lunes, 31 de diciembre de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veinticuatro


Con un sentimiento de desapego, Gastón observó cómo subía el indicador de velocidad de su Ferrari. Ciento treinta y nueve... ciento cuarenta. Aceleró hacia el oeste por la auto­pista de peaje dejando atrás el último de los suburbios de Chicago. Conduciría todo el camino hasta Iowa si era nece­sario; lo que hiciera falta para calmar su desasosiego y poder concentrarse en lo que realmente importaba.
El stage de pretemporada empezaba a la mañana siguien­te. Conduciría hasta entonces.
Necesitaba sentir la velocidad. El chisporroteo del peli­gro. Ciento cuarenta y cuatro... ciento cuarenta y seis.
A su lado, los papeles del divorcio que le había enviado el abogado de Rocío cayeron del asiento. ¿Por qué no había hablado con él antes de hacerlo? Intentó serenarse pensan­do en lo que era importante.
Sólo le quedaban cinco o seis años buenos...
Lo que contaba era jugar con los Stars...
No podía permitirse la distracción de una mujer exi­gente...
Y así siguió hasta que se cansó tanto de escucharse a sí mismo que pisó más a fondo el acelerador.
Hacía un mes y cuatro días que había visto a Rocío por última vez, así que no podía culparla de no haber acelerado sus entrenamientos como había planeado, ni de no haber vis­to ni una sola grabación de un partido de fútbol como era su intención. En vez de eso, se había dedicado a escalar rocas, descender por aguas bravas y hacer un poco de parapente. Pero ninguna de estas actividades le había satisfecho.
Lo único que le había alegrado un poco había sido ha­blar con Julia y Liam pocos días antes. Ambos parecían muy felices.
El volante vibraba bajo sus manos, aunque había tenido sensaciones más intensas al saltar de ese acantilado con Rocío.
Ciento cincuenta y dos. O el día en que ella había volca­do la canoa. Ciento cincuenta y tres. O de cuando él había trepado al árbol en busca de Mermy. Ciento cincuenta y cin­co. O simplemente al ver aquel resplandor travieso en sus ojos.
Y cuando había hecho el amor con ella. Aquello había sido la sensación más intensa de toda su vida.
Pero se había acabado toda la diversión. Le había resul­tado más excitante pasear en bicicleta por el campamento con Rocío que ir a ciento cincuenta y seis kilómetros por hora en un Ferrari Spider.
El sudor goteaba de sus axilas. Si se le pinchaba una rue­da, nadie volvería a verle jamás, nunca tendría la oportunidad de contarle que tenía toda la razón sobre él. Que tenía tanto miedo como ella había dicho.
Gastón se había enamorado de ella.
De pronto, el vacío que había estado sintiendo en su in­terior desapareció, y Gastón levantó el pie del acelerador. Mientras volvía a acomodarse en el asiento, sintió un soca­vón en el pecho. Julia había intentado decírselo, y también Candela, pero él no las había querido escuchar. Rocío te­nía razón. Gastón creía secretamente que como persona no podía dar la talla como la daba como jugador, por eso nun­ca lo había intentado. Pero ya era demasiado mayor como para seguir viviendo la vida entre las sombras de la duda.
Gastón pasó al carril de la derecha. Por primera vez en va­rios meses, se sintió calmado. Ella le había dicho que le que­ría, y Gastón acababa de comprender lo que aquello signifi­caba. También comprendió lo que tenía que hacer. Y esta vez tenía la intención de hacerlo bien.
Media hora más tarde, estaba llamando a la puerta de los Riera. Le abrió Amado, que llevaba vaqueros y un flo­tador naranja.
-¡Gastón! ¿Quieres venir a bañarte conmigo?
-Lo siento, pero hoy no puedo. -Gastón se coló en la casa-. Tengo que ver a tu mamá y a tu papá.
-Papá no sé dónde está, pero mamá está en su despacho.
-Gracias.
Gastón le pasó la mano por el pelo y atravesó toda la ca­sa camino del despacho de la parte posterior. La puerta es­taba abierta, pero llamó igualmente.
-¿María?
Ella se volvió y se quedó mirándole.
-Perdona que haya venido sin permiso, pero tengo que hablar contigo.
-¿Ah?
María se reclinó en su butaca y extendió sus piernas de corista, bastante más largas que las de Rocío, pero ni de lejos tan tentadoras. Llevaba un pantalón corto blanco y sandalias de plástico de color rosa con dibujitos de dinosaurios viole­tas. A pesar de eso, parecía tan formidable como Dios, y en lo referente al mundo de los Stars, tan poderosa como Él.
-Es sobre Rocío.
Por un momento, le pareció ver un brillo de descon­fianza en su mirada.
-¿Qué pasa con Rocío?
Gastón entró en la habitación y esperó una invitación para sentarse. Pero la invitación no llegó.
No había forma de postergar la cuestión, ni ningún mo­tivo para hacerlo.
-Quiero casarme con ella. De verdad. Y quiero vuestra bendición.
No obtuvo la sonrisa que esperaba.
-¿A qué viene el cambio de opinión?
-A que la amo y quiero formar parte de su vida para siempre.
-Ya veo.
María tenía una perfecta cara de póquer. Tal vez no sa­bía qué senTía Rochi por él. Habría sido muy típico de Rocío ocultarle sus sentimientos a su hermana para protegerlo.
-Ella me quiere.
María no pareció impresionada.
Gastón volvió a intentarlo.
-Estoy bastante seguro de que esto la hará feliz.
-Oh, de eso estoy segura. Al menos al principio. La temperatura de la habitación bajó diez grados.
-¿A qué te refieres con eso?
María se levantó del escritorio, con un aspecto mucho más feroz del que debería tener alguien que lleva sandalias de dinosaurios.
-Ya sabes que nosotros deseamos un matrimonio de verdad para Rocío.
-Y también yo. Por eso estoy aquí.
-Un marido que la ponga a ella en primer lugar.
-Y eso es lo que va a tener.
-Vaya, ¡hay que ver lo rápidamente que cambia de piel el lobo!
Gastón no fingió no comprender lo que quería decir.
-Tengo que reconocer que he tardado un poco en dar­me cuenta de que mi vida tiene que ser algo más que jugar al fútbol, pero enamorarme de Rocío ha reajustado mi punto de vista.
La expresión de frío escepticismo de María mientras rodeaba su escritorio no era nada alentadora.
-¿Y qué me dices del futuro? Todo el mundo sabe lo comprometido que estás con el equipo. Una vez le dijiste a Nicolás que te gustaría entrenar cuando te retires como jugador, y a él le pareció entender que te gustaría acabar en el despa­cho principal. ¿Todavía piensas así?
Gastón no iba a mentir.
-Que ponga el fútbol en el lugar que le corresponde no significa que quiera tirarlo por la borda.
-No, me imagino que no -dijo María cruzando los brazos-. Seamos sinceros. ¿Es realmente Rocío lo que quie­res? ¿O más bien son los Stars?
A Gastón se le paró el corazón.
-Espero que no quieras decir lo que creo que estás di­ciendo.
-Casarte con un miembro de la familia y seguir adelante con el matrimonio parece una forma eficaz de asegurarte que acabarás accediendo al despacho principal.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y le caló hasta los huesos.
-He dicho que quería tu bendición, no que la necesi­tara.
Gastón empezó a alejarse y, cuando todavía no había al­canzado la puerta, notó el latigazo de las palabras de María en la espalda:
-Si vuelves a acercarte a ella, ya puedes despedirte de los Stars.
Gastón se volvió, sin poder creer lo que acababa de oír.
La mirada de María era fría y decidida.
-Lo digo en serio, Gastón. Mi hermana ya ha sufrido bastante, y no permitiré que la utilices para alcanzar tus ob­jetivos a largo plazo. Mantente alejado de ella. Puedes tener el equipo o puedes tener a Rocío, pero no puedes tener am­bas cosas.

Capitulo IX, Segunda Parte


Rochi oyó una salpicadura débil y empezó a ver que Gastón buceaba bajo el agua. Unos momentos más tarde, emergió en el extremo más alejado de la piscina y comenzó a nadar. Una brazada tras otra. Lentas, perezosas. Un hombre que no tenía nada mejor que hacer. Ningún trabajo honesto. Ninguna responsabilidad. Nada de niños que le preocuparan.
Él se puso de espaldas, y siguió nadando a paso de tortuga, y mientras le miraba, su cólera crecía en todos los rincones de su ser. Ella había dedicado toda su vida a los niños, y este hombre representaba todo lo que detestaba. Su estómago dio un vuelco de auto-repugnancia cuando se acordó de lo cerca que había estado de dejarse seducir por él.
Él emergió de la piscina, buscó su toalla, luego aparentemente se acordó de que Shelby se había marchado con ella, envolviendo a su hijo ilegítimo, así que se quitó el agua con las manos. Cuando ella observó esos golpes largos, lánguidos, la náusea le llegó hasta los pies. Débilmente, entendió que este no era su asunto, pero no podía controlar la fiera emoción que se revolvía dentro de ella. La cólera y el horrible convencimiento de que él no era quién ella pensaba. Se levantó y caminó hacía el borde de la piscina.
Él la contempló. Sonreía con su sonrisa perezosa.
Ella no tenía ningún plan. Nada preconcebido. Pero lo siguiente que supo fue que su brazo se mecía a través del aire, y su mano conectaba con su mandíbula.
En algún lugar distante, con una neblina roja, miró a ese idiota y vio gotas de agua volar. Una mancha se dispersó a través de su mandíbula donde ella le había pegado. Su estómago se contrajo.
—¿Qué diablos pasa contigo?
Él maldijo, luego clavó los ojos en ella, unos ojos que se habían vuelto tan profundos y oscuros como un cardenal.
Sintió que sus piernas no la sostenían. Nunca le debería haber golpeado.
Nunca. Esto no era de su incumbencia, y no tenía ningún derecho en convertirse en verdugo.
Sus ojos resplandecieron.
—Te lanzaría al fondo en este mismo instante, aunque estás vestida, así que ten cuidado.
Su cólera se recargó.
—Eres despreciable.
Un músculo saltó en su mandíbula colorada, y a los lados, cerraba los puños con fuerza.
—Aw, infierno... —sin previo aviso, la levantó en brazos y la arrojó a lo más profundo de la piscina.
Ella subió, chisporroteando y furiosa, sólo para verle andando hacia la casa, alejándose de ella, como se alejaba de ese precioso bebé.
—¿Que clase de hombre eres? —gritó ella—. ¡La clase de hombre que abandona a su hijo!
Él se congeló en sus pasos. Lentamente se volvió.
—¿Qué has dicho?
Su sombrero flotó a su lado. Lo cogió mientras trataba de no hundirse.
—Digo que eres el típico hombre que va por ahí plantando su esperma y luego lo arregla firmando un jugoso cheque, eso quiero decir.
—¿Plantando esperma?
Su cólera se volvió a encender. Se zambulló para nadar hasta el borde pero su túnica mojada hacía sus movimientos torpes. Perdió su sombrero cuando alcanzó la escalera de mano, pero tenía una misión que cumplir, y no se preocupó.
—¡Es un bebé tan precioso! ¿Cómo puedes...?
—¡Eres una idiota!
Él estaba de pie en el centro del césped con el sol lanzando destellos en su pelo mojado. Sus piernas estaban separadas, las gotas de agua brillaban en su piel, y la miró como si se preparara para asesinarla.
—¡Ese bebé precioso es mi hermano!
Se quedó de piedra. ¿Su hermano? Oh, Dios... sí que era una idiota.
—¡Gastón!
Pero él ya estaba lejos.
Ella salió del agua y empezó a ver todo con cierta consternación. ¿Qué sucedía con ella? Nunca había sido una persona que juzgara precipitadamente. En St. Gert escuchaba cada aspecto de una disputa antes de tomar una decisión, pero no había estado dispuesta a hacer eso con él. Le debía una disculpa, y sólo podía esperar que él fuera magnánimo y la aceptara.
Motivada por una combinación de cobardía y temor, se dio una ducha y se cambió. Luego, esperando que él hubiera tenido la posibilidad de enfriarse, se dispuso a buscarle sólo para descubrir que había abandonado la casa. No se veía a Sombra en la dehesa, y vislumbró a un hombre a caballo alejándose del rancho.
Patrick subió del cuarto oscuro y la invitó a acompañarlo al pueblo mientras él iba a comprar unas cosas. Ella aceptó la invitación, pensando que podría encontrar alguna especie de regalo para Gastón a manera de disculpa. Pero en el momento que alcanzaron los límites municipales, ella se dio cuenta de que ningún frasco de colonia masculina o un libro caro compensarían el insulto.
Cuando regresaron a la casa, Sombra estaba otra vez en la dehesa, pero no había ningún signo de Gastón.
—Él probablemente está en el gimnasio —dijo Patrick cuándo ella preguntó.
—¿Él hace gimnasia?
—Algo por el estilo.
Ella siguió las indicaciones de Patrick hasta un cuarto en el extremo más alejado del segundo piso. La puerta estaba entreabierta. Cuando la empujó para abrirla, se percató que sus palmas estaban húmedas y pegajosas, y se las secó en sus pantalones cortos.
Gastón se ejercitaba en una especie de máquina de remos, o al menos los movía hacia adelante y hacia atrás a un ritmo lento. Él miró hacia arriba cuando ella entró y frunció el ceño.
—¿Qué quieres?
—Quiero disculparme.
—No me sirve —despacio se bajó de la máquina de remos y dio una leve patada a un teléfono inalámbrico que había en el suelo.
—Gastón, realmente lo siento.
Él la ignoró, cayéndose al suelo alfombrado en lugar de eso y empezando una tabla de flexiones. Su forma era excelente, no había duda, aunque parecía no poner mucho esfuerzo en ello.
—No tenía ningún derecho a meter mi nariz en algo que no era mi asunto.
Él mantenía los ojos en el suelo mientras continuaba con sus flexiones.
—¿De qué tratas de disculparte? ¿De meter la nariz en mis asuntos?
—Y de abofetearte —avanzó unos pasos—. Oh, Gastón, yo lo siento tanto. Nunca he pegado a nadie en mi vida. ¡Nunca!
Él no dijo nada, simplemente continuó con sus flexiones perezosas, tomándose su tiempo, de la misma manera que nadaba. Ella pensó que detectó un olor apenas perceptible de calor masculino viniendo de su cuerpo, pero no vio ningún sudor.
La vista de su cuerpo con nada más que un par de pantalones cortos azules de gimnasia la distraían, y ella devolvió su atención.
—No sé lo que me pasó. Estaba tan trastornada, tan decepcionada contigo. Fue una especie de locura temporal.
Él cuadró su mandíbula y no alzó la vista hacía ella.
—Esa bofetada te la puedo perdonar.
—Pero...
—Simplemente sal de aquí, ¿vale? En este momento no soporto ni mirarte.
Ella trató de pensar en algo que decir para intentar arreglarlo, pero no encontró nada.
—Bien. Sí. Entiendo —se echó para atrás hacia la puerta, sintiéndose avergonzada y miserable—. Realmente lo siento.
Sus flexiones fueron un poquito más rápido.
—Estás pidiendo perdón por la cosa equivocada, pero ni siquiera comprendes eso. ¡Ahora vete de una maldita vez! Y si quieres llamar a Eugenia y decirle que paso de ti, puedes hacerlo.
—No haré eso —antes de llegar a la puerta, se volvió, necesitaba saber—. ¿Si me perdonas por pegarte, puedes decirme de qué otra cosa no me puedes perdonar?
—Me parece que no tienes que preguntar.
Las flexiones continuaron. Las hacía sin ningún esfuerzo aparente. Ni una gota de sudor.
—Aparentemente lo hago.
—¿Cómo una mujer a la que considero mi amiga puede pensar que soy un cabrón que abandona a su hijo?
—Sólo te conozco desde hace tres días —no podía menos que indicarlo—. Realmente no te conozco muy bien.
Él le dirigió una mirada llena de ultraje e incredulidad.
—¡Me conoces lo bastante para saber que no haría algo así!
Su respiración se había alterado, pero ella tenía la sensación que era de cólera, no del esfuerzo.
—Pero Gastón, tu madrastra es tan joven. Ella no puede tener aun ni treinta años. Nunca se me ocurrió...
—¡No quiero oír más! Lo digo en serio, Rochi, sal de aquí. Le prometí a Shelby que te llevaría a su casa a cenar esta noche, pero créeme, no me gusta nada. Por lo que a mí respecta, nuestra amistad ha terminado.
Hasta ese momento ella en realidad no sabía que tenían una amistad, pero ahora que comprendió que la había perdido, se sintió extrañamente despojada.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Primera Parte, Capitulo Veinticuatro


Daphne no hablaba con Benny, y a Benny no le importaba, y Melissa no en­contraba sus gafas de sol de estrella del cine, y había empezado a llover. ¡Todo era un gran lío!
Daphne va a un campamento de verano



Julia se detuvo en la puerta de la cocina de la casa de huéspedes. Rocío se había quedado dormida sobre la mesa. Tenía la cabeza apoyada sobre el brazo, la mano extendida junto a su cuaderno de dibujo, y los cabellos esparcidos so­bre la vieja mesa de roble como jarabe derramado. ¿Cómo había podido pensar que era una simple aficionada?
Hacía diez días que Rocío había regresado al campa­mento y había terminado las ilustraciones para Daphne va a un campamento de verano, había empezado un nuevo libro y había escrito un artículo para Chik. Todo eso, además de cocinar y atender a los invitados. No podía relajarse, aunque le había contado a Julia que su nuevo contrato le había da­do finalmente una estabilidad financiera. Julia sabía que es­taba intentando no pensar en Gastón y comprendía su callado sufrimiento. Julia habría estrangulado a su hijo.
Rocío meneó la cabeza y pestañeó; luego levantó la mi­rada y sonrió. Tenía ojeras. Probablemente a juego con las de Julia.
-¿Ha ido bien el paseo? -preguntó Rocío.
-Sí.
Rocío se incorporó y se sujetó los cabellos detrás de las orejas.
-Liam ha estado aquí.
A Julia se le aceleró un poco el corazón. Dejando apar­te el día en que lo vio de refilón en el pueblo poco después de su ultimátum, llevaba semanas sin verle. En vez de facili­tar las cosas, su separación se había vuelto más dolorosa.
-Traía algo para ti -dijo Rocío-. Le he dicho que lo subiera a tu habitación.
-¿Qué es?
-Probablemente deberías verlo por ti misma -dijo re­cogiendo un bolígrafo que se había caído al suelo, y jugue­teando con él-. Me ha pedido que me despidiera de ti en su nombre.
Julia sintió un escalofrío, aunque hacía calor en la cocina.
-¿Se marcha?
-Hoy mismo. Se va a vivir a México durante una tem­porada. Quiere experimentar con la luz.
Eso no resultaba nada sorprendente. ¿Acaso Julia espe­raba que se quedara sentado esperando a que ella cambiara de idea? Cualquiera que comprendiera el arte de Liam Jen­ner sabía que era fundamentalmente un hombre de acción.
-Ya.
Rocío se levantó y la miró compasiva.
-No podías haberlo hecho más mal.
-Haberlo hecho peor. -Julia no pudo evitar corregir­la. Se trataba de uno de esos actos reflejos que había hereda­do de su vida con Craig.
-Dudo que yo hubiera podido sobrevivir sin ti, pero ahora que Gastón se ha marchado, ¿por qué sigues aquí?
Julia tenía planeado reunirse pronto con Gastón en Chi­cago. Ninguno de los dos quería seguir manteniendo en se­creto su relación, y Gastón ya había volado hasta Carolina del Norte para compartir la noticia con sus amigos, los Bonner. También se lo contó a los hermanos de Cal, a sus esposas, y al tipo que se había sentado a su lado en el avión, según le ha­bía dicho él mismo la última vez que la había llamado.
Julia anhelaba volver a verle, pero aún no podía aban­donar el campamento. Se decía a sí misma que se quedaba por Rocío.
-Me he quedado por aquí para ayudarte, tonta desa­gradecida.
Rocío llevó su vaso de agua hasta el fregadero. -Y por algo más.
-Porque esto es muy tranquilo, y detesto Los Ángeles.
-O tal vez porque no puedes alejarte de Liam, aunque le trataste fatal y no te lo mereces.
-Si crees que es tan maravilloso, quédatelo para ti. No tienes ni idea de lo que es estar casada con un hombre con­trolador.
-Como si no pudieras tenerle comiendo de tu mano si quisieras.
-No utilices ese tono de voz conmigo, jovencita.
-Eres tan petulante -sonrió Rocío-. Anda y sube a ver qué te ha dejado.
Julia intentó salir lentamente de la cocina como una diva enojada, pero sabía que con Rocío esas actuaciones no cola­ban. La esposa de su hijo tenía el mismo encanto abierto y sincero que Mallory. ¿Cómo era posible que Gastón no se die­ra cuenta de a quién le estaba dando la espalda?
¿Y qué pasaba con el hombre al que le estaba dando ella la espalda? Todavía no podía trabajar en su colcha. Lo úni­co que veía cuando la miraba eran retales de tela. Ya no ha­bía oleadas de energía creativa, ni vislumbraba respuesta alguna a los misterios de la vida.
Atravesó el rellano de la segunda planta en dirección a las estrechas escaleras que subían al desván. Gastón había in­tentado que se mudara a una de las habitaciones más grandes, pero a Julia le gustaba alojarse ahí arriba.
Al abrir la puerta, vio un enorme lienzo, más alto que an­cho, apoyado en el borde de la cama. Aunque estaba envuelto en papel de embalar, supo exactamente qué era. La Virgen que tanto había admirado aquella tarde en su estudio. Cayó de rodillas sobre la alfombra y, conteniendo la respiración, arrancó el papel.
Pero no era la Virgen. Era el retrato que Liam le había hecho.
Un sollozo subió por su pecho. Se echó los dedos a la boca y dio unos pasos atrás. La representación que había he­cho de su cuerpo era brutal. Había mostrado todos los mi­chelines, todas las arrugas, todos los bultos que deberían ha­ber sido llanos. La carne de un muslo sobresalía del borde de la silla en la que estaba sentada; sus pechos colgaban con pe­sadez.
Y aun así, estaba gloriosa. Su piel era luminosa, con un brillo que parecía brotar de lo más profundo de su interior, sus curvas fuertes y fluidas, su rostro majestuosamente her­moso. Era tanto ella como todas las mujeres, sabia en su edad.
Aquélla era la última carta de amor de Liam Jenner para ella. Una declaración intransigente de sentimientos que eran clarividentes y audaces. Era el alma de Julia puesta al descubierto por aquel hombre brillante al que no había te­nido el valor de reclamar como suyo. Y tal vez ya era dema­siado tarde.
Julia cogió las llaves, bajó volando las escaleras y salió corriendo a por su coche. Alguno de los niños había dibuja­do un elaborado conejo en la capa de polvo que se había acu­mulado sobre su maletero. Al acercarse observó que el di­bujo era sospechosamente sofisticado: otra de las travesuras de Rocío.
Demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde... Los neumáticos chirriaron cuando arrancó a toda prisa ha­cia la casa de cristal. Mientras ella había estado levantando barreras contra un marido muerto al que había dejado de amar hacía ya años, Liam había ido a por lo que quería.
Demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde... El coche dio algunos brincos al pasar por los baches que domi­naban el primer tramo del camino, pero se estabilizó cuan­do la casa apareció. Parecía vacía y deshabitada.
Julia bajó del coche de un salto, corrió hacia la puerta y llamó al timbre. No hubo respuesta. Llamó a la puerta con los puños y luego corrió hacia la parte posterior. «Se ha ido a México...»
El estudio envuelto en cristal se erguía ante ella, la casa del árbol de un genio. Dentro no parecía haber ninguna señal de vida, ni tampoco en el resto de la casa.
El lago centelleaba bajo la luz del sol detrás de la casa, y el cielo flotaba azul y limpio de nubes encima: un día per­fecto que se burlaba de ella. Julia vio una puerta a un lado y corrió hacia ella; no esperaba que estuviera abierta, pero el pesado pomo giró.
Dentro todo estaba silencioso. Julia fue de la parte pos­terior de la casa a la cocina, y de allí, a la sala de estar, desde donde subió a la pasarela.
La arcada del final la atraía hacia su espacio sagrado. Julia no tenía ningún derecho a entrar, pero lo hizo.
Liam estaba en pie de espaldas a la puerta, empaquetan­do los tubos de acrílicos en un estuche de viaje. Como aque­lla tarde en la que Julia había estado allí, Liam iba vestido de negro, con unos pantalones anchos cortados a medida y una camisa de manga larga. Vestido para viajar.
-¿Quieres algo? -gruñó sin levantar la mirada.
-Pues sí -dijo ella sin aliento.
Finalmente, Liam se volvió y Julia vio por la expresión tozuda de su mandíbula que no se lo iba a poner fácil.
-Te quiero a ti -dijo.
La expresión de Liam se tornó más arrogante. Su orgu­llo estaba muy herido, y necesitaba mucho más.
Julia se cogió el vestido por el dobladillo, se lo sacó por la cabeza y lo arrojó a un lado. Se desabrochó el sujetador y lo lanzó lejos. Puso los pulgares bajo la goma elástica de sus bragas, se las bajó, y salió de dentro de ellas.
Liam la observó en silencio, sin expresión alguna en su rostro.
Julia levantó los brazos y se llevó las manos al pelo, se­parándolo de su nuca. Dobló ligeramente una rodilla y se la­deó en la pose que había vendido un millón de carteles.
Con su edad y su peso, plantarse de aquella manera de­lante de él podría haber parecido una parodia. Sin embargo, Julia se sentía poderosa y ferozmente sexual, tal como él la había pintado.
-¿Crees que con esto te bastará para recuperarme? -re­funfuñó Liam.
-Sí, bastará.
Liam señaló con la cabeza un viejo sofá de terciopelo que no estaba allí la última vez.
-Túmbate.
Julia se preguntó si alguna otra modelo habría posado para él en aquel sofá, pero en vez de sentirse celosa, sintió compasión. Fuera quien fuera, la mujer no habría poseído sus poderes.
Con una sonrisa lenta y confiada, Julia se dirigió al sofá. Estaba debajo de una de las claraboyas del estudio, y sintió caer una ducha de luz sobre su piel cuando se tumbó en el sofá.
No se sorprendió al verle tomar una paleta y algunos de los tubos del estuche. ¿Cómo podía resistirse a pintarla? Apoyó la cabeza en uno de los brazos del sofá y, mientras Liam extraía la pintura de los tubos se acomodó con una ale­gría perfecta en el suave terciopelo. Al cabo de un rato, Liam cogió los pinceles y se acercó a ella.
Julia ya había observado su respiración acelerada. Cuan­do le tuvo cerca, vio el fuego del deseo que ardía bajo la ge­nialidad de sus ojos. Liam se arrodilló delante de ella. Julia esperó. Complacida.
Liam empezó a pintarla. No su imagen en un lienzo. Pin­taba su piel.
Recorrió sus costillas con un pincel fino cargado de rojo de cadmio, luego añadió violeta Marte y azul prusiano en su cadera. Moteó sus hombros y su barriga con naranja, cobal­to y esmeralda, se colocó un pincel descartado entre los dien­tes como si fuera el puñal de un pirata y punteó uno de sus pechos de ultramarino y lima. El pezón se endureció cuando lo rodeó con turquesa y magenta. Liam le abrió los muslos y los adornó con formas agresivas de azul y violeta.
Julia percibió en sus gestos su frustración así como su cre­ciente deseo, y no se sorprendió cuando Liam dejó a un lado los pinceles y empezó a deslizar las manos sobre su cuerpo, formando espirales con los colores, reclamando su carne has­ta que ella ya no pudo soportarlo más.
Julia se incorporó de pronto y empezó a desabrocharle los botones de la camisa, manchándola con el estigma de oro renacimiento con que Liam le había embadurnado las pal­mas de las manos. Ya no se contentaba con ser su creación: necesitaba recrearlo a él de acuerdo con su imagen, y cuando él estuvo desnudo, se apretó contra su carne.
Los cálidos pigmentos se mezclaron y fundieron mien­tras ella se estampaba sobre él. Nuevamente, no había cama, así que Julia arrojó al suelo los cojines del sofá, y le besó has­ta que ambos se quedaron sin aliento. Finalmente, Liam se echó atrás lo suficiente para que Julia pudiera abrirse a él.
-Julia, amor mío...
La penetró con la misma ferocidad con la que creaba.
La pintura hacía que la parte interior de los muslos de Julia resbalara en la cadera de Liam, por lo que se agarró con más fuerza. Liam la embistió con mayor fuerza y rapidez. Sus bocas se derritieron con sus cuerpos hasta que dejaron de ser dos personas. Juntos cayeron de los límites del mundo.
Después estuvieron jugando con la pintura e intercam­biaron besos profundos junto a las palabras de amor que ambos necesitaban decir. Y cuando estuvieron en la ducha, Julia le dijo que no se casaría con él.
-¿Y quién te lo ha pedido?
-Al menos no enseguida -añadió, sin hacer caso de su jactancia-. Quiero que antes vivamos juntos una tempora­da. En perfecto pecado bohemio.
-Sólo si me prometes que no tendré que alquilar un apartamento sin agua caliente en el bajo Manhattan.­
—No. Y tampoco en México. En París. ¿No sería en­cantador? Yo podría ser tu musa.
-Mi querida Julia, ¿acaso no sabes que ya lo eres?
-Oh, Liam, te quiero tanto. Nosotros dos... Un taller en el sexto arrondissement, propiedad de una anciana ata­viada con viejos vestidos de Chanel. Tú, y tu genio y tu ma­ravilloso, maravilloso cuerpo. Y yo y mis colchas. Y vino y pintura y París.
-Todo tuyo -dijo con una gran risotada mientras le enjabonaba los pechos-. ¿Me he acordado de decirte que te quiero?
-Sí. -Julia sonrió y toda la profundidad de sus senti­mientos se reflejaron en aquellos ojos oscuros e intensos-. Colgaré campanillas bajo los aleros.
-Con lo que yo no podré dormir y tendré que hacerte el amor durante toda la noche.
-Las campanillas son mi debilidad.
-Pues mi debilidad eres tú.

martes, 25 de diciembre de 2012

Capitulo Trece, Tercera Parte


Estaba segura de haberse tranquilizado para cuando puso rumbo a Ordóñez Hall. Había estado a un tris de cancelar la cena con Gastón, pero eso habría supuesto dar demasiada importancia a su madre.
Eso habría supuesto reconocer el dolor que le desgarraba el corazón pese a los cerrojos.
Necesitaba distraer la mente y no lo conseguiría si se quedaba en casa dando vueltas a la cabeza. La noche pasaría, lentamente, y por la mañana Lilibeth habría desaparecido. De su vida y de su mente.
La casa tenía un aspecto diferente, pensó. Había experimentado pequeños cambios que la hacían parecer más real. Le hacía bien contemplarla, concentrarse en ella, y pensar que algunas cosas podían cambiar para mejor, con la percepción adecuada.
Con los años había llegado a ver Ordóñez Hall como un lugar onírico, oculto en el pasado. Más aún, pensó. Un lugar perteneciente al pasado.
Ahora, con los tablones nuevos y sin pintar mezclados con los tablones viejos y pelados, con unas ventanas lustrosas y otras cubiertas de polvo, la casa era una obra en marcha.
Gastón la estaba despertando a la vida.
Aunque los jardines de delante se hallaban algo rezagados, tenían flores. Y Gastón había colocado una enorme maceta con begonias en la terraza.
Seguro que las había plantado él mismo, pensó Rocío mientras se dirigía a la puerta. Era un hombre al que le gustaba cuidar las cosas. Sobre todo si las consideraba suyas.
Se preguntó si él la veía como uno de sus proyectos en marcha. Probablemente. No sabía si la idea la divertía o la irritaba.
Entró. Se dijo que si dos personas habían dormido juntas un par de veces, las formalidades sobraban.
Primero aspiró el intenso perfume de las azucenas que trasladaba el jardín al interior. Gastón había comprado una mesa antigua muy bella, un par de sillas y, advirtió Rocío con una sonrisa, una enorme vaca de cerámica para el vestíbulo.
Unos la encontrarían descabellada y otros encantadora, pero ya nadie calificaría la vieja entrada de anodina.
—¿Gastón? —Paseó por el salón observando las nuevas adquisiciones. Entró en la biblioteca y se descubrió caminando hacia los pesados candelabros que descansaban sobre la repisa de la chimenea.
¿Por qué le temblaban los dedos?, se preguntó mientras alargaba una mano hacia ellos. ¿Por qué esos viejos candelabros le resultaban tan extrañamente familiares?
No tenían nada de especial. Probablemente eran caros, pero demasiado recargados para su gusto. Así y todo... sus dedos los acariciaron. Así y todo... quedaban muy bien allí, tan bien que podía imaginar las velas blancas que confiaban en sostener una vez más. Podía oler la cera derretida.
Temblorosa, dio un paso atrás y abandonó la estancia.
Llamó a Gastón mientras subía por la escalera. Al llegar al primer rellano la puerta oculta en la pared se abrió de golpe. Ella y Gastón gritaron al unísono.
Con una risa ahogada, Rocío se apretó el corazón y miró a Gastón. Tenía telarañas en el pelo y manchas en la cara y las manos. La linterna le temblequeaba.
—Por Dios, cher, la próxima vez pégame un tiro directamente.
—Lo mismo digo. —Gastón soltó un suspiro y se mesó el pelo y las telarañas—. Acabo de envejecer cinco años.
—Te llamé un par de veces y al final decidí ir a por ti. —Rocío miró por encima del hombro de Gastón—. ¿Qué guardas ahí? ¿Pasadizos secretos?
—Dependencias del servicio. Hay una puerta en cada planta, de modo que decidí echar un vistazo. Es interesante, pero hay mucha porquería. —Se miró las manos—. ¿Por qué no te sirves una copa? Entretanto iré a lavarme.
—Creo que serviré dos. ¿Qué te apetece?
—Cerveza. —Gastón estaba estudiando la cara de Rocío ahora que se había recuperado del susto—. ¿Qué te ocurre?
—Nada, salvo que me has dado un susto de muerte.
—Estás disgustada. Te lo noto.
Rocío intentó esbozar una sonrisa sugerente.
—A lo mejor estoy triste porque no me has dado un beso de bienvenida.
—A lo mejor todavía no confías lo bastante en mí y piensas que solo busco pasarlo bien contigo. —Gastón utilizó un nudillo para levantarle el mentón y la miró fijamente a los ojos hasta que a ella empezaron a escocerle—. Pero te equivocas. Te quiero. —Aguardó un instante. Al ver que no respondía, asintió con la cabeza—. Dame un minuto.
Rocío empezó a bajar. A medio camino se detuvo y habló sin volver la cabeza.
—Gastón, no creo que solo busques pasarlo bien conmigo, pero tampoco sé qué buscas en realidad.
—Rocío, tú eres lo que he buscado toda mi vida.
No la presionó. Si ella necesitaba fingir que no estaba disgustada, que así fuera. Salieron a dar un paseo por los jardines de la parte de atrás mientras la noche caía.
—Durante todos estos años la gente venía a esta casa, pero siempre se marchaba. Y aquí estás tú, consiguiendo más en unos meses de lo que ha conseguido nadie desde que me alcanza la memoria.
Rocío se volvió para contemplar la casa. Todavía quedaba mucho por hacer. Pintura y carpintería. Postigos nuevos aquí y allá. Pero ya no parecía... muerta, se dijo.
No sólo había permanecido abandonada, había estado muerta hasta la llegada de Gastón.
—Le estás devolviendo la vida, y no solo por el dinero y el trabajo invertidos.
—¿Podrías vivir aquí?
Los ojos de Rocío se llenaron de pavor y miraron hacia otro lado. Él, sin embargo, mantuvo la mirada firme y serena.
—Ya tengo un hogar.
—No te he preguntado eso. Te he preguntado si podrías vivir aquí, si estarías cómoda o si la idea de compartir la casa con... fantasmas o recuerdos, o como quieras llamarlos, te molestaría.
—Si me molestara no habría venido esta noche hasta aquí para que me dieras de cenar. Y hablando de comida, ¿con qué piensas obsequiarme, cher?
—Voy a intentar un atún a la parrilla. —Gastón extrajo el reloj del bolsillo—. De aquí a un ratito —añadió tras consultar la hora.
Rocío contempló hipnotizada el reloj. El estómago le tembló, como cuando vio los candelabros.
—¿De dónde lo has sacado?
—Lo encontré en una tienda. —Sorprendido, fascinado por el tono de su voz. Gastón alzó el reloj—. ¿Te resulta familiar?
—Hoy día no se ve a muchos hombres utilizando esta clase de reloj.
—Supe que era mío en cuanto lo vi. Creo que me lo compraste tú —dijo Gastón, y Rocío levantó inopinadamente la cabeza—. Hace mucho tiempo. —Giró el reloj para que ella pudiera leer la inscripción.
—Es de Ramiro. —Como el instinto la empujaba a cerrar las manos, se obligó a extenderlas y acariciar las letras—. Esto es realmente extraño, Gastón. ¿Crees que se lo regaló Valeria?
—Sí.
Rocío sacudió la cabeza.
—¿No te parece demasiado sencillo, demasiado evidente?
—¿Asesinato, desesperación, suicidio, un siglo de almas errantes? —Gastón se encogió de hombros y devolvió el reloj a su bolsillo—. A mí no me parece muy sencillo que digamos. Pero creo, Rocío, que el amor puede ser lo bastante paciente para esperar hasta que le llegue de nuevo la hora.
—Jesús, eres tan... conmovedor. Cómo me irrita tener que ser la sensata en todo esto. Me gusta estar contigo, Gastón.
Rocío jugó con la llavecita que llevaba colgada del cuello mientras hablaba. Una costumbre, pensó él, de la que probablemente ella no era consciente.
—Me gusta tu compañía. Me gusta tu estilo. Y me gusta hacer el amor contigo. Es cuanto puedo ofrecerte por ahora.
Él la abrazó.
—Lo acepto.