Gastón fue escrupulosamente
cortés esa tarde cuando la llevó a casa de su familia, pero no bromeó, no trató
de manipularla, ni incluso criticarla.
Claramente ella había
ofendido su sentido del honor. ¿Pero, cómo podía saber ella que el honor era
importante para un hombre que, sólo tres noches antes, la había inducido a
creer que él era un gigoló?
Cuando pasaron por unas
puertas adornadas con el escudo de los Dalmau, lamentaba haber accedido a
acompañarlo esa noche, porque estaba frustrada.
Se había disculpado, y no
había nada más que pudiera hacer.
Cuando miró con atención a
su alrededor, comprendió que la casa era una especie de hacienda con un largo
paseo en coche serpenteando a través de tierras cuidadosamente ajardinadas. Una
estructura de aspecto árabe aparecía a la vista, construida en estuco rosa con
un tejado almenado. Según se acercaban, vio que la casa tenía varias alas,
junto con ventanas arqueadas. Había una enorme fuente de mosaico cerca de la
entrada dando la sensación que el lugar había salido de Las Mil y Una Noches,
en lugar de estar en Texas, El País de las Colinas.
—Mi madre quiso algo fuera
de lo normal —dijo Gastón atentamente mientras aparcaba el coche. Ella esperó
un comentario sarcástico acerca de sultanes o harenes, pero él no dijo nada
más.
Cuando ella salió del coche,
el frío de la noche penetró en el vestido amarillo brillante de crepe de rayón
que había escogido para ponerse esa noche. Estaba salpicado de amapolas y tenía
tres cuartos de manga para cubrirse el tatuaje. Beddington habría aprobado su
traje, pensó sombría, pero ella simplemente se ponía enferma con la idea de
ofender a la familia de Gastón al ponerse una ropa más llamativa. Además, el
perro guardián del duque seguramente no la podría seguir en un trasfondo
privado. Su espíritu seguía por los suelos pues seguía sin hacer nada para
arruinar su reputación.
Caminaron hacia unas puertas
de dos batientes talladas en latón. La casa era impresionante y exótica, pero
no muy acogedora, y ella no podía menos que compararlo con el rancho
confortable de Gastón. ¿Cómo habría sido para él crecer de pequeño aquí como un
pequeño sultán para su madre y una decepción para su padre?
Él mantuvo la puerta abierta
para ella, y entró en un vestíbulo enlosado decorado como una casa de campo
inglesa. En contraste a la arquitectura árabe, una mesa Hepplewhite sumamente
pulida sostenía un par de figurillas de Dresden mientras una pintura de un
viejo paisaje inglés cubría gran parte de la pared lateral. La yuxtaposición
desconcertaba un poco, pero era atractiva.
Mery bajaba la escalera. Iba
con un vestido de chartreuse camisero negro.
—Te doy la bienvenida a
Marrakesh-On-Avon, Rocío —le dio a Gastón un beso veloz en la mejilla—. Oye,
bubba. Los Munsters nos están esperando en la terraza. Cenamos al fresco.
—Afortunados nosotros.
Ella siguió a Gastón y Mery
a través de una sala de estar decorada con mobiliario siglo XVIII y cretona,
con una serie de fotografías en marcos de plata y otras fotos de caza. Un par de
puertas moras con incrustaciones de mosaico se abrían a una terraza
agradablemente sombreada pavimentada en un patrón en espiga de ladrillo rosado
afilado con tejas azul marino y rosa. Bancos con brazos curvos se había
construido en las paredes de estuco y estaban acolchados con coloridos cojines.
Una mesa enlosada grande con una lámpara de latón en el centro estaba colocada
para la cena. En un extremo de la terraza había colocado un parquecito infantil
dónde un bebé de pelo oscuro estaba sentado y empezó a chillar agudamente y a
mover sus piernas cuando vio a Gastón.
—¡Hey, hijo!
Rochi no necesitó ninguna
presentación para identificar al hombre que hablaba como el padre de Gastón.
Era una versión más mayor de su hijo, todavía atractivo, excepto por las características
más toscas y el pelo grueso canoso.
Su saludo también saludable
y su sonrisa excesivamente ansiosa daban señas de un hombre que estaba dudoso
de sí mismo. Cuando dio un paso adelante para abrazar a su hijo, Rochi sintió
como Gastón hacía un gesto de rechazo casi invisible. Aunque aceptó el abrazo,
no lo correspondió.
Rochi comprendió en ese
mismo momento que Gastón no había perdonado a su padre por los años de
negligencia de su infancia. Ella también sintió que su padre buscaba muchísimo
ese perdón.
Gastón se desembarazó tan
pronto como pudo y caminó hacía el parque de bebé, donde cogió a Peter en
brazos.
—¿Cómo estás, hermanito?
Era imaginación de Rochi, ¿o
él hizo un énfasis innecesario en esa última palabra?
Peter dejó escapar un
chillido de deleite. Al mismo tiempo que Shelby entraba a través de las
puertas. Traía puestas unas mallas blancas de algodón y una chaqueta de punto
de cuello en v verde amarillenta, demasiado ancha. Parecía la hija del Sr. Dalmau
en lugar de su esposa.
—Rocío, es un honor tenerte
con nosotros esta tarde. No sé si Gastón te lo ha dicho, pero yo soy una
fanática de todo lo referente a Inglaterra. Tengo una colección entera de
libros acerca de Lady Di y me encantaría que tuvieras un rato para verlos. ¿Te
ha presentado alguien a mi marido, Warren?
Él le dirigió una sonrisa
acogedora.
—Rocío. Es un placer
conocerla.
—Sólo Rochi está bien.
Gracias a ambos por invitarme.
—Es para nosotros un honor
—repitió Shelby, luego hizo gestos hacia uno de los asientos—. Dime si estás
disfrutando del viaje. Warren y yo amamos Londres, ¿verdad Warren? ¿Vives cerca
de la City?
Rochi le explicó que vivía a
varias horas en coche, en Warwickshire, luego contestó a Shelby acerca de su
viaje. Poco tiempo después, Shelby la regalaba con historias de pérdidas de
equipajes en Inglaterra en su viaje de graduación de universidad y un proyecto
de investigación que hizo en D.H. Lawrence.
Mientras ella hablaba, Mery
se apartó hacia un lado, bebiendo una copa de vino y observando a Gastón y
Peter con una expresión profundamente desafortunada.
Warren, en el ínterin,
parecía contento bebiendo su whisky americano y dejando a su esposa llevar la
conversación.
Shelby, que se veía
regordeta, castaña, y en claro contraste en esta familia de semidioses de pelo rubio,
se puso furiosa con Mery cuando encendió un cigarrillo.
—Tira eso. Sabes que no me
gusta que fumes alrededor de Peter.
—Estamos fuera. Y no estoy
ni cerca de él.
—No, nunca te acercas a él,
¿verdad? —el daño nublaba los ojos de Shelby, y Rochi recordó lo que le había
dicho Mery antes acerca de no poder tener niños. ¿Era eso lo que causaba esa
tristeza que se veía bajo su conducta extravagante?
—Warren, Rocío no tiene
bebida —dijo Shelby.
—¿Qué te gustaría beber?
—Un refresco estaría bien.
Warren fue hacía una barra
colocada en un extremo de la terraza y le dirigió la palabra a su hijo de una
manera excesivamente amistosa.
—Gastón, ¿y a ti qué? Tengo
un vino tinto de esos afeminados que tanto te gustan.
—Lo tomaré más tarde —Gastón
no se molestó en mirar a su padre. En cambio apoyó a Peter sobre sus hombros,
sujetando sus brazos para mantenerlo estable, y llevó a su hermano pequeño a
que tuviera una mejor vista de una ardilla que había trepado a las ramas de un
olivo.
Mery plegó su cuerpo de
modelo en una de los bancos y cruzó las piernas.
—¿Qué piensas de Mamá
Shelby, Rocío? —extendió los dedos a través de su pelo oscuro y puso un codo en
un cojín—. Sé que te mueres de curiosidad, pero eres demasiado educada para
preguntar. Shelby tiene veintisiete años, exactamente treinta y uno menos que
mi papito y un año menos que yo. ¿No se te remueve simplemente el estómago?
—Mery, ¿no puedes esperar a
que esté Petie en la cama? —dijo Gastón.
Ella le ignoró.
—Mi papito la preñó hace
aproximadamente año y medio, y tuvieron que casarse.
Warren parecía divertido,
pero Shelby se había puesto tensa.
—Tienes que excusar la
rudeza de Mery, Rocío. Ella se siente amenazada por mi relación con su padre.
—Más bien, asqueada
—respondió Mery.
—Ya es suficiente, chicas
—Warren habló suavemente, como si estuviera tan acostumbrado a esa discusión
que no le molestara demasiado. Él sorbió su bebida y miró a Rochi—. Shelby era
la hermana pequeña de Mery en su hermandad de mujeres en la universidad. Han
sido durante años las mejores amigas, aunque ya las ves ahora. Hasta
compartieron un apartamento entre uno de matrimonios de Mery.
—Sólo me he casado dos veces
—replicó ella—. Lo dices como si hubiera tenido una docena. Además el primero
sólo duró seis meses, así que no cuenta.
—Me hiciste comprar ese
horrible vestido rosa y lavanda de dama de honor —dijo Shelby—. Así que
definitivamente si cuenta.
Mery expulsó una corriente
delgada de humo.
—Bravo, bueno, todos sabemos
que Gastón te hizo salir de ese vestido a medianoche, de modo que no debió ser
demasiado horrible.
Rochi se sentó un poco más
derecha. Esta noche el episodio de "Dallas" había tomado un giro
imprevisto. Se le ocurrió que simplemente asociarse con la familia Dalmau
podría ser suficiente para que Beddington pusiera en tela de juicio su
carácter.
Gastón suspiró.
—No la hice salir del
vestido, y lo sabes —besó a Peter encima de su cabeza y le llevó de vuelta a su
parquecito—. ¿Tenemos que hablar de esto cada vez que nos reunimos?
—Olvídate de ello —dijo
Warren—. Este es su ritual.
Mery se rió secamente.
—¿No habría sido divertido
si Gastón te hubiera preñado también, mamá Shelby? Una de esas escenas
melodramáticas de unión padre-hijo.
—Eso es asqueroso, incluso
para ti —dijo Gastón—. Ahora entérate, Mery, lo digo en serio. Shelby y yo
tuvimos una cita. Nos besamos en la puerta, y eso fue todo.
—¿Usaste lengua?
—Mira, no me acuerdo —gruñó
él.
—Yo sí me acuerdo —Shelby
miró a Mery con superioridad—. Pero no te lo voy a contar.
Gastón se dirigió hacia la
barra.
Warren Dalmau reía entre
dientes.
—Hogar, dulce, hogar, ¿no
hijo?
—Cualquier cosa.
El Rolex en la muñeca de
Warren brilló cuando él tomó un sorbo de su bebida.
—He oído que has jugado con Luc
Riera hoy. Dicen que le ganaste por tres golpes.
—Él quedó en -2. Ambos
tuvimos una ronda decente.
—Juro, que cuándo ponga mis
manos en ese cabrón de Riera... Si fuera tú, pondría a mis abogados en ello.
Rochi se percató que no
estaban hablando de Luc Riera ahora, sino de su padre, Nico.
—Lo manejo —dijo Gastón.
—¡Y falta una semana para el
maldito Masters! Todos los mejores jugadores del mundo se dirigen a Augusta,
excepto Gastón Dalmau. No puedes dejar que Riera te haga esto. Todo lo que
tienes que hacer es llamar a Crosley. Él es el mejor abogado del estado, y me
dijo...
—¿Te he pedido que te metas
en esto? —Rochi oyó el borde de acero de la voz de Gastón y miró la retirada
casi invisible de Warren.
Mery hizo un movimiento
lánguido en el banco.
—Me estoy muriendo de
hambre. Si no cenamos pronto, juro que pido una pizza.
En ese preciso instante, una
criada apareció con una bandeja grande portando ensaladas individuales. Shelby
se levantó y los dirigió a sus lugares.
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