Pedro Dalmau tomó la
mano de su mujer cuando caminaban por el Quarter. Sabía que su destino era Et
Trois y su misión echar otra ojeada a Rocío Igarzábal.
—Silvia, esto se
parece mucho a la intromisión y el espionaje.
—¿Y con eso quieres decir...
?
Pedro tuvo que
echarse a reír. Después de casi cuarenta años de matrimonio, esta mujer siempre
conseguía hacerle reír. Para él eso era, por encima de todo, señal de una unión
feliz.
—Supongo que eres
consciente de que a lo mejor no está. Tener un bar no significa estar en él
todos los días y a todas horas.
—En ese caso,
echaremos un vistazo al local y tomaremos una copa. Es algo totalmente
respetable.
—Claro, querida.
Pedro únicamente
utilizaba esa expresión, ese tono, cuando quería burlarse de su esposa. Silvia
se debatió entre propinarle un codazo en las costillas o sonreír.
Hizo ambas cosas.
El gentío, el ruido,
el calor y esa elegancia exuberante y decadente de la ciudad eran aspectos que
solo le atraían para una visita breve. Ella prefería el encanto añejo y, por
qué no decirlo, la distinción de Boston
Boston tenía, sin
duda, su lado sórdido, mas no era tan evidente, tan festejado. El sexo debía
ser algo divertido e interesante. Por Dios, no era ninguna mojigata. Pero
también debía ser íntimo.
Así y todo, el
trágico lamento del saxofón que inundaba el aire le tocó la fibra sensible.
Si su hijo estaba decidido
a hacer de este lugar su hogar, ella lo aceptaría. Y puede que, tras un examen
y un debate más exhaustivos, también aceptara a la mujer.
—Ya tendrás tiempo de
interrogarla mañana, en la boda —dijo Pedro.
Silvia suspiró ante
la mentalidad de los hombres. Los muy benditos eran criaturas simples.
Cándidas, en realidad. Estaba claro que el primer paso consistía en observar a
la muchacha en su propio entorno.
Estudió el barrio, la
ubicación del bar, el nivel de tráfico. Decidió que Rocío había elegido
sabiamente, y que tenía gusto y criterio suficientes para haber conseguido que
la fachada del bar armonizara con los demás locales.
Le gustaba la terraza
superior, las macetas de flores, los colores llamativos que contrastaban con
los tonos crema. Eran signos de clase y buen gusto, de interés por la
atmósfera.
Había sonsacado a Gastón
que Rocío vivía encima del bar y ahora se preguntó si no debería echar también
un vistazo a la vivienda.
Entró en Et Trois y
lo sometió a un examen minucioso y objetivo. Estaba limpio, detalle que contó
con su aprobación.
Había gente pero no
era agobiante, aspecto que coincidía con la idea que ella tenía de un negocio.
Demasiado pronto para el gentío de la noche, pensó Silvia, demasiado tarde para
el turno del almuerzo.
La música que salía
de los altavoces era cajún, supuso, y también contó con su aprobación. Era
animada pero no impedía conversar con tranquilidad.
Detrás de la barra
trabajaba un hombre negro con una camisa roja. Cara amable, pensó Silvia, manos
suaves. Una camarera joven —rubia, desenvuelta, con unos téjanos demasiado
ceñidos— estaba atendiendo una mesa.
Silvia divisó lo que
supuso, a juzgar por las cámaras y las bolsas, eran turistas. El resto, se
dijo, era gente del lugar.
La comida que servían
allí impregnaba el aire de un aroma picante.
Rocío salió de la
cocina. Sus miradas se encontraron al instante y el reconocimiento fue
inmediato. Silvia dejó que sus labios esbozaran una sonrisa tenue y cortés, y,
seguida de Pedro, se acercó hasta la barra.
—Buenas tardes,
señora Dalmau, señor Dalmau. —Una sonrisa igualmente tenue, igualmente cortés,
curvó los labios de Rocío—. ¿Han estado comprando en el Quarter? —preguntó
echando una ojeada a las bolsas que portaba Pedro.
—Silvia raras veces
pasa por delante de una tienda sin ver algo que necesita.
—Seguro que de ahí le
viene a Gastón. ¿Desean ver la carta?
—Ya hemos comido,
gracias. —Silvia se sentó en un taburete—. Me gustaría un martini. Muy frío,
muy seco, preciso, agitado. Tres aceitunas.
—¿Y para usted, señor
Dalmau?
—Que sea lo mismo y
que sea Pedro. —Se sentó en un taburete al lado de su esposa—. Tienes un bar muy
agradable. ¿Ofrecéis música en directo? —preguntó señalando con la cabeza el
escenario.
—Cada noche a las
nueve. —Rocío le dirigió una sonrisa sincera mientras procedía a preparar los
martinis—. Si les gusta bailar, vuelvan más tarde. Se les irán los pies lo
quieran o no. ¿Están disfrutando de su visita?
—Estamos deseando que llegue la boda —comentó Silvia—. Victorio
es como de la familia. Y nos agrada ver lo mucho que Gastón ha avanzado con la
casa.
—Es feliz en ella.
—Sí.
Rocío sacó de la
nevera las dos copas de martini que había puesto a enfriar.
—Ustedes preferirían
que fuera feliz en Boston y con la mujer con la que estuvo a punto de casarse.
—-Así es, pero no
podemos cambiar la vida de los demás, ni siquiera la de los hijos. Y es
evidente que no podemos elegir a quién deben amar. ¿Estás enamorada de mi hijo,
Rocío?
Con un pulso firme
como una roca. Rocío sirvió los martinis.
—Eso es algo de lo
que hablaré con él cuando esté preparada. Invita la casa —dijo mientras añadía
las aceitunas—. Espero que esté a su gusto.
—Gracias. —Silvia
levantó su copa y bebió. Acto seguido enarcó una ceja—. Es excelente. Siempre
he pensado que preparar el martini perfecto es un arte y siempre me ha
sorprendido y decepcionado la cantidad de gente que posee un bar o un restaurante
y sirve martinis imperfectos.
—¿Por qué hacer algo
si no estás dispuesto a hacerlo bien?
—Exacto. Es una
cuestión de orgullo, ¿no crees? De uno mismo, de su trabajo, de su vida. Los
defectos son aceptables e incluso necesarios para hacernos humanos y humildes.
Pero servir a un invitado o a un cliente menos de lo que uno es capaz de dar me
parece una arrogancia o una chapuza. A menudo ambas cosas.
—Para mí no tiene
sentido hacer las cosas a medias—dijo Rocío, y llenó un cuenco con cosas de
picar—. Si no sé preparar un buen martini, me haré a un lado y observaré cómo
se hace. Si no obrara así me estaría defraudando a mí misma y a la persona que
cuenta conmigo.
—Buena política. —Silvia
probó una aceituna—. Si no ponemos alto el listón tendemos a conformarnos con
menos de lo que nos hace felices y productivos y puede que estafemos a la gente
que nos importa.
—Cuando una persona
me importa, y elijo con cuidado, quiero lo mejor para ella. Quizá ella se
conforme con menos, pero yo no.
Cuando Pedro se
inclinó y escudriñó el martini de su esposa, Silvia arrugó el entrecejo.
—¿Qué haces?
—Intento descifrar
qué tiene tu martini que no tiene el mío.
Rocío rió y
sus hombros se relajaron.
—Se parece
mucho a usted, ¿verdad? Aunque ha sacado los ojos de su madre. Pueden verte por
dentro aunque te resistas. Gastón los quiere a los dos con locura y eso es
importante para mí. Por eso voy a decirles algo.
Se inclinó un
poco más.
—Provengo de
una familia sencilla. Fuerte, pero sencilla. Mi madre es un cero a la izquierda
y una vergüenza mayor de lo que me gusta reconocer. Pero mi abuelo era un
hombre bueno y decente. Mi abuela es tan buena como cualquiera y mejor que la
mayoría. Regento este bar porque se me da bien y me gusta, y no pierdo el
tiempo con cosas que no me gustan.
Se recogió el
pelo detrás de la oreja y mantuvo la mirada fija en Silvia.
—Soy egoísta
y testaruda, y no veo nada de malo en eso. Me trae sin cuidado el dinero de Gastón
o el de ustedes, de modo que ese tema ya está aparcado. Es el mejor hombre que
he conocido en mi vida y no soy lo bastante buena para él. Lo digo sabiendo que
soy lo bastante buena para casi cualquier hombre, pero él es diferente. Tiene
esa fachada de afabilidad pero es más testarudo que yo, que ya es decir, y
todavía no he decidido qué hacer con respecto a nosotros. Cuando lo decida, él
será el primero en saberlo. Espero que les informará de ello. —Rocío jugó
inconscientemente con la llave que llevaba colgada del cuello—. En fin, ¿les
apetece otra copa?
—Por ahora
estamos servidos —dijo Silvia.
—Discúlpenme
un momento, he de atender un pedido. —Se alejó por la barra hasta donde estaba
la camarera aguardando con una bandeja vacía.
—¿Y bien?
—preguntó Pedro—. Creo que te ha puesto en tu sitio.
—Así es.
—Satisfecha, Silvia dio otro sorbo a su martini—. Servirá.
—No estoy nervioso. —Victorio
se hallaba en la biblioteca, pálido y asustado, mientras Gastón le colocaba un
lirio de los valles en la solapa del esmoquin.
—Puede que si lo
dices una docena de veces más te lo creas. Maltida sea, estate quieto, Victorio.
—Estoy quieto.
—Exceptuando el
pequeño ataque de nervios que padeces, estás sereno como una roca.
—Quiero casarme con Cande.
Quiero pasar mi vida con ella. Éste es el día que los dos hemos esperado con
impaciencia durante meses.
—Tienes razón. Hoy
—dijo Gastón en tono solemne— es el primer día del resto de tu vida.
—Estoy mareado.
—Es demasiado tarde
para vomitar —repuso Gastón alegremente—. Estás en la recta final. ¿Quieres que
te traiga a tu padre?
—No, no. Seguro que
ya tiene bastante con mamá. ¿Cuántas personas dijiste que hay ahí afuera?
—Doscientas la última
vez que miré, y siguen llegando.
—Jesús, Jesús, Jesús.
¿Por qué no nos fugamos? ¿Cómo puede un hombre plantarse delante de doscientas
personas y cambiar su vida para siempre?
—Creo que esa
tradición se creó para que el novio no pudiera echar a correr. La gente lo
perseguiría para lincharlo.
—No sabes cómo me
tranquilizas, cher. ¿Por qué no me consigues un trago de bourbon?
Gastón caminó hasta
una vitrina y sacó una botella.
—Supuse que te haría
falta. —También sacó una lata de Altoids—. Y esto. Si hueles a whisky delante
de la novia, será ella la que salga corriendo.
Gastón empezó a
servir el líquido, pero en ese momento la puerta se abrió después de un
golpecito rápido y entró su madre. Raudo y veloz, ocultó la botella y el vaso
detrás de la espalda.
—¡Estáis guapísimos! Gastón,
dale solo un trago de ese whisky que escondes y asegúrate de que luego se lave
la boca.
—Tengo Altoids.
—Bien. —Sonriendo, Silvia
se acercó a Victorio y jugó con su corbata—. Estás nervioso porque es el día
más importante de tu vida. Tendrías un grave problema si no lo estuvieras. Te
prometo que los nervios desaparecerán en cuanto veas a Cande. Está preciosa.
—Le tomó la cara entre las manos—. Estoy muy orgullosa de ti.
—¿Y de mí? —preguntó Gastón—.
Fui yo quien pensó en los Altoids.
—Ya te llegará el
turno. Vas a casarte con la mujer que amas —prosiguió Silvia—. Estás rodeado de
amigos y familiares que os quieren. Es un día hermoso y tu hermano, tu hermano
de corazón, se ha encargado de ofrecerte un entorno hermoso. Dale un trago a
ese bourbon y respira hondo. Luego sal y cásate.
—Sí, señora. La
quiero, señorita Silvia.
—Lo sé. Yo también te
quiero, pero no voy a besarte para que se me corra el pintalabios. Un trago y
solo uno. Gastón. Si este muchacho sale de aquí haciendo eses, tú serás el
responsable.
Jajjaja.. Me encanto el capitulo
ResponderEliminarRichi los dejo clnla boca cerrada. Es una grosa
igual el caen de bien los papas de gas. Espero el próximo cap.
jaja, que se atrevan acriticar a rochi!!!
ResponderEliminarme encantoo, subi el prox porfa!!!!
besos :)
quiero el proximo!!!!!!!!
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