lunes, 7 de enero de 2013

Capitulo Catorce, Primera Parte


Rocío rodó sobre su espalda pasando de una almohada a la otra. Oyó una voz grave y masculina entonar un estribillo. Y, suspirando, pasó la mano por la sábana.
Él no estaba a su lado, pero sí su calor.
Abrió los ojos y parpadeó al recibir la luz brumosa del sol. No había sido su intención quedarse a dormir, pero cuando estaba con Gastón sus intenciones solían desviarse para satisfacer los deseos de él. Más aún, los deseos de él giraban hasta convertirse también en sus propios deseos.
Un hombre astuto, pensó con un bostezo, sumergiéndose en la almohada. Raras veces parecía presionar, nunca pedía demasiado, y siempre se salía con la suya.
Cómo lo admiraba por eso.
Aunque hubiera preferido despertarse en su propia cama, se alegraba de haberse quedado. Había llegado decaída y algo irascible. Ver a su madre solía tener ese efecto en ella. Durante algunas horas la había olvidado y se había limitado a disfrutar de la compañía de Gastón.
Eso era suficiente, y tendría que ser suficiente para ambos el tiempo que durara su relación. Ver a Lilibeth le recordaba las promesas que se había hecho.
Tener éxito en la vida siguiendo sus propios principios. Vivir exactamente como ella decidiera vivir. Y nunca, nunca poner sus esperanzas, sus necesidades y sus deseos en manos de otra persona.
Gastón se iría tarde o temprano. Todos lo hacían.
Pero esta vez a ella le importaba más, y haría lo posible por que fueran amigos y continuaran siéndolo después.
Por tanto, se cuidaría mucho de enamorarse. Se cuidaría mucho de hacerle daño mientras él creyera que la amaba.
Arrugó el entrecejo. Oía cantar. En la ducha. La voz de Gastón sonaba por encima del martilleo del agua.
—Han pasado muchos años, niña... y nunca me casé, fiel a mi amor perdido, aunque muerta esté.
Una letra extraña para cantarla en la ducha, pensó Rocío, y se descubrió tarareando mentalmente el estribillo. Cuando el baile termine, cuando rompa el alba.
Atónita —¿de dónde había sacado esa letra?—, se levantó y fue hasta la puerta del cuarto de baño. Conocía  la melodía y, más aún, conocía la letra. Una triste historia sobre falta de fe, sobre muerte, acompañaba la romántica melodía.
El corazón le palpitaba con fuerza. Notaba el pulso en la garganta.
Bailando a la luz de la luna con la casa como un faro blanco contra la noche. Una muchacha vestida de muselina y un joven con esmoquin. El perfume de las lilas, denso y dulce.
El aire está cargado de flores. Tan cargado que cuesta respirar. Tan cargado que te marea mientras das vueltas y más vueltas por el jardín, con la música de fondo.
Mareada, mareada por el baile. Mareada, mareada de amor.
Tambaleándose, Rocío fue a apoyar una mano en la puerta cuando esta se abrió y el vaho la envolvió mientras caía.
—¡Uau! —Gastón la recogió en sus brazos. Todavía mojado, con el pelo goteando sobre el rostro de ella, la trasladó a la cama.
—Estoy bien... solo perdí el equilibrio.
—Cariño, estás blanca como la leche. —Gastón le apartó el cabello de la cara y tomó una mano helada entre las suyas—. ¿Qué te ha ocurrido?
—Nada. —Dividida entre el desconcierto y la turbación, lo apartó para incorporarse—. Me levanté demasiado deprisa y perdí el equilibrio cuando fui a alcanzar la puerta en el momento en que tú la abrías, eso es todo. Estoy bien, cher. Creo que no me sienta bien madrugar.
—Te traeré agua.
—Cielo, estoy bien. Las Igarzábal somos mujeres fuertes. —Le pasó un dedo por el mentón. Todo empezaba a evaporarse, la canción, el olor de las lilas, la sensación de vértigo—. Esta cara tan guapa me quita la respiración. ¿Me has dejado agua caliente?
—Probablemente no. —Gastón se hizo un sitio a su lado—. Tengo que cambiar el calentador. Si esperas media hora, tendrás agua suficiente para una ducha.
—Mmm, ¿qué puedo hacer con media hora? —Riendo, Rocío lo atrajo hacia la cama.
Esa sí era una buena forma de comenzar el día, se dijo. Se rezagó sobre su primera taza de café frente a la mesita que Gastón había instalado en la terraza del dormitorio. Dado que la oferta de desayuno era limitada, se había conformado con un cuenco de cereales azucarados y había observado a Gastón cargar el suyo de azúcar.
—Cher, ¿por qué no desayunas directamente un bastón de caramelo?
—No tengo.
Gastón sonrió. Diantre, cómo le cortaba la respiración esa sonrisa.
—Tienes una vista muy bonita desde aquí. Ideal para la contemplación matutina.
—Será aún mejor cuando cambie los tablones en mal estado y pinte. Y hacen falta más cosas. —Gastón miró en derredor—. Macetas con flores y un columpio o un balancín.
Rocío se llevó una cucharada de cereales a la boca.
—Eres un chico hogareño, ¿verdad, cheri?
—Eso parece. —Y le encantaba—. Quién iba a decírmelo.
—¿Y qué ha planeado el chico hogareño para hoy?
—Quiero terminar el primer tramo de la escalera exterior. Si este tiempo aguanta durante el fin de semana, me pondré con la fachada. Han de venir unos hombres a empezar los otros cuartos de baño. También tengo que hacer algunas compras. ¿Quieres venir conmigo?
—Nunca he conocido a un hombre que le guste tanto comprar. —Resultaba tentador ceder a la encantadora imagen de buscar tesoros con él. E intervenir en la elección de objetos para la casa.
¿Pero no contribuiría eso a hacer de ellos una pareja en lugar de dos personas disfrutando del momento?
Rocío sacudió la cabeza y se negó el placer.
—Si las compras no implican zapatos o pendientes, lo tienes crudo conmigo, cielo.
—Podría hacer un hueco para eso entre la búsqueda de tiradores y clavos. De hecho... aguarda un momento.
Gastón se levantó y entró en el dormitorio mientras Rocío se reclinaba y, con la taza entre ambas manos, contemplaba los jardines y el estanque.
Lo había distraído, pensó. O por lo menos él estaba fingiendo haber olvidado lo sucedido esta mañana. Había estado a punto de desmayarse y eso habría sido algo nuevo para ella.
Había algo en la casa que la afectaba, pensó Rocío, como también afectaba a Gastón. Una parte tiraba de ella hacia dentro mientras que la otra la empujaba hacia fuera, pero estaba decidida a no dejarse apabullar.
¿Era posible que, después de todo, él tuviera razón?
¿Podía ser tan sencillo y evidente? ¿Había sido Gastón Ramiro en otra vida y ella su Valeria?
¿Habían bailado a la luz de la luna esa vieja y triste canción?
De ser así, ¿qué significaba eso para ellos en esta vida?
La expresión de Rocío era de preocupación cuando Gastón regresó y dejó una cajita sobre la mesa, junto al cuenco de cereales.
—Cher, si sigues haciéndome regalos, ¿qué harás cuando llegue mi cumpleaños?
—Ya se me ocurrirá algo.
—Dudo que puedas superar el juego de salero y pimentero, pero... —Rocío abrió la caja esperando encontrar un broche o unos pendientes graciosos y tropezó con dos corazones de rubíes y brillantes.
—Me llamaron la atención.
—No... no puedes regalarme algo así. —Era la primera vez que la veía tartamudear—. No puedes regalarme unos pendientes como estos... así como así. Son piedras de verdad. ¿Crees que soy demasiado estúpida para reconocer un brillante auténtico?
—No. —Qué curioso, pensó Gastón, que Rocío hubiera saltado del aturdimiento a la ira ante un regalo de brillantes—. Pensé que te quedarían bien.
—Me trae sin cuidado que seas rico. —Rocío cerró bruscamente la tapa contra el destello de sangre y hielo—. Me trae sin cuidado cuánto dinero guardas en tus carteras y cuentas bancarias. No quiero que me compres joyas caras. Si quiero brillantes y rubíes, yo me los compraré. No me estoy acostando contigo para que me llenes de regalos.
—Genial. —Gastón se reclinó en su silla para contemplar la mirada furiosa de Rocío, que se había levantado mientras le gritaba—. ¿De modo que esos pendientes no te habrían molestado si hubieran sido de cristal? A ver si me entero bien de las reglas. Si veo algo que me gustaría para ti, no puedo comprarlo si cuesta más de...¿cuánto? ¿Cien? ¿Ciento cincuenta? Dame un presupuesto aproximado.
—No necesito que me compres cosas.
—Por Dios, Rocío, si necesitaras que te comprara cosas, te compraría comida. Estos pendientes son bonitos y me hicieron pensar en ti. Y mira. —Gastón cogió la caja y la rodeó con una mano—. No hay cadenas.
—Algo que cuesta tanto como un coche decente de segunda mano ha de tener cadenas, cher.
—Te equivocas. El dinero es relativo. Tengo mucho. Pero si no los quieres, no importa. —Gastón se encogió de hombros y levantó su taza de café—. Se los daré a otra persona.
La mirada de ella se afiló.
—Ah, ¿sí?
—Está visto que perturban tu equilibrio moral, pero sería una pena que no se aprovecharan.
—Estás haciendo que parezca una idiota.
—No, estás comportándote como una idiota. Yo me limito a representar mi papel en tu pequeño drama. Me gustaría que tuvieras estos pendientes, pero no si piensas que son un pago a los servicios prestados. Eso es tan insultante para mí como para ti. Rocío —añadió Gastón cuando la boca de ella se abrió—. Al decirme que no quieres que te pague por el sexo me estás diciendo que yo estaría dispuesto a comprarlo. Maldita sea, son solo unas piedras.
—Unas piedras muy bellas. —¡Mierda, mierda, mierda! ¿Por qué ese hombre conseguía siempre desconcertarla?
Y como siempre, allí estaba él, observando tranquilamente cómo ella se encendía.
Respiró profundamente mientras Gastón la miraba con paciencia y regocijo.
—He sido una grosera. No estoy acostumbrada a que los hombres me pongan brillantes y rubíes delante de un cuenco de cereales.
—Entiendo. ¿Quieres que esperemos a la cena y te los ponga delante de un jugoso filete?
Rocío rió débilmente y se echó el pelo hacia atrás.
—Eres demasiado bueno para mí.
—¿Qué demonios significa eso? —preguntó él.
Ella se limitó a sacudir la cabeza y levantó la caja.
Examinó los pendientes largo y tendido antes de ponérselos.
—¿Qué tal me quedan?
—Estupendamente.
Rocío se inclinó y lo besó.
—Gracias. Al principio me asustaron un poco, pero ya se me ha pasado.
—Bien.
—Tendré que llevarlos con el pelo recogido para que se vean bien. Maldita sea —dijo Rocío mientras corría hacia la puerta—, tengo que vérmelos. —Se detuvo frente al espejo y se levantó la melena—. ¡Dios mío, son fabulosos! Nunca había tenido nada tan bonito. Eres un encanto, Gastón. Un encanto loco y testarudo.
—Cuando te cases conmigo —dijo él desde la puerta—, te regalaré brillantes en el desayuno una vez por semana.
—Para el carro.
—Vale, pero piénsalo.
—He de darme prisa. Quiero visitar a mi abuela antes de regresar a la ciudad.
—¿Me llevas contigo? Tengo algo para ella.
Los ojos de Rocío, al buscar los de él a través del espejo, mostraron indulgencia y frustración.
—Ya le has comprado otra cosa.
—No empieces —le advirtió Gastón, y retrocedió para recoger los cuencos.
—¿Por qué tienes que estar siempre comprando, cher?
A estas alturas ya lo conocía, y la pequeña rotación de hombros le dijo que estaba molesto e incómodo, de modo que suavizó la pregunta con un beso en la mejilla.
—Tengo dinero —repuso Gastón— y me gustan los objetos. Me parece mucho más divertido e interesante cambiar dinero por objetos que tener un montón de billetes en la cartera.
—No sé qué decirte. A mí me gustan mucho los billetes. Aunque... —Rocío señaló los pendientes—, podría aficionarme a estas hermosas piedrecitas. Adelante, llévale lo que quieras a la abuela. Seguro que, sea lo que sea, le alegrará el día porque se lo regalas tú.
—¿Eso crees?
—Está loquita por ti.
—Me gusta oír eso. —Gastón se volvió y abrazó a Rocío por la cintura—. ¿Y tú? ¿Estás loquita por mí?
Por la espalda de Rocío descendió una corriente de calor que casi la hizo suspirar.
—Sería difícil no estarlo.
—Bien. —Gastón posó suavemente los labios en los de ella—. Eso me gusta aún más.

4 comentarios:

  1. Me encanta esta novela!!!! espero el proximooo!!

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  2. ayyy me encanto k lindos los rubios ro yase esta enamorando de gaston subi mas capitulos me encanta esta novela

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  3. Re bonita la novela pasense por Gastochi nunca muere

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  4. Esta chica ya no tiene marcha atrás, está muy enamorada de Gas. La cosa es que no quiere reconocerlo...

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