Rochi salió del cuarto de
baño en bata y con la piel sensible de la ducha.
Se estremeció cuando se
movió demasiado rápido hacia el aparador para sacar su ropa interior. Gastón
bizqueó contra la luz de la mañana y sonrió abiertamente desde su cama
tremendamente deshecha.
—Te dije la última vez que
ya era demasiado, pero ¿me escuchaste? No, claro que no. Siempre crees que lo
sabes todo —trató de contar cuántos orgasmos explosivos había experimentado
durante la noche, pero había perdido la cuenta—. Y no podía resistirme. Estaba
enloquecida.
—¿Sí?
—Tú también, así qué no
parezcas tan satisfecho contigo mismo.
—Por supuesto. Por fin he
conseguido que canalices toda tu energía en la dirección correcta.
Él retiró la sabana y salió
de la cama, olvidado al hecho que estaba desnudo.
Mientras sacaba su ropa
interior del cajón, disfrutó de la visión de ese cuerpo impresionante. Su
sedoso pelo rubio, y descubrió una señal roja sobre su espalda, así como los
principios de un chupetón en el lado de su cuello. Más bien le gustaba el hecho
de haber puesto esas lujuriosas marcas en un macho tan imposiblemente
magnífico. Él comenzó a recuperar su ropa del suelo.
—Shelby ha llamado mientras
estabas en el cuarto de baño. Tiene una reunión, y Luisa tiene cita con el
médico, de modo que me ha pedido si puedo quedarme con Petie durante unas horas
esta mañana. Sé que te dije que el día era tuyo, pero, ¿te importaría posponer
el viaje a Austin hasta esta tarde?
—Por supuesto que no.
—Me gustaría practicar un
poco primero. Tal vez puedas entretenerte leyendo algo mientras tanto. ¿Puedes
estar lista en media hora?
Cuando ella asintió, él
colocó su ropa sobre su brazo y, todavía desnudo, abandonó su dormitorio.
Segundos más tarde, Patrick
chilló en el vestíbulo.
—Adviérteme la próxima vez,
¿de acuerdo Gastón? No tengo mis sales aromáticas.
Gastón se rió y luego oyó el
sonido de su puerta cerrarse.
Ella suspiró mientras abría
el armario. Habría sido agradable si él la hubiera besado antes de marcharse.
Realmente era un besador
excepcional. Y un maravilloso amante. Considerado, desinteresado, comprometido,
y tan hermoso desnudo que ella quería gritar. En realidad, pensó que le
encantaría gritar. Pero no porque él fuera hermoso desnudo.
Se sentó en la silla y se
mordió el labio inferior. Faltaba un poco más de una semana para marcharse y se
tenía que recordar que Gastón Dalmau era para emociones, para el escándalo,
hasta para recuerdos, pero no para siempre. Independientemente de lo que anoche
le hubiera dicho, esto era simplemente el desvío más diminuto sobre la gran
cancha de golf de su vida. Él había compartido su cuerpo, pero nada de lo que
él era, y, en el futuro, si él la recordaba, sólo sería porque ella fue
diferente de sus otras conquistas sexuales.
Pero ella nunca lo
olvidaría. Se llevaría los recuerdos de esta noche a la tumba, y sabía que no
serían los orgasmos lo que recordaría, sino la intimidad, el sentimiento de
conexión. Dormir con alguien, siendo sostenida tan tiernamente en sus brazos, y
oyendo su corazón latir. Y haber fingido, durante algunos momentos, que estaba
unida a alguien.
Miró fijamente por la
ventana y pensó lo fácilmente que algunas personas conseguían sus sueños. Pero
no ella. Tanto como podía recordar, su vida había sido una serie de sueños rotos.
Recordaba cuando sólo tenía seis años y miraba desde su casa como sus padres se
marchaban ocho meses a África. Ellos la habían querido, pero no tanto como
habían amado su trabajo.
Ella había tratado de atarse
a asistentas sociales y profesores. Algunos la habían querido bastante, pero
ellos tenían sus propios hijos, o encontraron otros empleos y la dejaban. Sólo
St. Gert nunca había cambiado. Sólido, consolador, siempre allí. La vieja dama
había estado junto a ella durante los días tras la muerte de sus padres, las
largas vacaciones cuando ella era la única alumna que no dejaba la escuela, y
más tarde como maestra cuidando de otras niñas. St. Gert era lo único sólido en
su vida.
Pero no por mucho tiempo
más, dentro de poco se vería obligada a salir de ese amado montón de ladrillos.
Y entonces, ya no habría ningún lugar en el mundo al que pudiera llamar casa.
Estaba tentaba a permitirse
unos pocos momentos de autocompasión, pero no lo haría. No importa dónde la
llevara su nueva vida, siempre tendría la satisfacción de haber contribuido a
que la escuela siguiera proporcionando un refugio para otras chicas solitarias.
Y, por ahora, no pensaría más allá del presente. Por unos pocos días más,
atesoraría cada instante de esta experiencia, de esta obsesión física por un
hombre que no era para ella.
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