lunes, 11 de febrero de 2013

Primera Parte, Capitulo Uno

Corría para salvar la vida. No era la primera vez y esperaba que no fuera la última. En ese momento pasaba por el elegante escaparate de Tiffany's. La noche era fresca y la lluvia de abril brillaba en las calles y las aceras. Se había levantado una brisa que incluso en Manhattan llevaba el agradable gusto de la primavera. Estaba sudando. Los tenía demasiado cerca.
La Quinta Avenida estaba tranquila, casi desierta a aquellas horas de la noche. Había poco tráfico y la luz de las farolas rompía intermitentemente la oscuridad. No era el lugar idóneo para perderse entre la multitud. Mientras corría por la Cincuenta y tres consideró la posibilidad de meterse en el metro bajo el edificio Tishman, pero si le veían entrar tal vez no volviera a salir.
Gas oyó el chirrido de unos neumáticos a su espalda y giró la esquina de Cartier. Notó la punzada en el antebrazo, oyó el estampido apagado de un disparo con silenciador, pero no aminoró el paso. Casi al instante olió la sangre. Ahora iban muy en serio. Y tenía la sensación de que podían ponerse más serios todavía.
Pero en la calle Cincuenta y dos había gente: algún grupo aquí y allá, unos andando, otros parados. Aquí había ruido: voces altas, música. Sus jadeos pasaban desapercibidos. Se metió detrás de una pelirroja que medía unos quince centímetros más que él, con su metro ochenta y dos, y era dos veces más ancha. Oscilaba al ritmo de la música de su estéreo portátil. Era como esconderse detrás de un árbol bajo un vendaval. Gastón aprovechó la ocasión para recobrar el aliento y mirarse la herida. Sangraba como un cerdo. Sin pensárselo siquiera, sacó el pañuelo de rayas que llevaba la pelirroja en el bolsillo trasero y se lo ató al brazo. Tenía los dedos muy ligeros y la chica no dejó de bailar un instante.
Era más difícil matar a un hombre a sangre fría en medio de una multitud, decidió. No imposible, pero sí más difícil. Gastón siguió andando despacio, entrando y saliendo entre los grupos de gente, con los ojos y las orejas bien abiertos en busca del discreto Lincoln negro.
Cerca de Lexington lo vio detenerse a medio bloque de distancia. De él salieron tres hombres de traje negro. Todavía no le habían visto, pero no tardarían. Gastón escrutó la multitud entre la que se había mezclado, pensando a toda velocidad. El de la chaqueta de cuero negro con las treinta cremalleras le serviría.
—Eh. —Agarró del brazo al chico que tenía al lado—. Te doy cincuenta pavos por la chupa.
El joven de pálido pelo de punta y rostro más pálido aún se lo quitó de encima con una sacudida.
—Vete a la mierda. Es de cuero.
—Cien pavos —masculló Gastón. Los tres hombres estaban cada vez más cerca.
Esta vez el chico mostró más interés. Volvió la cara y Gastón vio el diminuto buitre que tenía tatuado en la mejilla.
—Doscientos y es tuya.
Gastón ya se estaba sacando la cartera.
—Por doscientos quiero también las gafas.
El chaval se quitó las gafas oscuras de espejo.
—Ahí las tienes.
—Espera, que te ayudo. —Con un rápido movimiento Gastón le quitó la chaqueta. Se la puso en cuanto le puso los billetes en la mano, soltando una callada exclamación al notar el dolor en el brazo izquierdo. La chaqueta olía a su anterior dueño, un olor no del todo agradable. Gastón se subió la cremallera sin hacer caso.
—Oye, ahí vienen tres tíos vestidos de funerarios. Están buscando extras para un vídeo de Billy Idol. Tú y tus amigos deberíais dejaros ver.
—¿Ah, sí? —Y mientras el chico se volvía con su mejor expresión de adolescente aburrido, Gastón se lanzaba hacia el local más cercano.
En el interior el papel de la pared relucía con pálidos colores bajo la tenue iluminación. Había gente sentada a las mesas cubiertas con manteles de lino, bajo láminas de art decó. El brillo de las barandillas de metal trazaba, un camino hacia cubículos más privados o hacia una barra de espejo. Gastón captó nada más entrar el olor de la comida francesa: salvia, borgoña, tomillo. Consideró por un instante pasar de largo al maître para buscar una mesa más tranquila, pero luego decidió que la barra sería mejor escondite. Fingiendo una expresión aburrida, se metió las manos en los bolsillos y se acercó con aire arrogante. Mientras se inclinaba sobre la barra ya estaba calculando cómo y cuándo escapar de allí.
—Whisky —pidió, mientras se subía por la nariz las gafas oscuras—. Seagram's. Deja la botella.
Se quedó algo inclinado sobre ella, con la cara ligeramente vuelta hacia la puerta. Tenía el pelo oscuro y rizado, metido por el cuello de la chaqueta. Su rostro era enjuto, recién afeitado. Paladeó el gusto fiero del whisky con los ojos clavados en la puerta y ocultos tras las gafas de espejo. De inmediato bebió otro trago mientras daba vueltas a todas las alternativas que tenía.
Había aprendido a pensar deprisa desde muy pequeño, igual que había aprendido a utilizar los pies para huir si era la mejor solución. No le importaba pelear, pero le gustaba llevar las de ganar. Era capaz de actuar con una honestidad absoluta o no tan absoluta, dependiendo de la opción que resultara más provechosa.
Lo que llevaba atado al pecho podía ser la respuesta a su gusto por el lujo y la vida fácil: un gusto que siempre había querido cultivar. Lo que estaba fuera, peinando las calles en su búsqueda, podía significar el final de la vida misma. Sopesando lo uno y lo otro, Gastón optó por lanzarse a por el tesoro.
La pareja que había a su lado hablaba apasionadamente de la última novela de Mailer. Otro grupo barajaba la idea de dirigirse a un club de jazz donde las copas eran más baratas. Los parroquianos del bar eran casi todos solteros, decidió Gastón, que habían acudido a beber para aligerar la tensión después de la jornada laboral y para dejarse ver por otros solteros. Había faldas de cuero, trajes de chaqueta y zapatillas deportivas caras. Una vez satisfecho, Gastón sacó un cigarrillo. Había escondrijos peores.
En el taburete de al lado se sentó una rubia con un traje gris perla que le encendió el pitillo con su mechero. Olía a Chanel y vodka. Cruzó las piernas y apuró su copa.
—No te había visto antes por aquí.
Gastón le echó un vistazo, lo suficiente para advertir su vista borrosa y su sonrisa de depredadora. En otro momento lo habría apreciado.
—No —contestó antes de dar otro trago al whisky.
—Mi oficina está a dos manzanas. —Incluso después de tres vodkas, reconocía algo arrogante, algo peligroso en aquel hombre. Se acercó un poco más, interesada—. Soy arquitecta.
Cuando los hombres entraron, a Gastón se le erizó el pelo de la nuca. Los tres tenían un aspecto impecable, el aspecto de un triunfador. Gastón miró por encima del hombro de la rubia mientras ellos se separaban. Uno se quedó junto a la puerta, la única salida.
Más atraída que desanimada por su falta de respuesta, la rubia le puso una mano en el brazo.
—¿Y tú a qué te dedicas?
Él contuvo el whisky en la boca un momento antes de tragar y dejar que corriera por su organismo.
—A robar —contestó, porque la gente casi nunca se cree la verdad.
Ella sacó sonriendo un cigarrillo, le tendió el mechero y esperó a que Gastón lo encendiera.
—Fascinante, estoy segura. —Exhaló una rápida y fina nube de humo y le quitó el mechero de entre los dedos—. ¿Por qué no me invitas a una copa y me lo cuentas?
Una lástima no haber intentado antes aquella estrategia, puesto que parecía funcionar tan bien. Una lástima que además fuera tan mal momento, porque aquel vestido le sentaba como un guante hecho a medida.
—Esta noche no, princesa.
Concentrado en el asunto que tenía entre manos, Gastón se sirvió más whisky, siempre permaneciendo en las sombras. El improvisado disfraz podía funcionar. En ese momento notó la presión de una pistola contra las costillas. Igual no había funcionado.
—Nos vamos, Dalmau. Al señor Mariano le ha molestado mucho que no acudieras a la cita.
—¿Ah, sí? —Gastón hizo girar el whisky en el vaso como si nada—. Solo quería tomarme primero un par de copas, Peter. Se me habrá pasado la hora.
El cañón de la pistola se hundió en sus costillas.
—Al señor Mariano le gusta que sus empleados sean puntuales.
Gastón apuró el whisky, viendo en el espejo de detrás de la barra que los otros dos hombres tomaban posiciones a su espalda. La rubia ya se alejaba en busca de un objetivo más fácil.
—¿Estoy despedido? —Gastón se sirvió otra copa y calculó sus posibilidades. Tres contra uno; ellos armados, él no. Pero de los tres solo Peter tenía lo que podía pasar por un cerebro.
—Al señor Mariano le gusta despedir a sus empleados en persona. —Peter sonrió mostrando unos dientes de fundas perfectas bajo un fino bigote—. Y quiere dedicarte una atención muy especial.
—Muy bien. —Gastón agarró con una mano la botella de whisky y el vaso con la otra—. ¿Qué tal si nos tomamos antes una copa?
—Al señor Mariano no le gusta que bebamos cuando trabajamos. Y ya vas tarde, Dalmau. Muy tarde.
—Ya. Bueno, es una lástima malgastar un buen licor. —Girándose bruscamente tiró el whisky a Peter a los ojos mientras estrellaba la botella contra el rostro del hombre trajeado a su derecha. Con el ímpetu de su giro se arrojó de cabeza contra el tercer hombre, de manera que cayeron ambos de espaldas sobre la vitrina de los postres. El soufflé de chocolate y la densa nata francesa volaron en una sinfonía de lluvia de calorías. Abrazados como amantes, cayeron rodando sobre la tarta de limón—. Qué desperdicio —masculló Gastón, untándole al otro la cara con un puñado de mousse de fresa. Sabiendo que el elemento sorpresa se agotaría deprisa, Gastón utilizó el método de defensa más rápido: Alzó bruscamente la rodilla entre las piernas de su contrincante. Luego salió corriendo.
—Apúntaselo a Mariano —gritó mientras se abría paso entre mesas y sillas. Agarró por impulso a un camarero y de un empujón lo lanzó con su bandeja cargada en dirección a Peter. El pollo asado salió disparado como una bala. Gastón saltó sobre la barandilla de metal apoyándose con una mano y siguió corriendo hacia la puerta, dejando a su espalda el caos.
Les había sacado algo de ventaja, pero volverían a ir tras él. Y esta vez por las malas. Gastón se dirigió a pie hacia la parte alta de la ciudad, preguntándose por qué demonios nunca pasaban taxis cuando uno los necesitaba.

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