Es verdad. Los
chicos no piensan igual que las chicas, y eso puede comportar problemas.
«Cuando los chicos no quieren escuchar»
Para Chik
Ay, ay, ay... Rochi se entretuvo todo el
tiempo que pudo: se cepilló los dientes, se lavó la cara, se alisó el top de
ganchillo y volvió a atar el cordel de su pijama. Casi esperaba que Gastón
tirara la puerta abajo, pero al parecer no debió de ver la necesidad: la
ventana estaba atascada por la pintura y la otra salida la tenía vigilada él.
Un baño ya habría sido demasiado. Además,
ya iba siendo hora de afrontar las consecuencias de su última diablura. Rocío abrió
la puerta y le vio apoyado en la pared opuesta, listo para abalanzarse sobre
ella.
-¿Qué me estabas diciendo?
Gas esculpió las palabras con los
dientes.
-¿Te importaría explicarme por qué,
cuando he bajado a la playa tras el desayuno, me he encontrado un atún muerto
flotando en el lago?
-¿Por un cambio en las pautas migratorias
de los peces?
Gastón la asió del brazo, llevándola a la
sala de estar. Mala señal. En el dormitorio quizás habría sido diferente.
-Dudo mucho que las pautas migratorias
puedan cambiar tanto como para que un pez de agua salada acabe sus días un
lago de agua dulce! -gritó empujándola hacia el sofá.
Debería haber regresado al lago la noche
anterior para sacar los peces, pero dio por sentado que acabarían hundiéndose.
Y probablemente lo habrían hecho de no haber sido por la tormenta.
Bueno, se acabó de esquivar el bulto. Era
el momento de la justa indignación.
-De verdad, Gastón, que sea más lista que
tú no significa tenga que saberlo todo sobre los peces.
Indudablemente no había sido la mejor
estrategia, porque por palabras de Gas levantaron astillas.
-¿Puedes mirarme a los ojos y decirme que
no sabes nada de cómo ha llegado un atún al lago?
-Pues...
-¿O qué no sabes por qué ha venido a
verme Eddie Dillar esta mañana para decirme que al final no compraba el
campamento?
-¿Eso ha hecho?
-¿Y qué es lo último que crees que me ha
dicho antes de marcharse?
-Pues no sé... ¿«Gas, machote»?
Gastón levantó las cejas y su voz se
tornó tan sigilosa como los pasos de un asesino.
-No, Rocío, no ha dicho eso. Lo que me ha
dicho es: ¡ Que te vea un loquero, man! »
Rocío se atemorizó.
-¿Y a qué crees que se refería? -preguntó
Gastón.
-¿Qué dices que te ha dicho?
-¿Qué le dijiste exactamente?
Rochi recurrió a la técnica de los niños Riera.
-¿Por qué iba yo a decirle algo? Hay
mucha gente en el campamento que le puede haber dicho algo: Troy, Amy, Jacinta
Long... No es justo, Gastón. Siempre que ocurre algo por aquí, me culpas a mí.
-¿Y por qué crees que
puede ser?
-No tengo ni idea.
Gastón se inclinó hacia delante, apoyó
ambas manos en las rodillas de Ro y acercó la cara a pocos centímetros de la de
ella.
-Pues porque ya te tengo calada.
Rochi se humedeció los labios y estudió
el lóbulo de la oreja de Gastón, perfecto como el resto de su cuerpo, excepto
por la pequeña marca roja de un mordisco que estaba casi segura de haber
dejado allí.
-¿Quién ha preparado el desayuno esta
mañana?
-Yo -dijo suavemente, aunque sin
disminuir en absoluto la presión que ejercía sobre sus rodillas. Era evidente
que no iba a soltarla-. Luego ha venido Amy y me ha ayudado. ¿Has acabado de
escurrir el bulto?
-No... Sí... ¡No lo sé! -Rochi intentó
mover las piernas, pero no lo consiguió-. No quería que vendieras el campamento,
¿vale?
-Dime algo que no sepa.
-Eddie Dillard fue mi herramienta.
-Eso también lo sé -dijo levantándose,
aunque sin retroceder-. ¿Qué más tenemos?
Rocío intentó ponerse en pie, pero el
cuerpo de Gastón se lo impedía. Se sintió tan agitada que quiso gritar.
-Si lo sabes, ¿cómo pudiste hacer eso,
para empezar? ¿Cómo pudiste quedarte cruzado de brazos mientras él hablaba de
pintar las casitas de marrón? ¿Y de derribar esta casita, la casita donde
estamos ahora? ¿O de convertir la casa de huéspedes en una tienda de cebos?
-Sólo podría haberlo hecho si le hubiera
vendido el campamento.
-Si le... -Ro liberó sus piernas del
cuerpo de Gastón y se levantó de un salto-. ¿Qué estás diciendo? Dios mío, Gastón,
¿a qué te refieres?
-Antes, cuéntame lo del atún.
Rochi tragó saliva. En el momento de
concebir el plan ya sabía que tendría que contarle la verdad. Pero hubiera deseado
que no fuera tan pronto.
-De acuerdo -dijo retrocediendo algunos
pasos-. Ayer compré pescado en el mercado, y anoche lo tiré al lago, luego
desperté a Eddie y lo llevé a verlo.
Una pausa.
-¿Y qué le dijiste, exactamente?
Rocío concentró la mirada en un codo de Gas
y habló tan rápido como pudo.
-Que un vertido subterráneo de productos
químicos se estaba filtrando en el lago y mataba a todos los peces. –
-¿Un vertido subterráneo de productos
químicos?
-Ajá.
-¡Un vertido subterráneo de productos
químicos!
Rocío retrocedió un paso más y musitó:
-¿No podríamos hablar de otra cosa?
Dios, al oírla los ojos de Gastón
brillaron con catorce tipos diferentes de locura.
-¿Y Eddie no se dio cuenta de que algunos
de esos peces no deberían estar en un lago de agua dulce?
-Era de noche, y tampoco dejé que se
fijase bien.
Rochi dio otro paso rápido hacia atrás.
Contrarrestado por un paso rápido hacia delante de Gastón.
-¿Y cómo le explicaste que yo estuviera
intentando venderle un campamento de pesca junto a un lago contaminado? Los
nervios la estaban consumiendo.
-¡Deja de mirarme así! -gritó.
-¿Como si estuviera a punto de rodearte
el cuello con las manos y estrangularte?
-Pero no puedes, porque mi hermana es tu
jefa.
-Lo que implica únicamente que tengo que
encontrar la manera de no dejar huellas.
-¡Sexo! Hay parejas que creen que
practicar el sexo cuando están muy enfadadas es muy excitante.
-¿Y tú eso cómo lo sabes? No importa, te
tomo la palabra -dijo alargando la mano y agarrándola del top.
-Mmm... Gasti... -Rochi se humedeció los
labios y alzó la mirada hacia aquellos ojos verdes centelleantes.
Gastón extendió la mano sobre su trasero.
-Te recomiendo muy seriamente que no me
llames así. Y te recomiendo muy seriamente que no intentes evitar también
esto, porque tengo muchas, muchas ganas de hacerte algo físico -dijo
arrimándose a ella-. Y todas las demás posibilidades que se me ocurren me
llevarían a la cárcel.
-Vale, vale. Es justo.
En cuanto estuviera desnuda, le contaría
todo lo que le había dicho a Eddie a propósito de él.
Pero entonces la boca de Gastón se
aplastó contra la suya, y Rocío simplemente dejó de pensar.
Gastón no tuvo la paciencia de quitarse
la ropa, aunque la desnudó a ella, luego cerró de un portazo la puerta del dormitorio
y echó el pestillo por si a alguno de los pequeños Riera se le ocurría pasar a
visitar a su tía Ro.
-A la cama. Y sin rechistar.
«Sí, sí, tan rápido como pueda.»
-Abre las piernas.
«Sí, señor.»
-Más.
Rocío le concedió algunos centímetros.
-Que no tenga que volver a repetirlo.
Ro levantó las rodillas. Ya jamás
volvería a ser igual.
Jamás se volvería a sentir tan
absolutamente segura con un hombre peligroso.
Oyó el sonido de su bragueta. Un gruñido
áspero.
-¿Cómo lo quieres?
-Cállate ya -dijo abriendo los brazos
hacia él-. Cállate y ven aquí.
Segundos más tarde sintió su peso posarse
sobre ella. Gastón seguía furioso, lo sabía muy bien, pero eso no impedía que
la tocara en todos los lugares donde a ella le gustaba ser tocada.
Su voz era grave y ronca, y su
respiración tan profunda que apartó con ella un mechón de cabellos cerca de la
oreja de Rochi.
-Me estás volviendo loco. ¿Lo sabes,
verdad? Rochío apretó la mejilla contra
su dura mandíbula.
-Lo sé. Y lo siento.
La voz de Gastón se volvió más suave y
severa.
-Esto no puede... No podemos seguir...
Rocío se mordió el labio y le abrazó con
fuerza.
-Eso también lo sé.
Gas tal vez no comprendía que aquélla iba
a ser la última vez, pero Rochi sí. Él la penetró en profundidad y hacia el
fondo, como sabía que le gustaba a ella. El cuerpo de Rocío se arqueó. Ro
encontró su ritmo y se entregó totalmente a él. Sólo una vez más. Sólo esta
última vez.
Normalmente, cuando habían terminado, Gas
la abrazaba, se mimaban y hablaban. ¿Quién había estado mejor, ella o él?
¿Quién había hecho más ruido? ¿Por qué la revista Glamour era superior a
Sports Illustrated? Pero aquella mañana no juguetearon. Gastón se volvió y Rocío
se metió en el baño para asearse y vestirse.
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