domingo, 3 de marzo de 2013

Capitulo 015 (LIBRO 02)

La fantasma estaba flotando entre acuosas sombras de color ver­de azulado, su pelo y su tez eran casi tan transparentes como el agua. Aunque podía ver a través de ella, era tan real como cualquier persona que hubiera conocido. Sus ojos perforaban los míos, no con enfado sino con una emoción que no lograba interpretar.
Movió la boca y vi pequeños destellos de luz en sus labios y mejillas: fragmentos de hielo, advertí. Pero seguía sin oír ningún sonido.
Temblando, me acerqué más al cristal. Pese a mi miedo, quería entender qué estaba sucediendo. La fantasma hizo un movimiento brusco y yo exhalé el aire de golpe. Mi aliento caliente dejó un círculo de vaho en el cristal.
En él aparecieron unas letras finas e inseguras.
«Queremos lo que es justo.»
—¿Justo? —Aquella palabra no tenía sentido para mí, pero ¿acaso lo tenía algo de aquello? Al menos, quizá tuviera por fin ocasión de averiguar qué habían estado intentando decirnos. Ad­vertí que no tenía miedo, bueno, al menos no tanto como curiosi­dad—. ¿Qué quieres decir?
Ella no respondió. Sus ojos oscuros adquirieron una expresión casi burlona. El círculo de vaho desapareció lentamente, llevándo­se consigo las palabras.
Tras un largo momento, durante el cual me pareció que el co­razón iba a salírseme del pecho, reparé en qué esperaba que hicie­ra. Temblando, me acerqué al cristal y volví a soplar en él.
En el círculo de vaho aparecieron las palabras: «Tú no les per­teneces».
—¿Qué? —No tenía la menor idea de qué podía significar aquello. Principalmente, quería dar media vuelta y correr en busca de mis padres. En cambio, volví a soplar en el cristal para que la fantasma pudiera hablar.
«Tú no eres como ellos».
—No, no lo soy. —Aquello era lo único que yo sabía realmen­te de mí, que había sabido siempre. La fantasma era la primera en admitir la verdad—. ¿Como quién soy?
Volví a soplar en el cristal. Esta vez, la fantasma sonrió, y no fue una sonrisa tranquilizadora.
«Eres como yo.»
Entonces oí un horrible grito ahogado detrás de mí y, al vol­verme, vi a mi madre en el umbral de la puerta. Estaba más blanca que la escarcha.
—¡Rocío! ¡Ven aquí! ¡Apártate de eso!
—Me parece... —La palabra se me atragantó; tenía la gargan­ta demasiado seca para hablar. Tragué saliva—. Me parece que no hay peligro.
—¡Adrián! —Mi madre estaba llamando a mi padre, huyendo. Oí el eco de sus pasos alejándose por el pasillo.

El fantasma se alejó de la ventana.
—Espera, ¡no te vayas! —Puse las manos en el cristal mientras la escarcha volvía a cubrirlo, borrando las últimas palabras escri­tas. Lo froté rápidamente para ver si la fantasma seguía en la ven­tana. Pero tenía las manos heladas, y la escarcha no se derritió con tanta rapidez. Cuando pude ver a través del cristal, la fantasma ha­bía desaparecido.
Mis padres irrumpieron en la habitación, en pijama y con los ojos abiertos de par en par.
—¿Dónde está?
—Se ha ido. Creo que no hay peligro.
Mi madre me miró como si me hubiera vuelto loca.
—¿Que no hay peligro? Eso ha venido a hacerte daño, Rocío. —Tenía los ojos desorbitados—. Hace unos meses ni siquiera sa­bías que los fantasmas existían. ¿Ahora eres una experta?
Mi padre me apretó los hombros.
—Se ha ido —dijo. Nunca había apreciado más su temple—. Celia, ya ha pasado todo.
—No es verdad. —Mi madre habló con un hilillo de voz y ad­vertí que estaba llorando—. Sabes que no es verdad. Quieren arre­batarnos a Rocío.
Alargué temblorosamente la mano para tocarla.
—Mamá, eso... No es... Lo que dices no tiene ningún sentido. ¿Qué significa? —Entonces pensé en las letras escritas en la escar­cha: «Nuestra».
—Cariño... —Mi madre fue a cogerme la mano, pero lanzó una mirada a mi padre. No pude verle la cara, de manera que no supe qué se habían dicho con la mirada. Solo supe que mi madre suspiró y me cogió la mano—. Lo siento. La fantasma me ha asus­tado. Eso es todo.
Aquello no era todo, y los tres lo sabíamos. Quizá debería ha­berles insistido en aquel momento, pero mi madre parecía com­pletamente destrozada.
—Estoy bien —dije—. Todos estamos bien. Esta vez no ha sido tan malo.
—Quizá se vaya —dijo mi madre—. Quizá hayan desistido.
—A lo mejor. —Mi padre no dio la impresión de creérselo, sino de querer hacerlo—. Rocío, ¿te ha dicho algo la fantasma?
Abrí la boca para responder sinceramente, pero me sorprendí diciendo:
—No, no ha habido tiempo. Todo ha sido muy rápido.
—Por favor, dejémoslo —susurró mi madre. Si no hubiera sido un vampiro, habría tenido la certeza de que estaba rezando. La abra­cé con fuerza, y mi padre nos rodeó a las dos con los brazos. Nues­tras desavenencias se fundieron con el abrazo.
Al principio, me propuse mantener en secreto la extraña visita de la fantasma, pero estaba demasiado afectada para pasar aquello completamente sola.
—Viste un fantasma delante de tu ventana —me repitió Candela casi al oído en un rincón del gran vestíbulo. Poco a poco, los alum­nos habían vuelto a estudiar y pasar el rato en él, aunque nunca so­los—. Y dices que estás segura de que era una chica.
—Era tan real como tú. Y habló... bueno, escribió palabras en la escarcha para que yo las leyera.
—¿Qué te dijo?
Había mentido a Candela desde el día que nos conocimos; ten­dría que seguir mintiéndole siempre. Pero nunca se me hacía más fácil.
—Solo... «Ten cuidado».
—¿«Ten cuidado»? ¡Ella es la fantasma! ¿De qué más se supo­ne que debemos tener miedo? —Candela jugueteó nerviosamente con la pulsera de cuero que llevaba en la muñeca—. Esto me da mala espina.
—Todo va a ir bien. Tenemos que creer eso. —Sabía que no la había convencido, y ni yo misma estaba muy segura.
«Dijo que éramos iguales», pensé. ¿Qué podía significar eso? Yo no era ningún fantasma. En primer lugar, estaba viva y, en segun­do lugar, cuando muriera, me transformaría en un vampiro. ¿A qué se había referido entonces?
Victorio entró en el gran vestíbulo. Cuando me vio, sonrió es­peranzado.
—Parece que alguien quiere hacer las paces contigo —dijo Candela. Casi había olvidado que Victorio y yo estábamos fingiendo ser una pareja que había discutido, no una que estaba bien avenida. —Debería hablar con él.
—Sí, hazlo. —Candela recogió sus cosas—. Voy a conectarme para ver si hay alguna página web nueva sobre cómo echar a un fantasma de una casa o algo parecido.
—¿Alguna página web nueva?
—¿Crees que es la primera búsqueda que hago? Pero, hasta ahora, no sirven para nada. Solo son chiflados inventándose cosas. La verdad es más delirante que nada de lo que se puedan imaginar.
—Te creo —dije débilmente.
Victorio me esperó en la entrada del gran vestíbulo, y advertí que llevaba al hombro tanto su bolsa de gimnasia como la mía.
—¿Las has traído de los vestuarios? —pregunté.
—He pensado que podríamos practicar un poco de esgrima.
Subimos, nos cambiamos y entramos en la sala de esgrima. La clase había progresado despacio, o eso me parecía a mí; solo re­cientemente habíamos empezado a utilizar espadas en vez de palos, y nuestros combates se reducían normalmente a cruzar unas dos veces las espadas antes de que el instructor lo parara todo para ex­plicarnos lo que estábamos haciendo mal. No obstante, me notaba los músculos del brazo más fuertes —me dolían menos, de cual­quier modo— y mi equilibrio estaba mejorando. Cuando Victorio y yo nos colocamos el uno frente al otro en la sala de esgrima vacía, vestidos de blanco, con las caretas de acero puestas, advertí que es­taba saboreando la oportunidad de ponerme a prueba. No era que tuviera ninguna posibilidad con Victorio, pero esta vez sentí la precisión de mis movimientos, mis músculos reaccionando al mo­vimiento, como si hubieran sabido hacer aquello desde siempre y hubieran estado esperando a que yo me entrenara.
Durante mucho rato no se oyó nada en la sala salvo mis jadeos, nuestras pisadas amortiguadas por la estera y el chirrido de los ace­ros. No obstante, cuando Victorio me hubo desarmado por tercera vez, paramos los dos, en parte porque yo estaba cansada, pero, so­bre todo, porque presentí que Victorio estaba listo para hablar.
Me limpié el sudor de la cara con una toalla.
—Se te ve mejor —dije—. No en esgrima. Eso también, quizá, pero yo quería decir en general.
Paloma quizá me odie ahora. —Victorio dijo aquello en tono mesurado, como si se lo hubiera repetido muy a menudo. Se sentó en uno de los bancos que bordeaban la sala y se quitó la careta—. Eso solo aumenta la importancia de que vuelva a encontrarla. Quizá tar­de mucho en conseguir que me escuche, pero soy capaz de hacerlo,
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Has pensado en lo que significa si nos equivocamos? —Re­cordar el rostro dulce e inocente de Paloma me hizo sentir absurda por haberlo siquiera sugerido, pero quería estar del todo segura—. Si la tribu de Paloma está matando gente... y ella va con ellos...
—Estoy seguro de que Paloma no es peligrosa y sé que tú en el fondo también lo estás. Pero la Cruz Negra solo se quedará tran­quila si la mata junto con su tribu —dijo Victorio—. Su muerte cuenta tanto como cualquier otra. Puede que Gastón no crea en su inocencia, pero sé que tú sí.
No sé qué me afectó más, la fe absoluta de Victorio en su her­mana o mi incertidumbre con respecto a lo que yo creía. Me senté a su lado, advirtiendo distraídamente que mi reflejo estaba nítido en el espejo de la pared, mientras que el suyo estaba borroso.
Victorio, llevas más de treinta y cinco años sin verla. Se ha unido a una nueva banda de vampiros, peligrosa por lo que pare­ce. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no ha cambiado?
Se le ensombreció la mirada.
—Nosotros no cambiamos, Rocío. Esa es la tragedia de lo que somos. Eso es parte de lo que entraña estar muerto.
Me tranquilizó notarme el corazón latiéndome fuerte y rápido. «Estoy viva —pensé—. No soy como los demás. Aún estoy viva.»

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