Janice y Paul Hubert
eran la pareja perfecta para dirigir una casa de huéspedes a media pensión. Los
huevos de la señora Hubert nunca estaban fríos, y ni una de sus galletas había
salido quemada nunca por debajo. Y el señor Hubert disfrutaba realmente
desatascando inodoros y podía hablar con los clientes durante horas sin
aburrirse. Gastón les despidió a la semana y media.
-¿Necesitas ayuda?
Gastón sacó la cabeza de la nevera y vio
a Julia en pie junto a la puerta de la cocina. Eran las once de la noche y
habían transcurrido dos semanas y un día desde la marcha de Rocío. También
hacía cuatro días que había despedido a los Hubert, y estaba todo patas arriba.
Faltaban dos semanas para el comienzo de
la pretemporada, y Gas no estaba a punto. Sabía que tenía que agradecerle a Julia
que se hubiera quedado para ayudarle, pero no había encontrado el momento, y
eso le hacía sentirse culpable. Se la veía triste desde que Liam Jenner había
dejado de aparecer para desayunar. Había intentado sacar el tema en una
ocasión, pero lo había hecho tan torpemente que ella había fingido no
entenderle.
-Estoy buscando levadura rápida. Amy me
ha dejado una nota diciendo que tal vez la necesitará. ¿Qué diablos es la
levadura rápida?
-No tengo ni idea -respondió Julia-. Mi
cocina se limita a los platos preparados.
-Ya. A la porra -dijo
cerrando la puerta. -¿Echas de menos a los Hubert?
-No. Sólo cómo cocinaba ella y cómo se
encargaba él de todo.
-Ah.
Julia se quedó mirándole, momentáneamente
más divertida que apesadumbrada.
-No me gustaba cómo trataba ella a los
niños -murmuró Gastón-. Y él estaba volviendo loco a Troy. ¿A quién le importa
si hay que segar la hierba en el sentido de las agujas del reloj o en el
sentido contrario?
-Tampoco es que ella tratara mal a los
niños. Sólo que no le daba galletas al primer mocoso que se asomara a la puerta
de la cocina, como hacía Rochi.
-La vieja bruja los ahuyentaba como si
fueran cucarachas. Y no era capaz de dedicarles algunos minutos para contarles
algún cuento. ¿Es demasiado pedir? Si un niño quiere oír un cuento, ¿no crees
que podría soltar la maldita botella de desinfectante durante un rato para
contarle un cuento?
-No oí en ningún momento que los niños le
pidieran a la señora Hubert que les contara un cuento.
-¡Pues sí que se lo pedían a Rocío!
-Cierto.
-¿Qué crees que significa eso?
-Nada.
Gas abrió la tapa del tarro de galletas,
pero volvió a cerrarla al recordar que no eran artesanales: las habían comprado
en la tienda. Cambió de idea y cogió una cerveza de la nevera.
-Su marido era aún peor -protestó Gastón.
-Cuando oí que les decía a los niños que
no jugaran al fútbol en el espacio comunitario porque estropeaban la hierba,
ya imaginé que estaba condenado.
-Slytherin.
-Sin embargo, a los clientes de la casa
de huéspedes les encantaban los Hubert -señaló Julia.
-Eso es porque, a
diferencia de la gente de las casitas, ellos no tienen niños aquí.
Gastón le ofreció una cerveza a Julia,
pero ella negó con la cabeza y cogió un vaso de agua del armario.
-Me alegro de que los O'Brian se queden
otra semana más -dijo Julia-, aunque echo de menos a Cody y a las niñas
Kramer. Aun así, los niños nuevos son majos. He visto que habías comprado más
bicicletas.
-Me he olvidado de los más pequeños.
Debería haber comprado tacatás.
-Todos los niños mayores se lo pasan en
grande con la canasta de baloncesto, e hiciste bien en contratar a un socorrista.
-Algunos de los padres son demasiado
despreocupados.
Gastón llevó su cerveza a la mesa de la
cocina, se sentó, y dudó unos instantes. Ya lo había pospuesto demasiado, y por
fin dijo:
-Te agradezco mucho cómo me estás
ayudando.
-No me importa, aunque echo de menos a Rocpio.
Todo resulta más divertido cuando ella está aquí.
Sin darse cuenta, Gastón se puso a la
defensiva.
-No digas eso. Nos hemos divertido mucho
sin ella.
-No es verdad. Los niños O'Brian no dejan
de quejarse, los mayores la echan de menos, y tú estás gruñón y poco
razonable. -Julia se inclinó sobre el fregadero-. GastónKevin, ya hace dos
semanas. ¿No crees que ya va siendo hora de ir tras ella? Amy, Troy y yo
podemos encargarnos del campamento durante algunos días.
¿No se daba cuenta de que él ya había
considerado esa cuestión desde cientos de ángulos diferentes? No había nada que
quisiera más, pero no podía ir tras ella, a menos que quisiera sentar la
cabeza para siempre como hombre casado, y eso era algo que no podía hacer.
-No sería justo.
-¿Justo para quién?
Gastón levantó la etiqueta de la botella
con la uña del pulgar.
-Ella me dijo... que tiene sentimientos.
-Ya. ¿Y tú no?
Gas tenía tantos sentimientos que no
sabía qué hacer con ellos, pero ninguno le iba a hacer perder de vista lo que
era más importante.
-Tal vez dentro de cinco o seis años las
cosas sean diferentes, pero ahora mismo no tengo tiempo para nada que no sea
mi carrera. Y, seamos realistas, ¿tú nos ves a Rochi y a mí juntos a largo
plazo?
-Sin ningún problema.
-¡Vamos! -Gas se levantó de un brinco de
su silla-. ¡Yo soy un deportista! Me encanta estar activo, y ella detesta el
deporte.
-Pues para detestar los deportes, es una
atleta excelente.
-No lo hace mal, supongo.
-Nada maravillosamente y salta como una
campeona.
-Eso es por los campamentos de verano.
-Es una excelente jugadora de béisbol.
-Campamentos de verano.
-Es una entendida en fútbol americano.
-Eso es sólo porque...
-Y juega al fútbol europeo.
-Sólo con Paloma.
-Ha estudiado artes marciales.
Gas ya se había olvidado de aquella pose
de kungfu que le había visto en
invierno.
-Y me dijo que había jugado en el equipo
de tenis del instituto.
-Ahí está. A mí no me gusta nada el
tenis.
-Probablemente porque no se te debe dar
bien.
«¿Y eso, Julia, cómo lo sabía?»
La sonrisa de ella pareció peligrosamente
compasiva.
-Yo diría que te va a resultar difícil
encontrar a una mujer tan deportista y aventurera como Rocío Igarzabal.
-Seguro que no saltaría en caída libre.
-Seguro que sí.
El tono mohíno de la voz de Gastón
resultaba evidente incluso para sus propios oídos. Y Julia tenía razón en lo
de la caída libre. Gas casi pudo oír los chillidos de Rocío después de
empujarla fuera del avión. Aunque sabía que disfrutaría más cuando se abriera
el paracaídas.
Que Rochi se hubiera enamorado de él le
hacía sentir mal. Y le enojaba. Lo suyo había sido algo temporal desde el
principio, así que no tenía por qué sentirse como si le hubiera dado pie. Y
seguro que no le había prometido nada. Vaya, que la mitad del tiempo apenas
había sido educado.
Era el sexo. Todo había ido bien hasta
entonces. Si hubiera seguido con los pantalones abrochados y las manos
quietas, no habría pasado nada, pero no había sido capaz de hacerlo, no después
de estar juntos un día tras otro. ¿Y quién podía culparle?
Pensó en la manera en que reía. ¿Qué
hombre no habría deseado tener aquella sonrisa bajo sus labios? Y aquellos ojos
azules y grises con aquel endemoniado sesgo eran un desafío sexual deliberado.
¿Cómo no pensar en hacer el amor cada vez que los ojos de Rocío se volvían
hacia él?
Pero Rochi conocía las reglas, y el sexo
fantástico no es ninguna promesa, no en los tiempos que corren. Todo ese rollo
que le había soltado sobre su incapacidad de establecer relaciones emocionales
no tenía nada que ver con él: Gastón tenía relaciones, sin duda. E importantes.
Tenía a Candela y Victorio.
Con los que no había hablado desde hacía
semanas.
Se quedó mirando a Julia y, tal vez
porque era tarde y estaba bajo de defensas, acabó contándole más de lo que hubiera
querido.
-Rocío tiene ciertas opiniones sobre mí
que yo no comparto.
-¿Qué tipo de opiniones?
-Ella cree... -Gas dejó la botella-. Dice
que soy emocionalmente superficial.
-¡No lo eres! -Los ojos de Julia
centellearon-. ¡Qué cosa tan terrible de decir!
-Ya, pero el caso es...
-Eres un hombre muy complicado. Dios mío,
si fueras superficial, te habrías librado de mí directamente.
-Lo intenté...
-Me habrías dado unas palmaditas en el
hombro y me habrías prometido enviarme una postal de Navidad. Yo me habría
dado por satisfecha y habría desaparecido con mi coche por el horizonte. Pero
eres demasiado sincero emocionalmente para hacerlo, y por eso mi estancia aquí
te ha resultado tan dolorosa.
-Me gusta que lo digas, pero...
-Oh, Gastón... Ni se te ocurra nunca considerarte
superficial. Rochi me cae bien, pero si alguna vez le oigo decir eso de ti,
ella y yo vamos a tener que discutir.
Gastón quiso reír, pero le empezaron a
escocer los ojos y sus pies se movieron, y, casi sin darse cuenta, se encontró
abriendo los brazos. Nadie como la madre de un hombre para salir en su defensa
cuando llega la hora de la verdad, incluso aunque no se lo merezca.
Gastón le dio un abrazo intenso,
posesivo. Ella emitió un sonido que a Gas le recordó a un gato recién nacido. Gastón
la abrazó con más fuerza.
-Hay algunas cosas que siempre quise
preguntarte.
Gas sintió un sollozo tembloroso contra
su pecho. Se aclaró la garganta.
-¿Tú tuviste que ir a clases de música y
aburrirte frente al piano?
-Oh, Gastón... Todavía no distingo una nota
de otra.
-¿Y te salen erupciones alrededor de la
boca cada vez que comes tomate?
Julia se abrazó más intensamente.
-Si como demasiado.
-¿Y qué me dices de los moniatos? -Gas
oyó un sollozo ahogado-. A todo el mundo le gustan excepto a mí, y siempre me
pregunté... -Gastón calló, porque empezaba a resultarle difícil hablar, y en su
interior algunas de las piezas que nunca habían acabado de encajar comenzaron a
unirse.
Estuvieron un rato simplemente abrazados
y finalmente empezaron a hablar, intentando ponerse al día de tres décadas en
una sola noche, tropezando con las palabras, cubriendo poco a poco sus
lagunas. Evitaron únicamente dos temas: Rocío y Liam Jenner.
A las tres de la madrugada, cuando
finalmente se separaron en la planta superior, Juliale acarició la mejilla.
-Buenas noches, cielo.
-Buenas noches...
«Buenas noches, mamá.» Eso era lo que
quería decir, pero le pareció una traición a Silvia , y eso no podía hacerlo. Silvia
tal vez no había sido la madre de sus sueños, pero lo había querido con todo su
corazón, y Gastón la había correspondido con su amor. Sonrió.
-Buenas noche, mamá Julia.
Y entonces las lágrimas inundaron los
ojos de Julia:
-Oh, Gas... Gas, mi pequeñín.
Gastón se acostó aquella noche con una
sonrisa en los labios.
Cuando pocas horas más tarde el
despertador le obligó a levantarse de la cama para preparar los desayunos,
pensó en la noche anterior, y supo que a partir de entonces Julia ya formaría
parte de su vida permanentemente. Y se sintió bien. Era exactamente como tenía
que ser.
Al contrario que todo lo demás.
Mientras bajaba hacia la cocina, gris y
vacía, se dijo a sí mismo que no había ningún motivo para sentirse culpable con
Rochi, pero su conciencia pareció no hacerle ningún caso. Hasta que encontrase
la manera de compensarla, jamás podría dejar de pensar en ella.
Entonces se le ocurrió. Había dado con la
solución perfecta.
Por el amor de Dios! Que la busque de una buena vez
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