domingo, 14 de abril de 2013

Capitulo 019 (LIBRO 02)

Creía que nada podía ser peor que perder a Gastón, pero me equivocaba. Lo peor fue darme cuenta de que lo había perdi­do por nada, porque él había tenido razón desde el principio con respecto a los vampiros, a mis padres y a todo.
Me había dicho que mis padres mentían. Yo le había levantado la voz por eso. El me había perdonado.
Me había dicho que los vampiros eran asesinos. Yo lo había ne­gado, incluso después de que uno acechara a Candela.
Me había dicho que Paloma era peligrosa. Yo no le había he­cho caso, y ella había matado a Eugenia.
Me había dicho que los vampiros eran traicioneros y ¿había captado yo el mensaje? No hasta que la confesión de mis padres destrozara todas mis ilusiones.
Decidí que el único vampiro que jamás me había mentido era Victorio, pero, después de ver de qué era capaz Paloma, pensé que probablemente lo que él hacía era mentirse a sí mismo. Todos los demás vampiros, incluidos a mis padres, eran falsos y mani­puladores.
Bueno, quizá Julián no. Pero el resto, sí.
¿Y Gastón? Gastón solo me había mentido una vez; había guar­dado el secreto de la Cruz Negra porque no le atañía únicamente a él. En todos los demás aspectos, había sido sincero conmigo y no me había ocultado la cruda verdad que nadie más pensaba que me­recía saber.
Por supuesto, no solo estaba lamentando su pérdida. Demasia­das cosas habían salido mal. Pero el dolor era más hondo ahora que sabía que, de haberle hecho caso, todo podría haber sido dis­tinto. Mejor. Feliz. En vez de como era ahora.
Abril fue el peor mes de mi vida. Mis padres intentaron hablar conmigo un par de veces, pero yo no quise saber nada; al cabo de una semana más o menos, desistieron. Probablemente pensaban que estaba enfurruñada, que simplemente «superaría» el hecho de haberme enterado de que toda mi vida era una mentira y un do­mingo volvería a aparecer en su casa con el rabo entre las piernas para cenar con ellos. Yo sabía que no volvería a hacer eso jamás, y lo iban a descubrir bien pronto.
El segundo domingo que no fui, Candela dijo:
—¿No vas?
—No.
—La semana pasada pensé... ya sabes, que a lo mejor os esta­bais tomando una semana de descanso. —No pienso ir.
—Pensaba que tus padres eran mejores que los míos —dijo ella en voz baja.
¿Cuántas veces habían intentado mis padres disuadirme de que me relacionara con Candela solo porque era humana? Ella les había reconocido más méritos de los que ellos le habían recono­cido a ella. Podría haberla abrazado, pero a ella no le habría gus­tado.
—A lo mejor prefiero quedarme contigo.
—Tengo deberes.
—Pues haremos deberes.
A mí me iba bien. Hasta documentarnos para un trabajo de Psicología leyendo aburridos artículos era preferible a volver a en­cararme con mis padres.
Victorio y yo habíamos «roto» oficialmente, que el alumnado supiera. Nicolás había hecho algunos desmañados intentos de mediar para que nos hiciéramos amigos y volviéramos a relacionarnos; yo no había tenido valor para desalentarlo, pero, tras su brusca reti­rada, advertí que Victorio no se había tomado bien la sugerencia. No estaba enfadado conmigo, exactamente, sino con el mundo en general, y quería que lo dejaran tranquilo.
Probablemente nos convenía pasar algún tiempo separados. Yo lo entendía, pero durante aquel curso había pasado más tiempo con él que con cualquier otra persona, incluida Candela. No me ha­bía dado cuenta de cuánto había llegado a depender de él para que me levantara el ánimo después de un mal día o simplemente me sonriera cuando yo salía de clase, hasta que ya no estuvo.
Aún tenía a Nicolás y a Candela, pero, si la señora Bethany se salía con la suya, ni tan siquiera a ellos iba a tenerlos durante mucho más tiempo.
—Su lamentable negativa a hablar de esto con sus padres me obliga a tratar personalmente el asunto con usted —dijo la señora Bethany, regando las macetas de violetas que tenía en su alféizar. Yo estaba sentada en una de las incómodas sillas de respaldo alto de su cochera—. Se habrá dado cuenta de que es usted el objeti­vo de los fantasmas. —Sí.
—¿Sabe la razón? —Casi parecía alegrarse de que mis ilusiones estuvieran rotas.
Apreté los dientes. —Sí.
—El hecho de que sea un objetivo, a su vez, pone en peligro a los demás alumnos. Hasta ahora, hemos conseguido mantener a los fantasmas a raya con las piedras, pero tenemos limitaciones. Ellos están más decididos de lo que yo pensaba.
—Eso me halaga.
La señora Bethany dejó la regadera.
—Por favor, resérvese su sarcasmo para sus amigos, señorita Igarzabal. Hoy está aquí para que hablemos de cómo abordar su si­tuación. No soy tan cruel como para obligarla a abandonar la Aca­demia Mandalay. En el mundo exterior, carecería por completo de protección.
—Durante este curso he salido muchas veces del internado con Victorio, pero los fantasmas nunca me han buscado en ningún otro sitio.
—Supongo que, sencillamente, no sabían dónde estaba. Con el tiempo, terminarían encontrándola en cualquier parte del mundo. Nunca lo había pensado.
—¿Por qué insisten tanto? ¿No hay suficientes fantasmas en el mundo?
—Imagino que la promesa rota les importa más que cualquier otra cosa. Cuando se creen traicionados, son implacables. —Los ta­cones de la señora Bethany resonaron en el suelo de madera cuando vino hacia mí con las manos entrelazadas a la espalda—. Hay mu­chos apartamentos de profesores vacíos en Mandalay. Me trasla­daré a uno durante lo que queda de curso. Usted puede venir aquí.
—¿Aquí? —No podía haberlo entendido bien—. ¿A su casa?
—Sí. Creo que podrá seguir asistiendo a las clases, si se pone esto. —Me entregó un colgante, el colgante de obsidiana que mis padres me habían regalado en Navidad, el que yo había arrojado a sus pies—. Es una protección para usted, aunque no debe de ha­berse dado cuenta. Su protección no es infalible, por lo que estará más segura en mi casa por las noches.
—Un momento, no lo comprendo. Si corro peligro en el inter­nado, ¿por qué aquí no?
—Quizá se haya fijado en que el tejado es de cobre —dijo la se­ñora Bethany—. Como parece que ya sabe, los fantasmas son es­pecialmente vulnerables a los metales y minerales que contiene la sangre humana, tales como el hierro y el cobre. Mi residencia no puede ser embrujada. Ningún fantasma puede entrar.
—Entonces, ¿por qué no hace lo mismo con el internado para que sea totalmente seguro?
Fue una pregunta automática; imaginaba que la señora Bethany tendría una buena respuesta. El cobre es caro, quizá. En cambio, ladeó la cabeza poniéndose en guardia.
—Hay razones para no hacerlo —dijo, como si aquello fuera una respuesta.
Pero supe la respuesta casi al instante. Quizá fuera porque me encontraba en la misma habitación donde había perpetrado mi primer allanamiento de morada en un intento de entender por qué había admitido la señora Bethany alumnos humanos en Mandalay. Recordé haberlo resuelto con Victorio: los humanos estaban vinculados a los fantasmas. Había pensado que ella quería saber más sobre los enemigos de los vampiros. Desde entonces, la había visto atacar a una fantasma, destruyéndola casi al instante. Había vis­to que sabía cómo cerrarles la puerta para siempre y, no obstante, no lo había hecho. La señora Bethany quería otra cosa.
—Está cazando fantasmas —dije—. Necesita que vengan a Mandalay para poder capturarlos.
Extrañamente, la mirada se le iluminó, como si casi le entusias­mara que alguien hubiera caído en la cuenta. Pero solo dijo:
—Sus teorías son irrelevantes, señorita Igarzabal. Los fantasmas son un peligro para usted y para quienes son como usted. Estará mejor protegida aquí.
—No va a decirme por qué los caza. —Advertí que tampoco lo había negado.
—¿Acepta mi ofrecimiento?
—¿Tengo opción?
—En verdad, no.
Me habría gustado decirle dónde podía meterse su ofrecimien­to. Pero tenía razón en que yo era un peligro para los demás alum­nos. Por su seguridad, además de por la mía, iba a tener que tras­ladarme al campamento enemigo.
La cochera de la señora Bethany era, de hecho, bastante bonita cuando te habituabas a ella, pero vivir allí me desconcertaba. Por muchas veces que abriera las ventanas o rociara el aire con un poco de mi perfume, la casa siempre olía a lavanda, recordándome a su verdadera dueña.
Me fijé en que había vaciado todos los cajones y armarios antes de que yo me mudara. No me había dejado ninguna oportunidad más para fisgar.
Mis amigos humanos no entendían por qué la casa de la señora Bethany era más segura que la Academia Mandalay, pero, des­pués de hacerles una descripción (censurada) del ataque de la fan­tasma, no pusieron en duda que había que hacer algo al respecto. Candela me ayudó a hacer las maletas y Nicolás me ayudó a llevarlas a la cochera mientra ella cargaba con el telescopio. No lo cogí todo; de nada servía fingir siquiera que podía llegar a sentirme cómoda allí. No obstante, conseguí llevarme el broche negro azabache que Gastón me había regalado el año anterior. Para mí, era mi piedra mági­ca, mi talismán, mi protección contra la lobreguez de aquel lugar.
A altas horas de la noche, acostada en la inmensa cama de do­sel de la señora Bethany, imaginaba que las sombras del rincón del dormitorio comenzaban a moverse, o que el aire estaba más frío de lo que debía, o cualquier otro disparate. Entonces cogía el broche de la mesilla y lo apretaba en el puño, ahuyentando todo mi miedo y soledad. No importaba que hubiera perdido a Gastón. Recordarlo siempre me daría fuerzas.
A finales de abril, Mandalay se quedó muy tranquilo. Tras mi encontronazo con la fantasma, incluso más alumnos habían huido del internado; probablemente, solo quedaban dos tercios de los es­tudiantes. Los vampiros habían sido mucho más propensos a mar­charse, lo cual significaba que los humanos representaban ahora casi la mitad del alumnado. En conjunto, el clima era más cordial y, como muchos de los alumnos humanos no daban demasiada im­portancia al asunto de los fantasmas, el ambiente se tornó casi rela­jado. Yo podría haberlo disfrutado, de no haber sido una exiliada.
No obstante, la penúltima noche de abril me ofreció un peque­ño regalo: una luna azul.
No es que una luna azul sea un evento astronómico extraordi­nario o increíble. Lo único que significa es que hay una segunda luna llena en un mismo mes. Pero a mí siempre me gustaba cele­brarlo, observar el cielo y recordar que noches como aquella no su­cedían muy a menudo.
Esperé a que fuera noche cerrada para salir sigilosamente afue­ra en vaqueros y camiseta. Quería estar sola. El cielo estaba dema­siado encapotado para ver bien las estrellas, pero la luna pronto brilló con intensidad, tiñendo las nubes cercanas de su pálida luz.
Crucé rápidamente los jardines de camino al cenador, donde podría sentarme a ver la luna a través de la celosía de hierro cola­do. Tenía recuerdos de Gastón en el cenador. Aquel era el primer si­tio donde nos habíamos besado.
—Sigue gustándote la luna azul.
Giré sobre mis talones y vi a Gastón, detrás de mí.
Al principio, creí que me lo estaba imaginando. Pero Gastón su­bió al cenador, haciendo crujir el suelo bajo el peso de sus desgas­tadas botas, y me di cuenta de que tenía que ser real.
—¿Gastón? ¿Qué... estás haciendo aquí? —Me apresuré a mi­rar a mi alrededor—. Es peligroso. Si te encuentran...
—No van a encontrarme.
—¡Lo harán si te quedas! —Ahora que por fin había aceptado que Gastón había regresado a Mandalay, estaba incluso más asom­brada que antes; aquello era temerario hasta un punto rayano en el suicidio—. ¡Puede venir alguien en cualquier momento!
—No voy a quedarme mucho más. —Gastón se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones de pana. Llevaba una vieja cami­sa de franela con una camiseta debajo y estaba encorvado y tenso, alerta y listo para pelear. Pero nada de aquella feroz energía iba di­rigida a mí. Cuando Gastón me miró, su mirada era triste—. He pensado que esta noche tendría posibilidades de encontrarte fuera del internado viendo la luna azul.
—Sí. Me has encontrado. —No se me ocurrió qué decir. Era incapaz de expresar en palabras cuánto lo había echado de menos y estaba demasiado sorprendida para saber qué hacer—. ¿Cuánto llevas esperando?
—Desde que se ha puesto el sol.
Era casi medianoche. Gastón llevaba horas en los jardines del in­ternado y podría haberlo visto cualquiera. Si la señora Bethany se hubiera enterado, ahora podría estar prisionero, o incluso muerto. Había sido tan temerario como siempre, pero esta vez no pude en­fadarme.
—¿Por qué has venido?
—Porque no podía dejar las cosas así entre nosotros.
—Fui desagradable contigo —susurré—. Gastón, lo siento mu­chísimo.
—Estabas enfadada, y tenías derecho a estarlo.
—Al final, terminamos incinerando a Eugenia.
—Vale, por eso no tenías derecho a enfadarte. —Esbozó una breve sonrisa. Le había crecido el pelo y volvía a llevarlo descuida­do. Me pareció que había adelgazado. ¿Había dejado de cuidar­se?—. Dijiste que no aceptaba que fueras un vampiro, Rocío. Creo que... a lo mejor tenías razón.
Aunque ya lo sabía, me dolió oírselo decir.
—Una vez dijiste que me querías fuera lo que fuese.
—Así es —dijo Gastón, inspirando entrecortadamente—. Pero cuando lo dije... fue como si lo que sentía por ti lo sintiera a pesar de que fueras un vampiro. En el fondo, fue como... si te estuviera perdonando por ser lo que eres. Eso es probablemente lo más chungo que le he hecho nunca a nadie, no darme cuenta de lo bu­rro que soy. Si me hubiera dado cuenta antes, podría haber sido para ti... lo que debería haber sido para ti. Lo que quería ser.
—Gastón...
—Déjame terminar, ¿vale? Ya sabes que se me da fatal hablar de sentimientos. Solo quería decir que... —Arrastró un pie por el suelo del cenador—. Sea lo que sea lo que te convierte en la perso­na que eres... eso es lo que me gusta. Todo ello, incluido el hecho de que seas un vampiro. No deberías haber tenido que defender eso nunca; yo debería haberlo aceptado hace mucho tiempo. De haber­lo hecho, a lo mejor no te habría perdido. Es culpa mía, y lo sé.
Se estaba mirando las botas. Pensé que, si en ese instante me hubiera estado mirando a la cara, se habría dado perfecta cuenta de que no me había perdido.
—Lo de Victorio lo vi venir —continuó con más calma—. Me volvió loco. Pero... ¿sabes?, para ser un... para ser lo que sea, es un tío decente y supongo que nunca te ha pedido que finjas no ser la persona que en verdad eres. Así que a lo mejor has elegido bien. Solo quería decir... Rocío, si tú eres feliz, me alegro. Deberías ser feliz, te lo mereces.
—No estoy con Victorio.
Gastón alzó la cabeza con expresión incrédula.
—¿No?
—No. Nunca hemos estado juntos, no de verdad.
—Oh, vale. —Gastón cambió el peso de una pierna a otra, de­batiéndose claramente entre la esperanza y la incertidumbre—. Oye... sé que la he cagado, pero si pudiera...
Me levanté de un salto y le eché los brazos al cuello. Gastón me abrazó con fuerza mientras yo enterraba la cara en el hueco de su cuello. Al principio, ninguno de los dos dijo nada; no creo que pu­diéramos hablar. Era tan agradable volver a abrazarlo, sentirlo jun­to a mí, cuando creía haberlo perdido para siempre... ¿No le había dicho que tuviera fe en que siempre volveríamos a encontrarnos? Debería haber hecho más caso a mis propios consejos.
—Te quiero tanto —susurré por fin.
—Yo también te quiero. Juro por Dios que no volveré a cagar­la nunca más.
—Pero tenías razón en todo.
Gastón me pasó las manos por el pelo.
—Qué va.
—Gastón, lo digo en serio. Tú sabías que mis padres me estaban mintiendo. Tú sabías cómo eran realmente los vampiros. Si te hu­biera hecho caso, nada de esto habría pasado.
—Caramba. —Gastón me cogió las manos y me sentó en el ban­co del cenador. La luna azul nos alumbraba a través de las hojas de hiedra—. ¿De qué estás hablando?
Se lo conté todo: la verdad sobre mi nacimiento, sobre qué querían los fantasmas de mí, sobre cómo era ser un peón en una guerra entre fantasmas y vampiros donde ambos bandos eran mal­vados. Ni siquiera me salté lo que a punto estuvo de ocurrir entre Victorio y yo, porque estaba harta de secretos. Esa parte obligó a Gastón a apretar los labios, pero me escuchó sin decir una palabra.
Cuando hube terminado, con la cabeza apoyada en su ancho hombro y sus brazos rodeándome, se limitó a decir:
—Tenemos que sacarte de aquí.
—¿Me estás volviendo a pedir que me fugue contigo?
—Sí, pero esta vez para siempre.
—Los fantasmas seguirán persiguiéndome.
—Hay personas en la Cruz Negra que saben más de fantasmas. Deberíamos poder ayudarte, aunque no vengas conmigo, pero oja­lá lo hagas.
—Iré contigo. —Sabía que podía hacerlo. Para mí no había fu­turo en el mundo de los vampiros—. Solo me gustaría saber en qué voy a convertirme.
—¿Qué quieres decir?
—No quiero convertirme en un vampiro completo. Nunca. —Volví mi rostro hacia el suyo—. Pero, si no voy a ser un vampi­ro, ¿en qué se convierte alguien como yo?
Gastón me sonrió torciendo la boca.
—No lo sé, Rocío. Pero me imagino que será en lo que tú quieras.
Nos besamos tiernamente y, luego, por un momento, simple­mente nos miramos. Hubo veces durante el curso anterior en que no tocarnos nos había resultado casi imposible, pero aquella noche era distinta, más tranquila. Creo que los dos sabíamos lo impor­tante que iba a ser aquel momento.
—El último viernes de mayo —dije por fin.
—¿Es el día que terminan los exámenes?
—Sí. Eso significa que también es el día que vendrán montones de coches para llevarse a los alumnos a casa. Podré escabullirme fácilmente entre tanta gente. Mis padres supondrán que me he ido con Candela o alguien. Eso nos dará unos días antes de que se pon­gan a buscarme. —Pese a todo, no dudé que me buscarían—. Po­dría irme esta noche, ojalá pudiera, pero ellos se darían cuenta de inmediato. Si esperamos al último viernes de mayo, jugaremos con ventaja.
—Solo queda un mes, entonces.
—Para poder estar siempre juntos.
—Me refería a que solo queda un mes para decidir qué hace­mos después —dijo Gastón—. Pero lo arreglaré. Te lo prometo, Rocío. Cuidaré de ti.
Le aparté el alborotado pelo de la cara.
—Yo también cuidaré de ti.
A lo lejos se oyó un fuerte chasquido de algo quebrándose. Gastón y yo nos erguimos al instante, pero, para mi alivio, resultó no ser nada, una rama, probablemente. Aun así, el ruido nos había re­cordado el peligro que Gastón corría estando allí.
—Tienes que irte —dije—. Ya.
—Me voy. Te quiero. —Gastón me besó bruscamente, lastimán­dome la boca. Me agarró por las caderas y yo deseé poder quedar­me pegada a él. Pero, cuando se separó, no lo retuve. Él corrió ha­cia los matorrales sin volver la cabeza atrás. Supe qué le había dado fuerzas para hacerlo. Despedirse costaba menos cuando no era para mucho tiempo.
Mayo fue casi el mejor mes de toda mi vida; al menos, al prin­cipio.
Cada día era solo una casilla del calendario que yo podía tachar de rojo y que me acercaba más a Gastón y a la libertad. Me pasaba las clases soñando despierta y recibiendo reprimendas, no solo de la señora Bethany sino también de mis otros profesores. ¿Qué más me daba? Si suspendía todos los exámenes, no estaría para recoger el boletín. Me resultaba más fácil mirar por la ventana y fantasear con Gastón, juguetear con el colgante de obsidiana que llevaba en el cuello, que concentrarme en Enrique V.
A veces me invadía una rara incertidumbre: «Ya no iré a la uni­versidad. ¿Cómo me mantendré en contacto con Nicolás y Candela? ¿Vol­veré alguna vez a ver a Victorio? ¿Cómo me protegeré de los fantas­mas? ¿Podré llevarme el telescopio?». Pero nada era tan importante como escapar de Mandalay o del «destino» que mis padres y pro­fesores habían decidido para mí. Solo tenía una oportunidad de ser libre y estar con el chico que amaba. Y pensaba aprovecharla.
Hasta comencé a meter en mi bolsa la poca ropa que tenía en la cochera de la señora Bethany. Eso era lo que estaba haciendo una noche de mediados de mayo cuando llamaron inesperadamente a la puerta.
¿Quién podía ser? Metí rápidamente mi bolsa a medio llenar debajo de la cama, corrí al salón y dije: —¡Adelante!
Entró la señora Bethany, imponente con una larga falda negra y una blusa gris de cuello alto.
—Qué lata —dijo, al parecer, para sí—. Tener que llamar a la puerta de tu propia casa.
—Hola, señora Bethany. ¿Necesita algo? —Si me mostraba ser­vicial, razoné, ella se iría antes.
La señora Bethany pasó por delante de mí y entró en su dormi­torio.
—Necesito algunas de mis cosas y quería asegurarme de que no te habías olvidado de regarme las violetas. —Están crecidísimas, de hecho.
—Ya veo. —La señora Bethany se quedó paralizada, mirando fijamente la pared—. ¿Se puede saber qué es esa monstruosidad?
—Oh, ¿se refiere al mural? Es uno de los collages de Candela. Ella lo llama Esos labios te mentirán. —Era un mural enorme con bocas de todo tipo, pintadas con carmín de labios magenta, amari­llo y naranja, alternadas con rayas en zigzag negras. También había cuchillos y pistolas, porque Candela decía que ninguna obra de arte sobre la decepción del amor estaría completa sin un símbolo fálico hostil—. ¿Le gusta?
La señora Bethany se llevó una mano a la garganta.
—Piensa quitarlo cuando se vaya, ¿no?
No me lo había planteado, pero entonces decidí dejárselo como recuerdo.
—¿Cuándo cree que podré volver a vivir en el internado, seño­ra Bethany? —pregunté, como si no fuera a fugarme.
—Le informaremos a su debido tiempo.
Entonces volvieron a llamar a la puerta. De pronto estaba solicitadísima. Fui a abrir, diciendo:
—¿Hola?
Mientras abría, reparé en el peligro. «¿Y si es Gastón? ¿Y si ha vuelto y la señora Bethany lo ve?» Pero no era Gastón.
Paloma estaba en el umbral, con el pelo recogido en un moño y envuelta en una capa de color rojo oscuro. Con su rostro aniña­do y su candorosa mirada, casi parecía caperucita roja, aunque yo sabía que en verdad era un lobo.
—No eres quien esperaba encontrar —dijo sonriendo. Ilógica­mente, había algo en ella que seguía despertando mi instinto pro­tector—. ¿Ha habido un motín?
—¿Quién es? —inquirió la señora Bethany mientras salía al re­cibidor. Entonces se irguió—. Dios mío, señorita D’alessandro.
Casi pude palpar el odio que se tenían. Pero Paloma abrió los brazos como una niña suplicante.
—Solicito refugio en Mandalay —dijo.

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