Casi había llegado a Lirios del campo
cuando Gastón la alcanzó.
-¡Rochi!
-Vete -espetó ella.
-¿Soy tu premio?
-Sólo cuando estás desnudo. Cuando llevas
la ropa puesta, eres una cruz que debo soportar.
-Deja de hacerte la impertinente.
Todo se derrumbaba. Eddie Dillard iba a
presentarse al día siguiente y Gastón ya había encontrado a alguien que se
encargaría del campamento. Peor aún, ella nunca representaría para Gastón lo
que él representaba para ella.
Gas le tocó el brazo.
-Ya sabes que quieren lo mejor para ti.
No dejes que te hundan.
Gastón no entendía que no eran ellos los
que la estaban hundiendo.
Julia no quiso mirar el reloj mientras se
dirigía hacia la ventana. Los Riera habían logrado por fin acorralar a Gas y
Rochi, pero no consideraba que la confrontación pudiera haber sido productiva.
Su hijo y su mujer no parecían saber qué querían de su relación, por lo que Julia
dudó de que se lo pudieran explicar a su familia.
A Julia enseguida le habían caído bien
los Riera, y su presencia allí durante aquellos últimos cinco días le había
ayudado a soportar el peso que sentía en su corazón. Era evidente que amaban a
Rocío, e igual de evidente que veían a Gas como una amenaza, aunque Julia empezaba
a sospechar que Gastón era un peligro tan grande para sí mismo como lo era
para Ro.
Las nueve treinta... Julia se acercó al
armario rinconero donde había dejado la colcha, pero cogió una revista. No había
podido trabajar en su colcha desde el domingo, cuando Liam le había dado su
ultimátum. Y ya era jueves.
«Ven a mi casa el jueves por la noche...
Si no te presentas, no vendré a buscarte.»
Julia intentó inventarse algún
resentimiento contra él, pero no lo consiguió. Comprendía perfectamente por qué
lo había hecho, y no podía culparle. Ambos eran demasiado mayores para andarse
con juegos.
9.34... Pensó en Gastón
durmiendo en el dormitorio del piso de abajo. Le gustaba dormirse sabiendo que
compartían el mismo techo. Cuando se cruzaban por los pasillos, se sonreían y
charlaban un poco. En un tiempo, eso habría sido más de lo que podía esperar.
En aquel momento, ya no era suficiente.
9.35... Se concentró en pasar las páginas
de la revista, luego abandonó y estuvo deambulando por la habitación. ¿Para
qué sirven las lecciones de la vida si no les prestas atención?
A las diez y media, se obligó a
desvestirse y se puso el camisón. Se acostó en la cama y se quedó mirando las
páginas de un libro que hacía menos de una semana la había hecho disfrutar.
Pero ya no se acordaba de nada. «Liam, te echo tanto de menos...» Era el hombre
más extraordinario que jamás había conocido, aunque Craig también había sido
extraordinario y la había hecho infeliz.
Cuando alargó la mano para apagar la luz,
su mundo le pareció más pequeño que nunca y su cama, terriblemente solitaria.
Eddie Dillar era
grandullón, afable y ordinario, el tipo de hombre que llevaba una cadena de
oro, eructaba, se rascaba la entrepierna, llevaba un fajo en un sujetabilletes
y decía...
-Gas, machote. ¿A que sí, Larry? ¿A que Gas
es un machote?
-Claro que sí -asintió Larry. Gas era
definitivamente un machote.
Dillard y su hermano habían aparecido a
última hora de la mañana en un todoterreno negro. Ahora estaban sentados en la
mesa de la cocina, comiendo bocadillos de salami y engullendo cerveza mientras
Eddie se relamía ante la perspectiva de ser el propietario de un campamento de
pesca y Larry se relamía ante la perspectiva de administrarlo para él. Para
consternación de Rocío, todos parecían darlo por hecho.
Aquél sería un lugar,
dijo Eddie, donde los hombres podrían poner los pies sobre la mesa, relajarse
y librarse del «coñazo de la parienta». Esto último lo dijo con un guiño, indicando
claramente (de hombre a hombre) que ninguna mujer le daba el coñazo a Eddie
Dillard.
A Rochi le entraron ganas de vomitar.
Pero no lo hizo: se concentró en colocar un jaboncito en uno de esos cestitos
para artículos de tocador que dejaba en cada uno de los baños. Rocío no sabía
cuál de los dos le desagradaba más: Eddie o su repugnante hermano Larry, que
tenía pensado quedarse a vivir en la planta superior de la casa mientras
dirigía el campamento de pesca.
Ro miró a Gastón, que estaba apoyado en
la pared bebiendo cerveza de un botellín. No eructó. Cuando Eddie había
llegado, Gas intentó librarse de ella, pero no pensaba ir a ninguna parte.
-¿Qué Larry? -le dijo Eddie a su
hermano-. ¿Cuánto crees que puede costar pintar esas casitas tan cursis?
Rocío dejó caer con fuerza una de las
botellitas de champú de cristal.
-Las casitas están recién pintadas. Y son
muy bonitas.
Eddie pareció haber olvidado que ella
estaba allí. Larry se rió y sacudió la cabeza.
-Sin ánimo de ofender, Rosita, pero esto
será un campamento de pesca y a los tíos no nos gustan los colores pastel. Lo
pintaremos todo de marrón.
Eddie señaló a Larry con su botellín.
-Sólo pintaremos las casitas del medio,
las que están junto al cómo-se-llame comunitario ese. El resto las demoleremos.
Demasiados costes de mantenimiento.
A Rocío se le paró el corazón. Lirios del
campo no estaba junto al espacio comunitario. Su casa parvulario de colores
rosa, azul y amarillo iba a ser demolida. Se olvidó de los cestos de tocador y
exclamó:
-¡No puedes demoler esas casitas! ¡Tienen
historia! Tienen...
-La pesca es muy buena por aquí -la
interrumpió Gastón, con el ceño fruncido-. Róbalo de boca grande y pequeña,
perca, pez sol. La semana pasada oí a un tipo del pueblo hablando del lucio de
tres kilos que había sacado del lago.
Eddie se dio una palmadita en la barriga
y se relamió.
-Me muero de ganas de subirme a esa
barca.
-Este lago es demasiado pequeño para lo
que queréis-dijo Rochi desesperadamente-. Hay una limitación estricta para el
tamaño de los motores fuera borda. Ni siquiera se puede hacer esquí acuático.
Gastón le lanzó una mirada inequívoca.
-No creo que Eddie tenga pensado dar de
comer a una multitud de esquiadores
acuáticos.
-No. Sólo pescadores. Levantarme por la
mañana, darle a todo el mundo un termo de café, una bolsa de rosquillas y
algunas cervezas, y que salgan al lago mientras la niebla todavía cubre las
aguas. Que vuelvan tras un par de horas a por bocatas y cerveza, se echen la
siesta, jueguen al billar...
-Creo que deberíamos poner la mesa de
billar allí -dijo Larry señalando hacia la puerta principal de la casa-. Junto
a una pantalla gigante de televisión. Cuando hayamos tirado todos los tabiques
entre las habitaciones, quedará todo junto: la mesa de billar, la tele, el bar
y la tienda de cebos.
-¡Una tienda de cebos! ¡Van a poner una
tienda de cebos en esta casa!
-Rocío -dijo Gastón con tono admonitorio.
Al oírlo, Eddie le miró con compasión. Gas entornó los ojos y le sugirió a Rocío-:
Tal vez será mejor que vayas a ver qué hace Amy.
Haciendo oídos sordos, Rochi cargó con
toda la artillería contra Eddie.
-Hace años que viene gente a este lugar.
El campamento tiene que seguir tal como está, y la casa de huéspedes, también.
La casa está llena de antigüedades y se conserva de maravilla. E incluso da
beneficios. No demasiados, pero lo bastante para cubrir gastos.
Eddie soltó una carcajada y exhibió gran
parte de su bocadillo de salami. Todavía con la boca abierta, le dio un codazo
a su hermano y le gritó:
-¿Qué, Larry? ¿Te apetece dirigir una
casa de huéspedes?
-Sí, claro -dijo Larry alcanzando su
cerveza-. Mientras haya una mesa de billar, televisión por satélite y no haya
mujeres.
-Rocío... Fuera. -Gastón señaló la puerta
con la cabeza. Eddie rió al ver cómo ponían en su sitio a aquella mujer. Rochi
apretó los dientes y dibujó una sonrisa rígida en sus labios.
-Ya me voy, cariño. Y sobre todo,
límpialo todo bien cuando termines con tus amigos. Y no te olvides de ponerte
el delantal, recuerda que la última vez que lavaste los platos te salpicaste.
¡Eso sí que era dar el coñazo!
Después de cenar, Rocío
alegó dolor de barriga ante sus sobrinos y les dijo que tendrían que dormir en
su casita. Se sintió culpable porque era su última noche en el campamento,
pero no tenía otra opción. Se puso unos vaqueros, apagó la luz y se acurrucó en
la silla junto a la ventana abierta. Y esperó.
No había que temer que pudiera aparecer Gas.
Se había ido al pueblo con los hermanos Dillard, donde, si existía la
justicia, se emborracharía y terminaría con una resaca de campeonato mundial.
Tampoco habían hablado en toda la tarde.
Durante el té había notado claramente que
Gastón estaba enfadado con ella, pero no le importó, porque el enfado era
mutuo. «Estás hecho un machote...» Estaba hecho un tonto de capirote. Vender el
campamento ya era malo de por sí, pero vendérselo a alguien que tenía la
intención de destruirlo era demasiado, y Ro nunca se lo habría perdonado si no
hubiera intentado al menos evitarlo.
Lirios del campo estaba demasiado aislada
como para poder verles llegar cuando regresaran del pueblo, pero el campamento
era lo bastante silencioso como para oírles. Como era de esperar, poco después
de la una de la madrugada llegó hasta su ventana el sonido de un motor. Se
irguió en la silla, y deseó que no hubiera demasiadas lagunas en su plan,
porque era el único que tenía.
Se puso las zapatillas deportivas, cogió
la linterna que había cogido de la casa de huéspedes y, después de dejar a Cafre
en la casita, se puso manos a la obra. Cuarenta y cinco minutos más tarde ya
se había colado en el interior de Cordero de Dios, donde Eddie y Larry pasaban
la noche. Justo después de que se hubieran ido al pueblo, había comprobado cuál
era el dormitorio de Eddie. Cuando entró, la habitación olía a licor rancio.
Mientras se iba acercando, Rocío
contempló al zoquete grandullón y borracho que dormía bajo las sábanas.
-¿Eddie?
El zoquete no se movió.
-Eddie -volvió a susurrar Rochi con la
esperanza de no despertar también a Larry y poder tratar así con sólo uno de
ellos-. Eddie, despierta.
Eddie se agitó y se le escapó una
ventosidad. A alguien tan asqueroso no se le debería permitir la entrada en el
Bosque del Ruiseñor.
-Sí... ¿sí? -dijo abriendo lentamente los
ojos-. ¿Qué pasa...?
-Soy Rocío -susurró-. La esposa separada
de Gastón. Tengo que hablar contigo.
-¿Qué...? ¿De qué se trata?
-Se trata del campamento de pesca. Es muy
importante.
Eddie intentó incorporarse, pero cayó de
nuevo sobre la almohada.
-No te molestaría si no fuera importante.
Te esperaré fuera mientras te vistes. Ah, y no hace falta que despiertes a
Larry.
-¿Tiene que ser ahora?
-Me temo que sí. A menos que quieras
cometer una terrible equivocación. -Rochi salió corriendo de la habitación,
con la esperanza de que él se levantaría.
Pocos minutos después, Eddie apareció por
la puerta Principal arrastrando los pies. Rocío se llevó un dedo a los labios
y le hizo un gesto para que la siguiera. Iluminando el terreno con la
linterna, Ro cruzó el espacio comunitario por un extremo y emprendió el camino
de vuelta hacia Lirios del campo. Sin embargo, antes de llegar allí torció hacia
el bosque y se dirigió al lago.
El viento había cobrado fuerza. Rocío
notó que se preparaba una tormenta y rezó para que no cayera antes de finalizar
el plan. Eddie apareció junto a ella, como la sombra de una mole.
-¿Qué pasa?
-Hay algo que tienes que ver.
-¿Y no podría ser mañana por la mañana?
-Ya será demasiado tarde.
Eddie se enredó con una rama.
-¡Mierda! ¿Gas está enterado de esto?
-Gastón no quiere enterarse.
Eddie se paró.
-¿Qué quieres decir con eso?
Rocío mantuvo la linterna apuntando hacia
el suelo.
-Quiero decir que no te está engañando
deliberadamente. Sólo ha pasado por alto algunos detalles.
-¿Engañarme? ¿De qué coño estás hablando?
-Ya sé que me tomabas por tonta a la hora
de comer, pero tenía la esperanza de que me escucharas. Si lo hubieras hecho
podríamos habernos evitado todo esto -dijo reemprendiendo la marcha.
-¿Evitarnos el qué? Será mejor que me
digas de qué va todo esto.
-Enseguida lo verás.
Eddie tropezó unas cuantas veces más
antes de llegar finalmente junto al lago. Los árboles se agitaban con el viento,
y Rocío reunió tanto valor como pudo.
-No me gusta tener que ser yo quien te
enseñe esto, pero hay un... problema con el lago.
-¿Qué clase de problema?
Rocío barrió lentamente con la luz de la
linterna la zona donde las olas del lago lamían la orilla, hasta que encontró
lo que andaba buscando.
Peces muertos flotando en el agua.
-¿Qué rayos...?
Rochi iluminó los vientres plateados de
los peces y devolvió el rayo de luz hacia la orilla.
-Eddie, lo siento mucho. Ya sé que tienes
puesto el corazón en un campamento de pesca, pero los peces de este lago se
están muriendo.
-¿Muriendo?
-Estamos ante una catástrofe ecológica.
Se están filtrando toxinas en las aguas desde un vertedero subterráneo secreto
de residuos químicos. Costaría millones solucionar el problema, y el
ayuntamiento no dispone del dinero. Como la economía local depende de los
turistas, lo están encubriendo y nadie admitirá públicamente que hay un
problema.
-Joder-dijo arrebatándole la linterna y
enfocando de nuevo hacia los peces muertos-. ¡Es increíble que Gas pueda
hacerme algo así!
Aquélla era la laguna más evidente de su
plan, e intentó superarla con una presentación dramática.
-Es un caso de negación, Eddie. Un caso
terrible, terrible Gastón creció aquí, éste es el último lazo que le une a sus
padres, y es incapaz de aceptar que el lago se está muriendo, por lo que se ha
convencido a sí mismo de que no pasa nada.
-¿Y cómo se explica los putos peces
muertos?
Muy buena pregunta. Rocío replicó lo
mejor que pudo.
-No se acerca al lago. Es tan triste...
Su negación es tan profunda que... -Lo asió del brazo e imitó a la actriz Susan
Lucci-: Oh, Eddie, ya sé que no es justo que te lo pida, pero ¿crees...?
¿Podrías decirle simplemente que has cambiado de idea y no confrontarle con la
realidad? Te juro que no ha intentado engañarte deliberadamente, y le
destrozaría el corazón pensar que ha destruido vuestra amistad.
-Sí, bueno, yo diría que lo ha hecho.
-Gastón no está bien, Eddie. Es un
problema mental. En cuanto regresemos a Chicago, me aseguraré de que le vea un
psicoterapeuta.
-Mierda -dijo Eddie conteniendo la
respiración-. Eso podría mandar a tomar por saco su juego de pases.
-Buscaré un psicoterapeuta deportivo.
Eddie no era un completo idiota, y le
hizo preguntas sobre el vertedero subterráneo. Rocío se extendió en su historia
incluyendo todos los clichés de Erin Brockovich que pudo recordar e
inventándose el resto. Cuando hubo acabado, cerró con fuerza las manos en un
puño y esperó.
-¿Estás segura de todo esto? -dijo Eddie
por fin.
-Ojalá no lo estuviera.
Eddie arrastró los pies y suspiró.
-Gracias, Rosi, te lo agradezco. Eres muy
enrollada.
Rochi dejó escapar todo el aire que había
estado conteniendo.
-Tú también, Eddie. Tú también.
La tormenta se desató
justo después de que Rocío cayera rendida en la cama, pero estaba tan agotada
que apenas la oyó. Hasta la mañana siguiente, cuando se despertó al oír unos
pasos subiendo pesadamente en las escaleras de la entrada. No se obligó a abrir
los ojos. Pestañeó y miró el reloj. ¡Eran más de las nueve! Se había olvidado
de poner el despertador y nadie la había despertado. ¿Quién había preparado el
desayuno?
-¡Rocío!
Oh, oh...
Cafre
entró corriendo en la habitación, y detrás apareció Gastón, como un seductor
nubarrón de tormenta. Sus esperanzas de que las lagunas de su plan no se
volvieran en su contra estaban a punto de desvanecerse. A pesar de su súplica,
Eddie debía de haber hablado con Gas, y a Rocío le iba a costar muy cara la
broma.
Se incorporó en la cama. Tal vez podría
distraerle.
-Deja que me cepille los dientes,
soldadito, y te llevaré al paraíso.
-Rocío...
La voz de Gastón tenía un tono grave
admonitorio, el mismo tono que había oído en Una noche con Nick cuando Des¡ se
había enfrentado a Lucy. Rochi tendría que dar explicaciones.
-¡Tengo que hacer pis!
Rocío se incorporó, pasó corriendo junto
a Gastón hacia el baño y cerró la puerta.
Gas dio una palmada en la hoja de la
puerta.
-¡Sal de ahí!
-Enseguida. ¿Querías algo?
-Sí, claro que quiero algo. ¡Quiero una
explicación!
-¿Eh? -dijo cerrando los ojos con fuerza
y esperando lo peor.
-¡Quiero que me cuentes qué hace un atún
en mi lago!
Que genia, le puso atún al lago jajajaja
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