Conmocionado, puso
rumbo al despacho de Victorio. Pensó que un rato en el sensato distrito
profesional, en la atmósfera racional de la abogacía, le ayudaría a calmarse.
Además, deseaba pasar
unos minutos con un amigo que, aunque tal vez lo creyera un loco, no por eso lo
querría menos.
—De haber sabido que
ibas a pasarte por aquí—dijo Vico mientras cerraba la puerta de su despacho—,
habría hecho un hueco para que almorzáramos juntos.
—No lo tenía
planeado.
—Otra vez de compras.
—Victorio señaló la bolsa con la cabeza—. Caray, chico, ¿es que no piensas
traerte nada de Boston?
—Ahora que lo
mencionas, me traerán algunas cosas la semana que viene, casi todo libros
—explicó Gastón, paseándose por el despacho. Sus ojos recorrieron los libros de
derecho, las gruesas carpetas, los memorándums. Todo eso, los desechos del
abogado, le resultaba ya muy lejano—. Y algunas piezas que tenía en mi estudio
que quedarán bien en la biblioteca.
Levantó un
pisapapeles de bronce y volvió a dejarlo en su sitio. Se metió una mano en el
bolsillo y jugó con la calderilla.
—¿Vas a decirme qué
te ronda por la cabeza o piensas pasearte de un lado a otro hasta abrirme una
zanja en la moqueta? —Con la chaqueta del traje colgada del respaldo de la
butaca, la corbata aflojada y las mangas subidas, Vico se recostó en su asiento
y procedió a pasarse un Slinky verde de una mano a otra—. Me estás agotando.
—Ya te he contado
algunas de las cosas que han estado ocurriendo.
—Las viví en primera
persona el sábado, cuando estuve en tu casa. Todavía me gustaría oírte decir
que la música de piano que escuchamos provenía de una radio que olvidaste
apagar.
—Supongo que tendré
que comprar un piano para el salón de las damas, dado que ese parece ser su
lugar. Además, me gusta tocar el piano, cuando me acuerdo.
Victorio colocó el
Slinky verticalmente, dejando que la espiral cayera sobre sí misma.
—¿Has venido para
contarme que estás buscando un piano?
—Me he comprado un
reloj.
—Ya, y quieres fardar
de él. ¿Quieres que llame a mis ayudantes?
—Era el reloj de Ramiro
Ordóñez.
—¡Joder! —Vico soltó
el Slinky—. ¿Cómo lo sabes? ¿Dónde lo has encontrado?
—En una tiendecita
del Quarter. —Gastón sacó la caja y la dejó sobre la mesa—. Echa un vistazo.
Obedientemente, Victorio
retiró la tapa.
—Muy elegante, si lo
que quieres es un reloj que tendrás que rebuscar en el bolsillo cada vez que
quieras saber la hora. Y pesado —añadió cuando lo levantó.
—¿ Sientes... sientes
algo?
—¿Si siento algo?
—Mira el reverso.
—Los nombres y las
fechas son correctos —concluyó—. Qué suerte que hayas topado con él.
—¿Suerte? No creo que
sea una cuestión de suerte. Entro en la tienda, compro una sortija para Rocío,
luego...
—Eh, eh, para el
carro un momento. ¿Una sortija?
—Ya te conté que voy
a casarme con ella. —Gastón se encogió de hombros—. Encontré la sortija que
quería. No tiene nada de malo comprarla con un poco de antelación. Pero esa no
es la cuestión.
—Por supuesto que lo
es. ¿Lo sabe ella?
—Le dije lo que
sentía y lo que quería. Le estoy dando un tiempo para que lo asimile. ¿Podemos
volver al reloj?
—Et là! Siempre has
sido más terco que una mula. Sigue.
—Entro en la tienda y
decido que necesito un reloj porque el mío se para continuamente. Decido que
necesito un reloj de bolsillo a pesar de que jamás he usado uno ni he pensado
en usarlo. En ese momento veo este reloj y sé que es de Ramiro, sé que ella se
lo compró por su cumpleaños. Sé qué dice en el reverso antes de leerlo. Las
palabras exactas. Porque las oigo en mi cabeza.
—No sé qué pensar. —Victorio
se mesó el pelo—. ¿No se han dado casos de gente que toca un objeto y recibe
imágenes de su historia o algo parecido?
—Se llama
psicometría. He estado leyendo muchas cosas sobre ciencia paranormal en mis
ratos libres —explicó Gastón cuando Victorio arrugó la frente—. Pero nunca me
había ocurrido nada parecido. Rocío tiene una teoría relacionada con la
reencarnación.
Vico arrugó los
labios y devolvió el reloj a la caja.
—Creo que prefiero
esa teoría a la del psiconosequé.
—De ser así,
significa que la casa y el reloj están activando recuerdos de una vida pasada.
Es muy extraño.
—Todo ha sido muy
extraño desde el principio, cher.
—La cuestión es la
siguiente. Si acepto que yo soy Ramiro, entonces sé que Rocío es Valeria. Lo
que no sé es si se supone que, para resolver el pasado, debo traerla a la casa
o mantenerla alejada de ella.
Rocío se disponía a
salir de su apartamento del Vieux Carré para cubrir el turno de tarde en el bar
cuando, al abrir la puerta, tropezó con
otro pasado. Un pasado antiguo.
—¡Cariño! —Lilibeth Igarzábal
abrió los brazos de par en par.
Rocío fue incapaz de
retroceder antes de que esos brazos la atraparan como cadenas. Envuelta en ellas,
la asaltaron un montón de sensaciones. Un exceso de perfume que no conseguía
encubrir el olor rancio a tabaco, un cuerpo huesudo, afilado por años de mala
vida, capas de laca pegajosa sobre unos rizos teñidos de negro. Y, entre todo
eso, su propio miedo.
—Fui primero al bar y
un chico muy guapo me dijo que todavía estabas aquí. ¡Me alegro tanto de
haberte pillado! —La voz sonaba como una burbuja rebotando en el aire—. ¡Deja
que te mire! Juraría que cada vez que te veo estás más bonita. Cielo, necesito
sentarme un segundo para recuperar el aliento. Estoy tan contenta de verte que
casi no lo soporto.
Hablaba demasiado
deprisa, observó Rocío, caminaba demasiado deprisa sobre esos tacones de aguja
a juego con unas mallas ceñidas de color fucsia. Señal de que había consumido
una dosis de su droga del momento no hacía mucho.
—¡Mira lo que has
hecho con este apartamento! —Lilibeth se desplomó en una silla y soltó una
maleta floreada. Aplaudió como una niña y las pulseras de plástico que
adornaban sus enclenques muñecas tintinearon—. Me pirra. Te queda que ni
pintado, nena.
Había sido bonita en
otros tiempos, pensó Rocío mientras estudiaba a su madre. Había visto fotos.
Pero lo que había tenido de bonita se había tornado ahora en astucia.
A los cuarenta y
cuatro años la cara de Lilibeth mostraba el desgaste causado por demasiado
alcohol, demasiadas pastillas y demasiados hombres.
Rocío dejó la puerta
abierta a propósito y se detuvo a un paso de la jamba. El sonido del tráfico y
el aroma de la panadería de enfrente le daban seguridad.
—¿Qué quieres?
—¿Qué voy a querer?
Verte, naturalmente. —Lilibeth dejó escapar una risa que arañó el cerebro de Rocío
como uñas sobre una pizarra—. No sabes las ganas que tenía de verte, nena. Me
dije, sé que mi Rocío está muy ocupada, pero tenemos que pasar un rato juntas
sea como sea. Así que me subí a un autobús y aquí estoy. Siéntate aquí conmigo
y cuéntame todo lo que has estado haciendo.
El asco la invadió y Rocío
se aferró a él. Mejor el asco que la desesperación que le pisaba los talones.
—Tengo que irme a
trabajar.
—Anda, cielo, seguro
que puedes dedicar un ratito a tu mami. Después de todo, el bar es tuyo. Estoy
tan orgullosa de mi niña, tan madura ya y con su propio negocio. Las cosas te
van muy bien. —Lilibeth miró en derredor.
Rocío se percató de
la astucia que encerraba esa mirada. Le tensó el pecho y le enderezó la
espalda.
—La última vez te
dije que era la última vez. No conseguirás sacarme un solo centavo.
—¿Por qué te empeñas
en herir mis sentimientos?
—Lilibeth abrió de
par en par unos ojos que empezaban a llenarse de lágrimas—. Solo quiero pasar
unos días con mi niña.
—Ya no soy una niña
—repuso lentamente Rocío—. Y aún menos tuya.
—No seas mala, cielo.
He venido hasta aquí solo para verte. Sé que no he sido una buena mamá, cariño,
pero voy a compensarte.
Se levantó de un
salto con una mano sobre el corazón. Tenía la uña del meñique derecho muy larga
y ligeramente curvada.
Uña de cocaína,
comprendió Rocío sin asombro ni pesar. Ahora ya conocía la droga del momento de
su madre.
—Sé que cometí
algunos errores. —La voz de Lilibeth era de disculpa—. Pero has de comprender
que yo era muy joven cuando llegaste.
—Ya has agotado esa
excusa.
Lilibeth rebuscó en
su bolso rojo y sacó un pañuelo raído.
—¿Por qué eres tan
dura con tu mamá, niña? ¿Por qué quieres herir mi corazón?
—Tú no tienes
corazón. Y no eres mi mamá.
—Te llevé dentro de
mí durante nueve meses, ¿o no?
—El pesar se
convirtió rápidamente en furia, como si alguien hubiera pulsado un interruptor.
Lilibeth elevó la voz—; Nueve meses vomitando, gorda como una foca y atrapada
en ese maldito bayou. Me pasé horas muriendo de dolor para darte a luz.
—Y me abandonaste en
menos de una semana. Un gato callejero pasa más tiempo con sus retoños del que
tú pasaste conmigo.
—Tenía dieciséis
años.
Era esa triste
realidad la que había inducido a Rocío a hacer un espacio, una y otra vez, en
su corazón. Hasta que el corazón, sencillamente, se le calcificó a causa de los
golpes.
—Hace mucho que no
tienes dieciséis años. Y yo tampoco los tengo. No voy a perder el tiempo
discutiendo eso. Tengo que irme a trabajar y quiero que te marches.
—Pero nena. —Presa
del pánico, Lilibeth endulzó nuevamente la voz—. Tienes que darme una
oportunidad para que pueda arreglar las cosas. Voy a buscarme un trabajo.
Podría trabajar para ti, ¿no sería divertido? Me quedaré contigo un par de
semanas hasta que encuentre un apartamento. Lo pasaremos bomba, como si
fuéramos íntimas amigas.
—No, no trabajarás
para mí y no, no puedes quedarte aquí. Cometí ese error hace cuatro años y
cuando te pillé haciendo chanchullos aquí, en mi propia casa, me robaste y
volviste a marcharte. No repito mis errores.
—Estaba enferma. Pero
ahora estoy limpia, cariño, te lo juro. No puedes echarme así como así.
—Lilibeth extendió las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto de
súplica—. Estoy sin blanca. Billy se llevó todo lo que tenía.
Rocío supuso que
Billy era el último de la lista de aprovechados, perdedores y maltratadores con
que se relacionaba su madre.
—Ahora mismo estás drogada.
¿Me tomas por ciega o por estúpida?
—¡No lo estoy! Solo
me tomé un poquito de algo porque iba a verte y estaba muy nerviosa. Sabía que
te enfadarías conmigo. —De sus ojos brotaron lágrimas y arrastraron rímel por
las mejillas—. Tienes que darme una oportunidad para arreglar las cosas,
cariño. He cambiado.
—También has agotado
esa excusa. —Con resignación, Rocío caminó hasta su bolso y sacó cincuenta
dólares—, Toma. —Los apretó contra la mano de Lilibeth—. Cógelos, súbete a un
autobús y vete lo más lejos posible. No vuelvas por aquí. No hay sitio para ti.
—No es posible que
seas tan mala conmigo, nena. No es posible que seas tan fría.
—Sí es posible. —Rocío
cargó la maleta hasta la puerta y la dejó fuera—. Lo llevo en la sangre. Coge
el dinero. No pienso darte más. Y vete o juro por Dios que te echaré a la
fuerza.
Lilibeth caminó hasta
la puerta. El dinero ya viajaba en su bolso. Se detuvo y ofreció a Rocío una
última mirada vidriosa.
—Nunca te quise.
—En eso estamos
empatadas. Yo tampoco te quise nunca. —Rocío cerró la puerta en las narices de
su madre. Echó los cerrojos, se sentó en el suelo y lloró en silencio.
Loa ame!!!... Que pedazo de b.. la madre!!.. espero el proximo!
ResponderEliminar