lunes, 22 de octubre de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veintidos


El aire seguía siendo húmedo por la tormenta, así que Rocío se puso una sudadera por encima del top y el panta­lón corto. Gastón esperaba en el porche principal, con Cafre a sus pies. El humo que desprendía su taza de café subía en es­piral mientras él contemplaba el bosque. Rochi se acurrucó dentro de la calidez de su sudadera.
-¿Estás listo para oír el resto de la historia?
-Supongo que más me vale estarlo.
Rocío hizo que la mirara.
-Le dije a Eddie que aunque te vendieras el campamen­to, todavía estabas emocionalmente ligado a él, y que no po­días soportar la idea de que le estuviera ocurriendo algo al lago. Por ese motivo, te hallabas bajo un estado de negación permanente de la contaminación. Le dije que no le engaña­bas deliberadamente, que no podías evitarlo.
-¿Y Eddie se lo tragó?
-Es más tonto que un haba, y yo estuve bastante con­vincente. -Rocío narró con todo detalle el resto de la his­toria-. Entonces le dije que tenías un problema mental, y por eso sí que te pido perdón, y le prometí que me asegura­ría de que recibieras ayuda psiquiátrica.
-¿Un problema mental?
-Fue lo único que se me ocurrió.
-¿Y no se te ocurrió no entrometerte en mis negocios?
Gastón dejó de un golpe su taza de café y salpicó toda la mesa.
-No podía hacerlo.
-¿Por qué no? ¿Quién te ha dado permiso para organi­zarme la vida?
-Nadie. Pero...
El mal genio de Gas tenía una mecha larga, pero por fin estalló.
-¿Qué pasa contigo y este lugar?
-¡No soy yo, Gas, eres tú! Has perdido a tus dos pa­dres, y estás decidido a mantener a Julia a una distancia pru­dencial. No tienes ningún hermano, ningún tipo de parente­la en absoluto. ¡Es importante que no pierdas el contacto con tu pasado, y este campamento es lo único que te queda!
-¡A mí no me importa mi pasado! ¡Y créeme, tengo mu­cho más que este campamento!
-Lo que intento decirte es...
-Tengo millones de dólares y no he sido tan estúpido como para desprenderme de ellos, ¡empecemos por ahí! Tengo coches, una casa lujosa, una cartera de acciones que me mantendrán sonriente durante mucho tiempo. ¿Y sabes qué más tengo? Tengo una carrera y no permitiría que un ejér­cito de entrometidos interesados me la arrebatara.
Rocío entrelazó sus manos.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Explícame una cosa. Explícame cómo se justifica que pases tanto tiempo metiéndote en mis asuntos en vez de preo­cuparte de los tuyos.
-Sí que me preocupo de mis asuntos.
-¿Cuándo? Llevas dos semanas urdiendo y maquinan­do acerca del campamento en vez de dedicar tus energías a lo que deberías. Tu carrera se está yendo al garete. ¿Cuándo vas a empezar a presentar batalla por tu conejita en vez de tumbarte y hacerte la muerta?
-¡Yo no he hecho eso! No sabes de qué estás hablando.
-¿Sabes qué pienso? Creo que tu obsesión por mi vida y este campamento es sólo una forma de no pensar en lo que deberías estar haciendo con tu propia vida.
¿Cómo se las había apañado para darle la vuelta a la con­versación?
-Tú no entiendes nada. Daphne se cae de bruces es el pri­mer libro de un nuevo contrato. No van a aceptarme nada nuevo hasta que lo revise.
-No tienes agallas.
-¡Eso no es verdad! Hice todo lo posible para conven­cer a mi editora de que estaba equivocada, pero Birdcage no cedió.
-Vale me habló de Daphne se cae de bruces. Me di­jo que es tu mejor libro. Lástima que vaya a ser la única niña que lo leerá. -Gastón señaló con un gesto la libreta que Rocío había dejado sobre el sofá-. Y luego está el nuevo en el que estás trabajando, Daphne va a un campamento de verano.
-¿Y tú cómo sabes...?
-No eres la única que actúa a hurtadillas. He leído el borrador. Aparte de alguna injusticia flagrante con el tejón, diría que tienes otro éxito. Pero nadie puede publicarlo a me­nos que obedezcas las órdenes. ¿Y lo estás haciendo? No. ¿Estás siquiera forzando el asunto? Tampoco. En vez de eso, vives sin rumbo en una especie de país de nunca jamás donde ninguno de tus problemas es auténtico, sólo los míos.
-¡No lo entiendes!
-En eso te doy la razón. Nunca he comprendido a los cobardes.
-¡Eso no es justo! Yo no puedo ganar. Si hago esas revi­siones, me habré vendido y me odiaré. Si no las hago, los li­bros de Daphne desaparecerán. El editor jamás reeditará los antiguos, y seguro que no publicará ninguno nuevo. Haga lo que haga, perderé, y perder nunca es una buena opción.
-Perder no es tan malo como dejar de luchar.
-Sí que lo es. Las mujeres de mi familia nunca pierden. Gastón se la quedó mirando un buen rato.
-A menos que se me escape algo, sólo hay otra mujer en tu familia.
-¡Y mira lo que hizo! -La agitación la obligaba a moverse-. María siguió al frente de los Stars cuando nadie en el mundo apostaba por ella. Derrotó a todos sus enemigos…
-Se casó con uno de ellos.
-... y les ganó con sus propias reglas. Todos aquello hombres pensaban que era una rubia boba y la despreciaron. Nunca debería haber acabado al frente de los Stars, pero lo hizo.
-Todos en el mundo del fútbol la admiran por ello. Pero ¿qué tiene que ver eso contigo?
Rocío se volvió y se alejó unos pasos. Él ya lo sabía y no la iba a obligar a decírselo.
-¡Vamos, Rochi! Quiero oír salir de tu boca esas pala­bras para poder llorar a moco tendido.
-¡Vete al cuerno!          
-Vale, ya lo diré yo por ti. No quieres pelear por tus hombros porque podrías fracasar, y eres tan competitiva con tu hermana que no puedes arriesgarte a eso.
-Yo no soy competitiva con Mery. ¡La quiero mucho!
-Eso no lo dudo. Pero tu hermana es una de las muje­res más poderosas en el deporte profesional, y tú eres una fracasada.
-¡No lo soy!
-Pues deja de comportarte como tal.
-No lo entiendes.
-Estoy empezando a entender muchas cosas -dijo ro­deando con la mano el respaldo de una de las sillas-. En rea­lidad, creo que por fin lo he entendido todo.
-¿Entendido el qué? No importa, no quiero saberlo.
Ro se dirigió a la cocina, pero Gas le cerró el paso antes de que pudiera llegar allí.
-Eso de la alarma de incendios. Nicolás habla de la niña tranquila y seria que eras. Las buenas notas que sacabas, todos los premios recibidos. Te has pasado toda la vida inten­tando ser perfecta, ¿verdad? Siendo la primera en la lista de honor, coleccionando medallas por buena conducta del mismo modo que otros niños coleccionan cromos de béisbol. Pero entonces algo ocurre. Sientes una presión salida de la nada y pierdes la chaveta. ¡Tiras de una alarma de incendios, te desprendes de todo tu dinero, asaltas la cama de un per­fecto desconocido! -Gastón sacudió la cabeza-. No entie­ndo cómo no me di cuenta enseguida. No entiendo cómo nadie más se da cuenta.
-¿Cuenta de qué?
-De quién eres realmente.
-Como si tú lo supieras.
-Tanta perfección. No es tu naturaleza.
-¿De qué estás hablando?
-Estoy hablando de la persona que habrías sido si hubieses crecido en una familia normal.
Rocio no sabía qué iba a decir Gas, pero sabía que se lo creía y de repente sintió ganas de huir.
Gastón se interpuso entre ella y la puerta de escape.
-¿No lo ves? Tu naturaleza era ser la payasa de la clase, la chica que hacía novillos para fumar marihuana con su no­vio y hacérselo en el asiento de atrás de su coche.
-¿Qué?
-La chica con más probabilidades de pasar de la facultad y Largarse a Las Vegas a desfilar en tanga.
-¡En tanga! ¡Es lo más...!
-Tú no eres la hija de Bartolomé Igarzabal -se rió burlón-. ¡Diablos! Eres la hija de tu madre. Y todos han estado dema­siado ciegos para darse cuenta.
Rocío se dejó caer en el columpio. Aquello era una bo­bada. Las divagaciones mentales de alguien que ha pasado demasiado tiempo en una máquina de resonancia magnética. Gas estaba poniendo patas arriba todo lo que Ro creía saber sobre sí misma.
-No tienes ni idea de lo que... De pronto, se quedó sin aire.
-Lo que estás...
Rochi intentó acabar la frase, pero no pudo porque en lo más profundo de su ser algo encajó finalmente en su lugar.
«La payasa de la clase... La chica que hacía novillos...»
-No sólo es que tengas miedo de arriesgarte porque es­tás compitiendo con María. Tienes miedo de arriesgarte porque sigues viviendo con la ilusión de que tienes que ser perfecta. Y Rocío, créeme, ser perfecta no forma parte de tu naturaleza.
Rocío necesitaba pensar, pero no podía hacerlo bajo la mirada de aquellos vigilantes ojos verdes.
-Yo no... Ni siquiera me reconozco en la persona de la que hablas.
-Dedícale unos segundos, y seguro que te reconocerás. Eso ya era demasiado. El tonto era él, no ella.
-Intentas distraerme para que no siga con todo lo que va mal contigo.
-A mí nada me va mal. O, al menos, nada me iba mal hasta que te conocí.
-¿Eso crees? -Rocío se dijo a sí misma que era mejor callar, aquél no era el momento, pero todo lo que había es­tado pensando y había intentado no decir salió a la superfi­cie-. ¿Y qué me dices del miedo que le tienes a cualquier tipo de conexión emocional?
-Si te refieres a Julia...
-No, no. Eso sería demasiado fácil. Incluso alguien tan obtuso como tú sería capaz de imaginarse eso. ¿Por qué no nos fijamos en algo más complicado?
-¿Por qué no?
-¿No es un poco raro? Tienes treinta y tres años, eres rico, moderadamente inteligente, pareces un dios griego y eres a todas luces heterosexual. Pero ¿qué falla en el retrato? Ah, sí, ya me acuerdo... Nunca has tenido una sola relación duradera con una mujer.
-Ah, por el...
-¿Qué me dices de eso?
-¿Y tú cómo sabes si eso es cierto?
-Cotilleos sobre el equipo, los periódicos, el artículo que hablaba de nosotros en People. Si alguna vez has tenido alguna relación duradera, debió de ser en el instituto. Por tu vida pasan montones de mujeres, pero ninguna consigue que­darse mucho tiempo.
-¡Hay una que ya se está quedando demasiado!
-Y fíjate en el tipo de mujeres que eliges -dijo Rocío poniendo las manos sobre la mesa-. ¿Eliges a mujeres inte­ligentes que pudieran tener alguna posibilidad de mantener tu interés? ¿O mujeres respetables que compartan al menos algunos, y ni se te ocurra discutirme sobre esto, de tus valo­res de lo más conservadores? Pues sorpresa, sorpresa. Nada de eso.
-Ya volvemos a lo de las mujeres extranjeras. Te juro que estás obsesionada.
-Vale, pues dejémoslas a un lado y fijémonos en las mu­jeres americanas con las que sale el H.P. Chicas asiduas a las fiestas que llevan demasiado maquillaje y demasiada poca ro­pa. ¡Chicas que babean en tus camisas y no han visto el inte­rior de un aula desde que suspendieron matemáticas básicas!
-Estás exagerando.
-¿No lo ves, Gastón? Eliges deliberadamente a mujeres con las que estás predestinado a no poder tener una auténti­ca relación.
-¿Y qué? Quiero concentrarme en mi carrera, y no pasar por el aro para hacer feliz a una mujer. Además, sólo tengo treinta y tres años. No estoy listo para sentar la cabeza.
-Para lo que no estás listo es para crecer.
-¿Yo?
-Y luego está Julia.
-Tenía que salir...
-Es extraordinaria. Aunque hayas hecho todo lo posi­ble para mantenerla a distancia, sigue por aquí, esperando a que entres en razón. Tienes muchísimo que ganar y nada que perder con ella, pero ni siquiera quieres concederle un rin­concito en tu vida. En vez de eso, te comportas como un ado­lescente malhumorado. ¿No lo ves? A tu manera, estás tan afectado por la educación que recibiste como yo.
-No, de eso nada.
-Mis cicatrices son más fáciles de comprender. No tuve madre y tuve un padre tiránico, mientras que tú tuviste un padre y una madre que te amaron. Pero eran tan distintos a ti que nunca te sentiste realmente vinculado a ellos, y eso to­davía te hace sentir culpable. La mayoría de la gente podría dejarlo a un lado y seguir adelante, pero la mayoría de la gen­te no es tan sensible como tú.
Gastón saltó de la silla.
-¡Eso es una bobada! Soy tan duro como el que más, señorita, no lo olvides.
-Sí, eres duro por fuera, pero por dentro eres tan blan­do como el algodón, y tienes tanto miedo a mandar tu vida al garete como yo.
-¡Tú no sabes nada!
-Sé que no hay otro hombre entre mil que se hubiera sen­tido obligado por honor a casarse con la loca que le había asal­tado mientras dormía, aunque estuviera emparentada con su jefa. Nicolás y Mery podían haberte encañonado con una es­copeta, pero lo único que tenías que hacer era darle la culpa a quien la tenía. No sólo no lo hiciste, sino que me obligaste a jurar que tampoco lo haría yo. -Ro tenía las manos frías y se las metió dentro de las mangas de la sudadera-. Luego está la forma como te comportaste cuando sufrí el aborto.
-Cualquiera en mi lugar habría...
-No, nadie lo habría hecho, pero tú quieres creerlo por­que te da miedo cualquier tipo de emoción que no encaje en­tre los dos postes de una portería.
-¡Eso es una estupidez!
-Fuera del campo, sabes que hay algo que te falta, pero te da miedo buscarlo porque, a tu manera típicamente neu­rótica e insegura, crees que hay algo que no funciona en tu interior y que impedirá que lo encuentres. No pudiste co­nectar con tus padres, por tanto, ¿cómo podrías establecer una relación duradera con cualquier otra persona? Es más sencillo concentrarse en ganar partidos de fútbol.
-¿Relación duradera? ¡Para el carro! ¿De qué estamos hablando realmente?
-Hablamos de que ya va siendo hora de que madures y tomes algún riesgo de verdad.
-No lo creo. Creo que hay alguna agenda oculta detrás toda esta farsa.
Hasta ese momento, Rocío no había intentado que así fuera, pero a veces Gastón veía las cosas antes que ella. Se dio ruta de que él tenía razón, pero ya era demasiado tarde Ro se enfureció consigo misma.
-Creo que de lo que estamos hablando es de una rela­ción duradera entre nosotros -dijo él.
-¡Ja!
-¿Es eso lo que quieres, Rocío? ¿Pretendes convertir nuestro matrimonio en un auténtico matrimonio?
-¿Con alguien que emocionalmente tiene doce años? Un hombre que apenas puede ser educado con su única pa­rienta consanguínea? No soy tan autodestructiva.
-¿No?
-¿Qué quieres que te diga? ¿Que me he enamorado de ti?
Rochi había intentado ser mordaz, pero vio por su ex­presión de asombro que Gas había reconocido la verdad. Sintió que se le aflojaban las piernas, se sentó al borde del columpio e intentó encontrarle una salida a aquel atolla­dero, pero se sentía emocionalmente demasiado apaleada. Y además, ¿qué sentido tendría si Gastón podía ver más allá de sus palabras? Rochi levantó la cabeza y admitió:
-¿Y qué? Reconozco un callejón sin salida en cuanto entro en él, y no soy tan estúpida como para seguir en la di­rección equivocada.
A Rocío no le gustó la perplejidad que expresaba el ros­tro de Gastón.
-Estás enamorada de mí.
Ro sintió la boca seca. Cafre se frotó contra sus tobi­llos y gimió. Quiso decir que no era más que una derivación del encaprichamiento, pero no pudo.
-Qué gran cosa -logró decir-. Si crees que me voy a poner a llorar en tu pecho porque tú no sientes lo mismo, te equivocas. Yo no suplico por el amor de nadie.
--Rochi...
A Rocío no le gustó en absoluto la compasión de su voz. Otra vez más, Rocío no había estado a la altura. No había sido lo bastante inteligente ni lo bastante guapa ni lo bastante especial para que un hombre la amara.
¡Basta!
Rocío se sintió poseída por una ira terrible, y esta vez no iba dirigida hacia él. Estaba harta de sus propias insegurida­des. Le había acusado de tener que crecer, pero Gatón no era el único. A ella no le pasaba nada malo, y no podía seguir vi­viendo su vida como si así fuera. Si su amor no era corres­pondido, eso se perdía Gastón.
-Me marcharé hoy con Mery y Nico -dijo levan­tándose del columpio de un salto -. Mi corazón roto y yo procuraremos volver a Chicago sin ser vistos, y ¿sabes qué? Ambos sobreviviremos sin problemas.
-Ro, no puedes...
-Para, antes de que le dé un calambre a tu conciencia. Tú no eres responsable de mis sentimientos, ¿de acuerdo? Esto no es culpa tuya, y no tienes que arreglarlo. Es simple­mente una de esas cosas que pasan.
-Pero... Lo siento, yo...
-Cállate.
Lo dijo suavemente, porque no quería marcharse con rencor. Rocío avanzó hacia él y, sin proponérselo, levantó la mano y le acarició la mejilla. Le encantaba el tacto de su piel, y lo amaba a pesar de sus flaquezas demasiado humanas.
-Eres un buen hombre, Charlie Brown, y te deseo lo mejor.
-Rochi, yo no...
-Eh, no me supliques que me quede, ¿bueno? -Rocío lo­gró esbozar una sonrisa y comenzó a alejarse-. Todo lo bue­no se acaba, y aquí es donde estamos -dijo al llegar a la puer­ta-. Vamos, Cafre. Iremos a buscar a Mery.

domingo, 21 de octubre de 2012

Capitulo VIII, Primera Parte


Rochi comió sola esa noche. Después de anunciarle que Gastón se había marchado para practicar, Patrick le sirvió una deliciosa ensalada de pasta, junto con frijolitos verdes frescos aliñados con aceite de oliva y ajo, un panecillo crujiente, y un trozo de tarta de arándanos para postre. Comió en la solana, la cual estaba amueblada en brillante bejuco negro cubierto por un toldo verde y blanco.
Había más flores en una colección de floreros rústicos colocados sobre mesas antiguas. Detrás de la casa, crecía un bosque de pacanas, mientras un patio y una piscina estaban algo más alejados, y un cercado blanco donde los caballos pastaban se estiraba a lo lejos. Más temprano había dado un paseo a lo largo del río para disfrutar de las flores salvajes.
A pesar de la atmósfera tranquila y el aire aromático que entraba de sopetón a través de la puerta de tela metálica, se sentía inquieta. ¿Por qué Gastón no había regresado? A pesar de que le dijo que no le importaba, deseaba que él no considerara su presencia tan desagradable.
Patrick rehusó su oferta de ayudarle con la limpieza, así que extendió sus notas de investigación y trabajó hasta que oscureció. Los insectos, atraídos por las luces del porche, se metían en la trampa de la pantalla, y se oían los criquets fuera. Oía el zumbido suave del lavaplatos, y la llamada de un ave nocturna. La apacibilidad le recordó a St. Gert después de que las chicas estuviesen dormidas.
Su estado de ánimo estaba por los suelos. A este paso, regresaría a Inglaterra con su reputación más intacta que nunca. Vio a Patrick cruzando el césped hacia el pequeño apartamento dónde vivía encima del garaje. Salió impulsivamente, y le llamó.
—¿Tienes el número de Mery en alguna parte?
—Está anotado en la lista al lado de la nevera.
Un momento más tarde, tenía a la hermana de Gastón al teléfono.
—No, no tengo planes —dijo Mery después de que Rochi le explicó lo que quería—. Pero me temo que los bares de Wynette no sean exactamente de tu gusto.
—¿Qué clase de diversión es irte de vacaciones y no probar cosas nuevas?
—Vale, está bien. Si estás segura de esto, paso a recogerte en media hora.
Rochi se vistió con el top que se había comprado el día anterior, de tela de lycra blanca lo bastante corto para revelar un poco de piel de su cintura y bastante apretado para acentuar sus pechos. Aunque las mangas cortas ocultaban la mayor parte del tatuaje de la bandera de la Estrella Solitaria, se veía un trozo de mástil y el nombre de Gastón. Era humillante, pero necesario, decidió, y juró no mirarse en el espejo. Sólo esperaba que el hombre de Beddington fuera lo bastante brillante para traer una cámara.
Mery la recogió en un BMW azul oscuro, el cuál conducía a una velocidad alarmante. Rochi cerró los ojos y cruzó firmemente los brazos.
—Pareces nerviosa.
—No me gusta la velocidad en los coches.
—Eso hace difícil la vida, especialmente en Texas —Mery bajó la velocidad.
—Más bien en todas partes.
Ahora que no iban tan rápido, Rochi se tomó un momento para estudiar a su compañera. Mery traía puesto un body color turquesa con unos pantalones vaqueros negros ceñidos que exhibían un par de piernas interminablemente largas. La hebilla de su cinturón brillaba tenue en su cintura, y pendientes de plata mejicanos se bamboleaban en sus lóbulos. Se veía rica, preciosa, y coto privado. Ni por un instante Beddington consideraría alguna vez hacer a Mery Dalmau su esposa.
Mery recorrió la mirada en el espejo retrovisor.
—Tú en realidad deberías aprender a conducir.
—Uhmm...
—De verdad. Te podría enseñar.
—Eres muy amable, pero creo que no.
—¿Realmente esto te asusta, verdad?
—Supongo que sí.
—Creo que se cómo te sientes.
Rochi oyó la tristeza de su voz, y algo le dijo que un matrimonio con Benjamín O' Conner no era sólo lo que a Mery preocupaba. Sus modales de chica rica echada a perder, camuflaban mucho dolor.
—¿Se está portando Patrick bien contigo? —preguntó—. Es bastante protector con Gastón, y puede ser pesado a veces.
—Él fue muy útil.
Mery se rió.
—Vuelve loco a mi Papito tener un hombre abiertamente gay viviendo en el rancho con su único hijo. Pero todo el mundo sabe que Patrick es el mejor ama de llaves del condado, y, si me preguntas, el día que Gastón le rescató fue una suerte para ambos.
—¿Cómo le rescató?
—Patrick conducía y tomaba fotos para un libro sobre paradores. Paró en un albergue de carretera y aparecieron un montón de palurdos decididos a mostrarle su masculinidad golpeando a mierdas como él. Cuatro contra uno. Gastón llegó justo a tiempo. Él no puede soportar ese tipo de abusos. Le vuelven loco.
—¿Qué hizo él?
—Deja que te diga que pocas veces aparece el temperamento de Gastón, pero cuando lo hace, es una imagen memorable. Acabó llevándose a Patrick a su casa para que se recuperase, y entró la mañana siguiente justo a tiempo de ver una bandeja de rollitos de canela caseros saliendo del horno. Gastón probó uno y contrató a Patrick en el acto. Eso provocó una tonelada de murmuraciones, sin mencionar todos los problemas de Gastón con la PGA por la pelea del albergue de carretera que salió en los periódicos.
—Él hizo lo correcto.
—Pienso lo mismo. De todos modos, le criticaron. Te juro que si escuchas a los lugareños lo único que Gastón hace bien es ganar torneos.
—¿A la gente no le gusta él? Me sorprende.
—Oh, no. Le quieren. Todo el mundo sabe que él ha hecho más por esta ciudad que todos nosotros juntos. Ha construido un centro comunitario y ha proporcionado el dinero para una biblioteca nueva, y muchas cosas más. Pero hablar mal de Gastón y hacerle pasar un mal rato ha sido la actividad de ocio favorita de esta ciudad durante tanto tiempo que ya parece algo natural.
—Y eso, ¿por qué?
—Las personas recuerdan el pasado, y todavía sostienen algunos rencores de su horrible niñez. Nadie todavía ha batido su record de expulsiones en la escuela secundaria. Y el jefe de policía jubilado te puede contar historias de sus tropelías hasta el infinito. Parece que todo el mundo le guarda rencor. Judy Weber nunca olvidará que él le copió su examen de aritmética en cuarto grado, y luego convenció al director que ella era la única que había hecho trampa. Le robó un cromo de béisbol de Hank Aarón a Bob Frazier en sexto grado y lo rompió en cachitos. Cogía el dinero del almuerzo de los niños, rompía sus juguetes, se deshacía de novias a diestro y siniestro, y sembraba la destrucción allá por dónde iba hasta que Nico Riera finalmente se encargó de él tras morir mi madre.
De modo que Nico Riera era la persona misteriosa al que Gastón se había referido ese día. Obviamente la relación de Gastón con el marido de Eugenia era más compleja de lo que había imaginado.
—De todas formas, ha sido un ciudadano modelo desde sus últimos años de adolescente. Las personas deberían olvidar —dijo Rochi.
—A Gastón no le importa. Y él podría ser un ciudadano modelo, pero tiene grandes defectos de carácter. En el caso de que no te hayas dado cuenta es un enorme perezoso.
—Lo he notado —dijo Rochi secamente—. Pero eso tampoco es un crimen.
—A veces sí y a veces no. Es difícil de explicar. Simplemente se toma todo con calma, menos el golf. Así es cómo su administrador le ha estafado tanto dinero. Gastón nunca se molestó en hacer indagaciones sobre él.
Rochi recordó la forma práctica que él describió su niñez, sin exhibir un bocado de simpatía por las circunstancias que habían conducido a su mala conducta. Mientras ella creía que los adultos no deberían tomar como excusa una infancia disfuncional para no seguir con una vida normal, también había visto una gran cantidad de incompetencia paterna en su carrera y no creía que alguien debiera continuar haciendo penitencia por eso. Y eso parecía que era lo que estaba haciendo Gastón.
—Él se distancia de todos menos del golf —siguió Mery—. Especialmente de las mujeres. Trata a sus novias como a reinas, les compra regalos caros, les envía flores... pero en el momento que ellas comienzan a albergar esperanzas de una relación permanente, él deja de existir. ---Rochi se percató que Mery le anunciaba una advertencia sutil, pero ella no dijo nada. Mery continuó, —Todos quieren ser amigos de Gastón, pero él no deja a nadie acercarse, sólo a mí. Nunca he conocido a nadie que se abra menos a otras personas. Imagino que teme que si se preocupa demasiado por alguien puedan manipularlo, como nuestra madre hizo. Madurar no ha sido fácil para Gastón, y está decidido a evitar cualquier amenaza.
—Es irónico que alguien con tanto encanto natural sea fundamentalmente un solitario.
—Es el hombre más simpático del mundo, hasta que alguien lo fastidia o ponen en su boca cosas que él no ha dicho. Entonces utiliza ese encanto para aislarse. O se hace el tonto. Me pone de los nervios cuando hace eso, porque es el hombre más inteligente que conozco. Mi hermano se lee un libro en el tiempo que tarda la gente en comerse una bolsa de patatas.
Mery se calló. Rochi pensó decirle simplemente a la hermana de Gastón que ella no tenía ninguna intención de involucrarse personalmente con su complicado hermano, pero tampoco quería parecer tonta.
—Es lo más extraño —dijo Mery—. Al contrario que Gastón, mi segundo ex marido tuvo una infancia perfecta, pero se convirtió en un gilipollas inmoral. Nunca puedes acertar con las personas.
—¿Cuánto hace que te divorciaste?
—Un año, pero ya llevábamos un tiempo separados. Tommy es un mujeriego. Mi papito me advirtió que no me casara con él, pero no le escuché — una expresión profundamente desafortunada cruzó su cara—. Puede que si yo hubiera tenido un bebé, Tommy se habría asentado, pero ya no podemos saberlo.
—Dudo que un bebé le hubiera mantenido fiel.
—Sé que tienes razón. De cualquier forma es un redomado perdedor —se pasó una mano por el pelo—. Mi primer marido fue un amorío de universidad que salió mal. Él bebía, y cuando bebía se ponía violento, y destrozaba más o menos nuestro apartamento. Duramos un año.
Ella trató de alcanzar la radio.
—Mi papito dice que no puede fiarse de mí en lo referente a los hombres, por eso quiere que me case con Benjamín. Pero no creo... —miró directamente al espejo retrovisor, y su mano se paró en los botones de la radio mientras fruncía el ceño—. Ese mamón me ha estado pisando los talones desde que dejamos el rancho de Gastón. Te juro que estaba aparcado allí esperando.
—¡Es verdad! —Rochi se giró hacia atrás para mirar y vio un Tauro verde oscuro—. ¿Piensas que nos está siguiendo?
—Podría ser.
La boca de Rochi se secó. El perro guardián de Beddington estaba alerta.

Primera Parte, Capitulo Veintidos


 Es verdad. Los chicos no piensan igual que las chicas, y eso puede comportar pro­blemas.
«Cuando los chicos no quieren escuchar»
 Para Chik



Ay, ay, ay... Rochi se entretuvo todo el tiempo que pudo: se cepilló los dientes, se lavó la cara, se alisó el top de ganchi­llo y volvió a atar el cordel de su pijama. Casi esperaba que Gastón tirara la puerta abajo, pero al parecer no debió de ver la necesidad: la ventana estaba atascada por la pintura y la otra salida la tenía vigilada él.
Un baño ya habría sido demasiado. Además, ya iba sien­do hora de afrontar las consecuencias de su última diablura. Rocío abrió la puerta y le vio apoyado en la pared opuesta, listo para abalanzarse sobre ella.
-¿Qué me estabas diciendo?
Gas esculpió las palabras con los dientes.
-¿Te importaría explicarme por qué, cuando he bajado a la playa tras el desayuno, me he encontrado un atún muer­to flotando en el lago?
-¿Por un cambio en las pautas migratorias de los peces?
Gastón la asió del brazo, llevándola a la sala de estar. Ma­la señal. En el dormitorio quizás habría sido diferente.
-Dudo mucho que las pautas migratorias puedan cam­biar tanto como para que un pez de agua salada acabe sus días un lago de agua dulce! -gritó empujándola hacia el sofá.
Debería haber regresado al lago la noche anterior para sacar los peces, pero dio por sentado que acabarían hun­diéndose. Y probablemente lo habrían hecho de no haber sido por la tormenta.
Bueno, se acabó de esquivar el bulto. Era el momento de la justa indignación.
-De verdad, Gastón, que sea más lista que tú no signifi­ca tenga que saberlo todo sobre los peces.
Indudablemente no había sido la mejor estrategia, porque por palabras de Gas levantaron astillas.
-¿Puedes mirarme a los ojos y decirme que no sabes nada de cómo ha llegado un atún al lago?
-Pues...
-¿O qué no sabes por qué ha venido a verme Eddie Dillar esta mañana para decirme que al final no compraba el campamento?
-¿Eso ha hecho?
-¿Y qué es lo último que crees que me ha dicho antes de marcharse?
-Pues no sé... ¿«Gas, machote»?
Gastón levantó las cejas y su voz se tornó tan sigilosa como los pasos de un asesino.
-No, Rocío, no ha dicho eso. Lo que me ha dicho es: ¡ Que te vea un loquero, man! »
Rocío se atemorizó.
-¿Y a qué crees que se refería? -preguntó Gastón.
-¿Qué dices que te ha dicho?
-¿Qué le dijiste exactamente?
Rochi recurrió a la técnica de los niños Riera.
-¿Por qué iba yo a decirle algo? Hay mucha gente en el campamento que le puede haber dicho algo: Troy, Amy, Jacinta Long... No es justo, Gastón. Siempre que ocurre algo por aquí, me culpas a mí.
-¿Y por qué crees que puede ser?
-No tengo ni idea.
Gastón se inclinó hacia delante, apoyó ambas manos en las rodillas de Ro y acercó la cara a pocos centímetros de la de ella.
-Pues porque ya te tengo calada.
Rochi se humedeció los labios y estudió el lóbulo de la oreja de Gastón, perfecto como el resto de su cuerpo, excepto por la pequeña marca roja de un mordisco que estaba casi se­gura de haber dejado allí.
-¿Quién ha preparado el desayuno esta mañana?
-Yo -dijo suavemente, aunque sin disminuir en abso­luto la presión que ejercía sobre sus rodillas. Era evidente que no iba a soltarla-. Luego ha venido Amy y me ha ayu­dado. ¿Has acabado de escurrir el bulto?
-No... Sí... ¡No lo sé! -Rochi intentó mover las pier­nas, pero no lo consiguió-. No quería que vendieras el cam­pamento, ¿vale?
-Dime algo que no sepa.
-Eddie Dillard fue mi herramienta.
-Eso también lo sé -dijo levantándose, aunque sin re­troceder-. ¿Qué más tenemos?
Rocío intentó ponerse en pie, pero el cuerpo de Gastón se lo impedía. Se sintió tan agitada que quiso gritar.
-Si lo sabes, ¿cómo pudiste hacer eso, para empezar? ¿Cómo pudiste quedarte cruzado de brazos mientras él ha­blaba de pintar las casitas de marrón? ¿Y de derribar esta ca­sita, la casita donde estamos ahora? ¿O de convertir la casa de huéspedes en una tienda de cebos?
-Sólo podría haberlo hecho si le hubiera vendido el campamento.
-Si le... -Ro liberó sus piernas del cuerpo de Gastón y se levantó de un salto-. ¿Qué estás diciendo? Dios mío, Gastón, ¿a qué te refieres?
-Antes, cuéntame lo del atún.
Rochi tragó saliva. En el momento de concebir el plan ya sabía que tendría que contarle la verdad. Pero hubiera de­seado que no fuera tan pronto.
-De acuerdo -dijo retrocediendo algunos pasos-. Ayer compré pescado en el mercado, y anoche lo tiré al lago, luego desperté a Eddie y lo llevé a verlo.
Una pausa.
-¿Y qué le dijiste, exactamente?
Rocío concentró la mirada en un codo de Gas y habló tan rápido como pudo.
-Que un vertido subterráneo de productos químicos se estaba filtrando en el lago y mataba a todos los peces. –
-¿Un vertido subterráneo de productos químicos?
-Ajá.
-¡Un vertido subterráneo de productos químicos!
Rocío retrocedió un paso más y musitó: -¿No podríamos hablar de otra cosa?
Dios, al oírla los ojos de Gastón brillaron con catorce ti­pos diferentes de locura.
-¿Y Eddie no se dio cuenta de que algunos de esos pe­ces no deberían estar en un lago de agua dulce?
-Era de noche, y tampoco dejé que se fijase bien.
Rochi dio otro paso rápido hacia atrás. Contrarrestado por un paso rápido hacia delante de Gastón.
-¿Y cómo le explicaste que yo estuviera intentando ven­derle un campamento de pesca junto a un lago contaminado? Los nervios la estaban consumiendo.
-¡Deja de mirarme así! -gritó.
-¿Como si estuviera a punto de rodearte el cuello con las manos y  estrangularte?
-Pero no puedes, porque mi hermana es tu jefa.
-Lo que implica únicamente que tengo que encontrar la manera de no dejar huellas.
-¡Sexo! Hay parejas que creen que practicar el sexo cuando están muy enfadadas es muy excitante.
-¿Y tú eso cómo lo sabes? No importa, te tomo la pa­labra -dijo alargando la mano y agarrándola del top.
-Mmm... Gasti... -Rochi se humedeció los labios y alzó la mirada hacia aquellos ojos verdes centelleantes.
Gastón extendió la mano sobre su trasero.
-Te recomiendo muy seriamente que no me llames así. Y te recomiendo muy seriamente que no intentes evitar tam­bién esto, porque tengo muchas, muchas ganas de hacerte algo físico -dijo arrimándose a ella-. Y todas las demás po­sibilidades que se me ocurren me llevarían a la cárcel.
-Vale, vale. Es justo.
En cuanto estuviera desnuda, le contaría todo lo que le había dicho a Eddie a propósito de él.
Pero entonces la boca de Gastón se aplastó contra la suya, y Rocío simplemente dejó de pensar.
Gastón no tuvo la paciencia de quitarse la ropa, aunque la desnudó a ella, luego cerró de un portazo la puerta del dor­mitorio y echó el pestillo por si a alguno de los pequeños Riera se le ocurría pasar a visitar a su tía Ro.
-A la cama. Y sin rechistar.
«Sí, sí, tan rápido como pueda.»
-Abre las piernas.
«Sí, señor.»
-Más.
Rocío le concedió algunos centímetros.
-Que no tenga que volver a repetirlo.
Ro levantó las rodillas. Ya jamás volvería a ser igual.
Jamás se volvería a sentir tan absolutamente segura con un hombre peligroso.
Oyó el sonido de su bragueta. Un gruñido áspero.
-¿Cómo lo quieres?
-Cállate ya -dijo abriendo los brazos hacia él-. Cá­llate y ven aquí.
Segundos más tarde sintió su peso posarse sobre ella. Gastón seguía furioso, lo sabía muy bien, pero eso no impedía que la tocara en todos los lugares donde a ella le gustaba ser tocada.
Su voz era grave y ronca, y su respiración tan profunda que apartó con ella un mechón de cabellos cerca de la oreja de Rochi.
-Me estás volviendo loco. ¿Lo sabes, verdad? Rochío apretó la mejilla  contra su dura mandíbula.
-Lo sé. Y lo siento.
La voz de Gastón se volvió más suave y severa.
-Esto no puede... No podemos seguir...
Rocío se mordió el labio y le abrazó con fuerza.
-Eso también lo sé.
Gas tal vez no comprendía que aquélla iba a ser la últi­ma vez, pero Rochi sí. Él la penetró en profundidad y hacia el fondo, como sabía que le gustaba a ella. El cuerpo de Rocío se arqueó. Ro encontró su ritmo y se entregó totalmente a él. Sólo una vez más. Sólo esta última vez.
Normalmente, cuando habían terminado, Gas la abra­zaba, se mimaban y hablaban. ¿Quién había estado mejor, ella o él? ¿Quién había hecho más ruido? ¿Por qué la revis­ta Glamour era superior a Sports Illustrated? Pero aquella mañana no juguetearon. Gastón se volvió y Rocío se metió en el baño para asearse y vestirse.