martes, 25 de diciembre de 2012

Tercera Parte, Capitulo Veintitres


Rochi miró fijamente al abogado de Gastón y preguntó desconcertada:
-¿Que me da el campamento?
El abogado colocó las manos en la caja de embalar sobre la que Rocío tenía su ordenador y se inclinó hacia delante.
-Me llamó ayer a primera hora de la mañana -le dijo con gravedad-. En estos momentos estoy terminando con el papeleo.
-¡Yo no lo quiero! No pienso aceptar nada de él.
-Él ya debía de saber que reaccionarías así, porque in­sistió en que te dijera que si lo rechazabas, dejaría que Eddie Dillard lo demoliera. Y no creo que estuviera bromeando.
Rocío sintió ganas de gritar, pero no era culpa del abo­gado que Gastón fuera despótico y manipulador, así que con­troló su genio.
-¿Hay algo que me impida desprenderme del campamento?
-No.
-De acuerdo, lo aceptaré. Y luego me desharé de él.
-No creo que eso vaya a hacerle demasiado feliz.
-Llévale una caja de pañuelos.
El abogado era joven, y le dedicó a Rocío una sonrisa su­gestiva; luego cogió su maleta y empezó a sortear los muebles de camino hacia la salida. Como deferencia al calor de julio, no llevaba americana, pero, a juzgar por la mancha de sudor que tenía en la espalda, eso no fue suficiente para compensar la ausencia de aire acondicionado en el apartamento de Rocío.
-Supongo que querrás subir allí lo antes posible. Gastón se ha marchado y no queda nadie al cargo.
-Estoy segura de que sí. Contrató a alguien para que se hiciera cargo de todo.
-Parece ser que no funcionaron.
Rocío no solía soltar tacos, pero apenas pudo contener­se. Sólo había tenido cuarenta y ocho horas para acostum­brarse a la idea de ser una famosa autora de libros infantiles, y ahora se enteraba de eso.
En cuanto se hubo marchado el abogado, se arrastró por encima del sofá para alcanzar el teléfono y llamar a su nue­va agente, la mejor negociadora de contratos de la ciudad.
-Mery, soy yo.
-¡Eh, la famosa escritora! Las conversaciones van bien, pero todavía no estoy satisfecha con el dinero por adelanta­do que nos ofrecen.
Rocío notó entusiasmo en la voz de su hermana.
-Tampoco les dejes en la bancarrota.
-Es tan tentador...
Hablaron sobre las negociaciones durante algunos mi­nutos hasta que Rocío decidió ir al grano y, esforzándose para hablar sin atragantarse, dijo:
-Gastón acaba de hacer algo de lo más encantador.
-¿Andar con los ojos vendados en medio del tráfico?
-No seas así, María.-Estaba segura de que se atra­gantaría al decirlo-: Gastón es un gran tipo. Como muestra de ello, me acaba de regalar el campamento.
-¿En serio?
Rochi asió el teléfono con más fuerza.
-Él sabe cuánto me gusta ese lugar.
-Lo comprendo, pero...
-Mañana mismo subiré. No estoy segura de cuánto tiempo me quedaré.
-Al menos así saldrás de ese apartamento piojoso has­ta que termine de negociar tu contrato. Supongo que debe­ría estarle agradecida.
Había resultado humillante contarle a Mery que se ha­bía visto obligada a vender el loft. Dicho sea en honor de su hermana, no se había ofrecido a pagar las deudas de Ro, aunque eso no significaba que se hubiera quedado ca­llada.
Rocío colgó el teléfono en cuanto pudo y se quedó mi­rando a Cafre, que intentaba refrescarse bajo la mesa de la cocina.
-Dilo, vamos. Tengo un don del momento espantoso. Si me hubiera esperado dos semanas, aún estaríamos en nuestro antiguo pisito, disfrutando del aire acondicionado.
Debió de ser su imaginación, pero le pareció que Cafre po­nía cara de crítica. El muy traidor echaba de menos a Gastón.
-Vamos a hacer las maletas, compi. Mañana a primera hora salimos hacia los bosques del norte.
Cafre aguzó las orejas.
-No te emociones demasiado, porque no nos quedarnos allí. ¡Lo digo en serio, Cafre, pienso deshacerme del cam­pamento!
Pero no lo haría. Le dio un puntapié a una caja llena de platos, deseando que fuera la cabeza de Gastón. Le había re­galado el campamento porque se sentía culpable. Era su ma­nera de intentar compensarla por sentir por él un amor no correspondido.
Se lo había regalado por compasión.

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