Otelo no
debería matarla, aunque crea que lo está engañando. —No me podía creer que
tuviera que argumentar aquello. ¿Se tomaban todos los vampiros tan a la ligera
el acto de matar?—. No hace mal porque Desdémona sea inocente. Hace mal porque
cree que tiene derecho a matar a su esposa.
—Eso no es lo
que habría pensado Shakespeare. —Eugenia se apartó el pelo rubio de la cara—.
En aquella época, las mujeres no tenían derechos, ¿no es así?
Por una vez, la señora Bethany no
tomó partido. Ese día no estaba paseándose por el aula. En vez de eso, nos
observaba desde su mesa, distante pero divertida.
—La posición
de las mujeres ha cambiado con el paso de los siglos, señorita Briganti, pero
el asesinato de una esposa rara vez se ha tomado a la ligera. —Señaló la
página—. Las dos parecen dar por sentado que el asesinato de Desdémona es frío
y calculado. Antes de nuestra próxima clase, espero que revisen las partes de
la obra que tratan sobre la irascibilidad de Otelo. También veremos cómo se
relaciona eso con la cuestión racial en la obra. Pueden
marcharse.
Todos miramos
a nuestro alrededor, asegurándonos de que habíamos oído bien. ¿La señora Bethany
dejándonos salir de clase antes de que fuera la hora? Sí, solo faltaban diez
minutos para que sonara el timbre, pero, para ella, eso era lo mismo que cinco
horas. Despacio, la gente empezó a recoger sus libros, como si estuviera
esperando que la señora
Bethany cambiara de opinión, pero no lo hizo.
Cerré mi
cuaderno y me lo metí en la mochila, con tantas ganas de escapar como
cualquiera, hasta que la
señora Bethany dijo:
—Señorita Igarzabal,
quédese un momento, por favor. —Cerró la puerta cuando el último alumno hubo
salido—. Sus padres me han informado de que este fin de semana va a volver a
salir de Mandalay con el señor D’alessandro.
—Así es.
—He permitido
estas salidas creyendo que el señor D’alessandro la estaba ayudando a
integrarse en nuestro mundo. —Se dirigió a su mesa con las manos entrelazadas.
Sus uñas me parecieron más combadas que de costumbre—. Dado su reciente
comportamiento con la fantasma, que sus padres me han referido, dudo que sus salidas
estén surtiendo el efecto deseado.
¿Mis padres
habían contado a la
señora Bethany mi encuentro con la fantasma? Y parecía que
también le habían dicho que había hablado con ella, lo cual significaba que
sabían que les había mentido y no me habían dicho nada a mí, sino a la señora Bethany. Debería
haberlo supuesto, pero, de todas formas, su traición a nuestra confianza me
dolió. Mantuve la cabeza alta.
—No veo por
qué hacerme vampiro significa que tengo automáticamente que hacer daño a cosas
que no conozco.
Ella ladeó la
cabeza, escrutándome con sus vivos ojos de pájaro.
—Hacerse
vampiro significa aceptar que debe observar ciertas reglas. Nosotros somos más
fuertes que los humanos, pero tenemos vulnerabilidades. Tenemos enemigos. Las
reglas que la protegen de esos enemigos se hallan entre las más importantes
que va a aprender jamás.
—¿Cómo sabe
que la fantasma es mi enemiga?
—¿Cómo sabe
usted que no lo es?
No me podía
creer que fuera a terminar contándole aquello a la señora Bethany,
pero, por otra parte, ella ya lo sabía casi todo y probablemente era la única
que tenía respuestas.
—Intentó
comunicarse conmigo. Dijo que éramos iguales, ella y yo.
—Qué curioso.
—¿Qué
significa? ¿Lo sabe?
—Cuando he
hablado de curiosidad, señorita Igarzabal, me refería a que es extraño que una
muchacha como usted no reconozca que muchos adversarios inician sus ataques
siendo amables. ¿Qué mejor modo de conseguir que un inocente baje la guardia?
Tras su experiencia con Gastón Dalmau, había imaginado que no sería tan ingenua.
—Miré mi pupitre, intentando disimular mi malestar, pero, por su tono de voz
divertido, supe que no lo había logrado—. También imaginaba que su relación
con el señor D’alessandro la ayudaría a olvidar por completo al señor Dalmau.
Quizá estaba equivocada.
—Gastón no
forma parte de mi vida. —Qué terminantes parecían aquellas palabras—. Victorio
se ha portado muy bien conmigo.
—Qué poco
aprecia lo que tiene. —La
señora Bethany se alejó de mí, sus tacones resonando en el
suelo—. Puede irse.
—Victorio y yo
seguimos pudiendo salir este fin de semana, ¿verdad?
Ella me miró
severamente.
—No veo motivo
alguno para cambiar de opinión —dijo—. Por ahora.
A partir de
ese momento, supe que cada vez que saliera de Mandalay podía ser la última.
Amherst estaba
inusitadamente tranquilo. Los exámenes parciales, supuse, o solo el frío,
relegando a los estudiantes universitarios a sus dormitorios.
La primera vez
que había venido a la plaza mayor, las calles habían estado atestadas de
chicos que salían de fiesta; la música y las luces, flecos del júbilo que yo
había sentido sabiendo que Gastón estaba cerca. Entonces las calles estaban
vacías y oscuras y la incertidumbre ensombrecía mi estado de ánimo.
—Paloma... ¿te
abordó justo aquí? —Victorio iba a mi lado, los largos faldones de su abrigo
ondeando ligeramente al viento—. ¿Te eligió entre tanta gente?
—Supo que era
un vampiro, por supuesto.
—Contigo no es
tan fácil saberlo, no aún.
Lo miré. Con
las farolas alumbrándolo a contraluz, me resultó difícil interpretar su
expresión.
—¿Significa
eso que me estoy haciendo... bueno, más «vampiro»?
—Puede
significar que Paloma se está volviendo más perceptiva. Que los sentidos se le
han aguzado. —Tras una pausa, añadió—: Eso pasa a veces, cuando consumimos más
cantidades de sangre humana.
—Crees que
puede haber... que...
—Es posible
beber sangre sin matar. Tú lo sabes tan bien como cualquiera. —Evitaba mirarme
a los ojos. Entonces se paró y se dio la vuelta. Cuando yo
hice lo mismo, advertí que nos habían seguido.
—¿Gastón?
—Avancé dos pasos hacia él. Gastón estaba parado con las manos en los
bolsillos, llevando un viejo abrigo de lona demasiado fino para el frío que
hacía. Sus ojos parecían a la vez distantes y algo tristes, como solía mirarme
al principio en Mandalay, antes de estar dispuesto a exponerse a que
estuviéramos juntos. Se me había olvidado que al principio había intentado no
sucumbir a nuestra atracción—. ¿Cuánto rato llevas siguiéndonos?
—Lo bastante
para recordarle a Victorio de qué soy capaz. —Gastón sonrió, pero sus ojos
siguieron serios.
Victorio no
sonrió lo más mínimo.
—Deberíamos
dividirnos. Si Paloma vuelve a vernos juntos, jamás tendré otra oportunidad de
hablar con ella.
Supe que Gastón
habría querido protestar.
—Nos
dividiremos —me apresuré a decir—. Victorio puede ir a los barrios donde la has
visto, yo me quedaré en la plaza y tú puedes vigilar las carreteras que salen
de la ciudad.
—Esta noche
estoy solo, ¿verdad? —Gastón se encogió de hombros—. Claro. ¿Por qué no?
Parece un buen plan.
Se alejó sin
decir nada más. Ni siquiera nos habíamos tocado.
—Está
disgustado —dijo Victorio en voz baja—. Tal vez deberías ir tras él.
Yo quería ir.
Algo dentro de mí me empujaba hacia Gastón, pero me contuve.
—Tenemos un
plan. Nos ceñiremos a él. Si no encontramos algún indicio de su tribu en un
par de horas, tal vez podamos ir a una de las otras poblaciones cercanas.
Victorio se
subió el cuello del abrigo.
—Gracias. Te
lo agradezco. —Unos segundos después, también él se había ido.
En esas me
quedé sola. No esperaba que Paloma volviera a buscarme, no cuando tanto su
hermano como su enemigo estaban accesibles. Así que, mientras iba y venía por
la calle, tiritando de frío y lanzando alguna que otra mirada melancólica a una
cafetería cercana, tuve tiempo para evaluar lo que estaba sucediendo.
Gastón estaba
enfadado conmigo. No podía ser por Victorio, ¿no? No había ningún motivo para
que estuviera celoso. Nada más pensarlo, me acordé de lo juntos que habíamos
estado caminando Victorio y yo cuando Gastón nos había visto. Me ruboricé y me
lo quité de la cabeza. No,
no podía ser eso, decidí. Últimamente, Gastón había estado incluso más
irascible que de costumbre. De manera que ¿quién sabía por qué se disgustaba?
Podría ser cualquier cosa. Y a lo mejor ya me había hartado de que pagara su
mal genio conmigo.
Justo cuando
me estaba poniendo hecha una furia, un destello dorado captó mi atención. Unos
cabellos largos y rubios, algo familiar en su forma de andar...
«¿Paloma?»
Pero no era
ella. Era Eugenia.
Iba andando
por el otro extremo de la plaza, en dirección al acogedor barrio residencial
que yo había visto en mi última visita. La ropa que llevaba parecía muy
peculiar para ella: unos vaqueros viejos, un holgado jersey negro y una trenca
gris. Recordé mi absurda forma de vestirme para mis inexpertos intentos de
allanamiento de morada justo antes de que comenzara el curso.
Entonces
reparé en que Eugenia estaba haciendo lo mismo que yo: había salido a
hurtadillas del internado. Con qué mala idea me había informado de que Victorio
me engañaba. ¿Nos había seguido aquella noche? ¿Se olía la verdad? No podíamos
permitir que nos descubriera, sobre todo, no con Gastón tan cerca. Si Eugenia
lo veía, todo se habría acabado.
Me apresuré a
seguirla cuando salió de la
plaza. Ella no se volvió ni una sola vez, por lo que no me
molesté en intentar esconderme. Obviamente, no me había visto, pero ¿podía
estar siguiendo a Victorio? Aquella era la zona por donde él estaba buscando a
su hermana. Me fijé en si lo veía mientras pasábamos por delante de viejas
casas de madera, con sus patios llenos de indicios de vida: una bicicleta
infantil volcada a un lado, un columpio o una pila blanca para pájaros en un
pedestal. Eugenia no pareció prestar atención a nada de aquello ni estar
siquiera buscando a Victorio o a alguna otra persona. Por lo visto, sabía
exactamente adonde se dirigía.
Aminoró el
paso conforme se acercaba a una casa de color azul celeste que tenía luz en
todas las ventanas. Incluso a media manzana de distancia, oí música y voces
saliendo por ellas y, cuando estuve más cerca, vi que la casa estaba llena de
personas que llevaban bandejas de comida o botellas de cerveza. Unos cuantos
globos habían flotado hasta el techo.
Eugenia se
escondió entre los matorrales próximos a una de las grandes ventanas, mirando
el interior de la casa. No
pude acercarme tanto como para estar del todo segura de lo que hacía, aparte
de mirar.
«¿Está
acechando a alguien?» Tiempo atrás habría pensado que ni tan siquiera alguien
tan mezquino como Eugenia mataría nunca a un ser humano. Pero ahora ya no
estaba tan segura con respecto a los vampiros. El miedo me puso la carne de
gallina.
Me acerqué
más. Dentro de la casa oí que la gente comenzaba a cantar, felicitando a
alguien que se llamaba Nicole. Eugenia no se movió; se quedó totalmente quieta,
con la cara alzada teñida de dorado por la luz de la ventana. Yo estaba
solo a tres metros de ella.
Al principio,
no presté atención a la pequeña habitación que estaba más próxima a mí: se
había vaciado cuando la gente se había puesto a cantar. Pero luego, desde el
interior de la casa, una sonrisa conocida captó mi atención. La sonrisa de Eugenia.
Pegué la cara
al cristal y advertí que, entre las fotografías colocadas en lo alto de un
piano vertical, había una de Eugenia, retratada con un uniforme de animadora
granate y blanco. Llevaba el pelo recogido en una coleta a un lado de la
cabeza, la clase de peinado y maquillaje que se había puesto de moda en los
años ochenta, cuando Eugenia estaba viva.
«Esta es su
familia y este es su hogar.»
La canción
terminó y todo el mundo gritó y aplaudió. Volví a mirar a Eugenia, que juntó
las manos como si estuviera aplaudiendo, pero sin hacer ningún ruido. Los ojos
húmedos le brillaron a la luz de la ventana.
La gente
empezó a regresar a la habitación más próxima a mí y yo me agaché. Al volver a
asomarme al alféizar, vislumbré a una mujer que debía de tener unos cuarenta
años, con el pelo rubio recogido en un sobrio moño y una afable sonrisa; fue
una sorpresa darme cuenta de que aquella mujer era, en esencia, una versión
madura de Eugenia. Su hermana, quizá.
¿Y ahora que le pasa a Gastón?
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