lunes, 18 de marzo de 2013

Capitulo XIII, Segunda Parte


Rochi salió del cuarto de baño en bata y con la piel sensible de la ducha.
Se estremeció cuando se movió demasiado rápido hacia el aparador para sacar su ropa interior. Gastón bizqueó contra la luz de la mañana y sonrió abiertamente desde su cama tremendamente deshecha.
—Te dije la última vez que ya era demasiado, pero ¿me escuchaste? No, claro que no. Siempre crees que lo sabes todo —trató de contar cuántos orgasmos explosivos había experimentado durante la noche, pero había perdido la cuenta—. Y no podía resistirme. Estaba enloquecida.
—¿Sí?
—Tú también, así qué no parezcas tan satisfecho contigo mismo.
—Por supuesto. Por fin he conseguido que canalices toda tu energía en la dirección correcta.
Él retiró la sabana y salió de la cama, olvidado al hecho que estaba desnudo.
Mientras sacaba su ropa interior del cajón, disfrutó de la visión de ese cuerpo impresionante. Su sedoso pelo rubio, y descubrió una señal roja sobre su espalda, así como los principios de un chupetón en el lado de su cuello. Más bien le gustaba el hecho de haber puesto esas lujuriosas marcas en un macho tan imposiblemente magnífico. Él comenzó a recuperar su ropa del suelo.
—Shelby ha llamado mientras estabas en el cuarto de baño. Tiene una reunión, y Luisa tiene cita con el médico, de modo que me ha pedido si puedo quedarme con Petie durante unas horas esta mañana. Sé que te dije que el día era tuyo, pero, ¿te importaría posponer el viaje a Austin hasta esta tarde?
—Por supuesto que no.
—Me gustaría practicar un poco primero. Tal vez puedas entretenerte leyendo algo mientras tanto. ¿Puedes estar lista en media hora?
Cuando ella asintió, él colocó su ropa sobre su brazo y, todavía desnudo, abandonó su dormitorio.
Segundos más tarde, Patrick chilló en el vestíbulo.
—Adviérteme la próxima vez, ¿de acuerdo Gastón? No tengo mis sales aromáticas.
Gastón se rió y luego oyó el sonido de su puerta cerrarse.
Ella suspiró mientras abría el armario. Habría sido agradable si él la hubiera besado antes de marcharse.
Realmente era un besador excepcional. Y un maravilloso amante. Considerado, desinteresado, comprometido, y tan hermoso desnudo que ella quería gritar. En realidad, pensó que le encantaría gritar. Pero no porque él fuera hermoso desnudo.
Se sentó en la silla y se mordió el labio inferior. Faltaba un poco más de una semana para marcharse y se tenía que recordar que Gastón Dalmau era para emociones, para el escándalo, hasta para recuerdos, pero no para siempre. Independientemente de lo que anoche le hubiera dicho, esto era simplemente el desvío más diminuto sobre la gran cancha de golf de su vida. Él había compartido su cuerpo, pero nada de lo que él era, y, en el futuro, si él la recordaba, sólo sería porque ella fue diferente de sus otras conquistas sexuales.
Pero ella nunca lo olvidaría. Se llevaría los recuerdos de esta noche a la tumba, y sabía que no serían los orgasmos lo que recordaría, sino la intimidad, el sentimiento de conexión. Dormir con alguien, siendo sostenida tan tiernamente en sus brazos, y oyendo su corazón latir. Y haber fingido, durante algunos momentos, que estaba unida a alguien.
Miró fijamente por la ventana y pensó lo fácilmente que algunas personas conseguían sus sueños. Pero no ella. Tanto como podía recordar, su vida había sido una serie de sueños rotos. Recordaba cuando sólo tenía seis años y miraba desde su casa como sus padres se marchaban ocho meses a África. Ellos la habían querido, pero no tanto como habían amado su trabajo.
Ella había tratado de atarse a asistentas sociales y profesores. Algunos la habían querido bastante, pero ellos tenían sus propios hijos, o encontraron otros empleos y la dejaban. Sólo St. Gert nunca había cambiado. Sólido, consolador, siempre allí. La vieja dama había estado junto a ella durante los días tras la muerte de sus padres, las largas vacaciones cuando ella era la única alumna que no dejaba la escuela, y más tarde como maestra cuidando de otras niñas. St. Gert era lo único sólido en su vida.
Pero no por mucho tiempo más, dentro de poco se vería obligada a salir de ese amado montón de ladrillos. Y entonces, ya no habría ningún lugar en el mundo al que pudiera llamar casa.
Estaba tentaba a permitirse unos pocos momentos de autocompasión, pero no lo haría. No importa dónde la llevara su nueva vida, siempre tendría la satisfacción de haber contribuido a que la escuela siguiera proporcionando un refugio para otras chicas solitarias. Y, por ahora, no pensaría más allá del presente. Por unos pocos días más, atesoraría cada instante de esta experiencia, de esta obsesión física por un hombre que no era para ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario