Gastón huyó, tirando
de Rocío hacia la terraza del primer piso. Todavía quedaban milicianos de la
generala Vetrano en la planta baja.
—Son como hormigas
que salen por debajo de la madera cuando no estás mirando —farfulló.
—¿De qué estás
hablando?
—De la gente. Hay
gente por todas partes. Vigila ese cubo. Creo que en el salón de baile
estaremos a salvo.
—¿Estás estresado,
cher?
—Estoy pensando en
unas vacaciones en Maui hasta que todo esto termine. Tengo que reconocer que
admiro a las mujeres.
—¿De veras? —Rocío
contempló las escaleras de mano, las lonas, los escombros y las mujeres que lo
vadeaban todo con imágenes de tul en la mente—. ¿Y por qué?
—Podéis estar fuera
de vosotras y, con todo, mantener una conversación educada sobre rododendros. —Gastón
asomó la cabeza por el salón de baile y suspiró—. Despejado. A los hombres, en
cambio, cuando nos calentamos nos sale humo por la cabeza. —Entró—. ¿Qué te parece?
Las paredes estaban
pintadas de rosa pálido y el suelo relucía.
—Es grande.
—Lo justo para esta
fiestecita. La generala dice que seremos doscientos cincuenta. Si no, se pueden
utilizar las puertas correderas para convertirlo en dos salones.
Cruzó la estancia y
sacó una puerta de la muesca.
—¿No es sorprendente?
—Gastón pasó los dedos por la madera tallada—. Una verdadera obra de artesanía.
Más de cien años. Detesto tener que esconderlas. El dibujo hace juego con los
medallones del techo. Tibaid hizo un gran trabajo.
Rocío se había ido
calentando desde su conversación con su abuela, pero notó que el calor bajaba
al contemplar el placer de Gastón.
—Es verdadero amor lo
que sientes por esta casa. La mayoría de los hombres no mira a las mujeres del
modo en que tú te miras estas puertas.
—A ti te miro así.
Rocío tuvo que
desviar la mirada.
—Te cuesta mucho
mantenerte enfadado. Dime por qué no estás enfadado, Gastón. ¿Por qué no estás
enfadado si ella te robó?
—Lo estoy. Y si
vuelvo a verla, se lo haré saber.
—Deberías ir a la
policía.
—Lo he pensado. Quizá
recuperara parte del dinero, pero sería una experiencia humillante para la
señorita Esperanza.
—Ya lo está siendo.
—Lo sé. ¿Por qué
hacerla aún peor? Recuperé las cosas que me importaban.
El resentimiento
invadió nuevamente a Rocío.
—Entró en tu casa,
removió tus cosas, te robó.
Gastón enarcó una
ceja.
—¿Te estás calentando
otra vez?
—Maldita sea, Gastón,
profanó tu casa. No es lo mismo que robarle a mi abuela o a mí. ¿Cuánto se
llevó?
—Dos mil.
Rocío apretó la
mandíbula.
—Mañana tendrás un
talón.
—Sabes que lo
romperé. Olvídalo, Rocío. Me lo he tomado como una lección barata. Si pienso
vivir en el campo, en una casa llena de objetos valiosos y dinero en efectivo,
no puedo irme sin cerrarla con llave.
—Ella hubiera roto
una ventana.
—Lo sé. Por eso
quiero dos perros. He pensado que después de la boda iré a la protectora.
¿Quieres acompañarme?
Rocío sacudió la
cabeza.
—Una ladrona yonqui
te roba dos mil dólares, aunque apuesto a que fue más, y tu reacción es comprar
perros.
—Pensé que sería
divertido. ¿Qué me dices? También serán tus perros.
—Ya basta, Gastón.
—Oh, oh. —Con una
sonrisa de satisfacción, Gastón se acercó a ella—. Compremos dos cachorros
mestizos, Rocío. Será una buena práctica antes de que lleguen los niños.
—Ve a comprarte tus
cachorros. —Pero había conseguido sacarle una sonrisa—. Y corre tras ellos
cuando se hagan pipí en tus alfombras y te muerdan los zapatos.
—Rufus podría
enseñarles buenos modales. Te has puesto mis pendientes —dijo Gastón mientras
la abrazaba y la instaba a bailar.
—Ahora son mis
pendientes.
—¿Piensas en mí
cuando te los pones?
—Un poco. Luego
pienso en lo bien que me quedan y me olvido por completo de ti.
—En ese caso, tendré
que buscar otras formas de hacer que te acuerdes de mí.
—Un collar. —Los
dedos de Rocío treparon por la nuca de Gastón—. Un par de pulseras.
—Estaba pensando en
un anillo para el pie.
Rocío rió y se acercó
un poco más para poder descansar su mejilla en la de él. Estaban bailando un
vals y la melodía sonaba dentro de su cabeza. Una melodía que le había oído
tararear y silbar incontables veces. Podía oler su jornada de trabajo —el
sudor, el polvo— y, debajo, el leve, levísimo olor a jabón de su ducha
matutina. La mejilla rascaba ligeramente por la falta de afeitado.
Si la vida fuera un
cuento de hadas, pensó Rocío, elegiría quedarse siempre así, bailando un vals
sobre el lustroso suelo mientras el sol caía, las flores proliferaban y la luz
de cientos de prismas de cristal se precipitaba sobre ellos.
—Siento muchas cosas
por ti, más de lo que he sentido o he querido sentir por nadie. No sé qué hacer
con ellas.
—Dámelas —suplicó él
girando los labios hacia su melena—. Las cuidaré bien.
Rocío no se había
dado cuenta de que había hablado en voz alta. No había sido su intención.
Ahora, al intentar apartarse, él la retuvo. Tan cerca, tan firme, que no podía
respirar.
La cabeza le daba
vueltas y la música se elevó. El fuerte olor a azucenas se hizo más intenso y
casi la asfixió.
—¿Los oyes? —Las
manos de Gastón temblaban cuando la cogió por los brazos—. Son violines.
—No... —La voz de él
sonaba lejana, y cuando Rocío trató de concentrarse en su cara, otra pareció
ocupar su lugar—. Estoy mareada.
—Sentémonos. —Sin
soltarla, Gastón descendió con ella hasta el suelo—. Tú también oías la música.
También la sentías.
—Espera un momento. —Rocío
necesitaba tranquilizarse. El salón estaba vacío. No había música, ni luces
cristalinas, ni macetas con azucenas aromáticas. Y sin embargo las había oído,
visto, olido—. No sabía que las alucinaciones fueran contagiosas.
—No son
alucinaciones. Son recuerdos. Ellos, Ramiro y Valeria, bailaron aquí, como
nosotros. Se amaban, como nosotros. —Cuando ella sacudió la cabeza, él
blasfemó—. Maldita sea, vale, él la amaba como yo te amo. Y todavía existe algo
vivo entre ellos, quizá algo que hay que terminar o sencillamente aceptar.
Estamos aquí, Rocío.
—Sí, estamos aquí, y
yo no estoy viviendo la vida de otro.
—No es eso.
—Fue eso lo que
sentí. Y vivir la vida de otro puede significar, también, morir la muerte de
otro. Él se ahogó en el estanque y ella...
—Murió en esta casa.
Rocío respiró hondo.
—Eso depende de la
historia que creas.
—Sé que murió en esta
casa. Arriba, en el cuarto de los niños. Algo le pasó allí. Él nunca lo supo.
Murió de pena sin llegar a descubrirlo. Necesito averiguarlo por él, y también
por mí. Necesito que me ayudes.
—¿ Qué puedo hacer ?
—Ven al cuarto dé los
niños conmigo. Ahora estamos más cerca. Puede que esta vez recuerdes.
—Gastón. —Rocío le
tomó el rostro entre las manos—. Yo no tengo nada que recordar.
—Cuelgas botellas
protectoras en mis árboles pero niegas toda posibilidad de reencarnación, una
teoría que tú misma propusiste.
—No es eso. Yo no
tengo nada que recordar porque yo no soy Valeria. Tú lo eres.
Si Rocío se hubiera
puesto un guante de boxeo y le hubiera asestado un puñetazo en la barriga,
habría experimentado la misma conmoción. Sus palabras le hicieron tambalearse.
—Venga ya, eso es
imposible.
—¿Por qué?
—Porque... —Nervioso,
extrañamente turbado, Gastón se levantó—. ¿Insinúas que yo era una chica?
—No sé por qué te
alteras tanto. A muchas de nosotras nos va bien como mujeres.
—A mí no. Yo no soy
una mujer. No lo era.
—Es lo más lógico, si
hay algo lógico en todo esto.
—No lo es, no lo es
en absoluto.
—Eres tú quien
siempre oye el llanto del bebé. —Rocío nunca lo había visto tan nervioso—. La
madre es la primera que lo oye, antes que nadie. Y esa habitación de arriba te
atrae como una madre es atraída por su bebé. Aunque el cuarto te asusta, sigue
tirando de ti. Recorriste las dependencias del servicio y te orientaste con
mucha facilidad. Ella las conocía, pero ¿por qué iba a conocerlas Ramiro?
—Era su casa. —Gastón
recordó entonces que se había imaginado mirando por la ventana a los dos
jinetes que se acercaban cabalgando a la casa. ¿Por qué iba a imaginarse que
miraba a Ramiro si él era Ramiro?
—Una cosa más
—prosiguió Rocío—, y muy reveladora. El día que te vi caminar hacia el estanque
en estado de trance andabas de una manera extraña. Ignoraba qué era lo que me
parecía tan extraño, pero ahora lo sé. Caminabas como camina una mujer
embarazada, contoneándose un poco. —Gastón se volvió y la miró espantado—. Con
una mano en los riñones y dando pasos cortos y cautos.
—¿Estás diciendo que
además de ser una chica, estaba embarazada?
—Maldita sea, cher,
hay quien cree que puedes reencarnarte en un caniche. ¿Qué tiene de malo una
mujer embarazada?
—Que las mujeres
embarazadas han de parir tarde o temprano y expulsar varios kilos de bebé por
un espacio muy limitado.
El pánico que se
reflejaba en su cara resultaba cómico y lo bastante intenso para instar a Rocío
a suavizar su teoría.
—No creo que tengas
que repetir esa experiencia en esta vida. ¿Se te ha ocurrido pensar que si
miras el enigma desde este nuevo ángulo podrías encontrar las respuestas que
buscas?
Gastón se descubrió
deseando frotarse la entrepierna para comprobar que todo estaba en su sitio.
Tal vez debería provocarse un eructo varonil.
—Prefiero la teoría
anterior.
—Manten la mente
abierta, cher. Tengo que irme a trabajar.
—Un momento, un
momento. —Gastón corrió hasta ella—. ¿Piensas dejarme solo después de haber
soltado esta bomba?
—Tengo que ganarme la
vida.
—Vuelve después de
cerrar y quédate a dormir.
—Quiero pasar una o
dos noches con mi abuela, hasta que esté más tranquila.
—Vale, vale. —Gastón
suspiró al llegar a la planta baja—. Déjame probar algo. —Giró a Rocío y unió
su boca a la de ella. Luego llevó el beso hasta profundidades de ensueño—. ¿Has
sentido alguna vibración lésbica? —preguntó después.
—Mmm. —Rocío se tocó
el labio superior con la lengua, fingiendo no estar segura—. No. Puedo afirmar que
esta vez eres todo un hombre. Y ahora vete. Tienes un montón de cosas que hacer
durante los próximos días para mantener la mente ocupada. Si todo este asunto
ha podido esperar cien años, podrá esperar hasta después de la boda de Victorio.
—Vuelve para quedarte
cuando la señorita Esperanza se sienta mejor.
—De acuerdo.
—Te quiero, Rocío.
—Eso me temo —susurró
ella antes de alejarse.
Rocío se marchó del
bar lo antes que pudo, pero así y todo era más de la una cuando detuvo el coche
frente a la casa del bayou. La luz del porche estaba encendida y había seducido
a las mariposas nocturnas hasta la muerte. Se sentó un instante a escuchar el
canto de las ranas y los pájaros, y la suave brisa.
Era el lugar de su
juventud. Quizá el lugar de su corazón. Aunque había montado su vida en la
ciudad, venía aquí cuando estaba contenta o preocupada. Venía aquí a meditar
sobre sus pensamientos más profundos y soñar sus sueños más secretos.
Se había permitido
soñar en otros tiempos, esos sueños femeninos de un hombre apuesto que la
amaba, de una casa y unos hijos, y las mañanas de los domingos.
¿Cuándo había dejado
de soñar?
Aquella pegajosa
tarde de verano, pensó. Aquel día sofocante que vio al chico que amaba con todo
su corazón salvaje, con su insensata juventud, apareándose como un animal con
su madre en el pantano, sobre una manta raída.
Su pantano, su chico.
Su madre.
Aquello partió su
vida en dos, se dijo ahora. El antes, cuando todavía tenía esperanzas, sueños y
fe. Y el después, donde solo había ambición, determinación y el implacable
juramento de no volver a creer.
El chico ya no
importaba, eso lo sabía. Apenas recordaba su cara. Su madre no importaba, al
menos en esencia. Pero el suceso sí.
Sin este, a saber qué
dirección habría tomado su vida. Seguro que ella y el chico no habrían tardado
en romper, pero podría haber ocurrido con ternura, podría haberla dejado con el
recuerdo dulce del primer amor.
Pero aquella imagen
de sexo y traición la había forjado. En aquel momento comprendió lo que podría
haber tardado años en aprender si el suceso no se hubiera producido. Que a la
mujer le iba mejor si manejaba el tren sola. Los hombres iban y venían, y
disfrutar de ellos estaba bien.
Amarlos era un
suicidio.
¿Suicidio? Sacudió la
cabeza mientras bajaba del coche. Eso era excesivamente dramático, ¿no? El
dolor no era sinónimo de muerte.
Él había muerto de
dolor.
Rocío escuchó la voz
en su cabeza. No había sido la cuchillada, no había sido el estanque lo que
había matado a Ramiro Ordóñez.
Había sido el dolor.
Entró en la casa y
vio una rendija de luz en el cuarto de Esperanza. Al acercarse, oyó los golpes
de la cola de Rufus contra el suelo.
Asomó la cabeza por
la puerta. Esperanza estaba sentada en la cama con un libro abierto en el
regazo y su fiel amigo acurrucado en el suelo.
—¿Qué haces despierta
a estas horas?
—Esperar a mi niña.
Pensaba que aún tardarías una hora o dos.
—Había poco trabajo.
Esperanza dio unas
palmaditas en la cama a modo de invitación.
—Te marchaste
temprano porque estabas preocupada por mí. No deberías estarlo.
—Solías decirme que
preocuparte era tu trabajo. —Rocío se tumbó sobre las sábanas y posó la cabeza
en la curva del brazo de su abuela—. Ahora también es el mío. Siento que
Lilibeth te hiciera daño.
—Ay, mi niña, creo
que ese es su trabajo. Dios sabe que se le da bien. —Esperanza acarició el
cabello de Rocío—. Pero te tengo a ti. Tengo a mi Rocío.
—Me estaba
preguntando qué supuso para ti y el abuelo criar a otro bebé después de haber
criado a vuestra hija.
—Fue un auténtico
placer.
—Y eso me llevó a
pensar en el hecho de que los Ordóñez trajeran a tu abuela aquí cuando era un
bebé. La recuerdas bien, ¿ verdad ?
—La recuerdo muy
bien. Te pareces a ella. Has visto las viejas fotografías, así que ya lo sabes.
—¿Dijo alguna vez que
el Hall hubiera debido ser suyo?
—Jamás. Era una mujer
feliz. Rocío. Quizá fue más feliz de lo que lo habría sido en el Hall si las
cosas hubieran sido diferentes. Era muy buena haciendo pan y yo heredé esa
habilidad. También contaba buenas historias. A veces, cuando iba a verla,
inventaba historias que parecían reales. Creo que podría haber sido escritora
si hubiese querido.
—Seguro que pensaba
en sus padres y en los Ordóñez. Por muy feliz que fuera aquí, tenía que pensar
en ellos.
—Supongo que sí. El
día de su cumpleaños solía llevar flores a la tumba de su padre.
—¿En serio? No me lo
habías contado. —decía que a él le debía la vida, la suya y la de sus hijos y
nietos. También colocaba flores en las tumbas de Justina y Henry Ordóñez,
aunque nunca se detuvo en ellas a rezar una oración. Hay algo más que hacía el
día de su cumpleaños y que hizo hasta que murió. Recogía flores y las arrojaba
al río. Y decía una oración.
—¿Crees que lo hacía
por su madre?
—Nunca lo dijo, pero
yo creo que sí.
—¿Y crees que Valeria
está allí? ¿En el río?
—Eso dicen algunos.
Rocío levantó la
cabeza.
—No estoy preguntando
a algunos, te lo pregunto a ti.
—Yo sé que a veces,
cuando camino por la orilla, siento una tristeza horrible. Y creo que, a veces,
las almas viejas buscan vidas nuevas y no cejan hasta encontrar la adecuada.
¿Qué buscas tú?
Rocío descansó la
cabeza y cerró los ojos.
—Pensaba que había
encontrado lo que buscaba.
Ahora ya no estoy
segura. Me quiere, abuela.
—Lo sé.
—Si yo le quiero,
todo cambia.
Esperanza sonrió y se
inclinó para apagar la luz.
—Y que lo digas
—murmuró, y siguió acariciando el pelo de Rocío—. Y que lo digas.
Me causó gracia lo de Gastón caminando como embarazada jajaja Me encanta el misterio de esta historia
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