jueves, 21 de febrero de 2013

Capitulo Dieciocho, Primera Parte


Como organizador de la despedida de soltero de Victorio, Gastón se sentía socialmente obligado a aguantar hasta el amargo final. El amargo final fue un tugurio sórdido de un callejón del Quarter donde el alcohol agujereaba los estómagos y las bailarinas de striptease estaban más que maduras.
A nadie parecía importarle.                       
Llevado por el buen compañerismo, Gastón introdujo el último dólar en la liga de un muslo fláccido y puso en pie a un Victorio de ojos vidriosos.
—Vamos, compañero.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Ya es de día?
—Falta poco.
Cuando salieron, tambaleándose y cogidos del brazo tanto por necesidad como por camaradería, Victorio miró en derredor. La cabeza le iba de un lado a otro como la de un muñeco sobre un muelle.
—¿Dóndeztá la gente ?
—Desmayada, arrestada, muerta en un callejón.
—Cobardes. —Victorio esbozó su sonrisa de goma—. Tú y yo, Gas, todavía tenemos lo que hay que tener.
—Por la mañana iniciaré un tratamiento de antibióticos para quitármelo de encima. —Tropezó y tuvo que agarrarse a Victorio con ambos brazos para no caerse de bruces—. Demasiada gravedad. Decididamente, hay demasiada gravedad aquí fuera.
—Vamos a buscar a otra mujer en cueros.
—Creo que ya las hemos visto todas. Es hora de irnos a casa, viejo amigo.
—Me caso dentro de tres días. —Victorio levantó cuatro dedos para indicarlo—. Se acabó la juerga para Victorio, —Miró a su alrededor. Las calles estaban casi desiertas y resbaladizas a causa de la llovizna—. ¿Tenemos que sacar a alguien de la cárcel?
—Que se fastidien.
—Eso. ¿Dónde está mi chica? ¡Candela! —gritó Victorio.
Gastón soltó un bufido ebrio.
—¡Stella! —Derrengado, se dejó caer en un charco—. A la mierda con todo, Victorio. Quedémonos a dormir aquí.
—Tengo que encontrar a mi chica. Voy a hacer dulcemente el amor con mi Cande.
—Ahora mismo no se te levantaría ni con una bomba hidráulica.
—¿Que no? —Victorio buscó su cremallera, pero a Gastón aún le quedaba seso suficiente para levantarse y detenerle.
—Guárdate eso antes de que te hagas daño y nos detengan por escándalo público.
—Tranqui, somos abogados.
—Habla por ti. Taxi, tenemos que encontrar un taxi.
—Un taxi a casa de Cande. ¿Dónde está mi preciosa novia?
—En casa, durmiendo, como toda buena mujer a las... —Gastón levantó la muñeca de Victorio e intentó enfocar la vista en el reloj—. A la hora que sea. Rochi está durmiendo. Cree que soy una mujer.
—Eso es que no la estás follando bien.
—No es eso, gilipollas. Y recuérdame que te dé un puñetazo más tarde. Cree que soy Valeria.
—No habrás estado probándote su ropa interior ni haciendo otras cosas raras, ¿verdad, hijo?
—Me encantan las braguitas de encaje negro con las rosas. Me adelgazan la cadera.
—Tienes que estar bromeando. Espera. —Victorio se inclinó sobre la cuneta con las manos sobre las rodillas—. Falsa alarma. No voy a vomitar.
—Me alegro. ¡Taxi! —Gastón agitó una mano desesperada al ver que se acercaba uno—. Alabado sea Dios. Tú primero —dijo, y empujó a Victorio antes de entrar él.
—¿Dónde vivo? —preguntó Victorio—. Antes lo sabía, pero lo he olvidado. ¿Puedo llamar a Cande para preguntárselo?
Por fortuna. Gastón se acordaba y mientras Victorio dormitaba en su hombro, se concentró en permanecer despierto hasta cumplir la última de sus obligaciones, a saber, dejar a su amigo en casa sano y salvo.
Cuando llegaron, le propinó un codazo y Victorio despertó de un brinco.
—¿Qué? ¿Dónde? Estoy en casa. ¿Qué te parece?
—¿Puedes entrar solo? —preguntó Gastón.
—Sé aguantar la bebida. Los veinte litros eméritos. —Victorio tomó la cara de Gastón con una mano y le dio un sonoro beso en la boca—. Te quiero, cher. Pero si hubieras sido Valeria, te habría metido la lengua.
—Puaj —fue cuanto Gastón alcanzó a decir mientras Victorio se apeaba.
—Eres el mejor amigo que he tenido en la vida y esta ha sido la mejor despedida de soltero de toda la historia de las despedidas de solteros. Ahora subiré, vomitaré y perderé el conocimiento.
—Genial. Espere a que llegue a la puerta —indicó Gastón al taxista, y observó cómo Victorio vacilaba y finalmente entraba en el edificio dando traspiés.
—Bien, el resto es asunto suyo. ¿Sabe dónde está Ordóñez Hall?
El taxista le miró por el retrovisor.
—Sí.
—Vivo allí. Lléveme, ¿quiere?
—Está muy lejos. —El hombre se volvió y miró a Gastón de arriba abajo—. ¿Tiene dinero suficiente?
—Tengo dinero, tengo mucho dinero. —Gastón rebuscó en sus bolsillos y empezó a sacar billetes—. Estoy forrado.
—Y que lo diga. —Sacudiendo la cabeza, el conductor se alejó de la acera—. Debieron de correrse una buena juerga, amigo.
—Y que lo diga —murmuró Gastón antes de desplomarse sobre el asiento.


Lo siguiente que notó fue una banda de Dixieland desgañitándose dentro de su cabeza. Seguía boca abajo, pero la playa de Waikiki había acabado en su boca y la lengua se había convertido en un abrigo de pieles.
Algún sádico le estaba clavando pinchos en el hombro.
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores.
—Demasiado tarde para recurrir a eso. Gírate lenta y suavemente, cher, y no abras los ojos todavía.
—Me estoy muriendo, llama a un cura.
—Tranquilo, Rochi está contigo. —Con dulzura y regocijo, le dio la vuelta y le sostuvo la cabeza—. Limítate a tragar.
Gastón borboteó, se atragantó y notó que algo asqueroso se llevaba por delante el pelaje, la arena y la garganta. Para defenderse, trató de apartar el vaso de los labios y abrió los ojos.
Hasta el día de su muerte negaría que el sonido que salió de su boca tuvo algún parecido con un aullido femenino.
Rocío chasqueó la lengua.
—Te dije que no abrieras los ojos.
—¿Qué ojos? ¿Qué ojos? Me han ardido hasta hacerse cenizas.
—Bébete el resto.
—Aléjate, aléjate y llévate contigo tu veneno.
—Esa no es manera de hablar a una chica que ha venido a atenderte en tu lecho de muerte.
Gastón se tumbó de nuevo y se tapó la cara con la almohada.
—¿Cómo sabías que me estaba muriendo?
—Me llamó Cande.
—¿Cuándo entierran a Victorio?
—Por fortuna, va a casarse con una mujer poseedora de altas dosis de tolerancia, comprensión y sentido del humor. ¿Cuántos bares de tetas atacasteis ayer?
—Todos. Todos los bares de tetas de la región.
—Supongo que eso explica el cubrepezón que tienes en la mejilla.
—Mientes. —Pero cuando Gastón introdujo la mano bajo la almohada, notó la borla—. Jesús. Ten compasión y mátame.
—Como quieras, cariño. —Rocío aplicó suficiente presión sobre la almohada para hacerle agitar los brazos y obligarlo a incorporarse.
Gastón tenía la cara roja y los ojos algo extraviados.
—No ha tenido gracia.
—Tendrías que haberlo visto desde este lado. —Rocío rió. Gastón todavía llevaba puesta la ropa del día anterior, la camisa arrugada y con manchas de alcohol medio salida de los téjanos. Otro cubrepezón asomaba por el bolsillo de la camisa. Este era rosa y plateado.
—Te sentirás mejor dentro de un rato. Bien no, pero mejor sí. Si te duchas y comes un poco, con la pócima que te he dado habrás recuperado la sensación en las piernas dentro de dos horas, puede que tres.
Alguien le había afeitado el pelaje de la lengua, notó Gastón. No estaba seguro de que eso fuera una mejora.
—¿Qué había en esa cosa que me has dado?
—Es preferible que no lo sepas, pero le añadí cuatro aspirinas, así que no tomes ninguna más por el momento. Voy a prepararte una tortilla ligera y tostadas.
—¿Por qué?
—Porque tienes un aspecto penoso. —Rocío procedió a besarle pero se retiró de un brinco y agitó una mano entre los dos—. Dios santo, cher, haz algo con ese aliento antes de que mates a alguien.
—¿Quién te mandó?
—Y date una buena ducha. Hueles como el suelo de un bar a punto de cerrar. —Rocío se puso de pie—. ¿Por qué no ha venido nadie hoy?
—Anticipándome a la resaca, les comuniqué que quien apareciera por esta casa antes de las tres de la tarde sería ejecutado sin juicio.
Rocío consultó su reloj.
—Te quedan algunas horas por delante.
—Si tengo que abandonar esta cama, cogeré una pistola. Me dolerá mucho matarte, pero lo haré.
—Estaré en la cocina. —Rocío enarcó una ceja—. Tráete la pistola, cher, y veremos si recuerdas cómo se usa.
—¿Es un eufemismo? —gritó Gastón mientras ella se alejaba, y enseguida lamentó haber alzado la voz. Sosteniéndose la cabeza entre las manos, se levantó muy lentamente.
Rocío rió mientras bajaba. Y rió aún más cuando oyó un portazo. Seguro que Gastón lamentaba haberlo dado,  pensó. Entonces se detuvo en seco y miró hacia atrás al escuchar dos portazos más.
En fin... era evidente que no podía ahuyentar a los fantasmas con una pistola.
—Podéis armar el alboroto que queráis —dijo mientras se dirigía a la cocina—. No me dais miedo.
Las puertas de la biblioteca vibraron cuando pasó frente a ellas. Rocío no hizo caso. Si un hombre hosco y maloliente no conseguía espantarla, menos aún lo conseguiría un fantasma malhumorado.
Estaba tan mono..., pensó mientras buscaba el café. Tan demacrado, viril y enfadado. Y con ese absurdo cubrepezón en la mejilla.
Los hombres perdían la mitad de su cociente de inteligencia cuando miraban a una mujer desnuda. Si ponías a un montón de ellos delante de un grupo de mujeres dispuestas a desnudarse al compás de la música, su sentido común se reducía al de un macizo de brécol.
Molió el café y puso en marcha la cafetera. Estaba batiendo los huevos en un cuenco cuando cayó en la cuenta de que era la primera vez en su vida que le hacía el desayuno a un hombre con el que no había pasado la noche.
¿No era extraño?
Aún más extraño resultaba que estuviera canturreando en la cocina de un hombre resacoso, maloliente e irascible que, para colmo, la había gritado. «Muy impropio de ti. Rochi. ¿Qué está ocurriendo aquí?»
Le había intrigado el regocijo de Cande por el estado de Victorio. Y aquí estaba ella, sintiendo lo mismo por el estado de Gastón.
Miró por la ventana el jardín que tanto abandono había exhibido unos meses antes. Ahora resplandecía con sus nuevos retoños.
Había venido y dejado que él se filtrara en ella, que atravesara cerraduras y pestillos.
Estaba enamorada de Gastón, mas no quería estarlo, tanto por el bien de él como de ella.
Gastón había retirado el polvo de los sueños de juventud que ella había enterrado. Aquellos sueños de amor, esperanza y fe. Ahora eran tan brillantes que la deslumbraban. Tan brillantes que la cegaban.
Y aterraban.
Matrimonio. Ese hombre quería matrimonio y ella no creía en hacer promesas a menos que vertieras sangre para mantenerlas.
¿Lo haría? ¿Podría?
—Creo que lo haría —dijo con voz queda—. Creo que lo haría por él.
La puerta de uno de los armarios se abrió de golpe.
Una taza azul salió disparada y se hizo añicos a sus pies.

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