En este mundo, los conejitos se comen unos a otros.
Editora anónima de
libros infantiles
Únicamente la presencia de los niños hizo
soportable el viaje de regreso a Chicago. A Rochi siempre le había resultado
difícil ocultarle sus sentimientos a su hermana, pero esta vez, tuvo que
hacerlo. No podía seguir deteriorando la relación de maría y Nicolás con Gastón.
Su apartamento, después de haber
permanecido cerrado durante casi tres semanas, olía a humedad y estaba más sucio
de lo que lo había dejado. Sintió un hormigueo en las manos que la empujaba a
limpiar y sacar brillo, pero las tareas de limpieza tendrían que esperar hasta
el día siguiente. Subió las maletas al dormitorio mientras Cafre correteaba a
sus pies, y se obligó a bajar las escaleras para acercar sus pasos al
escritorio y su archivador de plástico negro.
Sentada con las piernas cruzadas sobre el
suelo, sacó su último contrato con Birdcage y hojeó las páginas.
Exactamente lo que pensaba.
Levantó la mirada hacia las ventanas que
llegaban al techo, estudió las paredes antiguas de ladrillo y la acogedora
cocina, observó el juego de luces sobre el suelo de madera. Su casa.
Dos miserables semanas más tarde, Rocío
bajó del ascensor en la novena planta del edificio de oficinas en la avenida
Michigan donde se encontraban las oficinas de Birdcage Press. Volvió a atarse
la rebeca alrededor de la cintura y, con su vestido de guinga a cuadros rojos y
blancos, empezó a avanzar por el pasillo que conducía a la oficina de Jimena Barón.
Rocío había rebasado sobradamente el punto de no retorno, y sólo confiaba en
que el maquillaje ocultase las sombras de sus ojeras.
Jimena se levantó para saludarla desde
detrás de un escritorio abarrotado de manuscritos, galeradas y cubiertas de libros.
Aunque hacía un día bochornoso, Jimena iba vestida en su habitual negro
editorial. Tenía el pelo gris y lo llevaba corto, con un flequillo que le
cubría la frente. No iba maquillada, pero sus uñas brillaban cubiertas de una
capa de esmalte carmesí.
-Rochi, qué contenta estoy de volver a
verte. Me alegro de que por fin llamaras. Casi había abandonado las esperanzas
de localizarte.
-Me alegro de verte -replicó Rocío educadamente,
ya que, por mucho que dijera Gastón, ella era, por naturaleza, una persona
educada.
Desde la ventana del despacho se podía
ver una franja del río Chicago, aunque lo que realmente atrajo la atención de Ro
fue la colorida muestra de libros infantiles que llenaban los estantes.
Mientras Jimena hablaba sobre el nuevo director de ventas, Rocío localizó los
delgados y brillantes lomos de los cinco primeros libros de Daphne. Saber que
Daphne se cae de bruces jamás iba a unirse a ellos debería haberle sentado
como una puñalada en el corazón, pero esa parte de su cuerpo estaba ya
demasiado entumecida como para sentir nada.
-Me alegro mucho de poder tener por fin
esta reunión contigo-dijo Jimena-tenemos muchas cosas de que hablar.
-No tantas. -Rocío no quería prolongar la
situación. Abrió su bolso, extrajo un sobre comercial blanco y lo depositó
sobre el escritorio-. Esto es un cheque para reembolsarle a Birdcage la primera
mitad del anticipo que me pagasteis por Daphne se cae de bruces.
Jimena puso cara de asombro.
-No queremos que nos devuelvas el
anticipo. Querernos publicar el libro.
-Me temo que no podréis hacerlo. No
pienso hacer las revisiones.
-Rochi, ya sé que no estás contenta con
nosotros, y ha llegado el momento de solucionarlo. Desde el principio sólo
hemos querido lo mejor para tu carrera.
-Yo sólo quiero lo mejor para mis
lectores.
-Y nosotros también. Intenta comprenderlo,
por favor. Los autores tienden a ver los proyectos sólo desde su perspectiva,
pero un editor debe tener una visión más amplia, que incluya también nuestra
relación con la prensa y con la comunidad. Nos pareció que no teníamos otra
opción.
-Siempre hay otra opción, y hace una hora
he ejercido la mía.
-¿Qué quieres decir?
-He publicado Daphne se cae de bruces por
mi cuenta. La versión original.
-¿Que la has publicado? -preguntó Jimena levantando las cejas-. ¿De qué estás
hablando?
-La he publicado en Internet.
Jimena prácticamente salió disparada de
la silla.
-¡No puedes hacer eso! ¡Tenemos un contrato!
-Si te fijas en la letra pequeña, verás
que yo conservo los derechos electrónicos de todos mis libros.
Jimena no pudo disimular su asombro. Las
editoriales mayores habían cubierto esa laguna en sus contratos, pero algunas
de las editoriales más pequeñas como Birdcage no habían tenido tiempo para eso.
-No me puedo creer que nos hayas hecho
esto.
-Ahora, cualquier niño que quiera leer
Daphne se cae de bruces y ver las ilustraciones originales podrá hacerlo.
Rocío había pensado un gran discurso,
repleto de referencias a las quemas de libros y a la Primera Enmienda ,
pero ya no tenía energías. Le acercó el cheque a Jimena, se levantó de la silla
y se marchó.
-¡Rocío, espera!
Había hecho lo que tenía que hacer, y no
se paró. Mientras se dirigía hacia su coche, intentó sentirse triunfadora,
pero básicamente se sintió consumida. Una amiga de la facultad la había
ayudado a preparar la página Web. Además del texto y los dibujos para Daphne se
cae de bruces, Rocío había incluido un enlace a una lista de libros que
diversas organizaciones habían intentado mantener fuera del alcance de los
niños, a lo largo de los años, por su contenido o ilustraciones. La lista
incluía La caperucita roja, todos los libros de Harry Potter, Una arruga en el
tiempo, de Madeleine L'Engle, Harriet la espía, Tom Sawyer, Huckleberry Finn,
así como los libros de Judy Blume, Maurice Sendak, los hermanos Grimm, y El
diario de Ana Frank. Al final de la lista, Molly había añadido Daphne se cae de
bruces. Ella no era Ana Frank, pero se sentía mucho mejor estando en tan buena
compañía. Sólo deseaba poder llamar a Gastón para decirle que había presentado
batalla por su conejita.
Hizo unas cuantas paradas para
aprovisionarse, luego torció hacia Lake Shore Drive y se dirigió al norte,
hacia Evanston. Había poco tráfico, y no tardó demasiado en llegar al
miserable edificio de piedra caliza de color rojizo donde vivía. No soportaba
su apartamento: estaba situado en la segunda planta y las únicas vistas que
tenía eran del vertedero de la parte trasera de un restaurante tailandés, pero
era el único lugar que podía permitirse en el que admitieran a un perro.
Intentó no pensar en su pequeño loft, en
el que ya se habían instalado unos desconocidos. No había en Evanston muchos
lofts reconvertidos en venta, y el edificio tenía una lista de espera de gente
ansiosa por comprar, así que Rocío ya sabía que no iba a tardar en venderse.
Aun así, no estaba preparada para que sucediera en menos de veinticuatro horas.
Los nuevos propietarios le habían pagado una prima para que les subarrendara
el apartamento mientras duraba todo el papeleo final, así que había tenido que
salir pitando a buscarse un piso de alquiler, y había acabado alojándose en
aquel tétrico edificio. Pero tenía dinero para devolver el anticipo y poner al
día las facturas.
Aparcó en la calle a dos manzanas de
distancia, porque el slytherin de su
casero cobraba setenta dólares al mes por una plaza de aparcamiento en el solar
adyacente al edificio. Mientras subía por las deterioradas escaleras que
conducían a su apartamento, las vías del tren chirriaron justo detrás de las
ventanas. Cafre salió a recibirla a la puerta, luego cruzó a la carrera el
linóleo gastado y empezó a ladrar ante el fregadero.
-Otra vez no.
El apartamento era tan pequeño que Ro no
tenía sitio para los libros, y tuvo que arrastrarse por encima de todas esas
cajas abarrotadas para llegar hasta el fregadero de la cocina. Abrió la puerta
del armario con cautela, echó un vistazo adentro y sintió un escalofrío. Otro
ratón temblaba dentro de su trampa incruenta. Era ya el tercero que atrapaba,
y apenas llevaba unos días viviendo allí.
Tal vez podría sacar otro artículo para
Chik acerca de la experiencia: «Por qué los chicos que odian a los animales pequeños
no son siempre una mala noticia.» Acababa de echar en el buzón un artículo
culinario. De entrada, lo había titulado «Desayunos que no le hagan vomitar:
bate su cerebro ron los huevos». Justo antes de meterlo en el sobre, había entrado
en razón y lo había subtitulado «Estímulos matinales».
Escribía todos los días. Por muy apaleada
que se sintiera por todo, no se había abandonado ni se había postrado en la
rama como había hecho tras el aborto. Esta vez le estaba plantando cara al
dolor y hacía todo lo posible por convivir con él. Aunque nunca había sentido
el corazón tan vacío.
Echaba tantísimo de menos a Gas. Cada
noche se tumbaba en la cama mirando al techo y recordando la sensación de
estar entre sus brazos. Pero había sido mucho más que sexo. Gastón la había
comprendido mejor de lo que se comprendía él la misma, y había sido su
compañero del alma en todos los sentidos excepto en el que contaba. Gastón no
la amaba.
Con un suspiro que salió de lo más
profundo de su ser, dejó a un lado el bolso, se puso los guantes de jardinería
que había comprado junto a la trampa, y buscó con cautela bajo el fregadero el
mango de la pequeña jaula. Como mínimo, su conejita saltaba libre y feliz por
el ciberespacio. Ya era más de lo que podía decir de aquel otro roedor.
Rocío soltó un chillido cuando el ratón
asustado empezó a corretear dentro de la jaula.
-Por favor, no hagas eso. Estate
quietecito y te prometo que antes de que te des cuenta estarás en el parque.
¿Dónde está un hombre cuando le
necesitas?
Su corazón se contrajo en otro espasmo de
dolor. La pareja a la que había contratado Gas para hacerse cargo del
campamento ya estaría en su puesto, por lo que él debía de estar de nuevo de
fiesta en fiesta con su plantilla internacional. «Por favor, Dios, no dejes
que se acueste con ninguna de ellas. Todavía no.»
Julia le había dejado varios mensajes en
el contestador automático interesándose por su situación, pero todavía no le
había devuelto ninguna llamada. ¿Qué podía decirle? ¿Que había tenido que
vender su apartamento? ¿Que había perdido a su editora? ¿Que su corazón había
sufrido una rotura irreparable? Al menos, ya podía pagarse un abogado, por lo
que tenía alguna probabilidad de liberarse del contrato y vender su siguiente
libro de Daphne a otra editorial.
Rocío sostuvo la jaula tan lejos como
pudo y cogió las llaves. Ya iba de camino a la puerta cuando sonó el timbre.
Después de encontrar un ratón, tenía siempre los nervios a flor de piel, así
que se llevó un susto tremendo.
-Un momento.
Todavía sosteniendo la jaula a distancia,
sorteó otra caja de libros y abrió la puerta.
Jimena entró a la carga.
-Rocío, has huido sin que pudiéramos
hablar. ¡Ah, Dios mío!
-Jime, te presento a Mickey.
Jimena se llevó la mano al corazón
mientras perdía el color de la cara.
-¿Una mascota?
-No exactamente-dijo Rochi dejando la
jaula sobre una de las cajas. Al parecer, a Cafre no le gustó la idea y empezó
a Ladrar-. ¡Cállate, pesado! Me temo que no has elegido el mejor momento para
una visita, Jimena. Tengo que ir al parque.
-¿Lo sacas a pasear?
-Lo liberaré.
-Te acompaño.
Rocío debería haber gozado viendo a su
sofisticada ex editora tan descompuesta, pero el ratón también la había descompuesto
a ella. Sosteniendo la jaula lejos de su cuerpo, salió al exterior y empezó a serpentear por las
callejuelas del centro de Evanston hacia el parque que había junto al lago. La
indumentaria de Jimena, con su traje negro y sus tacones, no era adecuada ni
para el calor ni para sortear charcos, pero Rocío no la había invitado a
acompañarla, así que se negó a sentir lástima.
-No sabía que te habías mudado -dijo Jimena
tras ella-. Por suerte, he topado con uno de tus vecinos y me ha dado tu nueva
dirección. ¿No... no podrías liberarlo en algún lugar más cerca?
-No quiero que pueda descubrir el camino
de regreso.
-¿Y utilizar una trampa más definitiva?
-Eso nunca.
Aunque era un día laborable, el parque
estaba lleno de ciclistas, estudiantes universitarios en patines y niños. Rocío
vio una pequeña extensión de hierba y dejó la jaula en el suelo; luego alargó
la mano, vacilante, hacia el cierre y, en cuanto lo abrió, Mickey saltó hacia
la libertad.
Directamente hacia Jimena.
La editora soltó un grito sofocado y se
encaramó a un banco de picnic. Mickey desapareció entre los arbustos.
-Bichos del demonio -dijo Jimena sentándose
sobre la mesa que hacía juego con el banco.
A Rocío también se le habían aflojado las
rodillas, así que se sentó en el banco. Más allá del límite del parque, el lago
Michigan se extendía hacia el horizonte. Miró a la lejanía y pensó en un lago
más pequeño con un pequeño acantilado desde el que se podía saltar.
Jimena sacó un pañuelo de su bolso y se
lo llevó repetidas veces a la frente.
-Los ratones tienen un no sé qué...
No había ratones en el Bosque del
Ruiseñor. Rochi tendría que añadir uno si llegaba a encontrar otra editorial.
Se quedó mirando a su ex editora.
-Si has venido a amenazarme con un
pleito, no vas a sacar nada.
-¿Por qué íbamos a querer un pleito con
nuestra autora favorita? -dijo extrayendo el sobre que contenía el cheque de Rocío
y dejándolo sobre el banco-. Te lo devuelvo. Y cuando mires dentro, verás un
segundo cheque por el resto del anticipo. De verdad, Rocío, deberías haberme
contado lo grave que te parecía el tema de las revisiones. Nunca te habría
pedido que las hicieras.
Ro ni siquiera intentó responder a
aquella pedante slytherin. Ni tampoco
cogió el sobre.
El tono de Jimena se volvió más efusivo.
-Vamos a publicar Daphne se cae de bruces en su versión original. Lo pondré en el
programa de invierno para tener tiempo de preparar la publicidad. Hemos
planeado una extensa campaña publicitaria con anuncios a toda página en todas
las revistas importantes para padres, y te enviaremos a una gira de
presentación.
Rocío se preguntó si le habría dado una
insolación.
-Daphne
se cae de bruces ya se puede leer desde Internet.
-Nos gustaría que la sacaras de la red,
pero te dejamos la decisión final. Pero aunque decidas mantener la página Web,
creemos que la mayoría de los padres querrán comprar igualmente el libro
impreso para añadirlo a la colección de sus hijos.
Rochi no podía imaginar cómo había pasado
por arte de magia de autora menor a autora importante.
-Me temo que tendrás que darme algo mejor
que eso, Jimena.
-Estamos dispuestos a renegociar tu
contrato. Estoy segura de que los términos te satisfarán.
Rocío estaba pidiendo una explicación, no
más dinero, pero de algún modo salió a la superficie la magnate que llevaba
dentro.
-Tendrás que hablar con mi nuevo agente
sobre la cuestión.
-Por supuesto.
Rocío no tenía ningún agente, ni nuevo,
ni viejo. Su carrera había sido tan pequeña que no había necesitado a ninguno,
aunque sin duda algo había cambiado.
-Cuéntame qué ha pasado, Jime.
-Ha sido la publicidad. Las nuevas cifras
de ventas salieron hace apenas dos días. Entre la cobertura periodística de tu
boda y las historias de NHAH, tus ventas han subido como la espuma.
-Pero yo me casé en febrero, y NHAH fue a
por mí en abril. ¿Ahora os dais cuenta?
-Observamos el primer aumento en marzo y
otro en abril. Pero las cifras tampoco eran tan importantes hasta que recibimos
el informe de fin de mes en mayo. Y las cifras preliminares de junio son aún
mejores.
Rocío pensó que tenía suerte de estar
sentada, porque las piernas no la habrían sostenido.
-Pero la publicidad ya se acabó. ¿Por qué
se disparan las cifras ahora?
-Eso es lo que queríamos averiguar, así
que hemos pasado un tiempo hablando por teléfono con los libreros. Nos han
contado que los adultos al principio compraban algún libro de Daphne por
curiosidad, o porque habían oído hablar de tu matrimonio con Gastón Dalmau o
porque querían ver por qué armaba tanto alboroto la gente de NHAH. Pero en
cuanto tuvieron el libro en casa, sus hijos se enamoraron tic los personajes y
ahora vuelven a las tiendas para comprar toda la serie.
Ro estaba perpleja.
-No me lo puedo creer.
-Los niños les enseñan los libros a sus
amigos. Nos han dicho que incluso algunos padres que habían apoyado otros
boicots de NHAH están comprando los libros de Daphne.
-Me está costando digerirlo.
-Lo comprendo. -Jimena cruzó las piernas
y sonrió-. Después de tantos años, de la noche a la mañana te ha llegado el
éxito. Felicidades, Rochi.
Como extrañaba este libro! Al fin una buena para Rochi :D
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