—Oye, no tengo tiempo
de... —Pero se interrumpió al oír un chasquido a sus espaldas. Se dio la vuelta
y vio que el pomo de la puerta giraba lentamente, primero a la derecha, luego a
la izquierda. Alzó una mano para pedir silencio—. Métete detrás del sofá
—susurró, buscando con la mirada el arma más a mano—. Quédate ahí y no hagas ni
un ruido.
Rocío fue a
protestar, pero entonces oyó el callado chasquido del pomo. Gastón agarró un
pesado jarrón de porcelana.
—Al suelo —siseó de
nuevo, apagando las luces. Decidida a seguir su consejo, Rocío se agachó detrás
del sofá.
Gastón se quedó
detrás de la puerta, que se abrió muy despacio y en silencio. Agarró el jarrón
con las dos manos, lamentando no saber con cuántos se enfrentaba. En cuanto la
primera sombra entró del todo, alzó el jarrón y lo descargó con todas sus
fuerzas. Se oyó un estampido, un gruñido y un golpe. A continuación estalló el
caos.
Ruido de pasos, más
cristales rotos (su juego de té Meissen, pensó Rocío, a juzgar por la dirección
del ruido, luego alguien lanzó una maldición. Un chasquido apagado fue seguido
de otro estrépito de cristales. Un disparo con silenciador, estimó ella. Lo
había oído en muchas películas. Y el cristal... Volvió la cabeza y vio el
agujero en el cuadro que tenía detrás.
Al administrador no
le iba a gustar nada, pensó. Pero nada de nada. Y ya la tenía en el punto de
mira desde que la última fiesta que dio se salió ligeramente de madre. Maldita
sea, Gastón Dalmau le estaba creando muchos problemas. Más le valía que el
tesoro —Rocío enarcó las cejas— valiera la pena.
Luego se produjo un
silencio. De hecho, estaba todo demasiado silencioso. Solo se oía el rumor de
la respiración.
Gastón pegó la
espalda al rincón oscuro y agarró con fuerza la 45. Quedaba uno más, pero por
lo menos ya no estaba desarmado. Odiaba las armas. El que las usaba solía
acabar en el lado malo del cañón.
Estaba bastante cerca
de la puerta para largarse, tal vez sin que nadie se diera cuenta. De no haber
sido por la mujer de detrás del sofá, y por saber que era él quien la había
metido en aquello, se habría marchado. El hecho de no ser capaz solo le hizo
enfurecerse con ella. Igual hasta tenía que matar a alguien para salir de allí.
Ya había matado antes y era consciente de que lo más probable es que tuviera
que volver a hacerlo. Pero aquella era una parte de su vida que jamás podía
examinar sin sentirse culpable.
Se tocó la venda del
brazo y notó los dedos mojados. Mierda, no podía quedarse allí esperando a
desangrarse. Sin hacer ruido fue deslizándose contra la pared.
Rocío tuvo que
taparse la boca para no gritar cuando la sombra se agachó en el extremo del
sofá. No era Gastón. A la primera se dio cuenta de que tenía el cuello
demasiado largo y el pelo demasiado corto. Luego advirtió un movimiento a su
izquierda. La sombra se volvió hacia él. Sin pensárselo siquiera, Rocío se
quitó un zapato de piel italiana buena, apuntó a la cabeza de la sombra con el
tacón de diez centímetros y lo descargó con todas sus fuerzas.
Se oyó un gruñido y
un golpe.
Pasmada de sí misma, Rocío
alzó el zapato con gesto triunfal.
—¡Ya lo tengo!
—La virgen santa
—masculló Gastón. Atravesó la sala a la carrera, la cogió de la mano y se la
llevó a rastras.
—Le he dejado frito
—aseguró ella mientras bajaban por la escalera—. Con esto. —Y blandió el zapato
aplastado entre la mano de él y la de ella—. ¿Cómo nos han encontrado?
—Mariano. Por tu
matrícula. —Gastón estaba furioso consigo mismo por no haberlo pensado antes.
Sin dejar de bajar, comenzó a idear un nuevo plan.
—¿Tan deprisa? —Rocío
soltó una carcajada. La adrenalina bombeaba por sus venas—. ¿Ese Mariano es un
hombre o un mago?
—Un hombre que tiene
a otros hombres. Si coge el teléfono, en media hora podría saber tu historial
de crédito y el número que gastas de zapato.
Su padre también,
pensó Rocío. Era una cuestión de negocios, y ella entendía de negocios.
—Oye, no puedo andar
medio descalza. Dame dos segundos. —Rocío se zafó de su mano y se puso el
zapato—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Tenemos que llegar
al garaje.
—¿Vamos a bajar
cuarenta y dos pisos?
—Los ascensores no
tienen salida trasera. —Con estas palabras, volvió a agarrarla de la mano y
siguió bajando por la escalera—. No quiero salir cerca de tu coche. Seguramente
tendrá a alguien ahí abajo vigilando, por si nos escapamos.
—Entonces ¿por qué
vamos al garaje?
—Porque necesitamos
un coche. Tengo que llegar al aeropuerto.
Rocío se puso el
bolso en bandolera para poder agarrarse a la barandilla mientras corrían.
—¿Vas a robar uno?
—Es una idea. Te
dejaré en un hotel. Pero inscríbete con otro nombre. Luego...
—De eso nada —le
interrumpió ella, advirtiendo aliviada que ya iban por el piso veinte—. No voy
a quedarme tirada en un hotel. Parabrisas, trescientos; ventana de doble
cristal, doscientos; jarrón de porcelana de Dresde de 1865 aproximadamente, dos
mil doscientos setenta y cinco. —Rocío sacó un cuaderno del bolso sin perder ni
un paso. En cuando recuperó el aliento, se puso a hacer cálculos—. Pienso
cobrar.
—Cobrarás —replicó él
sombrío—. Y ahora ahórrate la saliva.
Eso hizo ella, y
comenzó a urdir su propio plan.
Para cuando llegaron
al garaje, se apoyó sin aliento contra la pared mientras él atisbaba por una
rendija de la puerta.
—Vale, el más cercano
es un Porsche. Voy yo primero. En cuanto esté dentro, sal tú. Y agáchate.
Volvió a sacarse la
pistola del bolsillo y Rocío advirtió en él una expresión de... ¿odio?, se
preguntó. ¿Por qué miraba la pistola como si fuera algo repugnante? Cualquiera
habría pensado que estaba acostumbrado a llevarlas, como lo estaría un tipo que
ronda por bares oscuros y habitaciones de hotel cargadas de humo. Pero no, no
la empuñaba con facilidad. En absoluto. Por fin Gastón salió al garaje.
¿Quién era realmente Gastón
Dalmau? ¿Un matón, un timador, una víctima? Rocío, que presentía que era un
poco de todo, estaba fascinada y decidida a averiguar por qué.
Gastón, agachado,
sacó lo que parecía una navaja y se puso a hurgar en la cerradura hasta abrir
sin hacer ruido la puerta del copiloto. Fuera lo que fuese, pensó Rocío, se le
daba muy bien forzar cerraduras. Pero dejando esos pensamientos para otro
momento, se acercó con cuidado al coche. Gastón ya estaba al volante, toqueteando
unos cables bajo el salpicadero.
—Malditos coches
extranjeros —farfulló—. A mí que me den un Chevy cualquier día.
Rocío abrió unos ojos
como platos al oír el ruido del motor.
—¿Me enseñarás a
hacer eso? —preguntó admirada.
Gastón la miró un
instante.
—Tú agárrate. Esta
vez conduzco yo. —Salió marcha atrás del aparcamiento a toda velocidad. Para
cuando llegaron a la entrada del garaje, iban a noventa por hora—. ¿Tienes
algún hotel preferido?
—No pienso ir a un
hotel. No voy a perderte de vista hasta que me pagues lo que me debes. A donde
tú vayas, voy yo.
—Oye, no sé cuánto
tiempo tenemos —le espetó él, mirando por el retrovisor mientras conducía.
—Lo que no tienes es
dinero —le recordó ella. Había vuelto a sacar el cuaderno y escribía en limpias
columnas—. Y de momento me debes un parabrisas, un jarrón antiguo de porcelana,
un juego de té de Meissen (eso son mil ciento cincuenta dólares) y una ventana
de doble cristal. Y puede que más.
—Pues entonces otros
mil dólares no te importarán.
—Mil dólares siempre
importan. Solo tienes crédito mientras no te pierda de vista. Si quieres coger
un avión, ya tienes compañera.
—¿Compañera? —Gastón
se volvió hacia ella preguntándose por qué demonios no le arrebataba el bolso y
la echaba del coche de un empujón—. Yo no admito compañeros.
—Pues esta vez sí. Al
cincuenta por ciento.
—Yo tengo las
respuestas. —Lo cierto es que lo que tenía eran las preguntas, pero no iba a
preocuparse ahora por los detalles.
—Pero no tienes
dinero.
Gastón tomó la FDR
Drive. No, mierda, no tenía dinero y lo necesitaba. Así que por el momento la
necesitaba a ella. Más tarde, cuando estuviera a varios miles de kilómetros de
Nueva York, ya negociarían los términos del acuerdo.
—Está bien. ¿Cuánto
dinero llevas encima?
—Unos doscientos
dólares.
—¿Doscientos? Mierda.
—Ahora conducía a una velocidad constante de ochenta kilómetros por hora. No
podía correr el riesgo de que lo parara la policía—. Con eso casi no llegamos
ni a New Jersey.
—No me gusta llevar
mucho dinero en efectivo.
—Genial. Tengo unos
papeles que valen millones y tú quieres comprar tu parte por doscientos
dólares.
—Doscientos más los
cinco mil que me debes. Y... —Metió la mano en el bolso—. Tengo la tarjeta
—sonrió, alzando una American Express—. Nunca salgo sin ella.
Gastón se quedó
mirándola y de pronto se echó a reír. Puede que aquella mujer le diera más
problemas que alegrías, pero lo cierto era que empezaba a dudarlo.
La mano que fue a
coger el teléfono era regordeta y muy blanca. En la muñeca, gemelos blancos
incrustados de zafiros cuadrados. Las uñas pulidas con un brillo mate,
recortadas y cuidadas. El auricular era blanco, inmaculado, fresco. Los dedos
se plegaron en torno a él, tres de elegante manicura y la cicatriz de un muñón
donde debería haber estado el meñique.
—Mariano. —La voz era
poesía. Nada más oírla, Peter se puso a sudar como un cerdo. Dio una calada al
cigarro y habló rápidamente antes de exhalar.
—Se han escapado.
Silencio absoluto. Mariano
sabía que era más aterrador que mil amenazas. Lo utilizó cinco segundos, diez.
—Tres hombres contra
uno y una chica. Qué ineficacia.
Peter se aflojó la
corbata para poder respirar.
—Han robado un
Porsche. Ahora les seguimos hacia el aeropuerto. No llegarán lejos, señor Mariano.
—No, no llegarán muy
lejos. Tengo que hacer unas cuantas llamadas... pulsar unas cuantas teclas. Nos
vemos en un día o dos.
Peter se frotó la
boca con la mano, inundado de alivio.
—¿Dónde?
Se oyó una risa
suave, lejana. El alivio se evaporó como sudor.
—Tú encuentra a Dalmau,
Peter. Yo te encontraré a ti.
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