martes, 25 de diciembre de 2012

Capitulo Trece, Segunda Parte


Conmocionado, puso rumbo al despacho de Victorio. Pensó que un rato en el sensato distrito profesional, en la atmósfera racional de la abogacía, le ayudaría a calmarse.
Además, deseaba pasar unos minutos con un amigo que, aunque tal vez lo creyera un loco, no por eso lo querría menos.
—De haber sabido que ibas a pasarte por aquí—dijo Vico mientras cerraba la puerta de su despacho—, habría hecho un hueco para que almorzáramos juntos.
—No lo tenía planeado.
—Otra vez de compras. —Victorio señaló la bolsa con la cabeza—. Caray, chico, ¿es que no piensas traerte nada de Boston?
—Ahora que lo mencionas, me traerán algunas cosas la semana que viene, casi todo libros —explicó Gastón, paseándose por el despacho. Sus ojos recorrieron los libros de derecho, las gruesas carpetas, los memorándums. Todo eso, los desechos del abogado, le resultaba ya muy lejano—. Y algunas piezas que tenía en mi estudio que quedarán bien en la biblioteca.
Levantó un pisapapeles de bronce y volvió a dejarlo en su sitio. Se metió una mano en el bolsillo y jugó con la calderilla.
—¿Vas a decirme qué te ronda por la cabeza o piensas pasearte de un lado a otro hasta abrirme una zanja en la moqueta? —Con la chaqueta del traje colgada del respaldo de la butaca, la corbata aflojada y las mangas subidas, Vico se recostó en su asiento y procedió a pasarse un Slinky verde de una mano a otra—. Me estás agotando.
—Ya te he contado algunas de las cosas que han estado ocurriendo.
—Las viví en primera persona el sábado, cuando estuve en tu casa. Todavía me gustaría oírte decir que la música de piano que escuchamos provenía de una radio que olvidaste apagar.
—Supongo que tendré que comprar un piano para el salón de las damas, dado que ese parece ser su lugar. Además, me gusta tocar el piano, cuando me acuerdo.
Victorio colocó el Slinky verticalmente, dejando que la espiral cayera sobre sí misma.
—¿Has venido para contarme que estás buscando un piano?
—Me he comprado un reloj.
—Ya, y quieres fardar de él. ¿Quieres que llame a mis ayudantes?
—Era el reloj de Ramiro Ordóñez.
—¡Joder! —Vico soltó el Slinky—. ¿Cómo lo sabes? ¿Dónde lo has encontrado?
—En una tiendecita del Quarter. —Gastón sacó la caja y la dejó sobre la mesa—. Echa un vistazo.
Obedientemente, Victorio retiró la tapa.
—Muy elegante, si lo que quieres es un reloj que tendrás que rebuscar en el bolsillo cada vez que quieras saber la hora. Y pesado —añadió cuando lo levantó.
—¿ Sientes... sientes algo?
—¿Si siento algo?
—Mira el reverso.
—Los nombres y las fechas son correctos —concluyó—. Qué suerte que hayas topado con él.
—¿Suerte? No creo que sea una cuestión de suerte. Entro en la tienda, compro una sortija para Rocío, luego...
—Eh, eh, para el carro un momento. ¿Una sortija?
—Ya te conté que voy a casarme con ella. —Gastón se encogió de hombros—. Encontré la sortija que quería. No tiene nada de malo comprarla con un poco de antelación. Pero esa no es la cuestión.
—Por supuesto que lo es. ¿Lo sabe ella?
—Le dije lo que sentía y lo que quería. Le estoy dando un tiempo para que lo asimile. ¿Podemos volver al reloj?
—Et là! Siempre has sido más terco que una mula. Sigue.
—Entro en la tienda y decido que necesito un reloj porque el mío se para continuamente. Decido que necesito un reloj de bolsillo a pesar de que jamás he usado uno ni he pensado en usarlo. En ese momento veo este reloj y sé que es de Ramiro, sé que ella se lo compró por su cumpleaños. Sé qué dice en el reverso antes de leerlo. Las palabras exactas. Porque las oigo en mi cabeza.
—No sé qué pensar. —Victorio se mesó el pelo—. ¿No se han dado casos de gente que toca un objeto y recibe imágenes de su historia o algo parecido?
—Se llama psicometría. He estado leyendo muchas cosas sobre ciencia paranormal en mis ratos libres —explicó Gastón cuando Victorio arrugó la frente—. Pero nunca me había ocurrido nada parecido. Rocío tiene una teoría relacionada con la reencarnación.
Vico arrugó los labios y devolvió el reloj a la caja.
—Creo que prefiero esa teoría a la del psiconosequé.
—De ser así, significa que la casa y el reloj están activando recuerdos de una vida pasada. Es muy extraño.
—Todo ha sido muy extraño desde el principio, cher.
—La cuestión es la siguiente. Si acepto que yo soy Ramiro, entonces sé que Rocío es Valeria. Lo que no sé es si se supone que, para resolver el pasado, debo traerla a la casa o mantenerla alejada de ella.

Rocío se disponía a salir de su apartamento del Vieux Carré para cubrir el turno de tarde en el bar cuando, al  abrir la puerta, tropezó con otro pasado. Un pasado antiguo.
—¡Cariño! —Lilibeth Igarzábal abrió los brazos de par en par.
Rocío fue incapaz de retroceder antes de que esos brazos la atraparan como cadenas. Envuelta en ellas, la asaltaron un montón de sensaciones. Un exceso de perfume que no conseguía encubrir el olor rancio a tabaco, un cuerpo huesudo, afilado por años de mala vida, capas de laca pegajosa sobre unos rizos teñidos de negro. Y, entre todo eso, su propio miedo.
—Fui primero al bar y un chico muy guapo me dijo que todavía estabas aquí. ¡Me alegro tanto de haberte pillado! —La voz sonaba como una burbuja rebotando en el aire—. ¡Deja que te mire! Juraría que cada vez que te veo estás más bonita. Cielo, necesito sentarme un segundo para recuperar el aliento. Estoy tan contenta de verte que casi no lo soporto.
Hablaba demasiado deprisa, observó Rocío, caminaba demasiado deprisa sobre esos tacones de aguja a juego con unas mallas ceñidas de color fucsia. Señal de que había consumido una dosis de su droga del momento no hacía mucho.
—¡Mira lo que has hecho con este apartamento! —Lilibeth se desplomó en una silla y soltó una maleta floreada. Aplaudió como una niña y las pulseras de plástico que adornaban sus enclenques muñecas tintinearon—. Me pirra. Te queda que ni pintado, nena.
Había sido bonita en otros tiempos, pensó Rocío mientras estudiaba a su madre. Había visto fotos. Pero lo que había tenido de bonita se había tornado ahora en astucia.
A los cuarenta y cuatro años la cara de Lilibeth mostraba el desgaste causado por demasiado alcohol, demasiadas pastillas y demasiados hombres.
Rocío dejó la puerta abierta a propósito y se detuvo a un paso de la jamba. El sonido del tráfico y el aroma de la panadería de enfrente le daban seguridad.
—¿Qué quieres?
—¿Qué voy a querer? Verte, naturalmente. —Lilibeth dejó escapar una risa que arañó el cerebro de Rocío como uñas sobre una pizarra—. No sabes las ganas que tenía de verte, nena. Me dije, sé que mi Rocío está muy ocupada, pero tenemos que pasar un rato juntas sea como sea. Así que me subí a un autobús y aquí estoy. Siéntate aquí conmigo y cuéntame todo lo que has estado haciendo.
El asco la invadió y Rocío se aferró a él. Mejor el asco que la desesperación que le pisaba los talones.
—Tengo que irme a trabajar.
—Anda, cielo, seguro que puedes dedicar un ratito a tu mami. Después de todo, el bar es tuyo. Estoy tan orgullosa de mi niña, tan madura ya y con su propio negocio. Las cosas te van muy bien. —Lilibeth miró en derredor.
Rocío se percató de la astucia que encerraba esa mirada. Le tensó el pecho y le enderezó la espalda.
—La última vez te dije que era la última vez. No conseguirás sacarme un solo centavo.
—¿Por qué te empeñas en herir mis sentimientos?
—Lilibeth abrió de par en par unos ojos que empezaban a llenarse de lágrimas—. Solo quiero pasar unos días con mi niña.
—Ya no soy una niña —repuso lentamente Rocío—. Y aún menos tuya.
—No seas mala, cielo. He venido hasta aquí solo para verte. Sé que no he sido una buena mamá, cariño, pero voy a compensarte.
Se levantó de un salto con una mano sobre el corazón. Tenía la uña del meñique derecho muy larga y ligeramente curvada.
Uña de cocaína, comprendió Rocío sin asombro ni pesar. Ahora ya conocía la droga del momento de su madre.
—Sé que cometí algunos errores. —La voz de Lilibeth era de disculpa—. Pero has de comprender que yo era muy joven cuando llegaste.
—Ya has agotado esa excusa.
Lilibeth rebuscó en su bolso rojo y sacó un pañuelo raído.
—¿Por qué eres tan dura con tu mamá, niña? ¿Por qué quieres herir mi corazón?
—Tú no tienes corazón. Y no eres mi mamá.
—Te llevé dentro de mí durante nueve meses, ¿o no?
—El pesar se convirtió rápidamente en furia, como si alguien hubiera pulsado un interruptor. Lilibeth elevó la voz—; Nueve meses vomitando, gorda como una foca y atrapada en ese maldito bayou. Me pasé horas muriendo de dolor para darte a luz.
—Y me abandonaste en menos de una semana. Un gato callejero pasa más tiempo con sus retoños del que tú pasaste conmigo.
—Tenía dieciséis años.
Era esa triste realidad la que había inducido a Rocío a hacer un espacio, una y otra vez, en su corazón. Hasta que el corazón, sencillamente, se le calcificó a causa de los golpes.
—Hace mucho que no tienes dieciséis años. Y yo tampoco los tengo. No voy a perder el tiempo discutiendo eso. Tengo que irme a trabajar y quiero que te marches.
—Pero nena. —Presa del pánico, Lilibeth endulzó nuevamente la voz—. Tienes que darme una oportunidad para que pueda arreglar las cosas. Voy a buscarme un trabajo. Podría trabajar para ti, ¿no sería divertido? Me quedaré contigo un par de semanas hasta que encuentre un apartamento. Lo pasaremos bomba, como si fuéramos íntimas amigas.
—No, no trabajarás para mí y no, no puedes quedarte aquí. Cometí ese error hace cuatro años y cuando te pillé haciendo chanchullos aquí, en mi propia casa, me robaste y volviste a marcharte. No repito mis errores.
—Estaba enferma. Pero ahora estoy limpia, cariño, te lo juro. No puedes echarme así como así. —Lilibeth extendió las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto de súplica—. Estoy sin blanca. Billy se llevó todo lo que tenía.
Rocío supuso que Billy era el último de la lista de aprovechados, perdedores y maltratadores con que se relacionaba su madre.
—Ahora mismo estás drogada. ¿Me tomas por ciega o por estúpida?
—¡No lo estoy! Solo me tomé un poquito de algo porque iba a verte y estaba muy nerviosa. Sabía que te enfadarías conmigo. —De sus ojos brotaron lágrimas y arrastraron rímel por las mejillas—. Tienes que darme una oportunidad para arreglar las cosas, cariño. He cambiado.
—También has agotado esa excusa. —Con resignación, Rocío caminó hasta su bolso y sacó cincuenta dólares—, Toma. —Los apretó contra la mano de Lilibeth—. Cógelos, súbete a un autobús y vete lo más lejos posible. No vuelvas por aquí. No hay sitio para ti.
—No es posible que seas tan mala conmigo, nena. No es posible que seas tan fría.
—Sí es posible. —Rocío cargó la maleta hasta la puerta y la dejó fuera—. Lo llevo en la sangre. Coge el dinero. No pienso darte más. Y vete o juro por Dios que te echaré a la fuerza.
Lilibeth caminó hasta la puerta. El dinero ya viajaba en su bolso. Se detuvo y ofreció a Rocío una última mirada vidriosa.
—Nunca te quise.
—En eso estamos empatadas. Yo tampoco te quise nunca. —Rocío cerró la puerta en las narices de su madre. Echó los cerrojos, se sentó en el suelo y lloró en silencio.

1 comentario:

  1. Loa ame!!!... Que pedazo de b.. la madre!!.. espero el proximo!

    ResponderEliminar