de privacidad. Soltando su brazo, él la miró con unos ojos que le recordaron unos lásers quirúrgicos en lugar de las verdes marismeñas.
—Empieza desde el principio.
—¿Qué empiece, qué? —dijo ella cuidadosamente.
—Aclárame este sinsentido. Mis instintos me han estado diciendo desde que te conocí que había algo raro en esta situación, pero he cometido el error de no prestar atención. Ahora, quiero que me lo cuentes todo claro. Tengo una suspensión colgando sobre mi cabeza, mi carrera está en peligro, y eso quiere decir que no puedo permitirme el lujo de más problemas. Dime exactamente qué está pasando.
Ella nunca se había considerado medrosa, pero él parecía realmente formidable.
—Mira, no sé qué quieres decir.
—Déjame recordarte que estás en medio de un país extranjero con un hombre que recientemente ha sido suspendido por traficar con drogas y darle un puñetazo a una mujer.
Antes de que Mery se hubiera ido, le había contado a Rochi todo lo que había sucedido con el administrador de Gastón.
—No te han suspendido por traficar con drogas, y no me creo lo de esa mujer.
—Cariño, puedo enseñarte el video.
—Realmente, Gastón, este no es tu problema.
—¡Mierda! Mi carrera pende de un hilo, y no me puedo arriesgar con nada. ¿Qué relación tienes con ese tipo?
—Ya te lo he dicho. El Duque de Beddington posee St. Gert. Él es también el benefactor de la escuela.
—¿Y?
Cuando miró el gesto sombrío de su boca, sintió una punzada de nostalgia por el Gastón tonto por el que ella originalmente lo había tomado.
—Y, nada.
Él clavó los ojos en ella por un largo momento.
—Creo que te he juzgado mal. Pensaba que tenías agallas, pero ya veo que tienes más bien poco coraje.
Se sintió ofendida.
—¡Esto no tiene nada que ver contigo!
Él no la contestó, seguía mirándola, y ella podía jurar que vio decepción en su expresión. La hizo sentirse como una cobarde. Pero odiaba la idea de revelar detalles íntimos de su vida, especialmente cuando esos detalles la harían parecer patética ante sus ojos.
—Estás sacando todo esto de quicio —dijo ella.
Él esperó.
Él estaba en lo correcto. Ella era cobarde, y todo sería mucho más fácil si simplemente se lo decía. Después de eso, tal vez podría tratar de ayudarla. Si la verdad no fuera tan bochornosa...
Los dos jovencitos en la siguiente mesa de picnic empezaron a perseguirse.
Ella envidió su libertad.
—Bien, te lo contaré —dijo ella a regañadientes—. Pero me tienes que prometer que me dejarás quedarme contigo en tu rancho.
—Hablaremos de eso después de que oiga tu historia.
—No. Tienes que prometérmelo primero.
—No voy a prometer nada hasta que no haya oído lo que tienes que decir —se cruzó de brazos y se apoyó contra el tronco del árbol.
Ella reunió coraje recordándose a sí misma que no había hecho nada incorrecto, y ciertamente necesitaba conocer la opinión de Gastón Dalmau, ya que él lo vería desde otra perspectiva.
—El Duque de Beddington es un hombre muy poderoso en Inglaterra —comenzó con vacilación—. Una familia de alcurnia. Es un genio para invertir dinero en tecnología nueva, y además muy rico. Lamentablemente también está un poco loco. Él... ---Ella plegó sus pantalones cortos con sus dedos. —Pues bien, él quiere casarse conmigo.
Él la observó cuidadosamente.
—Me parece que la mayoría de mujeres se sentirían halagadas con la idea de casarse con un duque.
—Créeme, no hay nada halagador en su oferta. Él tiene dos hijas de sus anteriores matrimonios, y necesita un heredero masculino. La mujer tiene que ser aristocrática y tener una reputación inmaculada. Dios prohíba que el apellido de la familia sea ensuciado por una plebeya con una vida sexual normal —ella se dio cuenta de las implicaciones de lo que decía y siguió precipitadamente—. Sé que suena como a algo del siglo diecisiete, pero es mortalmente serio. Lo rechacé, por supuesto, pero él prestó poca atención.
Ella siguió, contándole sobre su pánico cuando Hugh amenazó con vender la escuela y el plan que ella había concebido en la desesperación.
—Tuve que estar de acuerdo, Gastón. No puedo dejar que cierre St. Gert. Pero tampoco puedo casarme con él.
Acogiendo con entusiasmo su tema, ella describió su plan para escandalizar lo justo a Beddington a fin de que él cancelara el compromiso. Cuándo acabó finalmente, Gastón clavó los ojos en ella por un momento, luego caminó hacía la mesa de picnic próxima y se sentó en el banco.
—Cuándo has dicho "una vida sexual normal", ¿qué querías decir exactamente?
Ella no podía creer que eso fuera lo único que quisiera preguntarle.
—¿Eso es lo que tienes que decir después de todo lo que te he contado?
—Lo primero es lo primero.
Los dos jovencitos persiguiéndose estaban alrededor del árbol.
—No he dicho que yo no tenga una vida sexual normal.
—Lo has insinuado. ¿Ahora, exactamente de qué clase de anormalidad estamos hablando aquí?
—¡De nada! No estamos hablando de nada.
—¿No eres en secreto una prostituta, verdad?
—¡No seas ridículo!
—Me has dicho que no eres lesbiana, y soy propenso a creerte. ¿Fetichista de pies?
—¡No!
—¿Una masoquista?
—No seas absurdo.
—¿Sádica?
—Eso es una basura.
Sus ojos se estrecharon.
—Dime en este mismo instante que no eres una pedófila.
—¡Oh, por amor de Dios, soy virgen!
Silencio.
Sus mejillas se pusieron calientes.
—¡Vamos, Ríete! Sé que lo estás deseando.
—Déjame recobrar el aliento primero —sus ojos fueron a la deriva a sus senos—. ¿Cómo consigue alguien llegar a tu edad y permanecer aún virgen?
—Simplemente ha ocurrido, eso es todo. No he hecho nada especial para que sea así —subió su barbilla un poco más alto—. Estaba ocupada, y no se me dan bien los hombres.
—Debe ser por esa personalidad tan mandona.
—No he pedido tu opinión.
Un grito del mayor de los niños la distrajo. Observó cómo se peleaban y la cabeza del menor estaba peligrosamente cerca del borde afilado de la tabla de la mesa de picnic.
—¡Mucho ojo, niños! Si queréis pelear, hacerlo por allí.
Los hermanos se detuvieron y clavaron los ojos en ella. Corrieron hacia sus padres. Gastón puso los ojos en blanco.
—¿Es que no puedes evitarlo?
Ella le volvió la espalda.
—Sabía que serías duro con esto. Por eso no te lo quería contar.
Él se levantó y se puso delante de ella.
—Por supuesto que estoy siendo duro, te metiste en mi cama hace dos noches sin mencionar esta información tan particular.
—No era relevante.
—Seguro como que hay infierno que era relevante para mí.
—¿Por qué? ¿Qué diferencia puede haber?
—Una diferencia grande. ¡Me estabas usando!
Ella clavó los ojos en él, sintiéndose enojar y los comienzos de un tipo adverso de diversión.
—Según recuerdo fue a la inversa. ¿Siempre tratas de dar la vuelta a la tortilla para que parezca que tú eres la víctima?
Él la miró ceñudo.
—¿Tienes idea de lo patético que eres? —dijo ella.
—¿Yo? —sus cejas subieron rápidamente—. Tú eres la que nunca se lo ha montado.
—La vida es algo más que el sexo.
—Sí, pero es que tampoco juegas al golf —él echó a andar hacía el coche, pareciendo más contrariado de lo que tenía derecho a estar.
Ella marchó después de él.
—Eres la persona más egoísta y egocéntrica que alguna vez he conocido. Acabo de contarte como mi vida se deshace, y todo en lo que puedes pensar es en como esto te afecta a ti.
—Maldita sea —él se giró para enfrentarla—. Escúchame, Rochi. La única forma de quitarme esta suspensión es conservar mi reputación más limpia que una patena. Ahora, acerca de cómo puedo conseguirlo, nos va a provocar un conflicto, porque tú estás decidida a destruir la tuya.
—No tengo otra opción.
—Claro que la tienes. La respuesta para tu problema es tan evidente como la nariz en tu cara —señaló con su dedo hacía el coche—. ¡Llama en este momento al condenado duque y dile que no tienes la menor intención de casarte con él!
—¿Es qué no has oído nada de lo que te he dicho? Si no estoy de acuerdo en esto, venderá St. Gert.
—¿Y cuál es el problema? Puedes conseguir otro trabajo —abrió la puerta y entró.
Ella corrió hacía el otro lado y zarandeó la manija hasta que él finalmente abrió.
—No sabes lo que dices —entró dentro—. San Gert es especial. He comenzado un programa nuevo para estudiantes con becas. Si la escuela se cierra, quedarán abandonadas. Y St. Gert es mi casa. La única que alguna vez he tenido.
—Es simplemente un montón de ladrillos viejos.
—No para mí. Oh, ¿por qué me molesto? Sabía que no me entenderías.
—Lo que no entiendo es cómo has dejado que esto se te complique tanto.
—Beddington no es estúpido. Si mi comportamiento es demasiado patente, él se dará cuenta lo que estoy tratando de hacer y cumplirá su amenaza de demoler St. Gert, justamente para castigarme por desafiarle. Tengo que ser sutil, hacerle creer que ha juzgado mal mi carácter mientras finjo estar de acuerdo con él.
Él la miró ceñudo y metió las llaves en el contacto.
—Pues bien, no me voy a acostar contigo, si es que es eso lo que tienes en mente.
—¡No tengo el menor deseo de acostarme contigo!
Por alguna razón enloquecedora, pareció apaciguarse. Sus manos se volvieron descuidadas en la llave, y sus ojos hicieron un viaje perezoso a lo largo de los botones de su blusa.
—Pues si que querías la otra noche, Queen Elizabeth.
Ella esperó que él no hubiera visto su piel de gallina. Para compensarlo, se puso más derecha en el asiento.
—Eso era cuando pensaba que eras honorable.
—¿Honorable? —su exasperación regresó—. Te dije que era un gigoló.
—Por lo menos hacía que fueras accesible.
—Todo lo que decía eran mentiras.
—Sí, pues bien, no conocía eso entonces —inhaló por la nariz—. Y si decido acostarme con alguien en estas dos semanas, no será contigo.
—¡No te vas a acostar con nadie en estas dos semanas! Mientras estés bajo mi cuidado, vas a volver a casa en la misma condición prístina como llegaste aquí. Cuando pierdas tu virginidad, Rocío, lo harás cuando llegue el momento y no con alguien que acabas de conocer.
Ella comenzó a responder, pero sus palabras se esfumaron cuando sus ojos miraron su boca. Lentamente su expresión cambió. Ella observó que sus labios se separaban muy ligeramente y sus ojos se ensombrecían. Se sintió insensata.
Después de toda su cháchara de que no quería acostarse con él, sabía que estaba mintiendo más que un sacamuelas porque le gustaba todo de él. Su cara, su cuerpo larguirucho, su acento texano, incluso su peculiar sentido del humor. Ella se odiaba a sí misma por eso, pero en alguna parte dentro de ella maldecía haber encontrado esa revista antes de terminar de hacer el amor con él.
Él cerró con fuerza los ojos y los apartó de ella.
—¡Y por supuesto, vas a alojarte en un hotel!
—¡De eso nada! —para nada se iba a quedar en un hotel. Eso era exactamente lo que esperaba Beddington de ella—. No me gusta mencionar esto, pero me obligas a recordarte que puedo llamar a Eugenia en cualquier momento.
—Deja a Eugenia fuera de esto.
—Te olvidas que me encuentro en una situación desesperada. Y creo que Eugenia se sentirá horrorizada cuando le cuente como me emborrachaste, y me arrastraste a una horrible sala de tatuajes dónde me han desfigurado de por vida.
—¿No ves que hago esto por tu bien? ¿No te das cuenta que vivir los dos bajo el mismo techo es francamente estúpido?
—Ya sé que discutimos bastante, pero si lo intentamos, seguro que podemos ser educados.
—No hablo de nuestras discusiones.
—Entonces, ¿de qué?
Él suspiró profundamente.
—Para ser una mujer lista, es raro que no veas esto peligroso.
Ella le miró más atentamente. ¿Podía él sentirse atraído por ella? Ella se irguió más. No era momento para permitirse fantasías. Además, él era un hombre de mundo, y ella casi una vieja chocha.
—Bien —dijo él—. Tú ganas esta ronda. Puedes quedarte en mi rancho, pero te va a costar doscientos dólares al día.
Eso arrasaría su ganancia.
—Cien dólares.
—Doscientos cincuenta.
—Bien —dijo ella precipitadamente—. Doscientos.
Viajaron los siguientes kilómetros en silencio, pero hasta el glorioso paisaje no pudo levantar sus espíritus. Ella no quería seguir hablando de sus problemas, así qué pensaría en otras cosas. Antes de darse cuenta, estaba pensando en Mery Dalmau.
—¿No encuentras semejanzas entre mi situación y la de tu hermana? ¿No te parece una coincidencia?
—No es ninguna coincidencia. Una cierta entrometida inglesa ha metido la nariz dónde no la llaman. Y no hablo de ti, precisamente.
—Pero Eugenia no sabe nada de mi situación con Hugh.
—Eugenia lo sabe todo. ¿Cómo crees que ha conseguido mantenerse en la televisión tantos años? Ella es casi como Dios, excepto más atractiva físicamente.
—La voy a llamar esta noche para preguntarla.
Él ajustó la visera solar.
—Puedes preguntarle todo lo que quieras, pero si Eugenia no quiere, no te va a decir gran cosa.
—¿Piensas que tiene algún plan detrás de juntarnos a nosotros?
—Puedes apostarte algo.
—Pero, ¿qué podría ser?
—Sadismo. Si vives con el Anticristo mucho tiempo, te vuelves como él.

En el lujoso dormitorio de una casa alquilada en Palm Beach, Florida, una elegante y bella inglesa de cuarenta y cuatro años con pelo rubio y una cara en forma de corazón se envolvía en las sábanas color melocotón y daba un suspiro de satisfacción al contemplar la marca en la almohada a su lado. El tiempo sólo había mejorado las técnicas de hacer el amor de su marido.
La ducha continuaba en el cuarto de baño, y sonrió suavemente cuando se preguntó cómo les iría a Rochi y a Gastón. Reunirlos había sido definitivamente malvado, pero Eugenia Suárez Riera no se resistía a un buen romance, parecido a su historia de amor. Aunque no era exactamente un caso de historia que se repite, ya que Rochi no tenía ninguna semejanza con la pequeña muchacha mimada y rica que Eugenia había sido cuando Nicolás Riera la había recogido en una carretera secundaria de Louisiana hacía ya veintitrés años.
Desde el momento que Eugenia había conocido a Rochi, había sentido un parentesco con ella. Bajo su profunda inteligencia y su bondad innata, ella vislumbró su soledad.
Entonces allí estaba Gastón Dalmau... Su lindo e infeliz Gastón... Los ojos de Eugenia se cerraron y recordó a otro golfista profesional también texano que había puesto en peligro su juego por pasar demasiado tiempo luchando con sus demonios internos.
De todos modos, ¿Rochi y Gastón? ¿En qué podría ella haber estado pensando? Si no hubiera sido por la situación de Mery, nunca los habría conectado en su mente.
Las fuentes de Eugenia eran impecables, y se enteró de la peculiar búsqueda de Beddington de una prometida casi al mismo tiempo que él. De inmediato, vio las similitudes entre la situación de Rochi y la de Mery. Eso le había hecho a ella pensar acerca de Gastón, y luego la imagen más increíble de Gastón y Rochi juntos había tomado forma en su mente. Era ridículo, claro está, creer que dos personas tan diferentes pudieran ayudarse. Pero, cosas más extrañas había visto.
El agua dejó de correr en el cuarto de baño. Ella se estiró perezosamente, si bien tenía miles de cosas que hacer. Primero necesitaba llamar a su mejor amiga, Holly Riera Jaffe, que fue la primera esposa de Nico, y ahora era madre de cuatro niños, cinco si se contaba a Gerry, su marido, como decía ella. Luego necesitaba ponerse manos a la obra. La elaboración de un especial mensual en la televisión no se hacía por accidente, y tenía una larga lista de llamadas para hacer, empezando por su productor en Nueva York.
La puerta del cuarto de baño se abrió, y ella se olvidó completamente de sus llamadas cuando oyó la voz profunda y lenta de su marido.
—Ven aquí, Fancy Pants.

El rancho de Gastón se ubicaba en un valle al sur de Wynette. Él pasó de la carretera principal a una más estrecha, luego se dirigió hacía una senda marcada por un par de pilares de caliza con un arco de hierro forjado rústico.
—Mi propiedad arranca aquí.
Rochi oyó la nota sutil de orgullo en la voz Gastón.
Condujeron a través de la entrada, después de un huerto de melocotones en pleno umbral para entrar en flor, y a través de un ancho puente de madera que se extendía a lo largo de un río poco profundo, y de aguas cristalinas.
—Este es el Pedernales. Se inunda con las grandes tormentas y cubre el puente, pero todavía adoro tenerlo en mi patio delantero.
Y eso es exactamente lo que era, pensó Rochi, su patio delantero. La casa de rancho de Gastón se asentaba al final de un terreno de césped protegido del sol por varios robles perennes. La casa en sí misma era una estructura llena de gracia construida de piedra caliza crema con contraventanas azules. Las chimeneas gemelas se elevaban desde el tejado de zinc que ya había visto sobre tantos edificios en la zona, y una veleta con un caballo galopando giraba perezosamente con la brisa de abril. Había mecedoras grandes de madera colocadas en el porche delantero, ampliando una invitación silenciosa de descansar por un rato y mirar el camino que serpentea del Pedernales. A un lado, ella vislumbró un molino de viento, una caseta de caliza estable, y una valla blanca que rodeaba un pasto pintoresco donde unos caballos pastaban.
—¡Tienes caballos! —exclamó cuando él se detuvo en el camino al lado de la casa.
—Sólo dos. Sombra y China.
Ella podía ver su afecto por los animales en su sonrisa, y trató de complacerlo.
—Querido Gastón, lo tienes todo. Caballos, esa bella casa en Dallas, este maravilloso rancho...
—Sí. Normal en un niño que nació con una cuchara de plata en la boca, ¿no es eso?
Se alarmó al oír un tinte débil de amargura en su voz, y ella inclinó la cabeza para mirarle.
—¿Hizo esa cuchara de plata que consiguieras todo esto mágicamente?
—Supongo que trabajé para ello —dijo de mala gana—. Si es que puedes decir que mi profesión es un trabajo.
Por su expresión parecía que él no lo creía. Rochi encontró curioso que no estuviera más orgulloso de lo que había logrado.
—Llamo a eso trabajo. Estoy segura que nadie te dio esos campeonatos simplemente por tu cara bonita. También parece que te quieren un buen número de patrocinadores.
—Es que soy un chico muy guapo —le lanzó una sonrisilla presumida y sacó sus maletas del coche sin esperar que ella se lo pidiera. Ambos actos la distrajeron, lo cual era probablemente lo que él intentaba cuando se adelantó a ella hacía el porche delantero.
Tan pronto como llegó, la puerta se abrió y un joven en los finales de la veintena salió apresurado. Tenía una constitución menuda, el pelo rizado teñido de color zanahoria, ojos más bien saltones, y una sonrisa enorme.
—¡Gastón! Déjeme coger esto antes de que te caigas para atrás. ¿En qué estabas pensando? —le quitó de un tirón la maleta—. Eres malo, malísimo por no llamarme y decirme que venías. Apenas he podido preparar la casa. Si Mery no hubiera llamado para avisarme, no sé lo que habría hecho.
—Lo siento. Fue una decisión de último momento —Gastón siguió al joven por un fresco pasillo, tranquilo, el cual estaba pintado en franjas anchas, vainilla y beige oscuro—. Patrick, ésta es Rocío. Ella va a quedarse aquí unos días. Desafortunadamente. Acomódala lo más lejos de mí como te sea posible. Rochi, éste es Patrick. Mi ama de llaves.
Rochi miró al joven curiosamente. Realmente, Gastón conocía a las personas más extraordinarias.
—¿Rocío? —exclamó Patrick—. Por favor, Dios, dime que eres verdadera y no otra stripper.
El hombre era tan encantador que fue imposible no sonreír.
—Soy verdadera, pero por favor, llámame sólo Rochi.
Patrick se puso una mano en la pechera de su camisa de seda verde neón.
—Oh, Dios Mío. Tienes un acento fabuloso.
Ella no pudo resistirlo, y miró por encima a Gastón, que hojeaba una pila de correo que estaba encima de una mesa pequeña de madera que también tenía un florero de majolica con flores primaverales.
—¿Otra stripper?
—No me mires —dijo él—. Mery fue quién la trajo.
Los ojos de Patrick brillaron.
—Tu madrastra va a tener un orgasmo público cuando conozca a Lady Rochi.
—¿Te importa? —Gastón gruñó.
—Ya, ya. ¿Alguien te ha contrariado, verdad? Creo que tengo un maravilloso Clos du Roy, cosecha de 1990 que arreglará eso —él recogió su maleta—. Ven, Rocío, te mostraré tu habitación mientras Gastón repone su cara feliz.
—Sólo Rochi —dijo con un suspiro.
Gastón sonrió sin mirar encima del correo.
Cuando seguía a Patrick hacia las escaleras, contempló una sala de estar a la derecha donde las paredes estaban cubiertas en la misma vainilla de faux—paint y las franjas beiges como el pasillo. Los sillones de orejas, un sofá acogedor, y alfombras orientales gastadas daban al cuarto una apariencia confortable, acogedora.
Patrick notó que ella se interesaba en la decoración.
—¿Quieres ver el resto del primer piso?
—Me gustaría mucho.
—La cocina es lo mejor. Gastón absolutamente vive allí cuando está en casa.
Él colocó en el suelo su equipaje, luego la llevó de regreso a lo largo del pasillo a una cocina enorme que se extendía en una L espaciosa a través de la parte posterior de la casa. Ella parpadeó por la sorpresa.
—Es preciosa.
—Gracias. Yo la diseñé.
Las paredes y el cielo raso estaban pintados de un amarillo brillante, alegre, mientras el suelo con sus grandes tejas de terracota añadían más calor. Un área informal de distribución de los asientos, situado delante de la chimenea, contenía un sofá con un diseño floral y cojines de coral amarillo, y esmeralda, junto con varias sillas confortables. Dos puertas correderas daban acceso a una especie de solana, la luz lo llenaba todo, saltando por encima del conjunto imponente de pinturas abstractas coloridas que cubría las paredes.
En el área de comer había una ventana salediza y una mesa de comedor elegante estilo Regencia, la cual estaba rodeada de una mezcolanza de confortables sillas Louis XVI, Chippendale, y Temprano Americano que hacían un conjunto desigual, pero coordinado por la tapicería. La encimera pulida reflejaba otro pupurrí de flores, este organizado en una jarra de barro.
—Es todo muy bello.
—Fue un riesgo, pero Gastón necesita raíces acogedoras —Patrick hizo un pequeño gesto.
Rochi sabía que no debía mirarlo tan fijamente, pero la presencia de Patrick definitivamente la había tomado por sorpresa.
Él pasó la mano sobre la parte superior de la mesa.
—Te preguntas que hace alguien con mi gusto en un lugar como este, ¿no es verdad?
—¿Preguntarme? —se estaba muriendo de curiosidad, pero era demasiado educada para hacer cualquier averiguación directa.
—Las pequeñas ciudades de Texas son terribles para un homosexual.
—No, no me lo imagino.
Un parpadeo de tristeza cruzó su cara, luego desapareció.
—Te mostraré tu habitación.

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