Rochi oyó una salpicadura
débil y empezó a ver que Gastón buceaba bajo el agua. Unos momentos más tarde,
emergió en el extremo más alejado de la piscina y comenzó a nadar. Una brazada
tras otra. Lentas, perezosas. Un hombre que no tenía nada mejor que hacer.
Ningún trabajo honesto. Ninguna responsabilidad. Nada de niños que le
preocuparan.
Él se puso de espaldas, y
siguió nadando a paso de tortuga, y mientras le miraba, su cólera crecía en
todos los rincones de su ser. Ella había dedicado toda su vida a los niños, y
este hombre representaba todo lo que detestaba. Su estómago dio un vuelco de
auto-repugnancia cuando se acordó de lo cerca que había estado de dejarse
seducir por él.
Él emergió de la piscina,
buscó su toalla, luego aparentemente se acordó de que Shelby se había marchado
con ella, envolviendo a su hijo ilegítimo, así que se quitó el agua con las
manos. Cuando ella observó esos golpes largos, lánguidos, la náusea le llegó
hasta los pies. Débilmente, entendió que este no era su asunto, pero no podía
controlar la fiera emoción que se revolvía dentro de ella. La cólera y el
horrible convencimiento de que él no era quién ella pensaba. Se levantó y
caminó hacía el borde de la piscina.
Él la contempló. Sonreía con
su sonrisa perezosa.
Ella no tenía ningún plan.
Nada preconcebido. Pero lo siguiente que supo fue que su brazo se mecía a
través del aire, y su mano conectaba con su mandíbula.
En algún lugar distante, con
una neblina roja, miró a ese idiota y vio gotas de agua volar. Una mancha se
dispersó a través de su mandíbula donde ella le había pegado. Su estómago se
contrajo.
—¿Qué diablos pasa contigo?
Él maldijo, luego clavó los
ojos en ella, unos ojos que se habían vuelto tan profundos y oscuros como un
cardenal.
Sintió que sus piernas no la
sostenían. Nunca le debería haber golpeado.
Nunca. Esto no era de su
incumbencia, y no tenía ningún derecho en convertirse en verdugo.
Sus ojos resplandecieron.
—Te lanzaría al fondo en
este mismo instante, aunque estás vestida, así que ten cuidado.
Su cólera se recargó.
—Eres despreciable.
Un músculo saltó en su
mandíbula colorada, y a los lados, cerraba los puños con fuerza.
—Aw, infierno... —sin previo
aviso, la levantó en brazos y la arrojó a lo más profundo de la piscina.
Ella subió, chisporroteando
y furiosa, sólo para verle andando hacia la casa, alejándose de ella, como se
alejaba de ese precioso bebé.
—¿Que clase de hombre eres?
—gritó ella—. ¡La clase de hombre que abandona a su hijo!
Él se congeló en sus pasos.
Lentamente se volvió.
—¿Qué has dicho?
Su sombrero flotó a su lado.
Lo cogió mientras trataba de no hundirse.
—Digo que eres el típico
hombre que va por ahí plantando su esperma y luego lo arregla firmando un
jugoso cheque, eso quiero decir.
—¿Plantando esperma?
Su cólera se volvió a
encender. Se zambulló para nadar hasta el borde pero su túnica mojada hacía sus
movimientos torpes. Perdió su sombrero cuando alcanzó la escalera de mano, pero
tenía una misión que cumplir, y no se preocupó.
—¡Es un bebé tan precioso!
¿Cómo puedes...?
—¡Eres una idiota!
Él estaba de pie en el
centro del césped con el sol lanzando destellos en su pelo mojado. Sus piernas
estaban separadas, las gotas de agua brillaban en su piel, y la miró como si se
preparara para asesinarla.
—¡Ese bebé precioso es mi
hermano!
Se quedó de piedra. ¿Su
hermano? Oh, Dios... sí que era una idiota.
—¡Gastón!
Pero él ya estaba lejos.
Ella salió del agua y empezó
a ver todo con cierta consternación. ¿Qué sucedía con ella? Nunca había sido
una persona que juzgara precipitadamente. En St. Gert escuchaba cada aspecto de
una disputa antes de tomar una decisión, pero no había estado dispuesta a hacer
eso con él. Le debía una disculpa, y sólo podía esperar que él fuera magnánimo
y la aceptara.
Motivada por una combinación
de cobardía y temor, se dio una ducha y se cambió. Luego, esperando que él
hubiera tenido la posibilidad de enfriarse, se dispuso a buscarle sólo para
descubrir que había abandonado la casa. No se veía a Sombra en la dehesa, y
vislumbró a un hombre a caballo alejándose del rancho.
Patrick subió del cuarto
oscuro y la invitó a acompañarlo al pueblo mientras él iba a comprar unas
cosas. Ella aceptó la invitación, pensando que podría encontrar alguna especie
de regalo para Gastón a manera de disculpa. Pero en el momento que alcanzaron
los límites municipales, ella se dio cuenta de que ningún frasco de colonia
masculina o un libro caro compensarían el insulto.
Cuando regresaron a la casa,
Sombra estaba otra vez en la dehesa, pero no había ningún signo de Gastón.
—Él probablemente está en el
gimnasio —dijo Patrick cuándo ella preguntó.
—¿Él hace gimnasia?
—Algo por el estilo.
Ella siguió las indicaciones
de Patrick hasta un cuarto en el extremo más alejado del segundo piso. La
puerta estaba entreabierta. Cuando la empujó para abrirla, se percató que sus
palmas estaban húmedas y pegajosas, y se las secó en sus pantalones cortos.
Gastón se ejercitaba en una
especie de máquina de remos, o al menos los movía hacia adelante y hacia atrás
a un ritmo lento. Él miró hacia arriba cuando ella entró y frunció el ceño.
—¿Qué quieres?
—Quiero disculparme.
—No me sirve —despacio se
bajó de la máquina de remos y dio una leve patada a un teléfono inalámbrico que
había en el suelo.
—Gastón, realmente lo
siento.
Él la ignoró, cayéndose al
suelo alfombrado en lugar de eso y empezando una tabla de flexiones. Su forma
era excelente, no había duda, aunque parecía no poner mucho esfuerzo en ello.
—No tenía ningún derecho a
meter mi nariz en algo que no era mi asunto.
Él mantenía los ojos en el
suelo mientras continuaba con sus flexiones.
—¿De qué tratas de
disculparte? ¿De meter la nariz en mis asuntos?
—Y de abofetearte —avanzó
unos pasos—. Oh, Gastón, yo lo siento tanto. Nunca he pegado a nadie en mi
vida. ¡Nunca!
Él no dijo nada, simplemente
continuó con sus flexiones perezosas, tomándose su tiempo, de la misma manera
que nadaba. Ella pensó que detectó un olor apenas perceptible de calor
masculino viniendo de su cuerpo, pero no vio ningún sudor.
La vista de su cuerpo con
nada más que un par de pantalones cortos azules de gimnasia la distraían, y
ella devolvió su atención.
—No sé lo que me pasó.
Estaba tan trastornada, tan decepcionada contigo. Fue una especie de locura
temporal.
Él cuadró su mandíbula y no
alzó la vista hacía ella.
—Esa bofetada te la puedo
perdonar.
—Pero...
—Simplemente sal de aquí,
¿vale? En este momento no soporto ni mirarte.
Ella trató de pensar en algo
que decir para intentar arreglarlo, pero no encontró nada.
—Bien. Sí. Entiendo —se echó
para atrás hacia la puerta, sintiéndose avergonzada y miserable—. Realmente lo
siento.
Sus flexiones fueron un
poquito más rápido.
—Estás pidiendo perdón por
la cosa equivocada, pero ni siquiera comprendes eso. ¡Ahora vete de una maldita
vez! Y si quieres llamar a Eugenia y decirle que paso de ti, puedes hacerlo.
—No haré eso —antes de
llegar a la puerta, se volvió, necesitaba saber—. ¿Si me perdonas por pegarte,
puedes decirme de qué otra cosa no me puedes perdonar?
—Me parece que no tienes que
preguntar.
Las flexiones continuaron.
Las hacía sin ningún esfuerzo aparente. Ni una gota de sudor.
—Aparentemente lo hago.
—¿Cómo una mujer a la que
considero mi amiga puede pensar que soy un cabrón que abandona a su hijo?
—Sólo te conozco desde hace
tres días —no podía menos que indicarlo—. Realmente no te conozco muy bien.
Él le dirigió una mirada
llena de ultraje e incredulidad.
—¡Me conoces lo bastante
para saber que no haría algo así!
Su respiración se había
alterado, pero ella tenía la sensación que era de cólera, no del esfuerzo.
—Pero Gastón, tu madrastra
es tan joven. Ella no puede tener aun ni treinta años. Nunca se me ocurrió...
—¡No quiero oír más! Lo digo
en serio, Rochi, sal de aquí. Le prometí a Shelby que te llevaría a su casa a
cenar esta noche, pero créeme, no me gusta nada. Por lo que a mí respecta,
nuestra amistad ha terminado.
Hasta ese momento ella en
realidad no sabía que tenían una amistad, pero ahora que comprendió que la
había perdido, se sintió extrañamente despojada.
Rochi metió la pata, creo que le va a costar mucho que Gas la perdone
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