martes, 12 de marzo de 2013

Capitulo Diecinueve, Primera Parte


Pedro Dalmau tomó la mano de su mujer cuando caminaban por el Quarter. Sabía que su destino era Et Trois y su misión echar otra ojeada a Rocío Igarzábal.
—Silvia, esto se parece mucho a la intromisión y el espionaje.
—¿Y con eso quieres decir... ?
Pedro tuvo que echarse a reír. Después de casi cuarenta años de matrimonio, esta mujer siempre conseguía hacerle reír. Para él eso era, por encima de todo, señal de una unión feliz.
—Supongo que eres consciente de que a lo mejor no está. Tener un bar no significa estar en él todos los días y a todas horas.
—En ese caso, echaremos un vistazo al local y tomaremos una copa. Es algo totalmente respetable.
—Claro, querida.
Pedro únicamente utilizaba esa expresión, ese tono, cuando quería burlarse de su esposa. Silvia se debatió entre propinarle un codazo en las costillas o sonreír.
Hizo ambas cosas.
El gentío, el ruido, el calor y esa elegancia exuberante y decadente de la ciudad eran aspectos que solo le atraían para una visita breve. Ella prefería el encanto añejo y, por qué no decirlo, la distinción de Boston

Boston tenía, sin duda, su lado sórdido, mas no era tan evidente, tan festejado. El sexo debía ser algo divertido e interesante. Por Dios, no era ninguna mojigata. Pero también debía ser íntimo.
Así y todo, el trágico lamento del saxofón que inundaba el aire le tocó la fibra sensible.
Si su hijo estaba decidido a hacer de este lugar su hogar, ella lo aceptaría. Y puede que, tras un examen y un debate más exhaustivos, también aceptara a la mujer.
—Ya tendrás tiempo de interrogarla mañana, en la boda —dijo Pedro.
Silvia suspiró ante la mentalidad de los hombres. Los muy benditos eran criaturas simples. Cándidas, en realidad. Estaba claro que el primer paso consistía en observar a la muchacha en su propio entorno.
Estudió el barrio, la ubicación del bar, el nivel de tráfico. Decidió que Rocío había elegido sabiamente, y que tenía gusto y criterio suficientes para haber conseguido que la fachada del bar armonizara con los demás locales.
Le gustaba la terraza superior, las macetas de flores, los colores llamativos que contrastaban con los tonos crema. Eran signos de clase y buen gusto, de interés por la atmósfera.
Había sonsacado a Gastón que Rocío vivía encima del bar y ahora se preguntó si no debería echar también un vistazo a la vivienda.
Entró en Et Trois y lo sometió a un examen minucioso y objetivo. Estaba limpio, detalle que contó con su aprobación.
Había gente pero no era agobiante, aspecto que coincidía con la idea que ella tenía de un negocio. Demasiado pronto para el gentío de la noche, pensó Silvia, demasiado tarde para el turno del almuerzo.
La música que salía de los altavoces era cajún, supuso, y también contó con su aprobación. Era animada pero no impedía conversar con tranquilidad.
Detrás de la barra trabajaba un hombre negro con una camisa roja. Cara amable, pensó Silvia, manos suaves. Una camarera joven —rubia, desenvuelta, con unos téjanos demasiado ceñidos— estaba atendiendo una mesa.
Silvia divisó lo que supuso, a juzgar por las cámaras y las bolsas, eran turistas. El resto, se dijo, era gente del lugar.
La comida que servían allí impregnaba el aire de un aroma picante.
Rocío salió de la cocina. Sus miradas se encontraron al instante y el reconocimiento fue inmediato. Silvia dejó que sus labios esbozaran una sonrisa tenue y cortés, y, seguida de Pedro, se acercó hasta la barra.
—Buenas tardes, señora Dalmau, señor Dalmau. —Una sonrisa igualmente tenue, igualmente cortés, curvó los labios de Rocío—. ¿Han estado comprando en el Quarter? —preguntó echando una ojeada a las bolsas que portaba Pedro.
—Silvia raras veces pasa por delante de una tienda sin ver algo que necesita.
—Seguro que de ahí le viene a Gastón. ¿Desean ver la carta?
—Ya hemos comido, gracias. —Silvia se sentó en un taburete—. Me gustaría un martini. Muy frío, muy seco, preciso, agitado. Tres aceitunas.
—¿Y para usted, señor Dalmau?
—Que sea lo mismo y que sea Pedro. —Se sentó en un taburete al lado de su esposa—. Tienes un bar muy agradable. ¿Ofrecéis música en directo? —preguntó señalando con la cabeza el escenario.
—Cada noche a las nueve. —Rocío le dirigió una sonrisa sincera mientras procedía a preparar los martinis—. Si les gusta bailar, vuelvan más tarde. Se les irán los pies lo quieran o no. ¿Están disfrutando de su visita?
—Estamos deseando que llegue la boda —comentó Silvia—. Victorio es como de la familia. Y nos agrada ver lo mucho que Gastón ha avanzado con la casa.
—Es feliz en ella.
—Sí.
Rocío sacó de la nevera las dos copas de martini que había puesto a enfriar.
—Ustedes preferirían que fuera feliz en Boston y con la mujer con la que estuvo a punto de casarse.
—-Así es, pero no podemos cambiar la vida de los demás, ni siquiera la de los hijos. Y es evidente que no podemos elegir a quién deben amar. ¿Estás enamorada de mi hijo, Rocío?
Con un pulso firme como una roca. Rocío sirvió los martinis.
—Eso es algo de lo que hablaré con él cuando esté preparada. Invita la casa —dijo mientras añadía las aceitunas—. Espero que esté a su gusto.
—Gracias. —Silvia levantó su copa y bebió. Acto seguido enarcó una ceja—. Es excelente. Siempre he pensado que preparar el martini perfecto es un arte y siempre me ha sorprendido y decepcionado la cantidad de gente que posee un bar o un restaurante y sirve martinis imperfectos.
—¿Por qué hacer algo si no estás dispuesto a hacerlo bien?
—Exacto. Es una cuestión de orgullo, ¿no crees? De uno mismo, de su trabajo, de su vida. Los defectos son aceptables e incluso necesarios para hacernos humanos y humildes. Pero servir a un invitado o a un cliente menos de lo que uno es capaz de dar me parece una arrogancia o una chapuza. A menudo ambas cosas.
—Para mí no tiene sentido hacer las cosas a medias—dijo Rocío, y llenó un cuenco con cosas de picar—. Si no sé preparar un buen martini, me haré a un lado y observaré cómo se hace. Si no obrara así me estaría defraudando a mí misma y a la persona que cuenta conmigo.
—Buena política. —Silvia probó una aceituna—. Si no ponemos alto el listón tendemos a conformarnos con menos de lo que nos hace felices y productivos y puede que estafemos a la gente que nos importa.
—Cuando una persona me importa, y elijo con cuidado, quiero lo mejor para ella. Quizá ella se conforme con menos, pero yo no.
Cuando Pedro se inclinó y escudriñó el martini de su esposa, Silvia arrugó el entrecejo.
—¿Qué haces?
—Intento descifrar qué tiene tu martini que no tiene el mío.
Rocío rió y sus hombros se relajaron.
—Se parece mucho a usted, ¿verdad? Aunque ha sacado los ojos de su madre. Pueden verte por dentro aunque te resistas. Gastón los quiere a los dos con locura y eso es importante para mí. Por eso voy a decirles algo.     
Se inclinó un poco más.
—Provengo de una familia sencilla. Fuerte, pero sencilla. Mi madre es un cero a la izquierda y una vergüenza mayor de lo que me gusta reconocer. Pero mi abuelo era un hombre bueno y decente. Mi abuela es tan buena como cualquiera y mejor que la mayoría. Regento este bar porque se me da bien y me gusta, y no pierdo el tiempo con cosas que no me gustan.
Se recogió el pelo detrás de la oreja y mantuvo la mirada fija en Silvia.
—Soy egoísta y testaruda, y no veo nada de malo en eso. Me trae sin cuidado el dinero de Gastón o el de ustedes, de modo que ese tema ya está aparcado. Es el mejor hombre que he conocido en mi vida y no soy lo bastante buena para él. Lo digo sabiendo que soy lo bastante buena para casi cualquier hombre, pero él es diferente. Tiene esa fachada de afabilidad pero es más testarudo que yo, que ya es decir, y todavía no he decidido qué hacer con respecto a nosotros. Cuando lo decida, él será el primero en saberlo. Espero que les informará de ello. —Rocío jugó inconscientemente con la llave que llevaba colgada del cuello—. En fin, ¿les apetece otra copa?
—Por ahora estamos servidos —dijo Silvia.
—Discúlpenme un momento, he de atender un pedido. —Se alejó por la barra hasta donde estaba la camarera aguardando con una bandeja vacía.
—¿Y bien? —preguntó Pedro—. Creo que te ha puesto en tu sitio.
—Así es. —Satisfecha, Silvia dio otro sorbo a su martini—. Servirá.


—No estoy nervioso. —Victorio se hallaba en la biblioteca, pálido y asustado, mientras Gastón le colocaba un lirio de los valles en la solapa del esmoquin.
—Puede que si lo dices una docena de veces más te lo creas. Maltida sea, estate quieto, Victorio.
—Estoy quieto.
—Exceptuando el pequeño ataque de nervios que padeces, estás sereno como una roca.
—Quiero casarme con Cande. Quiero pasar mi vida con ella. Éste es el día que los dos hemos esperado con impaciencia durante meses.
—Tienes razón. Hoy —dijo Gastón en tono solemne— es el primer día del resto de tu vida.
—Estoy mareado.
—Es demasiado tarde para vomitar —repuso Gastón alegremente—. Estás en la recta final. ¿Quieres que te traiga a tu padre?
—No, no. Seguro que ya tiene bastante con mamá. ¿Cuántas personas dijiste que hay ahí afuera?
—Doscientas la última vez que miré, y siguen llegando.
—Jesús, Jesús, Jesús. ¿Por qué no nos fugamos? ¿Cómo puede un hombre plantarse delante de doscientas personas y cambiar su vida para siempre?
—Creo que esa tradición se creó para que el novio no pudiera echar a correr. La gente lo perseguiría para lincharlo.
—No sabes cómo me tranquilizas, cher. ¿Por qué no me consigues un trago de bourbon?
Gastón caminó hasta una vitrina y sacó una botella.
—Supuse que te haría falta. —También sacó una lata de Altoids—. Y esto. Si hueles a whisky delante de la novia, será ella la que salga corriendo.
Gastón empezó a servir el líquido, pero en ese momento la puerta se abrió después de un golpecito rápido y entró su madre. Raudo y veloz, ocultó la botella y el vaso detrás de la espalda.
—¡Estáis guapísimos! Gastón, dale solo un trago de ese whisky que escondes y asegúrate de que luego se lave la boca.
—Tengo Altoids.
—Bien. —Sonriendo, Silvia se acercó a Victorio y jugó con su corbata—. Estás nervioso porque es el día más importante de tu vida. Tendrías un grave problema si no lo estuvieras. Te prometo que los nervios desaparecerán en cuanto veas a Cande. Está preciosa. —Le tomó la cara entre las manos—. Estoy muy orgullosa de ti.
—¿Y de mí? —preguntó Gastón—. Fui yo quien pensó en los Altoids.
—Ya te llegará el turno. Vas a casarte con la mujer que amas —prosiguió Silvia—. Estás rodeado de amigos y familiares que os quieren. Es un día hermoso y tu hermano, tu hermano de corazón, se ha encargado de ofrecerte un entorno hermoso. Dale un trago a ese bourbon y respira hondo. Luego sal y cásate.
—Sí, señora. La quiero, señorita Silvia.
—Lo sé. Yo también te quiero, pero no voy a besarte para que se me corra el pintalabios. Un trago y solo uno. Gastón. Si este muchacho sale de aquí haciendo eses, tú serás el responsable.

3 comentarios:

  1. Jajjaja.. Me encanto el capitulo
    Richi los dejo clnla boca cerrada. Es una grosa
    igual el caen de bien los papas de gas. Espero el próximo cap.

    ResponderEliminar
  2. jaja, que se atrevan acriticar a rochi!!!
    me encantoo, subi el prox porfa!!!!

    besos :)

    ResponderEliminar
  3. quiero el proximo!!!!!!!!

    ResponderEliminar