—Seguramente tu hermana
exageraba —dijo Rochi—. Vuestra madre no podía hacer tal cosa.
Gastón apuntó hacia el
paisaje a través de la ventana del Cadillac.
—Mira esos bluebonnets por
allí. Y esa escrofularia roja. ¿No es el paisaje más bonito que alguna vez has
visto?
Él obviamente no quería
hablar de su niñez, y, otra vez, Rochi se dejó distraer por la belleza de
Texas, el País de las Colinas. Estaban ahora en el oeste de Austin, no muy
lejos de Wynette, en una carretera de dos carriles que ofrecía unas vistas
impresionantes de colinas escabrosas erosionadas de tierra caliza y valles
alfombrados de flores salvajes tan extensos que el ojo apenas podía abarcar.
Desde que había llegado, era la primera vez que podía ver fauna de Texas,
vislumbró varios venados, y un pájaro que Gastón había identificado como un
halcón con la cola roja que volaba sobre un río de agua tan clara que
centelleaba con el sol. Ahora, sin embargo, se forzó en concentrarse en la
historia que había oído esa mañana. Incluso aunque no fuera asunto suyo, y
parecía que no podía ayudarlo, simplemente tenía que saber más acerca de él.
—Háblame de tu infancia, Gastón.
Sólo me interesa como educadora, entiéndeme. Me fascina cómo repercute la
educación en el comportamiento adulto.
—Créeme, si me hubiera
afectado mi educación, ahora mismo sería inquilino de una penitenciaría en
alguna parte.
—¿Realmente fue tan malo?
—Desafortunadamente, sí.
¿Conoces esas viejas películas de adolescentes dónde siempre hay un repugnante
niño rico que tortura al pobre y valiente héroe?
—Sí.
—Pues bien, yo era ese
repugnante niño rico.
—No lo creo. Serías molesto
e inmaduro, pero no cruel.
Él levantó una ceja.
—Por favor cuéntame.
Ella desenvolvió un paquete
de queso y galletas saladas que apresuradamente había comprado cuándo pararon
en una gasolinera y había sido evidente que él no pensaba detenerse para comer.
Él se encogió de hombros.
—Todos en Wynette saben cómo
me crié, así qué creo que te enterarás cuando llegues a la ciudad —cambió de
carril para adelantar un tractor—. Mi madre era hermosa, rica, y no conocida
exactamente por su materia gris.
Rochi inmediatamente pensó
en Mery, y decidió que no se aplicaba eso a ella. Sospechaba que Mery Dalmau
era sumamente inteligente, pero trataba de esconderlo, justo como hacía su
hermano.
—Mi padre venía de una
familia pobre —dijo Gastón—. Pero él era listo y trabajador. Supongo que fue un
caso de polos opuestos que se atraen. Se casaron rápidamente, y luego
comprendieron que se odiaban el uno al otro. Ninguno consideraba un divorcio.
Mi padre nunca admitiría que había fallado en algo, y mi madre dijo que no
podría sobrevivir a la deshonra.
—Bastante pasado de moda.
—Mi madre pasó su vida en el
borde entre la neurosis y la psicosis, con la psicosis ganando según iba
envejeciendo. Era la clásica narcisista que se casó con un hombre que no hacía
el menor caso de ella, y cuando yo nací, me convirtió en el centro de su vida.
Todo lo que quería, me lo daba, incluso aunque fuera algo que no debía tener.
Nunca me negaba nada. Y debido a esto, suponía, yo la adoraría.
—¿Y lo hiciste?
—Supongo que no. Se lo
devolvía con un mal comportamiento, y cuánto más me daba, más exigía yo. Luego,
cada vez que algo salía mal en mi vida, la culpaba de todo a ella. Yo era más o
menos el niño más desagradable que te puedas imaginar.
No es de extrañar, pensó
ella, sintiendo una puñalada de piedad por el niño que él había sido, así como
también la admiración renuente por su sinceridad.
—¿Dónde estaba tu padre
mientras sucedía todo esto?
—Construyendo su compañía.
Imagino que hizo lo mejor que pudo mientras estuvo por allí. Intentó hablar
conmigo sobre mis errores y me puso alguna disciplina ruda, pero nunca estaba
demasiado tiempo en casa como para ser efectivo. Era una pequeña rata repulsiva
y supongo que no era agradable estar a mi alrededor.
Pero él le culpaba. Rochi lo
oyó en su voz. Qué educación tan confusa debía haber sido tener a una madre
excesivamente indulgente mientras el padre sólo lo censuraba.
—Por lo que he oído —dijo
ella cuidadosamente—. Tu madre no trató a Mery de la misma manera que a ti.
—Por eso siempre la he
culpado. Yo tenía cuatro años cuando Mery nació, y, como cualquier niño de
cuatro años, no me gustaba tener un desconocido en casa. Pero en vez de
proteger a Mery, mi madre la abandonó con niñeras. Nada iba a contrariar a su
pequeño y perfecto Gastón, ya me entiendes. Y menos otra mujer.
—Pobre hermana.
Él inclinó la cabeza.
—Por suerte, mi padre se
enamoró de Mery desde el momento que puso los ojos en ella. Cuando él estaba en
casa, siempre estaba con ella, le daba toda su atención, y se aseguraba que las
niñeras le hicieron un informe detallado. Pero él no estaba mucho en casa, y
ella todavía conserva muchas cicatrices.
Mery no es la única con
cicatrices, pensó Rochi. El favoritismo del padre sobre su hermana había sido
tan dañino para él, como la indulgencia excesiva de su madre.
—¿Dónde está tu madre ahora?
—Murió de un aneurisma en el
cerebro poco antes de que yo cumpliera diecisiete años.
—Y te quedaste con tu padre.
—Otra persona apareció en mi
vida por aquel entonces, y por alguna razón que no puedo imaginar, se interesó
por mí. Él me enseñó todo lo que sé acerca del golf, y, al mismo tiempo, se
aseguró que aprendiera las reglas duras de la vida. El hombre, fue duro. Pero
me dio una oportunidad.
Interesante que alguien
aparte de su padre hubiera visto su potencial.
—¿Quién fue?
Gastón no pareció oírla.
—Una lección que él me
enseñó pronto fue cómo tratar a mi hermana —se rió—. La llamaba antes de
llevarme al club de campo, y si ella le decía que la había tratado mal no me
llevaba a jugar. ¿Te lo puedes imaginar? Un chico de diecisiete años siendo
rehén de su hermana de doce años.
Él se rió otra vez.
—Afortunadamente, Mery no es
muy sanguinaria, y tras los primeros meses perdió interés en la venganza. No
demasiado tiempo después descubrimos que nos gustábamos. Desde entonces somos
los mejores amigos.
—¿Y la relación con tu
padre?
—Oh, lo arreglamos hace
algún tiempo —hablaba demasiado despreocupado—. Una vez que comencé a ganar
algunos torneos de golf, él se percató de que tenía algún valor. Ahora él
establece su agenda para ir a verme jugar.
A final Gastón había logrado
ganar la aprobación de su padre. Ganando torneos de golf.
Mientras ella pensaba en
cuantas formas de abuso a menores existía, el teléfono móvil sonó. Gastón
contestó, la miró desconcertado, luego se lo pasó.
—Un tipo que dice ser un
duque.
Rochi colocó en el suelo el
queso y las galletas saladas que todavía no había comenzado a comer y se puso
el móvil en la oreja.
—Buenas tardes, Su Gracia.
—Es cierto que es tarde
aquí, mi amor —respondió esa voz desagradablemente familiar—. Muy tarde, y
debería estar en la cama, pero estoy demasiado preocupado por ti para dormir.
¿Dónde estás? Me han informado que no regresaste al hotel anoche.
Entonces, sus perros
guardianes estaban en su lugar.
—¿Anoche?
—Sé que estabas allí, por
supuesto, ¿dónde si no podrías estar? Pero desearía que me hubieras llamado.
—Pero...
—¿Por qué has dejado el
hotel? Pensé que ibas a permanecer en Dallas.
Ella encontró desmoralizador
que él tuviera la impresión que ella era incapaz de pasarse la noche de juerga.
Se le ocurrió que él tenía un hábito desafortunado de decir siempre lo que
quería creer.
—Gastón y yo vamos de camino
hacía Wynette. Es su ciudad natal. En cuanto a anoche...
—¿Wynette? Eso me suena.
¿Por qué demonios vas allí?
—Gastón tiene un asunto
personal del que encargarse. Le dije que le acompañaría.
—Ya veo. ¿Y dónde te
hospedarás?
Ella había pensado alojarse
en un hotel, pero se dio cuenta que él esperaba ese comportamiento conservador.
—Me hospedaré en el rancho
de Gastón, por supuesto.
Gastón dio un viraje.
Ella agarró firmemente el
móvil cuando Hugh comenzó a chisporrotear.
—¡Imposible! Él es soltero,
y tú no tienes nada que hacer allí.
—Siento mucho contrariarle,
pero es algo necesario para mi investigación. Es de suma importancia para mí
para... comprender como se vivía en el viejo Oeste.
¡Eso!, pensó Rochi. Déjale
creer que es por eso.
—De ninguna manera te llevo
al viejo Oeste —masculló Gastón.
Ella puso el dedo en su boca
y le hizo callar.
—Rochi, mi amor,
aparentemente no eres consciente de lo descuidado de tu comportamiento. Aun en
un país extranjero, necesitas ser más circunspecta.
Ella tamborileó en su regazo
mientras la sermoneaba acerca de la conveniencia, su apellido, y su reputación.
—Te alojas en un hotel —dijo
Gastón cuándo finalmente le devolvió el aparato—. No en mi rancho. Ahora
supongo que me dirás quién era y qué quería.
A pesar que él había
compartido algunos dolorosos detalles de su vida privada, ella no se sentía
ansiosa por corresponderle.
—Era Hugh Holroyd, Duque de Beddington. Él posee St.
Gert. ¿Piensas
que podrías ir un poco más despacio?
—¿Cómo ha conseguido mi número
de móvil?
—No tengo ni idea. Él
realmente es un hombre influyente, y puede conseguir ciertas cosas. ¡Mira! ¡Más
flores salvajes!
—Quiero que me digas ahora
mismo que está sucediendo aquí —él habló en ese tomo mortífero, sin humor que
ella aprendía a temer.
—¿Perdón?
—Comienzo a tener una
sensación rara detrás de mis rodillas. Es el mismo presentimiento que a veces
tengo antes de fallar un golpe.
Sin previo aviso, él salió
de la carretera y se dirigió a una pequeña zona cubierta de grava con tres
mesas de picnic, una ellas estaba ocupada por una familia con dos jovencitos.
Él salió del coche, pero ella decidió quedarse dónde estaba.
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