viernes, 22 de febrero de 2013

Segunda Parte, Capitulo Uno


Puesto que los muebles no le resultaban de ninguna utilidad, no sabía muy bien por qué le gustaban. Normalmente los habría encontrado demasiado femeninos y formales. Tal vez después de pasarse la tarde corriendo necesitaba el confort de unos cojines de seda y encaje. Rocío bebió un sorbo de coñac mientras atravesaba la sala con las copas.
—Puedes traerla al baño —le dijo mientras le ofrecía la suya. A continuación tiró la chaqueta de piel sobre el respaldo del sofá con actitud negligente—. Voy a echar un vistazo a ese brazo.
Gastón miró hacia la entrada del garaje y calculó sus posibilidades en la calle. Tal vez una hora o así en la casa le daría tiempo de idear el mejor plan. Y además supuso que estaba en deuda con ella, de manera que empezó a sacar el equipaje.
—Dentro hay más.
—Ya lo subiré luego. —Se echó al hombro la bolsa y cogió las dos maletas. De Gucci, advirtió con una mueca. Y la tía andaba refunfuñando por trescientos cochinos dólares.
Gastón entró en el ascensor y tiró las maletas al suelo sin ninguna ceremonia.
—¿Llegas de viaje?
Rocío pulsó el botón del piso cuarenta y dos.
—Un par de semanas en París.
—Un par de semanas. —Gastón miró las tres maletas. Y por lo visto había más—. Viajas ligerita, ¿eh?
—Viajo como me place —replicó ella pomposa—. ¿Has estado en Europa?
Gastón sonrió, y aunque las gafas le ocultaban los ojos, Rocío encontró su sonrisa atractiva. Tenía una boca bien formada y unos dientes no del todo derechos.
—Unas cuantas veces.
Se estudiaron en silencio el uno al otro. Era la primera ocasión que había tenido Gastón de observarla realmente. Era más alta de lo que esperaba, aunque tampoco estaba muy seguro de lo que esperaba. Tenía el pelo cubierto casi por completo por el sombrero blanco tipo fedora que llevaba al bies, pero lo que se veía era tan rubio como el del punk al que había parado en la calle, solo que de un tono más intenso. El ala del sombrero le oscurecía la cara, pero se advertía una tez marfileña sin mácula y una estructura ósea elegante. Tenía los ojos redondeados, del color del whisky. La boca estaba al descubierto y no sonreía. La mujer olía a algo suave y sedoso que uno quisiera tocar en una habitación oscura.
Era lo que Gastón habría llamado una mujer despampanante, aunque no parecía tener ninguna curva obvia bajo la sencilla chaqueta de marta cibelina y los pantalones de seda. Gastón siempre había preferido lo obvio en las mujeres. Tal vez incluso lo exuberante. Pero bueno, mirarla no era nada desagradable.
Rocío sacó de su bolso de serpiente unas llaves.
—Esas gafas son ridículas.
—Sí. Bueno, han cumplido su misión. —Gastón se las quitó.
Sus ojos la sorprendieron. Eran muy claros, muy limpios, verdes. De alguna manera ofrecían un debil contraste con su rostro y el color de su piel, hasta que uno se daba cuenta de lo directos que eran y la atención con que miraban, como si se tratara de un hombre que lo estudiaba todo y a todos.
Hasta entonces no la había preocupado. Las gafas le daban un aspecto estúpido e inofensivo. Ahora Rocío sintió unas primeras punzadas de intranquilidad. ¿Quién demonios era y por qué le disparaban?
Cuando la puerta se abrió, Gastón se inclinó para coger las maletas. Rocío advirtió el fino hilillo rojo que le corría por la muñeca.
—Estás sangrando.
Gastón siguió su mirada con indiferencia.
—Sí. ¿Por dónde vamos?
Ella vaciló solo un instante. Podía ser tan displicente como él.
—A la derecha. Y no me manches las maletas de sangre. —Y con estas palabras pasó delante de él para abrir la puerta de la casa.
A pesar del enfado y el dolor, Gastón advirtió que tenía unos andares notables. Un paso lento y suelto, con un elegante bamboleo. Concluyó que era una mujer acostumbrada a que los hombres la siguieran, y deliberadamente se puso a su altura. Rocío le miró un instante antes de abrir la puerta. Luego encendió las luces y se fue directamente al bar. Eligió una botella de Remy Martin y sirvió dos generosas copas.
Impresionante, pensó Gastón mientras inspeccionaba el apartamento. La moqueta era tan suave y gruesa que no le importaría dormir en ella. Sabía lo suficiente para reconocer la influencia francesa en el mobiliario, pero no tanto como para determinar la época. La mujer había recurrido al azul zafiro y el amarillo mostaza para romper el impresionante blanco de la moqueta. Gastón sabía reconocer una antigüedad, y en aquella sala vio varias. El gusto romántico de la chica le resultaba tan obvio como la marina de Monet en la pared. Una copia magnífica, pensó. Si tuviera tiempo de empeñarla, estaría listo para seguir su camino. Solo le hizo falta un somero vistazo para darse cuenta de que podría llenarse los bolsillos con sus elegantísimos chismes franceses y sacar un billete de primera clase que le llevara muy lejos de allí. El problema era que no se atrevía a tratar con ninguna casa de empeños de la ciudad. Y menos ahora que Mariano había extendido los tentáculos.
Había poco tráfico en la autopista de Long Island cuando Rocío se dirigía a la ciudad. Su vuelo de París había aterrizado en Kennedy con una hora de adelanto. El maletero y el asiento trasero de su pequeño Mercedes iban cargados de equipaje. La radio sonaba a tal volumen que los descarnados acordes del último éxito de Bruce Springsteen rebotaban por el coche y salían por la ventanilla abierta. El viaje de dos semanas a Francia había sido un regalo que ella misma se había hecho por reunir por fin el valor para romper su compromiso con Tad Carlyse IV.
Por muy encantados que estuvieran sus padres con él, Rocío no podía casarse con un tipo que llevaba los calcetines a juego con la corbata.
Empezó a cantar con Springsteen mientras conducía despacio. Tenía veintiocho años, era atractiva, tenía un éxito moderado en su carrera y además su familia contaba con bastante dinero para mantenerla si las cosas se ponían difíciles. Estaba acostumbrada al lujo y la deferencia. Jamás había tenido que exigir ni lo uno ni lo otro, solamente darlos por sentado. Le gustaba poder entrar por la noche en los clubes más exclusivos de Nueva York y ver que conocía a casi todo el mundo.
No le importaba que los paparazzi le sacaran fotos ni que en las columnas de cotilleo especularan sobre cuál sería su siguiente escándalo. Muchas veces tenía que explicarle a su exasperado padre que ella no era escandalosa por voluntad propia, sino por naturaleza.
Le gustaban los coches rápidos, las películas antiguas y las botas italianas.
En ese momento se planteaba si ir directamente a su casa o pasarse por casa de Elaine para que le contara lo que había hecho en esas últimas dos semanas. No tenía jet lag, pero sí estaba un poco aburrida. Bueno, más que un poco, tuvo que admitir. Se moría de aburrimiento. La cuestión era qué hacer al respecto.
Rocío era el producto de las nuevas fortunas. Había crecido con el mundo al alcance de los dedos, pero no siempre lo había encontrado lo bastante interesante como para tender la mano. ¿Dónde estaba el desafío? ¿Qué sentido tenía?, se preguntó, aunque odiaba usar esa palabra. Su círculo de amistades era amplio y desde fuera parecía diverso. Pero una vez entrabas, en cuanto veías más allá de la ropa de seda, todos aquellos jóvenes elegantes, ricos y mimados eran muy parecidos. ¿Dónde estaba la emoción? Esa palabra era mejor, pensó. Era más fácil enfrentarse a la palabra «emoción» que a la palabra «sentido». No era nada emocionante irse a Arabia en un jet si para conseguirlo no había más que coger el teléfono.
Las dos semanas en París habían sido tranquilas y relajantes. No había pasado nada. Nada. Tal vez esa era la cuestión. Rocío quería que pasara algo... algo que no pudiera solventar con un cheque o una tarjeta de crédito. Quería acción. Rocío también se conocía bastante para saber que con ese estado de ánimo podía ser peligrosa.
Pero no tenía ganas de volver a casa sola a deshacer las maletas. Claro que tampoco le apetecía mucho estar en un club rodeada de caras conocidas. Quería algo nuevo, algo diferente. Podría probar algún club nuevo, pues cada día aparecía alguno. Si le gustaba, se tomaría un par de copas y charlaría un rato. Y si le interesaba lo suficiente, podía dejar caer unas palabras en los sitios adecuados y convertirlo en el nuevo antro de moda de Manhattan. El hecho de tener el poder de hacerlo no la asombraba, ni siquiera la complacía. Lo tenía y punto.
Rocío frenó bruscamente en un semáforo para poder pensar un momento. Últimamente nunca parecía que pasara nada. No había ninguna emoción, no había chispa.
Cuando de pronto le abrieron la puerta del pasajero, más que alarmarse se sorprendió. En cuanto echó un vistazo a la chaqueta negra de las cremalleras y las gafas de sol del desconocido, meneó la cabeza.
—Me parece que no estás muy al tanto de la moda —declaró.
Gastón miró atrás un instante. La calle estaba despejada, pero no por mucho tiempo. Se metió de un brinco en el coche y cerró la puerta.
—Conduce.
—Ni hablar. Yo no ando por ahí con tíos vestidos con ropa del año pasado. Vete andando.
Gastón se metió la mano en el bolsillo y estiró el índice para simular el cañón de una pistola.
—Conduce —repitió.
Rocío le miró el bolsillo y luego de nuevo a la cara. En la radio el disc-jockey anunció una hora de bombardeos del pasado. Empezaron a sonar los Rolling Stones.
—Si llevas una pistola quiero verla. Si no, te largas.
De todos los coches que podía haber elegido... ¿Por qué demonios aquella chica no se ponía a temblar y a suplicar como una persona normal?
—Maldita sea. No quiero tener que usarla, pero como no pongas en marcha el coche, te abro un agujero en la cabeza.
Rocío se quedó mirando su propio reflejo en las gafas de sol. Mick Jagger pedía que alguien le diera refugio.
—Y una mierda —replicó, con exquisita dicción.
Gastón pensó por un momento en darle un golpe, echarla del coche y ponerse al volante. Miró por encima del hombro un instante y se dio cuenta de que no tenía tiempo que perder.
—Mira, como no te pongas en marcha, en ese Lincoln que viene ahí detrás van tres tíos que te van a dejar este juguete hecho una pena.
Rocío vio por el retrovisor el gran coche negro que aminoraba la velocidad al acercarse.
—Mi padre tenía un coche como ese —comentó—. Yo siempre lo llamaba el coche fúnebre.
—Ya. Pues ponte en marcha, o esto va a ser mi funeral.
Rocío frunció el ceño, mirando el Lincoln por el retro visor, hasta que de pronto decidió ver qué pasaba. Metió la primera y cruzó la intersección. El Lincoln de inmediato salió tras ella.
—Nos siguen.
—¡Pues claro que nos siguen! —saltó Gastón—. Y como no aceleres se nos van a meter dentro para presentarse.
Más por curiosidad que otra cosa, Rocío obedeció y dobló por la Cincuenta y siete. El Lincoln mantuvo la distancia.
—Nos están siguiendo de verdad —repitió ella, pero con una sonrisa de emoción.
—¿Esto no puede ir más deprisa?
Rocío se volvió hacia él con la misma sonrisa.
—¿Estás de broma? —Y antes de que Gastón pudiera decir nada, pisó a fondo y el coche salió disparado como una bala. Aquella era definitivamente la manera más interesante de pasar la tarde que podía imaginar—. ¿Crees que podré perderles? —Rocío miró atrás, estirando el cuello para ver si el Lincoln aún los seguía—. ¿Has visto Bullitt? Claro que aquí no tenemos esas curvas, pero...
—¡Eh! ¡Cuidado!
Rocío miró hacia delante y de un volantazo esquivó un sedán.
—Oye. —Gastón rechinó los dientes—. El propósito de todo esto es seguir vivo. Tú mira la carretera que ya miro yo el Lincoln.
—No seas tan borde. —Rocío giró de nuevo a toda velocidad—. Yo sé lo que me hago.
—¡Mira por dónde vas! —Gastón agarró el volante y dio un tirón para evitar por los pelos un coche aparcado—. ¡Tú eres idiota!
Rocío alzó el mentón.
—Si vas a ponerte a insultar, tendrás que bajarte. —Aminoró la velocidad y se pegó a la cuneta.
—¡Por Dios, no pares!
—No tolero insultos. Ahora...
—¡Abajo! —Gastón la atrajo de un tirón y la hizo agacharse justo antes de que el parabrisas estallara en una telaraña de grietas.
—¡Mi coche! —Rocío forcejeó para incorporarse, pero solo logró torcer la cabeza para inspeccionar los daños—. ¡Maldita sea, no tenía ni un arañazo! ¡Tiene solo dos meses!
—Pues va a tener bastante más que un arañazo como no aceleres de una vez. —Sin incorporarse, Gastón giró el volante hacia la carretera y miró con cuidado por encima del salpicadero—. ¡Vamos!
Rocío, furiosa, pisó a fondo el acelerador, saliendo a ciegas mientras Gastón sostenía el volante con una mano y la mantenía a ella agachada con la otra.
—No puedo conducir así.
—Pues con una bala en la cabeza, tampoco.
—¿Una bala? —No se le quebró la voz de miedo, pero sí vibraba de indignación—. ¿Nos están disparando?
—Desde luego no están tirando piedras. —Gastón aferró el volante con fuerza y giró de manera que el coche tomó la curva montándose en la acera. Frustrado por no poder conducir él mismo, echó un vistazo atrás. El Lincoln seguía allí, pero le habían sacado unos segundos de ventaja—. Vale, levántate, pero agacha la cabeza. Y por Dios, no te pares.
—¿Y cómo le voy a explicar esto a la compañía de seguros? —Rocío alzó la cabeza e intentó buscar un hueco claro en el parabrisas roto—. No se van a creer que me han disparado, y ya tengo un asco de expediente. ¿Sabes lo que me cuesta la póliza?
—Viendo cómo conduces, puedo imaginarlo.
—Muy bien, ya estoy harta. —Rocío tensó la mandíbula y giró a la izquierda.
—Esta calle es de dirección prohibida. —Gastón miró desesperado alrededor—. ¿Es que no has visto la señal?
—Ya sé que es de dirección prohibida —masculló ella, acelerando—. Pero también es la vía más rápida de atravesar la ciudad.
—¡Ay, Dios mío! —Viendo las luces de los faros que les apuntaban, Gastón se agarró a la manecilla de la puerta y se preparó para el impacto. Si iba a morir, pensó fatalista, prefería un tiro limpio en el corazón, y no que su cuerpo quedara esparcido por toda la calle.
Sin hacer caso de los bocinazos, Rocío daba volantazos a derecha e izquierda. Dios cuida de los locos y de los animales, pensó Gastón mientras pasaban a toda velocidad entre dos coches que venían de frente. Dios cuida de los locos y de los animalillos. Estaba agradecido de ser un loco.
—Todavía nos siguen. —Gastón se volvió en el asiento para mirar el Lincoln. En cierto modo era más fácil si no miraba hacia delante. Ella maniobraba entre los coches dando bandazos de un lado a otro. De pronto dobló otra esquina con tal fuerza que lo mandó despedido contra la puerta. Gastón lanzó una palabrota y se agarró la herida del brazo. Empezó a dolerle de nuevo con un martilleo sordo e insistente—. Deja de intentar matarnos, ¿quieres? Esos no necesitan ayuda.
—Siempre quejándote —le espetó Rocío—. Pues voy a decirte una cosa: eres un antipático.
—Tiendo a ponerme de mal humor cuando intentan matarme.
—Pues a ver si te animas un poco —sugirió ella. Volvió a girar a toda velocidad, rozando la acera—. Porque me estás poniendo nerviosa.
Gastón se dejó caer contra el respaldo y se preguntó por qué, entre todas sus posibilidades, tenía que terminar así, convertido en pulpa irreconocible en el Mercedes de una loca. Podía haberse ido tranquilamente con Peter y que Mariano le asesinara con algo de ritual. En eso habría habido más justicia.
Estaban de nuevo en la Quinta Avenida, iban en dirección sur a más de ciento veinte kilómetros por hora. Al pasar por un charco el agua salpicó hasta las ventanillas. A pesar de todo, el Lincoln les seguía a menos de media manzana de distancia.
—Maldita sea. No se rinden.
—¿Ah, no? —Rocío apretó los dientes y echó un vistazo al retrovisor. Nunca había sido buena perdedora—. Pues ahora verás. —Y antes de que Gastón pudiera siquiera respirar, de un volantazo dio media vuelta de pronto y se dirigió de frente contra el Lincoln.
Gastón se quedó mirando con una especie de fascinado terror.
—Dios mío.
Peter, copiloto del Lincoln, se hizo eco de ese mismo sentimiento justo antes de que el conductor perdiera el valor y girara hacia la cuneta. Con la velocidad que llevaban, el coche se montó en la acera y, con una impresionante floritura, atravesó el escaparate de Godiva Chocolatiers. Sin aminorar el paso, Rocío volvió a dar media vuelta y prosiguió por la Quinta Avenida.
Gastón se dejó caer contra el respaldo y se pasó un rato respirando hondo.
—Señorita —atinó a decir por fin—, tiene usted más agallas que cerebro.
—Y tú me debes trescientos pavos por el parabrisas. —Y tranquilamente se metió en el aparcamiento subterráneo de un bloque alto.
—Ya. —Gastón se palpó distraídamente el torso para ver si estaba de una pieza—. Te mandaré un cheque.
—Al contado. —En cuanto aparcó en su plaza, Rocío salió del coche—. Y ahora puedes subirme el equipaje. —Abrió el maletero y se dirigió hacia el ascensor. Puede que le temblaran las rodillas, pero no lo admitiría por nada del mundo—. Me apetece una copa.

1 comentario:

  1. Ayer quise comentar pero no se por qué no me aparecía el cuadradito para comentar :/
    Que arriesgada Rochi, me está gustando esta adaptación :)

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