La
fantasma estaba flotando entre acuosas sombras de color verde azulado, su pelo
y su tez eran casi tan transparentes como el agua. Aunque podía ver a través de
ella, era tan real como cualquier persona que hubiera conocido. Sus ojos
perforaban los míos, no con enfado sino con una emoción que no lograba
interpretar.
Movió la
boca y vi pequeños destellos de luz en sus labios y mejillas: fragmentos de
hielo, advertí. Pero seguía sin oír ningún sonido.
Temblando,
me acerqué más al cristal. Pese a mi miedo, quería entender qué estaba
sucediendo. La fantasma hizo un movimiento brusco y yo exhalé el aire de golpe.
Mi aliento caliente dejó un círculo de vaho en el cristal.
En él
aparecieron unas letras finas e inseguras.
«Queremos
lo que es justo.»
—¿Justo?
—Aquella palabra no tenía sentido para mí, pero ¿acaso lo tenía algo de
aquello? Al menos, quizá tuviera por fin ocasión de averiguar qué habían estado
intentando decirnos. Advertí que no tenía miedo, bueno, al menos no tanto como
curiosidad—. ¿Qué quieres decir?
Ella no
respondió. Sus ojos oscuros adquirieron una expresión casi burlona. El círculo de vaho desapareció lentamente, llevándose
consigo las palabras.
Tras un
largo momento, durante el cual me pareció que el corazón iba a salírseme del
pecho, reparé en qué esperaba que hiciera. Temblando, me acerqué al cristal y
volví a soplar en él.
En el
círculo de vaho aparecieron las palabras: «Tú no les perteneces».
—¿Qué?
—No tenía la menor idea de qué podía significar aquello. Principalmente, quería
dar media vuelta y correr en busca de mis padres. En cambio, volví a soplar en
el cristal para que la fantasma pudiera hablar.
«Tú no
eres como ellos».
—No, no
lo soy. —Aquello era lo único que yo sabía realmente de mí, que había sabido
siempre. La fantasma era la primera en admitir la verdad—. ¿Como quién soy?
Volví a
soplar en el cristal. Esta vez, la fantasma sonrió, y no fue una sonrisa
tranquilizadora.
«Eres
como yo.»
Entonces
oí un horrible grito ahogado detrás de mí y, al volverme, vi a mi madre en el
umbral de la puerta.
Estaba más blanca que la escarcha.
—¡Rocío! ¡Ven
aquí! ¡Apártate de eso!
—Me
parece... —La palabra se me atragantó; tenía la garganta demasiado seca para
hablar. Tragué saliva—. Me parece que no hay peligro.
—¡Adrián!
—Mi madre estaba llamando a mi padre, huyendo. Oí el eco de sus pasos
alejándose por el pasillo.
El fantasma se alejó de la ventana.
—Espera,
¡no te vayas! —Puse las manos en el cristal mientras la escarcha volvía a
cubrirlo, borrando las últimas palabras escritas. Lo froté rápidamente para
ver si la fantasma seguía en la ventana. Pero tenía las manos heladas, y la escarcha no se derritió con tanta rapidez. Cuando pude ver a través del cristal, la fantasma había
desaparecido.
Mis
padres irrumpieron en la habitación, en pijama y con los ojos abiertos de par en par.
—¿Dónde
está?
—Se ha
ido. Creo que no hay peligro.
Mi madre
me miró como si me hubiera vuelto loca.
—¿Que no
hay peligro? Eso ha venido a hacerte daño, Rocío. —Tenía
los ojos desorbitados—. Hace unos meses ni siquiera sabías que los fantasmas
existían. ¿Ahora eres una experta?
Mi padre
me apretó los hombros.
—Se ha
ido —dijo. Nunca había apreciado más su temple—. Celia, ya ha pasado todo.
—No es
verdad. —Mi madre habló con un hilillo de voz y advertí que estaba llorando—.
Sabes que no es verdad. Quieren arrebatarnos a Rocío.
Alargué
temblorosamente la mano para tocarla.
—Mamá,
eso... No es... Lo que dices no tiene ningún sentido. ¿Qué significa? —Entonces
pensé en las letras escritas en la escarcha: «Nuestra».
—Cariño...
—Mi madre fue a cogerme la mano, pero lanzó una mirada a mi padre. No pude
verle la cara, de manera que no supe qué se habían dicho con la mirada. Solo supe que
mi madre suspiró y me cogió la mano—. Lo siento. La fantasma me ha asustado.
Eso es todo.
Aquello
no era todo, y los tres lo sabíamos. Quizá debería haberles insistido en aquel
momento, pero mi madre parecía completamente destrozada.
—Estoy
bien —dije—. Todos estamos bien. Esta vez no ha sido tan malo.
—Quizá
se vaya —dijo mi madre—. Quizá hayan desistido.
—A lo
mejor. —Mi padre no dio la impresión de creérselo, sino de querer hacerlo—. Rocío, ¿te ha
dicho algo la fantasma?
Abrí la
boca para responder sinceramente, pero me sorprendí diciendo:
—No, no
ha habido tiempo. Todo ha sido muy rápido.
—Por
favor, dejémoslo —susurró mi madre. Si no hubiera sido un vampiro, habría
tenido la certeza de que estaba rezando. La abracé con fuerza, y mi padre nos
rodeó a las dos con los brazos. Nuestras desavenencias se fundieron con el
abrazo.
Al
principio, me propuse mantener en secreto la extraña visita de la fantasma,
pero estaba demasiado afectada para pasar aquello completamente sola.
—Viste
un fantasma delante de tu ventana —me repitió Candela casi al
oído en un rincón del gran vestíbulo. Poco a poco, los alumnos habían vuelto a
estudiar y pasar el rato en él, aunque nunca solos—. Y dices que estás segura
de que era una chica.
—Era tan
real como tú. Y habló... bueno, escribió palabras en la escarcha para que yo
las leyera.
—¿Qué te
dijo?
Había
mentido a Candela desde el día que nos conocimos; tendría que seguir mintiéndole
siempre. Pero nunca se me hacía más fácil.
—Solo...
«Ten cuidado».
—¿«Ten
cuidado»? ¡Ella es la fantasma! ¿De qué más se supone que debemos tener miedo?
—Candela jugueteó nerviosamente con la pulsera de cuero que llevaba en la
muñeca—. Esto me da mala espina.
—Todo va
a ir bien. Tenemos que creer eso. —Sabía que no la había convencido, y ni yo
misma estaba muy segura.
«Dijo
que éramos iguales», pensé. ¿Qué podía significar eso? Yo no era ningún
fantasma. En primer lugar, estaba viva y, en segundo lugar, cuando muriera, me
transformaría en un vampiro. ¿A qué se había referido entonces?
Victorio entró en el gran vestíbulo. Cuando me vio, sonrió esperanzado.
—Parece
que alguien quiere hacer las paces contigo —dijo Candela. Casi
había olvidado que Victorio y yo estábamos fingiendo ser una pareja que había discutido, no una
que estaba bien avenida. —Debería hablar con él.
—Sí,
hazlo. —Candela recogió sus cosas—. Voy a conectarme para ver si hay alguna página
web nueva sobre cómo echar a un fantasma de una casa o algo parecido.
—¿Alguna
página web nueva?
—¿Crees
que es la primera búsqueda que hago? Pero, hasta ahora, no sirven para nada.
Solo son chiflados inventándose cosas. La verdad es más delirante que nada de
lo que se puedan imaginar.
—Te creo
—dije débilmente.
Victorio me esperó en la entrada del gran vestíbulo, y advertí que llevaba al
hombro tanto su bolsa de gimnasia como la mía.
—¿Las
has traído de los vestuarios? —pregunté.
—He
pensado que podríamos practicar un poco de esgrima.
Subimos,
nos cambiamos y entramos en la sala de esgrima. La clase había progresado despacio,
o eso me parecía a mí; solo recientemente habíamos empezado a utilizar espadas
en vez de palos, y nuestros combates se reducían normalmente a cruzar unas dos
veces las espadas antes de que el instructor lo parara todo para explicarnos
lo que estábamos haciendo mal. No obstante, me notaba los músculos del brazo
más fuertes —me dolían menos, de cualquier modo— y mi equilibrio estaba
mejorando. Cuando Victorio y yo nos colocamos el uno frente al otro en la sala de esgrima vacía,
vestidos de blanco, con las caretas de acero puestas, advertí que estaba
saboreando la oportunidad de ponerme a prueba. No era que tuviera ninguna
posibilidad con Victorio, pero esta vez sentí la precisión de mis movimientos, mis músculos
reaccionando al movimiento, como si hubieran sabido hacer aquello desde
siempre y hubieran estado esperando a que yo me entrenara.
Durante
mucho rato no se oyó nada en la sala salvo mis jadeos, nuestras pisadas
amortiguadas por la estera y el chirrido de los aceros. No obstante, cuando Victorio me hubo
desarmado por tercera vez, paramos los dos, en parte porque yo estaba cansada,
pero, sobre todo, porque presentí que Victorio estaba
listo para hablar.
Me
limpié el sudor de la cara con una toalla.
—Se te
ve mejor —dije—. No en esgrima. Eso también, quizá, pero yo quería decir en
general.
—Paloma quizá
me odie ahora. —Victorio dijo aquello en tono mesurado, como si se lo hubiera repetido muy a
menudo. Se sentó en uno de los bancos que bordeaban la sala y se quitó la
careta—. Eso solo aumenta la importancia de que vuelva a encontrarla. Quizá tarde
mucho en conseguir que me escuche, pero soy capaz de hacerlo,
—¿Estás
seguro?
—Sí.
—¿Has
pensado en lo que significa si nos equivocamos? —Recordar el rostro dulce e
inocente de Paloma me hizo sentir absurda por haberlo siquiera sugerido, pero quería
estar del todo segura—. Si la tribu de Paloma está
matando gente... y ella va con ellos...
—Estoy
seguro de que Paloma no es peligrosa y sé que tú en el fondo también lo estás. Pero la Cruz Negra solo se
quedará tranquila si la mata junto con su tribu —dijo Victorio—. Su
muerte cuenta tanto como cualquier otra. Puede que Gastón no crea
en su inocencia, pero sé que tú sí.
No sé
qué me afectó más, la fe absoluta de Victorio en su
hermana o mi incertidumbre con respecto a lo que yo creía. Me senté a su lado,
advirtiendo distraídamente que mi reflejo estaba nítido en el espejo de la
pared, mientras que el suyo estaba borroso.
—Victorio, llevas
más de treinta y cinco años sin verla. Se ha unido a una nueva banda de
vampiros, peligrosa por lo que parece. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no
ha cambiado?
Se le
ensombreció la mirada.
—Nosotros
no cambiamos, Rocío. Esa es la tragedia de lo que somos. Eso es parte de lo que entraña
estar muerto.
Me
tranquilizó notarme el corazón latiéndome fuerte y rápido. «Estoy viva —pensé—.
No soy como los demás. Aún estoy viva.»
Cada vez hay mas misterios en esta historia, me gusta!
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