viernes, 7 de diciembre de 2012

Capitulo 007 - Primera Parte (LIBRO 02)


Este no es lugar para novatos — dijo Eduardo. Las dos cicatrices idénticas que le surcaban la mejilla parecían más hondas bajo la luz mortecina de los faroles.
Pensé deprisa.
—Llevo más de un año yendo a clase con vampiros — Era ver­dad, aunque no del todo. La voz me tembló, pero deseé con todas mis fuerzas que Eduardo lo atribuyera a la emoción, no al miedo. Aquel hombre era un cruel asesino de vampiros; costaba mirarle a la cara — Necesito saber con exactitud a qué me enfrento real­mente.
Jamás había visto sonreír a Eduardo hasta entonces, y no fue lo que se dice una expresión atractiva.
—Supuestamente, en la Academia Mandalay se comportan. Solo eres una cría. Deberías seguir con los que también fingen ser unos críos.
—Yo ya estaba luchando con vampiros con muchos menos años de los que Rocío tiene ahora — replicó Gastón — Creo que puede aguantarlo — Tras pasarme el brazo por la espalda, el mie­do comenzó a remitir. El apoyo de Gastón pareció poner fin a la dis­cusión; fuera como fuese, Eduardo dejó de protestar y, si alguien más tenía alguna objeción, no la expresó en alto.
Gastón pareció preguntarme con la mirada por qué estaba tan decidida a unirme a ellos, pero los dos sabíamos que íbamos a te­ner que dejar esa conversación para después.

Al principio, la cacería no me pareció tal cosa. Fue como un viaje cualquiera por carretera: la gente murmurando en voz baja mientras se ponía la chaqueta, mirándose con cara de cansancio y subiéndose a la baqueteada furgoneta y a la camioneta verde tur­quesa de Kate.
Recordé el primer viaje por carretera que había hecho, cuan­do mis padres me llevaron a la playa un verano. Odiaban el agua — tanto los ríos que tuvimos que cruzar por el camino como el mar que lamía la playa — pero me llevaron porque yo me moría de ga­nas de ir. Se pasaron todo el día debajo de una sombrilla.
Aunque habían bebido sangre antes de salir, no querían pasar mucho tiem­po al sol. Mientras hacía castillos de arena, me bañaba y jugaba con otros niños, ellos estuvieron observándome y haciéndome señas desde lejos. Fue un sacrificio que habían hecho por mí.
Cuando recordaba cosas como aquella, sabía que los cazadores de la Cruz Negra se equivocaban con los vampiros. Si hubieran vis­to a mis padres en ese momento, habrían sabido que estaba en lo cierto.
En vez de eso, aquella noche iban a intentar matar a una vam­pira. Aunque ellos no lo sospechaban, yo pretendía impedírselo si podía.
Me subí a la parte trasera de la camioneta junto con Lala, Eduardo, otros dos hombres y Gastón, cuyo pelo despeinado le caía sobre los ojos. Mientras Kate salía del aparcamiento marcha atrás, susurré a Gastón al oído: — ¿Qué hacemos?
—Empezamos donde la hemos visto por última vez y le segui­mos el rastro desde ahí.

La ciudad estaba completamente en silencio. Hasta los univer­sitarios más juerguistas se habían ido a dormir o se habían llevado la fiesta a sus dormitorios. Aunque el barrio ya estaba tranquilo cuando Gastón y yo habíamos huido de la vampira, ahora no se veía ni un alma y todas las casas tenían las luces apagadas.
Cuando los vehículos estuvieron aparcados cerca del lugar don­de yo había visto a la vampira rubia por última vez, todo el mundo comenzó a desplegarse a pie. Gastón y yo nos quedamos juntos, na­turalmente. Kate nos lanzó una mirada al alejarse, pero no puso ninguna objeción.
Gastón no dijo nada hasta tener la certeza de que estábamos so­los, caminando por una callejuela a varias manzanas de los vehículos.
— Bueno, imagino que nuestro plan es encontrar a la vampira y avisarla antes de que la cojan. ¿Me equivoco?
Sentí una ternura tan inmensa hacia él que por un segundo ol­vidé dónde estábamos, el peligro al que nos enfrentábamos y los motivos que nos habían llevado hasta allí. Le cogí una mano con suavidad y él se volvió, primero sorprendido, pero luego con una sonrisita cómplice. Sentí una descarga eléctrica, la fuerza que me atraía hacia él. Gastón me tapó los labios con la mano.
—No podemos distraernos. Tenemos trabajo que hacer.
—Trabajo... — repetí rozándole los dedos con los labios — Hagámoslo, pues.
Se apartó de mí y echó a andar con decisión. —Al principio, ha ido hacia el norte — dijo — ¿Cómo lo sabes?
—Veo lo que otros no ven — Vaciló — Mi visión nocturna está mejorando.
No hizo falta que me explicara el motivo. Yo sabía que era porque lo había mordido y había bebido su sangre dos veces. El primer mordisco no había surtido ningún efecto, pero el segundo le había conferido varios poderes vampíricos. Mientras el resto del grupo vagaba sin rumbo fijo, Gastón apartó la rama de un arbusto y me enseñó varias ramas que alguien había quebrado sin querer al pasar. Además, encontró el rastro de una pisada en el suelo em­barrado y vislumbró un cabello rubio y rizado caído entre la ma­leza.
Aquello se lo debía en parte a sus poderes vampíricos, pero también a su destreza como rastreador. Para mí, fue una verdade­ra revelación. Durante todo aquel tiempo, había creído que la Cruz Negra solo le había enseñado a pelear, pero ellos lo cierto es que le habían dotado de unos conocimientos que yo ni siquiera había imaginado. Eso, sumado a sus poderes vampíricos, era una combi­nación formidable.
Tampoco le faltaban armas. Cuando vi algo centelleándole en el cinturón, dije:
—¿Qué llevas ahí?
—Mi mejor puñal — respondió él con cariño. Se levantó el fal­dón de la chaqueta para enseñarme el puñal que llevaba en un cos­tado. El filo era casi tan ancho como un cuchillo de carnicero — Lo tengo desde los doce años.
—¿De veras que es necesario?
Sus oscuros ojos verdes se encontraron con los míos.
—Prefiero llevarlo y no necesitarlo que no llevarlo y necesitar­lo. Esa chica puede no ser un problema, pero recuerda cómo se ha puesto cuando se ha visto acorralada.
Me acordaba. Quizá los vampiros no éramos los criminales ase­sinos que la Cruz Negra imaginaba, pero podíamos ser mortíferos si nos acorralaban.

Cuando salimos a una calle más comercial, Gastón comenzó a relajarse.
—Es menos probable que haya venido aquí.
—No estoy segura — dije. El me miró y yo señalé el cartel ilu­minado que acababa de ver, una insignia de un escudo y una cruz que obviamente pertenecía a un hospital. La cruz me quemó en los ojos — Los hospitales tienen bancos de sangre.
—Claro. Es como una barra libre. No puedo creer que no se nos haya ocurrido antes. —Gastón me sonrió como si yo hubiera obrado un milagro — Vamos.
Cuando llegamos al hospital, las puertas de cristal se abrieron automáticamente para dejarnos pasar. Un vigilante nos escrutó —dos adolescentes entrando tranquilamente antes de que amane­ciera — y gritó:
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Es nuestra abuela — dijo Gastón tan sincera y trágicamente que tuve que morderme el labio para contener la risa — No... no le queda mucho tiempo.
El vigilante nos hizo una seña para que pasáramos y nosotros apretamos el paso. Todo estaba bastante tranquilo; los hospitales no cierran nunca, pero a aquellas horas había poca actividad. Unos cuantos enfermeros y celadores vestidos de azul nos adelantaron y algunos nos miraron con recelo, pero, siempre y cuando Gastón y yo anduviéramos con determinación, nadie parecía cuestionarse nues­tra presencia allí.
—Banco de sangre — masculló Gastón — ¿Dónde tendría un hospital un banco de sangre?
—Vamos a mirar en los ascensores. Normalmente, tienen car­teles que indican lo que hay en cada planta — Efectivamente, el pa­nel colocado junto a los botones del ascensor nos informó de que las donaciones de sangre podían hacerse en la planta inferior, que es­taba bajo tierra.
La planta subterránea no era muy distinta a la planta baja, pero en ella se respiraba otro ambiente. La iluminación era ligeramente más mortecina, quizá porque había uno o dos fluorescentes que habían empezado a fallar. El aire estaba impregnado de olor a de­sinfectante, lo bastante fuerte como para obligarme a arrugar la nariz. Y reinaba una calma incluso mayor. Parecía que no hubiera nadie aparte de nosotros dos.
—¿No es en el sótano donde la mayoría de los hospitales tie­nen el depósito de cadáveres? — susurré.
—No irás a decirme que tienes miedo a los muertos, ¿no? — Gastón se puso a andar por el pasillo, asomándose a todas las habita­ciones — Vas a clase con ellos todos los días.
—No es eso — repliqué mientras reflexionaba.
La sala donde se hacían las donaciones de sangre estaba cerra­da, lo cual no era raro a esas horas de la mañana. Habían forzado la puerta contigua.
—Bingo — Gastón se llevó la mano instintivamente al puñal de su cinturón.
Entramos en el banco de sangre, que era básicamente una sala grande llena de congeladores. Había unos cuantos microscopios y diversos aparatos médicos en un lado, quizá para realizar análi­sis clínicos, pero estaba claro que aquel lugar era principalmente un almacén. En un rincón había dos grandes congeladores, la puerta de uno de los cuales estaba abierta; dentro vi un montón de bolsas de sangre, listas probablemente para utilizarse de inme­diato en las transfusiones urgentes. Las bolsas estaban desorde­nadas, algunas tiradas en el suelo y varias abiertas y vacías. En el linóleo, había una brillante estela de gotas y manchas de sangre húmeda.
—Aún no está seca — dije — Hace poco que ha estado aquí.
—Pues ya se ha ido — dijo Gastón — Maldita sea.
—Quizá no. A lo mejor ha querido descansar después.
—¿Descansar?
—Hasta los humanos disfrutáis echándoos una siesta después de daros un atracón. Además, cuando la he visto, estaba agotada. Como si llevara días huyendo. Si ha tenido ocasión de comer, esta­rá más calmada y podremos hablar con ella.
—Tenemos que estar completamente seguros de que es inofen­siva antes de dejar que se vaya — dijo Gastón — No es que no me fíe de tu criterio, ¿vale? Solo deberíamos... asegurarnos.
—Por eso hablaremos con ella — Estaba convencida de que Gastón enseguida vería en ella lo que yo había visto: cuan sola estaba — Venga.
—Lo dices como si supiéramos dónde está.
—Creo que lo sabemos. Está en algún sitio donde pueda des­cansar sin que la molesten, algún sitio donde a nadie le sorprende­ría verla, si la encontrara. Piénsalo, Gastón.
—Oh, no.
—Oh, sí.
Vale, puede que lleve casi toda la vida rodeada de muertos, in­cluyendo a mis padres, pero eso no quita que el depósito de cadá­veres me pareciera tétrico. No me entró pánico ni nada por el esti­lo, pero esos sitios tienen algo tremendamente triste: todas esas vidas, emociones y esperanzas reducidas a etiquetas escritas en por­tezuelas de acero. Gastón y yo nos quedamos unos segundos en el umbral de la puerta antes de entrar.
En tres mesas alargadas que ocupaban el centro del depósi­to, había tres bolsas para cadáveres. La primera era demasiado grande: la persona que había dentro debía de ser corpulenta. La última parecía demasiado corta. La del centro parecía la más probable.
Con vacilación, cogí la lengüeta de la cremallera, la cual pesa­ba más y estaba más fría de lo que esperaba: el hospital mantenía el depósito de cadáveres bien fresquito. Gastón se puso a mi lado, pu­ñal en mano. Bajé la cremallera, notando una especie de corriente eléctrica en la muñeca con cada diente que iba separando.
Su mano salió disparada de la bolsa y agarró la mía con fuerza. No pude evitar chillar. Gastón quiso abalanzarse sobre ella, pero yo lo detuve con el brazo.
La vampira se sentó, mirándonos. Estaba menos pálida que an­tes y la marca de nacimiento del cuello era menos evidente; ali­mentarse la había rejuvenecido. Se había soltado el pelo rubio para dormir y sus despeinados rizos le enmarcaban el rostro. Sin quitar el ojo de encima a Gastón, se dirigió a mí:
—¿Por qué lo has traído aquí?
—Está conmigo. Solo queríamos encontrarte.
—Para matarme.
Negué con la cabeza.
—Estamos aquí para asegurarnos de que no representas nin­gún peligro.
—¿Cómo? — Ladeó la cabeza confundida, como si hubiera ha­blado en otro idioma — Corres peligro — Gastón jamás me haría daño.
—Más peligro del que imaginas — insistió — y más del que imaginas tú, chico.
—Acabas de alimentarte de sangre — dije más por Gastón que por mí — Se nota que has comido. Nos cambia el color, y nos hace más fuertes.
—Ahora soy más fuerte — convino la vampira, que seguía ful­minando a Gastón con una mirada cargada de odio. Tenía que re­ducir la tensión. Y pronto.
—Gastón es un amigo. No está aquí para hacerte daño.
—Ya veo — dijo ella mirando el puñal de Gastón.
Incómodo y a disgusto, Gastón volvió a enfundar el puñal. Cuan­do habló, lo hizo en tono cortante.
—La familia de Albion, ¿no tuviste nada que ver con eso? No­sotros creíamos que sí.
—La gente comete estupideces — dijo la vampira en un tono extrañamente soñador. Despacio, se deshizo de la bolsa apartán­dola con los pies, como una niña saliendo de un saco de dormir.
—Necesito saber quién lo hizo — dijo Gastón — Un ser mortí­fero anda suelto por ahí, haciendo mucho daño. Si sabes quién ha estado merodeando por Albion, si tienes alguna conexión con esa banda, dímelo. Yo puedo ocuparme, y tú puedes, bueno, tú puedes irte a hacer lo que haces.
En lugar de responder a Gastón, me miró con sus grandes ojos castaños:
—¿Sabe lo que eres?
—Lo sabe todo. Dinos lo que necesitamos saber y nos asegura­remos de que no corras peligro.
Los dedos se le relajaron lentamente y me soltó la mano. La lámpara que colgaba del techo estaba casi directamente detrás de ella, convirtiéndole el sedoso cabello trigueño en una especie de aureola. Pensé en los pocos años que debía de tener cuando murió, quizá solo catorce.
Justo cuando la vampira abría la boca para hablar, la puerta del depósito se abrió de golpe. Todos dimos un respingo y a mí se me encogió el corazón al ver a Lala y a Kate en el umbral. Lala tenía su ballesta preparada y Kate sostenía una estaca.
—¡Apartaos! — gritó Lala — Han llegado los refuerzos.
La vampira chilló, un sonido de otro mundo, como el grito de un halcón abatiéndose sobre su presa. Corrió a esconderse en un rincón, detrás de la mesa de autopsias.
—Una trampa — susurró — Como siempre.
Yo quise decirle que no habíamos tenido intención de que ocu­rriera aquello, pero Gastón me agarró por los brazos para que guar­dara silencio. Empezó a retroceder, poniéndome fuera del alcance de la ballesta de Lala.
Ni Kate ni Lala hablaron con la vampira. Kate permaneció en el umbral de la puerta mientras Lala avanzaba lentamente, con una expresión que ya no tenía nada de dulce. Yo percibía que era buena persona, pero estaba a punto de hacer algo horrible y tenía que detenerla.
Con una rapidez cegadora, la vampira extendió un brazo y yo vi un vertiginoso destello metálico una milésima de segundo antes de que Lala gritara y retrocediera hasta la pared. Mientras Lala se desplomaba, la vampira saltó hacia delante con una fuerza so­brehumana, arremetiendo contra Kate y cayendo al suelo del pasi­llo encima de ella.
—¡Mamá! — gritó Gastón corriendo hacia Kate. Pero la vampira no tenía intención de matar y menos aún pelear. Salió huyendo y oímos el eco de sus viejos zapatos golpeando el suelo embaldosado.
Madre e hijo corrieron tras ella mientras Gastón gritaba:
— ¡Ocúpate de Lala!
Yo sabía que intentaría ayudar a la vampira. Pero ¿qué debía hacer yo por Lala? No sabía nada de medicina. Sin embargo, cuan­do vi su cara de sufrimiento, fui inmediatamente a su lado.
—¿Es grave?
—Bastante — Hizo una mueca de dolor — Debía de ser un cu­chillo para hacer autopsias. No creo que... el brazo esté roto... pero... ¿hay mucha sangre?
—Sí, pero no te ha dado en la arteria — Sabía lo suficiente para darme cuenta de que, si tuviera la arteria seccionada, la san­gre le estaría saliendo a borbotones de la herida; en cambio, una espesa sangre roja le estaba calando lentamente la camisa, llegán­dole ya hasta el codo — No voy a sacarte el cuchillo. Esto es más de lo que podemos tratar con nuestro botiquín de primeros auxi­lios. Deberíamos ir al servicio de urgencias.
—¿Y cómo vamos a explicar exactamente esto a los médicos? — Lala gimió apoyando la cabeza contra la pared. Advertí que es­taba a punto de desmayarse — No, tenemos que salir de aquí.
—¡Necesitas atención médica!
—Hay más material en el cuarto de curas. Podemos... pode­mos resolverlo. Tú solo ayúdame a levantarme, ¿vale?
—Vale — Le pasé el brazo sano por detrás de mi cuello y la sa­qué al pasillo. Allí había más luz, y por primera vez vi el rojo in­tenso de la mancha de sangre, de una belleza indescriptible.
Entonces sentí hambre.
No era la misma hambre que había sentido al besar a Gastón. Era distinta, más básica, pero igual de fuerte. La sangre de Lala olía a filete, a playa, a todas las cosas maravillosas que yo deseaba y lle­vaba tanto tiempo sin disfrutar. Cuando respiraba por la boca, casi podía notar su sabor a hierro y la mano que tenía en su hombro re­gistraba todos los latidos de su pulso. Me dolía la mandíbula, como si estuvieran a punto de salirme los colmillos. No podía pensar, no podía hablar, no podía hacer nada salvo desear beber….

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