Este no es lugar para novatos — dijo Eduardo. Las dos cicatrices idénticas que le surcaban la mejilla parecían más hondas bajo la luz mortecina de los faroles.
Pensé
deprisa.
—Llevo
más de un año yendo a clase con vampiros — Era verdad, aunque no del todo. La
voz me tembló, pero deseé con todas mis fuerzas que Eduardo lo atribuyera a la
emoción, no al miedo. Aquel hombre era un cruel asesino de vampiros; costaba
mirarle a la cara — Necesito saber con exactitud a qué me enfrento realmente.
Jamás
había visto sonreír a Eduardo hasta entonces, y no fue lo que se dice una
expresión atractiva.
—Supuestamente,
en la Academia Mandalay se comportan. Solo eres una cría. Deberías seguir con
los que también fingen ser unos críos.
—Yo
ya estaba luchando con vampiros con muchos menos años de los que Rocío tiene
ahora — replicó Gastón — Creo que puede aguantarlo — Tras pasarme el brazo por
la espalda, el miedo comenzó a remitir. El apoyo de Gastón pareció poner fin a
la discusión; fuera como fuese, Eduardo dejó de protestar y, si alguien más
tenía alguna objeción, no la expresó en alto.
Gastón
pareció preguntarme con la mirada por qué estaba tan decidida a unirme a ellos,
pero los dos sabíamos que íbamos a tener que dejar esa conversación para
después.
Al
principio, la cacería no me pareció tal cosa. Fue como un viaje cualquiera por
carretera: la gente murmurando en voz baja mientras se ponía la chaqueta,
mirándose con cara de cansancio y subiéndose a la baqueteada furgoneta y a la
camioneta verde turquesa de Kate.
Recordé
el primer viaje por carretera que había hecho, cuando mis padres me llevaron a
la playa un verano. Odiaban el agua — tanto los ríos que tuvimos que cruzar por
el camino como el mar que lamía la playa — pero me llevaron porque yo me moría
de ganas de ir. Se pasaron todo el día debajo de una sombrilla.
Aunque
habían bebido sangre antes de salir, no querían pasar mucho tiempo al sol.
Mientras hacía castillos de arena, me bañaba y jugaba con otros niños, ellos
estuvieron observándome y haciéndome señas desde lejos. Fue un sacrificio que
habían hecho por mí.
Cuando
recordaba cosas como aquella, sabía que los cazadores de la Cruz Negra se
equivocaban con los vampiros. Si hubieran visto a mis padres en ese momento,
habrían sabido que estaba en lo cierto.
En
vez de eso, aquella noche iban a intentar matar a una vampira. Aunque ellos no
lo sospechaban, yo pretendía impedírselo si podía.
Me
subí a la parte trasera de la camioneta junto con Lala, Eduardo, otros dos
hombres y Gastón, cuyo pelo despeinado le caía sobre los ojos. Mientras Kate
salía del aparcamiento marcha atrás, susurré a Gastón al oído: — ¿Qué hacemos?
—Empezamos
donde la hemos visto por última vez y le seguimos el rastro desde ahí.
La
ciudad estaba completamente en silencio. Hasta los universitarios más
juerguistas se habían ido a dormir o se habían llevado la fiesta a sus
dormitorios. Aunque el barrio ya estaba tranquilo cuando Gastón y yo habíamos
huido de la vampira, ahora no se veía ni un alma y todas las casas tenían las
luces apagadas.
Cuando
los vehículos estuvieron aparcados cerca del lugar donde yo había visto a la
vampira rubia por última vez, todo el mundo comenzó a desplegarse a pie. Gastón
y yo nos quedamos juntos, naturalmente. Kate nos lanzó una mirada al alejarse,
pero no puso ninguna objeción.
Gastón
no dijo nada hasta tener la certeza de que estábamos solos, caminando por una
callejuela a varias manzanas de los vehículos.
—
Bueno, imagino que nuestro plan es encontrar a la vampira y avisarla antes de
que la cojan. ¿Me equivoco?
Sentí
una ternura tan inmensa hacia él que por un segundo olvidé dónde estábamos, el
peligro al que nos enfrentábamos y los motivos que nos habían llevado hasta
allí. Le cogí una mano con suavidad y él se volvió, primero sorprendido, pero
luego con una sonrisita cómplice. Sentí una descarga eléctrica, la fuerza que
me atraía hacia él. Gastón me tapó los labios con la mano.
—No
podemos distraernos. Tenemos trabajo que hacer.
—Trabajo...
— repetí rozándole los dedos con los labios — Hagámoslo, pues.
Se
apartó de mí y echó a andar con decisión. —Al principio, ha ido hacia el norte
— dijo — ¿Cómo lo sabes?
—Veo
lo que otros no ven — Vaciló — Mi visión nocturna está mejorando.
No
hizo falta que me explicara el motivo. Yo sabía que era porque lo había mordido
y había bebido su sangre dos veces. El primer mordisco no había surtido ningún
efecto, pero el segundo le había conferido varios poderes vampíricos. Mientras
el resto del grupo vagaba sin rumbo fijo, Gastón apartó la rama de un arbusto y
me enseñó varias ramas que alguien había quebrado sin querer al pasar. Además,
encontró el rastro de una pisada en el suelo embarrado y vislumbró un cabello
rubio y rizado caído entre la maleza.
Aquello
se lo debía en parte a sus poderes vampíricos, pero también a su destreza como
rastreador. Para mí, fue una verdadera revelación. Durante todo aquel tiempo,
había creído que la Cruz
Negra solo le había enseñado a pelear, pero ellos lo cierto
es que le habían dotado de unos conocimientos que yo ni siquiera había
imaginado. Eso, sumado a sus poderes vampíricos, era una combinación
formidable.
Tampoco
le faltaban armas. Cuando vi algo centelleándole en el cinturón, dije:
—¿Qué
llevas ahí?
—Mi
mejor puñal — respondió él con cariño. Se levantó el faldón de la chaqueta
para enseñarme el puñal que llevaba en un costado. El filo era casi tan ancho
como un cuchillo de carnicero — Lo tengo desde los doce años.
—¿De
veras que es necesario?
Sus
oscuros ojos verdes se encontraron con los míos.
—Prefiero
llevarlo y no necesitarlo que no llevarlo y necesitarlo. Esa chica puede no
ser un problema, pero recuerda cómo se ha puesto cuando se ha visto acorralada.
Me
acordaba. Quizá los vampiros no éramos los criminales asesinos que la Cruz Negra imaginaba,
pero podíamos ser mortíferos si nos acorralaban.
Cuando
salimos a una calle más comercial, Gastón comenzó a relajarse.
—Es
menos probable que haya venido aquí.
—No
estoy segura — dije. El me miró y yo señalé el cartel iluminado que acababa de
ver, una insignia de un escudo y una cruz que obviamente pertenecía a un
hospital. La cruz me quemó en los ojos — Los hospitales tienen bancos de
sangre.
—Claro.
Es como una barra libre. No puedo creer que no se nos haya ocurrido antes. —Gastón
me sonrió como si yo hubiera obrado un milagro — Vamos.
Cuando
llegamos al hospital, las puertas de cristal se abrieron automáticamente para
dejarnos pasar. Un vigilante nos escrutó —dos adolescentes entrando
tranquilamente antes de que amaneciera — y gritó:
—¿Qué
estáis haciendo aquí?
—Es
nuestra abuela — dijo Gastón tan sincera y trágicamente que tuve que morderme
el labio para contener la risa — No... no le queda mucho tiempo.
El
vigilante nos hizo una seña para que pasáramos y nosotros apretamos el paso.
Todo estaba bastante tranquilo; los hospitales no cierran nunca, pero a
aquellas horas había poca actividad. Unos cuantos enfermeros y celadores
vestidos de azul nos adelantaron y algunos nos miraron con recelo, pero,
siempre y cuando Gastón y yo anduviéramos con determinación, nadie parecía
cuestionarse nuestra presencia allí.
—Banco
de sangre — masculló Gastón — ¿Dónde tendría un hospital un banco de sangre?
—Vamos
a mirar en los ascensores. Normalmente, tienen carteles que indican lo que hay
en cada planta — Efectivamente, el panel colocado junto a los botones del
ascensor nos informó de que las donaciones de sangre podían hacerse en la
planta inferior, que estaba bajo tierra.
La
planta subterránea no era muy distinta a la planta baja, pero en ella se
respiraba otro ambiente. La iluminación era ligeramente más mortecina, quizá
porque había uno o dos fluorescentes que habían empezado a fallar. El aire
estaba impregnado de olor a desinfectante, lo bastante fuerte como para
obligarme a arrugar la nariz.
Y reinaba una calma incluso mayor. Parecía que no hubiera
nadie aparte de nosotros dos.
—¿No
es en el sótano donde la mayoría de los hospitales tienen el depósito de
cadáveres? — susurré.
—No
irás a decirme que tienes miedo a los muertos, ¿no? — Gastón se puso a andar
por el pasillo, asomándose a todas las habitaciones — Vas a clase con ellos
todos los días.
—No
es eso — repliqué mientras reflexionaba.
La
sala donde se hacían las donaciones de sangre estaba cerrada, lo cual no era
raro a esas horas de la
mañana. Habían forzado la puerta contigua.
—Bingo
— Gastón se llevó la mano instintivamente al puñal de su cinturón.
Entramos
en el banco de sangre, que era básicamente una sala grande llena de
congeladores. Había unos cuantos microscopios y diversos aparatos médicos en un
lado, quizá para realizar análisis clínicos, pero estaba claro que aquel lugar
era principalmente un almacén. En un rincón había dos grandes congeladores, la
puerta de uno de los cuales estaba abierta; dentro vi un montón de bolsas de
sangre, listas probablemente para utilizarse de inmediato en las transfusiones
urgentes. Las bolsas estaban desordenadas, algunas tiradas en el suelo y
varias abiertas y vacías. En el linóleo, había una brillante estela de gotas y
manchas de sangre húmeda.
—Aún
no está seca — dije — Hace poco que ha estado aquí.
—Pues
ya se ha ido — dijo Gastón — Maldita sea.
—Quizá
no. A lo mejor ha querido descansar después.
—¿Descansar?
—Hasta
los humanos disfrutáis echándoos una siesta después de daros un atracón.
Además, cuando la he visto, estaba agotada. Como si llevara días huyendo. Si ha
tenido ocasión de comer, estará más calmada y podremos hablar con ella.
—Tenemos
que estar completamente seguros de que es inofensiva antes de dejar que se
vaya — dijo Gastón — No es que no me fíe de tu criterio, ¿vale? Solo deberíamos...
asegurarnos.
—Por
eso hablaremos con ella — Estaba convencida de que Gastón enseguida vería en
ella lo que yo había visto: cuan sola estaba — Venga.
—Lo
dices como si supiéramos dónde está.
—Creo
que lo sabemos. Está en algún sitio donde pueda descansar sin que la molesten,
algún sitio donde a nadie le sorprendería verla, si la encontrara. Piénsalo,
Gastón.
—Oh,
no.
—Oh,
sí.
Vale,
puede que lleve casi toda la vida rodeada de muertos, incluyendo a mis padres,
pero eso no quita que el depósito de cadáveres me pareciera tétrico. No me
entró pánico ni nada por el estilo, pero esos sitios tienen algo tremendamente
triste: todas esas vidas, emociones y esperanzas reducidas a etiquetas escritas
en portezuelas de acero. Gastón y yo nos quedamos unos segundos en el umbral
de la puerta antes de entrar.
En
tres mesas alargadas que ocupaban el centro del depósito, había tres bolsas
para cadáveres. La primera era demasiado grande: la persona que había dentro
debía de ser corpulenta. La última parecía demasiado corta. La del centro
parecía la más probable.
Con
vacilación, cogí la lengüeta de la cremallera, la cual pesaba más y estaba más
fría de lo que esperaba: el hospital mantenía el depósito de cadáveres bien
fresquito. Gastón se puso a mi lado, puñal en mano. Bajé la cremallera,
notando una especie de corriente eléctrica en la muñeca con cada diente que iba
separando.
Su
mano salió disparada de la bolsa y agarró la mía con fuerza. No pude evitar
chillar. Gastón quiso abalanzarse sobre ella, pero yo lo detuve con el brazo.
La
vampira se sentó, mirándonos. Estaba menos pálida que antes y la marca de
nacimiento del cuello era menos evidente; alimentarse la había rejuvenecido.
Se había soltado el pelo rubio para dormir y sus despeinados rizos le enmarcaban
el rostro. Sin quitar el ojo de encima a Gastón, se dirigió a mí:
—¿Por
qué lo has traído aquí?
—Está
conmigo. Solo queríamos encontrarte.
—Para
matarme.
Negué
con la cabeza.
—Estamos
aquí para asegurarnos de que no representas ningún peligro.
—¿Cómo?
— Ladeó la cabeza confundida, como si hubiera hablado en otro idioma — Corres
peligro — Gastón jamás me haría daño.
—Más
peligro del que imaginas — insistió — y más del que imaginas tú, chico.
—Acabas
de alimentarte de sangre — dije más por Gastón que por mí — Se nota que has
comido. Nos cambia el color, y nos hace más fuertes.
—Ahora
soy más fuerte — convino la vampira, que seguía fulminando a Gastón con una
mirada cargada de odio. Tenía que reducir la tensión. Y pronto.
—Gastón
es un amigo. No está aquí para hacerte daño.
—Ya
veo — dijo ella mirando el puñal de Gastón.
Incómodo
y a disgusto, Gastón volvió a enfundar el puñal. Cuando habló, lo hizo en tono
cortante.
—La
familia de Albion, ¿no tuviste nada que ver con eso? Nosotros creíamos que sí.
—La
gente comete estupideces — dijo la vampira en un tono extrañamente soñador.
Despacio, se deshizo de la bolsa apartándola con los pies, como una niña
saliendo de un saco de dormir.
—Necesito
saber quién lo hizo — dijo Gastón — Un ser mortífero anda suelto por ahí,
haciendo mucho daño. Si sabes quién ha estado merodeando por Albion, si tienes
alguna conexión con esa banda, dímelo. Yo puedo ocuparme, y tú puedes, bueno,
tú puedes irte a hacer lo que haces.
En
lugar de responder a Gastón, me miró con sus grandes ojos castaños:
—¿Sabe
lo que eres?
—Lo
sabe todo. Dinos lo que necesitamos saber y nos aseguraremos de que no corras
peligro.
Los
dedos se le relajaron lentamente y me soltó la mano. La lámpara que
colgaba del techo estaba casi directamente detrás de ella, convirtiéndole el
sedoso cabello trigueño en una especie de aureola. Pensé en los pocos años que
debía de tener cuando murió, quizá solo catorce.
Justo
cuando la vampira abría la boca para hablar, la puerta del depósito se abrió de
golpe. Todos dimos un respingo y a mí se me encogió el corazón al ver a Lala y
a Kate en el umbral. Lala tenía su ballesta preparada y Kate sostenía una
estaca.
—¡Apartaos!
— gritó Lala — Han llegado los refuerzos.
La
vampira chilló, un sonido de otro mundo, como el grito de un halcón abatiéndose
sobre su presa. Corrió a esconderse en un rincón, detrás de la mesa de
autopsias.
—Una
trampa — susurró — Como siempre.
Yo
quise decirle que no habíamos tenido intención de que ocurriera aquello, pero Gastón
me agarró por los brazos para que guardara silencio. Empezó a retroceder,
poniéndome fuera del alcance de la ballesta de Lala.
Ni
Kate ni Lala hablaron con la
vampira. Kate permaneció en el umbral de la puerta mientras Lala
avanzaba lentamente, con una expresión que ya no tenía nada de dulce. Yo
percibía que era buena persona, pero estaba a punto de hacer algo horrible y
tenía que detenerla.
Con
una rapidez cegadora, la vampira extendió un brazo y yo vi un vertiginoso
destello metálico una milésima de segundo antes de que Lala gritara y
retrocediera hasta la pared. Mientras Lala se desplomaba, la vampira saltó
hacia delante con una fuerza sobrehumana, arremetiendo contra Kate y cayendo
al suelo del pasillo encima de ella.
—¡Mamá!
— gritó Gastón corriendo hacia Kate. Pero la vampira no tenía intención de
matar y menos aún pelear. Salió huyendo y oímos el eco de sus viejos zapatos
golpeando el suelo embaldosado.
Madre
e hijo corrieron tras ella mientras Gastón gritaba:
—
¡Ocúpate de Lala!
Yo
sabía que intentaría ayudar a la vampira. Pero ¿qué debía hacer yo por Lala? No
sabía nada de medicina. Sin embargo, cuando vi su cara de sufrimiento, fui
inmediatamente a su lado.
—¿Es
grave?
—Bastante
— Hizo una mueca de dolor — Debía de ser un cuchillo para hacer autopsias. No
creo que... el brazo esté roto... pero... ¿hay mucha sangre?
—Sí,
pero no te ha dado en la arteria — Sabía lo suficiente para darme cuenta de
que, si tuviera la arteria seccionada, la sangre le estaría saliendo a
borbotones de la herida; en cambio, una espesa sangre roja le estaba calando
lentamente la camisa, llegándole ya hasta el codo — No voy a sacarte el
cuchillo. Esto es más de lo que podemos tratar con nuestro botiquín de primeros
auxilios. Deberíamos ir al servicio de urgencias.
—¿Y
cómo vamos a explicar exactamente esto a los médicos? — Lala gimió apoyando la
cabeza contra la pared.
Advertí que estaba a punto de desmayarse — No, tenemos que
salir de aquí.
—¡Necesitas
atención médica!
—Hay
más material en el cuarto de curas. Podemos... podemos resolverlo. Tú solo
ayúdame a levantarme, ¿vale?
—Vale
— Le pasé el brazo sano por detrás de mi cuello y la saqué al pasillo. Allí
había más luz, y por primera vez vi el rojo intenso de la mancha de sangre, de
una belleza indescriptible.
Entonces
sentí hambre.
No
era la misma hambre que había sentido al besar a Gastón. Era distinta, más
básica, pero igual de fuerte. La sangre de Lala olía a filete, a playa, a todas
las cosas maravillosas que yo deseaba y llevaba tanto tiempo sin disfrutar. Cuando
respiraba por la boca, casi podía notar su sabor a hierro y la mano que tenía
en su hombro registraba todos los latidos de su pulso. Me dolía la mandíbula,
como si estuvieran a punto de salirme los colmillos. No podía pensar, no podía
hablar, no podía hacer nada salvo desear beber….
ahhh xfin subistes capitulo me encanto subi rapido
ResponderEliminarQue Rocio no arruine todo!
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