miércoles, 26 de diciembre de 2012

Primera Parte, Capitulo Veinticuatro


Daphne no hablaba con Benny, y a Benny no le importaba, y Melissa no en­contraba sus gafas de sol de estrella del cine, y había empezado a llover. ¡Todo era un gran lío!
Daphne va a un campamento de verano



Julia se detuvo en la puerta de la cocina de la casa de huéspedes. Rocío se había quedado dormida sobre la mesa. Tenía la cabeza apoyada sobre el brazo, la mano extendida junto a su cuaderno de dibujo, y los cabellos esparcidos so­bre la vieja mesa de roble como jarabe derramado. ¿Cómo había podido pensar que era una simple aficionada?
Hacía diez días que Rocío había regresado al campa­mento y había terminado las ilustraciones para Daphne va a un campamento de verano, había empezado un nuevo libro y había escrito un artículo para Chik. Todo eso, además de cocinar y atender a los invitados. No podía relajarse, aunque le había contado a Julia que su nuevo contrato le había da­do finalmente una estabilidad financiera. Julia sabía que es­taba intentando no pensar en Gastón y comprendía su callado sufrimiento. Julia habría estrangulado a su hijo.
Rocío meneó la cabeza y pestañeó; luego levantó la mi­rada y sonrió. Tenía ojeras. Probablemente a juego con las de Julia.
-¿Ha ido bien el paseo? -preguntó Rocío.
-Sí.
Rocío se incorporó y se sujetó los cabellos detrás de las orejas.
-Liam ha estado aquí.
A Julia se le aceleró un poco el corazón. Dejando apar­te el día en que lo vio de refilón en el pueblo poco después de su ultimátum, llevaba semanas sin verle. En vez de facili­tar las cosas, su separación se había vuelto más dolorosa.
-Traía algo para ti -dijo Rocío-. Le he dicho que lo subiera a tu habitación.
-¿Qué es?
-Probablemente deberías verlo por ti misma -dijo re­cogiendo un bolígrafo que se había caído al suelo, y jugue­teando con él-. Me ha pedido que me despidiera de ti en su nombre.
Julia sintió un escalofrío, aunque hacía calor en la cocina.
-¿Se marcha?
-Hoy mismo. Se va a vivir a México durante una tem­porada. Quiere experimentar con la luz.
Eso no resultaba nada sorprendente. ¿Acaso Julia espe­raba que se quedara sentado esperando a que ella cambiara de idea? Cualquiera que comprendiera el arte de Liam Jen­ner sabía que era fundamentalmente un hombre de acción.
-Ya.
Rocío se levantó y la miró compasiva.
-No podías haberlo hecho más mal.
-Haberlo hecho peor. -Julia no pudo evitar corregir­la. Se trataba de uno de esos actos reflejos que había hereda­do de su vida con Craig.
-Dudo que yo hubiera podido sobrevivir sin ti, pero ahora que Gastón se ha marchado, ¿por qué sigues aquí?
Julia tenía planeado reunirse pronto con Gastón en Chi­cago. Ninguno de los dos quería seguir manteniendo en se­creto su relación, y Gastón ya había volado hasta Carolina del Norte para compartir la noticia con sus amigos, los Bonner. También se lo contó a los hermanos de Cal, a sus esposas, y al tipo que se había sentado a su lado en el avión, según le ha­bía dicho él mismo la última vez que la había llamado.
Julia anhelaba volver a verle, pero aún no podía aban­donar el campamento. Se decía a sí misma que se quedaba por Rocío.
-Me he quedado por aquí para ayudarte, tonta desa­gradecida.
Rocío llevó su vaso de agua hasta el fregadero. -Y por algo más.
-Porque esto es muy tranquilo, y detesto Los Ángeles.
-O tal vez porque no puedes alejarte de Liam, aunque le trataste fatal y no te lo mereces.
-Si crees que es tan maravilloso, quédatelo para ti. No tienes ni idea de lo que es estar casada con un hombre con­trolador.
-Como si no pudieras tenerle comiendo de tu mano si quisieras.
-No utilices ese tono de voz conmigo, jovencita.
-Eres tan petulante -sonrió Rocío-. Anda y sube a ver qué te ha dejado.
Julia intentó salir lentamente de la cocina como una diva enojada, pero sabía que con Rocío esas actuaciones no cola­ban. La esposa de su hijo tenía el mismo encanto abierto y sincero que Mallory. ¿Cómo era posible que Gastón no se die­ra cuenta de a quién le estaba dando la espalda?
¿Y qué pasaba con el hombre al que le estaba dando ella la espalda? Todavía no podía trabajar en su colcha. Lo úni­co que veía cuando la miraba eran retales de tela. Ya no ha­bía oleadas de energía creativa, ni vislumbraba respuesta alguna a los misterios de la vida.
Atravesó el rellano de la segunda planta en dirección a las estrechas escaleras que subían al desván. Gastón había in­tentado que se mudara a una de las habitaciones más grandes, pero a Julia le gustaba alojarse ahí arriba.
Al abrir la puerta, vio un enorme lienzo, más alto que an­cho, apoyado en el borde de la cama. Aunque estaba envuelto en papel de embalar, supo exactamente qué era. La Virgen que tanto había admirado aquella tarde en su estudio. Cayó de rodillas sobre la alfombra y, conteniendo la respiración, arrancó el papel.
Pero no era la Virgen. Era el retrato que Liam le había hecho.
Un sollozo subió por su pecho. Se echó los dedos a la boca y dio unos pasos atrás. La representación que había he­cho de su cuerpo era brutal. Había mostrado todos los mi­chelines, todas las arrugas, todos los bultos que deberían ha­ber sido llanos. La carne de un muslo sobresalía del borde de la silla en la que estaba sentada; sus pechos colgaban con pe­sadez.
Y aun así, estaba gloriosa. Su piel era luminosa, con un brillo que parecía brotar de lo más profundo de su interior, sus curvas fuertes y fluidas, su rostro majestuosamente her­moso. Era tanto ella como todas las mujeres, sabia en su edad.
Aquélla era la última carta de amor de Liam Jenner para ella. Una declaración intransigente de sentimientos que eran clarividentes y audaces. Era el alma de Julia puesta al descubierto por aquel hombre brillante al que no había te­nido el valor de reclamar como suyo. Y tal vez ya era dema­siado tarde.
Julia cogió las llaves, bajó volando las escaleras y salió corriendo a por su coche. Alguno de los niños había dibuja­do un elaborado conejo en la capa de polvo que se había acu­mulado sobre su maletero. Al acercarse observó que el di­bujo era sospechosamente sofisticado: otra de las travesuras de Rocío.
Demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde... Los neumáticos chirriaron cuando arrancó a toda prisa ha­cia la casa de cristal. Mientras ella había estado levantando barreras contra un marido muerto al que había dejado de amar hacía ya años, Liam había ido a por lo que quería.
Demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde... El coche dio algunos brincos al pasar por los baches que domi­naban el primer tramo del camino, pero se estabilizó cuan­do la casa apareció. Parecía vacía y deshabitada.
Julia bajó del coche de un salto, corrió hacia la puerta y llamó al timbre. No hubo respuesta. Llamó a la puerta con los puños y luego corrió hacia la parte posterior. «Se ha ido a México...»
El estudio envuelto en cristal se erguía ante ella, la casa del árbol de un genio. Dentro no parecía haber ninguna señal de vida, ni tampoco en el resto de la casa.
El lago centelleaba bajo la luz del sol detrás de la casa, y el cielo flotaba azul y limpio de nubes encima: un día per­fecto que se burlaba de ella. Julia vio una puerta a un lado y corrió hacia ella; no esperaba que estuviera abierta, pero el pesado pomo giró.
Dentro todo estaba silencioso. Julia fue de la parte pos­terior de la casa a la cocina, y de allí, a la sala de estar, desde donde subió a la pasarela.
La arcada del final la atraía hacia su espacio sagrado. Julia no tenía ningún derecho a entrar, pero lo hizo.
Liam estaba en pie de espaldas a la puerta, empaquetan­do los tubos de acrílicos en un estuche de viaje. Como aque­lla tarde en la que Julia había estado allí, Liam iba vestido de negro, con unos pantalones anchos cortados a medida y una camisa de manga larga. Vestido para viajar.
-¿Quieres algo? -gruñó sin levantar la mirada.
-Pues sí -dijo ella sin aliento.
Finalmente, Liam se volvió y Julia vio por la expresión tozuda de su mandíbula que no se lo iba a poner fácil.
-Te quiero a ti -dijo.
La expresión de Liam se tornó más arrogante. Su orgu­llo estaba muy herido, y necesitaba mucho más.
Julia se cogió el vestido por el dobladillo, se lo sacó por la cabeza y lo arrojó a un lado. Se desabrochó el sujetador y lo lanzó lejos. Puso los pulgares bajo la goma elástica de sus bragas, se las bajó, y salió de dentro de ellas.
Liam la observó en silencio, sin expresión alguna en su rostro.
Julia levantó los brazos y se llevó las manos al pelo, se­parándolo de su nuca. Dobló ligeramente una rodilla y se la­deó en la pose que había vendido un millón de carteles.
Con su edad y su peso, plantarse de aquella manera de­lante de él podría haber parecido una parodia. Sin embargo, Julia se sentía poderosa y ferozmente sexual, tal como él la había pintado.
-¿Crees que con esto te bastará para recuperarme? -re­funfuñó Liam.
-Sí, bastará.
Liam señaló con la cabeza un viejo sofá de terciopelo que no estaba allí la última vez.
-Túmbate.
Julia se preguntó si alguna otra modelo habría posado para él en aquel sofá, pero en vez de sentirse celosa, sintió compasión. Fuera quien fuera, la mujer no habría poseído sus poderes.
Con una sonrisa lenta y confiada, Julia se dirigió al sofá. Estaba debajo de una de las claraboyas del estudio, y sintió caer una ducha de luz sobre su piel cuando se tumbó en el sofá.
No se sorprendió al verle tomar una paleta y algunos de los tubos del estuche. ¿Cómo podía resistirse a pintarla? Apoyó la cabeza en uno de los brazos del sofá y, mientras Liam extraía la pintura de los tubos se acomodó con una ale­gría perfecta en el suave terciopelo. Al cabo de un rato, Liam cogió los pinceles y se acercó a ella.
Julia ya había observado su respiración acelerada. Cuan­do le tuvo cerca, vio el fuego del deseo que ardía bajo la ge­nialidad de sus ojos. Liam se arrodilló delante de ella. Julia esperó. Complacida.
Liam empezó a pintarla. No su imagen en un lienzo. Pin­taba su piel.
Recorrió sus costillas con un pincel fino cargado de rojo de cadmio, luego añadió violeta Marte y azul prusiano en su cadera. Moteó sus hombros y su barriga con naranja, cobal­to y esmeralda, se colocó un pincel descartado entre los dien­tes como si fuera el puñal de un pirata y punteó uno de sus pechos de ultramarino y lima. El pezón se endureció cuando lo rodeó con turquesa y magenta. Liam le abrió los muslos y los adornó con formas agresivas de azul y violeta.
Julia percibió en sus gestos su frustración así como su cre­ciente deseo, y no se sorprendió cuando Liam dejó a un lado los pinceles y empezó a deslizar las manos sobre su cuerpo, formando espirales con los colores, reclamando su carne has­ta que ella ya no pudo soportarlo más.
Julia se incorporó de pronto y empezó a desabrocharle los botones de la camisa, manchándola con el estigma de oro renacimiento con que Liam le había embadurnado las pal­mas de las manos. Ya no se contentaba con ser su creación: necesitaba recrearlo a él de acuerdo con su imagen, y cuando él estuvo desnudo, se apretó contra su carne.
Los cálidos pigmentos se mezclaron y fundieron mien­tras ella se estampaba sobre él. Nuevamente, no había cama, así que Julia arrojó al suelo los cojines del sofá, y le besó has­ta que ambos se quedaron sin aliento. Finalmente, Liam se echó atrás lo suficiente para que Julia pudiera abrirse a él.
-Julia, amor mío...
La penetró con la misma ferocidad con la que creaba.
La pintura hacía que la parte interior de los muslos de Julia resbalara en la cadera de Liam, por lo que se agarró con más fuerza. Liam la embistió con mayor fuerza y rapidez. Sus bocas se derritieron con sus cuerpos hasta que dejaron de ser dos personas. Juntos cayeron de los límites del mundo.
Después estuvieron jugando con la pintura e intercam­biaron besos profundos junto a las palabras de amor que ambos necesitaban decir. Y cuando estuvieron en la ducha, Julia le dijo que no se casaría con él.
-¿Y quién te lo ha pedido?
-Al menos no enseguida -añadió, sin hacer caso de su jactancia-. Quiero que antes vivamos juntos una tempora­da. En perfecto pecado bohemio.
-Sólo si me prometes que no tendré que alquilar un apartamento sin agua caliente en el bajo Manhattan.­
—No. Y tampoco en México. En París. ¿No sería en­cantador? Yo podría ser tu musa.
-Mi querida Julia, ¿acaso no sabes que ya lo eres?
-Oh, Liam, te quiero tanto. Nosotros dos... Un taller en el sexto arrondissement, propiedad de una anciana ata­viada con viejos vestidos de Chanel. Tú, y tu genio y tu ma­ravilloso, maravilloso cuerpo. Y yo y mis colchas. Y vino y pintura y París.
-Todo tuyo -dijo con una gran risotada mientras le enjabonaba los pechos-. ¿Me he acordado de decirte que te quiero?
-Sí. -Julia sonrió y toda la profundidad de sus senti­mientos se reflejaron en aquellos ojos oscuros e intensos-. Colgaré campanillas bajo los aleros.
-Con lo que yo no podré dormir y tendré que hacerte el amor durante toda la noche.
-Las campanillas son mi debilidad.
-Pues mi debilidad eres tú.

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