sábado, 5 de enero de 2013

Capitulo Veinticinco


Daphne estaba de muy mal humor. Un mal humor que la acompañó mientras estuvo preparando sus galle­tas preferidas, de harina de avena y fresas, y siguió a su lado durante toda su conversación con Murphy el Ra­tón, que se había mudado al bosque pocas semanas an­tes. Ni siquiera el montón de nuevas monedas brillantes que tintineaban en su mochila rosa la hacían sentir me­jor. Quería correr a casa de Melissa para animarse, pero Melissa estaba planeando un viaje a París con su nuevo amigo, Leo la Rana Mugidora.
Si Daphne estaba de tan mal humor era porque echa­ba de menos a Benny. A veces la hacía enfadar, pero aun así era su mejor amigo. Sólo que ella ya no era su mejor amiga. Daphne amaba a Benny, pero Benny no la ama­ba a ella.
Lloriqueó y se secó las lágrimas con la correa de su guitarra eléctrica. Benny empezaba aquel día en la es­cuela nueva, y se divertiría tanto que ni siquiera se acor­daría de ella. Se distraería pensando en touchdowns y en todas las conejitas que se asomarían a la valla, vestidas con esos tops que les dejaban los hombros al descubierto e intentarían tentarle con frases de otros idiomas, labios carnosos y pechos voluminosos. Conejitas que no le comprendían como ella, que quedaban deslumbradas por su fama y su dinero y sus ojos verdes, y no sabían sin embargo que le gustaban los gatos, que a veces necesita­ba entretenimiento, que no detestaba a los caniches tan­to como creía, y que le encantaba dormir acurrucado a su lado con la mano...


Rocío arrancó la hoja de papel de su cuaderno amarillo. Se suponía que tenía que ser Daphne está de mal humor, no Daphne interpreta un culebrón. Miró hacia el prado de Bo­bolink y se preguntó por qué algunas partes de su vida eran tan alegres y otras tan tristes.
La sudadera que había extendido sobre la hierba se ha­bía arrugado con el peso de sus piernas desnudas. Era de Gastón. Mientras la alisaba, intentó concentrarse en las partes alegres de su vida.
Gracias a su nuevo contrato, gozaba de tranquilidad eco­nómica por primera vez desde que se había desprendido de su dinero, y tenía un torrente de ideas para nuevos libros. No había en el campamento ni una habitación libre, y cuanta más responsabilidad les daba a Amy y a Troy, mejor hacían su tra­bajo.
Ambos sentían aquel lugar como propio, y le habían pe­dido a Rocío que considerara la posibilidad de convertir el desván en un apartamento donde pudieran vivir todo el año. Querían mantener la casa de huéspedes abierta todo el in­vierno para los entusiastas del esquí de fondo y de las moto­nieves , así como para gente de ciudad a la que simplemente le apeteciera disfrutar del invierno en el campo. Rocío había decidido permitírselo. Cuando Gastón había estado buscan­do a alguien que se encargara del campamento a jornada com­pleta, había pasado por alto lo evidente.
Rocío detestaba lo mucho que le echaba de menos. Pro­bablemente, él ni siquiera pensaba en ella. Eso que se perdía. Ella le había ofrecido su posesión más valiosa y, en vez de asirla con fuerza, la había rechazado.
Cogió su cuaderno. Si no podía trabajar en Daphne está de malhumor, al menos podía hacer una lista de provisiones para que Troy fuera al pueblo a comprarlas. Amy estaba pre­parando su nueva especialidad para el té: pastelitos viciosos, que eran pastelitos de chocolate adornados con coco verde glaseado y gusanos de gominola. Rocío iba a echar de me­nos la ayuda que Julia le prestaba con los huéspedes, aun que no tanto como su compañía. Su humor mejoró un poco al pensar en lo felices que eran Julia y Leo la Rana Mugidora.
Rocío oyó un movimiento a sus espaldas y dejó a un la­do su cuaderno. Alguno de los huéspedes había encontrado su escondrijo. En lo que llevaba de mañana había hecho re­servas para el restaurante, había dibujado mapas para llegar a tiendas de antigüedades y campos de golf, había desatasca­do un inodoro, había sujetado con cinta adhesiva una ven­tana rota y había ayudado a los niños mayores a organizar una busca de aves carroñeras.
Cediendo ante lo inevitable, se volvió... y vio a Gastón cruzando la valla de la parte inferior del prado.
Rocío se olvidó de respirar. La montura de sus Rayban pla­teadas destellaba, y la brisa despeinaba sus cabellos. Llevaba unos pantalones caquis anchos y una camiseta azul celeste. Hasta que no lo tuvo más cerca no vio que llevaba un dibu­jo de Daphne impreso en la camiseta.
Gastón se detuvo frente a ella y se quedó allí de pie, mirán­dola. Rocío estaba sentada en el prado con las piernas cruza­das; el sol brillaba sobre sus hombros desnudos y un par de mariposas amarillas revoloteaban alrededor de su cabeza co­mo si llevara lacitos en el pelo. Rocío encarnaba todos los sue­ños que Gastón había perdido esa madrugada, sueños acerca de todo lo que hasta aquel momento no había comprendido que necesitaba. Ella era su compañera de juegos, su confidente, la amante que hacía palpitar su corazón. Era la madre de sus hi­jos y su compañía para la vejez. Era la alegría de su corazón.
Y le estaba mirando como a una mofeta que se hubiera aventurado a salir del bosque.
-¿Qué quieres?
¿Qué había pasado con el «bésame, tonto»? Vaaaale... Gastón se quitó las gafas de sol y probó suerte con su consa­bida sonrisa de playboy.
-¿Qué? ¿Cómo va todo?
¿Lo había dicho realmente? ¿Había dicho realmente «co­mo va todo»? Se merecía todo lo que le iba a arrojar encima.
-No podría ir mejor. Bonita camiseta. Y ahora, lárgate de mi propiedad.
Se había acabado la mujer que le había deseado lo  mejor la última vez que habían estado juntos.
-Yo, mmm... Me han dicho que tal vez vendas el campamento.
-Cuando tenga tiempo para hacerlo.
-Tal vez te lo vuelva a comprar.
-Tal vez no -dijo Rocío poniéndose en pie. Se le ha­bían quedado pegadas algunas briznas de hierba en la parte exterior de una de esas piernas que a Gastón tanto le gustaban-. ¿Por qué no estás en el stage de pretemporada?
-¿Stage de pretemporada? -dijo guardándose las ga­fas de sol en el bolsillo.
-Se supone que los veteranos teníais que presentaros esta mañana.
-Maldita sea, en ese caso voy a tener problemas.
-¿Te ha enviado María?
-No exactamente.
-Entonces, ¿qué pasa?
-Quería hablar contigo, eso es todo. Decirte algunas cosas.
-Se supone que deberías estar en el stage de pretemporada.
-Eso ya lo has dicho.
-Una sola llamada y habré averiguado por qué no es­tás allí.
Gastón todavía no quería hablarle de eso, así que se me­tió las manos en los bolsillos y dijo:
-Antes, sería conveniente que escuchases lo que que quiero decirte.
-Déjame tu teléfono móvil.
-Está en el coche.
Rocío cogió una sudadera que a Gastón le pareció recordar que era suya y se dirigió hacia la valla del extremo del prado.
-Llamaré desde la casa.
-Estoy ausente sin permiso, ¿de acuerdo? ¡Me van a traspasar!
Rocío se volvió de golpe.
-¿Traspasar? ¡No pueden hacer eso!
-Están locos, y pueden hacer todo lo que les plazca.
-No sin echar a perder la temporada. -Rocío se anudó la sudadera a la cintura y, con paso firme, se plantó ante él-. Dime exactamente qué ha ocurrido. Palabra por palabra.
-No quiero -dijo Gastón con un nudo en la garganta. Y consciente de la torpeza de su lengua, añadió-: Antes quiero decirte lo guapa que estás.
Rocío le miró con suspicacia.
-Estoy exactamente igual que la última vez que me vis­te, excepto que se me ha quemado la nariz por el sol.
-Eres hermosa. -Gastón se acercó a ella-. Y quiero ca­sarme contigo. De verdad. Para siempre.
Rocío pestañeó.
-¿Por qué?
Las cosas no estaban yendo como él había planeado. Quería tocarla, pero al verla fruncir el ceño con tanto énfa­sis se lo pensó dos veces.
-Porque te quiero. En serio. Más de lo que jamás habría podido imaginar.
Un silencio perfecto.
-Rocío, escúchame. Siento lo ocurrido, siento haber tardado tanto en darme cuenta de lo que quiero, pero mien­tras estaba contigo me lo pasaba demasiado bien como para pensar. Cuando te marchaste, sin embargo, las cosas no fue­ron tan bien, y ví que todo lo que habías dicho sobre mí era cierto. Tenía miedo. Dejé que el fútbol se convirtiera en toda mi vida. Era la única cosa de la que estaba seguro, y por eso este año estaba tan desasosegado. Notaba un vacío en mi in­terior que intentaba llenar, pero seguía equivocándome. Aunque te aseguro que ya no siento ese vacío, porque estoy contigo.
El corazón de Rocío latía con tanta fuerza que temió que él pudiera oírlo. ¿Hablaba en serio? Su aspecto así lo indica­ba, parecía preocupado, molesto, más serio de lo que le ha­bía visto nunca. Y si hablaba realmente en serio, ¿qué?
Como niña víctima de abusos emocionales, tenía un gran instinto de supervivencia, y no pensaba dejar de guiarse por él.
-Háblame de lo del traspaso.
-No quiero hablar de eso ahora. Hablemos de noso­tros. De nuestro futuro.
-No puedo hablar del futuro a menos que comprenda el presente.
Gastón debería haber sabido que no iba a cejar en su em­peño, pero aun así intentó despistarla.
-Te he echado tanto de menos. Sin ti, dejé de ser feliz.
Era todo lo que Rocío quería oír. Y aun así...
-Lo único que tengo que hacer es llamarla.
Gastón caminó hacia la valla.
-De acuerdo, lo haremos a tu manera -dijo agarrán­dose a la baranda con una mano-. Quise arreglar las cosas con ellos de una vez por todas, así que fui a su casa. Nicolás no estaba, pero hablé con María. Le dije que te amaba y que te iba a pedir que te casaras conmigo de verdad. Le dije que que­ría su bendición.
Rocío necesitaba algo donde sujetarse, pero no había na­da cerca, así que se dejó caer sobre la hierba, se llevó las ro­dillas al pecho y se concentró en respirar.
Gastón la miró.
-Podrías alegrarte un poco.
-Cuéntame el resto.
-A María no le gustó -dijo apartándose de la valla-. A decir verdad, se mostró muy disgustada. Me acusó de uti­lizarte como póliza de seguros para mi retirada.
-No lo comprendo.
-Todo el mundo sabe que quiero acabar de entrenador, y he hablado con Nicolás sobre su trabajo en el despacho prin­cipal.
Y entonces Rocío lo comprendió.
-Te dijo que me estabas utilizando para garantizarte un futuro con los Stars, ¿es eso?
Gastón estalló.
-¡No necesito ninguna garantía! ¡Hace tiempo que ven­go demostrando lo que valgo! No hay ningún jugador en la liga que sepa tanto de fútbol como yo, pero María me mi­ró como si fuera un parásito y un don nadie. Rochi, com­prendo que quieras a tu hermana, pero el fútbol es un depor­te en el que lo importante es ganar, y tengo que decirte que en estos momentos le he perdido todo el respeto.
Las piernas de Rocío habían recuperado la fuerza sufi­ciente como para incorporarse.
-Hay algo más, ¿no?
La expresión de Gastón era una mezcla de ira y confusión, como si no pudiera alcanzar a comprender cómo una vida hecha de oro había podido deslustrarse.
-Me dijo que te podía tener a ti o a los Stars, pero no am­bas cosas. Me dijo que si volvía a verte, mi carrera con el equi­po se había terminado. Si seguía lejos de ti, conservaría mi trabajo.
Rocío sintió que algo cálido se abría en su corazón.
-¿Y la creíste?
-¡Pues por supuesto que la creí! ¡Y ella se lo pierde! No necesito a los Stars. Ni siquiera quiero seguir jugando con ellos.
Su tierna y entrometida hermana...
-Te estaba tomando el pelo, Gas. Todo esto es una to­madura de pelo.
-¿Qué quieres decir?
-Quiere que yo tenga una Gran Historia de Amor como la que tuvo ella con Nico.
-Le ví la cara. No era ninguna tomadura de pelo.
-Se le da muy bien.
-Esto no tiene sentido. ¿Qué quiere decir que quiere que tengas una historia de amor? Ya le dije que te amo.
-Es una romántica. Tanto como yo. Una historia de amor corriente no le basta. Quiere que yo tenga algo que pue­da recordar toda la vida, algo que pueda sacar y examinar si te olvidas de enviar flores en nuestro aniversario o te enfu­reces porque he abollado el coche.
-Seguro que tú entiendes de qué estás hablando, pero yo no tengo ni idea.
-Si fueras mujer, lo entenderías.
-Pues perdóname por tener un...
-Las palabras son maravillosas, pero de vez en cuando algunas pocas mujeres tienen la suerte de tener algo más, algo inolvidable. -Aquello era algo tan básico para ella que tenía que hacérselo comprender-. ¿No lo ves? ¡Nicolás le salvó la vida! Estaba dispuesto a dejarlo todo por ella. Y por eso María siempre sabe que ella es lo primero, por delante del fútbol, de su ambición, de todo. Y quería que yo tuviera lo mismo contigo, por eso te convenció de que tenías que elegir.
-¿Se supone que tengo que creerme que puso en peligro a todo el equipo sólo para obligarme a realizar algún tipo de gran gesto romántico? -Gastón estaba empezando a gritar-. ¿Se supone que tengo que creerme eso?
¡Gas la amaba! Lo pudo ver en sus ojos, lo oyó en su frustración. Estaba dispuesto a dejar el equipo por ella, y su corazón cantó de alegría. Pero el sonido quedó ahoga­do casi por completo por otro ruido, un ruido tan inesperado como inevitable.
El estruendo de una alarma de incendios.
Rocío intentó no hacer caso. Incluso sabiendo que la ca­rrera de Gastón con los Stars estaba tan segura como siempre, él no lo sabía y la realidad era que estaba dispuesto a hacer ese sacrificio.
Sí, definitivamente, el corazón de Rocío cantaba. Sí, aquél era un momento que podría pasarse toda la vida rememo­rando. Un momento perfecto.
Excepto por la alarma de incendios.
Rocío no quiso escucharla.
-Pareces un poco enfadado.
-¿Enfadado? Qué va, ¿por qué iba a estarlo?
-Porque creías que María te había echado de los Stars.
-Olvidas que los Stars ya no me importan. ¡Olvidas que quiero jugar con un equipo cuyo propietario comprenda que el objetivo del juego es ganar, y no arriesgar millones de dóla­res para que su mejor quarterback pueda jugar a Sir Galahad!
El estruendo de la alarma de incendios iba en aumento.
-En tal caso, no has hecho ningún sacrificio.
Gastón era un campeón, así que podía ver llegar el bom­bardeo a una milla de distancia, y su expresión se volvió cauta.
-¿Eso es importante para ti? ¿La cosa esta del gesto ro­mántico?
Clang... clang... clang...
-Tengo que ir a preparar el té.
-¿No he hecho lo suficiente? ¿Quieres algo más?
-En absoluto.
Tras soltar un insulto, Gastón la rodeó con los brazos y em­pezó a llevarla hacia el bosque.
-¿Qué te parece esto como gesto romántico?
Rocío cruzó los brazos sobre su pecho y luego cruzó los tobillos; era el retrato perfecto de la petulancia, pero sintió asco.
-Si implica cuerpos desnudos, es sexo, no amor.
Por desgracia, él la tumbó en el suelo en vez de besarla hasta ahogar el sonido de mil alarmas de incendios.
-¿Crees que no conozco la diferencia entre sexo y amor? ¿Crees que, como soy un hombre, soy obtuso?
La Gran Historia de Amor de Rocío estaba entrando en barrena por culpa de una alarma de incendios cuyo sonido era ya tan estridente que Rocío estuvo a punto de taparse los oídos.
-Supongo que sólo tú puedes responder a esa pregunta.
-Vale, pues te diré lo que haré. -Gastón respiró profun­damente y la miró directamente a los ojos-. Ganaré la Super Bowl para ti.
Rocío vio que lo decía en serio, y sintió en su interior un estallido de felicidad... que el sonido de la alarma interrum­pió. Justo en aquel momento, comprendió que se enfrenta­ba a la cuestión fundamental de su vida, una pregunta que te­nía sus raíces en el corazón de una niña que abandonaron emocionalmente cuando era demasiado pequeña. Gastón Dalmau era lo bastante fuerte como para matar dragones, y lo bastante fuerte también como para ganar la Super Bowl para ella, pero ¿era lo bastante fuerte como para amarla incluso cuando no fuera amable? Necesitaba una respuesta que si­lenciara su alarma de incendios para siempre.
-Sólo estamos en julio, perdedor -se burló-. Para el domingo de la Super Bowl me habré olvidado de tu nombre.
-Eso lo dudo mucho.
-Da igual. -Rocío se rascó una picadura de mosquito, puso cara de aburrimiento y dijo lo más feo que había dicho en su vida-. Estaba equivocada. En realidad creo que des­pués de todo no te quiero.
Horrorizada, intentó cazar las palabras al vuelo, pero se paró cuando vio que Gastón no parecía molesto, sino calcu­lador.
-Mentirosa. ¿Has oído hablar alguna vez de la gorga del río Saxeten?
-Creo que no. -¿Había perdido unos decibelios la alarma de incendios?-. Parece algo aburrido. ¿Has oído que te decía que no te quiero?
-Sí. Pues eso, que está en Suiza y es un lugar peligroso co­mo el que más. Pero estoy dispuesto a bajar haciendo rappel hasta el fondo y, una vez allí, grabar tus iniciales en la roca.
Sí, definitivamente el estruendo había aminorado. Rocío dio unas pataditas en la hierba.
-Conmovedor, pero Suiza está casi tan lejos como la Super Bowl. Además, una vez hayas bajado hasta el fondo, lo que piensas hacer es un grafito o algo así, ¿no?
-Hay un deporte llamado parapente. Te lanzas en pa­racaídas desde lo alto de una montaña...
-A menos que vayas a escribir mi nombre en el cielo durante el descenso, no hace falta que te molestes.
Los ojos de Gastón se iluminaron.
-Aunque, pensándolo mejor -añadió Rocío rápida­mente-, probablemente lo escribirías mal. Y las montañas más cercanas están en la otra punta del estado, así que ¿por qué no hablamos del aquí y el ahora? Vale, tal vez sí que te quiero, pero la verdad es, campeón, que todas estas bobadas de Hombre de Hierro pueden impresionar a los muchachos en el vestuario, pero no te darán bebés ni comidas caseras.
¡Bebés y comidas caseras! Una familia que sería toda su­ya. Y un hombre que la satisfaría hasta lo más hondo de su alma.
Y de pronto la alarma de incendios se calló para siempre.
-Entonces, tendremos que jugar duro -dijo Gastón.
Gastón la comprendía mejor que nadie más en el mundo. La comprendía tan bien que todavía no había bajado los bra­zos ni se había marchado furioso. Rocío escuchó el glorio­so silencio que se había hecho en su interior y quería llorar de alegría sabiendo que no tendría que ganarse el amor de aquel hombre con un buen comportamiento perpetuo.
-Estaba dispuesto a dejar los Stars por ti -le recordó Gastón, con expresión sagaz-. Pero supongo que eso no basta...
-Sí que basta... -Gastón sin los Stars era algo impen­sable.
Gas no le quitaba la mirada de encima.
-Así que tendré que darte algo más.
-No es necesario -dijo expresándole todo su amor con una sonrisa-. Has superado la prueba.
-Demasiado tarde -dijo cogiéndola de la mano y lle­vándola de nuevo hacia el campamento-. Ven conmigo, ca­riño.
-No, de verdad, Gastón. Ya es suficiente. Era sólo que... Era eso de la alarma de incendios. Ya sé que es neurótico, pero quería asegurarme de que me amas realmente. Yo...
-¿Podrías andar un poco más deprisa? Me gustaría aca­bar con esto para poder empezar a trabajar en uno de esos bebés que has mencionado.
Un bebé... Y esta vez, todo iría bien. Rocío se dio cuen­ta de que Gastón la arrastraba hacia la playa.
-No hace falta que...
-Será mejor que cojamos una de las barcas de remos.
-No es que no me fíe de tu habilidad para llevar una canoa, pero, la verdad, tienes un historial de aúpa.
-¿Quieres salir a navegar por el lago? ¿Ahora?
-Tenemos un asunto pendiente -dijo llevándola ha­cia el embarcadero-. Tú todavía esperas un gran gesto ro­mántico.
-¡No, de verdad! Ya has hecho el gesto más román­tico que podías hacer. Estabas dispuesto a dejar los Stars por mí.
-Cosa que no te ha impresionado.
-Más de lo que imaginas. Nunca he estado tan impre­sionada.
-No podrás engañarme. -Gastón se metió en la barca que estaba amarrada al final del embarcadero, y luego ayu­dó a Rocío a embarcar-. Aparentemente, todavía no he al­canzado el nivel Nicolás Riera.
-Sí lo has alcanzado -dijo, mientras se sentaba-. Só­lo estaba siendo... cautelosa.
-Estabas siendo neurótica.
Gastón soltó amarras y se puso a los remos.
-Eso también. ¿En serio que quieres navegar hasta aguas profundas?
-Pues sí -respondió empezando a remar.
-No hablaba en serio. Cuando te he dicho que no te quiero.
-¿Crees que no lo sé? Y ya me dirás lo romántico que soy cuando lleguemos al medio del lago.
-No es por criticar, pero no puedo imaginar que pue­das hacer algo demasiado romántico cuando estemos allí.
-Eso es lo que tú crees.
Rocío le quería tanto que no le costó mucho seguirle la corriente.
-Tienes razón. Ir remando hasta el medio del lago es un gesto muy romántico.
-Sé lo que es el romanticismo.
Aquel lisonjero hijo de un predicador no tenía ni idea de romanticismo, aunque sabía todo lo que hay que saber del amor. Daphne, apoyada en su pecho, se estremecía con el movimiento de sus músculos al remar.
-Me gusta tu camiseta.
-Si estás en lo cierto acerca de tu hermana, y espero que lo estés, aunque de todos modos presentaré una queja ante el comisario, mandaré que hagan una para cada uno de mis compañeros del equipo.
-Tal vez no sea una gran idea.
-Y se las pondrán -dijo sonriendo-. Haré una conce­sión con los defensas, sin embargo, y en sus camisetas pondré a Benny. Y felicidades por haber salvado tus libros. Julia me lo contó todo por teléfono. Siento que tuvieras que vender tu apartamento, aunque de todos modos habría resultado de­masiado pequeño para los dos.
Rocío pensó en la antigua mansión victoriana a las afue­ras de Du Page County. María le había dicho que estaba en venta y sin duda sería lo suficientemente grande.
-Creo que ya estamos en el medio -dijo Rocío.
Gastón miró atrás.
-Sólo falta un poco. ¿Te he hablado alguna vez de lo profundo que es el lago en el medio?
-No me suena.
-Muy profundo.
Aunque estaba de espaldas a él, Rocío sintió que se dibu­jaba en su rostro una sonrisa de oreja a oreja.
-Estoy irremediablemente enamorada de ti.
-Eso ya lo sé. Lo que está en cuestión son mis senti­mientos de irremediable enamoramiento.
-Te prometo que jamás volveré a cuestionarlos.
-Habrá que asegurarse de eso.
Gastón desarboló los remos y flotaron a la deriva durante un rato. Miró a Rocío y sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa. Rocío se sintió como si tuviera el corazón en la garganta.
-Eres el hombre más tenaz que conozco, Gastón Dalmau. No sé por qué pensé, aunque sólo fuera por un momento, que tenía que ponerte a prueba.
-De vez en cuando, te vuelves loca.
-Mery lo llama «incidentes». Y hoy has presenciado el último. Me he arriesgado a echar a perder lo más impor­tante en mi vida, pero no volveré a cometer el mismo error. -Los ojos se le inundaron de lágrimas-. Has dejado a los Stars por mí.
-Y volvería a hacerlo. Aunque, francamente, espero no tener que hacerlo.
Rocío se rió.
Gastón sonrió, pero enseguida se puso serio.
-Ya sé que no te gusta el fútbol del mismo modo que a mí, pero, mientras conducía hacia aquí, no dejaba de pensar en salir de la melé y mirar hacia la línea de cincuenta yardas. -Gastón le acarició la mejilla-. Y te veía allí sentada para mí.
Rocío también podía verlo.
-Se ha levantado viento -dijo Gastón-. Está refres­cando.
El sol brillaba en el cielo, igual que en su corazón, y Rocío supo que ya no volvería a sentir frío en toda su vida.
-Yo estoy bien. Perfecta.
Gastón indicó con la cabeza la sudadera que todavía lle­vaba atada a la cintura.
-Será mejor que te la pongas.
-No me hace falta.
-Estás temblando.
-Es de la emoción.
-Nunca se es demasiado prudente. -La barca se ba­lanceó ligeramente cuando Gastón se puso en pie; ayudó a Rocío a levantarse y, después de desatarle la sudadera de la cintura, se la puso. Le venía tan grande que le llegaba hasta las rodillas. Gastón le apartó de la cara un mechón de cabellos y se lo colocó detrás de la oreja-. ¿Tienes idea de lo precio­sa que eres para mí?
-Sí, de verdad que sí.
-Bien.
Rápido como una centella, Gastón cruzó las mangas va­cías por delante de Rocío como si llevara una camisa de fuer­za y le ató los puños a la espalda.
-¿Se puede saber qué...?
-Te quiero.
Gastón acarició sus labios con un beso, la tomó en brazos y la tiró por la borda.
Rocío estaba tan sorprendida que tragó agua, y luego tu­vo que patalear furiosamente para volver a la superficie. Con los brazos aprisionados, no resultaba fácil.
-Ya estás aquí -dijo Gastón cuando emergió-. Me es­taba preocupando.
-¿Qué estás haciendo?
-Espero a que estés a punto de ahogarte. -Gastón son­rió y se sentó cómodamente en el asiento-. Y entonces te salvaré la vida. Nicolás lo hizo por María, y yo lo haré por ti.
-¡Nico no intentó matarla antes! -gritó Rocío.
-Más a mi favor.
-De todas las estupi...
Rocío volvió a tragar agua, to­sió, e intentó decir algo más. Por desgracia, se estaba hun­diendo.
Cuando volvió a emerger, Gastón ya estaba en el agua, es­perándola, con los cabellos mojados y pegados a la frente, Daphne ceñida sobre su pecho, y los ojos verdes iluminados por el puro placer de estar vivo, enamorado y pasándoselo tan bien. No había ninguna mujer en el mundo que pudiera entretenerle de la forma en que lo hacía Rocío. Y ninguna mujer le amaría más.
Lo que no significaba que fuera a ceder sin combatir.
-Cuando te decidas a salvarme -señaló Rocío-, esta­ré excesivamente cansada para hacer otra cosa que no sea dormir.
Unos segundos más tarde la sudadera se hundió hacia el fondo del lago sin ella.
-Ha sido divertido -dijo Gastón con una sonrisa ki­lométrica y los ojos empañados con algo más que agua del lago.
-No delante de los niños.
A Rocío también se le empañaron los ojos mientras le quitaba la camiseta de Daphne.
Hicieron el amor a la sombra de la barca de remos, su­jetándose a la regala y el uno al otro, atragantándose y ja­deando, primero uno debajo del agua y luego el otro, dos temerarios que habían encontrado a su pareja perfecta. Cuan­do hubieron terminado, se quedaron mirándose a los ojos, sin decir nada, sintiendo una tranquila y absoluta perfección. 

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