La mejor forma de
vencer los obstáculos a la hora de alcanzar un objetivo, en opinión de Gastón,
no era arremeter contra ellos y correr el riesgo de fracturarse el cráneo, sino
mellarlos poco a poco. Lentamente. Implacablemente. Ya fuera un pleito, un
acontecimiento deportivo o una relación amorosa, era imprescindible mantener el
fin a la vista para poder seleccionar los medios adecuados.
Averiguó a qué misa
asistían Rocío y su abuela y en qué iglesia. La indagación era un factor
esencial en toda estrategia.
Cuando, el domingo
por la mañana, se deslizó en el banco junto a ellas, tropezó con una larga
mirada interrogativa de Rocío y un guiño cómplice de Esperanza.
Se dijo que Dios le
comprendería y no le reprocharía haber utilizado la misa del domingo como medio
para alcanzar su fin.
Así y todo, no
pensaba mencionar la genial idea a su madre. Sabía por experiencia que era
mucho menos comprensiva que el Todopoderoso.
Dirigiendo el cañón de sus encantos hacia Esperanza, las
convenció para invitarlas a un desayuno dominical, y cuando dio su nombre a la
camarera recibió otra mirada glacial de Rocío. Gastón ya había reservado mesa
para tres.
—Eres de los que pisa fuerte, ¿no es cierto, cher?
Los ojos verdes de Gastón
irradiaban la candidez de un monaguillo.
—Solo soy precavido.
—A mí no me parece
que tengas pinta de boy scout, cielo —repuso Rocío.
—Su nieta es una
cínica —dijo Gastón a Esperanza mientras le ofrecía el brazo.
—Más que cínica,
astuta. —Esperanza le dio unas palmaditas en la mano y sus pulseras
tintinearon—. Una mujer ha de serlo ante un hombre zalamero y apuesto. Y el
hombre que va a la iglesia para pasar la mañana del domingo con una mujer,
también es muy astuto.
—Se me ocurrió entrar
para rezar un rato.
—¿Y qué pediste?
—Que se venga conmigo
a Borneo.
Esperanza aceptó con
una carcajada la silla que le ofrecía Gastón.
—Eres único.
—Lo sé. —Gastón miró
directamente a Rocío—. Y siempre seré el único.
Se sentaron a la mesa
con unas mimosas y la primera ronda del extenso bufete. Mientras un cuarteto de
jazz tocaba Dixieland, Gastón les habló del progreso de la casa.
—Voy a continuar con
el trabajo exterior mientras el tiempo lo permita. Tibald sigue ocupado en el
enlucido y estoy buscando un pintor para la fachada. No quiero hacerlo yo. El
tipo que me pintó el salón vino para echar un vistazo a la biblioteca, pero se
marchó de forma algo repentina.
Gastón dio un sorbo a
su mimosa con expresión lastimera.
—Me temo que no
volverá. El hombre de las baldosas tampoco. Llevaba hecho medio cuarto de baño
cuando recogió sus cosas y se largó.
—Puedo dar voces por
ahí —se ofreció Esperanza.
—Se lo agradecería,
aunque me temo que tendré que buscar gente de fuera de la región o hacerlo yo
mismo. El ambiente en el Hall está cada vez más animado.
—¿Hombres hechos y
derechos que huyen por un par de portazos? —Rocío sonrió—. Deberían tener más
temple.
—Ya no son solo
portazos. Ahora también son relojes inexistentes que dan las horas y música que
suena en habitaciones vacías. Cuando el pintor vino a casa, las puertas de la
biblioteca no pararon de abrirse y cerrarse. Y luego, para colmo, los gritos.
—¿Qué gritos?
—El tipo de las
baldosas me explicó que oyó a alguien entrar en el dormitorio y pensó que era
yo. —Gastón sonrió con pesar—. Se puso a hablar mientras seguía colocando
baldosas, escuchando lo que suponía eran mis movimientos por el cuarto. Como yo
no respondía a sus preguntas, se levantó y entró en el dormitorio, pero lo encontró
vacío. Por lo poco que pude sonsacarle cuando recuperó el habla, parece ser que
la puerta del baño se cerró de golpe, los troncos de la chimenea empezaron a
arder y asegura que notó que alguien le ponía una mano en el hombro. Cuando
llegué al cuarto tuve que arrancarlo del techo.
—¿Qué piensas de todo
eso? —preguntó Esperanza.
—Dos cosas. En primer
lugar, tengo la sensación de que a medida que progresan las obras en la casa,
la... actividad paranormal, por llamarlo de alguna forma, se hace más evidente
y volátil. Sobre todo cuando me desvío del proyecto original.
Rocío se llevó una
cucharada de sémola a la boca, un plato del sur al que Gastón todavía no
acababa de pillarle el gusto.
—¿Qué quieres decir?
—Por ejemplo, el
enlucido. Las zonas que he restaurado y reproducido con exactitud son bastante
tranquilas, pero en los lugares donde he hecho cambios, como el cuarto de baño,
la actividad crece considerablemente. Parece como si eso que ronda la casa se
molestara cuando no me ciño al proyecto original.
—Qué interesante
—comentó Esperanza.
—Y que lo diga. Y he
llegado a la conclusión de que es Justina Ordóñez. —Incluso aquí, con las
burbujas del champán y la música Dixieland de fondo, el nombre le paralizó el
estómago—. Dueña y señora del Hall. No hay más que echar un vistazo a las
fotografías para saber que era una mujer a la que no le gustaba que le llevaran
la contraria. Para colmo llego yo y dejo mis huellas dactilares en todo lo que
fue suyo.
—¿Has decidido vivir
con ella? —preguntó Esperanza, y observó que la mandíbula de Gastón se
endurecía.
—He decidido vivir en
el Hall y restaurarlo a mi manera. Si Justina quiere hacer de ello una
tragedia, es su problema.
Rocío se reclinó en
su asiento.
—¿Qué opinas, abuela?
¿Valiente o terco?
—Un poco de cada.
Buena combinación.
—Gracias, pero ignoro
hasta qué punto es una cuestión de valor. Ahora es mi casa, y punto. Además, no
se puede culpar a un hombre por invertir su tiempo y su trabajo en hacer
mejoras. En cualquier caso, ¿qué opina, señorita Esperanza? ¿Estoy viéndomelas
con Justina?
—Creo que en esa casa
hay dos fuerzas opuestas. La que te atrajo hasta ella y la que quiere que te
marches. Vencerá la más fuerte. —Abrió su bolso de los domingos y sacó una
bolsita de muselina—. Toma, la he hecho para ti.
—¿Qué es?
—Un poco de magia
culinaria. Llévala siempre en el bolsillo. Puede que no te ayude, pero tampoco
te perjudicará. —Esperanza levantó su copa y sonrió—. Champán para desayunar,
quién me lo iba a decir.
—Si se viene conmigo
a Borneo, podrá darse baños de champán.
—Cher, si sigo
bebiendo esto, puede que acabe aceptando.
—Pediré otra botella.
Era encantador con la
abuela, pensó Rocío. Durante la larga y ociosa comida Gastón coqueteó con la
señorita Esperanza hasta hacer que sus mejillas enrojecieran de placer. Se
interesaba por la gente. Dedicaba tiempo y esfuerzo a descubrir qué podía
gustarles y lo ofrecía.
Era atento,
inteligente, sexy, rico, resuelto y bondadoso.
Y había dicho que
estaba enamorado de ella.
Rocío creía conocerle
lo bastante para estar segura de que no lo habría dicho si no fuera cierto. He
ahí justamente lo que la tenía acobardada.
Pues a esas
cualidades había que añadir una profunda honestidad. Y mucha tenacidad.
Podía enamorarla. El
proceso ya había comenzado y avanzaba con rapidez. Cada vez que Rocío conseguía
recuperar el equilibrio, volvía a tambalearse. La caída era tan preocupante
como emocionante.
Así y todo, ¿qué
ocurriría cuando llegara al fondo? Si caía hasta abajo, ya no podría subir. Era
algo que sabía de sí misma. Las relaciones eran fáciles cuando carecían de
importancia o cuando importaban solo temporalmente.
Cuando importaban
para siempre, lo cambiaban todo.
Las cosas ya habían
cambiado, se dijo. Todo había comenzado con ese deseo de tenerlo dentro. Y
ahora con el bienestar y el desafío que experimentaba cuando estaba con él. Con
la capacidad de imaginarse experimentando eso mismo día tras día, año tras año.
Él quería promesas
que ella tenía miedo de hacer.
Miedo no, se corrigió
irritada consigo mismo. Que era reacia a hacer.
Entonces vio cómo Gastón
se inclinaba y besaba a su abuela en la mejilla y temió —de nada servía fingir
lo contrario— que acabaría dándole cuanto él le pidiera.
La estaba cortejando.
A Gastón le atraía especialmente esa expresión sureña. Le traía imágenes de
lunas llenas y balancines, de limonadas y bailes populares.
Durante el mes de
marzo dos cosas ocuparon su mente, su tiempo y sus planes. Rocío y la casa.
Celebró los
resultados positivos de sus pruebas neurológicas dándose un paseo por los
anticuarios. La primavera empezaba a abrir las flores y los transeúntes
paseaban en mangas de camisa. Los coches de caballos que tanto gustaban a los
turistas se pavoneaban por las calles con su alegre chacoloteo.
El verano dejaría
caer pronto su pesada mano y convertiría el aire en melaza. Gastón recordó que
tenía que mejorar su sistema de aire acondicionado y pensar en la posibilidad
de colocar ventiladores de techo en algunos cuartos.
Compró cediendo como
siempre a sus impulsos y alegró el día a varios comerciantes antes de detenerse
en una tienda llamada, sencillamente, Yesterday.
La tienda era un
batiburrillo de estatuas, lámparas, accesorios y joyas antiguas, y disponía de
tres cabinas con cortinas donde los clientes podían comprar una lectura del
tarot.
Fue la sortija lo
primero que atrajo su atención, un rubí rojo como la sangre y un brillante
blanco como el hielo formando las dos mitades de un corazón montado sobre un
aro de platino.
En cuanto lo tuvo en
la mano supo que lo quería para Rocío. Quizá fuera una locura comprar una
sortija de compromiso a esas alturas de la relación. Y una imprudencia decidirse
por algo sin haber mirado otras opciones.
Pero esa era la
sortija que quería deslizar en el dedo de Rocío. Y se dijo que si un hombre
podía comprar una casa siguiendo un impulso, también podía comprar un anillo.
—Me lo llevo.
—Es precioso —dijo la
dependienta—. Es una mujer afortunada.
—Estoy tratando de
convencerla de eso.
—Tengo unos
pendientes muy bellos que harían juego con el anillo. ¿Es el rubí su piedra de
nacimiento?—preguntó la mujer mientras mostraba a Gastón unos pendientes de los
que colgaba un corazón de rubí y brillantes.
—No lo sé.
—Pero le había
preguntado la fecha de nacimiento a Esperanza para no pasarla por alto—. Nació
en julio.
—Entonces su piedra
es el rubí. Qué coincidencia.
—Y que lo diga. —Gastón
sintió un cosquilleo al contemplar de nuevo el anillo. Algunas cosas,
sencillamente, tienen que ser, se dijo. Cogió un pendiente. Ya podía ver a Rocío
con ellos, del mismo modo que imaginaba que la dependienta podía ver COMPRADOR
IMPULSIVO estampado en su frente.
Gastón se inclinó
sobre el mostrador y procedió a medir su capacidad de regateo yanqui con el
espíritu negociante del sur.
Se dijo que habían
llegado a un acuerdo cuando la sonrisa de la dependienta siguió presente pero
menos amplia.
—¿Es eso todo?
—Sí. Tengo un poco de
prisa. De hecho, ya... —Gastón se interrumpió al mirar su reloj y comprobar que
había vuelto a pararse a las doce—. Ahora que lo pienso, no me iría mal un
reloj de bolsillo. Últimamente el mío falla. Estoy haciendo trabajos de
carpintería y creo que ha recibido más de un golpe.
—Tengo algunos
maravillosos relojes de cadena antiguos. Son mucho más imaginativos que los
modernos.
La dependienta lo
condujo a otro mostrador, tiró de un cajón y lo colocó encima.
—Estos relojes dicen
otras cosas además de la hora—prosiguió—. Cuentan historias. Este...
—No. —La mirada de Gastón
se nubló como el humo. Las voces de otros clientes se fundieron en un murmullo.
Una parte de él permanecía lo bastante consciente para saber que se estaba
alejando de sí mismo.
Aunque intentó
frenarse, vio cómo su mano cogía un reloj de oro.
La voz de la
dependienta flotaba en los confines de su conciencia. Era otra voz la que
escuchaba, clara como una campana. Una voz femenina, joven, ilusionada.
Para mi marido, por su
cumpleaños. Se le rompió el que tenía. Quiero regalarle algo especial. Este es
precioso. ¿Puede grabar una inscripción?
Y ya sabía lo que iba
a encontrar, exactamente lo que iba a encontrar, antes de girar el reloj para
leer el reverso.
Para Ramiro
de su Vale.
Para que
marque nuestro tiempo juntos.
4 de abril de
1899
—¿Señor Dalmau?
¿Señor Dalmau, se encuentra bien? ¿Quiere un poco de agua? Está muy pálido.
—¿Qué?
—¿Le traigo agua?
¿Quiere sentarse?
—No. —Gastón cerró la
mano sobre el reloj, pero la sensación ya había empezado a diluirse—. No,
gracias, estoy bien. También me llevo el reloj.
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