sábado, 1 de septiembre de 2012

Capitulo VII, Primera Parte



—Seguramente tu hermana exageraba —dijo Rochi—. Vuestra madre no podía hacer tal cosa.
Gastón apuntó hacia el paisaje a través de la ventana del Cadillac.
—Mira esos bluebonnets por allí. Y esa escrofularia roja. ¿No es el paisaje más bonito que alguna vez has visto?
Él obviamente no quería hablar de su niñez, y, otra vez, Rochi se dejó distraer por la belleza de Texas, el País de las Colinas. Estaban ahora en el oeste de Austin, no muy lejos de Wynette, en una carretera de dos carriles que ofrecía unas vistas impresionantes de colinas escabrosas erosionadas de tierra caliza y valles alfombrados de flores salvajes tan extensos que el ojo apenas podía abarcar. Desde que había llegado, era la primera vez que podía ver fauna de Texas, vislumbró varios venados, y un pájaro que Gastón había identificado como un halcón con la cola roja que volaba sobre un río de agua tan clara que centelleaba con el sol. Ahora, sin embargo, se forzó en concentrarse en la historia que había oído esa mañana. Incluso aunque no fuera asunto suyo, y parecía que no podía ayudarlo, simplemente tenía que saber más acerca de él.
—Háblame de tu infancia, Gastón. Sólo me interesa como educadora, entiéndeme. Me fascina cómo repercute la educación en el comportamiento adulto.
—Créeme, si me hubiera afectado mi educación, ahora mismo sería inquilino de una penitenciaría en alguna parte.
—¿Realmente fue tan malo?
—Desafortunadamente, sí. ¿Conoces esas viejas películas de adolescentes dónde siempre hay un repugnante niño rico que tortura al pobre y valiente héroe?
—Sí.
—Pues bien, yo era ese repugnante niño rico.
—No lo creo. Serías molesto e inmaduro, pero no cruel.
Él levantó una ceja.
—Por favor cuéntame.
Ella desenvolvió un paquete de queso y galletas saladas que apresuradamente había comprado cuándo pararon en una gasolinera y había sido evidente que él no pensaba detenerse para comer.
Él se encogió de hombros.
—Todos en Wynette saben cómo me crié, así qué creo que te enterarás cuando llegues a la ciudad —cambió de carril para adelantar un tractor—. Mi madre era hermosa, rica, y no conocida exactamente por su materia gris.
Rochi inmediatamente pensó en Mery, y decidió que no se aplicaba eso a ella. Sospechaba que Mery Dalmau era sumamente inteligente, pero trataba de esconderlo, justo como hacía su hermano.
—Mi padre venía de una familia pobre —dijo Gastón—. Pero él era listo y trabajador. Supongo que fue un caso de polos opuestos que se atraen. Se casaron rápidamente, y luego comprendieron que se odiaban el uno al otro. Ninguno consideraba un divorcio. Mi padre nunca admitiría que había fallado en algo, y mi madre dijo que no podría sobrevivir a la deshonra.
—Bastante pasado de moda.
—Mi madre pasó su vida en el borde entre la neurosis y la psicosis, con la psicosis ganando según iba envejeciendo. Era la clásica narcisista que se casó con un hombre que no hacía el menor caso de ella, y cuando yo nací, me convirtió en el centro de su vida. Todo lo que quería, me lo daba, incluso aunque fuera algo que no debía tener. Nunca me negaba nada. Y debido a esto, suponía, yo la adoraría.
—¿Y lo hiciste?
—Supongo que no. Se lo devolvía con un mal comportamiento, y cuánto más me daba, más exigía yo. Luego, cada vez que algo salía mal en mi vida, la culpaba de todo a ella. Yo era más o menos el niño más desagradable que te puedas imaginar.
No es de extrañar, pensó ella, sintiendo una puñalada de piedad por el niño que él había sido, así como también la admiración renuente por su sinceridad.
—¿Dónde estaba tu padre mientras sucedía todo esto?
—Construyendo su compañía. Imagino que hizo lo mejor que pudo mientras estuvo por allí. Intentó hablar conmigo sobre mis errores y me puso alguna disciplina ruda, pero nunca estaba demasiado tiempo en casa como para ser efectivo. Era una pequeña rata repulsiva y supongo que no era agradable estar a mi alrededor.
Pero él le culpaba. Rochi lo oyó en su voz. Qué educación tan confusa debía haber sido tener a una madre excesivamente indulgente mientras el padre sólo lo censuraba.
—Por lo que he oído —dijo ella cuidadosamente—. Tu madre no trató a Mery de la misma manera que a ti.
—Por eso siempre la he culpado. Yo tenía cuatro años cuando Mery nació, y, como cualquier niño de cuatro años, no me gustaba tener un desconocido en casa. Pero en vez de proteger a Mery, mi madre la abandonó con niñeras. Nada iba a contrariar a su pequeño y perfecto Gastón, ya me entiendes. Y menos otra mujer.
—Pobre hermana.
Él inclinó la cabeza.
—Por suerte, mi padre se enamoró de Mery desde el momento que puso los ojos en ella. Cuando él estaba en casa, siempre estaba con ella, le daba toda su atención, y se aseguraba que las niñeras le hicieron un informe detallado. Pero él no estaba mucho en casa, y ella todavía conserva muchas cicatrices.
Mery no es la única con cicatrices, pensó Rochi. El favoritismo del padre sobre su hermana había sido tan dañino para él, como la indulgencia excesiva de su madre.
—¿Dónde está tu madre ahora?
—Murió de un aneurisma en el cerebro poco antes de que yo cumpliera diecisiete años.
—Y te quedaste con tu padre.
—Otra persona apareció en mi vida por aquel entonces, y por alguna razón que no puedo imaginar, se interesó por mí. Él me enseñó todo lo que sé acerca del golf, y, al mismo tiempo, se aseguró que aprendiera las reglas duras de la vida. El hombre, fue duro. Pero me dio una oportunidad.
Interesante que alguien aparte de su padre hubiera visto su potencial.
—¿Quién fue?
Gastón no pareció oírla.
—Una lección que él me enseñó pronto fue cómo tratar a mi hermana —se rió—. La llamaba antes de llevarme al club de campo, y si ella le decía que la había tratado mal no me llevaba a jugar. ¿Te lo puedes imaginar? Un chico de diecisiete años siendo rehén de su hermana de doce años.
Él se rió otra vez.
—Afortunadamente, Mery no es muy sanguinaria, y tras los primeros meses perdió interés en la venganza. No demasiado tiempo después descubrimos que nos gustábamos. Desde entonces somos los mejores amigos.
—¿Y la relación con tu padre?
—Oh, lo arreglamos hace algún tiempo —hablaba demasiado despreocupado—. Una vez que comencé a ganar algunos torneos de golf, él se percató de que tenía algún valor. Ahora él establece su agenda para ir a verme jugar.
A final Gastón había logrado ganar la aprobación de su padre. Ganando torneos de golf.
Mientras ella pensaba en cuantas formas de abuso a menores existía, el teléfono móvil sonó. Gastón contestó, la miró desconcertado, luego se lo pasó.
—Un tipo que dice ser un duque.
Rochi colocó en el suelo el queso y las galletas saladas que todavía no había comenzado a comer y se puso el móvil en la oreja.
—Buenas tardes, Su Gracia.
—Es cierto que es tarde aquí, mi amor —respondió esa voz desagradablemente familiar—. Muy tarde, y debería estar en la cama, pero estoy demasiado preocupado por ti para dormir. ¿Dónde estás? Me han informado que no regresaste al hotel anoche.
Entonces, sus perros guardianes estaban en su lugar.
—¿Anoche?
—Sé que estabas allí, por supuesto, ¿dónde si no podrías estar? Pero desearía que me hubieras llamado.
—Pero...
—¿Por qué has dejado el hotel? Pensé que ibas a permanecer en Dallas.
Ella encontró desmoralizador que él tuviera la impresión que ella era incapaz de pasarse la noche de juerga. Se le ocurrió que él tenía un hábito desafortunado de decir siempre lo que quería creer.
—Gastón y yo vamos de camino hacía Wynette. Es su ciudad natal. En cuanto a anoche...
—¿Wynette? Eso me suena. ¿Por qué demonios vas allí?
—Gastón tiene un asunto personal del que encargarse. Le dije que le acompañaría.
—Ya veo. ¿Y dónde te hospedarás?
Ella había pensado alojarse en un hotel, pero se dio cuenta que él esperaba ese comportamiento conservador.
—Me hospedaré en el rancho de Gastón, por supuesto.
Gastón dio un viraje.
Ella agarró firmemente el móvil cuando Hugh comenzó a chisporrotear.
—¡Imposible! Él es soltero, y tú no tienes nada que hacer allí.
—Siento mucho contrariarle, pero es algo necesario para mi investigación. Es de suma importancia para mí para... comprender como se vivía en el viejo Oeste.
¡Eso!, pensó Rochi. Déjale creer que es por eso.
—De ninguna manera te llevo al viejo Oeste —masculló Gastón.
Ella puso el dedo en su boca y le hizo callar.
—Rochi, mi amor, aparentemente no eres consciente de lo descuidado de tu comportamiento. Aun en un país extranjero, necesitas ser más circunspecta.
Ella tamborileó en su regazo mientras la sermoneaba acerca de la conveniencia, su apellido, y su reputación.
—Te alojas en un hotel —dijo Gastón cuándo finalmente le devolvió el aparato—. No en mi rancho. Ahora supongo que me dirás quién era y qué quería.
A pesar que él había compartido algunos dolorosos detalles de su vida privada, ella no se sentía ansiosa por corresponderle.
—Era Hugh Holroyd, Duque de Beddington. Él posee St. Gert. ¿Piensas que podrías ir un poco más despacio?
—¿Cómo ha conseguido mi número de móvil?
—No tengo ni idea. Él realmente es un hombre influyente, y puede conseguir ciertas cosas. ¡Mira! ¡Más flores salvajes!
—Quiero que me digas ahora mismo que está sucediendo aquí —él habló en ese tomo mortífero, sin humor que ella aprendía a temer.
—¿Perdón?
—Comienzo a tener una sensación rara detrás de mis rodillas. Es el mismo presentimiento que a veces tengo antes de fallar un golpe.
Sin previo aviso, él salió de la carretera y se dirigió a una pequeña zona cubierta de grava con tres mesas de picnic, una ellas estaba ocupada por una familia con dos jovencitos. Él salió del coche, pero ella decidió quedarse dónde estaba.

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