Rochi estaba furiosa
mientras terminaba de desayunar. Lo había hecho otra vez, Gastón había salido a
practicar antes de que despuntara el día. Su horario de investigación se
quedaba tristemente atrás. Él continuaba olvidándose que, como se suponía,
debía llevarla con el coche.
El teléfono sonó dos veces,
y un momento más tarde Patrick la llamó desde el segundo piso,
—Es para ti, y creo que me
voy a desmayar. ¡El hombre dice que es un Duque!
¡Por fin! ¡A Beddington le
habían llegado noticias de anoche, y llamaba para suspender inmediatamente el
compromiso! Ella corrió por la cocina, respiró profundamente, y levantó el
teléfono que estaba colgado en la pared cerca del mueble mostrador.
—Buenos días, Su
Ilustrísima.
—Rochi, mi amor, creo que me
han llegado unas noticias inquietantes.
Sus músculos se tensaron de
anticipación. Esto era todo, por fin. Dentro de unos minutos, estaría libre de
él, y, si la suerte estaba con ella, St. Gert todavía estaría a salvo.
—Me han dicho que te han
visto comprando un periódico sensacionalista.
Algo nimio, lo admito, pero
que me molesta. No tenía idea que leías basura como esa.
Ella frunció el ceño.
Comprar un tabloide había sido su actividad menos escandalosa. ¿Qué había
acerca del resto?
Ella esperó que mencionara
las otras compras que había hecho o algún comentario sobre su comportamiento en
el Roustabout. ¿Qué le diría acerca del hecho que se había estado besuqueando
con Gastón delante de la farmacia?
—Si insistes en leer esa
basura de prensa, me obligarás a que alguien la compre para ti.
¡Ella contuvo el aliento y
esperó los comentarios sobre el test de embarazo, los condones, el champú
antipiojos!
—Casi lo olvidé. Mi hermana
me ha dicho que te comente que ha encontrado un traje de noche maravilloso que
te has de poner para la fiesta de compromiso. Lo tiene preparado para cuando
vuelvas.
Ella se apoyó en uno de los
taburetes de bar cubiertos en cretona, tratando de pensar que decir.
—¿Tiene a alguien
siguiéndome?
—¿Siguiéndote? Claro que no.
Simplemente tengo mis fuentes.
—¿Y que han dicho esas
fuentes? ¿Que he comprado un periódico sensacionalista?
—No comprendo por qué te
molesta. Y, si ese es tu peor pecado, te aseguro que puedo vivir con ello. A
Anne, mi segunda esposa, le gustaban los periódicos sensacionalistas —hubo una
pausa cuando él le volvió la espalda al aparato receptor para hablar con uno de
sus asistentes—. Tengo que irme, Rochi; tengo otra llamada en espera. Y de
ahora en adelante, por favor trata de recordar que independientemente de lo que
hagas repercute sobre mí.
Él cortó la conexión antes
de que ella pudiera contestar.
El mollete de arándanos que
había disfrutado de desayuno se coaguló en su estómago mientras se sentaba en
el taburete, con el aparato en su mano, el cordón del teléfono retorcido
alrededor de los dedos. ¿Cómo pudo enterarse del periódico sensacionalista,
pero no del resto? Trató de ordenar sus pensamientos, pero nada parecía tener
sentido.
Patrick entró en la cocina,
impaciente por oír los detalles de la llamada del duque. Ella le dio una
versión altamente resumida, y él justamente comenzaba a pedir con insistencia
más información cuando Mery entró por el vestíbulo delantero.
—Hola, Rocío. Prepárate,
salimos.
Ella traía puestos unos
pantalones vaqueros blancos junto con una camiseta azul claro, y su pelo a la
moda desarreglado lo tenía sujeto con un pasador amarillo brillante en la
coronilla de su cabeza. También masticaba con ahínco un chicle.
—¿Adónde vamos?
—Lección de conducir —Mery
escupió su goma en la basura e inmediatamente sacó otro chicle de su bolsillo.
—Mira, no tengo ningún deseo
de aprender a conducir.
—Lo sé, pero vas a hacerlo
de todas formas —hizo explotar el globo de chicle.
—De verdad, Mery.
—Mueve el culo Su Señoría.
La carroza real espera. ¿O eres una gallina?
—¡Por supuesto no soy una
gallina! ¿Por qué crees que nunca he querido aprender a conducir?
—Todo lo que tienes que
hacer es llevar el coche arriba y abajo por el camino de acceso de Gastón.
Podrás hacerlo, ¿no?
—Seguramente, pero no hay
ninguna razón.
—Siempre hay una razón para
escupir en el ojo del diablo —los familiares ojos verdes de Mery parecían desafiantes.
Patrick tomó del brazo a Rochi
y la levantó del taburete.
—Haz lo que ella dice, Rocío.
La vida es demasiado corta para malgastarla con fobias.
Rochi podía luchar con uno
de ellos, pero no con los dos, sin parecer completamente débil.
—De acuerdo —dijo a
regañadientes—. De arriba a abajo por el camino. Pero eso es todo.
Eso no fue todo, por
supuesto. Después de estar media hora en el camino de acceso, Mery de alguna
manera logró convencerla para salir a la carretera asegurándola que apenas la transitaba
nadie.
Rochi tenía las manos
mojadas y la camiseta húmeda conduciendo un coche con el volante puesto en el
lado equivocado. Cuando sus dedos agarraron el volante, se concentró en no
pensar en aquel día aterrador cuando tenía diez años y veía como un enorme
camión amarillo brillante se les echaba encima.
Ella avanzó como pudo
fijándose en la línea continua y apretó con fuerza el volante.
—Relájate —le dijo Mery—.
Tus dedos se van a acalambrar.
—¡Deja de hacer ruido con el
chicle!
—Joder, estamos de mal humor
hoy. Mira la carretera, en este país conducimos por el lado bueno, no por la
izquierda.
—¡Oh, Dios Mío! —Rochi movió
el volante a la derecha, pero no lo enderezó a tiempo para impedir que los
neumáticos chirriaran con la grava. Finalmente, logró colocar el coche en el
carril correcto—. ¡Me lo podías haber dicho de inmediato! Creo que me voy a
desmayar.
—Respira profundamente.
—¡No puedo creer que me
hayas convencido para hacer esto! ¡Oh, Señor, Mery, por allí viene un coche
detrás de nosotros!
—Con tal de que no aprietes
violentamente los frenos, no tienes que preocuparte por él.
—¿Por qué me estás haciendo
esto?
—Decidí dejar de fumar, y
necesito una distracción. Hacer a alguien desgraciado parecía una buena idea
—la voz de Mery se puso beligerante—. Y dejo de fumar por mí, no por nadie más.
¡Así que si le dices a alguien que lo estoy dejando, te pediré que te ocupes de
tus asuntos!
—No puedo seguir con esto
más. Quiero detenerme.
—Hay un restaurante en la
entrada de la ciudad. Allí nos detendremos.
—¡A la ciudad! ¡ No puedo!
—Ahora que te has dado
cuenta por el carril que tienes que conducir, no lo estás haciendo nada mal.
—No puedo seguir. No tengo
el carnet.
—Soy buena amiga de la
mayoría de los polis de por aquí. No te preocupes por eso.
—No estoy preocupada. Estoy
aterrorizada.
—Seguimos vivas, eso debería
servirte de algo.
De algún modo llegó a la
ciudad y logró meter el coche en un amplísimo espacio del aparcamiento del
restaurante. Apagó el motor y se apoyó hacía atrás en el asiento con alivio.
Mery sonrió abiertamente.
—¿No te sientes orgullosa? —Rochi
la miró ceñuda—. Venga adelante, admítelo. Has hecho algo que nunca pensaste
que podrías hacer.
Ahora que su ritmo cardíaco
comenzaba a volver a la normalidad, tal vez sí se sintió un poco orgullosa. Su
incapacidad para conducir había limitado su vida de muchas formas. No es que
ella pudiera conducir ahora...
—Lo admito, soy feliz de que
no estemos desparramadas por una cuneta — dijo de mala gana.
Mery se rió.
—Venga, vamos. Te
invito a un café para celebrarlo.
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