sábado, 8 de diciembre de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veintitres


Janice y Paul Hubert eran la pareja perfecta para dirigir una casa de huéspedes a media pensión. Los huevos de la se­ñora Hubert nunca estaban fríos, y ni una de sus galletas ha­bía salido quemada nunca por debajo. Y el señor Hubert dis­frutaba realmente desatascando inodoros y podía hablar con los clientes durante horas sin aburrirse. Gastón les despidió a la semana y media.
-¿Necesitas ayuda?
Gastón sacó la cabeza de la nevera y vio a Julia en pie jun­to a la puerta de la cocina. Eran las once de la noche y habían transcurrido dos semanas y un día desde la marcha de Rocío. También hacía cuatro días que había despedido a los Hubert, y estaba todo patas arriba.
Faltaban dos semanas para el comienzo de la pretempo­rada, y Gas no estaba a punto. Sabía que tenía que agrade­cerle a Julia que se hubiera quedado para ayudarle, pero no había encontrado el momento, y eso le hacía sentirse culpa­ble. Se la veía triste desde que Liam Jenner había dejado de aparecer para desayunar. Había intentado sacar el tema en una ocasión, pero lo había hecho tan torpemente que ella había fingido no entenderle.
-Estoy buscando levadura rápida. Amy me ha dejado una nota diciendo que tal vez la necesitará. ¿Qué diablos es la levadura rápida?
-No tengo ni idea -respondió Julia-. Mi cocina se li­mita a los platos preparados.
-Ya. A la porra -dijo cerrando la puerta. -¿Echas de menos a los Hubert?
-No. Sólo cómo cocinaba ella y cómo se encargaba él de todo.
-Ah.
Julia se quedó mirándole, momentáneamente más di­vertida que apesadumbrada.
-No me gustaba cómo trataba ella a los niños -murmuró Gastón-. Y él estaba volviendo loco a Troy. ¿A quién le importa si hay que segar la hierba en el sentido de las agu­jas del reloj o en el sentido contrario?
-Tampoco es que ella tratara mal a los niños. Sólo que no le daba galletas al primer mocoso que se asomara a la puerta de la cocina, como hacía Rochi.
-La vieja bruja los ahuyentaba como si fueran cuca­rachas. Y no era capaz de dedicarles algunos minutos para contarles algún cuento. ¿Es demasiado pedir? Si un niño quiere oír un cuento, ¿no crees que podría soltar la maldi­ta botella de desinfectante durante un rato para contarle un cuento?
-No oí en ningún momento que los niños le pidieran a la señora Hubert que les contara un cuento.
-¡Pues sí que se lo pedían a Rocío!
-Cierto.
-¿Qué crees que significa eso?
-Nada.
Gas abrió la tapa del tarro de galletas, pero volvió a ce­rrarla al recordar que no eran artesanales: las habían com­prado en la tienda. Cambió de idea y cogió una cerveza de la nevera.
-Su marido era aún peor -protestó Gastón.
-Cuando oí que les decía a los niños que no jugaran al fútbol en el espacio comunitario porque estropeaban la hier­ba, ya imaginé que estaba condenado.
-Slytherin.
-Sin embargo, a los clientes de la casa de huéspedes les encantaban los Hubert -señaló Julia.
-Eso es porque, a diferencia de la gente de las casitas, ellos no tienen niños aquí.
Gastón le ofreció una cerveza a Julia, pero ella negó con la cabeza y cogió un vaso de agua del armario.
-Me alegro de que los O'Brian se queden otra semana más -dijo Julia-, aunque echo de menos a Cody y a las ni­ñas Kramer. Aun así, los niños nuevos son majos. He visto que habías comprado más bicicletas.
-Me he olvidado de los más pequeños. Debería haber comprado tacatás.
-Todos los niños mayores se lo pasan en grande con la canasta de baloncesto, e hiciste bien en contratar a un soco­rrista.
-Algunos de los padres son demasiado despreocupados.
Gastón llevó su cerveza a la mesa de la cocina, se sentó, y dudó unos instantes. Ya lo había pospuesto demasiado, y por fin dijo:
-Te agradezco mucho cómo me estás ayudando.
-No me importa, aunque echo de menos a Rocpio. Todo resulta más divertido cuando ella está aquí.
Sin darse cuenta, Gastón se puso a la defensiva.
-No digas eso. Nos hemos divertido mucho sin ella.
-No es verdad. Los niños O'Brian no dejan de quejar­se, los mayores la echan de menos, y tú estás gruñón y poco razonable. -Julia se inclinó sobre el fregadero-. GastónKevin, ya hace dos semanas. ¿No crees que ya va siendo hora de ir tras ella? Amy, Troy y yo podemos encargarnos del campamen­to durante algunos días.
¿No se daba cuenta de que él ya había considerado esa cuestión desde cientos de ángulos diferentes? No había nada que quisiera más, pero no podía ir tras ella, a menos que qui­siera sentar la cabeza para siempre como hombre casado, y eso era algo que no podía hacer.
-No sería justo.
-¿Justo para quién?
Gastón levantó la etiqueta de la botella con la uña del pulgar.
-Ella me dijo... que tiene sentimientos.
-Ya. ¿Y tú no?
Gas tenía tantos sentimientos que no sabía qué hacer con ellos, pero ninguno le iba a hacer perder de vista lo que era más importante.
-Tal vez dentro de cinco o seis años las cosas sean dife­rentes, pero ahora mismo no tengo tiempo para nada que no sea mi carrera. Y, seamos realistas, ¿tú nos ves a Rochi y a mí juntos a largo plazo?
-Sin ningún problema.
-¡Vamos! -Gas se levantó de un brinco de su silla-. ¡Yo soy un deportista! Me encanta estar activo, y ella detes­ta el deporte.
-Pues para detestar los deportes, es una atleta excelente.
-No lo hace mal, supongo.
-Nada maravillosamente y salta como una campeona.
-Eso es por los campamentos de verano.
-Es una excelente jugadora de béisbol.
-Campamentos de verano.
-Es una entendida en fútbol americano.
-Eso es sólo porque...
-Y juega al fútbol europeo.
-Sólo con Paloma.
-Ha estudiado artes marciales.
Gas ya se había olvidado de aquella pose de kungfu que  le había visto en invierno.
-Y me dijo que había jugado en el equipo de tenis del instituto.
-Ahí está. A mí no me gusta nada el tenis.
-Probablemente porque no se te debe dar bien.
«¿Y eso, Julia, cómo lo sabía?»
La sonrisa de ella pareció peligrosamente compasiva.
-Yo diría que te va a resultar difícil encontrar a una mu­jer tan deportista y aventurera como Rocío Igarzabal.
-Seguro que no saltaría en caída libre.
-Seguro que sí.
El tono mohíno de la voz de Gastón resultaba evidente in­cluso para sus propios oídos. Y Julia tenía razón en lo de la caída libre. Gas casi pudo oír los chillidos de Rocío des­pués de empujarla fuera del avión. Aunque sabía que disfru­taría más cuando se abriera el paracaídas.
Que Rochi se hubiera enamorado de él le hacía sentir mal. Y le enojaba. Lo suyo había sido algo temporal desde el principio, así que no tenía por qué sentirse como si le hubie­ra dado pie. Y seguro que no le había prometido nada. Vaya, que la mitad del tiempo apenas había sido educado.
Era el sexo. Todo había ido bien hasta entonces. Si hu­biera seguido con los pantalones abrochados y las manos quietas, no habría pasado nada, pero no había sido capaz de hacerlo, no después de estar juntos un día tras otro. ¿Y quién podía culparle?
Pensó en la manera en que reía. ¿Qué hombre no habría deseado tener aquella sonrisa bajo sus labios? Y aquellos ojos azules y grises con aquel endemoniado sesgo eran un desa­fío sexual deliberado. ¿Cómo no pensar en hacer el amor ca­da vez que los ojos de Rocío se volvían hacia él?
Pero Rochi conocía las reglas, y el sexo fantástico no es ninguna promesa, no en los tiempos que corren. Todo ese rollo que le había soltado sobre su incapacidad de establecer relaciones emocionales no tenía nada que ver con él: Gastón tenía relaciones, sin duda. E importantes. Tenía a Candela y Victorio.
Con los que no había hablado desde hacía semanas.
Se quedó mirando a Julia y, tal vez porque era tarde y es­taba bajo de defensas, acabó contándole más de lo que hu­biera querido.
-Rocío tiene ciertas opiniones sobre mí que yo no com­parto.
-¿Qué tipo de opiniones?
-Ella cree... -Gas dejó la botella-. Dice que soy emocionalmente superficial.
-¡No lo eres! -Los ojos de Julia centellearon-. ¡Qué cosa tan terrible de decir!
-Ya, pero el caso es...
-Eres un hombre muy complicado. Dios mío, si fueras superficial, te habrías librado de mí directamente.
-Lo intenté...
-Me habrías dado unas palmaditas en el hombro y me ha­brías prometido enviarme una postal de Navidad. Yo me habría dado por satisfecha y habría desaparecido con mi co­che por el horizonte. Pero eres demasiado sincero emocio­nalmente para hacerlo, y por eso mi estancia aquí te ha re­sultado tan dolorosa.
-Me gusta que lo digas, pero...
-Oh, Gastón... Ni se te ocurra nunca considerarte su­perficial. Rochi me cae bien, pero si alguna vez le oigo decir eso de ti, ella y yo vamos a tener que discutir.
Gastón quiso reír, pero le empezaron a escocer los ojos y sus pies se movieron, y, casi sin darse cuenta, se encontró abriendo los brazos. Nadie como la madre de un hombre para salir en su defensa cuando llega la hora de la verdad, in­cluso aunque no se lo merezca.
Gastón le dio un abrazo intenso, posesivo. Ella emitió un sonido que a Gas le recordó a un gato recién nacido. Gastón la abrazó con más fuerza.
-Hay algunas cosas que siempre quise preguntarte.
Gas sintió un sollozo tembloroso contra su pecho. Se aclaró la garganta.
-¿Tú tuviste que ir a clases de música y aburrirte fren­te al piano?
-Oh, Gastón... Todavía no distingo una nota de otra.
-¿Y te salen erupciones alrededor de la boca cada vez que comes tomate?
Julia se abrazó más intensamente.
-Si como demasiado.
-¿Y qué me dices de los moniatos? -Gas oyó un so­llozo ahogado-. A todo el mundo le gustan excepto a mí, y siempre me pregunté... -Gastón calló, porque empezaba a resultarle difícil hablar, y en su interior algunas de las piezas que nunca habían acabado de encajar comenzaron a unirse.
Estuvieron un rato simplemente abrazados y finalmen­te empezaron a hablar, intentando ponerse al día de tres décadas en una sola noche, tropezando con las palabras, cu­briendo poco a poco sus lagunas. Evitaron únicamente dos temas: Rocío y Liam Jenner.
A las tres de la madrugada, cuando finalmente se sepa­raron en la planta superior, Juliale acarició la mejilla.
-Buenas noches, cielo.
-Buenas noches...
«Buenas noches, mamá.» Eso era lo que quería decir, pero le pareció una traición a Silvia , y eso no podía ha­cerlo. Silvia tal vez no había sido la madre de sus sueños, pero lo había querido con todo su corazón, y Gastón la había correspondido con su amor. Sonrió.
-Buenas noche, mamá Julia.
Y entonces las lágrimas inundaron los ojos de Julia:
 -Oh, Gas... Gas, mi pequeñín.
Gastón se acostó aquella noche con una sonrisa en los la­bios.
Cuando pocas horas más tarde el despertador le obligó a levantarse de la cama para preparar los desayunos, pensó en la noche anterior, y supo que a partir de entonces Julia ya formaría parte de su vida permanentemente. Y se sintió bien. Era exactamente como tenía que ser.
Al contrario que todo lo demás.
Mientras bajaba hacia la cocina, gris y vacía, se dijo a sí mismo que no había ningún motivo para sentirse culpable con Rochi, pero su conciencia pareció no hacerle ningún caso. Hasta que encontrase la manera de compensarla, jamás podría dejar de pensar en ella.
Entonces se le ocurrió. Había dado con la solución per­fecta.

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