Rochi miró fijamente al
abogado de Gastón y preguntó desconcertada:
-¿Que me da el campamento?
El abogado colocó las manos en la caja de
embalar sobre la que Rocío tenía su ordenador y se inclinó hacia delante.
-Me llamó ayer a primera hora de la
mañana -le dijo con gravedad-. En estos momentos estoy terminando con el
papeleo.
-¡Yo no lo quiero! No pienso aceptar nada
de él.
-Él ya debía de saber que reaccionarías
así, porque insistió en que te dijera que si lo rechazabas, dejaría que Eddie
Dillard lo demoliera. Y no creo que estuviera bromeando.
Rocío sintió ganas de gritar, pero no era
culpa del abogado que Gastón fuera despótico y manipulador, así que controló
su genio.
-¿Hay algo que me impida desprenderme del
campamento?
-No.
-De acuerdo, lo aceptaré. Y luego me
desharé de él.
-No creo que eso vaya a hacerle demasiado
feliz.
-Llévale una caja de pañuelos.
El abogado era joven, y le dedicó a Rocío
una sonrisa sugestiva; luego cogió su maleta y empezó a sortear los muebles de
camino hacia la salida. Como deferencia al calor de julio, no llevaba
americana, pero, a juzgar por la mancha de sudor que tenía en la espalda, eso
no fue suficiente para compensar la ausencia de aire acondicionado en el
apartamento de Rocío.
-Supongo que querrás subir allí lo antes
posible. Gastón se ha marchado y no queda nadie al cargo.
-Estoy segura de que sí. Contrató a
alguien para que se hiciera cargo de todo.
-Parece ser que no funcionaron.
Rocío no solía soltar tacos, pero apenas
pudo contenerse. Sólo había tenido cuarenta y ocho horas para acostumbrarse a
la idea de ser una famosa autora de libros infantiles, y ahora se enteraba de
eso.
En cuanto se hubo marchado el abogado, se
arrastró por encima del sofá para alcanzar el teléfono y llamar a su nueva
agente, la mejor negociadora de contratos de la ciudad.
-Mery, soy yo.
-¡Eh, la famosa escritora! Las
conversaciones van bien, pero todavía no estoy satisfecha con el dinero por
adelantado que nos ofrecen.
Rocío notó entusiasmo en la voz de su
hermana.
-Tampoco les dejes en la bancarrota.
-Es tan tentador...
Hablaron sobre las negociaciones durante
algunos minutos hasta que Rocío decidió ir al grano y, esforzándose para
hablar sin atragantarse, dijo:
-Gastón acaba de hacer algo de lo más
encantador.
-¿Andar con los ojos vendados en medio
del tráfico?
-No seas así, María.-Estaba segura de que
se atragantaría al decirlo-: Gastón es un gran tipo. Como muestra de ello, me
acaba de regalar el campamento.
-¿En serio?
Rochi asió el teléfono con más fuerza.
-Él sabe cuánto me gusta ese lugar.
-Lo comprendo, pero...
-Mañana mismo subiré. No estoy segura de
cuánto tiempo me quedaré.
-Al menos así saldrás de ese apartamento
piojoso hasta que termine de negociar tu contrato. Supongo que debería
estarle agradecida.
Había resultado humillante contarle a Mery
que se había visto obligada a vender el loft. Dicho sea en honor de su
hermana, no se había ofrecido a pagar las deudas de Ro, aunque eso no
significaba que se hubiera quedado callada.
Rocío colgó el teléfono en cuanto pudo y
se quedó mirando a Cafre, que intentaba refrescarse bajo la mesa de la cocina.
-Dilo, vamos. Tengo un don del momento
espantoso. Si me hubiera esperado dos semanas, aún estaríamos en nuestro
antiguo pisito, disfrutando del aire acondicionado.
Debió de ser su imaginación, pero le
pareció que Cafre ponía cara de crítica. El muy traidor echaba de menos a Gastón.
-Vamos a hacer las maletas, compi. Mañana
a primera hora salimos hacia los bosques del norte.
Cafre aguzó las orejas.
-No te emociones demasiado, porque no nos
quedarnos allí. ¡Lo digo en serio, Cafre,
pienso deshacerme del campamento!
Pero no lo haría. Le dio un puntapié a
una caja llena de platos, deseando que fuera la cabeza de Gastón. Le había regalado
el campamento porque se sentía culpable. Era su manera de intentar compensarla
por sentir por él un amor no correspondido.
Se lo había regalado por compasión.
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