Daphne estaba de muy mal humor. Un mal humor que la acompañó mientras
estuvo preparando sus galletas preferidas, de harina de avena y fresas, y
siguió a su lado durante toda su conversación con Murphy el Ratón, que se
había mudado al bosque pocas semanas antes. Ni siquiera el montón de nuevas
monedas brillantes que tintineaban en su mochila rosa la hacían sentir mejor.
Quería correr a casa de Melissa para animarse, pero Melissa estaba planeando un
viaje a París con su nuevo amigo, Leo la Rana Mugidora.
Si Daphne estaba de tan mal humor era porque echaba de menos a Benny.
A veces la hacía enfadar, pero aun así era su mejor amigo. Sólo que ella ya no
era su mejor amiga. Daphne amaba a Benny, pero Benny no la amaba a ella.
Lloriqueó y se secó las lágrimas con la correa de su guitarra
eléctrica. Benny empezaba aquel día en la escuela nueva, y se divertiría tanto
que ni siquiera se acordaría de ella. Se distraería pensando en touchdowns y
en todas las conejitas que se asomarían a la valla, vestidas con esos tops que
les dejaban los hombros al descubierto e intentarían tentarle con frases de
otros idiomas, labios carnosos y pechos voluminosos. Conejitas que no le
comprendían como ella, que quedaban deslumbradas por su fama y su dinero y sus
ojos verdes, y no sabían sin embargo que le gustaban los gatos, que a veces
necesitaba entretenimiento, que no detestaba a los caniches tanto como creía,
y que le encantaba dormir acurrucado a su lado con la mano...
Rocío arrancó la hoja de papel de su
cuaderno amarillo. Se suponía que tenía que ser Daphne está de mal humor, no Daphne
interpreta un culebrón. Miró hacia el prado de Bobolink y se preguntó por
qué algunas partes de su vida eran tan alegres y otras tan tristes.
La sudadera que había extendido sobre la
hierba se había arrugado con el peso de sus piernas desnudas. Era de Gastón.
Mientras la alisaba, intentó concentrarse en las partes alegres de su vida.
Gracias a su nuevo contrato, gozaba de
tranquilidad económica por primera vez desde que se había desprendido de su
dinero, y tenía un torrente de ideas para nuevos libros. No había en el
campamento ni una habitación libre, y cuanta más responsabilidad les daba a Amy
y a Troy, mejor hacían su trabajo.
Ambos sentían aquel lugar como propio, y
le habían pedido a Rocío que considerara la posibilidad de convertir el desván
en un apartamento donde pudieran vivir todo el año. Querían mantener la casa de
huéspedes abierta todo el invierno para los entusiastas del esquí de fondo y
de las motonieves , así como para gente de ciudad a la que simplemente le
apeteciera disfrutar del invierno en el campo. Rocío había decidido
permitírselo. Cuando Gastón había estado buscando a alguien que se encargara
del campamento a jornada completa, había pasado por alto lo evidente.
Rocío detestaba lo mucho que le echaba de
menos. Probablemente, él ni siquiera pensaba en ella. Eso que se perdía. Ella
le había ofrecido su posesión más valiosa y, en vez de asirla con fuerza, la
había rechazado.
Cogió su cuaderno. Si no podía trabajar en Daphne está de malhumor, al menos
podía hacer una lista de provisiones para que Troy fuera al pueblo a
comprarlas. Amy estaba preparando su nueva especialidad para el té: pastelitos
viciosos, que eran pastelitos de chocolate adornados con coco verde glaseado y
gusanos de gominola. Rocío iba a echar de menos la ayuda que Julia le prestaba
con los huéspedes, aun que no tanto como su compañía. Su humor mejoró un poco
al pensar en lo felices que eran Julia y Leo la Rana Mugidora.
Rocío oyó un movimiento a sus espaldas y
dejó a un lado su cuaderno. Alguno de los huéspedes había encontrado su
escondrijo. En lo que llevaba de mañana había hecho reservas para el
restaurante, había dibujado mapas para llegar a tiendas de antigüedades y
campos de golf, había desatascado un inodoro, había sujetado con cinta
adhesiva una ventana rota y había ayudado a los niños mayores a organizar una
busca de aves carroñeras.
Cediendo ante lo inevitable, se volvió...
y vio a Gastón cruzando la valla de la parte inferior del prado.
Rocío se olvidó de respirar. La montura
de sus Rayban plateadas destellaba, y la brisa despeinaba sus cabellos. Llevaba
unos pantalones caquis anchos y una camiseta azul celeste. Hasta que no lo tuvo
más cerca no vio que llevaba un dibujo de Daphne impreso en la camiseta.
Gastón se detuvo frente a ella y se quedó
allí de pie, mirándola. Rocío estaba sentada en el prado con las piernas cruzadas;
el sol brillaba sobre sus hombros desnudos y un par de mariposas
amarillas revoloteaban alrededor de su cabeza como si llevara lacitos en el
pelo. Rocío encarnaba todos los sueños que Gastón había perdido esa madrugada,
sueños acerca de todo lo que hasta aquel momento no había comprendido que
necesitaba. Ella era su compañera de juegos, su confidente, la amante que hacía
palpitar su corazón. Era la madre de sus hijos y su compañía para la vejez.
Era la alegría de su corazón.
Y le estaba mirando como a una mofeta que se hubiera aventurado a
salir del bosque.
-¿Qué quieres?
¿Qué había pasado con el «bésame, tonto»?
Vaaaale... Gastón se quitó las gafas de sol y probó suerte con su consabida
sonrisa de playboy.
-¿Qué? ¿Cómo va todo?
¿Lo había dicho realmente? ¿Había dicho realmente «como va todo»? Se
merecía todo lo que le iba a arrojar encima.
-No podría ir mejor. Bonita camiseta. Y
ahora, lárgate de mi propiedad.
Se había acabado la mujer que le había
deseado lo mejor la última vez que
habían estado juntos.
-Yo, mmm... Me han dicho que tal vez
vendas el campamento.
-Cuando tenga tiempo para hacerlo.
-Tal vez te lo vuelva a comprar.
-Tal vez no -dijo Rocío poniéndose en
pie. Se le habían quedado pegadas algunas briznas de hierba en la parte
exterior de una de esas piernas que a Gastón tanto le gustaban-. ¿Por qué no
estás en el stage de pretemporada?
-¿Stage de pretemporada? -dijo
guardándose las gafas de sol en el bolsillo.
-Se supone que los veteranos teníais que
presentaros esta mañana.
-Maldita sea, en ese
caso voy a tener problemas.
-¿Te ha enviado María?
-No exactamente.
-Entonces, ¿qué pasa?
-Quería hablar contigo, eso es todo.
Decirte algunas cosas.
-Se supone que deberías estar en el stage de pretemporada.
-Eso ya lo has dicho.
-Una sola llamada y habré averiguado por
qué no estás allí.
Gastón todavía no quería hablarle de eso,
así que se metió las manos en los bolsillos y dijo:
-Antes, sería conveniente que escuchases
lo que que quiero decirte.
-Déjame tu teléfono móvil.
-Está en el coche.
Rocío cogió una
sudadera que a Gastón le pareció recordar que era suya y se dirigió hacia la
valla del extremo del prado.
-Llamaré desde la casa.
-Estoy ausente sin permiso, ¿de acuerdo?
¡Me van a traspasar!
Rocío se volvió de golpe.
-¿Traspasar? ¡No pueden hacer eso!
-Están locos, y pueden hacer todo lo que
les plazca.
-No sin echar a perder la temporada. -Rocío
se anudó la sudadera a la cintura y, con paso firme, se plantó ante él-. Dime
exactamente qué ha ocurrido. Palabra por palabra.
-No quiero -dijo Gastón con un nudo en la
garganta. Y consciente de la torpeza de su lengua, añadió-: Antes quiero
decirte lo guapa que estás.
Rocío le miró con suspicacia.
-Estoy exactamente igual que la última
vez que me viste, excepto que se me ha quemado la nariz por el sol.
-Eres hermosa. -Gastón se acercó a ella-.
Y quiero casarme contigo. De verdad. Para siempre.
Rocío pestañeó.
-¿Por qué?
Las cosas no estaban
yendo como él había planeado. Quería tocarla, pero al verla fruncir el ceño con
tanto énfasis se lo pensó dos veces.
-Porque te quiero. En
serio. Más de lo que jamás habría podido imaginar.
Un silencio perfecto.
-Rocío, escúchame.
Siento lo ocurrido, siento haber tardado tanto en darme cuenta de lo que
quiero, pero mientras estaba contigo me lo pasaba demasiado bien como para
pensar. Cuando te marchaste, sin embargo, las cosas no fueron tan bien, y ví
que todo lo que habías dicho sobre mí era cierto. Tenía miedo. Dejé que el
fútbol se convirtiera en toda mi vida. Era la única cosa de la que estaba
seguro, y por eso este año estaba tan desasosegado. Notaba un vacío en mi interior
que intentaba llenar, pero seguía equivocándome. Aunque te aseguro que ya no
siento ese vacío, porque estoy contigo.
El corazón de Rocío
latía con tanta fuerza que temió que él pudiera oírlo. ¿Hablaba en serio? Su
aspecto así lo indicaba, parecía preocupado, molesto, más serio de lo que le
había visto nunca. Y si hablaba realmente en serio, ¿qué?
Como niña víctima de
abusos emocionales, tenía un gran instinto de supervivencia, y no pensaba dejar
de guiarse por él.
-Háblame de lo del traspaso.
-No quiero hablar de
eso ahora. Hablemos de nosotros. De nuestro futuro.
-No puedo hablar del
futuro a menos que comprenda el presente.
Gastón debería haber
sabido que no iba a cejar en su empeño, pero aun así intentó despistarla.
-Te he echado tanto de menos. Sin ti,
dejé de ser feliz.
Era todo lo que Rocío quería oír. Y aun
así...
-Lo único que tengo que hacer es
llamarla.
Gastón caminó hacia la valla.
-De acuerdo, lo haremos a tu manera -dijo
agarrándose a la baranda con una mano-. Quise arreglar las cosas con ellos de
una vez por todas, así que fui a su casa. Nicolás no estaba, pero hablé con María.
Le dije que te amaba y que te iba a pedir que te casaras conmigo de verdad. Le
dije que quería su bendición.
Rocío necesitaba algo donde sujetarse,
pero no había nada cerca, así que se dejó caer sobre la hierba, se llevó las
rodillas al pecho y se concentró en respirar.
Gastón la miró.
-Podrías alegrarte un poco.
-Cuéntame el resto.
-A María no le gustó -dijo apartándose de
la valla-. A decir verdad, se mostró muy disgustada. Me acusó de utilizarte
como póliza de seguros para mi retirada.
-No lo comprendo.
-Todo el mundo sabe que quiero acabar de
entrenador, y he hablado con Nicolás sobre su trabajo en el despacho principal.
Y entonces Rocío lo comprendió.
-Te dijo que me estabas utilizando para
garantizarte un futuro con los Stars, ¿es eso?
Gastón estalló.
-¡No necesito ninguna garantía! ¡Hace
tiempo que vengo demostrando lo que valgo! No hay ningún jugador en la liga
que sepa tanto de fútbol como yo, pero María me miró como si fuera un parásito
y un don nadie. Rochi, comprendo que quieras a tu hermana, pero el fútbol es
un deporte en el que lo importante es ganar, y tengo que decirte que en estos
momentos le he perdido todo el respeto.
Las piernas de Rocío habían recuperado la
fuerza suficiente como para incorporarse.
-Hay algo más, ¿no?
La expresión de Gastón era una mezcla de
ira y confusión, como si no pudiera alcanzar a comprender cómo una vida hecha
de oro había podido deslustrarse.
-Me dijo que te podía tener a ti o a los
Stars, pero no ambas cosas. Me dijo que si volvía a verte, mi carrera con el
equipo se había terminado. Si seguía lejos de ti, conservaría mi trabajo.
Rocío sintió que algo
cálido se abría en su corazón.
-¿Y la creíste?
-¡Pues por supuesto que la creí! ¡Y ella
se lo pierde! No necesito a los Stars. Ni siquiera quiero seguir jugando con
ellos.
Su tierna y entrometida hermana...
-Te estaba tomando el pelo, Gas. Todo
esto es una tomadura de pelo.
-¿Qué quieres decir?
-Quiere que yo tenga una Gran Historia de
Amor como la que tuvo ella con Nico.
-Le ví la cara. No era
ninguna tomadura de pelo.
-Se le da muy bien.
-Esto no tiene sentido. ¿Qué quiere decir
que quiere que tengas una historia de amor? Ya le dije que te amo.
-Es una romántica. Tanto como yo. Una
historia de amor corriente no le basta. Quiere que yo tenga algo que pueda
recordar toda la vida, algo que pueda sacar y examinar si te olvidas de enviar
flores en nuestro aniversario o te enfureces porque he abollado el coche.
-Seguro que tú entiendes de qué estás hablando,
pero yo no tengo ni idea.
-Si fueras mujer, lo entenderías.
-Pues perdóname por tener un...
-Las palabras son maravillosas, pero de
vez en cuando algunas pocas mujeres tienen la suerte de tener algo más, algo
inolvidable. -Aquello era algo tan básico para ella que tenía que hacérselo
comprender-. ¿No lo ves? ¡Nicolás le salvó la vida! Estaba dispuesto a dejarlo
todo por ella. Y por eso María siempre sabe que ella es lo primero, por delante
del fútbol, de su ambición, de todo. Y quería que yo tuviera lo mismo contigo,
por eso te convenció de que tenías que elegir.
-¿Se supone que tengo que creerme que
puso en peligro a todo el equipo sólo para obligarme a realizar algún tipo de
gran gesto romántico? -Gastón estaba empezando a gritar-. ¿Se supone que tengo
que creerme eso?
¡Gas la amaba! Lo pudo ver en sus
ojos, lo oyó en su frustración. Estaba dispuesto a dejar el equipo por ella, y
su corazón cantó de alegría. Pero el sonido quedó ahogado casi por completo
por otro ruido, un ruido tan inesperado como inevitable.
El estruendo de una alarma de incendios.
Rocío intentó no hacer caso. Incluso
sabiendo que la carrera de Gastón con los Stars estaba tan segura como
siempre, él no lo sabía y la realidad era que estaba dispuesto a hacer ese
sacrificio.
Sí, definitivamente, el corazón de Rocío
cantaba. Sí, aquél era un momento que podría pasarse toda la vida rememorando.
Un momento perfecto.
Excepto por la alarma de incendios.
Rocío no quiso escucharla.
-Pareces un poco enfadado.
-¿Enfadado? Qué va, ¿por qué iba a
estarlo?
-Porque creías que María te había echado
de los Stars.
-Olvidas que los Stars ya no me importan.
¡Olvidas que quiero jugar con un equipo cuyo propietario
comprenda que el objetivo del juego es ganar, y no
arriesgar millones de dólares para que su mejor quarterback pueda jugar a Sir Galahad!
El estruendo de la
alarma de incendios iba en aumento.
-En tal caso, no has
hecho ningún sacrificio.
Gastón era un campeón,
así que podía ver llegar el bombardeo a una milla de
distancia, y su expresión se volvió cauta.
-¿Eso es importante
para ti? ¿La cosa esta del gesto romántico?
Clang... clang...
clang...
-Tengo que ir a preparar
el té.
-¿No he hecho lo
suficiente? ¿Quieres algo más?
-En absoluto.
Tras soltar un insulto, Gastón
la rodeó con los brazos y empezó a llevarla hacia el bosque.
-¿Qué te parece esto
como gesto romántico?
Rocío cruzó los brazos
sobre su pecho y luego cruzó los tobillos; era el retrato
perfecto de la petulancia, pero sintió asco.
-Si implica cuerpos
desnudos, es sexo, no amor.
Por desgracia, él la
tumbó en el suelo en vez de besarla hasta ahogar el sonido de mil alarmas de
incendios.
-¿Crees que no conozco
la diferencia entre sexo y amor? ¿Crees que, como soy un
hombre, soy obtuso?
-Supongo que sólo tú
puedes responder a esa pregunta.
-Vale, pues te diré lo
que haré. -Gastón respiró profundamente y la miró
directamente a los ojos-. Ganaré la Super Bowl para ti.
Rocío vio que lo decía
en serio, y sintió en su interior un estallido
de felicidad... que el sonido de la alarma interrumpió.
Justo en aquel momento, comprendió que se enfrentaba a
la cuestión fundamental de su vida, una pregunta que tenía sus raíces en el corazón de una niña que abandonaron emocionalmente cuando era demasiado pequeña. Gastón Dalmau era lo bastante fuerte como para matar dragones, y lo bastante fuerte también como para ganar la Super Bowl para ella, pero ¿era lo bastante fuerte como para amarla incluso cuando no
fuera amable? Necesitaba una respuesta que silenciara
su alarma de incendios para siempre.
-Sólo estamos en julio,
perdedor -se burló-. Para el domingo de la Super Bowl me habré
olvidado de tu nombre.
-Eso lo dudo mucho.
-Da igual. -Rocío se
rascó una picadura de mosquito, puso cara de
aburrimiento y dijo lo más feo que había dicho en su
vida-. Estaba equivocada. En realidad creo que después
de todo no te quiero.
Horrorizada, intentó
cazar las palabras al vuelo, pero se paró
cuando vio que Gastón no parecía molesto, sino calculador.
-Mentirosa. ¿Has oído
hablar alguna vez de la gorga del río Saxeten?
-Creo que no. -¿Había
perdido unos decibelios la alarma de incendios?-. Parece
algo aburrido. ¿Has oído que te decía que no te quiero?
-Sí. Pues eso, que está
en Suiza y es un lugar peligroso como el que más. Pero
estoy dispuesto a bajar haciendo rappel hasta el fondo y, una vez allí, grabar tus iniciales en la roca.
Sí, definitivamente el
estruendo había aminorado. Rocío dio unas pataditas en la
hierba.
-Conmovedor, pero Suiza
está casi tan lejos como la
Super Bowl. Además, una vez hayas bajado hasta el fondo, lo que piensas hacer es un grafito o algo así, ¿no?
-Hay un deporte llamado
parapente. Te lanzas en paracaídas desde lo alto de una
montaña...
-A menos que vayas a
escribir mi nombre en el cielo durante el descenso, no hace
falta que te molestes.
Los ojos de Gastón se
iluminaron.
-Aunque, pensándolo
mejor -añadió Rocío rápidamente-, probablemente lo
escribirías mal. Y las montañas más cercanas están en la
otra punta del estado, así que ¿por qué no hablamos
del aquí y el ahora? Vale, tal vez sí que te quiero, pero la verdad es,
campeón, que todas estas bobadas de Hombre de Hierro pueden impresionar a los
muchachos en el vestuario, pero no te darán bebés ni comidas caseras.
¡Bebés y comidas caseras! Una familia que
sería toda suya. Y un hombre que la satisfaría hasta lo más hondo de su alma.
Y de pronto la alarma de incendios se
calló para siempre.
-Entonces, tendremos que jugar duro -dijo
Gastón.
Gastón la comprendía mejor que nadie más
en el mundo. La comprendía tan bien que todavía no había bajado los brazos ni
se había marchado furioso. Rocío escuchó el glorioso silencio que se había
hecho en su interior y quería llorar de alegría sabiendo que no tendría que
ganarse el amor de aquel hombre con un buen comportamiento perpetuo.
-Estaba dispuesto a dejar los Stars por
ti -le recordó Gastón, con expresión sagaz-. Pero supongo que eso no basta...
-Sí que basta... -Gastón sin los Stars era algo impensable.
Gas no le quitaba la mirada de encima.
-Así que tendré que darte algo más.
-No es necesario -dijo expresándole todo
su amor con una sonrisa-. Has superado la prueba.
-Demasiado tarde -dijo cogiéndola de la
mano y llevándola de nuevo hacia el campamento-. Ven conmigo, cariño.
-No, de verdad, Gastón. Ya es suficiente.
Era sólo que... Era eso de la alarma de incendios. Ya sé que es neurótico, pero
quería asegurarme de que me amas realmente. Yo...
-¿Podrías andar un poco más deprisa? Me
gustaría acabar con esto para poder empezar a trabajar en uno de esos bebés
que has mencionado.
Un bebé... Y esta vez,
todo iría bien. Rocío se dio cuenta de que Gastón la arrastraba hacia la
playa.
-No hace falta que...
-Será mejor que cojamos una de las barcas
de remos.
-No es que no me fíe de tu habilidad para
llevar una canoa, pero, la verdad, tienes un historial de aúpa.
-¿Quieres salir a navegar por el lago?
¿Ahora?
-Tenemos un asunto pendiente -dijo
llevándola hacia el embarcadero-. Tú todavía esperas un gran gesto romántico.
-¡No, de verdad! Ya has hecho el gesto
más romántico que podías hacer. Estabas dispuesto a dejar los Stars por mí.
-Cosa que no te ha impresionado.
-Más de lo que imaginas. Nunca he estado
tan impresionada.
-No podrás engañarme. -Gastón se metió en
la barca que estaba amarrada al final del embarcadero, y luego ayudó a Rocío a
embarcar-. Aparentemente, todavía no he alcanzado el nivel Nicolás Riera.
-Sí lo has alcanzado -dijo, mientras se
sentaba-. Sólo estaba siendo... cautelosa.
-Estabas siendo neurótica.
Gastón soltó amarras y se puso a los
remos.
-Eso también. ¿En serio que quieres
navegar hasta aguas profundas?
-Pues sí -respondió empezando a remar.
-No hablaba en serio. Cuando te he dicho
que no te quiero.
-¿Crees que no lo sé? Y ya me dirás lo
romántico que soy cuando lleguemos al medio del lago.
-No es por criticar, pero no puedo
imaginar que puedas hacer algo demasiado romántico cuando estemos allí.
-Eso es lo que tú crees.
Rocío le quería tanto que no le costó
mucho seguirle la corriente.
-Tienes razón. Ir remando hasta el medio
del lago es un gesto muy romántico.
-Sé lo que es el romanticismo.
Aquel lisonjero hijo de un predicador no
tenía ni idea de romanticismo, aunque sabía todo lo que hay que saber del amor.
Daphne, apoyada en su pecho, se estremecía con el movimiento de sus músculos al
remar.
-Me gusta tu camiseta.
-Si estás en lo cierto acerca de tu
hermana, y espero que lo estés, aunque de todos modos presentaré una queja ante
el comisario, mandaré que hagan una para cada uno de mis compañeros del equipo.
-Tal vez no sea una gran idea.
-Y se las pondrán -dijo sonriendo-. Haré
una concesión con los defensas, sin embargo, y en sus camisetas pondré a
Benny. Y felicidades por haber salvado tus libros. Julia me lo contó todo por
teléfono. Siento que tuvieras que vender tu apartamento, aunque de todos modos
habría resultado demasiado pequeño para los dos.
Rocío pensó en la antigua mansión victoriana
a las afueras de Du Page County. María le había dicho que estaba en venta y
sin duda sería lo suficientemente grande.
-Creo que ya estamos en el medio -dijo Rocío.
Gastón miró atrás.
-Sólo falta un poco. ¿Te he hablado
alguna vez de lo profundo que es el lago en el medio?
-No me suena.
-Muy profundo.
Aunque estaba de espaldas a él, Rocío
sintió que se dibujaba en su rostro una sonrisa de oreja a oreja.
-Estoy irremediablemente enamorada de ti.
-Eso ya lo sé. Lo que está en cuestión
son mis sentimientos de irremediable enamoramiento.
-Te prometo que jamás
volveré a cuestionarlos.
-Habrá que asegurarse
de eso.
Gastón desarboló los remos y flotaron a
la deriva durante un rato. Miró a Rocío y sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa. Rocío se
sintió como si tuviera el corazón en la garganta.
-Eres el hombre más tenaz que conozco, Gastón
Dalmau. No sé por qué pensé, aunque sólo fuera por un momento, que tenía que
ponerte a prueba.
-De vez en cuando, te vuelves loca.
-Mery lo llama «incidentes». Y hoy has presenciado
el último. Me he arriesgado a echar a perder lo más importante en mi vida,
pero no volveré a cometer el mismo error. -Los ojos se le inundaron de
lágrimas-. Has dejado a los Stars por mí.
-Y volvería a hacerlo. Aunque,
francamente, espero no tener que hacerlo.
Rocío se rió.
Gastón sonrió, pero enseguida se puso
serio.
-Ya sé que no te gusta el fútbol del
mismo modo que a mí, pero, mientras conducía hacia aquí, no dejaba de pensar en
salir de la melé y mirar hacia la línea de cincuenta yardas. -Gastón le
acarició la mejilla-. Y te veía allí sentada para mí.
Rocío también podía verlo.
-Se ha levantado viento
-dijo Gastón-. Está refrescando.
El sol brillaba en el
cielo, igual que en su corazón, y Rocío supo que ya no volvería a sentir frío
en toda su vida.
-Yo estoy bien. Perfecta.
Gastón indicó con la
cabeza la sudadera que todavía llevaba atada a la cintura.
-Será mejor que te la pongas.
-No me hace falta.
-Estás temblando.
-Es de la emoción.
-Nunca se es demasiado prudente. -La
barca se balanceó ligeramente cuando Gastón se puso en pie; ayudó a Rocío a
levantarse y, después de desatarle la sudadera de la cintura, se la puso. Le
venía tan grande que le llegaba hasta las rodillas. Gastón le apartó de la cara
un mechón de cabellos y se lo colocó detrás de la oreja-. ¿Tienes idea de lo
preciosa que eres para mí?
-Sí, de verdad que sí.
-Bien.
Rápido como una centella, Gastón cruzó
las mangas vacías por delante de Rocío como si llevara una camisa de fuerza y
le ató los puños a la espalda.
-¿Se puede saber qué...?
-Te quiero.
Gastón acarició sus labios con un beso,
la tomó en brazos y la tiró por la borda.
Rocío estaba tan sorprendida que tragó
agua, y luego tuvo que patalear furiosamente para volver a la superficie. Con
los brazos aprisionados, no resultaba fácil.
-Ya estás aquí -dijo Gastón cuando
emergió-. Me estaba preocupando.
-¿Qué estás haciendo?
-Espero a que estés a punto de ahogarte.
-Gastón sonrió y se sentó cómodamente en el asiento-. Y entonces te salvaré la
vida. Nicolás lo hizo por María, y yo lo haré por ti.
-¡Nico no intentó matarla antes!
-gritó Rocío.
-Más a mi favor.
-De todas las estupi...
Rocío volvió a tragar agua, tosió, e
intentó decir algo más. Por desgracia, se estaba hundiendo.
Cuando volvió a emerger, Gastón ya estaba
en el agua, esperándola, con los cabellos mojados y pegados a la frente,
Daphne ceñida sobre su pecho, y los ojos verdes iluminados por el puro placer
de estar vivo, enamorado y pasándoselo tan bien. No había ninguna mujer en el
mundo que pudiera entretenerle de la forma en que lo hacía Rocío. Y ninguna
mujer le amaría más.
Lo que no significaba que fuera a ceder
sin combatir.
-Cuando te decidas a salvarme -señaló Rocío-,
estaré excesivamente cansada para hacer otra cosa que no sea dormir.
Unos segundos más tarde la sudadera se
hundió hacia el fondo del lago sin ella.
-Ha sido divertido -dijo Gastón con una
sonrisa kilométrica y los ojos empañados con algo más que agua del lago.
-No delante de los niños.
A Rocío también se le empañaron los ojos
mientras le quitaba la camiseta de Daphne.
Hicieron el amor a la sombra de la barca
de remos, sujetándose a la regala y el uno al otro, atragantándose y jadeando,
primero uno debajo del agua y luego el otro, dos temerarios que habían
encontrado a su pareja perfecta. Cuando hubieron terminado, se quedaron
mirándose a los ojos, sin decir nada, sintiendo una tranquila y absoluta
perfección.
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