lunes, 8 de abril de 2013
Capitulo Diescinueve, Segunda Parte
Gastón pensaría más tarde que su madre tenía razón, como siempre. Cuando se colocó al lado de Victorio, y Candela, toda vestida de blanco, salió a la terraza, notó que los nervios desaparecían de su amigo, de su hermano, vio la amplia sonrisa que se formaba en su rostro y escuchó su suave «Esa es mi chica».
Entonces se descubrió recorriendo con la mirada las hileras de invitados hasta encontrar la de Rocío. Y tú eres mi chica, pensó, esta vez haremos que funcione.
Y así, de pie en el jardín, con la mansión blanca erguida sobre el verde césped, vio a sus amigos contraer matrimonio.
Cuando se besaron, cuando se volvieron para ser declarados marido y mujer, se oyeron vítores y clamores, vítores muchos más liberadores y festivos que el aplauso al que estaba acostumbrado.
Notó que su sonrisa se ampliaba casi tanto como la de Victorio.
La música comenzó casi al instante. Violines, washboards, acordeones. Cuando el fotógrafo redujo la muchedumbre a la novia y el novio. Gastón se abrió paso por el mar de gente hasta llegar junto a Rocío.
Vestía de rojo. De un rojo amapola que dejaba al descubierto la espalda salvo por un intrigante entramado de cintas delgadas. Justo encima del corazón se había prendido el reloj esmaltado con alas doradas que Ramiro había regalado a Valeria.
—Me preguntaba si te lo pondrías alguna vez.
—Es especial —dijo ella—, así que lo reservo para ocasiones especiales. Ha sido una boda preciosa. Hiciste un buen trabajo con la casa. Eres un buen amigo.
—Tengo muchas cualidades, lo cual te convierte en una mujer muy afortunada. Te he echado de menos estos dos últimos días.
—Los dos hemos estado muy ocupados.
—Quédate esta noche. —Gastón le cogió la mano mientras veía excusas en sus ojos—. Rochi, quédate esta noche.
—Quizá lo haga. Tienes muchas personas con las que debes hablar.
—Ya están hablando entre ellas. ¿Dónde está la señorita Esperanza?
Rocío frunció el entrecejo.
—Tu madre se la llevó.
—¿Quieres que las busque? ¿Quieres que libere a la señorita Esperanza?
El orgullo tensó la espalda y la voz de Rocío.
—Mi abuela puede competir con tu madre cualquier día de la semana.
—¿De veras? —Regocijado, Gastón afiló desafiante la mirada—. Si llegan a las manos yo apuesto por Silvia. Su gancho de izquierda es perverso. ¿Por qué no nos servimos una copa de champán y las buscamos para ver por qué asalto van?
—Si hiere los sentimientos de mi abuela...
—Mi madre nunca haría eso. —Con el semblante, Gastón le sacudió los hombros—. ¿Por quién la has tomado, Rocío? Si se llevó a la señorita Esperanza es porque desea conocerla.
—Supongo que también por eso arrastró a tu padre hasta mi bar, para conocerme mejor.
—¿Estuvieron en tu bar?
—Sí. —Irritada consigo misma por estar irritada, Rocío alargó un brazo para levantar una copa de la bandeja del camarero que pasaba en ese momento por su lado—. Vino a inspeccionar el bar y a inspeccionarme a mí. Hizo un buen repaso y obtuvo un martini de los mejores. Y la puse en su sitio.
Gastón experimentó un pánico típicamente masculino cuando imaginó a las dos mujeres más importantes de su vida midiendo fuerzas.
—¿Qué demonios significa eso?
—Dije lo que tenía que decir, eso es todo. Ahora nos entendemos bien.
—¿Por qué no me pones al día para que yo también pueda entenderte?
—Este no es el momento ni el lugar.
—Pues lo encontraremos.
Al oír el genio en su voz, Rocío se encogió de hombros. Luego sonrió y le pasó un dedo por la mejilla.
—No te enfades, cher. Estamos en una fiesta. Tú y yo podemos pelearnos en cualquier otro momento.
—De acuerdo, lo dejaremos para dentro de un rato. —Gastón le sostuvo el mentón con la mano—. No sé a quién estás subestimando. Rocío, si a mí, a mi familia o a ti misma. Cuando tengas la respuesta, dímelo. —Se inclinó y la besó levemente—. Hasta luego.
La fiesta pasó al salón de baile y se extendió hasta las terrazas y el césped. Por primera vez en muchas décadas la casa se llenó de risas y música. Niños correteando, bebés llorando, parejas coqueteando y amigos cotilleando atestaban el gran salón, se relajaban en los jardines bajo sombrillas blancas o paseaban por la terraza.
A Gastón le gustaba imaginar la casa absorbiendo toda esa energía positiva, incluidos los siniestros recodos de las habitaciones que había mantenido a oscuras y cerradas bajo llave.
—Gastón. —Candela le posó una mano en el brazo—. ¿Me concedes este baile?
—¿Han asesinado a Victorio? —La condujo hasta la pista—. Solo así dejaría Victorio que te alejaras más de un metro de él. —Le besó la mano antes de tomarla en sus brazos—. No se lo reprocho. Si tienes a la mujer más hermosa de la fiesta, has de mantenerla cerca.
—Ay, Gastón. —Candela apoyó una mejilla en la de él—, Si no estuviera perdidamente enamorada de mi marido, haría lo que fuera por conquistarte.
—Si alguna vez te cansas de él, dímelo.
—Quiero darte las gracias por todo lo que has hecho para poder ofrecerme este maravilloso día. Sé que mi madre, mi hermana y yo te volvimos un poco loco las últimas dos semanas.
—¿Solo fueron dos semanas? —Gastón sonrió—. Mereció la pena cada hora que permanecí escondido en los armarios para que no me encontrarais.
—Soy tan feliz, tan feliz, y te quiero. Hoy quiero a todo el mundo —dijo Candela con una risa—. A todo el mundo, pero hoy, además de a Victorio, a ti es a quien más quiero, y por eso deseo que seas feliz.
—Lo soy.
—No del todo. —Candela acercó los labios a su oído—. Gastón, hay algo en esta casa que no está resuelto. Pensaba que no creía en esas cosas... pero lo percibo. Cuando estoy aquí, siempre lo percibo. Lo percibo incluso hoy.
Gastón notó el escalofrío que recorría la espalda de Candela y la frotó para espantarlo.
—Hoy no deberías pensar en eso. Hoy no deberías preocuparte por nada.
—Estoy preocupada por ti. Algo... no está resuelto. En parte... creo que en parte es culpa mía.
—¿Tuya? —Gastón se separó ligeramente de Candela para poder verle la cara y la condujo hacia un rincón—. ¿Qué quieres decir?
—Ojalá lo supiera. Solo sé lo que siento. Hubo algo que hice, o que no hice por ti. Sé que no tiene sentido, pero es una sensación muy fuerte. La sensación de que no estuve a tu lado cuando más me necesitabas. Me temo que algo malo volverá a ocurrir si el asunto no se resuelve. En fin, por absurdo que suene, solo quiero decirte que lo siento, que siento mucho haberte fallado en lo que fuera.
—No importa. —Gastón le besó la frente—. Fuera lo que fuera, si es que hubo algo, no podías saberlo. Además, hoy no es un día para mirar atrás. Ahora solo hay que mirar al mañana.
—Tienes razón. Pero... ten cuidado —dijo Candela justo cuando Victorio se acercaba y propinaba un puñetazo jocoso a Gastón.
—Estás abrazando a mi esposa, cher. Vete a buscar a tu chica.
—Buena idea.
Gastón buscó a Rocío y la encontró charlando con algunos invitados. El rojo de su vestido era como una delgada lengua de fuego sobre su piel. Supuso que su reacción al vestido, a ella, era más que evidente cuando, mientras se acercaba, vio asomar en los ojos de Rocío, esa mirada esencialmente femenina. Se volvió y tendió una mano a su abuela.
—Señorita Esperanza, ¿me concede este baile?
—Todavía no ha llegado el día en que rechace un baile con un hombre apuesto.
—Está preciosa —le dijo cuando salieron a bailar.
—Las bodas me hacen sentir joven. Tuve una charla agradable con tu madre.
—¡No me diga!
—Pareces sorprendido —dijo Esperanza con una risita—. Te aseguro que congeniamos. Se alegró cuando le dije que la primera vez que te vi supe que te habían educado bien. Ella me devolvió el cumplido diciendo otro tanto de mi Rochi. Luego hablamos de esas cosas de las que hablan las mujeres en las bodas, las cuales seguro que te aburrirían, pero te diré que estuvimos de acuerdo en que eres un joven muy apuesto. Y un joven apuesto ha de encontrar más razones para vestir esmoquin
—Podría convertirme en maítre, pero reciben mejores propinas si tienen un acento esnob, y dudo que pueda imitarlo.
—Entonces tendré que esperar a tu boda para volver a verte tan elegante.
—Eso me temo. —Gastón miró por encima de la cabeza de Esperanza, pero Rocío ya no estaba—. La de hoy está saliendo muy bien. Me preocupaba que la tormenta de anoche estropeara las cosas.
—¿Tormenta? Cher, anoche no hubo ninguna tormenta.
—Claro que sí, y de las fuertes. No me diga que no la despertó.
—Estuve levantada hasta medianoche. —Esperanza le miró con detenimiento—. Terminando el dobladillo de este vestido. Volví a levantarme a las cuatro, cuando Rufus decidió que necesitaba salir. Divisé luces aquí y me pregunté qué hacías levantado a esas horas. El cielo estaba claro como el agua, Gastón.
—Debí... debí de soñar con una tormenta. Estrés prenupcial. —Mas no se había levantado a las cuatro. De hecho, que él supiera no se había levantado para nada después de medianoche, cuando recorrió la casa para apagar las luces antes de acostarse.
Sueños, pensó. Viento y lluvia, el destello de relámpagos. El fuego ardiendo en la chimenea. Dolor, sudor, sed. Sangre. Manos de mujeres, voces de mujeres —¿de Candela?—dando consuelo, dando ánimo.
Ahora lo recordaba con claridad, y se detuvo en medio del baile. Había dado a luz a un bebé. Había experimentado un parto. Dios santo.
—¿Cher? ¿Gastón? Salgamos. —Con suavidad, Esperanza lo sacó de la pista—. Necesitas un poco de aire.
—Sí. Las mujeres del sur son propensas a los desmayos, ¿verdad?
—¿Cómo dices?
—No importa. —Le atormentaba, le atemorizaba lo que le había ocurrido dentro de su propio sueño. Dentro, supuso, de sus propios recuerdos—. Entre —dijo a Esperanza—. Voy a dar un paseo para despejarme.
—¿De qué te has acordado?
—De un milagro —murmuró Gastón—. Recuérdeme que le haga a mi madre un gran regalo. No sé cómo ustedes, las mujeres, logran pasar por eso una vez, y ella pasó por eso cuatro veces. Increíble —farfulló, y se dirigió a la escalinata—. Sencillamente increíble.
Dio una vuelta a la casa y volvió a entrar para beber un vaso de agua helada. Lo utilizó para bajar tres aspirinas extrafuertes que esperaba detuvieran el atroz dolor de cabeza que lo había asaltado en cuanto recordó el sueño.
Desde su dormitorio podía oír la música procedente del salón de baile.
Tenía que volver, cumplir con sus obligaciones de padrino y anfitrión, pero lo único que quería era derrumbarse sobre la cama, cerrar los ojos y olvidarlo todo.
—Gastón. —Rocío entró por la terraza y cerró las puertas tras de sí—. ¿Qué te ocurre?
—Nada. Dolor de cabeza, eso es todo.
—Llevas ausente una hora. La gente está preguntando por ti.
—Ahora voy. —Pero se sentó en el borde de la cama—. Dentro de un minuto.
Ella se acercó.
—¿Es fuerte?
—Los he tenido peores.
—¿Por qué no te tumbas un rato?
—No voy a meterme en la cama el día de la boda de mi mejor amigo, a menos que quieras hacerme compañía.
—Es tentador. Cuando veo a un hombre con esmoquin siempre me dan ganas de desnudarlo.
—Los maítres deben de adorarte.
—Hombre, un chiste malo, eso quiere decir que estás mejor.
—Teniendo en cuenta que di a luz hace menos de veinticuatro horas, creo que estoy estupendo.
Rocío apretó los labios.
—Cher, ¿cuánto has bebido exactamente esta noche?
—Mucho menos de lo que pienso beber. ¿Te acuerdas de tu teoría de que yo era Valeria Ordóñez? Estoy empezando a creer que tenías razón, porque soñé que estaba en esa habitación del pasillo, en la cama que he visto pero que no está. Vi a Valeria en esa cama, dando a luz. Lo viví, y te aseguro que no es ninguna tontería. La parturienta que no le da a las drogas duras está loca. Supera todo lo que inventaron para esa entretenida institución conocida como la Inquisición española.
—Soñaste que eras Valeria y...
—No parecía un sueño. Rocío, y creo que estaba en ese cuarto cuando tuve la alucinación, o como quieras llamarlo. Recuerdo la tormenta, los ruidos, y lo asustado que estaba, lo concentrado que estaba en dar a luz a ese bebé. —Se detuvo y repitió las palabras—. Caray, qué raro suena.
—Y que lo digas. —Rocío se sentó a su lado.
—Oía voces, voces de otras mujeres que me estaban ayudando. Podía ver sus caras, sobre todo la de la joven, la que tenía la edad de Valeria. Notaba el sudor que me caía por la cara y el increíble agotamiento. Después la sensación de que me estaban desgarrando. Luego el alivio, el entumecimiento, el jodido prodigio de traer una vida al mundo. Y por último el aluvión de orgullo y amor cuando colocaron ese milagro en mis brazos.
Gastón se miró las manos mientras Rocío le miraba fijamente.
—Podía ver al bebé, Rocío, con toda claridad. Todo enrojecido, arrugado y enfadado. Los ojos azul oscuro, el cabello moreno, la boca encarnada, unos dedos delgados y diminutos, y pensé; hay diez y está perfecta. Mi perfecta Valentina.
Miró a Rocío.
—Valentina, tu tatarabuela. Valentina —repitió—, nuestra hija.
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