Puesto que los
muebles no le resultaban de ninguna utilidad, no sabía muy bien por qué le
gustaban. Normalmente los habría encontrado demasiado femeninos y formales. Tal
vez después de pasarse la tarde corriendo necesitaba el confort de unos cojines
de seda y encaje. Rocío bebió un sorbo de coñac mientras atravesaba la sala con
las copas.
—Puedes traerla al
baño —le dijo mientras le ofrecía la suya. A continuación tiró la chaqueta de
piel sobre el respaldo del sofá con actitud negligente—. Voy a echar un vistazo
a ese brazo.
Gastón miró hacia la
entrada del garaje y calculó sus posibilidades en la calle. Tal vez una hora o
así en la casa le daría tiempo de idear el mejor plan. Y además supuso que
estaba en deuda con ella, de manera que empezó a sacar el equipaje.
—Dentro hay más.
—Ya lo subiré luego.
—Se echó al hombro la bolsa y cogió las dos maletas. De Gucci, advirtió con una
mueca. Y la tía andaba refunfuñando por trescientos cochinos dólares.
Gastón entró en el
ascensor y tiró las maletas al suelo sin ninguna ceremonia.
—¿Llegas de viaje?
Rocío pulsó el botón
del piso cuarenta y dos.
—Un par de semanas en
París.
—Un par de semanas. —Gastón
miró las tres maletas. Y por lo visto había más—. Viajas ligerita, ¿eh?
—Viajo como me place
—replicó ella pomposa—. ¿Has estado en Europa?
Gastón sonrió, y
aunque las gafas le ocultaban los ojos, Rocío encontró su sonrisa atractiva.
Tenía una boca bien formada y unos dientes no del todo derechos.
—Unas cuantas veces.
Se estudiaron en
silencio el uno al otro. Era la primera ocasión que había tenido Gastón de
observarla realmente. Era más alta de lo que esperaba, aunque tampoco estaba
muy seguro de lo que esperaba. Tenía el pelo cubierto casi por completo por el
sombrero blanco tipo fedora que llevaba al bies, pero lo que se veía era tan
rubio como el del punk al que había parado en la calle, solo que de un tono más
intenso. El ala del sombrero le oscurecía la cara, pero se advertía una tez
marfileña sin mácula y una estructura ósea elegante. Tenía los ojos
redondeados, del color del whisky. La boca estaba al descubierto y no sonreía.
La mujer olía a algo suave y sedoso que uno quisiera tocar en una habitación
oscura.
Era lo que Gastón
habría llamado una mujer despampanante, aunque no parecía tener ninguna curva
obvia bajo la sencilla chaqueta de marta cibelina y los pantalones de seda. Gastón
siempre había preferido lo obvio en las mujeres. Tal vez incluso lo exuberante.
Pero bueno, mirarla no era nada desagradable.
Rocío sacó de su
bolso de serpiente unas llaves.
—Esas gafas son
ridículas.
—Sí. Bueno, han
cumplido su misión. —Gastón se las quitó.
Sus ojos la
sorprendieron. Eran muy claros, muy limpios, verdes. De alguna manera ofrecían
un debil contraste con su rostro y el color de su piel, hasta que uno se daba
cuenta de lo directos que eran y la atención con que miraban, como si se
tratara de un hombre que lo estudiaba todo y a todos.
Hasta entonces no la
había preocupado. Las gafas le daban un aspecto estúpido e inofensivo. Ahora Rocío
sintió unas primeras punzadas de intranquilidad. ¿Quién demonios era y por qué
le disparaban?
Cuando la puerta se
abrió, Gastón se inclinó para coger las maletas. Rocío advirtió el fino hilillo
rojo que le corría por la muñeca.
—Estás sangrando.
Gastón siguió su
mirada con indiferencia.
—Sí. ¿Por dónde
vamos?
Ella vaciló solo un
instante. Podía ser tan displicente como él.
—A la derecha. Y no
me manches las maletas de sangre. —Y con estas palabras pasó delante de él para
abrir la puerta de la casa.
A pesar del enfado y
el dolor, Gastón advirtió que tenía unos andares notables. Un paso lento y
suelto, con un elegante bamboleo. Concluyó que era una mujer acostumbrada a que
los hombres la siguieran, y deliberadamente se puso a su altura. Rocío le miró
un instante antes de abrir la puerta. Luego encendió las luces y se fue
directamente al bar. Eligió una botella de Remy Martin y sirvió dos generosas
copas.
Impresionante, pensó Gastón
mientras inspeccionaba el apartamento. La moqueta era tan suave y gruesa que no
le importaría dormir en ella. Sabía lo suficiente para reconocer la influencia
francesa en el mobiliario, pero no tanto como para determinar la época. La
mujer había recurrido al azul zafiro y el amarillo mostaza para romper el
impresionante blanco de la moqueta. Gastón sabía reconocer una antigüedad, y en
aquella sala vio varias. El gusto romántico de la chica le resultaba tan obvio
como la marina de Monet en la pared.
Una copia magnífica, pensó. Si tuviera tiempo de empeñarla, estaría listo para
seguir su camino. Solo le hizo falta un somero vistazo para darse cuenta de que
podría llenarse los bolsillos con sus elegantísimos chismes franceses y sacar
un billete de primera clase que le llevara muy lejos de allí. El problema era
que no se atrevía a tratar con ninguna casa de empeños de la ciudad. Y menos
ahora que Mariano había extendido los tentáculos.
Había poco tráfico en
la autopista de Long Island cuando Rocío se dirigía a la ciudad. Su vuelo de
París había aterrizado en Kennedy con una hora de adelanto. El maletero y el
asiento trasero de su pequeño Mercedes iban cargados de equipaje. La radio
sonaba a tal volumen que los descarnados acordes del último éxito de Bruce
Springsteen rebotaban por el coche y salían por la ventanilla abierta. El viaje
de dos semanas a Francia había sido un regalo que ella misma se había hecho por
reunir por fin el valor para romper su compromiso con Tad Carlyse IV.
Por muy encantados
que estuvieran sus padres con él, Rocío no podía casarse con un tipo que
llevaba los calcetines a juego con la corbata.
Empezó a cantar con
Springsteen mientras conducía despacio. Tenía veintiocho años, era atractiva,
tenía un éxito moderado en su carrera y además su familia contaba con bastante
dinero para mantenerla si las cosas se ponían difíciles. Estaba acostumbrada al
lujo y la deferencia. Jamás había tenido que exigir ni lo uno ni lo otro,
solamente darlos por sentado. Le gustaba poder entrar por la noche en los
clubes más exclusivos de Nueva York y ver que conocía a casi todo el mundo.
No le importaba que
los paparazzi le sacaran fotos ni que
en las columnas de cotilleo especularan sobre cuál sería su siguiente
escándalo. Muchas veces tenía que explicarle a su exasperado padre que ella no
era escandalosa por voluntad propia, sino por naturaleza.
Le gustaban los
coches rápidos, las películas antiguas y las botas italianas.
En ese momento se
planteaba si ir directamente a su casa o pasarse por casa de Elaine para que le
contara lo que había hecho en esas últimas dos semanas. No tenía jet lag, pero sí estaba un poco
aburrida. Bueno, más que un poco, tuvo que admitir. Se moría de aburrimiento.
La cuestión era qué hacer al respecto.
Rocío era el producto
de las nuevas fortunas. Había crecido con el mundo al alcance de los dedos,
pero no siempre lo había encontrado lo bastante interesante como para tender la
mano. ¿Dónde estaba el desafío? ¿Qué sentido tenía?, se preguntó, aunque odiaba
usar esa palabra. Su círculo de amistades era amplio y desde fuera parecía
diverso. Pero una vez entrabas, en cuanto veías más allá de la ropa de seda,
todos aquellos jóvenes elegantes, ricos y mimados eran muy parecidos. ¿Dónde
estaba la emoción? Esa palabra era mejor, pensó. Era más fácil enfrentarse a la
palabra «emoción» que a la palabra «sentido». No era nada emocionante irse a
Arabia en un jet si para conseguirlo
no había más que coger el teléfono.
Las dos semanas en
París habían sido tranquilas y relajantes. No había pasado nada. Nada. Tal vez
esa era la cuestión. Rocío quería que pasara algo... algo que no pudiera
solventar con un cheque o una tarjeta de crédito. Quería acción. Rocío también
se conocía bastante para saber que con ese estado de ánimo podía ser peligrosa.
Pero no tenía ganas
de volver a casa sola a deshacer las maletas. Claro que tampoco le apetecía
mucho estar en un club rodeada de caras conocidas. Quería algo nuevo, algo
diferente. Podría probar algún club nuevo, pues cada día aparecía alguno. Si le
gustaba, se tomaría un par de copas y charlaría un rato. Y si le interesaba lo
suficiente, podía dejar caer unas palabras en los sitios adecuados y
convertirlo en el nuevo antro de moda de Manhattan. El hecho de tener el poder
de hacerlo no la asombraba, ni siquiera la complacía. Lo tenía y punto.
Rocío frenó
bruscamente en un semáforo para poder pensar un momento. Últimamente nunca
parecía que pasara nada. No había ninguna emoción, no había chispa.
Cuando de pronto le
abrieron la puerta del pasajero, más que alarmarse se sorprendió. En cuanto
echó un vistazo a la chaqueta negra de las cremalleras y las gafas de sol del
desconocido, meneó la cabeza.
—Me parece que no
estás muy al tanto de la moda —declaró.
Gastón miró atrás un
instante. La calle estaba despejada, pero no por mucho tiempo. Se metió de un
brinco en el coche y cerró la puerta.
—Conduce.
—Ni hablar. Yo no
ando por ahí con tíos vestidos con ropa del año pasado. Vete andando.
Gastón se metió la
mano en el bolsillo y estiró el índice para simular el cañón de una pistola.
—Conduce —repitió.
Rocío le miró el
bolsillo y luego de nuevo a la cara. En la radio el disc-jockey anunció una hora de bombardeos del pasado. Empezaron a
sonar los Rolling Stones.
—Si llevas una
pistola quiero verla. Si no, te largas.
De todos los coches
que podía haber elegido... ¿Por qué demonios aquella chica no se ponía a
temblar y a suplicar como una persona normal?
—Maldita sea. No
quiero tener que usarla, pero como no pongas en marcha el coche, te abro un
agujero en la cabeza.
Rocío se quedó
mirando su propio reflejo en las gafas de sol. Mick Jagger pedía que alguien le
diera refugio.
—Y una mierda
—replicó, con exquisita dicción.
Gastón pensó por un
momento en darle un golpe, echarla del coche y ponerse al volante. Miró por
encima del hombro un instante y se dio cuenta de que no tenía tiempo que
perder.
—Mira, como no te
pongas en marcha, en ese Lincoln que viene ahí detrás van tres tíos que te van
a dejar este juguete hecho una pena.
Rocío vio por el
retrovisor el gran coche negro que aminoraba la velocidad al acercarse.
—Mi padre tenía un
coche como ese —comentó—. Yo siempre lo llamaba el coche fúnebre.
—Ya. Pues ponte en
marcha, o esto va a ser mi funeral.
Rocío frunció el
ceño, mirando el Lincoln por el retro visor, hasta que de pronto decidió ver
qué pasaba. Metió la primera y cruzó la intersección. El Lincoln de inmediato
salió tras ella.
—Nos siguen.
—¡Pues claro que nos
siguen! —saltó Gastón—. Y como no aceleres se nos van a meter dentro para
presentarse.
Más por curiosidad
que otra cosa, Rocío obedeció y dobló por la Cincuenta y siete. El Lincoln
mantuvo la distancia.
—Nos están siguiendo
de verdad —repitió ella, pero con una sonrisa de emoción.
—¿Esto no puede ir
más deprisa?
Rocío se volvió hacia
él con la misma sonrisa.
—¿Estás de broma? —Y
antes de que Gastón pudiera decir nada, pisó a fondo y el coche salió disparado
como una bala. Aquella era definitivamente la manera más interesante de pasar
la tarde que podía imaginar—. ¿Crees que podré perderles? —Rocío miró atrás,
estirando el cuello para ver si el Lincoln aún los seguía—. ¿Has visto Bullitt? Claro que aquí no tenemos esas
curvas, pero...
—¡Eh! ¡Cuidado!
Rocío miró hacia
delante y de un volantazo esquivó un sedán.
—Oye. —Gastón rechinó
los dientes—. El propósito de todo esto es seguir vivo. Tú mira la carretera
que ya miro yo el Lincoln.
—No seas tan borde. —Rocío
giró de nuevo a toda velocidad—. Yo sé lo que me hago.
—¡Mira por dónde vas!
—Gastón agarró el volante y dio un tirón para evitar por los pelos un coche
aparcado—. ¡Tú eres idiota!
Rocío alzó el mentón.
—Si vas a ponerte a
insultar, tendrás que bajarte. —Aminoró la velocidad y se pegó a la cuneta.
—¡Por Dios, no pares!
—No tolero insultos.
Ahora...
—¡Abajo! —Gastón la
atrajo de un tirón y la hizo agacharse justo antes de que el parabrisas
estallara en una telaraña de grietas.
—¡Mi coche! —Rocío
forcejeó para incorporarse, pero solo logró torcer la cabeza para inspeccionar
los daños—. ¡Maldita sea, no tenía ni un arañazo! ¡Tiene solo dos meses!
—Pues va a tener
bastante más que un arañazo como no aceleres de una vez. —Sin incorporarse, Gastón
giró el volante hacia la carretera y miró con cuidado por encima del
salpicadero—. ¡Vamos!
Rocío, furiosa, pisó
a fondo el acelerador, saliendo a ciegas mientras Gastón sostenía el volante
con una mano y la mantenía a ella agachada con la otra.
—No puedo conducir
así.
—Pues con una bala en
la cabeza, tampoco.
—¿Una bala? —No se le
quebró la voz de miedo, pero sí vibraba de indignación—. ¿Nos están disparando?
—Desde luego no están
tirando piedras. —Gastón aferró el volante con fuerza y giró de manera que el
coche tomó la curva montándose en la acera. Frustrado por no poder conducir él
mismo, echó un vistazo atrás. El Lincoln seguía allí, pero le habían sacado
unos segundos de ventaja—. Vale, levántate, pero agacha la cabeza. Y por Dios,
no te pares.
—¿Y cómo le voy a
explicar esto a la compañía de seguros? —Rocío alzó la cabeza e intentó buscar
un hueco claro en el parabrisas roto—. No se van a creer que me han disparado,
y ya tengo un asco de expediente. ¿Sabes lo que me cuesta la póliza?
—Viendo cómo
conduces, puedo imaginarlo.
—Muy bien, ya estoy
harta. —Rocío tensó la mandíbula y giró a la izquierda.
—Esta calle es de
dirección prohibida. —Gastón miró desesperado alrededor—. ¿Es que no has visto
la señal?
—Ya sé que es de
dirección prohibida —masculló ella, acelerando—. Pero también es la vía más
rápida de atravesar la ciudad.
—¡Ay, Dios mío!
—Viendo las luces de los faros que les apuntaban, Gastón se agarró a la
manecilla de la puerta y se preparó para el impacto. Si iba a morir, pensó
fatalista, prefería un tiro limpio en el corazón, y no que su cuerpo quedara
esparcido por toda la calle.
Sin hacer caso de los
bocinazos, Rocío daba volantazos a derecha e izquierda. Dios cuida de los locos
y de los animales, pensó Gastón mientras pasaban a toda velocidad entre dos
coches que venían de frente. Dios cuida de los locos y de los animalillos.
Estaba agradecido de ser un loco.
—Todavía nos siguen.
—Gastón se volvió en el asiento para mirar el Lincoln. En cierto modo era más
fácil si no miraba hacia delante. Ella maniobraba entre los coches dando
bandazos de un lado a otro. De pronto dobló otra esquina con tal fuerza que lo
mandó despedido contra la puerta. Gastón lanzó una palabrota y se agarró la
herida del brazo. Empezó a dolerle de nuevo con un martilleo sordo e
insistente—. Deja de intentar matarnos, ¿quieres? Esos no necesitan ayuda.
—Siempre quejándote
—le espetó Rocío—. Pues voy a decirte una cosa: eres un antipático.
—Tiendo a ponerme de
mal humor cuando intentan matarme.
—Pues a ver si te
animas un poco —sugirió ella. Volvió a girar a toda velocidad, rozando la
acera—. Porque me estás poniendo nerviosa.
Gastón se dejó caer
contra el respaldo y se preguntó por qué, entre todas sus posibilidades, tenía
que terminar así, convertido en pulpa irreconocible en el Mercedes de una loca.
Podía haberse ido tranquilamente con Peter y que Mariano le asesinara con algo
de ritual. En eso habría habido más justicia.
Estaban de nuevo en
la Quinta Avenida, iban en dirección sur a más de ciento veinte kilómetros por
hora. Al pasar por un charco el agua salpicó hasta las ventanillas. A pesar de
todo, el Lincoln les seguía a menos de media manzana de distancia.
—Maldita sea. No se
rinden.
—¿Ah, no? —Rocío
apretó los dientes y echó un vistazo al retrovisor. Nunca había sido buena
perdedora—. Pues ahora verás. —Y antes de que Gastón pudiera siquiera respirar,
de un volantazo dio media vuelta de pronto y se dirigió de frente contra el
Lincoln.
Gastón se quedó
mirando con una especie de fascinado terror.
—Dios mío.
Peter, copiloto del
Lincoln, se hizo eco de ese mismo sentimiento justo antes de que el conductor
perdiera el valor y girara hacia la cuneta. Con la velocidad que llevaban, el
coche se montó en la acera y, con una impresionante floritura, atravesó el
escaparate de Godiva Chocolatiers.
Sin aminorar el paso, Rocío volvió a dar media vuelta y prosiguió por la Quinta
Avenida.
Gastón se dejó caer
contra el respaldo y se pasó un rato respirando hondo.
—Señorita —atinó a
decir por fin—, tiene usted más agallas que cerebro.
—Y tú me debes
trescientos pavos por el parabrisas. —Y tranquilamente se metió en el
aparcamiento subterráneo de un bloque alto.
—Ya. —Gastón se palpó
distraídamente el torso para ver si estaba de una pieza—. Te mandaré un cheque.
—Al contado. —En
cuanto aparcó en su plaza, Rocío salió del coche—. Y ahora puedes subirme el
equipaje. —Abrió el maletero y se dirigió hacia el ascensor. Puede que le
temblaran las rodillas, pero no lo admitiría por nada del mundo—. Me apetece
una copa.
Ayer quise comentar pero no se por qué no me aparecía el cuadradito para comentar :/
ResponderEliminarQue arriesgada Rochi, me está gustando esta adaptación :)