lunes, 24 de septiembre de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veintiuno

Casi había llegado a Lirios del campo cuando Gastón la alcanzó.
-¡Rochi!
-Vete -espetó ella.
-¿Soy tu premio?
-Sólo cuando estás desnudo. Cuando llevas la ropa pues­ta, eres una cruz que debo soportar.
-Deja de hacerte la impertinente.
Todo se derrumbaba. Eddie Dillard iba a presentarse al día siguiente y Gastón ya había encontrado a alguien que se encargaría del campamento. Peor aún, ella nunca represen­taría para Gastón lo que él representaba para ella.
Gas le tocó el brazo.
-Ya sabes que quieren lo mejor para ti. No dejes que te hundan.
Gastón no entendía que no eran ellos los que la estaban hundiendo.


Julia no quiso mirar el reloj mientras se dirigía hacia la ventana. Los Riera habían logrado por fin acorralar a Gas y Rochi, pero no consideraba que la confrontación pu­diera haber sido productiva. Su hijo y su mujer no parecían saber qué querían de su relación, por lo que Julia dudó de que se lo pudieran explicar a su familia.
A Julia enseguida le habían caído bien los Riera, y su presencia allí durante aquellos últimos cinco días le había ayudado a soportar el peso que sentía en su corazón. Era evi­dente que amaban a Rocío, e igual de evidente que veían a Gas como una amenaza, aunque Julia empezaba a sospe­char que Gastón era un peligro tan grande para sí mismo como lo era para Ro.
Las nueve treinta... Julia se acercó al armario rinconero donde había dejado la colcha, pero cogió una revista. No ha­bía podido trabajar en su colcha desde el domingo, cuando Liam le había dado su ultimátum. Y ya era jueves.
«Ven a mi casa el jueves por la noche... Si no te presentas, no vendré a buscarte.»
Julia intentó inventarse algún resentimiento contra él, pero no lo consiguió. Comprendía perfectamente por qué lo había hecho, y no podía culparle. Ambos eran demasiado mayores para andarse con juegos.
9.34... Pensó en Gastón durmiendo en el dormitorio del piso de abajo. Le gustaba dormirse sabiendo que compar­tían el mismo techo. Cuando se cruzaban por los pasillos, se sonreían y charlaban un poco. En un tiempo, eso habría si­do más de lo que podía esperar. En aquel momento, ya no era suficiente.
9.35... Se concentró en pasar las páginas de la revista, lue­go abandonó y estuvo deambulando por la habitación. ¿Pa­ra qué sirven las lecciones de la vida si no les prestas atención?
A las diez y media, se obligó a desvestirse y se puso el camisón. Se acostó en la cama y se quedó mirando las pági­nas de un libro que hacía menos de una semana la había he­cho disfrutar. Pero ya no se acordaba de nada. «Liam, te echo tanto de menos...» Era el hombre más extraordinario que ja­más había conocido, aunque Craig también había sido ex­traordinario y la había hecho infeliz.
Cuando alargó la mano para apagar la luz, su mundo le pareció más pequeño que nunca y su cama, terriblemente so­litaria.
Eddie Dillar era grandullón, afable y ordinario, el tipo de hombre que llevaba una cadena de oro, eructaba, se rasca­ba la entrepierna, llevaba un fajo en un sujetabilletes y decía...
-Gas, machote. ¿A que sí, Larry? ¿A que Gas es un ma­chote?
-Claro que sí -asintió Larry. Gas era definitivamente un machote.
Dillard y su hermano habían aparecido a última hora de la mañana en un todoterreno negro. Ahora estaban sentados en la mesa de la cocina, comiendo bocadillos de salami y en­gullendo cerveza mientras Eddie se relamía ante la perspec­tiva de ser el propietario de un campamento de pesca y Larry se relamía ante la perspectiva de administrarlo para él. Para consternación de Rocío, todos parecían darlo por hecho.
Aquél sería un lugar, dijo Eddie, donde los hombres po­drían poner los pies sobre la mesa, relajarse y librarse del «co­ñazo de la parienta». Esto último lo dijo con un guiño, indi­cando claramente (de hombre a hombre) que ninguna mujer le daba el coñazo a Eddie Dillard.
A Rochi le entraron ganas de vomitar. Pero no lo hizo: se concentró en colocar un jaboncito en uno de esos cestitos para artículos de tocador que dejaba en cada uno de los baños. Rocío no sabía cuál de los dos le desagradaba más: Eddie o su repugnante hermano Larry, que tenía pensado quedarse a vivir en la planta superior de la casa mientras dirigía el cam­pamento de pesca.
Ro miró a Gastón, que estaba apoyado en la pared be­biendo cerveza de un botellín. No eructó. Cuando Eddie ha­bía llegado, Gas intentó librarse de ella, pero no pensaba ir a ninguna parte.
-¿Qué Larry? -le dijo Eddie a su hermano-. ¿Cuán­to crees que puede costar pintar esas casitas tan cursis?
Rocío dejó caer con fuerza una de las botellitas de cham­pú de cristal.
-Las casitas están recién pintadas. Y son muy bonitas.
Eddie pareció haber olvidado que ella estaba allí. Larry se rió y sacudió la cabeza.
-Sin ánimo de ofender, Rosita, pero esto será un cam­pamento de pesca y a los tíos no nos gustan los colores pas­tel. Lo pintaremos todo de marrón.
Eddie señaló a Larry con su botellín.
-Sólo pintaremos las casitas del medio, las que están junto al cómo-se-llame comunitario ese. El resto las demo­leremos. Demasiados costes de mantenimiento.
A Rocío se le paró el corazón. Lirios del campo no esta­ba junto al espacio comunitario. Su casa parvulario de colo­res rosa, azul y amarillo iba a ser demolida. Se olvidó de los cestos de tocador y exclamó:
-¡No puedes demoler esas casitas! ¡Tienen historia! Tienen...
-La pesca es muy buena por aquí -la interrumpió Gastón, con el ceño fruncido-. Róbalo de boca grande y peque­ña, perca, pez sol. La semana pasada oí a un tipo del pueblo hablando del lucio de tres kilos que había sacado del lago.
Eddie se dio una palmadita en la barriga y se relamió.
-Me muero de ganas de subirme a esa barca.
-Este lago es demasiado pequeño para lo que queréis-dijo Rochi desesperadamente-. Hay una limitación es­tricta para el tamaño de los motores fuera borda. Ni siquie­ra se puede hacer esquí acuático.
Gastón le lanzó una mirada inequívoca.
-No creo que Eddie tenga pensado dar de comer a una multitud de  esquiadores acuáticos.
-No. Sólo pescadores. Levantarme por la mañana, dar­le a todo el mundo un termo de café, una bolsa de rosquillas y algunas cervezas, y que salgan al lago mientras la niebla to­davía cubre las aguas. Que vuelvan tras un par de horas a por bocatas y cerveza, se echen la siesta, jueguen al billar...
-Creo que deberíamos poner la mesa de billar allí -dijo Larry señalando hacia la puerta principal de la casa-. Junto a una pantalla gigante de televisión. Cuando hayamos tirado todos los tabiques entre las habitaciones, quedará todo junto: la mesa de billar, la tele, el bar y la tienda de cebos.
-¡Una tienda de cebos! ¡Van a poner una tienda de ce­bos en esta casa!
-Rocío -dijo Gastón con tono admonitorio. Al oírlo, Eddie le miró con compasión. Gas entornó los ojos y le sugirió a Rocío-: Tal vez será mejor que vayas a ver qué hace Amy.
Haciendo oídos sordos, Rochi cargó con toda la artillería contra Eddie.
-Hace años que viene gente a este lugar. El campamen­to tiene que seguir tal como está, y la casa de huéspedes, tam­bién. La casa está llena de antigüedades y se conserva de ma­ravilla. E incluso da beneficios. No demasiados, pero lo bastante para cubrir gastos.
Eddie soltó una carcajada y exhibió gran parte de su boca­dillo de salami. Todavía con la boca abierta, le dio un codazo a su hermano y le gritó:
-¿Qué, Larry? ¿Te apetece dirigir una casa de huéspedes?
-Sí, claro -dijo Larry alcanzando su cerveza-. Mien­tras haya una mesa de billar, televisión por satélite y no haya mujeres.
-Rocío... Fuera. -Gastón señaló la puerta con la cabeza. Eddie rió al ver cómo ponían en su sitio a aquella mujer. Rochi apretó los dientes y dibujó una sonrisa rígida en sus labios.
-Ya me voy, cariño. Y sobre todo, límpialo todo bien cuando termines con tus amigos. Y no te olvides de ponerte el delantal, recuerda que la última vez que lavaste los platos te salpicaste.
¡Eso sí que era dar el coñazo!
Después de cenar, Rocío alegó dolor de barriga ante sus sobrinos y les dijo que tendrían que dormir en su casita. Se sin­tió culpable porque era su última noche en el campamento, pero no tenía otra opción. Se puso unos vaqueros, apagó la luz y se acurrucó en la silla junto a la ventana abierta. Y esperó.
No había que temer que pudiera aparecer Gas. Se ha­bía ido al pueblo con los hermanos Dillard, donde, si existía la justicia, se emborracharía y terminaría con una resaca de campeonato mundial. Tampoco habían hablado en toda la tarde.
Durante el té había notado claramente que Gastón estaba enfadado con ella, pero no le importó, porque el enfado era mutuo. «Estás hecho un machote...» Estaba hecho un tonto de capirote. Vender el campamento ya era malo de por sí, pero vendérselo a alguien que tenía la intención de destruir­lo era demasiado, y Ro nunca se lo habría perdonado si no hubiera intentado al menos evitarlo.
Lirios del campo estaba demasiado aislada como para po­der verles llegar cuando regresaran del pueblo, pero el cam­pamento era lo bastante silencioso como para oírles. Como era de esperar, poco después de la una de la madrugada llegó hasta su ventana el sonido de un motor. Se irguió en la silla, y deseó que no hubiera demasiadas lagunas en su plan, porque era el único que tenía.
Se puso las zapatillas deportivas, cogió la linterna que ha­bía cogido de la casa de huéspedes y, después de dejar a Cafre en la casita, se puso manos a la obra. Cuarenta y cinco minu­tos más tarde ya se había colado en el interior de Cordero de Dios, donde Eddie y Larry pasaban la noche. Justo después de que se hubieran ido al pueblo, había comprobado cuál era el dormitorio de Eddie. Cuando entró, la habitación olía a licor rancio.
Mientras se iba acercando, Rocío contempló al zoquete grandullón y borracho que dormía bajo las sábanas.
-¿Eddie?
El zoquete no se movió.
-Eddie -volvió a susurrar Rochi con la esperanza de no despertar también a Larry y poder tratar así con sólo uno de ellos-. Eddie, despierta.
Eddie se agitó y se le escapó una ventosidad. A alguien tan asqueroso no se le debería permitir la entrada en el Bos­que del Ruiseñor.
-Sí... ¿sí? -dijo abriendo lentamente los ojos-. ¿Qué pasa...?
-Soy Rocío -susurró-. La esposa separada de Gastón. Tengo que hablar contigo.
-¿Qué...? ¿De qué se trata?
-Se trata del campamento de pesca. Es muy importante.
Eddie intentó incorporarse, pero cayó de nuevo sobre la almohada.
-No te molestaría si no fuera importante. Te esperaré fue­ra mientras te vistes. Ah, y no hace falta que despiertes a Larry.
-¿Tiene que ser ahora?
-Me temo que sí. A menos que quieras cometer una te­rrible equivocación. -Rochi salió corriendo de la habita­ción, con la esperanza de que él se levantaría.
Pocos minutos después, Eddie apareció por la puerta Principal arrastrando los pies. Rocío se llevó un dedo a los la­bios y le hizo un gesto para que la siguiera. Iluminando el te­rreno con la linterna, Ro cruzó el espacio comunitario por un extremo y emprendió el camino de vuelta hacia Li­rios del campo. Sin embargo, antes de llegar allí torció ha­cia el bosque y se dirigió al lago.
El viento había cobrado fuerza. Rocío notó que se pre­paraba una tormenta y rezó para que no cayera antes de fi­nalizar el plan. Eddie apareció junto a ella, como la sombra de una mole.
-¿Qué pasa?
-Hay algo que tienes que ver.
-¿Y no podría ser mañana por la mañana?
-Ya será demasiado tarde.
Eddie se enredó con una rama.
-¡Mierda! ¿Gas está enterado de esto?
-Gastón no quiere enterarse.
Eddie se paró.
-¿Qué quieres decir con eso?
Rocío mantuvo la linterna apuntando hacia el suelo.
-Quiero decir que no te está engañando deliberadamen­te. Sólo ha pasado por alto algunos detalles.
-¿Engañarme? ¿De qué coño estás hablando?
-Ya sé que me tomabas por tonta a la hora de comer, pero tenía la esperanza de que me escucharas. Si lo hubieras hecho podríamos habernos evitado todo esto -dijo reem­prendiendo la marcha.
-¿Evitarnos el qué? Será mejor que me digas de qué va todo esto.
-Enseguida lo verás.
Eddie tropezó unas cuantas veces más antes de llegar fi­nalmente junto al lago. Los árboles se agitaban con el vien­to, y Rocío reunió tanto valor como pudo.
-No me gusta tener que ser yo quien te enseñe esto, pero hay un... problema con el lago.
-¿Qué clase de problema?
Rocío barrió lentamente con la luz de la linterna la zona donde las olas del lago lamían la orilla, hasta que encontró lo que andaba buscando.
Peces muertos flotando en el agua.
-¿Qué rayos...?
Rochi iluminó los vientres plateados de los peces y de­volvió el rayo de luz hacia la orilla.
-Eddie, lo siento mucho. Ya sé que tienes puesto el co­razón en un campamento de pesca, pero los peces de este lago se están muriendo.
-¿Muriendo?
-Estamos ante una catástrofe ecológica. Se están fil­trando toxinas en las aguas desde un vertedero subterráneo secreto de residuos químicos. Costaría millones solucionar el problema, y el ayuntamiento no dispone del dinero. Como la economía local depende de los turistas, lo están encubrien­do y nadie admitirá públicamente que hay un problema.
-Joder-dijo arrebatándole la linterna y enfocando de nuevo hacia los peces muertos-. ¡Es increíble que Gas pue­da hacerme algo así!
Aquélla era la laguna más evidente de su plan, e intentó superarla con una presentación dramática.
-Es un caso de negación, Eddie. Un caso terrible, terri­ble Gastón creció aquí, éste es el último lazo que le une a sus padres, y es incapaz de aceptar que el lago se está muriendo, por lo que se ha convencido a sí mismo de que no pasa nada.
-¿Y cómo se explica los putos peces muertos?
Muy buena pregunta. Rocío replicó lo mejor que pudo.
-No se acerca al lago. Es tan triste... Su negación es tan profunda que... -Lo asió del brazo e imitó a la actriz Susan Lucci-: Oh, Eddie, ya sé que no es justo que te lo pida, pero ¿crees...? ¿Podrías decirle simplemente que has cambiado de idea y no confrontarle con la realidad? Te juro que no ha in­tentado engañarte deliberadamente, y le destrozaría el cora­zón pensar que ha destruido vuestra amistad.
-Sí, bueno, yo diría que lo ha hecho.
-Gastón no está bien, Eddie. Es un problema mental. En cuanto regresemos a Chicago, me aseguraré de que le vea un psicoterapeuta.
-Mierda -dijo Eddie conteniendo la respiración-. Eso podría mandar a tomar por saco su juego de pases.
-Buscaré un psicoterapeuta deportivo.
Eddie no era un completo idiota, y le hizo preguntas sobre el vertedero subterráneo. Rocío se extendió en su historia incluyendo todos los clichés de Erin Brockovich que pudo recordar e inventándose el resto. Cuando hubo acabado, ce­rró con fuerza las manos en un puño y esperó.
-¿Estás segura de todo esto? -dijo Eddie por fin.
-Ojalá no lo estuviera.
Eddie arrastró los pies y suspiró.
-Gracias, Rosi, te lo agradezco. Eres muy enrollada.
Rochi dejó escapar todo el aire que había estado conte­niendo.
-Tú también, Eddie. Tú también.
La tormenta se desató justo después de que Rocío caye­ra rendida en la cama, pero estaba tan agotada que apenas la oyó. Hasta la mañana siguiente, cuando se despertó al oír unos pasos subiendo pesadamente en las escaleras de la entrada. No se obligó a abrir los ojos. Pestañeó y miró el reloj. ¡Eran más de las nueve! Se había olvidado de poner el despertador y nadie la había despertado. ¿Quién había preparado el de­sayuno?
-¡Rocío!
Oh, oh...
Cafre entró corriendo en la habitación, y detrás apareció Gastón, como un seductor nubarrón de tormenta. Sus espe­ranzas de que las lagunas de su plan no se volvieran en su con­tra estaban a punto de desvanecerse. A pesar de su súplica, Eddie debía de haber hablado con Gas, y a Rocío le iba a costar muy cara la broma.
Se incorporó en la cama. Tal vez podría distraerle.
-Deja que me cepille los dientes, soldadito, y te llevaré al paraíso.
-Rocío...
La voz de Gastón tenía un tono grave admonitorio, el mis­mo tono que había oído en Una noche con Nick cuando Des¡ se había enfrentado a Lucy. Rochi tendría que dar explica­ciones.
-¡Tengo que hacer pis!
Rocío se incorporó, pasó corriendo junto a Gastón hacia el baño y cerró la puerta.
Gas dio una palmada en la hoja de la puerta.
-¡Sal de ahí!
-Enseguida. ¿Querías algo?
-Sí, claro que quiero algo. ¡Quiero una explicación!
-¿Eh? -dijo cerrando los ojos con fuerza y esperando lo peor.
-¡Quiero que me cuentes qué hace un atún en mi lago!

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