lunes, 31 de diciembre de 2012

Capitulo IX, Segunda Parte


Rochi oyó una salpicadura débil y empezó a ver que Gastón buceaba bajo el agua. Unos momentos más tarde, emergió en el extremo más alejado de la piscina y comenzó a nadar. Una brazada tras otra. Lentas, perezosas. Un hombre que no tenía nada mejor que hacer. Ningún trabajo honesto. Ninguna responsabilidad. Nada de niños que le preocuparan.
Él se puso de espaldas, y siguió nadando a paso de tortuga, y mientras le miraba, su cólera crecía en todos los rincones de su ser. Ella había dedicado toda su vida a los niños, y este hombre representaba todo lo que detestaba. Su estómago dio un vuelco de auto-repugnancia cuando se acordó de lo cerca que había estado de dejarse seducir por él.
Él emergió de la piscina, buscó su toalla, luego aparentemente se acordó de que Shelby se había marchado con ella, envolviendo a su hijo ilegítimo, así que se quitó el agua con las manos. Cuando ella observó esos golpes largos, lánguidos, la náusea le llegó hasta los pies. Débilmente, entendió que este no era su asunto, pero no podía controlar la fiera emoción que se revolvía dentro de ella. La cólera y el horrible convencimiento de que él no era quién ella pensaba. Se levantó y caminó hacía el borde de la piscina.
Él la contempló. Sonreía con su sonrisa perezosa.
Ella no tenía ningún plan. Nada preconcebido. Pero lo siguiente que supo fue que su brazo se mecía a través del aire, y su mano conectaba con su mandíbula.
En algún lugar distante, con una neblina roja, miró a ese idiota y vio gotas de agua volar. Una mancha se dispersó a través de su mandíbula donde ella le había pegado. Su estómago se contrajo.
—¿Qué diablos pasa contigo?
Él maldijo, luego clavó los ojos en ella, unos ojos que se habían vuelto tan profundos y oscuros como un cardenal.
Sintió que sus piernas no la sostenían. Nunca le debería haber golpeado.
Nunca. Esto no era de su incumbencia, y no tenía ningún derecho en convertirse en verdugo.
Sus ojos resplandecieron.
—Te lanzaría al fondo en este mismo instante, aunque estás vestida, así que ten cuidado.
Su cólera se recargó.
—Eres despreciable.
Un músculo saltó en su mandíbula colorada, y a los lados, cerraba los puños con fuerza.
—Aw, infierno... —sin previo aviso, la levantó en brazos y la arrojó a lo más profundo de la piscina.
Ella subió, chisporroteando y furiosa, sólo para verle andando hacia la casa, alejándose de ella, como se alejaba de ese precioso bebé.
—¿Que clase de hombre eres? —gritó ella—. ¡La clase de hombre que abandona a su hijo!
Él se congeló en sus pasos. Lentamente se volvió.
—¿Qué has dicho?
Su sombrero flotó a su lado. Lo cogió mientras trataba de no hundirse.
—Digo que eres el típico hombre que va por ahí plantando su esperma y luego lo arregla firmando un jugoso cheque, eso quiero decir.
—¿Plantando esperma?
Su cólera se volvió a encender. Se zambulló para nadar hasta el borde pero su túnica mojada hacía sus movimientos torpes. Perdió su sombrero cuando alcanzó la escalera de mano, pero tenía una misión que cumplir, y no se preocupó.
—¡Es un bebé tan precioso! ¿Cómo puedes...?
—¡Eres una idiota!
Él estaba de pie en el centro del césped con el sol lanzando destellos en su pelo mojado. Sus piernas estaban separadas, las gotas de agua brillaban en su piel, y la miró como si se preparara para asesinarla.
—¡Ese bebé precioso es mi hermano!
Se quedó de piedra. ¿Su hermano? Oh, Dios... sí que era una idiota.
—¡Gastón!
Pero él ya estaba lejos.
Ella salió del agua y empezó a ver todo con cierta consternación. ¿Qué sucedía con ella? Nunca había sido una persona que juzgara precipitadamente. En St. Gert escuchaba cada aspecto de una disputa antes de tomar una decisión, pero no había estado dispuesta a hacer eso con él. Le debía una disculpa, y sólo podía esperar que él fuera magnánimo y la aceptara.
Motivada por una combinación de cobardía y temor, se dio una ducha y se cambió. Luego, esperando que él hubiera tenido la posibilidad de enfriarse, se dispuso a buscarle sólo para descubrir que había abandonado la casa. No se veía a Sombra en la dehesa, y vislumbró a un hombre a caballo alejándose del rancho.
Patrick subió del cuarto oscuro y la invitó a acompañarlo al pueblo mientras él iba a comprar unas cosas. Ella aceptó la invitación, pensando que podría encontrar alguna especie de regalo para Gastón a manera de disculpa. Pero en el momento que alcanzaron los límites municipales, ella se dio cuenta de que ningún frasco de colonia masculina o un libro caro compensarían el insulto.
Cuando regresaron a la casa, Sombra estaba otra vez en la dehesa, pero no había ningún signo de Gastón.
—Él probablemente está en el gimnasio —dijo Patrick cuándo ella preguntó.
—¿Él hace gimnasia?
—Algo por el estilo.
Ella siguió las indicaciones de Patrick hasta un cuarto en el extremo más alejado del segundo piso. La puerta estaba entreabierta. Cuando la empujó para abrirla, se percató que sus palmas estaban húmedas y pegajosas, y se las secó en sus pantalones cortos.
Gastón se ejercitaba en una especie de máquina de remos, o al menos los movía hacia adelante y hacia atrás a un ritmo lento. Él miró hacia arriba cuando ella entró y frunció el ceño.
—¿Qué quieres?
—Quiero disculparme.
—No me sirve —despacio se bajó de la máquina de remos y dio una leve patada a un teléfono inalámbrico que había en el suelo.
—Gastón, realmente lo siento.
Él la ignoró, cayéndose al suelo alfombrado en lugar de eso y empezando una tabla de flexiones. Su forma era excelente, no había duda, aunque parecía no poner mucho esfuerzo en ello.
—No tenía ningún derecho a meter mi nariz en algo que no era mi asunto.
Él mantenía los ojos en el suelo mientras continuaba con sus flexiones.
—¿De qué tratas de disculparte? ¿De meter la nariz en mis asuntos?
—Y de abofetearte —avanzó unos pasos—. Oh, Gastón, yo lo siento tanto. Nunca he pegado a nadie en mi vida. ¡Nunca!
Él no dijo nada, simplemente continuó con sus flexiones perezosas, tomándose su tiempo, de la misma manera que nadaba. Ella pensó que detectó un olor apenas perceptible de calor masculino viniendo de su cuerpo, pero no vio ningún sudor.
La vista de su cuerpo con nada más que un par de pantalones cortos azules de gimnasia la distraían, y ella devolvió su atención.
—No sé lo que me pasó. Estaba tan trastornada, tan decepcionada contigo. Fue una especie de locura temporal.
Él cuadró su mandíbula y no alzó la vista hacía ella.
—Esa bofetada te la puedo perdonar.
—Pero...
—Simplemente sal de aquí, ¿vale? En este momento no soporto ni mirarte.
Ella trató de pensar en algo que decir para intentar arreglarlo, pero no encontró nada.
—Bien. Sí. Entiendo —se echó para atrás hacia la puerta, sintiéndose avergonzada y miserable—. Realmente lo siento.
Sus flexiones fueron un poquito más rápido.
—Estás pidiendo perdón por la cosa equivocada, pero ni siquiera comprendes eso. ¡Ahora vete de una maldita vez! Y si quieres llamar a Eugenia y decirle que paso de ti, puedes hacerlo.
—No haré eso —antes de llegar a la puerta, se volvió, necesitaba saber—. ¿Si me perdonas por pegarte, puedes decirme de qué otra cosa no me puedes perdonar?
—Me parece que no tienes que preguntar.
Las flexiones continuaron. Las hacía sin ningún esfuerzo aparente. Ni una gota de sudor.
—Aparentemente lo hago.
—¿Cómo una mujer a la que considero mi amiga puede pensar que soy un cabrón que abandona a su hijo?
—Sólo te conozco desde hace tres días —no podía menos que indicarlo—. Realmente no te conozco muy bien.
Él le dirigió una mirada llena de ultraje e incredulidad.
—¡Me conoces lo bastante para saber que no haría algo así!
Su respiración se había alterado, pero ella tenía la sensación que era de cólera, no del esfuerzo.
—Pero Gastón, tu madrastra es tan joven. Ella no puede tener aun ni treinta años. Nunca se me ocurrió...
—¡No quiero oír más! Lo digo en serio, Rochi, sal de aquí. Le prometí a Shelby que te llevaría a su casa a cenar esta noche, pero créeme, no me gusta nada. Por lo que a mí respecta, nuestra amistad ha terminado.
Hasta ese momento ella en realidad no sabía que tenían una amistad, pero ahora que comprendió que la había perdido, se sintió extrañamente despojada.

1 comentario:

  1. Rochi metió la pata, creo que le va a costar mucho que Gas la perdone

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