Daphne no hablaba con Benny, y a Benny no le importaba, y Melissa no
encontraba sus gafas de sol de estrella del cine, y había empezado a llover.
¡Todo era un gran lío!
Daphne va a un campamento de verano
Julia se detuvo en la puerta de la cocina
de la casa de huéspedes. Rocío se había quedado dormida sobre la mesa. Tenía la
cabeza apoyada sobre el brazo, la mano extendida junto a su cuaderno de dibujo,
y los cabellos esparcidos sobre la vieja mesa de roble como jarabe derramado.
¿Cómo había podido pensar que era una simple aficionada?
Hacía diez días que Rocío había regresado
al campamento y había terminado las
ilustraciones para Daphne va a un
campamento de verano, había empezado un nuevo libro y había escrito un
artículo para Chik. Todo eso, además
de cocinar y atender a los invitados. No podía relajarse, aunque le había
contado a Julia que su nuevo contrato le había dado finalmente una estabilidad
financiera. Julia sabía que estaba intentando no pensar en Gastón y comprendía
su callado sufrimiento. Julia habría estrangulado a su hijo.
Rocío meneó la cabeza y pestañeó; luego
levantó la mirada y sonrió. Tenía ojeras. Probablemente a juego con las de Julia.
-¿Ha ido bien el paseo? -preguntó Rocío.
-Sí.
Rocío
se incorporó y se sujetó los cabellos detrás de las orejas.
-Liam ha estado aquí.
A Julia se le aceleró
un poco el corazón. Dejando aparte el día en que lo vio de refilón en el
pueblo poco después de su ultimátum, llevaba semanas sin verle. En vez de
facilitar las cosas, su separación se había vuelto más dolorosa.
-Traía algo para ti
-dijo Rocío-. Le he dicho que lo subiera a tu habitación.
-¿Qué es?
-Probablemente deberías verlo por ti
misma -dijo recogiendo un bolígrafo que se había caído al suelo, y jugueteando
con él-. Me ha pedido que me despidiera de ti en su nombre.
Julia sintió un escalofrío, aunque hacía
calor en la cocina.
-¿Se marcha?
-Hoy mismo. Se va a vivir a México
durante una temporada. Quiere experimentar con la luz.
Eso no resultaba nada sorprendente. ¿Acaso
Julia esperaba que se quedara sentado esperando a que ella cambiara de idea?
Cualquiera que comprendiera el arte de Liam Jenner sabía que era
fundamentalmente un hombre de acción.
-Ya.
Rocío se levantó y la miró compasiva.
-No podías haberlo hecho más mal.
-Haberlo hecho peor. -Julia no pudo
evitar corregirla. Se trataba de uno de esos actos reflejos que había heredado
de su vida con Craig.
-Dudo que yo hubiera podido sobrevivir
sin ti, pero ahora que Gastón se ha marchado, ¿por qué sigues aquí?
Julia tenía planeado reunirse pronto con Gastón
en Chicago. Ninguno de los dos quería seguir manteniendo en secreto su
relación, y Gastón ya había volado hasta Carolina del Norte para compartir la
noticia con sus amigos, los Bonner. También se lo contó a los hermanos de Cal,
a sus esposas, y al tipo que se había sentado a su lado en el avión, según le
había dicho él mismo la última vez que la había llamado.
Julia anhelaba volver a verle, pero aún
no podía abandonar el campamento. Se decía a sí misma que se quedaba por Rocío.
-Me he quedado por aquí para ayudarte, tonta desagradecida.
Rocío
llevó su vaso de agua hasta el fregadero. -Y por algo más.
-Porque esto es muy tranquilo, y detesto
Los Ángeles.
-O tal vez porque no puedes alejarte de
Liam, aunque le trataste fatal y no te lo mereces.
-Si crees que es tan maravilloso,
quédatelo para ti. No tienes ni idea de lo que es estar casada con un hombre
controlador.
-Como si no pudieras tenerle comiendo de tu mano si quisieras.
-No utilices ese tono de voz conmigo,
jovencita.
-Eres tan petulante -sonrió Rocío-. Anda
y sube a ver qué te ha dejado.
Julia intentó salir lentamente de la
cocina como una diva enojada, pero sabía que con Rocío esas actuaciones no colaban.
La esposa de su hijo tenía el mismo encanto abierto y sincero que Mallory.
¿Cómo era posible que Gastón no se diera cuenta de a quién le estaba dando la
espalda?
¿Y qué pasaba con el
hombre al que le estaba dando ella la espalda? Todavía no podía trabajar en su
colcha. Lo único que veía cuando la miraba eran retales de tela. Ya no había
oleadas de energía creativa, ni vislumbraba respuesta alguna a los misterios de
la vida.
Atravesó el rellano de
la segunda planta en dirección a las estrechas escaleras que subían al desván. Gastón
había intentado que se mudara a una de las habitaciones más grandes, pero a Julia
le gustaba alojarse ahí arriba.
Al abrir la puerta, vio un enorme lienzo,
más alto que ancho, apoyado en el borde de la cama. Aunque estaba envuelto en
papel de embalar, supo exactamente qué era. La Virgen que tanto había
admirado aquella tarde en su estudio. Cayó de rodillas sobre la alfombra y,
conteniendo la respiración, arrancó el papel.
Pero no era la Virgen. Era el retrato
que Liam le había hecho.
Un sollozo subió por su pecho. Se echó los
dedos a la boca y dio unos pasos atrás. La representación que había hecho de
su cuerpo era brutal. Había mostrado todos los michelines, todas las arrugas,
todos los bultos que deberían haber sido llanos. La carne de un muslo
sobresalía del borde de la silla en la que estaba sentada; sus pechos colgaban
con pesadez.
Y aun así, estaba gloriosa. Su piel era
luminosa, con un brillo que parecía brotar de lo más profundo de su interior,
sus curvas fuertes y fluidas, su rostro majestuosamente hermoso. Era tanto
ella como todas las mujeres, sabia en su edad.
Aquélla era la última carta de amor de
Liam Jenner para ella. Una declaración intransigente de sentimientos que eran
clarividentes y audaces. Era el alma de Julia puesta al descubierto por aquel
hombre brillante al que no había tenido el valor de reclamar como suyo. Y tal
vez ya era demasiado tarde.
Julia cogió las llaves, bajó volando las
escaleras y salió corriendo a por su coche. Alguno de los niños había dibujado
un elaborado conejo en la capa de polvo que se había acumulado sobre su
maletero. Al acercarse observó que el dibujo era sospechosamente sofisticado:
otra de las travesuras de Rocío.
Demasiado tarde, demasiado tarde,
demasiado tarde... Los neumáticos chirriaron cuando arrancó a toda prisa hacia
la casa de cristal. Mientras ella había estado levantando barreras contra un
marido muerto al que había dejado de amar hacía ya años, Liam había ido a por
lo que quería.
Demasiado tarde, demasiado tarde,
demasiado tarde... El coche dio algunos brincos al pasar por los baches que
dominaban el primer tramo del camino, pero se estabilizó cuando la casa
apareció. Parecía vacía y deshabitada.
Julia bajó del coche de un salto, corrió
hacia la puerta y llamó al timbre. No hubo respuesta. Llamó a la puerta con los
puños y luego corrió hacia la parte posterior. «Se ha ido a México...»
El estudio envuelto en cristal se erguía
ante ella, la casa del árbol de un genio. Dentro no parecía haber ninguna señal
de vida, ni tampoco en el resto de la casa.
El lago centelleaba bajo la luz del sol
detrás de la casa, y el cielo flotaba azul y limpio de nubes encima: un día perfecto
que se burlaba de ella. Julia vio una puerta a un lado y corrió hacia ella; no
esperaba que estuviera abierta, pero el pesado pomo giró.
Dentro todo estaba silencioso. Julia fue
de la parte posterior de la casa a la cocina, y de allí, a la sala de estar,
desde donde subió a la pasarela.
La arcada del final la atraía hacia su
espacio sagrado. Julia no tenía ningún derecho a entrar, pero lo hizo.
Liam estaba en pie de espaldas a la
puerta, empaquetando los tubos de acrílicos en un estuche de viaje. Como aquella
tarde en la que Julia había estado allí, Liam iba vestido de negro, con unos
pantalones anchos cortados a medida y una camisa de manga larga. Vestido para
viajar.
-¿Quieres algo? -gruñó sin levantar la
mirada.
-Pues sí -dijo ella sin aliento.
Finalmente, Liam se volvió y Julia vio
por la expresión tozuda de su mandíbula que no se lo iba a poner fácil.
-Te quiero a ti -dijo.
La expresión de Liam se tornó más
arrogante. Su orgullo estaba muy herido, y necesitaba mucho más.
Julia se cogió el vestido por el
dobladillo, se lo sacó por la cabeza y lo
arrojó a un lado. Se desabrochó el sujetador y lo lanzó lejos. Puso los pulgares bajo la goma elástica de sus
bragas, se las bajó, y salió de dentro de ellas.
Liam la observó en silencio, sin
expresión alguna en su rostro.
Julia levantó los brazos y se llevó las
manos al pelo, separándolo de su nuca. Dobló ligeramente una rodilla y se ladeó
en la pose que había vendido un millón de carteles.
Con su edad y su peso, plantarse de
aquella manera delante de él podría haber parecido una parodia. Sin embargo, Julia
se sentía poderosa y ferozmente sexual, tal como él la había pintado.
-¿Crees que con esto te bastará para
recuperarme? -refunfuñó Liam.
-Sí, bastará.
Liam señaló con la cabeza un viejo sofá
de terciopelo que no estaba allí la última vez.
-Túmbate.
Julia se preguntó si alguna otra modelo
habría posado para él en aquel sofá, pero en vez de sentirse celosa, sintió
compasión. Fuera quien fuera, la mujer no habría poseído sus poderes.
Con una sonrisa lenta y confiada, Julia
se dirigió al sofá. Estaba debajo de una de las claraboyas del estudio, y
sintió caer una ducha de luz sobre su piel cuando se tumbó en el sofá.
No se sorprendió al verle tomar una
paleta y algunos de los tubos del estuche. ¿Cómo podía resistirse a pintarla?
Apoyó la cabeza en uno de los brazos del sofá y, mientras Liam extraía la
pintura de los tubos se acomodó con una alegría perfecta en el suave
terciopelo. Al cabo de un rato, Liam cogió los pinceles y se acercó a ella.
Julia ya había observado su respiración
acelerada. Cuando le tuvo cerca, vio el fuego del deseo que ardía bajo la genialidad
de sus ojos. Liam se arrodilló delante de ella. Julia esperó. Complacida.
Liam empezó a
pintarla. No su imagen en un lienzo. Pintaba su piel.
Recorrió sus costillas con un pincel fino
cargado de rojo de cadmio, luego añadió violeta Marte y azul prusiano en su
cadera. Moteó sus hombros y su barriga con naranja, cobalto y esmeralda, se
colocó un pincel descartado entre los dientes como si fuera el puñal de un
pirata y punteó uno de sus pechos de ultramarino y lima. El pezón se endureció
cuando lo rodeó con turquesa y magenta. Liam le abrió los muslos y los adornó
con formas agresivas de azul y violeta.
Julia percibió en sus gestos su
frustración así como su creciente deseo, y no se sorprendió cuando Liam dejó a
un lado los pinceles y empezó a deslizar las manos sobre su cuerpo, formando
espirales con los colores, reclamando su carne hasta que ella ya no pudo
soportarlo más.
Julia se incorporó de pronto y empezó a
desabrocharle los botones de la camisa, manchándola con el estigma de oro
renacimiento con que Liam le había embadurnado las palmas de las manos. Ya no
se contentaba con ser su creación: necesitaba recrearlo a él de acuerdo con su
imagen, y cuando él estuvo desnudo, se apretó contra su carne.
Los cálidos pigmentos se mezclaron y
fundieron mientras ella se estampaba sobre él. Nuevamente, no había cama, así
que Julia arrojó al suelo los cojines del sofá, y le besó hasta que ambos se
quedaron sin aliento. Finalmente, Liam se echó atrás lo suficiente para que Julia
pudiera abrirse a él.
-Julia, amor mío...
La penetró con la misma ferocidad con la
que creaba.
La pintura hacía que la parte interior de
los muslos de Julia resbalara en la cadera de Liam, por lo que se agarró con
más fuerza. Liam la embistió con mayor fuerza y rapidez. Sus bocas se
derritieron con sus cuerpos hasta que dejaron de ser dos personas. Juntos
cayeron de los límites del mundo.
Después estuvieron jugando con la pintura
e intercambiaron besos profundos junto a las palabras de amor que ambos
necesitaban decir. Y cuando estuvieron en la ducha, Julia le dijo que no se
casaría con él.
-¿Y quién te lo ha pedido?
-Al menos no enseguida -añadió, sin hacer
caso de su jactancia-. Quiero que antes vivamos juntos una temporada. En
perfecto pecado bohemio.
-Sólo si me prometes que no tendré que
alquilar un apartamento sin agua caliente en el bajo Manhattan.
—No. Y tampoco en México. En París. ¿No
sería encantador? Yo podría ser tu musa.
-Mi querida Julia, ¿acaso no sabes que ya
lo eres?
-Oh, Liam, te quiero tanto. Nosotros
dos... Un taller en el sexto arrondissement,
propiedad de una anciana ataviada con viejos vestidos de Chanel. Tú, y tu
genio y tu maravilloso, maravilloso cuerpo. Y yo y mis colchas. Y vino y
pintura y París.
-Todo tuyo -dijo con una gran risotada
mientras le enjabonaba los pechos-. ¿Me he acordado de decirte que te quiero?
-Sí. -Julia sonrió y toda la profundidad
de sus sentimientos se reflejaron en aquellos ojos oscuros e intensos-.
Colgaré campanillas bajo los aleros.
-Con lo que yo no podré dormir y tendré
que hacerte el amor durante toda la noche.
-Las campanillas son mi debilidad.
-Pues mi debilidad eres tú.
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