lunes, 4 de marzo de 2013

Capitulo 016 - Primera Parte (LIBRO 02)

Otelo no debería matarla, aunque crea que lo está en­gañando. —No me podía creer que tuviera que argu­mentar aquello. ¿Se tomaban todos los vampiros tan a la ligera el acto de matar?—. No hace mal porque Desdémona sea inocente. Hace mal porque cree que tiene derecho a matar a su esposa.
—Eso no es lo que habría pensado Shakespeare. —Eugenia se apartó el pelo rubio de la cara—. En aquella época, las mujeres no tenían derechos, ¿no es así?
Por una vez, la señora Bethany no tomó partido. Ese día no es­taba paseándose por el aula. En vez de eso, nos observaba desde su mesa, distante pero divertida.
—La posición de las mujeres ha cambiado con el paso de los si­glos, señorita Briganti, pero el asesinato de una esposa rara vez se ha tomado a la ligera. —Señaló la página—. Las dos parecen dar por sentado que el asesinato de Desdémona es frío y calculado. Antes de nuestra próxima clase, espero que revisen las partes de la obra que tratan sobre la irascibilidad de Otelo. También veremos cómo se relaciona eso con la cuestión racial en la obra. Pueden marcharse.

Todos miramos a nuestro alrededor, asegurándonos de que ha­bíamos oído bien. ¿La señora Bethany dejándonos salir de clase antes de que fuera la hora? Sí, solo faltaban diez minutos para que sonara el timbre, pero, para ella, eso era lo mismo que cinco horas. Despacio, la gente empezó a recoger sus libros, como si estuviera esperando que la señora Bethany cambiara de opinión, pero no lo hizo.
Cerré mi cuaderno y me lo metí en la mochila, con tantas ganas de escapar como cualquiera, hasta que la señora Bethany dijo:
—Señorita Igarzabal, quédese un momento, por favor. —Cerró la puerta cuando el último alumno hubo salido—. Sus padres me han informado de que este fin de semana va a volver a salir de Mandalay con el señor D’alessandro.
—Así es.
—He permitido estas salidas creyendo que el señor D’alessandro la estaba ayudando a integrarse en nuestro mundo. —Se dirigió a su mesa con las manos entrelazadas. Sus uñas me parecieron más combadas que de costumbre—. Dado su reciente comportamiento con la fantasma, que sus padres me han referido, dudo que sus sa­lidas estén surtiendo el efecto deseado.
¿Mis padres habían contado a la señora Bethany mi encuentro con la fantasma? Y parecía que también le habían dicho que había hablado con ella, lo cual significaba que sabían que les había men­tido y no me habían dicho nada a mí, sino a la señora Bethany. De­bería haberlo supuesto, pero, de todas formas, su traición a nues­tra confianza me dolió. Mantuve la cabeza alta.
—No veo por qué hacerme vampiro significa que tengo auto­máticamente que hacer daño a cosas que no conozco.
Ella ladeó la cabeza, escrutándome con sus vivos ojos de pá­jaro.
—Hacerse vampiro significa aceptar que debe observar ciertas reglas. Nosotros somos más fuertes que los humanos, pero tene­mos vulnerabilidades. Tenemos enemigos. Las reglas que la prote­gen de esos enemigos se hallan entre las más importantes que va a aprender jamás.
—¿Cómo sabe que la fantasma es mi enemiga?
—¿Cómo sabe usted que no lo es?
No me podía creer que fuera a terminar contándole aquello a la señora Bethany, pero, por otra parte, ella ya lo sabía casi todo y probablemente era la única que tenía respuestas.
—Intentó comunicarse conmigo. Dijo que éramos iguales, ella y yo.
—Qué curioso.
—¿Qué significa? ¿Lo sabe?
—Cuando he hablado de curiosidad, señorita Igarzabal, me refe­ría a que es extraño que una muchacha como usted no reconozca que muchos adversarios inician sus ataques siendo amables. ¿Qué mejor modo de conseguir que un inocente baje la guardia? Tras su experiencia con Gastón Dalmau, había imaginado que no sería tan in­genua. —Miré mi pupitre, intentando disimular mi malestar, pero, por su tono de voz divertido, supe que no lo había logrado—. Tam­bién imaginaba que su relación con el señor D’alessandro la ayudaría a olvidar por completo al señor Dalmau. Quizá estaba equivocada.
—Gastón no forma parte de mi vida. —Qué terminantes pare­cían aquellas palabras—. Victorio se ha portado muy bien con­migo.
—Qué poco aprecia lo que tiene. —La señora Bethany se alejó de mí, sus tacones resonando en el suelo—. Puede irse.
—Victorio y yo seguimos pudiendo salir este fin de semana, ¿verdad?
Ella me miró severamente.
—No veo motivo alguno para cambiar de opinión —dijo—. Por ahora.
A partir de ese momento, supe que cada vez que saliera de Mandalay podía ser la última.
Amherst estaba inusitadamente tranquilo. Los exámenes parciales, supuse, o solo el frío, relegando a los estudiantes universitarios a sus dormitorios.
La primera vez que había venido a la plaza mayor, las calles ha­bían estado atestadas de chicos que salían de fiesta; la música y las luces, flecos del júbilo que yo había sentido sabiendo que Gastón es­taba cerca. Entonces las calles estaban vacías y oscuras y la incertidumbre ensombrecía mi estado de ánimo.
—Paloma... ¿te abordó justo aquí? —Victorio iba a mi lado, los largos faldones de su abrigo ondeando ligeramente al viento—. ¿Te eligió entre tanta gente?
—Supo que era un vampiro, por supuesto.
—Contigo no es tan fácil saberlo, no aún.
Lo miré. Con las farolas alumbrándolo a contraluz, me resultó difícil interpretar su expresión.
—¿Significa eso que me estoy haciendo... bueno, más «vam­piro»?
—Puede significar que Paloma se está volviendo más percepti­va. Que los sentidos se le han aguzado. —Tras una pausa, añadió—: Eso pasa a veces, cuando consumimos más cantidades de sangre humana.
—Crees que puede haber... que...
—Es posible beber sangre sin matar. Tú lo sabes tan bien como cualquiera. —Evitaba mirarme a los ojos. Entonces se paró y se dio la vuelta. Cuando yo hice lo mismo, advertí que nos habían se­guido.
—¿Gastón? —Avancé dos pasos hacia él. Gastón estaba parado con las manos en los bolsillos, llevando un viejo abrigo de lona de­masiado fino para el frío que hacía. Sus ojos parecían a la vez dis­tantes y algo tristes, como solía mirarme al principio en Mandalay, antes de estar dispuesto a exponerse a que estuviéramos juntos. Se me había olvidado que al principio había intentado no sucumbir a nuestra atracción—. ¿Cuánto rato llevas siguiéndonos?
—Lo bastante para recordarle a Victorio de qué soy capaz. —Gastón sonrió, pero sus ojos siguieron serios.
Victorio no sonrió lo más mínimo.
—Deberíamos dividirnos. Si Paloma vuelve a vernos juntos, ja­más tendré otra oportunidad de hablar con ella.
Supe que Gastón habría querido protestar.
—Nos dividiremos —me apresuré a decir—. Victorio puede ir a los barrios donde la has visto, yo me quedaré en la plaza y tú puedes vigilar las carreteras que salen de la ciudad.
—Esta noche estoy solo, ¿verdad? —Gastón se encogió de hom­bros—. Claro. ¿Por qué no? Parece un buen plan.
Se alejó sin decir nada más. Ni siquiera nos habíamos tocado.
—Está disgustado —dijo Victorio en voz baja—. Tal vez de­berías ir tras él.
Yo quería ir. Algo dentro de mí me empujaba hacia Gastón, pero me contuve.
—Tenemos un plan. Nos ceñiremos a él. Si no encontramos al­gún indicio de su tribu en un par de horas, tal vez podamos ir a una de las otras poblaciones cercanas.
Victorio se subió el cuello del abrigo.
—Gracias. Te lo agradezco. —Unos segundos después, tam­bién él se había ido.
En esas me quedé sola. No esperaba que Paloma volviera a buscarme, no cuando tanto su hermano como su enemigo estaban accesibles. Así que, mientras iba y venía por la calle, tiritando de frío y lanzando alguna que otra mirada melancólica a una cafetería cercana, tuve tiempo para evaluar lo que estaba sucediendo.
Gastón estaba enfadado conmigo. No podía ser por Victorio, ¿no? No había ningún motivo para que estuviera celoso. Nada más pensarlo, me acordé de lo juntos que habíamos estado caminando Victorio y yo cuando Gastón nos había visto. Me ruboricé y me lo quité de la cabeza. No, no podía ser eso, decidí. Últimamente, Gastón había estado incluso más irascible que de costumbre. De ma­nera que ¿quién sabía por qué se disgustaba? Podría ser cualquier cosa. Y a lo mejor ya me había hartado de que pagara su mal genio conmigo.
Justo cuando me estaba poniendo hecha una furia, un destello dorado captó mi atención. Unos cabellos largos y rubios, algo fa­miliar en su forma de andar...
«¿Paloma?»
Pero no era ella. Era Eugenia.
Iba andando por el otro extremo de la plaza, en dirección al acogedor barrio residencial que yo había visto en mi última visita. La ropa que llevaba parecía muy peculiar para ella: unos vaqueros viejos, un holgado jersey negro y una trenca gris. Recordé mi ab­surda forma de vestirme para mis inexpertos intentos de allana­miento de morada justo antes de que comenzara el curso.
Entonces reparé en que Eugenia estaba haciendo lo mismo que yo: había salido a hurtadillas del internado. Con qué mala idea me había informado de que Victorio me engañaba. ¿Nos había seguido aquella noche? ¿Se olía la verdad? No podíamos permitir que nos descubriera, sobre todo, no con Gastón tan cerca. Si Eugenia lo veía, todo se habría acabado.
Me apresuré a seguirla cuando salió de la plaza. Ella no se vol­vió ni una sola vez, por lo que no me molesté en intentar escon­derme. Obviamente, no me había visto, pero ¿podía estar siguien­do a Victorio? Aquella era la zona por donde él estaba buscando a su hermana. Me fijé en si lo veía mientras pasábamos por delante de viejas casas de madera, con sus patios llenos de indicios de vida: una bicicleta infantil volcada a un lado, un columpio o una pila blanca para pájaros en un pedestal. Eugenia no pareció prestar atención a nada de aquello ni estar siquiera buscando a Victorio o a alguna otra persona. Por lo visto, sabía exactamente adonde se dirigía.
Aminoró el paso conforme se acercaba a una casa de color azul celeste que tenía luz en todas las ventanas. Incluso a media manza­na de distancia, oí música y voces saliendo por ellas y, cuando es­tuve más cerca, vi que la casa estaba llena de personas que llevaban bandejas de comida o botellas de cerveza. Unos cuantos globos ha­bían flotado hasta el techo.
Eugenia se escondió entre los matorrales próximos a una de las grandes ventanas, mirando el interior de la casa. No pude acer­carme tanto como para estar del todo segura de lo que hacía, apar­te de mirar.
«¿Está acechando a alguien?» Tiempo atrás habría pensado que ni tan siquiera alguien tan mezquino como Eugenia mataría nunca a un ser humano. Pero ahora ya no estaba tan segura con respecto a los vampiros. El miedo me puso la carne de gallina.
Me acerqué más. Dentro de la casa oí que la gente comenzaba a cantar, felicitando a alguien que se llamaba Nicole. Eugenia no se movió; se quedó totalmente quieta, con la cara alzada teñida de dorado por la luz de la ventana. Yo estaba solo a tres metros de ella.
Al principio, no presté atención a la pequeña habitación que estaba más próxima a mí: se había vaciado cuando la gente se ha­bía puesto a cantar. Pero luego, desde el interior de la casa, una sonrisa conocida captó mi atención. La sonrisa de Eugenia.
Pegué la cara al cristal y advertí que, entre las fotografías colo­cadas en lo alto de un piano vertical, había una de Eugenia, retra­tada con un uniforme de animadora granate y blanco. Llevaba el pelo recogido en una coleta a un lado de la cabeza, la clase de pei­nado y maquillaje que se había puesto de moda en los años ochen­ta, cuando Eugenia estaba viva.
«Esta es su familia y este es su hogar.»
La canción terminó y todo el mundo gritó y aplaudió. Volví a mirar a Eugenia, que juntó las manos como si estuviera aplau­diendo, pero sin hacer ningún ruido. Los ojos húmedos le brillaron a la luz de la ventana.
La gente empezó a regresar a la habitación más próxima a mí y yo me agaché. Al volver a asomarme al alféizar, vislumbré a una mujer que debía de tener unos cuarenta años, con el pelo rubio re­cogido en un sobrio moño y una afable sonrisa; fue una sorpresa darme cuenta de que aquella mujer era, en esencia, una versión madura de Eugenia. Su hermana, quizá.

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