Gastón no podía respirar
mientras los fantasmas de su pasado caían sobre él. Rochi abrazaba a Petie
contra su pecho. Ella le miró fijamente a través de la estera y lanzó a Gastón
una mirada que parecía tener un matiz de compasión.
Él no podía tolerarlo, y se
precipitó.
—Déjame cogerlo.
Petie se agarró llorando más
fuerte al cuello de Rochi.
—Espérate un minuto —dijo
ella.
Pero él no tenía un minuto.
Sacó la cartera del bolsillo, se la ofreció y agarró a Peter.
—Cómprate algo. Volveré.
Él rápidamente se volvió y
llevó al bebé que seguía llorando a su coche. No podía seguir allí ni un
segundo más.
Acompañado por el sonido de
los chillidos estridentes de Petie que venían del asiento de bebés situado en
la parte de atrás, se metió detrás del volante y salió del aparcamiento.
—Está bien, compañero. Está
bien —parpadeó y condujo hacía las afueras de la ciudad. Los lloros del bebé no
disminuyeron. Finalmente, encontró la intimidad que necesitaba, un camino
estrecho que conducía hacia un bosquecito.
Aparcó su coche en el lugar
exacto dónde había ocultado su bici cuando era un niño.
—¿Por qué sigues llorando
así con Gastón? No te he hecho nada.
Cuando cogió al bebé
histérico, Petie arqueó su espalda, tratando de liberarse. Sus chillidos le
hacían daño en los oídos, pero la mirada de traición en los ojos del bebé le
rompió el corazón.
—Lo siento, Petie. Lo siento
tanto —apretó los labios sobre la frente caliente de su hermano y sobre las
mejillas húmedas y lo llevó entre los árboles hacia el sonido del río—. Shhh...
no llores. No llores, compañero. Se acabó todo.
Mientras le mecía y
canturreaba, los sollozos del bebé gradualmente disminuyeron. Él anduvo con él
a lo largo de la orilla, acariciando su pequeña espalda, tarareando y
diciéndole tonterías, dejando que el sonido del río calmara al bebé como solía
calmarlo a él cuando venía aquí para reponerse de algún hecho desagradable que
le había hecho a Mery o a uno de sus compañeros de clase. Finalmente, Petie se
calmó bastante para que Gastón se sentara a la sombra de un arce. Se apoyó
contra el tronco y colocó al bebé sobre su regazo.
—Lo sé, Petie. Lo sé...
El niño echó atrás su
cabeza, y Gastón vio un mundo entero de daño en sus ojos.
—Nunca te haré esto otra
vez. Te lo prometo. Tu padre va a ser bastante pesado. No necesitas que yo lo
sea también.
Petie sobresalió un labio
tembloroso. Había sido traicionado, y no iba a perdonar demasiado fácilmente.
Gastón usó el inferior de la
camiseta azul brillante del bebé para limpiar sus mejillas y la pequeña
barbilla.
—No tienes que ganar ninguna
estúpida carrera para que yo te quiera, compañero. ¿Entiendes? A pesar de lo
que pasó allí, no me parezco a tu padre. No me preocupa si eres siempre el
último, si no destacas en los deportes de equipo. Incluso si lo peor pasa y
odias el golf, no me importará. ¿Comprendes? Siempre seremos hermanos —levantó
al bebé hasta su cara y besó su mejilla—. Deberás ganarte el amor de tu padre,
compañero, pero te prometo que nunca tendrás que ganarte el mío.
Rochi estaba de pie en medio
de la muchedumbre sin apartar la vista de la cartera que Gastón había puesto en
su mano. Después de lo que pasó anoche, se sentía como si la tuviese pegada a
su mano.
Cuando miraba alrededor para
buscar un lugar dónde ir, vio a Luc Riera acercarse. Él le dirigió una tímida
sonrisa.
—Oí que andabas por aquí, Rocío.
¿Dónde está Gastón?
—Se ha ido con Peter.
—Pareces ligeramente
trastornada.
Esos ojos inteligentes
parecían ver demasiado.
—Un poco —abrió su bolso
para guardar la cartera sólo para ver como Luc la cogía en su mano.
—¿Es la de Gastón?
—Me la puso en las manos
justo antes de irse —no pudo contenerse y continuó—. Me dijo que me comprara
algo para mí.
—No bromees —la boca de Luc
se curvó en una sonrisa lenta—. Mi padre es rico, mi madre guapa, y hoy es mi
día de suerte.
Rochi frunció el ceño cuando
él metió la cartera en su bolsillo trasero.
—Tu madre es rica también;
he oído que tu padre se parece a una estrella de cine. Y devuélvemela.
Su mirada color avellana
parecía divertida.
—Venga, Rocío. Soy un
modesto muchacho de veintidós años semiempobrecido que acabo de graduarme y no
tengo empleo. Gastón, por otra parte, tiene más dinero que energía para
contarlo. Vayamos a disfrutar un poco.
—Luc, realmente no creo...
Pero él ya se movía.
Cogiendo su brazo, la condujo hacia el aparcamiento y a un Jeep descapotable
rojo con bastantes abolladuras y unas barras de seguridad negras.
—Si veis a Gastón —le dijo a
un grupo de adolescentes —decirle que Lady Rochi está en el Roustabout.
Rochi se encontró subida en
un coche con un juego de palos de golf que repiqueteaban en la parte trasera y
una borla de graduación que se balanceaba del espejo retrovisor.
—Tal vez deberías devolverme
ya la cartera —dijo ella cuando tenían el Roustabout a la vista.
—Sí. Más tarde. Después de
que nos gastemos algo.
—No vamos a coger dinero de Gastón,
no importa cuanto tenga. No es decente.
—Las mujeres de Texas no lo
verían así. Lo verían como su venganza. ¿Sabes que mis padres una vez pelearon
en este aparcamiento? La gente todavía habla de ello.
—No creo que hablar de una
discusión sea algo agradable.
—Ah, esto no fue una
discusión. Esto fue una lucha. Física —él rió entre dientes—. Me hubiera
encantado verlo.
—Muchacho sanguinario. Y no
creo una palabra de ello. Tus padres tienen un maravilloso matrimonio.
—Ahora sí que lo tienen,
pero les llevó años llegar hasta ahí. Mi padre no sabía que existía antes de
que yo tuviera nueve años. Tuvieron largos años para madurar.
Viniendo de cualquier otro
muchacho de veintidós años, el comentario habría sido cómico, pero había algo
en Luc Riera que hizo que le creyera.
Cuando salieron del Jeep y
mientras caminaban hasta el Roustabout, ella dijo:
—Estoy sorprendida que no
tengas trabajo aún. Por lo que Mery y Gastón dijeron, tienes unas notas
académicas excelentes.
—Ah, he tenido muchas
ofertas, pero quiero quedarme cerca de Wynette.
—Tú creciste aquí, ¿verdad?
—Crecí en todas partes, pero
este es el lugar que mi familia llama casa, y dónde mejor me encuentro —sostuvo
la puerta abierta para ella—. Esto me limita a dos empresas.
—DCS y la empresa del padre
de Benjamín.
—Las dos han intentado
contratarme. Lamentablemente, esto se ha convertido en otra de sus guerras. La
situación está un poco fea, pero estoy esperando a ver si Mery alguna vez
descubre lo gran tipo que es Benjamín.
—Si la fusión se realiza,
entonces no tendrás problema, ¿no?
—Exactamente. Mientras
tanto, estoy más o menos en la ruina. Y ninguno de mis padres, que se han hecho
a sí mismos, son comprensivos —sacó la cartera de Gastón del bolsillo trasero—.
Por eso esto es un regalo de los dioses.
Antes de que ella pudiera
pararlo, él había sacado una de las tarjetas de crédito de Gastón y había dado
vuelta a la muchedumbre formada por hombres de negocios, rancheros, y las amas
de casa que se habían juntado para el almuerzo. Aunque él apenas levantó la
voz, la gente se quedó en silencio para escucharlo.
—Tengo un anuncio que hacer.
Seréis felices de saber que Gastón os invita al almuerzo. Y él desea que pidáis
lo que realmente os apetezca, no temáis por el gasto —cuando le pasó la tarjeta
de crédito al camarero, uno de los rancheros dijo.
—La reunión del Club de los
Leones es en el cuarto trasero.
—Gastón siempre ha sido un
verdadero partidario de los Leones —dijo Luc.
—¡No puedes hacer esto!
—dijo ella en un susurro.
Él le dirigió una mirada
tonta que los magníficos hombres de Wynette debían haber perfeccionado para
volver locas a las mujeres.
—¿Por qué no?
—Porque no está bien.
—¿Y está bien que Gastón te
abandone de esa manera?
—No.
—Entonces no hay problema,
¿verdad?
Para ser un joven tranquilo,
él era sorprendentemente asertivo, y ella se encontró siendo conducida a una
mesa. Cuando se deslizó en el asiento acolchado, decidió que él tenía algo de
razón, y unos minutos más tarde cuando la camarera se acercó, ella
insolentemente pidió el queso extra sobre su emparedado de pavo.
El día no estaba resultando
como ella había esperado. Se había imaginado a ella y Gastón juntos, quizás
agarrándose de las manos y riendo el uno con el otro. Sus fantasías eran
tontas. Decidió rechazarlas mientras comía.
Mientras trataba de decidir
entre un pedazo de tarta de chocolate o un brownie con helado, observó al
hombre corpulento entrar en el Roustabout. Él echó un vistazo alrededor y se
paró cuando sus ojos la descubrieron. Cuando se dio cuenta que ella le miraba,
miró hacia otro lado. Ella estaba confundida. ¿Era el espía de Beddington o no?
¿Si era el espía, por qué no le había contado a Hugh todo lo que había comprado
en la farmacia?
Sólo podía pensar que se
había equivocado, y él no era esa persona, aunque tampoco estaba segura. Este
hombre definitivamente no tenía más que un interés ocasional.
Mientras Luc flirteaba con
una linda pelirroja que pasaba al lado de su mesa, Rochi trató de pensar. Notó
que el hombre corpulento la miraba en un espejo de una marca cerveza, y su
indecisión le delataba. Era hombre de Beddington. Definitivamente.
Ella recogió su bolso, lo
abrió en su regazo, y cogió el salero y el pimentero.
Con un movimiento de su
brazo, los metió dentro. Se giró para estar segura que lo había visto y vio la
expresión horrorizada que él tenía. Suprimió el arrebato que le vino de anotar
en una hoja este hecho y pasárselo para que no olvidara contarlo en su informe.
Lamentablemente, el hombre
corpulento no era el único que había atestiguado su robo.
—¿Qué demonios estás
haciendo?
Ella estaba tan concentrada
en su hurto que no había notado que Gastón se acercaba. Estaba solo, o sea que
había dejado ya a Peter. Cuando llegó a su lado, la gente del Roustabout
comenzó a llamarle.
—¡Eh!, oye, Gastón. Gracias
por el almuerzo.
—Muchas gracias, Gastón. El
solomillo estaba verdaderamente bueno.
Ella no podía creerlo. Otra
vez, él la había cogido en desventaja. Y este día que se suponía estupendo iba
cada vez peor. Él había aterrorizado a su hermanito y la había abandonado sin
advertencia. Él era el pecador. ¿Por qué sin embargo parecía que ella tenía más
apuntes en el debe del libro de contabilidad?
—Gastón, el Club de Leones me
ha dicho que te diga que te lo agradecen —dijo una camarera de mediana edad.
—Deever y yo también —añadió
un hombre rubicundo que parecía un ranchero—. Deberías probar un poco de esta
tarta.
Gastón frunció el ceño.
—¿De qué hablan?
—Nos has invitado a todos a
almorzar —explicó Luc—. Y lo apreciamos. Joe tiene tu tarjeta de crédito.
Gastón se encogió de
hombros, deslizándose en el asiento al lado de ella, y alcanzando su bolso.
Ella trató de impedírselo, pero él se lo llevó.
—Juro que te estás buscando
irte de aquí antes de tiempo —gruñó él. Mientras Luc observaba con interés, Gastón
sacó el salero y el pimentero y los dejó sobre la mesa—. Déjame adivinar. Has
decidido hacer otro espectáculo para el duque.
—Su investigador está aquí
otra vez —le hizo un gesto con la cabeza hacia el hombre corpulento—. Tenía que
hacer algo.
Él miró fijamente en la
dirección que ella había indicado. Alzó una ceja. Entonces sacudió la cabeza y
le devolvió el bolso.
—Nunca he conocido a una
mujer que me hiciera avergonzarme tanto como tú.
Ella no podía tolerar su
condescendencia después de la noche pasada.
—¡Déjame salir!
—No.
—¡Iba a devolverlos! —ella
se encrespó—. Pero ¿qué hago? ¿Por qué te doy explicaciones? No tengo nada que
decirte después lo que has hecho hoy.
—Seguro que no se ha llevado
un salero —Luc se inclinó hacia atrás, disfrutando de su argumento.
—¡Ese hombre le dijo a
Beddington que todo lo que compré en la farmacia fue un tabloide!
—Materia repugnante. Llena
de mentiras. ¿Sabes que publicaron una historia sobre mí una vez? Como, por
ejemplo que había tenido un romance con una profesora del instituto.
—Era en realidad cierto
—indicó Luc.
Gastón no le hizo caso.
—No puedo imaginarme por qué
querrías leer una porquería de esas.
—¡Ese no es el asunto!
—exclamó ella—. Pero desde luego tú eso ya lo sabes. ¿Crees que es inteligente
actuar como si fueras idiota?
—¿Entonces has decidido
darle algo más para hacer un informe?
¡Ella quiso arañarle la
cara! ¿Cuánto tiempo iba a dejar a otra gente dictar el curso de su vida? ¿Beddington?
¿Gastón? ¿Aquel idiota incompetente que se apoyaba en la barra? Era el momento
justo de que ella tomara el mando de su propio destino.
—¡Deja que salga de aquí! Ya
está bien, Gastón. Voy a colocar las cartas boca arriba de una vez.
—No te lo aconsejo.
—Déjame salir o tendré que
arrastrarme por debajo de la mesa.
—Un ejemplo perfecto de por
qué tus paisanos perdieron este país en primer lugar.
—¿Te mueves o qué?
—¡Te he entendido
condenadamente bien! —él se levantó con celeridad.
Varios de los espectadores
se empujaron el uno al otro. Gastón iba a darles algo nuevo para hablar.
Ella caminó por delante de
él y se dirigió directamente hacia el hombre corpulento.
—Tengo que hablar con usted.
Él parpadeó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario