Con un sentimiento de
desapego, Gastón observó cómo subía el indicador de velocidad de su Ferrari.
Ciento treinta y nueve... ciento cuarenta. Aceleró hacia el oeste por la autopista
de peaje dejando atrás el último de los suburbios de Chicago. Conduciría todo
el camino hasta Iowa si era necesario; lo que hiciera falta para calmar su
desasosiego y poder concentrarse en lo que realmente importaba.
El stage
de pretemporada empezaba a la mañana siguiente. Conduciría hasta entonces.
Necesitaba sentir la velocidad. El
chisporroteo del peligro. Ciento cuarenta y
cuatro... ciento cuarenta y seis.
A su lado, los papeles del divorcio que
le había enviado el abogado de Rocío cayeron del asiento. ¿Por qué no había
hablado con él antes de hacerlo? Intentó serenarse pensando en lo que era
importante.
Sólo le quedaban cinco o seis años
buenos...
Lo que contaba era jugar con los Stars...
No podía permitirse la distracción de una
mujer exigente...
Y así siguió hasta que se cansó tanto de
escucharse a sí mismo que pisó más a fondo el acelerador.
Hacía un mes y cuatro días que había
visto a Rocío por última vez, así que no podía culparla de no haber acelerado
sus entrenamientos como había planeado, ni de no haber visto ni una sola
grabación de un partido de fútbol como era su intención. En vez de eso, se
había dedicado a escalar rocas, descender por aguas bravas y hacer un poco de
parapente. Pero ninguna de estas actividades le había satisfecho.
Lo único que le había alegrado un poco
había sido hablar con Julia y Liam pocos días antes. Ambos parecían muy
felices.
El volante vibraba bajo sus manos, aunque
había tenido sensaciones más intensas al saltar de ese acantilado con Rocío.
Ciento cincuenta y dos. O el día en que
ella había volcado la canoa. Ciento cincuenta y tres. O de cuando él había
trepado al árbol en busca de Mermy. Ciento
cincuenta y cinco. O simplemente al ver aquel resplandor travieso en sus ojos.
Y cuando había hecho el amor con ella.
Aquello había sido la sensación más intensa de toda su vida.
Pero se había acabado toda la diversión.
Le había resultado más excitante pasear en bicicleta por el campamento con Rocío
que ir a ciento cincuenta y seis kilómetros por hora en un Ferrari Spider.
El sudor goteaba de sus axilas. Si se le
pinchaba una rueda, nadie volvería a verle jamás, nunca tendría la oportunidad
de contarle que tenía toda la razón sobre él. Que tenía tanto miedo como ella
había dicho.
Gastón se había enamorado de ella.
De pronto, el vacío que había estado
sintiendo en su interior desapareció, y Gastón levantó el pie del acelerador.
Mientras volvía a acomodarse en el asiento, sintió un socavón en el pecho. Julia
había intentado decírselo, y también Candela, pero él no las había querido
escuchar. Rocío tenía razón. Gastón creía secretamente que como persona no
podía dar la talla como la daba como jugador, por eso nunca lo había
intentado. Pero ya era demasiado mayor como para seguir viviendo la vida entre
las sombras de la duda.
Gastón pasó al carril de la derecha. Por
primera vez en varios meses, se sintió calmado. Ella le había dicho que le quería,
y Gastón acababa de comprender lo que aquello significaba. También comprendió
lo que tenía que hacer. Y esta vez tenía la intención de hacerlo bien.
Media hora más tarde, estaba llamando a
la puerta de los Riera. Le abrió Amado, que llevaba vaqueros y un flotador
naranja.
-¡Gastón! ¿Quieres venir a bañarte
conmigo?
-Lo siento, pero hoy no puedo. -Gastón se
coló en la casa-. Tengo que ver a tu mamá y a tu papá.
-Papá no sé dónde está, pero mamá está en
su despacho.
-Gracias.
Gastón le pasó la mano por el pelo y
atravesó toda la casa camino del despacho de la parte posterior. La puerta estaba
abierta, pero llamó igualmente.
-¿María?
Ella se volvió y se quedó mirándole.
-Perdona que haya venido sin permiso,
pero tengo que hablar contigo.
-¿Ah?
María se reclinó en su butaca y extendió
sus piernas de corista, bastante más largas que las de Rocío, pero ni de lejos
tan tentadoras. Llevaba un pantalón corto blanco y sandalias de plástico de
color rosa con dibujitos de dinosaurios violetas. A pesar de eso, parecía tan
formidable como Dios, y en lo referente al mundo de los Stars, tan poderosa
como Él.
-Es sobre Rocío.
Por un momento, le pareció ver un brillo
de desconfianza en su mirada.
-¿Qué pasa con Rocío?
Gastón entró en la habitación y esperó
una invitación para sentarse. Pero la invitación no llegó.
No había forma de postergar la cuestión,
ni ningún motivo para hacerlo.
-Quiero casarme con ella. De verdad. Y
quiero vuestra bendición.
No obtuvo la sonrisa que esperaba.
-¿A qué viene el cambio de opinión?
-A que la amo y quiero formar parte de su
vida para siempre.
-Ya veo.
María tenía una perfecta cara de póquer.
Tal vez no sabía qué senTía Rochi por él. Habría sido muy típico de Rocío
ocultarle sus sentimientos a su hermana para protegerlo.
-Ella me quiere.
María no pareció impresionada.
Gastón volvió a intentarlo.
-Estoy bastante seguro
de que esto la hará feliz.
-Oh, de eso estoy
segura. Al menos al principio. La temperatura de la habitación bajó diez
grados.
-¿A qué te refieres con
eso?
María se levantó del escritorio, con un
aspecto mucho más feroz del que debería tener alguien que lleva sandalias de
dinosaurios.
-Ya sabes que nosotros deseamos un
matrimonio de verdad para Rocío.
-Y también yo. Por eso estoy aquí.
-Un marido que la ponga
a ella en primer lugar.
-Y eso es lo que va a
tener.
-Vaya, ¡hay que ver lo rápidamente que
cambia de piel el lobo!
Gastón no fingió no comprender lo que
quería decir.
-Tengo que reconocer
que he tardado un poco en darme cuenta de que mi vida tiene que ser algo más
que jugar al fútbol, pero enamorarme de Rocío ha reajustado mi punto de vista.
La expresión de frío
escepticismo de María mientras rodeaba su escritorio no era nada alentadora.
-¿Y qué me dices del futuro? Todo el
mundo sabe lo comprometido que estás con el equipo. Una vez le dijiste a Nicolás
que te gustaría entrenar cuando te retires como jugador, y a él le pareció
entender que te gustaría acabar en el despacho principal. ¿Todavía piensas
así?
Gastón no iba a mentir.
-Que ponga el fútbol en el lugar que le
corresponde no significa que quiera tirarlo por la borda.
-No, me imagino que no -dijo María
cruzando los brazos-. Seamos sinceros. ¿Es realmente Rocío lo que quieres? ¿O
más bien son los Stars?
A Gastón se le paró el corazón.
-Espero que no quieras decir lo que creo
que estás diciendo.
-Casarte con un miembro de la familia y
seguir adelante con el matrimonio parece una forma eficaz de asegurarte que
acabarás accediendo al despacho principal.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y
le caló hasta los huesos.
-He dicho que quería tu bendición, no que
la necesitara.
Gastón empezó a alejarse y, cuando
todavía no había alcanzado la puerta, notó el latigazo de las palabras de María
en la espalda:
-Si vuelves a acercarte a ella, ya puedes
despedirte de los Stars.
Gastón se volvió, sin poder creer lo que
acababa de oír.
La mirada de María era fría y decidida.
-Lo digo en serio, Gastón. Mi hermana ya
ha sufrido bastante, y no permitiré que la utilices para alcanzar tus objetivos
a largo plazo. Mantente alejado de ella. Puedes tener el equipo o puedes tener
a Rocío, pero no puedes tener ambas cosas.