Corría para salvar la
vida. No era la primera vez y esperaba que no fuera la última. En ese momento
pasaba por el elegante escaparate de Tiffany's.
La noche era fresca y la lluvia de abril brillaba en las calles y las aceras.
Se había levantado una brisa que incluso en Manhattan llevaba el agradable
gusto de la primavera. Estaba sudando. Los tenía demasiado cerca.
La Quinta Avenida
estaba tranquila, casi desierta a aquellas horas de la noche. Había poco
tráfico y la luz de las farolas rompía intermitentemente la oscuridad. No era
el lugar idóneo para perderse entre la multitud. Mientras corría por la
Cincuenta y tres consideró la posibilidad de meterse en el metro bajo el
edificio Tishman, pero si le veían entrar tal vez no volviera a salir.
Gas oyó el chirrido de
unos neumáticos a su espalda y giró la esquina de Cartier. Notó la punzada en
el antebrazo, oyó el estampido apagado de un disparo con silenciador, pero no
aminoró el paso. Casi al instante olió la sangre. Ahora iban muy en serio. Y
tenía la sensación de que podían ponerse más serios todavía.
Pero en la calle
Cincuenta y dos había gente: algún grupo aquí y allá, unos andando, otros
parados. Aquí había ruido: voces altas, música. Sus jadeos pasaban
desapercibidos. Se metió detrás de una pelirroja que medía unos quince
centímetros más que él, con su metro ochenta y dos, y era dos veces más ancha.
Oscilaba al ritmo de la música de su estéreo portátil. Era como esconderse
detrás de un árbol bajo un vendaval. Gastón aprovechó la ocasión para recobrar
el aliento y mirarse la herida. Sangraba como un cerdo. Sin pensárselo
siquiera, sacó el pañuelo de rayas que llevaba la pelirroja en el bolsillo
trasero y se lo ató al brazo. Tenía los dedos muy ligeros y la chica no dejó de
bailar un instante.
Era más difícil matar
a un hombre a sangre fría en medio de una multitud, decidió. No imposible, pero
sí más difícil. Gastón siguió andando despacio, entrando y saliendo entre los
grupos de gente, con los ojos y las orejas bien abiertos en busca del discreto
Lincoln negro.
Cerca de Lexington lo
vio detenerse a medio bloque de distancia. De él salieron tres hombres de traje
negro. Todavía no le habían visto, pero no tardarían. Gastón escrutó la
multitud entre la que se había mezclado, pensando a toda velocidad. El de la
chaqueta de cuero negro con las treinta cremalleras le serviría.
—Eh. —Agarró del
brazo al chico que tenía al lado—. Te doy cincuenta pavos por la chupa.
El joven de pálido
pelo de punta y rostro más pálido aún se lo quitó de encima con una sacudida.
—Vete a la mierda. Es
de cuero.
—Cien pavos —masculló
Gastón. Los tres hombres estaban cada vez más cerca.
Esta vez el chico
mostró más interés. Volvió la cara y Gastón vio el diminuto buitre que tenía
tatuado en la mejilla.
—Doscientos y es
tuya.
Gastón ya se estaba
sacando la cartera.
—Por doscientos
quiero también las gafas.
El chaval se quitó
las gafas oscuras de espejo.
—Ahí las tienes.
—Espera, que te
ayudo. —Con un rápido movimiento Gastón le quitó la chaqueta. Se la puso en
cuanto le puso los billetes en la mano, soltando una callada exclamación al
notar el dolor en el brazo izquierdo. La chaqueta olía a su anterior dueño, un
olor no del todo agradable. Gastón se subió la cremallera sin hacer caso.
—Oye, ahí vienen tres
tíos vestidos de funerarios. Están buscando extras para un vídeo de Billy Idol.
Tú y tus amigos deberíais dejaros ver.
—¿Ah, sí? —Y mientras
el chico se volvía con su mejor expresión de adolescente aburrido, Gastón se
lanzaba hacia el local más cercano.
En el interior el
papel de la pared relucía con pálidos colores bajo la tenue iluminación. Había
gente sentada a las mesas cubiertas con manteles de lino, bajo láminas de art decó. El brillo de las barandillas
de metal trazaba, un camino hacia cubículos más privados o hacia una barra de
espejo. Gastón captó nada más entrar el olor de la comida francesa: salvia,
borgoña, tomillo. Consideró por un instante pasar de largo al maître para
buscar una mesa más tranquila, pero luego decidió que la barra sería mejor
escondite. Fingiendo una expresión aburrida, se metió las manos en los
bolsillos y se acercó con aire arrogante. Mientras se inclinaba sobre la barra
ya estaba calculando cómo y cuándo escapar de allí.
—Whisky —pidió,
mientras se subía por la nariz las gafas oscuras—. Seagram's. Deja la botella.
Se quedó algo
inclinado sobre ella, con la cara ligeramente vuelta hacia la puerta. Tenía el
pelo oscuro y rizado, metido por el cuello de la chaqueta. Su rostro era
enjuto, recién afeitado. Paladeó el gusto fiero del whisky con los ojos
clavados en la puerta y ocultos tras las gafas de espejo. De inmediato bebió
otro trago mientras daba vueltas a todas las alternativas que tenía.
Había aprendido a
pensar deprisa desde muy pequeño, igual que había aprendido a utilizar los pies
para huir si era la mejor solución. No le importaba pelear, pero le gustaba
llevar las de ganar. Era capaz de actuar con una honestidad absoluta o no tan
absoluta, dependiendo de la opción que resultara más provechosa.
Lo que llevaba atado
al pecho podía ser la respuesta a su gusto por el lujo y la vida fácil: un
gusto que siempre había querido cultivar. Lo que estaba fuera, peinando las
calles en su búsqueda, podía significar el final de la vida misma. Sopesando lo
uno y lo otro, Gastón optó por lanzarse a por el tesoro.
La pareja que había a
su lado hablaba apasionadamente de la última novela de Mailer. Otro grupo
barajaba la idea de dirigirse a un club de jazz donde las copas eran más
baratas. Los parroquianos del bar eran casi todos solteros, decidió Gastón, que
habían acudido a beber para aligerar la tensión después de la jornada laboral y
para dejarse ver por otros solteros. Había faldas de cuero, trajes de chaqueta
y zapatillas deportivas caras. Una vez satisfecho, Gastón sacó un cigarrillo.
Había escondrijos peores.
En el taburete de al
lado se sentó una rubia con un traje gris perla que le encendió el pitillo con
su mechero. Olía a Chanel y vodka. Cruzó las piernas y apuró su copa.
—No te había visto
antes por aquí.
Gastón le echó un
vistazo, lo suficiente para advertir su vista borrosa y su sonrisa de
depredadora. En otro momento lo habría apreciado.
—No —contestó antes
de dar otro trago al whisky.
—Mi oficina está a
dos manzanas. —Incluso después de tres vodkas, reconocía algo arrogante, algo
peligroso en aquel hombre. Se acercó un poco más, interesada—. Soy arquitecta.
Cuando los hombres
entraron, a Gastón se le erizó el pelo de la nuca. Los tres tenían un aspecto
impecable, el aspecto de un triunfador. Gastón miró por encima del hombro de la
rubia mientras ellos se separaban. Uno se quedó junto a la puerta, la única
salida.
Más atraída que
desanimada por su falta de respuesta, la rubia le puso una mano en el brazo.
—¿Y tú a qué te
dedicas?
Él contuvo el whisky
en la boca un momento antes de tragar y dejar que corriera por su organismo.
—A robar —contestó,
porque la gente casi nunca se cree la verdad.
Ella sacó sonriendo
un cigarrillo, le tendió el mechero y esperó a que Gastón lo encendiera.
—Fascinante, estoy
segura. —Exhaló una rápida y fina nube de humo y le quitó el mechero de entre
los dedos—. ¿Por qué no me invitas a una copa y me lo cuentas?
Una lástima no haber
intentado antes aquella estrategia, puesto que parecía funcionar tan bien. Una
lástima que además fuera tan mal momento, porque aquel vestido le sentaba como
un guante hecho a medida.
—Esta noche no,
princesa.
Concentrado en el
asunto que tenía entre manos, Gastón se sirvió más whisky, siempre
permaneciendo en las sombras. El improvisado disfraz podía funcionar. En ese
momento notó la presión de una pistola contra las costillas. Igual no había
funcionado.
—Nos vamos, Dalmau.
Al señor Mariano le ha molestado mucho que no acudieras a la cita.
—¿Ah, sí? —Gastón
hizo girar el whisky en el vaso como si nada—. Solo quería tomarme primero un
par de copas, Peter. Se me habrá pasado la hora.
El cañón de la
pistola se hundió en sus costillas.
—Al señor Mariano le
gusta que sus empleados sean puntuales.
Gastón apuró el
whisky, viendo en el espejo de detrás de la barra que los otros dos hombres
tomaban posiciones a su espalda. La rubia ya se alejaba en busca de un objetivo
más fácil.
—¿Estoy despedido? —Gastón
se sirvió otra copa y calculó sus posibilidades. Tres contra uno; ellos
armados, él no. Pero de los tres solo Peter tenía lo que podía pasar por un
cerebro.
—Al señor Mariano le gusta
despedir a sus empleados en persona. —Peter sonrió mostrando unos dientes de
fundas perfectas bajo un fino bigote—. Y quiere dedicarte una atención muy
especial.
—Muy bien. —Gastón
agarró con una mano la botella de whisky y el vaso con la otra—. ¿Qué tal si
nos tomamos antes una copa?
—Al señor Mariano no
le gusta que bebamos cuando trabajamos. Y ya vas tarde, Dalmau. Muy tarde.
—Ya. Bueno, es una
lástima malgastar un buen licor. —Girándose bruscamente tiró el whisky a Peter
a los ojos mientras estrellaba la botella contra el rostro del hombre trajeado
a su derecha. Con el ímpetu de su giro se arrojó de cabeza contra el tercer
hombre, de manera que cayeron ambos de espaldas sobre la vitrina de los
postres. El soufflé de chocolate y la
densa nata francesa volaron en una sinfonía de lluvia de calorías. Abrazados
como amantes, cayeron rodando sobre la tarta de limón—. Qué desperdicio
—masculló Gastón, untándole al otro la cara con un puñado de mousse de fresa. Sabiendo que el
elemento sorpresa se agotaría deprisa, Gastón utilizó el método de defensa más
rápido: Alzó bruscamente la rodilla entre las piernas de su contrincante. Luego
salió corriendo.
—Apúntaselo a Mariano
—gritó mientras se abría paso entre mesas y sillas. Agarró por impulso a un
camarero y de un empujón lo lanzó con su bandeja cargada en dirección a Peter.
El pollo asado salió disparado como una bala. Gastón saltó sobre la barandilla
de metal apoyándose con una mano y siguió corriendo hacia la puerta, dejando a
su espalda el caos.
Les había sacado algo
de ventaja, pero volverían a ir tras él. Y esta vez por las malas. Gastón se
dirigió a pie hacia la parte alta de la ciudad, preguntándose por qué demonios
nunca pasaban taxis cuando uno los necesitaba.
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