lunes, 8 de abril de 2013

Cuarta Parte, Capitulo Uno


—Oye, no tengo tiempo de... —Pero se interrumpió al oír un chasquido a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio que el pomo de la puerta giraba lentamente, primero a la derecha, luego a la izquierda. Alzó una mano para pedir silencio—. Métete detrás del sofá —susurró, buscando con la mirada el arma más a mano—. Quédate ahí y no hagas ni un ruido.
Rocío fue a protestar, pero entonces oyó el callado chasquido del pomo. Gastón agarró un pesado jarrón de porcelana.
—Al suelo —siseó de nuevo, apagando las luces. Decidida a seguir su consejo, Rocío se agachó detrás del sofá.
Gastón se quedó detrás de la puerta, que se abrió muy despacio y en silencio. Agarró el jarrón con las dos manos, lamentando no saber con cuántos se enfrentaba. En cuanto la primera sombra entró del todo, alzó el jarrón y lo descargó con todas sus fuerzas. Se oyó un estampido, un gruñido y un golpe. A continuación estalló el caos.
Ruido de pasos, más cristales rotos (su juego de té Meissen, pensó Rocío, a juzgar por la dirección del ruido, luego alguien lanzó una maldición. Un chasquido apagado fue seguido de otro estrépito de cristales. Un disparo con silenciador, estimó ella. Lo había oído en muchas películas. Y el cristal... Volvió la cabeza y vio el agujero en el cuadro que tenía detrás.
Al administrador no le iba a gustar nada, pensó. Pero nada de nada. Y ya la tenía en el punto de mira desde que la última fiesta que dio se salió ligeramente de madre. Maldita sea, Gastón Dalmau le estaba creando muchos problemas. Más le valía que el tesoro —Rocío enarcó las cejas— valiera la pena.
Luego se produjo un silencio. De hecho, estaba todo demasiado silencioso. Solo se oía el rumor de la respiración.
Gastón pegó la espalda al rincón oscuro y agarró con fuerza la 45. Quedaba uno más, pero por lo menos ya no estaba desarmado. Odiaba las armas. El que las usaba solía acabar en el lado malo del cañón.
Estaba bastante cerca de la puerta para largarse, tal vez sin que nadie se diera cuenta. De no haber sido por la mujer de detrás del sofá, y por saber que era él quien la había metido en aquello, se habría marchado. El hecho de no ser capaz solo le hizo enfurecerse con ella. Igual hasta tenía que matar a alguien para salir de allí. Ya había matado antes y era consciente de que lo más probable es que tuviera que volver a hacerlo. Pero aquella era una parte de su vida que jamás podía examinar sin sentirse culpable.
Se tocó la venda del brazo y notó los dedos mojados. Mierda, no podía quedarse allí esperando a desangrarse. Sin hacer ruido fue deslizándose contra la pared.
Rocío tuvo que taparse la boca para no gritar cuando la sombra se agachó en el extremo del sofá. No era Gastón. A la primera se dio cuenta de que tenía el cuello demasiado largo y el pelo demasiado corto. Luego advirtió un movimiento a su izquierda. La sombra se volvió hacia él. Sin pensárselo siquiera, Rocío se quitó un zapato de piel italiana buena, apuntó a la cabeza de la sombra con el tacón de diez centímetros y lo descargó con todas sus fuerzas.
Se oyó un gruñido y un golpe.
Pasmada de sí misma, Rocío alzó el zapato con gesto triunfal.
—¡Ya lo tengo!
—La virgen santa —masculló Gastón. Atravesó la sala a la carrera, la cogió de la mano y se la llevó a rastras.
—Le he dejado frito —aseguró ella mientras bajaban por la escalera—. Con esto. —Y blandió el zapato aplastado entre la mano de él y la de ella—. ¿Cómo nos han encontrado?
—Mariano. Por tu matrícula. —Gastón estaba furioso consigo mismo por no haberlo pensado antes. Sin dejar de bajar, comenzó a idear un nuevo plan.
—¿Tan deprisa? —Rocío soltó una carcajada. La adrenalina bombeaba por sus venas—. ¿Ese Mariano es un hombre o un mago?
—Un hombre que tiene a otros hombres. Si coge el teléfono, en media hora podría saber tu historial de crédito y el número que gastas de zapato.
Su padre también, pensó Rocío. Era una cuestión de negocios, y ella entendía de negocios.
—Oye, no puedo andar medio descalza. Dame dos segundos. —Rocío se zafó de su mano y se puso el zapato—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Tenemos que llegar al garaje.
—¿Vamos a bajar cuarenta y dos pisos?
—Los ascensores no tienen salida trasera. —Con estas palabras, volvió a agarrarla de la mano y siguió bajando por la escalera—. No quiero salir cerca de tu coche. Seguramente tendrá a alguien ahí abajo vigilando, por si nos escapamos.
—Entonces ¿por qué vamos al garaje?
—Porque necesitamos un coche. Tengo que llegar al aeropuerto.
Rocío se puso el bolso en bandolera para poder agarrarse a la barandilla mientras corrían.
—¿Vas a robar uno?
—Es una idea. Te dejaré en un hotel. Pero inscríbete con otro nombre. Luego...
—De eso nada —le interrumpió ella, advirtiendo aliviada que ya iban por el piso veinte—. No voy a quedarme tirada en un hotel. Parabrisas, trescientos; ventana de doble cristal, doscientos; jarrón de porcelana de Dresde de 1865 aproximadamente, dos mil doscientos setenta y cinco. —Rocío sacó un cuaderno del bolso sin perder ni un paso. En cuando recuperó el aliento, se puso a hacer cálculos—. Pienso cobrar.
—Cobrarás —replicó él sombrío—. Y ahora ahórrate la saliva.
Eso hizo ella, y comenzó a urdir su propio plan.
Para cuando llegaron al garaje, se apoyó sin aliento contra la pared mientras él atisbaba por una rendija de la puerta.
—Vale, el más cercano es un Porsche. Voy yo primero. En cuanto esté dentro, sal tú. Y agáchate.
Volvió a sacarse la pistola del bolsillo y Rocío advirtió en él una expresión de... ¿odio?, se preguntó. ¿Por qué miraba la pistola como si fuera algo repugnante? Cualquiera habría pensado que estaba acostumbrado a llevarlas, como lo estaría un tipo que ronda por bares oscuros y habitaciones de hotel cargadas de humo. Pero no, no la empuñaba con facilidad. En absoluto. Por fin Gastón salió al garaje.
¿Quién era realmente Gastón Dalmau? ¿Un matón, un timador, una víctima? Rocío, que presentía que era un poco de todo, estaba fascinada y decidida a averiguar por qué.
Gastón, agachado, sacó lo que parecía una navaja y se puso a hurgar en la cerradura hasta abrir sin hacer ruido la puerta del copiloto. Fuera lo que fuese, pensó Rocío, se le daba muy bien forzar cerraduras. Pero dejando esos pensamientos para otro momento, se acercó con cuidado al coche. Gastón ya estaba al volante, toqueteando unos cables bajo el salpicadero.
—Malditos coches extranjeros —farfulló—. A mí que me den un Chevy cualquier día.
Rocío abrió unos ojos como platos al oír el ruido del motor.
—¿Me enseñarás a hacer eso? —preguntó admirada.
Gastón la miró un instante.
—Tú agárrate. Esta vez conduzco yo. —Salió marcha atrás del aparcamiento a toda velocidad. Para cuando llegaron a la entrada del garaje, iban a noventa por hora—. ¿Tienes algún hotel preferido?
—No pienso ir a un hotel. No voy a perderte de vista hasta que me pagues lo que me debes. A donde tú vayas, voy yo.
—Oye, no sé cuánto tiempo tenemos —le espetó él, mirando por el retrovisor mientras conducía.
—Lo que no tienes es dinero —le recordó ella. Había vuelto a sacar el cuaderno y escribía en limpias columnas—. Y de momento me debes un parabrisas, un jarrón antiguo de porcelana, un juego de té de Meissen (eso son mil ciento cincuenta dólares) y una ventana de doble cristal. Y puede que más.
—Pues entonces otros mil dólares no te importarán.
—Mil dólares siempre importan. Solo tienes crédito mientras no te pierda de vista. Si quieres coger un avión, ya tienes compañera.
—¿Compañera? —Gastón se volvió hacia ella preguntándose por qué demonios no le arrebataba el bolso y la echaba del coche de un empujón—. Yo no admito compañeros.
—Pues esta vez sí. Al cincuenta por ciento.
—Yo tengo las respuestas. —Lo cierto es que lo que tenía eran las preguntas, pero no iba a preocuparse ahora por los detalles.
—Pero no tienes dinero.
Gastón tomó la FDR Drive. No, mierda, no tenía dinero y lo necesitaba. Así que por el momento la necesitaba a ella. Más tarde, cuando estuviera a varios miles de kilómetros de Nueva York, ya negociarían los términos del acuerdo.
—Está bien. ¿Cuánto dinero llevas encima?
—Unos doscientos dólares.
—¿Doscientos? Mierda. —Ahora conducía a una velocidad constante de ochenta kilómetros por hora. No podía correr el riesgo de que lo parara la policía—. Con eso casi no llegamos ni a New Jersey.
—No me gusta llevar mucho dinero en efectivo.
—Genial. Tengo unos papeles que valen millones y tú quieres comprar tu parte por doscientos dólares.
—Doscientos más los cinco mil que me debes. Y... —Metió la mano en el bolso—. Tengo la tarjeta —sonrió, alzando una American Express—. Nunca salgo sin ella.
Gastón se quedó mirándola y de pronto se echó a reír. Puede que aquella mujer le diera más problemas que alegrías, pero lo cierto era que empezaba a dudarlo.

 La mano que fue a coger el teléfono era regordeta y muy blanca. En la muñeca, gemelos blancos incrustados de zafiros cuadrados. Las uñas pulidas con un brillo mate, recortadas y cuidadas. El auricular era blanco, inmaculado, fresco. Los dedos se plegaron en torno a él, tres de elegante manicura y la cicatriz de un muñón donde debería haber estado el meñique.
—Mariano. —La voz era poesía. Nada más oírla, Peter se puso a sudar como un cerdo. Dio una calada al cigarro y habló rápidamente antes de exhalar.
—Se han escapado.
Silencio absoluto. Mariano sabía que era más aterrador que mil amenazas. Lo utilizó cinco segundos, diez.
—Tres hombres contra uno y una chica. Qué ineficacia.
Peter se aflojó la corbata para poder respirar.
—Han robado un Porsche. Ahora les seguimos hacia el aeropuerto. No llegarán lejos, señor Mariano.
—No, no llegarán muy lejos. Tengo que hacer unas cuantas llamadas... pulsar unas cuantas teclas. Nos vemos en un día o dos.
Peter se frotó la boca con la mano, inundado de alivio.
—¿Dónde?
Se oyó una risa suave, lejana. El alivio se evaporó como sudor.
—Tú encuentra a Dalmau, Peter. Yo te encontraré a ti.

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