Como organizador de
la despedida de soltero de Victorio, Gastón se sentía socialmente obligado a
aguantar hasta el amargo final. El amargo final fue un tugurio sórdido de un
callejón del Quarter donde el alcohol agujereaba los estómagos y las bailarinas
de striptease estaban más que maduras.
A nadie
parecía importarle.
Llevado por el buen
compañerismo, Gastón introdujo el último dólar en la liga de un muslo fláccido
y puso en pie a un Victorio de ojos vidriosos.
—Vamos, compañero.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Ya es de
día?
—Falta poco.
Cuando salieron,
tambaleándose y cogidos del brazo tanto por necesidad como por camaradería, Victorio
miró en derredor. La cabeza le iba de un lado a otro como la de un muñeco sobre
un muelle.
—¿Dóndeztá la gente ?
—Desmayada,
arrestada, muerta en un callejón.
—Cobardes. —Victorio
esbozó su sonrisa de goma—. Tú y yo, Gas, todavía tenemos lo que hay que tener.
—Por la mañana
iniciaré un tratamiento de antibióticos para quitármelo de encima. —Tropezó y
tuvo que agarrarse a Victorio con ambos brazos para no caerse de bruces—.
Demasiada gravedad. Decididamente, hay demasiada gravedad aquí fuera.
—Vamos a buscar a
otra mujer en cueros.
—Creo que ya las hemos
visto todas. Es hora de irnos a casa, viejo amigo.
—Me caso dentro de
tres días. —Victorio levantó cuatro dedos para indicarlo—. Se acabó la juerga
para Victorio, —Miró a su alrededor. Las calles estaban casi desiertas y
resbaladizas a causa de la llovizna—. ¿Tenemos que sacar a alguien de la
cárcel?
—Que se fastidien.
—Eso. ¿Dónde está mi
chica? ¡Candela! —gritó Victorio.
Gastón soltó un
bufido ebrio.
—¡Stella!
—Derrengado, se dejó caer en un charco—. A la mierda con todo, Victorio.
Quedémonos a dormir aquí.
—Tengo que encontrar
a mi chica. Voy a hacer dulcemente el amor con mi Cande.
—Ahora mismo no se te
levantaría ni con una bomba hidráulica.
—¿Que no? —Victorio
buscó su cremallera, pero a Gastón aún le quedaba seso suficiente para
levantarse y detenerle.
—Guárdate eso antes
de que te hagas daño y nos detengan por escándalo público.
—Tranqui, somos
abogados.
—Habla por ti. Taxi,
tenemos que encontrar un taxi.
—Un taxi a casa de Cande.
¿Dónde está mi preciosa novia?
—En casa, durmiendo,
como toda buena mujer a las... —Gastón levantó la muñeca de Victorio e intentó
enfocar la vista en el reloj—. A la hora que sea. Rochi está durmiendo. Cree
que soy una mujer.
—Eso es que no la
estás follando bien.
—No es eso,
gilipollas. Y recuérdame que te dé un puñetazo más tarde. Cree que soy Valeria.
—No habrás estado
probándote su ropa interior ni haciendo otras cosas raras, ¿verdad, hijo?
—Me encantan las
braguitas de encaje negro con las rosas. Me adelgazan la cadera.
—Tienes que estar
bromeando. Espera. —Victorio se inclinó sobre la cuneta con las manos sobre las
rodillas—. Falsa alarma. No voy a vomitar.
—Me alegro. ¡Taxi! —Gastón
agitó una mano desesperada al ver que se acercaba uno—. Alabado sea Dios. Tú
primero —dijo, y empujó a Victorio antes de entrar él.
—¿Dónde vivo?
—preguntó Victorio—. Antes lo sabía, pero lo he olvidado. ¿Puedo llamar a Cande
para preguntárselo?
Por fortuna. Gastón
se acordaba y mientras Victorio dormitaba en su hombro, se concentró en
permanecer despierto hasta cumplir la última de sus obligaciones, a saber,
dejar a su amigo en casa sano y salvo.
Cuando llegaron, le
propinó un codazo y Victorio despertó de un brinco.
—¿Qué? ¿Dónde? Estoy
en casa. ¿Qué te parece?
—¿Puedes entrar solo?
—preguntó Gastón.
—Sé aguantar la
bebida. Los veinte litros eméritos. —Victorio tomó la cara de Gastón con una
mano y le dio un sonoro beso en la boca—. Te quiero, cher. Pero si hubieras
sido Valeria, te habría metido la lengua.
—Puaj —fue cuanto Gastón
alcanzó a decir mientras Victorio se apeaba.
—Eres el mejor amigo
que he tenido en la vida y esta ha sido la mejor despedida de soltero de toda
la historia de las despedidas de solteros. Ahora subiré, vomitaré y perderé el
conocimiento.
—Genial. Espere a que
llegue a la puerta —indicó Gastón al taxista, y observó cómo Victorio vacilaba
y finalmente entraba en el edificio dando traspiés.
—Bien, el resto es
asunto suyo. ¿Sabe dónde está Ordóñez Hall?
El taxista le miró
por el retrovisor.
—Sí.
—Vivo allí. Lléveme,
¿quiere?
—Está muy lejos. —El
hombre se volvió y miró a Gastón de arriba abajo—. ¿Tiene dinero suficiente?
—Tengo dinero, tengo
mucho dinero. —Gastón rebuscó en sus bolsillos y empezó a sacar billetes—.
Estoy forrado.
—Y que lo diga.
—Sacudiendo la cabeza, el conductor se alejó de la acera—. Debieron de correrse
una buena juerga, amigo.
—Y que lo diga
—murmuró Gastón antes de desplomarse sobre el asiento.
Lo siguiente que notó
fue una banda de Dixieland desgañitándose dentro de su cabeza. Seguía boca
abajo, pero la playa de Waikiki había acabado en su boca y la lengua se había
convertido en un abrigo de pieles.
Algún sádico le
estaba clavando pinchos en el hombro.
—Santa María, Madre
de Dios, ruega por nosotros pecadores.
—Demasiado tarde para
recurrir a eso. Gírate lenta y suavemente, cher, y no abras los ojos todavía.
—Me estoy muriendo,
llama a un cura.
—Tranquilo, Rochi
está contigo. —Con dulzura y regocijo, le dio la vuelta y le sostuvo la
cabeza—. Limítate a tragar.
Gastón borboteó, se
atragantó y notó que algo asqueroso se llevaba por delante el pelaje, la arena
y la garganta. Para defenderse, trató de apartar el vaso de los labios y abrió
los ojos.
Hasta el día de su
muerte negaría que el sonido que salió de su boca tuvo algún parecido con un
aullido femenino.
Rocío chasqueó la
lengua.
—Te dije que no
abrieras los ojos.
—¿Qué ojos? ¿Qué
ojos? Me han ardido hasta hacerse cenizas.
—Bébete el resto.
—Aléjate, aléjate y
llévate contigo tu veneno.
—Esa no es manera de
hablar a una chica que ha venido a atenderte en tu lecho de muerte.
Gastón se tumbó de nuevo
y se tapó la cara con la almohada.
—¿Cómo sabías que me
estaba muriendo?
—Me llamó Cande.
—¿Cuándo entierran a Victorio?
—Por fortuna, va a
casarse con una mujer poseedora de altas dosis de tolerancia, comprensión y
sentido del humor. ¿Cuántos bares de tetas atacasteis ayer?
—Todos. Todos los
bares de tetas de la región.
—Supongo que eso
explica el cubrepezón que tienes en la mejilla.
—Mientes. —Pero
cuando Gastón introdujo la mano bajo la almohada, notó la borla—. Jesús. Ten
compasión y mátame.
—Como quieras,
cariño. —Rocío aplicó suficiente presión sobre la almohada para hacerle agitar
los brazos y obligarlo a incorporarse.
Gastón tenía la cara
roja y los ojos algo extraviados.
—No ha tenido gracia.
—Tendrías que haberlo
visto desde este lado. —Rocío rió. Gastón todavía llevaba puesta la ropa del
día anterior, la camisa arrugada y con manchas de alcohol medio salida de los
téjanos. Otro cubrepezón asomaba por el bolsillo de la camisa. Este era rosa y
plateado.
—Te sentirás mejor
dentro de un rato. Bien no, pero mejor sí. Si te duchas y comes un poco, con la
pócima que te he dado habrás recuperado la sensación en las piernas dentro de
dos horas, puede que tres.
Alguien le había
afeitado el pelaje de la lengua, notó Gastón. No estaba seguro de que eso fuera
una mejora.
—¿Qué había en esa
cosa que me has dado?
—Es preferible que no
lo sepas, pero le añadí cuatro aspirinas, así que no tomes ninguna más por el
momento. Voy a prepararte una tortilla ligera y tostadas.
—¿Por qué?
—Porque tienes un
aspecto penoso. —Rocío procedió a besarle pero se retiró de un brinco y agitó
una mano entre los dos—. Dios santo, cher, haz algo con ese aliento antes de
que mates a alguien.
—¿Quién te mandó?
—Y date una buena
ducha. Hueles como el suelo de un bar a punto de cerrar. —Rocío se puso de
pie—. ¿Por qué no ha venido nadie hoy?
—Anticipándome a la
resaca, les comuniqué que quien apareciera por esta casa antes de las tres de
la tarde sería ejecutado sin juicio.
Rocío consultó su
reloj.
—Te quedan algunas
horas por delante.
—Si tengo que
abandonar esta cama, cogeré una pistola. Me dolerá mucho matarte, pero lo haré.
—Estaré en la cocina.
—Rocío enarcó una ceja—. Tráete la pistola, cher, y veremos si recuerdas cómo
se usa.
—¿Es un eufemismo?
—gritó Gastón mientras ella se alejaba, y enseguida lamentó haber alzado la
voz. Sosteniéndose la cabeza entre las manos, se levantó muy lentamente.
Rocío rió mientras
bajaba. Y rió aún más cuando oyó un portazo. Seguro que Gastón lamentaba
haberlo dado, pensó. Entonces se detuvo
en seco y miró hacia atrás al escuchar dos portazos más.
En fin... era
evidente que no podía ahuyentar a los fantasmas con una pistola.
—Podéis armar el
alboroto que queráis —dijo mientras se dirigía a la cocina—. No me dais miedo.
Las puertas de la
biblioteca vibraron cuando pasó frente a ellas. Rocío no hizo caso. Si un
hombre hosco y maloliente no conseguía espantarla, menos aún lo conseguiría un
fantasma malhumorado.
Estaba tan mono...,
pensó mientras buscaba el café. Tan demacrado, viril y enfadado. Y con ese absurdo
cubrepezón en la mejilla.
Los hombres perdían
la mitad de su cociente de inteligencia cuando miraban a una mujer desnuda. Si
ponías a un montón de ellos delante de un grupo de mujeres dispuestas a
desnudarse al compás de la música, su sentido común se reducía al de un macizo
de brécol.
Molió el café y puso
en marcha la cafetera. Estaba batiendo los huevos en un cuenco cuando cayó en
la cuenta de que era la primera vez en su vida que le hacía el desayuno a un
hombre con el que no había pasado la noche.
¿No era extraño?
Aún más extraño
resultaba que estuviera canturreando en la cocina de un hombre resacoso,
maloliente e irascible que, para colmo, la había gritado. «Muy impropio de ti. Rochi.
¿Qué está ocurriendo aquí?»
Le había intrigado el
regocijo de Cande por el estado de Victorio. Y aquí estaba ella, sintiendo lo
mismo por el estado de Gastón.
Miró por la ventana
el jardín que tanto abandono había exhibido unos meses antes. Ahora resplandecía
con sus nuevos retoños.
Había venido y dejado
que él se filtrara en ella, que atravesara cerraduras y pestillos.
Estaba enamorada de Gastón,
mas no quería estarlo, tanto por el bien de él como de ella.
Gastón había retirado
el polvo de los sueños de juventud que ella había enterrado. Aquellos sueños de
amor, esperanza y fe. Ahora eran tan brillantes que la deslumbraban. Tan
brillantes que la cegaban.
Y aterraban.
Matrimonio. Ese
hombre quería matrimonio y ella no creía en hacer promesas a menos que
vertieras sangre para mantenerlas.
¿Lo haría? ¿Podría?
—Creo que lo haría
—dijo con voz queda—. Creo que lo haría por él.
La puerta de uno de
los armarios se abrió de golpe.
Una taza azul salió
disparada y se hizo añicos a sus pies.
Al fin se dio cuenta que está perdidamente enamorada de Gas ♥
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