jueves, 4 de octubre de 2012

Capitulo Doce, Segunda Parte


Y al comprender eso, un amplio abanico de posibilidades se abrió en su mente.
—Gastón...
—Tengo filetes y una parrilla —dijo él mientras servía el vino. Necesitaba concentrarse en aspectos mundanos, en el aquí y ahora—. Los hombres de verdad saben asar filetes. Si me dices que no comes carne roja, tendremos que conformarnos con pizza congelada.
—Si como carne, ¿por qué debería importarme el color? Salgamos afuera a sentarnos. Tengo una idea que quiero contarte.
Caminaron hasta las dos cajas de madera que hacían de silla y tomaron asiento.
—¿Y si no son fantasmas? ¿O no solo fantasmas? —le preguntó.
—Qué idea tan halagüeña. ¿Qué más tengo? ¿Vampiros? ¿Hombres lobo? ¿Zombis carnívoros? A partir de ahora dormiré mucho mejor, gracias.
—¿Qué opinas de la reencarnación?
—¿Vidas pasadas? ¿Almas recicladas? —Gastón se encogió de hombros—. No lo sé.
—A mí siempre me ha parecido eficaz, y también justa. Todo el mundo merece más de una oportunidad, ¿no crees? A lo mejor estás recordando cosas que ocurrieron en esta casa porque viviste antes aquí. A lo mejor eres Ramiro y has regresado después de todos estos años en busca de tu Valeria.
—Una idea muy romántica. Yo seré Rama y tú serás Vale.
—No puedes elegir. Y si vas a reírte, no diré una palabra más.
—No te piques. —Gastón bebió vino—. Según tu teoría, estoy aquí y ocurren estas cosas porque tuve una vida pasada como Ramiro Ordóñez.
—No es más descabellada que la idea de que hay fantasmas, idea que, dicho sea de paso, te has tragado sin re chistar. Mi teoría explicaría por qué compraste esta casa, por qué necesitabas que fuera tuya, por qué estás trabajando tanto para devolverle su belleza, por qué viste el mobiliario del dormitorio de Ramiro.
—Reencarnación —repitió él—. Suena mejor que un tumor cerebral.
—¿Qué?
Gastón sacudió la cabeza y dio otro sorbo de vino.
—Nada.
—¿Crees que tienes un tumor en el cerebro? Eso es absurdo, Gastón. —La voz de Rocío sonó más afilada de lo que pretendía, así que prosiguió con más dulzura—. Es absurdo, cher. Ni a tu cabeza ni a ninguna otra parte de tu cuerpo le pasa nada.
—Claro que no, solo estaba pensando en voz alta.
Pero ella había visto la inquietud en su cara. Se levantó y se sentó a horcajadas en su regazo.
—¿Temes que puedas tener algo dentro de la cabeza que te haga ver y hacer cosas?
—No, es solo que... Lo cierto es que voy a hacerme algunas pruebas para descartar esa posibilidad.
—No estás enfermo, cher. —Rocío le acarició una mejilla con los labios, luego la otra. Nunca había conocido a un hombre que despertara con tanta facilidad, y con tanta frecuencia, su lado tierno—. Te lo garantizo. Pero si necesitas que te lo diga un buen médico para tranquilizarte, adelante.
—No se lo digas a Victorio. —Gastón le cogió la mano hasta que ella se soltó para mirarle a los ojos—. Su boda está al caer y tiene muchas cosas en que pensar.
—¿Tenías intención de ir solo a hacerte esas pruebas? Aquí no funcionamos así, cher. ¿No quieres que Vico lo sepa? Vale. Pero yo sí pienso acompañarte.
—Rocío, ya soy mayorcito.
—No permitiré que vayas solo. O voy contigo o se lo digo a Vico.
—De acuerdo. Te diré cuándo es la cita y podrás sostenerme la mano. Entretanto, apostaré por tu teoría de la reencarnación. Curiosamente, es mucho menos compleja que la cirugía cerebral.
—Dicen que Ramiro Ordóñez era un hombre atractivo, que parecía un dios rubio. —Rocío pasó los dedos por el cabello despeinado de Gastón. Era rubio oscuro, grueso, exuberante, pensó, y estaba segura de que en verano le salían mechas muy seductoras—. Creo que has mejorado con el tiempo.
—¿De veras? —Él le rodeó la cintura—. Cuéntame más.
—Nunca me han atraído demasiado los dioses rubios. Por lo general son excesivamente guapos para mi gusto. —Rocío ladeó la cabeza y lo besó—. Tú satisfaces mi gusto, cher.
Gastón la atrajo hacia sí y descansó el mentón sobre su hombro.
—Te quiero. Rocío.
—Si tu intención es camelarme para llevarme a la cama antes de darme de comer...
Gastón la apartó y la sonrisa de ella se esfumó al verle la cara.
—Te quiero —repitió—. Antes no comprendía qué quería decir eso y tampoco creía que pudiera llegar a querer.
La retuvo con firmeza cuando ella intentó escabullirse.
—Ahora tienes que tranquilizarte —dijo ella.
—Lo sé, pero es otro tipo de tranquilidad el que quiero. Quiero asentarme aquí contigo. Me trae sin cuidado que sea la primera o la centésima vida. Eres lo que he estado esperando.
—Gastón, estás dando más importancia a lo nuestro de lo debido. —La voz de Rocío quería temblar. Su estómago ya temblaba—. Hemos salido a cenar, nos hemos acostado y nos hemos visto unas cuantas veces.
—Lo supe en cuanto te vi.
Sus ojos eran tan profundos, pensó Rocío, tan diáfanos, como la superficie de un lago a la hora del crepúsculo.
—No me conoces.
Él la apartó una segunda vez, recordándole que había acero dentro de él.
—Te equivocas. Sé que eres inteligente y fuerte. Que sacaste adelante un negocio partiendo prácticamente de cero. Sé que pagas tus deudas. Sé que eres leal y cariñosa. Sé que alguien te hizo daño y no haría falta mucho para arrancar la costra. Y sé que ahora mismo te estoy asustando porque crees que no estás preparada para oír lo que te estoy diciendo.
Rocío experimentó unas palpitaciones dolorosas, como el golpe de un puño sobre una herida abierta.
—No busco amor. Gastón. Lo siento.
—Yo tampoco lo buscaba, pero así son las cosas. No hay prisa. No quería decirte nada todavía... pero necesitaba hacerlo.
—Cher, la gente se enamora y desenamora continuamente. Es una cuestión de química.
—Realmente te hizo mucho daño.
Presa de la frustración. Rocío trató de escabullirse y esta vez él la dejó ir.
—Te equivocas. No hay ningún hombre, ningún fantasma de ningún amante que me haya roto el corazón. ¿Te parezco un cliché?
—A mí me lo pareces todo.
—Mon Dieu. —Rocío luchó contra el atragantamiento y habló alto y claro—. Me gustas, Gastón. Disfruto de tu compañía y te quiero en la cama. Si eso no te basta, me iré ahora mismo y nos ahorraremos muchos problemas y decepciones.
—¿Siempre te cabreas tanto cuando alguien te dice que te quiere?
Nadie me lo ha dicho, estuvo a punto de contestarle. Nadie se lo había dicho de corazón.
—No me gusta que me presionen, y cuando alguien lo hace cambio de dirección.
—Es admirable. —Gastón sonrió dulcemente mientras se levantaba—. A mí también me gustas, Rocío. Disfruto de tu compañía y te quiero en la cama. Por ahora es suficiente. ¿Tienes hambre? Encenderé la parrilla.

Si era un truco, pensó Rocío, o una estratagema para desequilibrarla, estaba dando resultado.
No acababa de descifrar a ese hombre, y sus sutiles cambios de humor la instaban a seguir intentándolo.
Cocinaba como un hombre que no se fiaba de sí mismo en una cocina real. Patatas asadas y filetes. Y la engatusó para que preparara la ensalada.
No volvió a hablar de amor.
Le preguntó por el trabajo, por el ritmo del negocio durante los dos días de lluvia. Puso música, la mantuvo baja, y habló a través de la puerta de la cocina mientras la parrilla humeaba y ella troceaba hortalizas.
Podrían haber sido buenos amigos, o amantes relajados.
Comieron en la hermosa cocina a la luz de las velas. Hasta la casa se comportó. A pesar de ello —o puede que a causa de ello—, Rocío estuvo inquieta durante toda la cena.
Él sacó una tarta del frigorífico. Rocío la miró y suspiró.
—No puedo.
—La dejaremos para luego.
—Tendremos que esperar cuarenta días. He renunciado al chocolate durante la Cuaresma. El chocolate me pirra.
—Oh. —Gastón devolvió la tarta a la nevera—. Probablemente pueda ofrecerte otra cosa.
—¿A qué has renunciado tú?
—A ponerme ropa interior femenina. Es duro, pero creo que podré aguantar hasta Semana Santa.
—Si sigues hablando así, ya me estás devolviendo las cenizas. —La estaba picando, pensó Rocío. La mejor forma de cambiar eso era picarle ella a él. Se colocó detrás mientras Gastón rebuscaba en la nevera, lo abrazó por la cintura y se apretó contra su cuerpo—. Tienes que renunciar a algo, cher, algo que te guste mucho.
—Ten la certeza de que no serás tú.
Dejó que ella le diera la vuelta y lo empujara contra la nevera.
Desde luego que la conocía, pensó él mientras ella utilizaba los labios para hacerle hervir la sangre. Sabía que estaba utilizando el sexo para mantenerse un paso por delante de él. Y un paso por detrás.
Si ella no se daba cuenta de que él podía amarla tanto como la deseaba, de él dependía el demostrárselo.
—En tu cama, dijiste. —La boca de ella corría impaciente, inquieta, por su cara—. En tu cama.
Tiró de él hacia la puerta. Él estuvo a punto de empujarla en dirección a la escalera de la cocina, pero decidió que sería interesante tomar el camino más largo.
La arrinconó contra la pared del vestíbulo, le asaltó la garganta con los dientes.
—Algún día llegaremos.
Bajó las manos, le tiró de la blusa hacia arriba, la arrojó a un lado. Abrazados, rodaron verticalmente por la pared y se detuvieron con las posiciones invertidas. Con manos impetuosas, ella le abrió la camisa y los botones bailaron por el suelo.
Subieron por la escalera batallando con la ropa. Los zapatos aterrizaban con golpes secos. El sujetador de ella sobrevoló la barandilla. Los tejanos de él cayeron sobre el tercer escalón.
Ya jadeaban antes de llegar al rellano.
Las manos de él eran toscas, manos de trabajador que se estremecían mientras la recorrían. La piel de ella vibraba de vida.
—Date prisa. —Rocío hundió los dientes en su hombro cuando el deseo la atravesó como una tormenta de fuego que arrasaba con toda precaución—. Dios, date prisa.
Él estuvo a punto de poseerla allí mismo, pero la quería debajo de él. Estremeciéndose, arqueándose.
Devorándole la boca, la tomó por la cintura y la levantó cinco centímetros del suelo. Una sensación salvaje y primitiva lo invadió por dentro al saber que ya no había vuelta atrás. Que no tenían más opción que acoplarse.
Las sombras los cubrían mientras se dirigían al dormitorio.
El frío se colaba por las puertas y la hacían temblar.
—Gastón.
—Somos nosotros. Esto es nuestro. —Mientras arrastraba la voz, mientras la sostenía con la firmeza del hierro, el frío retrocedió.
Cayeron sobre la cama, una maraña de urgencia y extremidades. Cuando él se zambulló en ella, ella le clavó las uñas en la espalda. El placer, oscuro y desesperado, la empapó, su ferocidad la incorporó para envolverlo y unirse al ritmo furioso.
Descontrol y deseo. Sed salvaje que toma, toma y toma. Y la necesidad apremiante de dar.
Se aferró a él y cabalgó a través de la tormenta de sensaciones hacia el borde del precipicio.
A lo lejos, oyó las campanadas graves y pesadas de un reloj. Al dar las doce, ella estalló con él. Cuando él empezó a separarse, ella lo apretó con las piernas.
—Mmm, no te muevas todavía.
—Peso demasiado para ti. —Él deslizó los labios por la curva de su garganta.
—Me gusta. —Lentamente, ladeó la cabeza para que pudiera alcanzarle la mandíbula. Sentía su cuerpo usado, dolorido y maravillosamente relajado—. Más aún que el pastel de chocolate.
Él rió y rodó con ella hasta tenerla tumbada sobre su torso.
—Ya está. Ahora ya no tendré la sensación de que te estoy aplastando.
—Un caballero hasta el final. —Satisfecha, se acomodó—. Siempre me han gustado los relojes que dan las horas. Pero tienes que ponerlo en hora. Todavía no es medianoche.
—Lo sé.
—Sonaba como un reloj de péndulo. ¿Dónde lo has puesto? ¿En el salón?
—No. —Le acarició el pelo, luego la espalda—. No tengo ningún reloj que anuncie las horas.
—Cher, me vuelves loca, pero estoy segura de haber oído un reloj que daba las doce.
—Sí, yo también lo oí. Pero no tengo ningún reloj.
Ella levantó la cabeza y dejó escapar un suspiro.
—Vaya por Dios. ¿Te asusta?
—No.
—Entonces a mí tampoco. —Y volvió a descansar la cabeza sobre el corazón de él.

3 comentarios:

  1. amo esta novela!!! espero pronto otro cap!! :)

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  2. porrrr fin capituloi subi mas seguidoooo me encanta la novela

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  3. Gastón la ama y ella se rehúsa a su amor, pobrecito Gas!

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