domingo, 2 de diciembre de 2012

Capitulo Trece, Primera Parte


La mejor forma de vencer los obstáculos a la hora de alcanzar un objetivo, en opinión de Gastón, no era arremeter contra ellos y correr el riesgo de fracturarse el cráneo, sino mellarlos poco a poco. Lentamente. Implacablemente. Ya fuera un pleito, un acontecimiento deportivo o una relación amorosa, era imprescindible mantener el fin a la vista para poder seleccionar los medios adecuados.
Averiguó a qué misa asistían Rocío y su abuela y en qué iglesia. La indagación era un factor esencial en toda estrategia.
Cuando, el domingo por la mañana, se deslizó en el banco junto a ellas, tropezó con una larga mirada interrogativa de Rocío y un guiño cómplice de Esperanza.
Se dijo que Dios le comprendería y no le reprocharía haber utilizado la misa del domingo como medio para alcanzar su fin.
Así y todo, no pensaba mencionar la genial idea a su madre. Sabía por experiencia que era mucho menos comprensiva que el Todopoderoso.
Dirigiendo el cañón de sus encantos hacia Esperanza, las convenció para invitarlas a un desayuno dominical, y cuando dio su nombre a la camarera recibió otra mirada glacial de Rocío. Gastón ya había reservado mesa para tres.
—Eres de los que pisa fuerte, ¿no es cierto, cher?
Los ojos verdes de Gastón irradiaban la candidez de un monaguillo.
—Solo soy precavido.
—A mí no me parece que tengas pinta de boy scout, cielo —repuso Rocío.
—Su nieta es una cínica —dijo Gastón a Esperanza mientras le ofrecía el brazo.
—Más que cínica, astuta. —Esperanza le dio unas palmaditas en la mano y sus pulseras tintinearon—. Una mujer ha de serlo ante un hombre zalamero y apuesto. Y el hombre que va a la iglesia para pasar la mañana del domingo con una mujer, también es muy astuto.
—Se me ocurrió entrar para rezar un rato.
—¿Y qué pediste?
—Que se venga conmigo a Borneo.
Esperanza aceptó con una carcajada la silla que le ofrecía Gastón.
—Eres único.
—Lo sé. —Gastón miró directamente a Rocío—. Y siempre seré el único.
Se sentaron a la mesa con unas mimosas y la primera ronda del extenso bufete. Mientras un cuarteto de jazz tocaba Dixieland, Gastón les habló del progreso de la casa.
—Voy a continuar con el trabajo exterior mientras el tiempo lo permita. Tibald sigue ocupado en el enlucido y estoy buscando un pintor para la fachada. No quiero hacerlo yo. El tipo que me pintó el salón vino para echar un vistazo a la biblioteca, pero se marchó de forma algo repentina.
Gastón dio un sorbo a su mimosa con expresión lastimera.
—Me temo que no volverá. El hombre de las baldosas tampoco. Llevaba hecho medio cuarto de baño cuando recogió sus cosas y se largó.
—Puedo dar voces por ahí —se ofreció Esperanza.
—Se lo agradecería, aunque me temo que tendré que buscar gente de fuera de la región o hacerlo yo mismo. El ambiente en el Hall está cada vez más animado.
—¿Hombres hechos y derechos que huyen por un par de portazos? —Rocío sonrió—. Deberían tener más temple.
—Ya no son solo portazos. Ahora también son relojes inexistentes que dan las horas y música que suena en habitaciones vacías. Cuando el pintor vino a casa, las puertas de la biblioteca no pararon de abrirse y cerrarse. Y luego, para colmo, los gritos.
—¿Qué gritos?
—El tipo de las baldosas me explicó que oyó a alguien entrar en el dormitorio y pensó que era yo. —Gastón sonrió con pesar—. Se puso a hablar mientras seguía colocando baldosas, escuchando lo que suponía eran mis movimientos por el cuarto. Como yo no respondía a sus preguntas, se levantó y entró en el dormitorio, pero lo encontró vacío. Por lo poco que pude sonsacarle cuando recuperó el habla, parece ser que la puerta del baño se cerró de golpe, los troncos de la chimenea empezaron a arder y asegura que notó que alguien le ponía una mano en el hombro. Cuando llegué al cuarto tuve que arrancarlo del techo.
—¿Qué piensas de todo eso? —preguntó Esperanza.
—Dos cosas. En primer lugar, tengo la sensación de que a medida que progresan las obras en la casa, la... actividad paranormal, por llamarlo de alguna forma, se hace más evidente y volátil. Sobre todo cuando me desvío del proyecto original.
Rocío se llevó una cucharada de sémola a la boca, un plato del sur al que Gastón todavía no acababa de pillarle el gusto.
—¿Qué quieres decir?
—Por ejemplo, el enlucido. Las zonas que he restaurado y reproducido con exactitud son bastante tranquilas, pero en los lugares donde he hecho cambios, como el cuarto de baño, la actividad crece considerablemente. Parece como si eso que ronda la casa se molestara cuando no me ciño al proyecto original.
—Qué interesante —comentó Esperanza.
—Y que lo diga. Y he llegado a la conclusión de que es Justina Ordóñez. —Incluso aquí, con las burbujas del champán y la música Dixieland de fondo, el nombre le paralizó el estómago—. Dueña y señora del Hall. No hay más que echar un vistazo a las fotografías para saber que era una mujer a la que no le gustaba que le llevaran la contraria. Para colmo llego yo y dejo mis huellas dactilares en todo lo que fue suyo.
—¿Has decidido vivir con ella? —preguntó Esperanza, y observó que la mandíbula de Gastón se endurecía.
—He decidido vivir en el Hall y restaurarlo a mi manera. Si Justina quiere hacer de ello una tragedia, es su problema.
Rocío se reclinó en su asiento.
—¿Qué opinas, abuela? ¿Valiente o terco?
—Un poco de cada. Buena combinación.
—Gracias, pero ignoro hasta qué punto es una cuestión de valor. Ahora es mi casa, y punto. Además, no se puede culpar a un hombre por invertir su tiempo y su trabajo en hacer mejoras. En cualquier caso, ¿qué opina, señorita Esperanza? ¿Estoy viéndomelas con Justina?
—Creo que en esa casa hay dos fuerzas opuestas. La que te atrajo hasta ella y la que quiere que te marches. Vencerá la más fuerte. —Abrió su bolso de los domingos y sacó una bolsita de muselina—. Toma, la he hecho para ti.
—¿Qué es?
—Un poco de magia culinaria. Llévala siempre en el bolsillo. Puede que no te ayude, pero tampoco te perjudicará. —Esperanza levantó su copa y sonrió—. Champán para desayunar, quién me lo iba a decir.
—Si se viene conmigo a Borneo, podrá darse baños de champán.
—Cher, si sigo bebiendo esto, puede que acabe aceptando.
—Pediré otra botella.

Era encantador con la abuela, pensó Rocío. Durante la larga y ociosa comida Gastón coqueteó con la señorita Esperanza hasta hacer que sus mejillas enrojecieran de placer. Se interesaba por la gente. Dedicaba tiempo y esfuerzo a descubrir qué podía gustarles y lo ofrecía.
Era atento, inteligente, sexy, rico, resuelto y bondadoso.
Y había dicho que estaba enamorado de ella.
Rocío creía conocerle lo bastante para estar segura de que no lo habría dicho si no fuera cierto. He ahí justamente lo que la tenía acobardada.
Pues a esas cualidades había que añadir una profunda honestidad. Y mucha tenacidad.
Podía enamorarla. El proceso ya había comenzado y avanzaba con rapidez. Cada vez que Rocío conseguía recuperar el equilibrio, volvía a tambalearse. La caída era tan preocupante como emocionante.
Así y todo, ¿qué ocurriría cuando llegara al fondo? Si caía hasta abajo, ya no podría subir. Era algo que sabía de sí misma. Las relaciones eran fáciles cuando carecían de importancia o cuando importaban solo temporalmente.
Cuando importaban para siempre, lo cambiaban todo.
Las cosas ya habían cambiado, se dijo. Todo había comenzado con ese deseo de tenerlo dentro. Y ahora con el bienestar y el desafío que experimentaba cuando estaba con él. Con la capacidad de imaginarse experimentando eso mismo día tras día, año tras año.
Él quería promesas que ella tenía miedo de hacer.
Miedo no, se corrigió irritada consigo mismo. Que era reacia a hacer.
Entonces vio cómo Gastón se inclinaba y besaba a su abuela en la mejilla y temió —de nada servía fingir lo contrario— que acabaría dándole cuanto él le pidiera.

La estaba cortejando. A Gastón le atraía especialmente esa expresión sureña. Le traía imágenes de lunas llenas y balancines, de limonadas y bailes populares.
Durante el mes de marzo dos cosas ocuparon su mente, su tiempo y sus planes. Rocío y la casa.
Celebró los resultados positivos de sus pruebas neurológicas dándose un paseo por los anticuarios. La primavera empezaba a abrir las flores y los transeúntes paseaban en mangas de camisa. Los coches de caballos que tanto gustaban a los turistas se pavoneaban por las calles con su alegre chacoloteo.
El verano dejaría caer pronto su pesada mano y convertiría el aire en melaza. Gastón recordó que tenía que mejorar su sistema de aire acondicionado y pensar en la posibilidad de colocar ventiladores de techo en algunos cuartos.
Compró cediendo como siempre a sus impulsos y alegró el día a varios comerciantes antes de detenerse en una tienda llamada, sencillamente, Yesterday.
La tienda era un batiburrillo de estatuas, lámparas, accesorios y joyas antiguas, y disponía de tres cabinas con cortinas donde los clientes podían comprar una lectura del tarot.
Fue la sortija lo primero que atrajo su atención, un rubí rojo como la sangre y un brillante blanco como el hielo formando las dos mitades de un corazón montado sobre un aro de platino.
En cuanto lo tuvo en la mano supo que lo quería para Rocío. Quizá fuera una locura comprar una sortija de compromiso a esas alturas de la relación. Y una imprudencia decidirse por algo sin haber mirado otras opciones.
Pero esa era la sortija que quería deslizar en el dedo de Rocío. Y se dijo que si un hombre podía comprar una casa siguiendo un impulso, también podía comprar un anillo.
—Me lo llevo.
—Es precioso —dijo la dependienta—. Es una mujer afortunada.
—Estoy tratando de convencerla de eso.
—Tengo unos pendientes muy bellos que harían juego con el anillo. ¿Es el rubí su piedra de nacimiento?—preguntó la mujer mientras mostraba a Gastón unos pendientes de los que colgaba un corazón de rubí y brillantes.
—No lo sé.
—Pero le había preguntado la fecha de nacimiento a Esperanza para no pasarla por alto—. Nació en julio.
—Entonces su piedra es el rubí. Qué coincidencia.
—Y que lo diga. —Gastón sintió un cosquilleo al contemplar de nuevo el anillo. Algunas cosas, sencillamente, tienen que ser, se dijo. Cogió un pendiente. Ya podía ver a Rocío con ellos, del mismo modo que imaginaba que la dependienta podía ver COMPRADOR IMPULSIVO estampado en su frente.
Gastón se inclinó sobre el mostrador y procedió a medir su capacidad de regateo yanqui con el espíritu negociante del sur.
Se dijo que habían llegado a un acuerdo cuando la sonrisa de la dependienta siguió presente pero menos amplia.
—¿Es eso todo?
—Sí. Tengo un poco de prisa. De hecho, ya... —Gastón se interrumpió al mirar su reloj y comprobar que había vuelto a pararse a las doce—. Ahora que lo pienso, no me iría mal un reloj de bolsillo. Últimamente el mío falla. Estoy haciendo trabajos de carpintería y creo que ha recibido más de un golpe.
—Tengo algunos maravillosos relojes de cadena antiguos. Son mucho más imaginativos que los modernos.
La dependienta lo condujo a otro mostrador, tiró de un cajón y lo colocó encima.
—Estos relojes dicen otras cosas además de la hora—prosiguió—. Cuentan historias. Este...
—No. —La mirada de Gastón se nubló como el humo. Las voces de otros clientes se fundieron en un murmullo. Una parte de él permanecía lo bastante consciente para saber que se estaba alejando de sí mismo.
Aunque intentó frenarse, vio cómo su mano cogía un reloj de oro.
La voz de la dependienta flotaba en los confines de su conciencia. Era otra voz la que escuchaba, clara como una campana. Una voz femenina, joven, ilusionada.

Para mi marido, por su cumpleaños. Se le rompió el que tenía. Quiero regalarle algo especial. Este es precioso. ¿Puede grabar una inscripción?
Y ya sabía lo que iba a encontrar, exactamente lo que iba a encontrar, antes de girar el reloj para leer el reverso.
Para Ramiro de su Vale.
Para que marque nuestro tiempo juntos.
4 de abril de 1899
—¿Señor Dalmau? ¿Señor Dalmau, se encuentra bien? ¿Quiere un poco de agua? Está muy pálido.
—¿Qué?
—¿Le traigo agua? ¿Quiere sentarse?
—No. —Gastón cerró la mano sobre el reloj, pero la sensación ya había empezado a diluirse—. No, gracias, estoy bien. También me llevo el reloj.

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