Gastón estaba sentado sobre
el tílburi clavando los ojos en las luces de la piscina y teniendo una aventura
amorosa seria con un pinot noir muy caro. Era pasada la medianoche, pero Rochi
aún no había llegado de Austin.
Aunque Gastón no estaba
borracho, tampoco estaba del todo sobrio, lo cual era perfecto pues era mucho más
agradable cuando estaba sobrio, y él no quería ser agradable ahora mismo. Había
vuelto a salir aquí afuera después de sentirse miserable viendo un video de la
última edición del Masters, pero en el fondo no veía nada porque se había
pasado todo el tiempo imaginándose escenas de Rochi desnudándose para Benjamín.
Si no fuera por Nico, él se
estaría preparando para viajar a Augusta ahora en vez de pensar en Rochi
desnuda. Su juego corto nunca había sido mejor, había solucionado el problema
que había estado teniendo con su conducción, y algo dentro de él había estado
diciéndole durante meses que este era su año para llevarse la chaqueta verde.
Pero en vez de hacer eso, él hacía de niñera de una dominante virgen de treinta
años.
Por encima de él, las luces
se encendieron en su dormitorio. Así qué ella, finalmente había vuelto. Sus
ojos se estrecharon tal como hacía cuando se disponía a embocar un put cuesta
abajo.
Se tomó su tiempo para
terminarse el vino, y llevó la botella dentro. Usualmente este lugar le resultaba
muy acogedor, excepto que esta noche no se sentía muy amistoso. Tal vez la casa
sabía lo que él tenía en mente.
La alfombra amortiguó el
sonido de sus zapatos en las escaleras. Oyó agua corriendo en el cuarto de baño
de la habitación de invitados y, sin molestarse en golpear, empujó la puerta
del dormitorio donde ella se quedaba.
Ya había puesto su marca en
el lugar. Su sombrero de paja decorado con cerezas colgaba sobre un poste de la
cama, y, aunque el florero con las flores que Patrick había colocado daba un
toque artístico, la tetera amarilla brillante que contenía flores salvajes que
crecían al lado de la cerca del repasto sólo podía haber sido arreglado por Rochi.
Tenía libros por todas partes, una carpeta con sus notas sobre la
investigación, una botella rosa de loción, y una tableta enorme de chocolate
negro Cadbury, con la envoltura pelada que reflejaba el borde dentado donde la
había mordisqueado.
Las ropas que se acababa de
quitar estaban encima de la cama, junto con un sostén de color lavanda impreso
con pequeñas margaritas blancas. Las braguitas a juego estaban tiradas en el
suelo al lado de las sandalias. Clavó los ojos en ellas por un momento, luego
anduvo de aquí para allá por el cuarto antes de coger su botella de loción.
Desenroscó el tapón y lo olió.
Polvos de talco, flores y
especias. Incluso en su estado no demasiado sobrio, pudo captar el simbolismo.
Caminó con la botella en la
mano hasta una silla, se sentó y estiró las piernas. Sumergió un dedo dentro y
lo sacó embadurnado con el rosado aceite de loción, luego lo frotó contra su
pulgar. Era sedoso y completamente femenino. Se lo llevó a la nariz y pensó
acerca de las cosas que utilizaba una mujer para calmar los sentidos de un
hombre. Pero no completamente porque mezclado con esa feminidad suave y sedosa
que era necesaria para que una mujer reformara a un hombre, para satisfacer la
imagen de lo que ella pensaba que él debía ser.
Su madurez había sido tan
duramente ganada que nunca había estado tentado en ponerla en peligro dejando que
una mujer se metiera demasiado dentro de él, sobre todo una obstinada. Había un
lugar privado dentro de él que no había dejado a nadie entrar. Aún en cierta
forma hoy Rochi lo había hecho. No a sabiendas. Pero había ocurrido, y ahora
esto iba a acabar.
Mientras frotaba la loción
en su palma y ponía el tapón a la botella, pensó que las mujeres no eran las
únicas que podían manipular. Su necesidad de sobrevivir como un hombre le había
hecho un maestro en el sutil arte de tomar lo que quería sin dar nada a cambio.
La puerta del cuarto de baño
se abrió de golpe. Ella dio un gritito de sorpresa cuando le vio y se tapó con
la toalla de baño. Él vislumbró unos atractivos senos rosados después de la
ducha, pezones suaves, y bucles húmedos de pelo púbico una sombra más oscura de
sirope de caramelo que los rizos que se le pegaban a sus mejillas. La sangre se
disparó hacía su ingle.
—¡Maricón! —ella finalmente
logró asegurar la toalla—. ¡Me has dado un susto de muerte! ¿Qué estás haciendo
aquí dentro?
—Has llegado un poco tarde,
¿no?
Rochi sintió su corazón
golpeando con miedo. Él la miraba los labios con aspecto peligroso, los ojos
entrecerrados, verdes con capucha. Algo parecía haberle afectado profundamente.
—No tenía idea que me
estabas esperando.
—Debes haber olvidado que
soy responsable de ti.
—Pamplinas. Yo soy
responsable de mí misma. Ahora será mejor que salgas.
Él se levantó de la silla y
la estudió durante un largo momento.
—¿Has conseguido tu regalo
esta noche?
Le llevó un momento
comprender lo que él decía, y luego una respuesta indignada se lanzó a sus
labios. En el último instante, sin embargo, descubrió que su curiosidad era más
fuerte que su desagrado. ¿Qué le molestaba a él tanto como para hacerle parecer
a un interrogador durante la Guerra Fría?
—¿Me estás preguntando si me
he acostado con Benjamín esta noche? ¿Es eso?
Lamentablemente, su
franqueza no le hizo echarse atrás.
—Podría haber sido difícil
con Luc mirando. Pero tal vez conseguisteis darle esquinazo.
¿Qué hacía primero? ¿Se
ponía su bata o le echaba el agua del florero por la cabeza? Decidió seguir con
esto un poco más.
—De hecho dejamos a Luc en
su casa hace unas tres horas.
—¿Así es que has estado con Benjamín
sola desde entonces? Solamente los dos.
El agua del florero estaba
demasiado lejos. Fue hacía el armario y sacó su bata.
—Y he disfrutado cada minuto
que he pasado con él —metió los brazos en la bata, se quitó la toalla de debajo
y se ató el cinturón—. Si tienes alguna otra cosa que decirme, puedes hacerlo
mañana.
—No ha pasado nada entre Benja
y tú, ¿verdad? —tenía una extraña expresión en su cara. Casi... ¿Alivio?
—La pasión de su forma de
hacer el amor sólo fue superada por mis gritos de éxtasis.
Él caminó hacia ella, pero
pareció como si hablarse consigo mismo.
—Por supuesto que nada
ocurrió. Lo he sabido todo el tiempo —una de sus manos se apoyó en el poste de
la cama—. Pero podría haber pasado, por lo que te informo en este instante que
no quiero volver a verte sola con él.
—Si hubieras estado aquí
esta mañana —indicó ella —no me habría ido con él.
—No pensaba tardar mucho.
—Y yo no lo sabía, ¿verdad?
—colocó su ropa sobre la silla.
—De ahora en adelante, ya lo
sabes. La primera hora de la mañana, me dedico a entrenar. El resto del día es
tuyo.
—Gracias. Y ahora, buenas
noches.
Él no se movió.
—Todavía es temprano. Vamos
a nadar un poco.
—Acabo de darme una ducha.
—¿Y qué? Luego puedes darte
otra. De hecho si quieres puedo dármela contigo. ¿O, sabes qué? — hizo una
pausa y sus ojos se quedaron fijos en su boca—. ¿Qué tal si nos olvidamos de
nadar y vamos directamente a por esa ducha?
Ella ya no se sentía con el
control como lo tenía antes.
—¿Adonde quieres llegar?
—Creo que es obvio que me
preocupo por ti.
—¿Por qué?
Él soltó el poste de la
cama.
—Porque me doy cuenta que no
eres consciente de lo vulnerable que eres. Supongo que no me di cuenta al
principio, o no habría dicho lo que dije sobre que nada iba a pasar entre
nosotros.
Ella parpadeó. ¿Qué quería
decir exactamente con eso?
—No soy vulnerable.
—Por supuesto que lo eres.
Estás condenadamente decidida a acostarte con alguien, los dos lo sabemos.
Desafortunadamente, y esto es lo que me hace perder el sueño, no tienes la más
mínima idea de lo que eso supone.
Ella se encrespó.
—Considerando el hecho que
estás en mi dormitorio ahora mismo, y que estoy casi desnuda, supongo que no
puedo discutir.
—Soy el hombre con el que
más segura estás en el mundo estando prácticamente desnuda.
—¿Contigo? ¿Segura?
—Completamente —su
incredulidad pareció irritarle—. Simplemente piensa en ello. Como lo que veías
en mí cuando nos conocimos. Crees que solo te sirvo para el sexo, y no te haces
ninguna ilusión conmigo. Evidentemente soy perfecto para lo que necesitas.
Ella tragó saliva.
—Eso es verdad —excepto que
no era verdad en absoluto. A Gastón le gustaba pintar el peor cuadro posible de
sí mismo, pero no era el villano por quien se hacía pasar.
Él le dedicó una inclinación
de cabeza satisfecho.
—Esta noche he comprendido
que no puedo dejarte más oportunidades para que te enredes con alguien totalmente
inadecuado.
—¿Alguien como Benjamín
O'Conner, por ejemplo?
Sus ojos se estrecharon.
—Puede ser tu peor
pesadilla. En primer lugar, un hombre como Benjamín no está muy puesto en temas
de sexo, así que eso te garantiza una iniciación tambaleante. Y en segundo
lugar, es probable que se distraiga en algún momento y se olvide del control de
natalidad. Lo siguiente que puedes saber, es que estás embarazada del bebé del
intelectual presumido, pero el viejo Benjamín ya habrá olvidado tu nombre.
Ella sonrió. Obviamente, no
conocía a Benjamín tan bien como él pensaba. Ella se preguntó cómo iba a
reaccionar cuando viera que su hermana, a pesar de sus protestas, se sentía
atraída por el "intelectual presumido". Respecto a eso, también se
preguntaba que haría Mery.
Rochi consideró la ironía de
que con toda seguridad Benjamín era exactamente el tipo de hombre de quien ella
siempre quiso enamorarse, pero ni siquiera una vez hoy ella se había encontrado
imaginándose estar con él desnuda. Él había sido un guía maravilloso, un gran
conversador, y había pasado un día estupendo, pero ni una sola vez miró sus
labios y se preguntó que sentiría al besarlos.
Apartó la mirada de los
labios de Gastón.
—¿Entonces has cambiado de
idea?
—Parece que sí, ¿no?
Su aire de sacrificio la
exasperaba.
—Dime la verdad.
—No has contestado a mi
pregunta. ¿Quieres nadar un rato, o vamos directamente a la ducha?
—Perdona que no me abrume tu
oferta sumamente romántica.
—¿No estás...huh,
interesada?
—Ni un poquito.
Él dio un lento paso
adelante.
—¿Quieres decir que no te
atraigo?
—Lo siento —ella vio sus
bragas tiradas en el suelo, las cogió rápidamente y se las metió en el bolsillo
de la bata.
Él suspiró.
—Bien, de acuerdo. Supongo
que soy lo suficientemente adulto para manejar un rechazo honesto. ¿Por qué es
honesto, no?
—Por supuesto que es
honesto.
—No es que dude de tu
palabra... —se acercó hacía ella con un movimiento perezoso, sensual que le
recordó a ella al aceite deslizándose sobre agua—. Pero simplemente para estar
seguro...
Sus pantalones flojos
acariciaron su bata cuando se detuvo delante de ella.
—Gastón...
Él sofocó su protesta con un
beso.
Y luego su lengua se deslizó
por el centro de sus labios, dejando calor en su camino.
Su molestia comenzó a
desvanecerse mientras él se tomaba su tiempo, sin apresurarse, pero sin dejar
de besarla. Oh, era algo espléndido ser besada por un hombre perezoso.
Su columna vertebral golpeó
el poste de la cama al mismo tiempo que sus caderas se juntaban con las suyas.
Él ya estaba excitado. Enorme. La respuesta de su cuerpo la encantó, y ella
profundizó más el beso.
Su mano aplanada contra la
base de su garganta, lista para moverse más abajo y alcanzar su pecho. Ella se
arqueó hacia él, ansiando su toque, pero él en cambio siguió jugando con su
boca, perdiendo el tiempo aquí y allí en el juego íntimo de lenguas que
continuó hasta que sólo la columna de la cama y su cuerpo la sujetaban en
posición vertical.
Sus senos ansiaban sus
manos, pero él todavía no los tocaba. Ella se rozó contra su pecho para animarle,
dejando que notara las puntas de sus pezones visibles bajo la seda de su bata
contra la tela de su camisa. Él no captó la indirecta.
Ya no tan contenta con su
pereza, ella dejó vagar sus manos por sus caderas y las ahuecó en sus nalgas.
Tenía un culo tan duro como el resto de él, tan diferente de su cuerpo,
redondeado y flexible.
Su beso se salió de control.
Le gustaba esto, le gustaba besarlo, nunca se hubiera imaginado que los besos
pudieran ser tan placenteros. Pero ella quería más, y metió su mano entre los
dos cuerpos para abrir el nudo de su bata.
Él la tiró hacia abajo a la
cama sin perder una pulsación. Pero en lugar de continuar allí, él siguió
besándola.
Ella palpitó. Ronroneó.
Gimió su necesidad en su boca.
—Gastón... por favor...
Él movió sus labios al punto
sensible bajo su oreja y siguió chupándola allí por algún rato. Su piel ardía y
los dedos de los pies se le encogían. ¡Ella se percató que muy bien podría
derretirse por toda la colcha antes de que llegara al mejor lugar. ¡Más abajo!
¿Oh, por qué no se daría un
poco de prisa? Obviamente, él necesitaba un pequeño empujoncito, así que reunió
valor y desplazó su mano hacía el botón de sus pantalones.
Él inmediatamente se giró
encima de ella y usó su boca para investigar el pulso palpitante en la base de
su garganta.
Él encontró un lugar
increíblemente sensitivo en su clavícula, y ella gimió contra la parte superior
de su cabeza. ¡Su mano se movió más abajo ¡Por fin!
¡Sus senos! ¿Por qué no
tocaba él sus senos? Ella quería suplicarle, pero comprendió que estaba
demasiado débil para hablar.
Pero su alivio fue efímero
pues su pulgar se deslizó por la manga de su bata, sólo para demorarse en la
muñeca. ¡Su muñeca! ¡Era enloquecedor! Se suponía que él era un amante
experimentado, pero no parecía tener la más mínima noción de cuáles eran las
partes sensibles de la anatomía femenina.
La piel a lo largo de la
parte inferior de su brazo se estremeció mientras la acariciaba, y las ondas de
choque diminutas pasaron como un relámpago por su matriz. ¡Pero en lugar de
aprovecharse de su miembro totalmente erecto y obvio, seguía demorándose! ¿Cómo
podía ella vencer su pereza natural? ¿Cómo podría señalarle la dirección
correcta?
Simplemente tendría que ser
más directa.
Me parece que Gas sabe perfectamente lo que ella quiere pero se hace el tonto...
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