domingo, 2 de diciembre de 2012

Primera Parte, Capitulo Veintitres


En este mundo, los conejitos se comen unos a otros.

Editora anónima de libros infantiles



Únicamente la presencia de los niños hizo soportable el viaje de regreso a Chicago. A Rochi siempre le había resultado difícil ocultarle sus sentimientos a su hermana, pero esta vez, tuvo que hacerlo. No podía seguir deteriorando la rela­ción de maría y Nicolás con Gastón.
Su apartamento, después de haber permanecido cerrado durante casi tres semanas, olía a humedad y estaba más su­cio de lo que lo había dejado. Sintió un hormigueo en las ma­nos que la empujaba a limpiar y sacar brillo, pero las tareas de limpieza tendrían que esperar hasta el día siguiente. Su­bió las maletas al dormitorio mientras Cafre correteaba a sus pies, y se obligó a bajar las escaleras para acercar sus pasos al escritorio y su archivador de plástico negro.
Sentada con las piernas cruzadas sobre el suelo, sacó su último contrato con Birdcage y hojeó las páginas.
Exactamente lo que pensaba.
Levantó la mirada hacia las ventanas que llegaban al techo, estudió las paredes antiguas de ladrillo y la acogedora cocina, observó el juego de luces sobre el suelo de madera. Su casa.

Dos miserables semanas más tarde, Rocío bajó del as­censor en la novena planta del edificio de oficinas en la ave­nida Michigan donde se encontraban las oficinas de Birdcage Press. Volvió a atarse la rebeca alrededor de la cintura y, con su vestido de guinga a cuadros rojos y blancos, empezó a avanzar por el pasillo que conducía a la oficina de Jimena Barón. Rocío había rebasado sobradamente el punto de no retorno, y sólo confiaba en que el maquillaje ocultase las sombras de sus ojeras.
Jimena se levantó para saludarla desde detrás de un escri­torio abarrotado de manuscritos, galeradas y cubiertas de li­bros. Aunque hacía un día bochornoso, Jimena iba vestida en su habitual negro editorial. Tenía el pelo gris y lo llevaba cor­to, con un flequillo que le cubría la frente. No iba maquilla­da, pero sus uñas brillaban cubiertas de una capa de esmalte carmesí.
-Rochi, qué contenta estoy de volver a verte. Me ale­gro de que por fin llamaras. Casi había abandonado las espe­ranzas de localizarte.
-Me alegro de verte -replicó Rocío educadamente, ya que, por mucho que dijera Gastón, ella era, por naturaleza, una persona educada.
Desde la ventana del despacho se podía ver una franja del río Chicago, aunque lo que realmente atrajo la atención de Ro fue la colorida muestra de libros infantiles que lle­naban los estantes. Mientras Jimena hablaba sobre el nuevo director de ventas, Rocío localizó los delgados y brillantes lomos de los cinco primeros libros de Daphne. Saber que Daphne se cae de bruces jamás iba a unirse a ellos debería ha­berle sentado como una puñalada en el corazón, pero esa par­te de su cuerpo estaba ya demasiado entumecida como para sentir nada.
-Me alegro mucho de poder tener por fin esta reunión contigo-dijo Jimena-tenemos muchas cosas de que hablar.
-No tantas. -Rocío no quería prolongar la situación. Abrió su bolso, extrajo un sobre comercial blanco y lo depo­sitó sobre el escritorio-. Esto es un cheque para reembolsarle a Birdcage la primera mitad del anticipo que me pagasteis por Daphne se cae de bruces.
Jimena puso cara de asombro.
-No queremos que nos devuelvas el anticipo. Quere­rnos publicar el libro.
-Me temo que no podréis hacerlo. No pienso hacer las revisiones.
-Rochi, ya sé que no estás contenta con nosotros, y ha llegado el momento de solucionarlo. Desde el principio sólo hemos querido lo mejor para tu carrera.
-Yo sólo quiero lo mejor para mis lectores.
-Y nosotros también. Intenta comprenderlo, por favor. Los autores tienden a ver los proyectos sólo desde su perspectiva, pero un editor debe tener una visión más am­plia, que incluya también nuestra relación con la prensa y con la comunidad. Nos pareció que no teníamos otra opción.
-Siempre hay otra opción, y hace una hora he ejercido la mía.
-¿Qué quieres decir?
-He publicado Daphne se cae de bruces por mi cuenta. La versión original.
-¿Que la has publicado? -preguntó Jimena  levantan­do las cejas-. ¿De qué estás hablando?
-La he publicado en Internet.
Jimena prácticamente salió disparada de la silla.
-¡No puedes hacer eso! ¡Tenemos un contrato!
-Si te fijas en la letra pequeña, verás que yo conservo los derechos electrónicos de todos mis libros.
Jimena no pudo disimular su asombro. Las editoriales mayores habían cubierto esa laguna en sus contratos, pero algunas de las editoriales más pequeñas como Birdcage no habían tenido tiempo para eso.
-No me puedo creer que nos hayas hecho esto.
-Ahora, cualquier niño que quiera leer Daphne se cae de bruces y ver las ilustraciones originales podrá hacerlo.
Rocío había pensado un gran discurso, repleto de refe­rencias a las quemas de libros y a la Primera Enmienda, pero ya no tenía energías. Le acercó el cheque a Jimena, se levantó de la silla y se marchó.
-¡Rocío, espera!
Había hecho lo que tenía que hacer, y no se paró. Mien­tras se dirigía hacia su coche, intentó sentirse triunfadora, pero básicamente se sintió consumida. Una amiga de la fa­cultad la había ayudado a preparar la página Web. Además del texto y los dibujos para Daphne se cae de bruces, Rocío había incluido un enlace a una lista de libros que diversas or­ganizaciones habían intentado mantener fuera del alcance de los niños, a lo largo de los años, por su contenido o ilustra­ciones. La lista incluía La caperucita roja, todos los libros de Harry Potter, Una arruga en el tiempo, de Madeleine L'En­gle, Harriet la espía, Tom Sawyer, Huckleberry Finn, así como los libros de Judy Blume, Maurice Sendak, los hermanos Grimm, y El diario de Ana Frank. Al final de la lista, Molly había añadido Daphne se cae de bruces. Ella no era Ana Frank, pero se sentía mucho mejor estando en tan buena compañía. Sólo deseaba poder llamar a Gastón para decirle que había presentado batalla por su conejita.
Hizo unas cuantas paradas para aprovisionarse, luego tor­ció hacia Lake Shore Drive y se dirigió al norte, hacia Evans­ton. Había poco tráfico, y no tardó demasiado en llegar al miserable edificio de piedra caliza de color rojizo donde vi­vía. No soportaba su apartamento: estaba situado en la se­gunda planta y las únicas vistas que tenía eran del vertedero de la parte trasera de un restaurante tailandés, pero era el úni­co lugar que podía permitirse en el que admitieran a un perro.
Intentó no pensar en su pequeño loft, en el que ya se ha­bían instalado unos desconocidos. No había en Evanston muchos lofts reconvertidos en venta, y el edificio tenía una lista de espera de gente ansiosa por comprar, así que Rocío ya sabía que no iba a tardar en venderse. Aun así, no estaba preparada para que sucediera en menos de veinticuatro ho­ras. Los nuevos propietarios le habían pagado una prima pa­ra que les subarrendara el apartamento mientras duraba to­do el papeleo final, así que había tenido que salir pitando a buscarse un piso de alquiler, y había acabado alojándose en aquel tétrico edificio. Pero tenía dinero para devolver el an­ticipo y poner al día las facturas.
Aparcó en la calle a dos manzanas de distancia, porque el slytherin de su casero cobraba setenta dólares al mes por una plaza de aparcamiento en el solar adyacente al edificio. Mien­tras subía por las deterioradas escaleras que conducían a su apartamento, las vías del tren chirriaron justo detrás de las ventanas. Cafre salió a recibirla a la puerta, luego cruzó a la ca­rrera el linóleo gastado y empezó a ladrar ante el fregadero.
-Otra vez no.
El apartamento era tan pequeño que Ro no tenía si­tio para los libros, y tuvo que arrastrarse por encima de to­das esas cajas abarrotadas para llegar hasta el fregadero de la cocina. Abrió la puerta del armario con cautela, echó un vis­tazo adentro y sintió un escalofrío. Otro ratón temblaba dentro de su trampa incruenta. Era ya el tercero que atrapa­ba, y apenas llevaba unos días viviendo allí.
Tal vez podría sacar otro artículo para Chik acerca de la experiencia: «Por qué los chicos que odian a los animales pe­queños no son siempre una mala noticia.» Acababa de echar en el buzón un artículo culinario. De entrada, lo había titu­lado «Desayunos que no le hagan vomitar: bate su cerebro ron los huevos». Justo antes de meterlo en el sobre, había en­trado en razón y lo había subtitulado «Estímulos matinales».
Escribía todos los días. Por muy apaleada que se sintiera por todo, no se había abandonado ni se había postrado en la rama como había hecho tras el aborto. Esta vez le estaba plantando cara al dolor y hacía todo lo posible por convivir con él. Aunque nunca había sentido el corazón tan vacío.
Echaba tantísimo de menos a Gas. Cada noche se tum­baba en la cama mirando al techo y recordando la sensación de estar entre sus brazos. Pero había sido mucho más que sexo. Gastón la había comprendido mejor de lo que se comprendía él la misma, y había sido su compañero del alma en todos los sentidos excepto en el que contaba. Gastón no la amaba.
Con un suspiro que salió de lo más profundo de su ser, dejó a un lado el bolso, se puso los guantes de jardinería que había comprado junto a la trampa, y buscó con cautela bajo el fregadero el mango de la pequeña jaula. Como mínimo, su conejita saltaba libre y feliz por el ciberespacio. Ya era más de lo que podía decir de aquel otro roedor.
Rocío soltó un chillido cuando el ratón asustado empe­zó a corretear dentro de la jaula.
-Por favor, no hagas eso. Estate quietecito y te prome­to que antes de que te des cuenta estarás en el parque.
¿Dónde está un hombre cuando le necesitas?
Su corazón se contrajo en otro espasmo de dolor. La pa­reja a la que había contratado Gas para hacerse cargo del campamento ya estaría en su puesto, por lo que él debía de estar de nuevo de fiesta en fiesta con su plantilla internacio­nal. «Por favor, Dios, no dejes que se acueste con ninguna de ellas. Todavía no.»
Julia le había dejado varios mensajes en el contestador automático interesándose por su situación, pero todavía no le había devuelto ninguna llamada. ¿Qué podía decirle? ¿Que había tenido que vender su apartamento? ¿Que había perdido a su editora? ¿Que su corazón había sufrido una ro­tura irreparable? Al menos, ya podía pagarse un abogado, por lo que tenía alguna probabilidad de liberarse del contrato y vender su siguiente libro de Daphne a otra editorial.
Rocío sostuvo la jaula tan lejos como pudo y cogió las llaves. Ya iba de camino a la puerta cuando sonó el timbre. Después de encontrar un ratón, tenía siempre los nervios a flor de piel, así que se llevó un susto tremendo.
-Un momento.
Todavía sosteniendo la jaula a distancia, sorteó otra caja de libros y abrió la puerta.
Jimena entró a la carga.
-Rocío, has huido sin que pudiéramos hablar. ¡Ah, Dios mío!
-Jime, te presento a Mickey.
Jimena se llevó la mano al corazón mientras perdía el co­lor de la cara.
-¿Una mascota?
-No exactamente-dijo Rochi dejando la jaula sobre una de las cajas. Al parecer, a Cafre no le gustó la idea y empezó a Ladrar-. ¡Cállate, pesado! Me temo que no has elegido el me­jor momento para una visita, Jimena. Tengo que ir al parque.
-¿Lo sacas a pasear?
-Lo liberaré.
-Te acompaño.
Rocío debería haber gozado viendo a su sofisticada ex editora tan descompuesta, pero el ratón también la había des­compuesto a ella. Sosteniendo la jaula lejos de su cuerpo, salió  al exterior y empezó a serpentear por las callejuelas del centro de Evanston hacia el parque que había junto al lago. La indumentaria de Jimena, con su traje negro y sus tacones, no era adecuada ni para el calor ni para sortear charcos, pero Rocío no la había invitado a acompañarla, así que se negó a sentir lástima.
-No sabía que te habías mudado -dijo Jimena tras ella-. Por suerte, he topado con uno de tus vecinos y me ha dado tu nueva dirección. ¿No... no podrías liberarlo en al­gún lugar más cerca?
-No quiero que pueda descubrir el camino de regreso.
-¿Y utilizar una trampa más definitiva?
-Eso nunca.
Aunque era un día laborable, el parque estaba lleno de ciclistas, estudiantes universitarios en patines y niños. Rocío vio una pequeña extensión de hierba y dejó la jaula en el sue­lo; luego alargó la mano, vacilante, hacia el cierre y, en cuan­to lo abrió, Mickey saltó hacia la libertad.
Directamente hacia Jimena.
La editora soltó un grito sofocado y se encaramó a un banco de picnic. Mickey desapareció entre los arbustos.
-Bichos del demonio -dijo Jimena sentándose sobre la mesa que hacía juego con el banco.
A Rocío también se le habían aflojado las rodillas, así que se sentó en el banco. Más allá del límite del parque, el lago Michigan se extendía hacia el horizonte. Miró a la lejanía y pensó en un lago más pequeño con un pequeño acantilado desde el que se podía saltar.
Jimena sacó un pañuelo de su bolso y se lo llevó repeti­das veces a la frente.
-Los ratones tienen un no sé qué...
No había ratones en el Bosque del Ruiseñor. Rochi ten­dría que añadir uno si llegaba a encontrar otra editorial.
Se quedó mirando a su ex editora.
-Si has venido a amenazarme con un pleito, no vas a sa­car nada.
-¿Por qué íbamos a querer un pleito con nuestra autora favorita? -dijo extrayendo el sobre que contenía el cheque de Rocío y dejándolo sobre el banco-. Te lo devuelvo. Y cuando mires dentro, verás un segundo cheque por el res­to del anticipo. De verdad, Rocío, deberías haberme conta­do lo grave que te parecía el tema de las revisiones. Nunca te habría pedido que las hicieras.
Ro ni siquiera intentó responder a aquella pedante slytherin. Ni tampoco cogió el sobre.
El tono de Jimena se volvió más efusivo.
-Vamos a publicar Daphne se cae de bruces en su ver­sión original. Lo pondré en el programa de invierno para te­ner tiempo de preparar la publicidad. Hemos planeado una extensa campaña publicitaria con anuncios a toda página en todas las revistas importantes para padres, y te enviaremos a una gira de presentación.
Rocío se preguntó si le habría dado una insolación.
-Daphne se cae de bruces ya se puede leer desde Internet.
-Nos gustaría que la sacaras de la red, pero te dejamos la decisión final. Pero aunque decidas mantener la página Web, creemos que la mayoría de los padres querrán comprar igualmente el libro impreso para añadirlo a la colección de sus hijos.
Rochi no podía imaginar cómo había pasado por arte de magia de autora menor a autora importante.
-Me temo que tendrás que darme algo mejor que eso, Jimena.
-Estamos dispuestos a renegociar tu contrato. Estoy segura de que los términos te satisfarán.
Rocío estaba pidiendo una explicación, no más dinero, pero de algún modo salió a la superficie la magnate que lle­vaba dentro.
-Tendrás que hablar con mi nuevo agente sobre la cues­tión.
-Por supuesto.
Rocío no tenía ningún agente, ni nuevo, ni viejo. Su ca­rrera había sido tan pequeña que no había necesitado a nin­guno, aunque sin duda algo había cambiado.
-Cuéntame qué ha pasado, Jime.
-Ha sido la publicidad. Las nuevas cifras de ventas sa­lieron hace apenas dos días. Entre la cobertura periodística de tu boda y las historias de NHAH, tus ventas han subido como la espuma.
-Pero yo me casé en febrero, y NHAH fue a por mí en abril. ¿Ahora os dais cuenta?
-Observamos el primer aumento en marzo y otro en abril. Pero las cifras tampoco eran tan importantes hasta que recibimos el informe de fin de mes en mayo. Y las cifras pre­liminares de junio son aún mejores.
Rocío pensó que tenía suerte de estar sentada, porque las piernas no la habrían sostenido.
-Pero la publicidad ya se acabó. ¿Por qué se disparan las cifras ahora?
-Eso es lo que queríamos averiguar, así que hemos pa­sado un tiempo hablando por teléfono con los libreros. Nos han contado que los adultos al principio compraban algún libro de Daphne por curiosidad, o porque habían oído ha­blar de tu matrimonio con Gastón Dalmau o porque querían ver por qué armaba tanto alboroto la gente de NHAH. Pero en cuanto tuvieron el libro en casa, sus hijos se enamoraron tic los personajes y ahora vuelven a las tiendas para comprar toda la serie.
Ro estaba perpleja.
-No me lo puedo creer.
-Los niños les enseñan los libros a sus amigos. Nos han dicho que incluso algunos padres que habían apoyado otros boicots de NHAH están comprando los libros de Daphne.
-Me está costando digerirlo.
-Lo comprendo. -Jimena cruzó las piernas y sonrió-. Después de tantos años, de la noche a la mañana te ha llega­do el éxito. Felicidades, Rochi.

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