Y al comprender eso, un
amplio abanico de posibilidades se abrió en su mente.
—Gastón...
—Tengo filetes y una
parrilla —dijo él mientras servía el vino. Necesitaba concentrarse en aspectos
mundanos, en el aquí y ahora—. Los hombres de verdad saben asar filetes. Si me
dices que no comes carne roja, tendremos que conformarnos con pizza congelada.
—Si como carne, ¿por
qué debería importarme el color? Salgamos afuera a sentarnos. Tengo una idea
que quiero contarte.
Caminaron hasta las
dos cajas de madera que hacían de silla y tomaron asiento.
—¿Y si no son
fantasmas? ¿O no solo fantasmas? —le preguntó.
—Qué idea tan
halagüeña. ¿Qué más tengo? ¿Vampiros? ¿Hombres lobo? ¿Zombis carnívoros? A
partir de ahora dormiré mucho mejor, gracias.
—¿Qué opinas de la
reencarnación?
—¿Vidas pasadas?
¿Almas recicladas? —Gastón se encogió de hombros—. No lo sé.
—A mí siempre me ha
parecido eficaz, y también justa. Todo el mundo merece más de una oportunidad,
¿no crees? A lo mejor estás recordando cosas que ocurrieron en esta casa porque
viviste antes aquí. A lo mejor eres Ramiro y has regresado después de todos
estos años en busca de tu Valeria.
—Una idea muy
romántica. Yo seré Rama y tú serás Vale.
—No puedes elegir. Y si
vas a reírte, no diré una palabra más.
—No te piques. —Gastón
bebió vino—. Según tu teoría, estoy aquí y ocurren estas cosas porque tuve una
vida pasada como Ramiro Ordóñez.
—No es más
descabellada que la idea de que hay fantasmas, idea que, dicho sea de paso, te
has tragado sin re chistar. Mi teoría explicaría por qué compraste esta casa,
por qué necesitabas que fuera tuya, por qué estás trabajando tanto para
devolverle su belleza, por qué viste el mobiliario del dormitorio de Ramiro.
—Reencarnación
—repitió él—. Suena mejor que un tumor cerebral.
—¿Qué?
Gastón sacudió la
cabeza y dio otro sorbo de vino.
—Nada.
—¿Crees que tienes un
tumor en el cerebro? Eso es absurdo, Gastón. —La voz de Rocío sonó más afilada
de lo que pretendía, así que prosiguió con más dulzura—. Es absurdo, cher. Ni a
tu cabeza ni a ninguna otra parte de tu cuerpo le pasa nada.
—Claro que no, solo
estaba pensando en voz alta.
Pero ella había visto
la inquietud en su cara. Se levantó y se sentó a horcajadas en su regazo.
—¿Temes que puedas
tener algo dentro de la cabeza que te haga ver y hacer cosas?
—No, es solo que...
Lo cierto es que voy a hacerme algunas pruebas para descartar esa posibilidad.
—No estás enfermo,
cher. —Rocío le acarició una mejilla con los labios, luego la otra. Nunca había
conocido a un hombre que despertara con tanta facilidad, y con tanta
frecuencia, su lado tierno—. Te lo garantizo. Pero si necesitas que te lo diga
un buen médico para tranquilizarte, adelante.
—No se lo digas a Victorio.
—Gastón le cogió la mano hasta que ella se soltó para mirarle a los ojos—. Su
boda está al caer y tiene muchas cosas en que pensar.
—¿Tenías intención de
ir solo a hacerte esas pruebas? Aquí no funcionamos así, cher. ¿No quieres que Vico
lo sepa? Vale. Pero yo sí pienso acompañarte.
—Rocío, ya soy
mayorcito.
—No permitiré que vayas solo. O voy contigo o se lo digo
a Vico.
—De acuerdo. Te diré
cuándo es la cita y podrás sostenerme la mano. Entretanto, apostaré por tu
teoría de la reencarnación. Curiosamente, es mucho menos compleja que la
cirugía cerebral.
—Dicen que Ramiro Ordóñez
era un hombre atractivo, que parecía un dios rubio. —Rocío pasó los dedos por
el cabello despeinado de Gastón. Era rubio oscuro, grueso, exuberante, pensó, y
estaba segura de que en verano le salían mechas muy seductoras—. Creo que has
mejorado con el tiempo.
—¿De veras? —Él le
rodeó la cintura—. Cuéntame más.
—Nunca me han atraído
demasiado los dioses rubios. Por lo general son excesivamente guapos para mi
gusto. —Rocío ladeó la cabeza y lo besó—. Tú satisfaces mi gusto, cher.
Gastón la atrajo
hacia sí y descansó el mentón sobre su hombro.
—Te quiero. Rocío.
—Si tu intención es
camelarme para llevarme a la cama antes de darme de comer...
Gastón la apartó y la
sonrisa de ella se esfumó al verle la cara.
—Te quiero —repitió—.
Antes no comprendía qué quería decir eso y tampoco creía que pudiera llegar a
querer.
La retuvo con firmeza
cuando ella intentó escabullirse.
—Ahora tienes que
tranquilizarte —dijo ella.
—Lo sé, pero es otro
tipo de tranquilidad el que quiero. Quiero asentarme aquí contigo. Me trae sin
cuidado que sea la primera o la centésima vida. Eres lo que he estado
esperando.
—Gastón, estás dando más importancia a lo nuestro de lo
debido. —La voz de Rocío quería temblar. Su estómago ya temblaba—. Hemos salido
a cenar, nos hemos acostado y nos hemos visto unas cuantas veces.
—Lo supe en cuanto te
vi.
Sus ojos eran tan
profundos, pensó Rocío, tan diáfanos, como la superficie de un lago a la hora
del crepúsculo.
—No me conoces.
Él la apartó una
segunda vez, recordándole que había acero dentro de él.
—Te equivocas. Sé que
eres inteligente y fuerte. Que sacaste adelante un negocio partiendo
prácticamente de cero. Sé que pagas tus deudas. Sé que eres leal y cariñosa. Sé
que alguien te hizo daño y no haría falta mucho para arrancar la costra. Y sé
que ahora mismo te estoy asustando porque crees que no estás preparada para oír
lo que te estoy diciendo.
Rocío experimentó
unas palpitaciones dolorosas, como el golpe de un puño sobre una herida
abierta.
—No busco amor. Gastón.
Lo siento.
—Yo tampoco lo buscaba,
pero así son las cosas. No hay prisa. No quería decirte nada todavía... pero
necesitaba hacerlo.
—Cher, la gente se
enamora y desenamora continuamente. Es una cuestión de química.
—Realmente te hizo
mucho daño.
Presa de la
frustración. Rocío trató de escabullirse y esta vez él la dejó ir.
—Te equivocas. No hay
ningún hombre, ningún fantasma de ningún amante que me haya roto el corazón.
¿Te parezco un cliché?
—A mí me lo pareces
todo.
—Mon Dieu. —Rocío
luchó contra el atragantamiento y habló alto y claro—. Me gustas, Gastón.
Disfruto de tu compañía y te quiero en la cama. Si eso no te basta, me iré
ahora mismo y nos ahorraremos muchos problemas y decepciones.
—¿Siempre te cabreas
tanto cuando alguien te dice que te quiere?
Nadie me lo ha dicho,
estuvo a punto de contestarle. Nadie se lo había dicho de corazón.
—No me gusta que me
presionen, y cuando alguien lo hace cambio de dirección.
—Es admirable. —Gastón
sonrió dulcemente mientras se levantaba—. A mí también me gustas, Rocío.
Disfruto de tu compañía y te quiero en la cama. Por ahora es suficiente.
¿Tienes hambre? Encenderé la parrilla.
Si era un truco,
pensó Rocío, o una estratagema para desequilibrarla, estaba dando resultado.
No acababa de
descifrar a ese hombre, y sus sutiles cambios de humor la instaban a seguir
intentándolo.
Cocinaba como un
hombre que no se fiaba de sí mismo en una cocina real. Patatas asadas y
filetes. Y la engatusó para que preparara la ensalada.
No volvió a hablar de
amor.
Le preguntó por el
trabajo, por el ritmo del negocio durante los dos días de lluvia. Puso música,
la mantuvo baja, y habló a través de la puerta de la cocina mientras la
parrilla humeaba y ella troceaba hortalizas.
Podrían haber sido
buenos amigos, o amantes relajados.
Comieron en la
hermosa cocina a la luz de las velas. Hasta la casa se comportó. A pesar de
ello —o puede que a causa de ello—, Rocío estuvo inquieta durante toda la cena.
Él sacó una tarta del
frigorífico. Rocío la miró y suspiró.
—No puedo.
—La dejaremos para
luego.
—Tendremos que
esperar cuarenta días. He renunciado al chocolate durante la Cuaresma. El
chocolate me pirra.
—Oh. —Gastón devolvió la tarta a la nevera—.
Probablemente pueda ofrecerte otra cosa.
—¿A qué has
renunciado tú?
—A ponerme ropa
interior femenina. Es duro, pero creo que podré aguantar hasta Semana Santa.
—Si sigues hablando
así, ya me estás devolviendo las cenizas. —La estaba picando, pensó Rocío. La
mejor forma de cambiar eso era picarle ella a él. Se colocó detrás mientras Gastón
rebuscaba en la nevera, lo abrazó por la cintura y se apretó contra su cuerpo—.
Tienes que renunciar a algo, cher, algo que te guste mucho.
—Ten la certeza de
que no serás tú.
Dejó que ella le
diera la vuelta y lo empujara contra la nevera.
Desde luego que la
conocía, pensó él mientras ella utilizaba los labios para hacerle hervir la
sangre. Sabía que estaba utilizando el sexo para mantenerse un paso por delante
de él. Y un paso por detrás.
Si ella no se daba
cuenta de que él podía amarla tanto como la deseaba, de él dependía el
demostrárselo.
—En tu cama, dijiste.
—La boca de ella corría impaciente, inquieta, por su cara—. En tu cama.
Tiró de él hacia la
puerta. Él estuvo a punto de empujarla en dirección a la escalera de la cocina,
pero decidió que sería interesante tomar el camino más largo.
La arrinconó contra la
pared del vestíbulo, le asaltó la garganta con los dientes.
—Algún día
llegaremos.
Bajó las manos, le
tiró de la blusa hacia arriba, la arrojó a un lado. Abrazados, rodaron
verticalmente por la pared y se detuvieron con las posiciones invertidas. Con
manos impetuosas, ella le abrió la camisa y los botones bailaron por el suelo.
Subieron por la
escalera batallando con la ropa. Los zapatos aterrizaban con golpes secos. El
sujetador de ella sobrevoló la barandilla. Los tejanos de él cayeron sobre el
tercer escalón.
Ya jadeaban antes de
llegar al rellano.
Las manos de él eran
toscas, manos de trabajador que se estremecían mientras la recorrían. La piel
de ella vibraba de vida.
—Date prisa. —Rocío
hundió los dientes en su hombro cuando el deseo la atravesó como una tormenta
de fuego que arrasaba con toda precaución—. Dios, date prisa.
Él estuvo a punto de
poseerla allí mismo, pero la quería debajo de él. Estremeciéndose, arqueándose.
Devorándole la boca,
la tomó por la cintura y la levantó cinco centímetros del suelo. Una sensación
salvaje y primitiva lo invadió por dentro al saber que ya no había vuelta
atrás. Que no tenían más opción que acoplarse.
Las sombras los
cubrían mientras se dirigían al dormitorio.
El frío se colaba por
las puertas y la hacían temblar.
—Gastón.
—Somos nosotros. Esto
es nuestro. —Mientras arrastraba la voz, mientras la sostenía con la firmeza
del hierro, el frío retrocedió.
Cayeron sobre la
cama, una maraña de urgencia y extremidades. Cuando él se zambulló en ella,
ella le clavó las uñas en la espalda. El placer, oscuro y desesperado, la
empapó, su ferocidad la incorporó para envolverlo y unirse al ritmo furioso.
Descontrol y deseo.
Sed salvaje que toma, toma y toma. Y la necesidad apremiante de dar.
Se aferró a él y
cabalgó a través de la tormenta de sensaciones hacia el borde del precipicio.
A lo lejos, oyó las
campanadas graves y pesadas de un reloj. Al dar las doce, ella estalló con él.
Cuando él empezó a separarse, ella lo apretó con las piernas.
—Mmm, no te muevas todavía.
—Peso demasiado para
ti. —Él deslizó los labios por la curva de su garganta.
—Me gusta.
—Lentamente, ladeó la cabeza para que pudiera alcanzarle la mandíbula. Sentía
su cuerpo usado, dolorido y maravillosamente relajado—. Más aún que el pastel
de chocolate.
Él rió y rodó con
ella hasta tenerla tumbada sobre su torso.
—Ya está. Ahora ya no
tendré la sensación de que te estoy aplastando.
—Un caballero hasta
el final. —Satisfecha, se acomodó—. Siempre me han gustado los relojes que dan
las horas. Pero tienes que ponerlo en hora. Todavía no es medianoche.
—Lo sé.
—Sonaba como un reloj
de péndulo. ¿Dónde lo has puesto? ¿En el salón?
—No. —Le acarició el
pelo, luego la espalda—. No tengo ningún reloj que anuncie las horas.
—Cher, me vuelves
loca, pero estoy segura de haber oído un reloj que daba las doce.
—Sí, yo también lo
oí. Pero no tengo ningún reloj.
Ella levantó la
cabeza y dejó escapar un suspiro.
—Vaya por Dios. ¿Te asusta?
—No.
—Entonces a mí tampoco. —Y volvió a descansar la cabeza
sobre el corazón de él.
amo esta novela!!! espero pronto otro cap!! :)
ResponderEliminarporrrr fin capituloi subi mas seguidoooo me encanta la novela
ResponderEliminarGastón la ama y ella se rehúsa a su amor, pobrecito Gas!
ResponderEliminar