Rocío dio un salto
atrás mientras los pedazos llovían sobre sus tobillos. Con expresión ceñuda,
contempló la sangre que brotaba de los diminutos rasguños.
—Parece ser que ya lo
he hecho. ¿No te gusta, verdad? —Sin soltar el cuenco, se dio la vuelta—. Lo
último que deseas es que estemos juntos. Veremos quién gana.
Lo veremos.
Rocío recogió un trozo
de loza y lo deslizó por la yema de su dedo pulgar. Cuando la sangre asomó,
alzó la mano y dejó que goteara.
—No soy tan débil
como lo fue él. Si acepto amor, si prometo amor, lo mantengo.
El sonido de un
carillón la sobresaltó. Era la melodía de Gastón. Las primeras notas. El miedo
y la estupefacción le cerraron la garganta y el cuenco tembló.
—¡Maldita sea, abre
la puerta! —La voz de Gastón resonó hinchada de irritación—. Luego asesina al
idiota que haya tocado el timbre.
¿Timbre? Rocío se
mesó el pelo. Gastón había instalado un timbre que tocaba «Después del baile».
Viniendo de él, no podía ser de otro modo.
—Si sigues gritándome
de ese modo —vociferó mientras salía al vestíbulo— tendrás que vértelas con
algo peor que una resaca.
—Si te largaras y me dejaras
morir en paz, no tendría que gritar.
—De aquí a un minuto
subiré a retorcerte el pescuezo. Y después de retorcerte el pescuezo te daré
una buena patada en el culo.
Rocío abrió la puerta
vociferando la última amenaza y se descubrió mirando furiosamente a una pareja
de aspecto muy distinguido. Solo tardó lo que dura un pestañeo en sacudirse el
mal genio y ver que los ojos de Gastón la miraban con curiosidad desde la cara
de una mujer.
—Soy Silvia Dalmau.
—La dama, arreglada, rubia y sumamente atractiva, le tendió una mano elegante—.
¿Y quién es usted? Si es el culo de mi hijo el que piensa azotar, me gustaría
saber cómo se llama.
—¿Mamá? —Goteando
agua de la ducha, ataviado únicamente con unos pantalones de chándal viejos, Gastón
corrió hasta el rellano—. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Hola! —Pese a los estragos de la
resaca, bajó como una bala y los estrujó entre sus brazos—. No os esperaba
hasta mañana.
—Cambio de planes.
¿Acabas de levantarte? —preguntó Silvia-—. Es la una de la tarde.
—Anoche tuvimos
despedida de soltero. Alcohol duro y mujeres disolutas.
—¡No me digas! —Silvia
miró a Rocío.
—Oh, no, esta no.
Ella vino a hacer de Florence Nightingale. Silvia y Pedro Dalmau, Rocío Igarzábal.
—Es un placer
conocerla. —Pedro, larguirucho y desgarbado, de pelo oscuro y encantadoras
canas en las sienes, dirigió a Rocío una amplia sonrisa. Sus ojos azules
brillaron al tenderle la mano.
Y mostraron
preocupación al reparar en el pulgar.
—Estás herida.
—No es nada.
—¿Qué te ha pasado?
Jesús, Rocío, estás sangrando. —Preso del pánico, Gastón la cogió de la muñeca,
la levantó del suelo y la llevó hasta la cocina.
—Es solo un rasguño, Gastón
—susurró Rocío—. Ya basta. Tus padres. Me estás dejando en ridículo.
—Calla. Déjame ver si
es profundo.
Todavía en el umbral,
Pedro miró a su mujer.
—¿Es ella?
—No hay duda de que
eso piensa él. —Silvia apretó los labios y entró en la casa—. Echemos una
ojeada a todo esto.
—Es muy guapa.
—Tengo ojos, Pedro.
—Y los utilizó para absorber la casa mientras seguían los pasos de Gastón.
Era más, mucho más de
lo que esperaba. No porque dudara del gusto de su hijo. Pero le habían hecho
creer que la casa se hallaba en un estado de deterioro insalvable. Lo que ella
veía eran estancias elegantes, detalles encantadores, cristaleras y maderajes
brillantes.
Y en la cocina vio a
su hijo inclinado sobre la mano de una mujer sumamente irritada, sumamente
hermosa, que parecía muy capaz de llevar a cabo su amenaza.
—Lo siento. —Rocío
apartó a Gastón de un codazo y sonrió a la pareja—. Se me cayó una taza, eso es
todo. Me alegro de conocerles.
Gastón se puso a
rebuscar en los armarios.
—Necesitas un
desinfectante y una tirita.
—Oh, déjalo ya,
cualquiera diría que he perdido una mano. Y si no vas con cuidado acabarás
pisando los pedazos rotos y en peor estado que yo. Lamento que su llegada haya
sido tan accidentada —dijo a los padres de Gastón—. Voy a limpiar todo esto y
luego me iré.
—¿Adonde? —preguntó Gastón—.
Prometiste comida.
Rocío se preguntó si Gastón
podía oír el rechinar de sus dientes.
—Echa lo que hay en ese
cuenco en una sartén, enciende el fogón y tendrás comida. —Abrió bruscamente el
armario de la limpieza—. ¿Por qué no ofreces a tus padres una taza de café o
algo frío después de tan largo viaje? Te educaron mejor que eso.
—Desde luego —convino
Silvia.
—Lo siento, ver
sangrar de ese modo a la mujer que amo me ha trastornado.
—Gastón. —Aunque la
voz de Rocío sonó queda, la advertencia era alta y clara.
—Me encantaría una
taza de café —dijo animadamente Pedro—. Hemos venido directamente del
aeropuerto. Queríamos ver la casa, y a ti también, Gas —añadió con un guiño.
—¿Y el equipaje?
—Lo enviamos al
hotel. Hijo, esta casa es enorme. Demasiado espacio para un hombre solo.
—Rocío y yo queremos
cuatro hijos.
Rocío dejó caer los
fragmentos de la taza en la basura y se volvió raudamente hacia Gastón.
—Vale, tres
—rectificó él sin parpadear—. Pero es mi última oferta.
—Ya he tenido
bastante. —Rocío le puso la escoba y el recogedor en las manos—. Limpia tu
propia porquería. Espero que disfruten de su estancia —dijo en un tono
contenido a Silvia y Pedro—. Llego tarde al trabajo.
Salió por la puerta
de atrás porque estaba más cerca y venció la necesidad de dar un portazo que
agrietara las ventanas.
—¿No es preciosa?
—dijo Gastón con una amplia sonrisa—. ¿No es perfecta?
—La has irritado y
has hecho que pasara vergüenza—dijo Silvia.
—Genial. Suelo hacer
más progresos de esa manera. Os serviré una taza de café y luego daremos una
vuelta por la casa.
Una hora más tarde Gastón
estaba sentado con su madre en la terraza de atrás mientras Pedro —que había
perdido el debate— preparaba emparedados.
Lo peor de la resaca
había pasado. Gastón supuso que debía agradecérselo a la misteriosa pócima que Rocío
le había dado... y al placer de verla en la misma habitación que sus padres.
Caray, cómo los había
extrañado, pensó. No se había dado cuenta de ello hasta que los vio.
—¿Y? —dijo al fin—.
¿Vas a decirme qué piensas?
—Sí. —Pero Silvia
siguió contemplando los jardines—. Hace calor, ¿no crees? Es pronto para que
haga este calor, me parece a mí.
—En realidad hoy hace
un poco de fresco. Deberías haber estado aquí hace un par de días. Podrías
haber cocido un huevo aquí fuera.
Silvia oyó cómo lo
dijo, con cierto orgullo.
—Nunca te gustó el
frío. Cuando íbamos a esquiar, preferías quedarte jugando en la cabaña a bajar
por las pistas.
—El esquí es algo que
la gente inventó para hacer ver que la nieve es divertida.
—Me temo que no te
invitaremos a Vermont este año. —Pero la mano de Silvia acarició la de su
hijo—. La casa es hermosa. Gastón. Hasta lo que todavía no has restaurado es
hermoso, a su manera. Me gustaba pensar que tu trabajo con las herramientas y
la madera era una mera afición. Prefería pensar eso. Imaginaba que mientras
fueras abogado seguirías en Boston. Me horrorizaba verte marchar, así que te lo
puse difícil. No lo siento. Eres mi niño —dijo, y llegó hasta lo más profundo
del corazón de Gastón.
—No tengo que vivir
en Boston para estar cerca.
Ella sacudió la
cabeza.
—Ya no aparecerás por
casa inesperadamente. No tropezaremos en restaurantes o en fiestas o en el
teatro. Eso me causa dolor, un dolor que comprenderás cuando tengas esos tres o
cuatro hijos.
—No quiero que estés
triste.
—Cómo no voy a
estarlo. No seas bobo. Te quiero.
—Eso dices —respondió
él juguetonamente.
Silvia le miró, ojos verdes
sobre ojos verdes.
—Afortunadamente para
los dos, te quiero lo bastante para saber cuándo dejarte ir. Has encontrado tu
lugar aquí. No negaré que esperaba que no fuera así, pero como lo has
encontrado, me alegro por ti.
—Gracias. —Gastón se
inclinó para besarla.
—En cuanto a esa
mujer...
—Rochi.
—Sé cómo se llama, Gastón
—repuso secamente Silvia—. Como suegra en potencia, tengo derecho a dirigirme a
ella como «esa mujer» hasta que la conozca un poco mejor. En cuanto a esa
mujer, no se parece en nada a la mujer que había imaginado para ti. Por lo
menos cuando te imaginaba prosperando en el bufete de abogados y comprando una
casa cerca de nosotros y con fácil acceso al club de campo. Jessica habría
cumplido bastante bien los requisitos como nuera dentro de ese contexto. Una
buena pareja de tenis que juega bien al bridge y está capacitada para presidir
los comités adecuados.
—Deberías adoptarla.
—Calla, Gastón. —El
tono de Silvia fue dulce y, al mismo tiempo, firme. Rocío lo habría reconocido
al instante—. Todavía no he terminado. Jessica, por mucho que me conviniera a
mí, era evidente que no te convenía a ti. No eras feliz, y había empezado a
notarlo y a preocuparme poco antes de que rompieras. Traté de convencerme de
que eran los nervios prenupciales, pero sabía que me estaba engañando.
—No habría hecho daño
que hubieras hablado del tema.
—Puede, pero estaba
irritada contigo.
—No hace falta que lo
jures.
—No seas descarado,
jovencito, sobre todo cuando estoy a punto de ponerme sentimental. Siempre
fuiste un niño alegre, inteligente, espabilado y agudo. Tenías lo que yo
llamaba un corazón vital, y lo perdiste. Hoy he visto que lo has recuperado. Lo
vi en tus ojos cuando mirabas a Rochi.
Gastón tomó la mano
de su madre y la frotó contra su mejilla.
—La has llamado Rochi.
—Temporalmente.
Todavía no le he dado el visto bueno. Y créeme, hijo, ella tampoco nos ha dado
el visto bueno a tu padre y a mí. De modo que te aconsejo que te quites de en
medio y nos dejes hacer el trabajo a nosotros. —Silvia estiró las piernas—. ¿Pedro?
¿Has tenido que cazar al cerdo para hacer los emparedados de jamón?
Gastón sonrió y posó
en la mano que sostenía un beso fuerte y sonoro.
—Os quiero.
—Nosotros también te
queremos. —Silvia le apretó los dedos antes de soltarlos—. Solo Dios sabe por
qué.
Soñó con tormentas y
dolor. Con miedo y gozo.
La lluvia y el viento
azotaban las ventanas y el dolor que lo flagelaba salía en forma de aullidos.
El sudor y las
lágrimas cubrían la cara de él... de ella. El cuerpo de ella. El dolor de él.
La habitación
aparecía dorada con la lámpara de gas y el fuego de la chimenea. Y mientras
fuera rugía la tormenta, otra se debatía dentro de ella. De él.
Las contracciones le
golpeaban la barriga con un dolor cegador. Su llanto era primitivo y le ardía
la garganta.
¡Empuja, Vale!
¡Tienes que empujar! Ya casi estás.
Agotada, estaba
agotada y débil. ¿Como podía él experimentar tanto dolor? Los dientes le
rechinaban. Casi como a una loca. Todo lo que era, todo lo que tenía, estaba
concentrado en esta tarea, en este milagro.
Su hijo. Su hijo, y
el hijo de Ramiro, estaba luchando por venir a este mundo. Y ella luchaba con
todas las fuerzas que le quedaban. Una vida dependía de ello.
¡Ya se ve la cabeza!
¡ Y el pelo! Otro empujón, Vale. Otro empujón, chére.
Ahora ella reía.
Mejor que gritar, aunque la risa tuviera un atisbo de histeria. Se apoyó en los
codos y echó la cabeza hacia atrás mientras un dolor nuevo e indescriptible la
atravesaba.
Este momento único,
este acto, era el mayor regalo que una mujer podía hacer. Este regalo, este
bebé, estaría protegido, sería atendido, sería amado el resto de sus días.
Y entre aullidos de
dolor, con el estallido de relámpagos, con el rugido de los truenos, ella
empujó y empujó, y dio al mundo una nueva vida.
¡Una niña! Tienes una
hija preciosa.
El dolor quedó
olvidado. Las horas de sudor, sangre y sufrimiento quedaron eclipsadas por una
felicidad arrolladora. Sollozando, Vale alargó los brazos para acoger a la
pequeña recién nacida cuyo llanto sonaba a triunfo.
Mi rosa. Mi bella Valentina.
Llama a Ramiro para que vea a nuestra hija.
Primero lavaron a la
madre y a la hija, sonriendo ante la impaciencia de la madre y el llanto de la
pequeña. Ramiro tenía lágrimas en los ojos cuando entró en la habitación. Los
dedos le temblaban cuando tomó la mano de ella. Su cara se llenó de admiración
cuando miró a la niña que habían creado.
Vale le contó lo que
había jurado en el momento en que le pusieron a Valentina en los brazos.
La protegeremos, Ramiro.
Pase lo quépase, la protegeremos y haremos que sea feliz. Es nuestra. Prométeme
que siempre la amarás y la cuidarás.
Claro que sí. Es tan
hermosa, Vale. Mis preciosas chicas, os quiero.
Dilo. Necesito oírte Decirlo.
Sosteniendo la mano
de Valeria, Ramiro posó suavemente un dedo en la mejilla de su hija. La
amaré y la cuidaré siempre. Lo juro.
Mmm... Silvia parece bastante exigente
ResponderEliminarque lindo que los padres de gas hayan conocido a rochi!!!
ResponderEliminarigualmente como dijo dani, silvia parece muuuuuy exigente... espero el prox, no tardes en subirlo!!!!
Besos :)