domingo, 21 de octubre de 2012

Primera Parte, Capitulo Veintidos


 Es verdad. Los chicos no piensan igual que las chicas, y eso puede comportar pro­blemas.
«Cuando los chicos no quieren escuchar»
 Para Chik



Ay, ay, ay... Rochi se entretuvo todo el tiempo que pudo: se cepilló los dientes, se lavó la cara, se alisó el top de ganchi­llo y volvió a atar el cordel de su pijama. Casi esperaba que Gastón tirara la puerta abajo, pero al parecer no debió de ver la necesidad: la ventana estaba atascada por la pintura y la otra salida la tenía vigilada él.
Un baño ya habría sido demasiado. Además, ya iba sien­do hora de afrontar las consecuencias de su última diablura. Rocío abrió la puerta y le vio apoyado en la pared opuesta, listo para abalanzarse sobre ella.
-¿Qué me estabas diciendo?
Gas esculpió las palabras con los dientes.
-¿Te importaría explicarme por qué, cuando he bajado a la playa tras el desayuno, me he encontrado un atún muer­to flotando en el lago?
-¿Por un cambio en las pautas migratorias de los peces?
Gastón la asió del brazo, llevándola a la sala de estar. Ma­la señal. En el dormitorio quizás habría sido diferente.
-Dudo mucho que las pautas migratorias puedan cam­biar tanto como para que un pez de agua salada acabe sus días un lago de agua dulce! -gritó empujándola hacia el sofá.
Debería haber regresado al lago la noche anterior para sacar los peces, pero dio por sentado que acabarían hun­diéndose. Y probablemente lo habrían hecho de no haber sido por la tormenta.
Bueno, se acabó de esquivar el bulto. Era el momento de la justa indignación.
-De verdad, Gastón, que sea más lista que tú no signifi­ca tenga que saberlo todo sobre los peces.
Indudablemente no había sido la mejor estrategia, porque por palabras de Gas levantaron astillas.
-¿Puedes mirarme a los ojos y decirme que no sabes nada de cómo ha llegado un atún al lago?
-Pues...
-¿O qué no sabes por qué ha venido a verme Eddie Dillar esta mañana para decirme que al final no compraba el campamento?
-¿Eso ha hecho?
-¿Y qué es lo último que crees que me ha dicho antes de marcharse?
-Pues no sé... ¿«Gas, machote»?
Gastón levantó las cejas y su voz se tornó tan sigilosa como los pasos de un asesino.
-No, Rocío, no ha dicho eso. Lo que me ha dicho es: ¡ Que te vea un loquero, man! »
Rocío se atemorizó.
-¿Y a qué crees que se refería? -preguntó Gastón.
-¿Qué dices que te ha dicho?
-¿Qué le dijiste exactamente?
Rochi recurrió a la técnica de los niños Riera.
-¿Por qué iba yo a decirle algo? Hay mucha gente en el campamento que le puede haber dicho algo: Troy, Amy, Jacinta Long... No es justo, Gastón. Siempre que ocurre algo por aquí, me culpas a mí.
-¿Y por qué crees que puede ser?
-No tengo ni idea.
Gastón se inclinó hacia delante, apoyó ambas manos en las rodillas de Ro y acercó la cara a pocos centímetros de la de ella.
-Pues porque ya te tengo calada.
Rochi se humedeció los labios y estudió el lóbulo de la oreja de Gastón, perfecto como el resto de su cuerpo, excepto por la pequeña marca roja de un mordisco que estaba casi se­gura de haber dejado allí.
-¿Quién ha preparado el desayuno esta mañana?
-Yo -dijo suavemente, aunque sin disminuir en abso­luto la presión que ejercía sobre sus rodillas. Era evidente que no iba a soltarla-. Luego ha venido Amy y me ha ayu­dado. ¿Has acabado de escurrir el bulto?
-No... Sí... ¡No lo sé! -Rochi intentó mover las pier­nas, pero no lo consiguió-. No quería que vendieras el cam­pamento, ¿vale?
-Dime algo que no sepa.
-Eddie Dillard fue mi herramienta.
-Eso también lo sé -dijo levantándose, aunque sin re­troceder-. ¿Qué más tenemos?
Rocío intentó ponerse en pie, pero el cuerpo de Gastón se lo impedía. Se sintió tan agitada que quiso gritar.
-Si lo sabes, ¿cómo pudiste hacer eso, para empezar? ¿Cómo pudiste quedarte cruzado de brazos mientras él ha­blaba de pintar las casitas de marrón? ¿Y de derribar esta ca­sita, la casita donde estamos ahora? ¿O de convertir la casa de huéspedes en una tienda de cebos?
-Sólo podría haberlo hecho si le hubiera vendido el campamento.
-Si le... -Ro liberó sus piernas del cuerpo de Gastón y se levantó de un salto-. ¿Qué estás diciendo? Dios mío, Gastón, ¿a qué te refieres?
-Antes, cuéntame lo del atún.
Rochi tragó saliva. En el momento de concebir el plan ya sabía que tendría que contarle la verdad. Pero hubiera de­seado que no fuera tan pronto.
-De acuerdo -dijo retrocediendo algunos pasos-. Ayer compré pescado en el mercado, y anoche lo tiré al lago, luego desperté a Eddie y lo llevé a verlo.
Una pausa.
-¿Y qué le dijiste, exactamente?
Rocío concentró la mirada en un codo de Gas y habló tan rápido como pudo.
-Que un vertido subterráneo de productos químicos se estaba filtrando en el lago y mataba a todos los peces. –
-¿Un vertido subterráneo de productos químicos?
-Ajá.
-¡Un vertido subterráneo de productos químicos!
Rocío retrocedió un paso más y musitó: -¿No podríamos hablar de otra cosa?
Dios, al oírla los ojos de Gastón brillaron con catorce ti­pos diferentes de locura.
-¿Y Eddie no se dio cuenta de que algunos de esos pe­ces no deberían estar en un lago de agua dulce?
-Era de noche, y tampoco dejé que se fijase bien.
Rochi dio otro paso rápido hacia atrás. Contrarrestado por un paso rápido hacia delante de Gastón.
-¿Y cómo le explicaste que yo estuviera intentando ven­derle un campamento de pesca junto a un lago contaminado? Los nervios la estaban consumiendo.
-¡Deja de mirarme así! -gritó.
-¿Como si estuviera a punto de rodearte el cuello con las manos y  estrangularte?
-Pero no puedes, porque mi hermana es tu jefa.
-Lo que implica únicamente que tengo que encontrar la manera de no dejar huellas.
-¡Sexo! Hay parejas que creen que practicar el sexo cuando están muy enfadadas es muy excitante.
-¿Y tú eso cómo lo sabes? No importa, te tomo la pa­labra -dijo alargando la mano y agarrándola del top.
-Mmm... Gasti... -Rochi se humedeció los labios y alzó la mirada hacia aquellos ojos verdes centelleantes.
Gastón extendió la mano sobre su trasero.
-Te recomiendo muy seriamente que no me llames así. Y te recomiendo muy seriamente que no intentes evitar tam­bién esto, porque tengo muchas, muchas ganas de hacerte algo físico -dijo arrimándose a ella-. Y todas las demás po­sibilidades que se me ocurren me llevarían a la cárcel.
-Vale, vale. Es justo.
En cuanto estuviera desnuda, le contaría todo lo que le había dicho a Eddie a propósito de él.
Pero entonces la boca de Gastón se aplastó contra la suya, y Rocío simplemente dejó de pensar.
Gastón no tuvo la paciencia de quitarse la ropa, aunque la desnudó a ella, luego cerró de un portazo la puerta del dor­mitorio y echó el pestillo por si a alguno de los pequeños Riera se le ocurría pasar a visitar a su tía Ro.
-A la cama. Y sin rechistar.
«Sí, sí, tan rápido como pueda.»
-Abre las piernas.
«Sí, señor.»
-Más.
Rocío le concedió algunos centímetros.
-Que no tenga que volver a repetirlo.
Ro levantó las rodillas. Ya jamás volvería a ser igual.
Jamás se volvería a sentir tan absolutamente segura con un hombre peligroso.
Oyó el sonido de su bragueta. Un gruñido áspero.
-¿Cómo lo quieres?
-Cállate ya -dijo abriendo los brazos hacia él-. Cá­llate y ven aquí.
Segundos más tarde sintió su peso posarse sobre ella. Gastón seguía furioso, lo sabía muy bien, pero eso no impedía que la tocara en todos los lugares donde a ella le gustaba ser tocada.
Su voz era grave y ronca, y su respiración tan profunda que apartó con ella un mechón de cabellos cerca de la oreja de Rochi.
-Me estás volviendo loco. ¿Lo sabes, verdad? Rochío apretó la mejilla  contra su dura mandíbula.
-Lo sé. Y lo siento.
La voz de Gastón se volvió más suave y severa.
-Esto no puede... No podemos seguir...
Rocío se mordió el labio y le abrazó con fuerza.
-Eso también lo sé.
Gas tal vez no comprendía que aquélla iba a ser la últi­ma vez, pero Rochi sí. Él la penetró en profundidad y hacia el fondo, como sabía que le gustaba a ella. El cuerpo de Rocío se arqueó. Ro encontró su ritmo y se entregó totalmente a él. Sólo una vez más. Sólo esta última vez.
Normalmente, cuando habían terminado, Gas la abra­zaba, se mimaban y hablaban. ¿Quién había estado mejor, ella o él? ¿Quién había hecho más ruido? ¿Por qué la revis­ta Glamour era superior a Sports Illustrated? Pero aquella mañana no juguetearon. Gastón se volvió y Rocío se metió en el baño para asearse y vestirse.

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