domingo, 10 de febrero de 2013

Capitulo XII, Primera Parte


Rochi estaba furiosa mientras terminaba de desayunar. Lo había hecho otra vez, Gastón había salido a practicar antes de que despuntara el día. Su horario de investigación se quedaba tristemente atrás. Él continuaba olvidándose que, como se suponía, debía llevarla con el coche.
El teléfono sonó dos veces, y un momento más tarde Patrick la llamó desde el segundo piso,
—Es para ti, y creo que me voy a desmayar. ¡El hombre dice que es un Duque!
¡Por fin! ¡A Beddington le habían llegado noticias de anoche, y llamaba para suspender inmediatamente el compromiso! Ella corrió por la cocina, respiró profundamente, y levantó el teléfono que estaba colgado en la pared cerca del mueble mostrador.
—Buenos días, Su Ilustrísima.
—Rochi, mi amor, creo que me han llegado unas noticias inquietantes.
Sus músculos se tensaron de anticipación. Esto era todo, por fin. Dentro de unos minutos, estaría libre de él, y, si la suerte estaba con ella, St. Gert todavía estaría a salvo.
—Me han dicho que te han visto comprando un periódico sensacionalista.
Algo nimio, lo admito, pero que me molesta. No tenía idea que leías basura como esa.
Ella frunció el ceño. Comprar un tabloide había sido su actividad menos escandalosa. ¿Qué había acerca del resto?
Ella esperó que mencionara las otras compras que había hecho o algún comentario sobre su comportamiento en el Roustabout. ¿Qué le diría acerca del hecho que se había estado besuqueando con Gastón delante de la farmacia?
—Si insistes en leer esa basura de prensa, me obligarás a que alguien la compre para ti.
¡Ella contuvo el aliento y esperó los comentarios sobre el test de embarazo, los condones, el champú antipiojos!
—Casi lo olvidé. Mi hermana me ha dicho que te comente que ha encontrado un traje de noche maravilloso que te has de poner para la fiesta de compromiso. Lo tiene preparado para cuando vuelvas.
Ella se apoyó en uno de los taburetes de bar cubiertos en cretona, tratando de pensar que decir.
—¿Tiene a alguien siguiéndome?
—¿Siguiéndote? Claro que no. Simplemente tengo mis fuentes.
—¿Y que han dicho esas fuentes? ¿Que he comprado un periódico sensacionalista?
—No comprendo por qué te molesta. Y, si ese es tu peor pecado, te aseguro que puedo vivir con ello. A Anne, mi segunda esposa, le gustaban los periódicos sensacionalistas —hubo una pausa cuando él le volvió la espalda al aparato receptor para hablar con uno de sus asistentes—. Tengo que irme, Rochi; tengo otra llamada en espera. Y de ahora en adelante, por favor trata de recordar que independientemente de lo que hagas repercute sobre mí.
Él cortó la conexión antes de que ella pudiera contestar.
El mollete de arándanos que había disfrutado de desayuno se coaguló en su estómago mientras se sentaba en el taburete, con el aparato en su mano, el cordón del teléfono retorcido alrededor de los dedos. ¿Cómo pudo enterarse del periódico sensacionalista, pero no del resto? Trató de ordenar sus pensamientos, pero nada parecía tener sentido.
Patrick entró en la cocina, impaciente por oír los detalles de la llamada del duque. Ella le dio una versión altamente resumida, y él justamente comenzaba a pedir con insistencia más información cuando Mery entró por el vestíbulo delantero.
—Hola, Rocío. Prepárate, salimos.
Ella traía puestos unos pantalones vaqueros blancos junto con una camiseta azul claro, y su pelo a la moda desarreglado lo tenía sujeto con un pasador amarillo brillante en la coronilla de su cabeza. También masticaba con ahínco un chicle.
—¿Adónde vamos?
—Lección de conducir —Mery escupió su goma en la basura e inmediatamente sacó otro chicle de su bolsillo.
—Mira, no tengo ningún deseo de aprender a conducir.
—Lo sé, pero vas a hacerlo de todas formas —hizo explotar el globo de chicle.
—De verdad, Mery.
—Mueve el culo Su Señoría. La carroza real espera. ¿O eres una gallina?
—¡Por supuesto no soy una gallina! ¿Por qué crees que nunca he querido aprender a conducir?
—Todo lo que tienes que hacer es llevar el coche arriba y abajo por el camino de acceso de Gastón. Podrás hacerlo, ¿no?
—Seguramente, pero no hay ninguna razón.
—Siempre hay una razón para escupir en el ojo del diablo —los familiares ojos verdes de Mery parecían desafiantes.
Patrick tomó del brazo a Rochi y la levantó del taburete.
—Haz lo que ella dice, Rocío. La vida es demasiado corta para malgastarla con fobias.
Rochi podía luchar con uno de ellos, pero no con los dos, sin parecer completamente débil.
—De acuerdo —dijo a regañadientes—. De arriba a abajo por el camino. Pero eso es todo.
Eso no fue todo, por supuesto. Después de estar media hora en el camino de acceso, Mery de alguna manera logró convencerla para salir a la carretera asegurándola que apenas la transitaba nadie.
Rochi tenía las manos mojadas y la camiseta húmeda conduciendo un coche con el volante puesto en el lado equivocado. Cuando sus dedos agarraron el volante, se concentró en no pensar en aquel día aterrador cuando tenía diez años y veía como un enorme camión amarillo brillante se les echaba encima.
Ella avanzó como pudo fijándose en la línea continua y apretó con fuerza el volante.
—Relájate —le dijo Mery—. Tus dedos se van a acalambrar.
—¡Deja de hacer ruido con el chicle!
—Joder, estamos de mal humor hoy. Mira la carretera, en este país conducimos por el lado bueno, no por la izquierda.
—¡Oh, Dios Mío! —Rochi movió el volante a la derecha, pero no lo enderezó a tiempo para impedir que los neumáticos chirriaran con la grava. Finalmente, logró colocar el coche en el carril correcto—. ¡Me lo podías haber dicho de inmediato! Creo que me voy a desmayar.
—Respira profundamente.
—¡No puedo creer que me hayas convencido para hacer esto! ¡Oh, Señor, Mery, por allí viene un coche detrás de nosotros!
—Con tal de que no aprietes violentamente los frenos, no tienes que preocuparte por él.
—¿Por qué me estás haciendo esto?
—Decidí dejar de fumar, y necesito una distracción. Hacer a alguien desgraciado parecía una buena idea —la voz de Mery se puso beligerante—. Y dejo de fumar por mí, no por nadie más. ¡Así que si le dices a alguien que lo estoy dejando, te pediré que te ocupes de tus asuntos!
—No puedo seguir con esto más. Quiero detenerme.
—Hay un restaurante en la entrada de la ciudad. Allí nos detendremos.
—¡A la ciudad! ¡ No puedo!
—Ahora que te has dado cuenta por el carril que tienes que conducir, no lo estás haciendo nada mal.
—No puedo seguir. No tengo el carnet.
—Soy buena amiga de la mayoría de los polis de por aquí. No te preocupes por eso.
—No estoy preocupada. Estoy aterrorizada.
—Seguimos vivas, eso debería servirte de algo.
De algún modo llegó a la ciudad y logró meter el coche en un amplísimo espacio del aparcamiento del restaurante. Apagó el motor y se apoyó hacía atrás en el asiento con alivio.
Mery sonrió abiertamente.
—¿No te sientes orgullosa? —Rochi la miró ceñuda—. Venga adelante, admítelo. Has hecho algo que nunca pensaste que podrías hacer.
Ahora que su ritmo cardíaco comenzaba a volver a la normalidad, tal vez sí se sintió un poco orgullosa. Su incapacidad para conducir había limitado su vida de muchas formas. No es que ella pudiera conducir ahora...
—Lo admito, soy feliz de que no estemos desparramadas por una cuneta — dijo de mala gana.
Mery se rió.
—Venga, vamos. Te invito a un café para celebrarlo.

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