domingo, 10 de febrero de 2013

Capitulo Diecisiete, Segunda Parte


Gastón huyó, tirando de Rocío hacia la terraza del primer piso. Todavía quedaban milicianos de la generala Vetrano en la planta baja.
—Son como hormigas que salen por debajo de la madera cuando no estás mirando —farfulló.
—¿De qué estás hablando?
—De la gente. Hay gente por todas partes. Vigila ese cubo. Creo que en el salón de baile estaremos a salvo.
—¿Estás estresado, cher?
—Estoy pensando en unas vacaciones en Maui hasta que todo esto termine. Tengo que reconocer que admiro a las mujeres.
—¿De veras? —Rocío contempló las escaleras de mano, las lonas, los escombros y las mujeres que lo vadeaban todo con imágenes de tul en la mente—. ¿Y por qué?
—Podéis estar fuera de vosotras y, con todo, mantener una conversación educada sobre rododendros. —Gastón asomó la cabeza por el salón de baile y suspiró—. Despejado. A los hombres, en cambio, cuando nos calentamos nos sale humo por la cabeza. —Entró—.  ¿Qué te parece?
Las paredes estaban pintadas de rosa pálido y el suelo relucía.
—Es grande.
—Lo justo para esta fiestecita. La generala dice que seremos doscientos cincuenta. Si no, se pueden utilizar las puertas correderas para convertirlo en dos salones.
Cruzó la estancia y sacó una puerta de la muesca.
—¿No es sorprendente? —Gastón pasó los dedos por la madera tallada—. Una verdadera obra de artesanía. Más de cien años. Detesto tener que esconderlas. El dibujo hace juego con los medallones del techo. Tibaid hizo un gran trabajo.
Rocío se había ido calentando desde su conversación con su abuela, pero notó que el calor bajaba al contemplar el placer de Gastón.
—Es verdadero amor lo que sientes por esta casa. La mayoría de los hombres no mira a las mujeres del modo en que tú te miras estas puertas.
—A ti te miro así.
Rocío tuvo que desviar la mirada.
—Te cuesta mucho mantenerte enfadado. Dime por qué no estás enfadado, Gastón. ¿Por qué no estás enfadado si ella te robó?
—Lo estoy. Y si vuelvo a verla, se lo haré saber.
—Deberías ir a la policía.
—Lo he pensado. Quizá recuperara parte del dinero, pero sería una experiencia humillante para la señorita Esperanza.
—Ya lo está siendo.
—Lo sé. ¿Por qué hacerla aún peor? Recuperé las cosas que me importaban.
El resentimiento invadió nuevamente a Rocío.
—Entró en tu casa, removió tus cosas, te robó.
Gastón enarcó una ceja.
—¿Te estás calentando otra vez?
—Maldita sea, Gastón, profanó tu casa. No es lo mismo que robarle a mi abuela o a mí. ¿Cuánto se llevó?
—Dos mil.
Rocío apretó la mandíbula.
—Mañana tendrás un talón.
—Sabes que lo romperé. Olvídalo, Rocío. Me lo he tomado como una lección barata. Si pienso vivir en el campo, en una casa llena de objetos valiosos y dinero en efectivo, no puedo irme sin cerrarla con llave.
—Ella hubiera roto una ventana.
—Lo sé. Por eso quiero dos perros. He pensado que después de la boda iré a la protectora. ¿Quieres acompañarme?
Rocío sacudió la cabeza.
—Una ladrona yonqui te roba dos mil dólares, aunque apuesto a que fue más, y tu reacción es comprar perros.
—Pensé que sería divertido. ¿Qué me dices? También serán tus perros.
—Ya basta, Gastón.
—Oh, oh. —Con una sonrisa de satisfacción, Gastón se acercó a ella—. Compremos dos cachorros mestizos, Rocío. Será una buena práctica antes de que lleguen los niños.
—Ve a comprarte tus cachorros. —Pero había conseguido sacarle una sonrisa—. Y corre tras ellos cuando se hagan pipí en tus alfombras y te muerdan los zapatos.
—Rufus podría enseñarles buenos modales. Te has puesto mis pendientes —dijo Gastón mientras la abrazaba y la instaba a bailar.
—Ahora son mis pendientes.
—¿Piensas en mí cuando te los pones?
—Un poco. Luego pienso en lo bien que me quedan y me olvido por completo de ti.
—En ese caso, tendré que buscar otras formas de hacer que te acuerdes de mí.
—Un collar. —Los dedos de Rocío treparon por la nuca de Gastón—. Un par de pulseras.
—Estaba pensando en un anillo para el pie.
Rocío rió y se acercó un poco más para poder descansar su mejilla en la de él. Estaban bailando un vals y la melodía sonaba dentro de su cabeza. Una melodía que le había oído tararear y silbar incontables veces. Podía oler su jornada de trabajo —el sudor, el polvo— y, debajo, el leve, levísimo olor a jabón de su ducha matutina. La mejilla rascaba ligeramente por la falta de afeitado.
Si la vida fuera un cuento de hadas, pensó Rocío, elegiría quedarse siempre así, bailando un vals sobre el lustroso suelo mientras el sol caía, las flores proliferaban y la luz de cientos de prismas de cristal se precipitaba sobre ellos.
—Siento muchas cosas por ti, más de lo que he sentido o he querido sentir por nadie. No sé qué hacer con ellas.
—Dámelas —suplicó él girando los labios hacia su melena—. Las cuidaré bien.
Rocío no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta. No había sido su intención. Ahora, al intentar apartarse, él la retuvo. Tan cerca, tan firme, que no podía respirar.
La cabeza le daba vueltas y la música se elevó. El fuerte olor a azucenas se hizo más intenso y casi la asfixió.
—¿Los oyes? —Las manos de Gastón temblaban cuando la cogió por los brazos—. Son violines.
—No... —La voz de él sonaba lejana, y cuando Rocío trató de concentrarse en su cara, otra pareció ocupar su lugar—. Estoy mareada.
—Sentémonos. —Sin soltarla, Gastón descendió con ella hasta el suelo—. Tú también oías la música. También la sentías.
—Espera un momento. —Rocío necesitaba tranquilizarse. El salón estaba vacío. No había música, ni luces cristalinas, ni macetas con azucenas aromáticas. Y sin embargo las había oído, visto, olido—. No sabía que las alucinaciones fueran contagiosas.
—No son alucinaciones. Son recuerdos. Ellos, Ramiro y Valeria, bailaron aquí, como nosotros. Se amaban, como nosotros. —Cuando ella sacudió la cabeza, él blasfemó—. Maldita sea, vale, él la amaba como yo te amo. Y todavía existe algo vivo entre ellos, quizá algo que hay que terminar o sencillamente aceptar. Estamos aquí, Rocío.
—Sí, estamos aquí, y yo no estoy viviendo la vida de otro.
—No es eso.
—Fue eso lo que sentí. Y vivir la vida de otro puede significar, también, morir la muerte de otro. Él se ahogó en el estanque y ella...
—Murió en esta casa.
Rocío respiró hondo.
—Eso depende de la historia que creas.
—Sé que murió en esta casa. Arriba, en el cuarto de los niños. Algo le pasó allí. Él nunca lo supo. Murió de pena sin llegar a descubrirlo. Necesito averiguarlo por él, y también por mí. Necesito que me ayudes.
—¿ Qué puedo hacer ?
—Ven al cuarto dé los niños conmigo. Ahora estamos más cerca. Puede que esta vez recuerdes.
—Gastón. —Rocío le tomó el rostro entre las manos—. Yo no tengo nada que recordar.
—Cuelgas botellas protectoras en mis árboles pero niegas toda posibilidad de reencarnación, una teoría que tú misma propusiste.
—No es eso. Yo no tengo nada que recordar porque yo no soy Valeria. Tú lo eres.
Si Rocío se hubiera puesto un guante de boxeo y le hubiera asestado un puñetazo en la barriga, habría experimentado la misma conmoción. Sus palabras le hicieron tambalearse.
—Venga ya, eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque... —Nervioso, extrañamente turbado, Gastón se levantó—. ¿Insinúas que yo era una chica?
—No sé por qué te alteras tanto. A muchas de nosotras nos va bien como mujeres.
—A mí no. Yo no soy una mujer. No lo era.
—Es lo más lógico, si hay algo lógico en todo esto.
—No lo es, no lo es en absoluto.
—Eres tú quien siempre oye el llanto del bebé. —Rocío nunca lo había visto tan nervioso—. La madre es la primera que lo oye, antes que nadie. Y esa habitación de arriba te atrae como una madre es atraída por su bebé. Aunque el cuarto te asusta, sigue tirando de ti. Recorriste las dependencias del servicio y te orientaste con mucha facilidad. Ella las conocía, pero ¿por qué iba a conocerlas Ramiro?
—Era su casa. —Gastón recordó entonces que se había imaginado mirando por la ventana a los dos jinetes que se acercaban cabalgando a la casa. ¿Por qué iba a imaginarse que miraba a Ramiro si él era Ramiro?
—Una cosa más —prosiguió Rocío—, y muy reveladora. El día que te vi caminar hacia el estanque en estado de trance andabas de una manera extraña. Ignoraba qué era lo que me parecía tan extraño, pero ahora lo sé. Caminabas como camina una mujer embarazada, contoneándose un poco. —Gastón se volvió y la miró espantado—. Con una mano en los riñones y dando pasos cortos y cautos.
—¿Estás diciendo que además de ser una chica, estaba embarazada?
—Maldita sea, cher, hay quien cree que puedes reencarnarte en un caniche. ¿Qué tiene de malo una mujer embarazada?
—Que las mujeres embarazadas han de parir tarde o temprano y expulsar varios kilos de bebé por un espacio muy limitado.
El pánico que se reflejaba en su cara resultaba cómico y lo bastante intenso para instar a Rocío a suavizar su teoría.
—No creo que tengas que repetir esa experiencia en esta vida. ¿Se te ha ocurrido pensar que si miras el enigma desde este nuevo ángulo podrías encontrar las respuestas que buscas?
Gastón se descubrió deseando frotarse la entrepierna para comprobar que todo estaba en su sitio. Tal vez debería provocarse un eructo varonil.
—Prefiero la teoría anterior.
—Manten la mente abierta, cher. Tengo que irme a trabajar.
—Un momento, un momento. —Gastón corrió hasta ella—. ¿Piensas dejarme solo después de haber soltado esta bomba?
—Tengo que ganarme la vida.
—Vuelve después de cerrar y quédate a dormir.
—Quiero pasar una o dos noches con mi abuela, hasta que esté más tranquila.
—Vale, vale. —Gastón suspiró al llegar a la planta baja—. Déjame probar algo. —Giró a Rocío y unió su boca a la de ella. Luego llevó el beso hasta profundidades de ensueño—. ¿Has sentido alguna vibración lésbica? —preguntó después.
—Mmm. —Rocío se tocó el labio superior con la lengua, fingiendo no estar segura—. No. Puedo afirmar que esta vez eres todo un hombre. Y ahora vete. Tienes un montón de cosas que hacer durante los próximos días para mantener la mente ocupada. Si todo este asunto ha podido esperar cien años, podrá esperar hasta después de la boda de Victorio.
—Vuelve para quedarte cuando la señorita Esperanza se sienta mejor.
—De acuerdo.
—Te quiero, Rocío.
—Eso me temo —susurró ella antes de alejarse.
Rocío se marchó del bar lo antes que pudo, pero así y todo era más de la una cuando detuvo el coche frente a la casa del bayou. La luz del porche estaba encendida y había seducido a las mariposas nocturnas hasta la muerte. Se sentó un instante a escuchar el canto de las ranas y los pájaros, y la suave brisa.
Era el lugar de su juventud. Quizá el lugar de su corazón. Aunque había montado su vida en la ciudad, venía aquí cuando estaba contenta o preocupada. Venía aquí a meditar sobre sus pensamientos más profundos y soñar sus sueños más secretos.
Se había permitido soñar en otros tiempos, esos sueños femeninos de un hombre apuesto que la amaba, de una casa y unos hijos, y las mañanas de los domingos.
¿Cuándo había dejado de soñar?
Aquella pegajosa tarde de verano, pensó. Aquel día sofocante que vio al chico que amaba con todo su corazón salvaje, con su insensata juventud, apareándose como un animal con su madre en el pantano, sobre una manta raída.
Su pantano, su chico. Su madre.
Aquello partió su vida en dos, se dijo ahora. El antes, cuando todavía tenía esperanzas, sueños y fe. Y el después, donde solo había ambición, determinación y el implacable juramento de no volver a creer.
El chico ya no importaba, eso lo sabía. Apenas recordaba su cara. Su madre no importaba, al menos en esencia. Pero el suceso sí.
Sin este, a saber qué dirección habría tomado su vida. Seguro que ella y el chico no habrían tardado en romper, pero podría haber ocurrido con ternura, podría haberla dejado con el recuerdo dulce del primer amor.
Pero aquella imagen de sexo y traición la había forjado. En aquel momento comprendió lo que podría haber tardado años en aprender si el suceso no se hubiera producido. Que a la mujer le iba mejor si manejaba el tren sola. Los hombres iban y venían, y disfrutar de ellos estaba bien.
Amarlos era un suicidio.
¿Suicidio? Sacudió la cabeza mientras bajaba del coche. Eso era excesivamente dramático, ¿no? El dolor no era sinónimo de muerte.
Él había muerto de dolor.
Rocío escuchó la voz en su cabeza. No había sido la cuchillada, no había sido el estanque lo que había matado a Ramiro Ordóñez.
Había sido el dolor.
Entró en la casa y vio una rendija de luz en el cuarto de Esperanza. Al acercarse, oyó los golpes de la cola de Rufus contra el suelo.
Asomó la cabeza por la puerta. Esperanza estaba sentada en la cama con un libro abierto en el regazo y su fiel amigo acurrucado en el suelo.
—¿Qué haces despierta a estas horas?
—Esperar a mi niña. Pensaba que aún tardarías una hora o dos.
—Había poco trabajo.
Esperanza dio unas palmaditas en la cama a modo de invitación.
—Te marchaste temprano porque estabas preocupada por mí. No deberías estarlo.
—Solías decirme que preocuparte era tu trabajo. —Rocío se tumbó sobre las sábanas y posó la cabeza en la curva del brazo de su abuela—. Ahora también es el mío. Siento que Lilibeth te hiciera daño.
—Ay, mi niña, creo que ese es su trabajo. Dios sabe que se le da bien. —Esperanza acarició el cabello de Rocío—. Pero te tengo a ti. Tengo a mi Rocío.
—Me estaba preguntando qué supuso para ti y el abuelo criar a otro bebé después de haber criado a vuestra hija.
—Fue un auténtico placer.
—Y eso me llevó a pensar en el hecho de que los Ordóñez trajeran a tu abuela aquí cuando era un bebé. La recuerdas bien, ¿ verdad ?
—La recuerdo muy bien. Te pareces a ella. Has visto las viejas fotografías, así que ya lo sabes.
—¿Dijo alguna vez que el Hall hubiera debido ser suyo?
—Jamás. Era una mujer feliz. Rocío. Quizá fue más feliz de lo que lo habría sido en el Hall si las cosas hubieran sido diferentes. Era muy buena haciendo pan y yo heredé esa habilidad. También contaba buenas historias. A veces, cuando iba a verla, inventaba historias que parecían reales. Creo que podría haber sido escritora si hubiese querido.
—Seguro que pensaba en sus padres y en los Ordóñez. Por muy feliz que fuera aquí, tenía que pensar en ellos.
—Supongo que sí. El día de su cumpleaños solía llevar flores a la tumba de su padre.
—¿En serio? No me lo habías contado. —decía que a él le debía la vida, la suya y la de sus hijos y nietos. También colocaba flores en las tumbas de Justina y Henry Ordóñez, aunque nunca se detuvo en ellas a rezar una oración. Hay algo más que hacía el día de su cumpleaños y que hizo hasta que murió. Recogía flores y las arrojaba al río. Y decía una oración.
—¿Crees que lo hacía por su madre?
—Nunca lo dijo, pero yo creo que sí.
—¿Y crees que Valeria está allí? ¿En el río?
—Eso dicen algunos.
Rocío levantó la cabeza.
—No estoy preguntando a algunos, te lo pregunto a ti.
—Yo sé que a veces, cuando camino por la orilla, siento una tristeza horrible. Y creo que, a veces, las almas viejas buscan vidas nuevas y no cejan hasta encontrar la adecuada. ¿Qué buscas tú?
Rocío descansó la cabeza y cerró los ojos.
—Pensaba que había encontrado lo que buscaba.
Ahora ya no estoy segura. Me quiere, abuela.
—Lo sé.
—Si yo le quiero, todo cambia.
Esperanza sonrió y se inclinó para apagar la luz.
—Y que lo digas —murmuró, y siguió acariciando el pelo de Rocío—. Y que lo digas.

1 comentario:

  1. Me causó gracia lo de Gastón caminando como embarazada jajaja Me encanta el misterio de esta historia

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