Rocío rodó sobre su
espalda pasando de una almohada a la otra. Oyó una voz grave y masculina
entonar un estribillo. Y, suspirando, pasó la mano por la sábana.
Él no estaba a su
lado, pero sí su calor.
Abrió los ojos y
parpadeó al recibir la luz brumosa del sol. No había sido su intención quedarse
a dormir, pero cuando estaba con Gastón sus intenciones solían desviarse para
satisfacer los deseos de él. Más aún, los deseos de él giraban hasta
convertirse también en sus propios deseos.
Un hombre astuto,
pensó con un bostezo, sumergiéndose en la almohada. Raras veces parecía
presionar, nunca pedía demasiado, y siempre se salía con la suya.
Cómo lo admiraba por
eso.
Aunque hubiera
preferido despertarse en su propia cama, se alegraba de haberse quedado. Había
llegado decaída y algo irascible. Ver a su madre solía tener ese efecto en ella.
Durante algunas horas la había olvidado y se había limitado a disfrutar de la
compañía de Gastón.
Eso era suficiente, y
tendría que ser suficiente para ambos el tiempo que durara su relación. Ver a
Lilibeth le recordaba las promesas que se había hecho.
Tener éxito en la
vida siguiendo sus propios principios. Vivir exactamente como ella decidiera
vivir. Y nunca, nunca poner sus esperanzas, sus necesidades y sus deseos en
manos de otra persona.
Gastón se iría tarde
o temprano. Todos lo hacían.
Pero esta vez a ella
le importaba más, y haría lo posible por que fueran amigos y continuaran
siéndolo después.
Por tanto, se
cuidaría mucho de enamorarse. Se cuidaría mucho de hacerle daño mientras él
creyera que la amaba.
Arrugó el entrecejo.
Oía cantar. En la ducha. La voz de Gastón sonaba por encima del martilleo del
agua.
—Han pasado muchos
años, niña... y nunca me casé, fiel a mi amor perdido, aunque muerta esté.
Una letra extraña
para cantarla en la ducha, pensó Rocío, y se descubrió tarareando mentalmente
el estribillo. Cuando el baile termine, cuando rompa el alba.
Atónita —¿de dónde
había sacado esa letra?—, se levantó y fue hasta la puerta del cuarto de baño.
Conocía la melodía y, más aún, conocía
la letra. Una triste historia sobre falta de fe, sobre muerte, acompañaba la
romántica melodía.
El corazón le
palpitaba con fuerza. Notaba el pulso en la garganta.
Bailando a la luz de
la luna con la casa como un faro blanco contra la noche. Una muchacha vestida
de muselina y un joven con esmoquin. El perfume de las lilas, denso y dulce.
El aire está cargado
de flores. Tan cargado que cuesta respirar. Tan cargado que te marea mientras
das vueltas y más vueltas por el jardín, con la música de fondo.
Mareada, mareada por
el baile. Mareada, mareada de amor.
Tambaleándose, Rocío
fue a apoyar una mano en la puerta cuando esta se abrió y el vaho la envolvió
mientras caía.
—¡Uau! —Gastón la
recogió en sus brazos. Todavía mojado, con el pelo goteando sobre el rostro de
ella, la trasladó a la cama.
—Estoy bien... solo
perdí el equilibrio.
—Cariño, estás blanca
como la leche. —Gastón le apartó el cabello de la cara y tomó una mano helada
entre las suyas—. ¿Qué te ha ocurrido?
—Nada. —Dividida
entre el desconcierto y la turbación, lo apartó para incorporarse—. Me levanté
demasiado deprisa y perdí el equilibrio cuando fui a alcanzar la puerta en el
momento en que tú la abrías, eso es todo. Estoy bien, cher. Creo que no me
sienta bien madrugar.
—Te traeré agua.
—Cielo, estoy bien.
Las Igarzábal somos mujeres fuertes. —Le pasó un dedo por el mentón. Todo
empezaba a evaporarse, la canción, el olor de las lilas, la sensación de
vértigo—. Esta cara tan guapa me quita la respiración. ¿Me has dejado agua
caliente?
—Probablemente no. —Gastón
se hizo un sitio a su lado—. Tengo que cambiar el calentador. Si esperas media
hora, tendrás agua suficiente para una ducha.
—Mmm, ¿qué puedo
hacer con media hora? —Riendo, Rocío lo atrajo hacia la cama.
Esa sí era una buena
forma de comenzar el día, se dijo. Se rezagó sobre su primera taza de café
frente a la mesita que Gastón había instalado en la terraza del dormitorio.
Dado que la oferta de desayuno era limitada, se había conformado con un cuenco
de cereales azucarados y había observado a Gastón cargar el suyo de azúcar.
—Cher, ¿por qué no
desayunas directamente un bastón de caramelo?
—No tengo.
Gastón sonrió.
Diantre, cómo le cortaba la respiración esa sonrisa.
—Tienes una vista muy
bonita desde aquí. Ideal para la contemplación matutina.
—Será aún mejor
cuando cambie los tablones en mal estado y pinte. Y hacen falta más cosas. —Gastón
miró en derredor—. Macetas con flores y un columpio o un balancín.
Rocío se llevó una
cucharada de cereales a la boca.
—Eres un chico
hogareño, ¿verdad, cheri?
—Eso parece. —Y le
encantaba—. Quién iba a decírmelo.
—¿Y qué ha planeado
el chico hogareño para hoy?
—Quiero terminar el
primer tramo de la escalera exterior. Si este tiempo aguanta durante el fin de
semana, me pondré con la fachada. Han de venir unos hombres a empezar los otros
cuartos de baño. También tengo que hacer algunas compras. ¿Quieres venir
conmigo?
—Nunca he conocido a
un hombre que le guste tanto comprar. —Resultaba tentador ceder a la
encantadora imagen de buscar tesoros con él. E intervenir en la elección de
objetos para la casa.
¿Pero no contribuiría
eso a hacer de ellos una pareja en lugar de dos personas disfrutando del
momento?
Rocío sacudió la
cabeza y se negó el placer.
—Si las compras no
implican zapatos o pendientes, lo tienes crudo conmigo, cielo.
—Podría hacer un
hueco para eso entre la búsqueda de tiradores y clavos. De hecho... aguarda un
momento.
Gastón se levantó y
entró en el dormitorio mientras Rocío se reclinaba y, con la taza entre ambas
manos, contemplaba los jardines y el estanque.
Lo había distraído,
pensó. O por lo menos él estaba fingiendo haber olvidado lo sucedido esta
mañana. Había estado a punto de desmayarse y eso habría sido algo nuevo para
ella.
Había algo en la casa
que la afectaba, pensó Rocío, como también afectaba a Gastón. Una parte tiraba
de ella hacia dentro mientras que la otra la empujaba hacia fuera, pero estaba decidida
a no dejarse apabullar.
¿Era posible que,
después de todo, él tuviera razón?
¿Podía ser tan
sencillo y evidente? ¿Había sido Gastón Ramiro en otra vida y ella su Valeria?
¿Habían bailado a la
luz de la luna esa vieja y triste canción?
De ser así, ¿qué
significaba eso para ellos en esta vida?
La expresión de Rocío
era de preocupación cuando Gastón regresó y dejó una cajita sobre la mesa,
junto al cuenco de cereales.
—Cher, si sigues
haciéndome regalos, ¿qué harás cuando llegue mi cumpleaños?
—Ya se me ocurrirá
algo.
—Dudo que puedas
superar el juego de salero y pimentero, pero... —Rocío abrió la caja esperando
encontrar un broche o unos pendientes graciosos y tropezó con dos corazones de
rubíes y brillantes.
—Me llamaron la
atención.
—No... no puedes
regalarme algo así. —Era la primera vez que la veía tartamudear—. No puedes
regalarme unos pendientes como estos... así como así. Son piedras de verdad.
¿Crees que soy demasiado estúpida para reconocer un brillante auténtico?
—No. —Qué curioso,
pensó Gastón, que Rocío hubiera saltado del aturdimiento a la ira ante un
regalo de brillantes—. Pensé que te quedarían bien.
—Me trae sin cuidado
que seas rico. —Rocío cerró bruscamente la tapa contra el destello de sangre y
hielo—. Me trae sin cuidado cuánto dinero guardas en tus carteras y cuentas
bancarias. No quiero que me compres joyas caras. Si quiero brillantes y rubíes,
yo me los compraré. No me estoy acostando contigo para que me llenes de
regalos.
—Genial. —Gastón se
reclinó en su silla para contemplar la mirada furiosa de Rocío, que se había
levantado mientras le gritaba—. ¿De modo que esos pendientes no te habrían
molestado si hubieran sido de cristal? A ver si me entero bien de las reglas.
Si veo algo que me gustaría para ti, no puedo comprarlo si cuesta más
de...¿cuánto? ¿Cien? ¿Ciento cincuenta? Dame un presupuesto aproximado.
—No necesito que me
compres cosas.
—Por Dios, Rocío, si
necesitaras que te comprara cosas, te compraría comida. Estos pendientes son
bonitos y me hicieron pensar en ti. Y mira. —Gastón cogió la caja y la rodeó
con una mano—. No hay cadenas.
—Algo que cuesta
tanto como un coche decente de segunda mano ha de tener cadenas, cher.
—Te equivocas. El
dinero es relativo. Tengo mucho. Pero si no los quieres, no importa. —Gastón se
encogió de hombros y levantó su taza de café—. Se los daré a otra persona.
La mirada de ella se
afiló.
—Ah, ¿sí?
—Está visto que
perturban tu equilibrio moral, pero sería una pena que no se aprovecharan.
—Estás haciendo que
parezca una idiota.
—No, estás
comportándote como una idiota. Yo me limito a representar mi papel en tu
pequeño drama. Me gustaría que tuvieras estos pendientes, pero no si piensas
que son un pago a los servicios prestados. Eso es tan insultante para mí como
para ti. Rocío —añadió Gastón cuando la boca de ella se abrió—. Al decirme que
no quieres que te pague por el sexo me estás diciendo que yo estaría dispuesto
a comprarlo. Maldita sea, son solo unas piedras.
—Unas piedras muy
bellas. —¡Mierda, mierda, mierda! ¿Por qué ese hombre conseguía siempre
desconcertarla?
Y como siempre, allí
estaba él, observando tranquilamente cómo ella se encendía.
Respiró profundamente
mientras Gastón la miraba con paciencia y regocijo.
—He sido una grosera.
No estoy acostumbrada a que los hombres me pongan brillantes y rubíes delante
de un cuenco de cereales.
—Entiendo. ¿Quieres
que esperemos a la cena y te los ponga delante de un jugoso filete?
Rocío rió débilmente
y se echó el pelo hacia atrás.
—Eres demasiado bueno
para mí.
—¿Qué demonios
significa eso? —preguntó él.
Ella se limitó a
sacudir la cabeza y levantó la caja.
Examinó los
pendientes largo y tendido antes de ponérselos.
—¿Qué tal me quedan?
—Estupendamente.
Rocío se inclinó y lo
besó.
—Gracias. Al
principio me asustaron un poco, pero ya se me ha pasado.
—Bien.
—Tendré que llevarlos
con el pelo recogido para que se vean bien. Maldita sea —dijo Rocío mientras
corría hacia la puerta—, tengo que vérmelos. —Se detuvo frente al espejo y se
levantó la melena—. ¡Dios mío, son fabulosos! Nunca había tenido nada tan
bonito. Eres un encanto, Gastón. Un encanto loco y testarudo.
—Cuando te cases
conmigo —dijo él desde la puerta—, te regalaré brillantes en el desayuno una
vez por semana.
—Para el carro.
—Vale, pero piénsalo.
—He de darme prisa.
Quiero visitar a mi abuela antes de regresar a la ciudad.
—¿Me llevas contigo?
Tengo algo para ella.
Los ojos de Rocío, al
buscar los de él a través del espejo, mostraron indulgencia y frustración.
—Ya le has comprado
otra cosa.
—No empieces —le
advirtió Gastón, y retrocedió para recoger los cuencos.
—¿Por qué tienes que
estar siempre comprando, cher?
A estas alturas ya lo
conocía, y la pequeña rotación de hombros le dijo que estaba molesto e
incómodo, de modo que suavizó la pregunta con un beso en la mejilla.
—Tengo dinero —repuso
Gastón— y me gustan los objetos. Me parece mucho más divertido e interesante
cambiar dinero por objetos que tener un montón de billetes en la cartera.
—No sé qué decirte. A
mí me gustan mucho los billetes. Aunque... —Rocío señaló los pendientes—,
podría aficionarme a estas hermosas piedrecitas. Adelante, llévale lo que
quieras a la abuela. Seguro que, sea lo que sea, le alegrará el día porque se
lo regalas tú.
—¿Eso crees?
—Está loquita por ti.
—Me gusta oír eso. —Gastón
se volvió y abrazó a Rocío por la cintura—. ¿Y tú? ¿Estás loquita por mí?
Por la espalda de Rocío
descendió una corriente de calor que casi la hizo suspirar.
—Sería difícil no
estarlo.
—Bien. —Gastón posó
suavemente los labios en los de ella—. Eso me gusta aún más.
Me encanta esta novela!!!! espero el proximooo!!
ResponderEliminarayyy me encanto k lindos los rubios ro yase esta enamorando de gaston subi mas capitulos me encanta esta novela
ResponderEliminarRe bonita la novela pasense por Gastochi nunca muere
ResponderEliminarEsta chica ya no tiene marcha atrás, está muy enamorada de Gas. La cosa es que no quiere reconocerlo...
ResponderEliminar